Papa Francisco

desde Roma
 

Estén preparados para el encuentro

final y definitivo con el Señor

 
 

Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus acompañado de miles de fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro bajo el caluroso sol del verano romano. 

 
 
Captar el paso de Dios en sus vidas
 

En su habitual comentario al Evangelio dominical, (cfr. Lc 12, 32-48), el Santo Padre reflexionó sobre el momento en el que Jesús llama a sus discípulos a la continua vigilancia para captar el paso de Dios en su propia vida, indicándoles las modalidades para vivir bien esta vigilancia: “Estén preparados, con los vestidos apretados a los costados y las lámparas encendidas” (v. 35).  

 
 
No echar raíces en moradas confortables
 

En primer lugar, la expresión de llevar “ceñida la cintura” (la ropa cerca de las caderas), “es una imagen que recuerda la actitud del peregrino, listo para emprender el camino”, dijo Francisco, explicando que se trata de “no echar raíces en moradas confortables y tranquilizadoras, sino de abandonarse con sencillez y confianza a la voluntad de Dios, que nos guía hacia la meta siguiente”.

 
 
Mantener encendida la lámpara de la fe
 
En segundo lugar, se nos pide que “mantengamos las lámparas encendidas para poder iluminar la oscuridad de la noche”, añadió el Obispo de Roma, haciendo hincapié en que estamos invitados a vivir una fe auténtica y madura, capaz de iluminar las muchas “noches” de la vida: “la lámpara de la fe necesita ser alimentada continuamente, con el encuentro de corazón a corazón con Jesús en la oración y en la escucha de su Palabra”.
 

En este sentido, el Papa subrayó que se nos confía esta lámpara para el bien de todos: por lo tanto, nadie puede retirarse íntimamente en la certeza de su propia salvación, desinteresándose de los demás: “la fe verdadera abre el corazón al prójimo e impulsa hacia la comunión concreta con los hermanos, sobre todo con los más necesitados”.

 
 
Estar preparados para el encuentro final con Dios
 
Asimismo, profundizando sobre la parábola que relata Jesús sobre los siervos que esperan el regreso del señor cuando vuelve de la boda (vv. 36-40), el Pontífice destacó otro aspecto de la vigilancia: estar preparados para el encuentro final y definitivo con el Señor: “Bienaventurados aquellos siervos a quienes el amo encontrará a su regreso aún despiertos… Y si llegando en medio de la noche o antes del amanecer, los encontrará así, ¡dichosos ellos!” (vv. 37-38).
 

Con estas palabras- aseveró el Papa- el Maestro nos recuerda que la vida es un camino hacia la eternidad; por lo tanto, estamos llamados a hacer fructificar todos nuestros talentos, “sin olvidar jamás que no tenemos aquí la ciudad estable, sino que vamos en busca de la ciudad futura” (Heb 13,14). En esta perspectiva, cada instante se vuelve precioso, por lo que es necesario vivir y actuar en esta tierra teniendo en el corazón la nostalgia del cielo.

 
 
Él nos hará partícipes de su felicidad eterna
 
“Si habremos vivido en sintonía con el Evangelio y los mandamientos de Dios, Él nos hará partícipes de su felicidad eterna en la patria celestia”, indicó Francisco, asegurando que el pensamiento del encuentro final con el Padre, “rico en misericordia”, nos llena de esperanza y nos estimula a comprometernos constantemente en nuestra santificación y en la construcción de un mundo más justo y fraterno: “Que la Virgen María, con su intercesión maternal, sostenga este compromiso nuestro”, concluyó.
 
 
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“Un vistazo al cielo en la tierra”

Palabras del Papa en la fiesta de la Transfiguración

 
 
“En la Transfiguración Jesús nos muestra la gloria de la Resurrección: un vistazo al cielo en la tierra”, estas son las palabras del Papa Francisco expresadas hoy, 6 de agosto de 2019, a través de un tweet.
 

El 6 de agosto la Iglesia celebra la festividad de la Transfiguración del Señor, que rememora el momento en el que Jesús mostró su gloria a tres de sus apóstoles en el monte Tabor.

 
 
El relato del Evangelio
 
Efectivamente, según narra el Evangelio (Lc. 9, Mc. 6, Mt. 10), unas semanas antes de su pasión y muerte, Jesús subió a un monte a orar, llevando consigo a sus tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan.
 
Mientras rezaba, su cuerpo se transfiguró: Sus vestidos se volvieron más blancos que la nieve,y su rostro más resplandeciente que el sol. Asimismo, se aparecieron Moisés y Elías y hablaron con Él acerca de lo que le iba a suceder próximamente en Jerusalén.
 
Entonces, Pedro exclamó: “Señor, si te parece, hacemos aquí tres campamentos, uno para Ti, otro para Moisés y otro para Elías”.
 
Pero enseguida les envolvió una nube y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy amado, escuchadlo”.
 

En esta fiesta se conmemora, por tanto, un pasaje muy especial de la vida de Jesús en el que nos dejó un ejemplo sensible de la gloria que nos espera en el cielo.

 
 
La Transfiguración, mensaje de esperanza
 
Sobre este acontecimiento de la Transfiguración del Señor, Francisco resaltó en el Ángelus del 6 de agosto de 2017 que Dios “nos ofrece un mensaje de esperanza: estaremos también con él. Él nos invita a encontrar a Jesús, para estar al servicio de nuestros hermanos”.
 
Y añadió que “al término de la experiencia admirable de la Transfiguración, los discípulos descendieron de la montaña con los ojos y el corazón transfigurado por el encuentro con el Señor. Es el recorrido que podemos hacer nosotros también”. El descubrimiento de Jesús no es un fin en sí mismo, sino que induce a “descender de la montaña” con un vigor nuevo generado por la fuerza del Espíritu Santo, para decidir avanzar en la conversión personal auténtica y para dar testimonio constante de la caridad.
 

Con el fin de lograr esto último, el Santo Padre indicó el camino del desapego de las cosas del mundo y la oración: “Se trata de disponernos a la escucha atenta y orante de Cristo, Hijo bien amado del Padre, buscando los momentos íntimos de oración que permiten la acogida dócil y gozosa de la Palabra de Dios”.  

 
 

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El Papa cerca de las víctimas de los tiroteos

 
 
En el Ángelus de este 4 de agosto de 2019, el Papa Francisco expresó su cercanía con las víctimas de los recientes tiroteos en los Estados Unidos, donde murieron al menos treinta personas.
 
“Estoy espiritualmente cerca de las víctimas de la violencia que ha ensangrentado a Texas, California y Ohio en los Estados Unidos, tocando a personas indefensas en los últimos días”, dijo desde la ventana del Palacio Apostólico que da a la plaza de San Pedro.
 
Y el Papa invita a la multitud a unirse a su oración “por todos los que han perdido la vida, por los heridos y sus seres queridos”.
 

Tres tiroteos tuvieron lugar en Dayton, en un bar en Ohio, en un centro comercial en El Paso, Texas, y en un patio de comidas cerca de San José, California, el 27 y 28 de julio.

 
 

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Lo que pedimos en el

“Padre Nuestro”

ya se ha cumplido

 
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
 
En la página del Evangelio de hoy (cf. Lc 11, 1-13), san Lucas cuenta las circunstancias en las que Jesús enseña el “Padre Nuestro” a sus discípulos. Ellos ya saben rezar, recitando las fórmulas de la tradición judía, pero también desean ellos poder vivir la misma “calidad” de la oración de Jesús porque ellos pueden ver que la oración es una dimensión esencial en la vida de su Maestro, de hecho cada acción importante de Él se caracteriza por pausas prolongadas de oración. Además, siguen siendo fascinados porque ven que Jesús no reza como otros maestros de la época, sino que su oración es un vínculo íntimo con el Padre, hasta el punto de que desean participar en estos momentos de unión con Dios, para saborear plenamente su dulzura.
 
Así que, un día, esperan a que Jesús termine su oración, en un lugar apartado, y luego le piden: “Señor, enséñanos a orar” (v. 1). Respondiendo a la pregunta explícita de los discípulos, Jesús no da una definición abstracta de la oración, ni enseña una técnica efectiva para orar y “obtener” algo. En cambio, invita a sus seguidores a experimentar la oración, colocándolos directamente en comunicación con el Padre, despertando en ellos la nostalgia de una relación  personal con Él, con Dios, con el Padre. He aquí la novedad de la oración cristiana! Es un diálogo entre personas que se aman, un diálogo basado en la confianza, apoyado por la escucha y abierto al compromiso solidario. Es un diálogo del Hijo al Padre, un diálogo entre hijos y Padre, esta es la oración cristiana.
 
Por eso les entrega la oración del “Padre Nuestro”, que es quizás uno de los dones más precioso que nos ha dejado el divino Maestro en su misión terrenal. Después de habernos revelado su misterio de Hijo y hermano, con esta oración Jesús nos hace penetrar en la paternidad de Dios; quiero subrayar esto: cuando Jesús nos enseña que el Padrenuestro nos hace entrar en la paternidad de Dios y nos muestra el modo para entrar en el diálogo orante y directo con Él a través del camino de la confianza filial. Es un diálogo entre el papá y su hijo, de hijo con el papá.
 
Lo que pedimos en el “Padre Nuestro” ya se ha cumplido y nos ha sido dado en el Hijo unigénito: la santificación del Nombre, la venida del Reino, el don del pan, el perdón y la liberación del mal. Cuando pedimos, abrimos nuestras manos para recibir. Recibimos los dones que el Padre nos ha hecho ver en el Hijo. La oración que el Señor nos ha enseñado es la síntesis de cada oración y nosotros la dirigimos al Padre siempre en comunión con nuestros hermanos.
 
A veces sucede que en la oración hay distracciones pero muchas veces sentimos como las ganas de detenernos en la primera palabra: “Padre” y sentir esa paternidad en el corazón.
 
A continuación, Jesús cuenta la parábola del amigo inoportuno y nos invita a insistir en la oración y me viene a la mente aquello que hacen los niños, entre los tres, tres años y medio, empiezan a preguntar cosas, cosas que no entienden. En mi tierra se llama “la edad del por qué”, creo que aquí también se dice así y los niños comienzan a mirar a sus padres, al papá y le dicen: “Papá, ¿por qué?, ¿por qué?” Piden explicaciones. Seamos cuidadosos: cuando el papá empieza a explicar ese “por qué”, ellos vienen con otra pregunta sin escuchar la explicación completa. ¿Qué es lo que pasa? Sucede que los niños se sienten inseguros acerca de tantas cosas que empiezan a entender por la mitad. Sólo quieren atraer sobre él, la mirada del papá y por eso preguntan: “¿Por qué, por qué, por qué?” Nosotros, en la oración del Padrenuestro, si nos detenemos en la primera palabra, Padre, haremos lo mismo que hacíamos cuando éramos pequeños, atraeremos la mirada del padre sobre nosotros diremos: “Padre, Padre”, también podemos decirle: “¿Por qué?. Y Él nos mirará.
 
Pidamos a María, la mujer orante, que nos ayude a orar al Padre en unión con Jesús para vivir el Evangelio, guiados por el Espíritu Santo.
 

 

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La Eucaristía, Sacramento de su

Cuerpo y de su Sangre,

donados para la salvación del mundo

 
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
 
Hoy, en Italia y en otros países, celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. El Evangelio nos presenta el episodio del milagro de los panes (cf. Lc 9,11-17) que tiene lugar a orillas del lago de Galilea. Jesús tiene la intención de hablar a miles de personas, llevando a cabo sanaciones. Al anochecer los discípulos se acercan al Señor y le dicen: “Despide a la gente para que vayan a descansar y buscar comida por las aldeas y los campos cercanos porque en este lugar no hay comida” (ver 12). También los discípulos estaban cansados. De hecho, estaban en un lugar aislado y la gente para comprar comida tenían que caminar ir a las aldeas.
 
Pero Jesús responde: “Ustedes mismos denles de comer” (v. 13). Estas palabras causan asombro a los discípulos, quizás se enojaron y le responden: “Sólo tenemos cinco panes y dos peces a menos que vayamos a comprar comida para toda esta gente” (ibíd.). En cambio Jesús invita a sus discípulos a hacer una verdadera conversión desde la lógica de “cada uno para sí mismo” a la del compartir, comenzando por lo poco que la Providencia nos pone a nuestra disposición. Y de inmediato muestra que tiene muy claro lo que quiere hacer.
 
Les dice: “Háganlos sentarse en grupos como de cincuenta, luego toma en sus manos los cinco panes y los dos peces, se dirige al Padre Celestial y pronuncia la oración de bendición. Entonces, comienza a partir los panes, a dividir los peces, y a dárselos a los discípulos, quienes los distribuyeron a la multitud. Y esa comida no termina, hasta que todos están satisfechos.
 
Este milagro –muy importante, hasta el punto de que lo cuentan todos los evangelistas– manifiesta el poder del Mesías y, al mismo tiempo, su compasión por la gente. Ese gesto prodigioso no sólo permanece como uno de los grandes signos de la vida pública de Jesús, sino que anticipa lo que será después, al final, el memorial de su sacrificio, es decir, la Eucaristía, sacramento de su Cuerpo, y de su Sangre donados para la salvación del mundo.
 
La Eucaristía es la síntesis de toda la existencia de Jesús, que fue un solo acto de amor al Padre y a sus hermanos. Allí también, como en el milagro de la multiplicación de los panes, Jesús tomó el pan en sus manos, elevó al Padre la oración de bendición, partió el pan y se lo dio a sus discípulos; y lo mismo hizo con el cáliz de vino. Pero en ese momento, en la víspera de su Pasión, quiso dejar en ese gesto del Testamento de la nueva y eterna Alianza, memorial perpetuo de su Pascua de la muerte, yresurrección.
 
La fiesta del Corpus Christi nos invita cada año a renovar nuestro asombro y la alegría ante este maravilloso don del Señor, que es la Eucaristía. Recibámoslo con gratitud, no de la manera. pasiva, habitual, no tenemos que acostumbrarnos a la Eucaristía y comunicarnos con costumbres, tenemos que renovar verdaderamente nuestro “amén” al Cuerpo de Cristo, cuando el sacerdote nos dice, el Cuerpo de Cristo, nosotros decimos “amén”, nos tiene que venir del corazón, es Jesús que nos ha salvado, es Jesús que viene a darme la fuerza, es Jesús vivo, pero no nos acostumbremos, cada vez como si fuera la Primera Comunión.
 
Una expresión de la fe eucarística del pueblo santo de Dios, son las procesiones con el Santísimo Sacramento, que en esta solemnidad tiene lugar en todas partes en la Iglesia Católica.
 
Esta noche, en el barrio romano de Casal Bertone, yo también celebraré la Misa, a la que seguirá la procesión. Invito a todos a participar, incluso espiritualmente, por radio y televisión.
 
Que la Virgen nos ayude a seguir con fe y amor a Jesús, a quien adoramos en la Eucaristía.