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desde Roma
 
 
 

Texto de la catequesis del Papa

en la audiencia del 15 de marzo de 2017

¿Cómo hacer que nuestro amor y nuestra caridad no sea hipócrita?

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Como bien sabemos, el gran mandamiento que nos ha dejado el Señor Jesús es aquel de amar: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente y amar al prójimo como a nosotros mismos (Cfr. Mt 22,37-39). Es decir, estamos llamados al amor, a la caridad y esta es nuestra vocación más alta, nuestra vocación por excelencia; y a esa está relacionada también la alegría de la esperanza cristiana. Quien ama tiene la alegría de la esperanza, de llegar a encontrar el gran amor que es el Señor.

El apóstol Pablo, en el pasaje de la Carta a los Romanos que hemos apenas escuchado, nos pone en guardia: existe el riesgo que nuestra caridad sea hipócrita, que nuestro amor sea hipócrita. Entonces nos debemos preguntar: ¿Cuándo sucede esto, esta hipocresía? Y ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestro amor sea sincero, que nuestra caridad sea auténtica? ¿De no aparentar de hacer caridad o que nuestro amor no sea una telenovela? Amor sincero, fuerte.

La hipocresía puede introducirse por todas partes, también en nuestro modo de amar. Esto se verifica cuando nuestro amor es un amor interesado, motivado por intereses personales; y cuantos amores interesados existen… cuando los servicios caritativos en los cuales parece que nos donamos son realizados para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos satisfechos: “pero, qué bueno que soy”, ¿no?: esto es hipocresía; o aún más, cuando buscamos cosas que tienen “visibilidad” para hacer alarde de nuestra inteligencia o de nuestras capacidades.

Detrás de todo esto existe una idea falsa, engañosa, la de decir que si amamos es porque nosotros somos buenos; como si la caridad fuera una creación del hombre, un producto de nuestro corazón. La caridad, en cambio, es sobre todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y debemos pedirlo. Y Él lo da gustoso, si nosotros se lo pedimos.

La caridad es una gracia: no consiste en el hacer ver lo que nosotros somos, sino en aquello que el Señor nos dona y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es generada en el encuentro con el rostro humilde y misericordioso de Jesús.

Pablo nos invita a reconocer que somos pecadores, y que también nuestro modo de amar está marcado por el pecado. Al mismo tiempo, pero, se hace mensajero de un anuncio nuevo, un anuncio de esperanza: el Señor abre ante nosotros una vía de liberación, una vía de salvación. Es la posibilidad de vivir también nosotros el gran mandamiento del amor, de convertirnos en instrumentos de la caridad de Dios.

Y esto sucede cuando nos dejamos sanar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de sanar nuestro corazón: lo hace, si nosotros lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor.

Y entonces se entiende que todo aquello que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y continúa a hacer por nosotros.

Es más, es Dios mismo que, habitando en nuestro corazón y en nuestra vida, continúa a hacerse cercano y a servir a todos aquellos que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados en los cuales Él en primer lugar se reconoce.

Entonces el Apóstol Pablo con estas palabras no quiere reprocharnos, sino mejor dicho animarnos y reavivar en nosotros la esperanza. De hecho, todos tenemos la experiencia de no vivir a plenitud o como deberíamos el mandamiento del amor. Pero también esta es una gracia, porque nos hace comprender que por nosotros mismos no somos capaces de amar verdaderamente: tenemos necesidad de que el Señor renueve continuamente este don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia.

Entonces sí volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; volveremos a apreciar todas estas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, es decir, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando nos alejamos de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón.

Queridos hermanos, lo que el Apóstol Pablo nos ha recordado es el secreto para estar –cito sus palabras– es el secreto para estar “alegres en la esperanza” (Rom 12,12): alegres en la esperanza. La alegría de la esperanza, para que sepamos que en toda circunstancia, incluso en las más adversa, y también a través de nuestros fracasos, el amor de Dios no disminuye. Y entonces, con el corazón visitado y habitado por su gracia y por su fidelidad, vivamos en la gozosa esperanza de intercambiar con los hermanos, en lo poco que podamos, lo mucho que recibimos cada día de Él. Gracias”.

 

Catequesis del papa Francisco –

1 de marzo de 2017

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En este día, Miércoles de Ceniza, entramos en el Tiempo litúrgico de la Cuaresma. Y ya que estamos desarrollando el ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy quisiera presentarles la Cuaresma como camino de esperanza.

De hecho, esta perspectiva se hace enseguida evidente si pensamos que la Cuaresma ha sido instituida en la Iglesia como tiempo de preparación para la Pascua, y por lo tanto, todo el sentido de este periodo de cuarenta días es iluminado por el misterio pascual hacia el cual está orientado. Podemos imaginar al Señor Resucitado que nos llama a salir de nuestras tinieblas, y nosotros nos ponemos en camino hacia Él, que es la Luz. Y la Cuaresma es un camino hacia Jesús Resucitado. La Cuaresma es un periodo de penitencia, también de mortificación, pero no un fin en sí mismo, sino finalizado a hacernos resurgir con Cristo, a renovar nuestra identidad bautismal, es decir, a renacer nuevamente “desde lo alto”, desde el amor de Dios (Cfr. Jn 3,3). Por esto es que la Cuaresma es, por su naturaleza, tiempo de esperanza.

Para comprender mejor que cosa significa esto, debemos referirnos a la experiencia fundamental del éxodo de los Israelitas de Egipto, narrada en la Biblia en el libro que lleva este nombre: Éxodo. El punto de partida es la condición de esclavitud en Egipto, la opresión, los trabajos forzados. Pero el Señor no se ha olvidado de su pueblo y de su promesa: llama a Moisés y, con brazo poderoso, hace salir a los Israelitas de Egipto y los guía a través del desierto hacia la Tierra de la libertad. Durante este camino de la esclavitud a la libertad, el Señor da a los Israelitas la ley, para educarlos en el amor a Él, el único Señor, y para amarse entre ellos como hermanos. La Escritura muestra que el éxodo es largo y fatigoso: simbólicamente dura 40 años, es decir, el tiempo de vida de una generación. Una generación que, ante las pruebas del camino, es siempre tentada a añorar Egipto y volver atrás. También todos nosotros conocemos la tentación de regresar atrás, todos. Pero el Señor permanece fiel y esta pobre gente, guiada por Moisés, llega a la Tierra prometida. Todo este camino es realizado en la esperanza: la esperanza de alcanzar la Tierra, y justamente en este sentido es un “éxodo”, una salida de la esclavitud a la libertad. Y estos 40 días son también para todos nosotros una salida de la esclavitud del pecado a la libertad, al encuentro del Cristo Resucitado. Cada paso, cada fatiga, cada prueba, cada caída y cada salida, todo tiene sentido solo dentro del designio de salvación de Dios, que quiere para su pueblo la vida y no la muerte, la alegría y no el dolor.

La Pascua de Jesús es su éxodo, con el cual Él nos ha abierto la vía para alcanzar la vida plena, eterna y gozosa. Para abrir esta vía, este camino, Jesús ha debido despojarse de su gloria, humillarse, hacerse obediente hasta la muerte y la muerte de cruz. Abrirnos el camino a la vida eterna le ha costado toda su sangre, y gracias a Él nosotros somos salvados de la esclavitud del pecado. Pero esto no quiere decir que Él ha hecho todo y nosotros no debemos hacer nada, que Él ha pasado por medio de la cruz y nosotros “vamos al paraíso en un carruaje”. No, no quiere decir esto. No es así. Nuestra salvación es ciertamente un don suyo, pero, como es una historia de amor, requiere nuestro “si” y nuestra participación en su amor, como nos demuestra nuestra Madre María y después de ella todos los santos.

La Cuaresma vive de esta dinámica: Cristo nos precede con su éxodo, y nosotros atravesamos el desierto gracias a Él y detrás de Él. Él es tentado por nosotros, y ha vencido al Tentador por nosotros, pero también nosotros debemos con Él afrontar las tentaciones y superarlas. Él nos dona el agua viva de su Espíritu, y a nosotros corresponde tomar de su fuente y beber, en los Sacramentos, en la oración, en la adoración; Él es la luz que vence las tinieblas, y a nosotros se nos pide alimentar la pequeña llama que nos ha sido confiada el día de nuestro Bautismo.

En este sentido la Cuaresma es «signo sacramental de nuestra conversión» (Misal Romano, Oración colecta I Dom. de Cuaresma), quien realiza el camino de la Cuaresma esta siempre en el camino de la conversión. Es un signo sacramental de nuestro camino de la esclavitud a la libertad, siempre por renovar. Un camino ciertamente difícil, como es justo que sea, porque el amor es arduo, pero es un camino lleno de esperanza. Es más, diría además: el éxodo cuaresmal es el camino en el cual la esperanza misma se forma. La fatiga de atravesar el desierto – todas las pruebas, las tentaciones, las ilusiones, las visiones… – todo esto vale para forjar una esperanza fuerte, sólida, en el modelo de la Virgen María, que en medio a las tinieblas de la pasión y de la muerte de su Hijo continuó creyendo y esperando en su resurrección, en la victoria del amor de Dios.

Con el corazón abierto a este horizonte, entramos hoy en la Cuaresma. Sintiéndonos parte del pueblo santo de Dios, iniciamos con alegría hoy este camino de esperanza. Gracias”.

Catequesis en la audiencia del papa Francisco

del miércoles 22 de febrero de 2017

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco siguió con las catequesis sobre el tema de la esperanza, este miércoles en la plaza de San Pedro. A continuación el texto completo.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la creación sea nuestra propiedad, una posesión que podemos explotar a nuestro agrado y de la cual no debemos dar cuenta a nadie. En el pasaje de la Carta a los Romanos (8,19-27) del cual hemos apenas escuchado una parte, el Apóstol Pablo nos recuerda en cambio que la creación es un don maravilloso que Dios ha puesto en nuestras manos, para que podamos entrar en relación con Él y podamos reconocer la huella de su designio de amor, a cuya realización estamos llamados todos a colaborar, día a día.

Pero cuando se deja llevar por el egoísmo, el ser humano termina por destruir incluso las cosas más bellas que le han sido confiadas. Sucedió también así con la creación.

Pensemos en el agua. El agua es una cosa bellísima y muy importante; el agua nos da la vida, nos ayuda en todo. Pero al explotar los minerales se contamina el agua, se ensucia la creación y se destruye la creación. Este es sólo un ejemplo. Existen otros.

Con la experiencia trágica del pecado, rota la comunión con Dios, hemos infringido la originaria comunión con todo aquello que nos rodea y hemos terminado por corromper la creación, haciéndola así esclava, sometida a nuestra caducidad. Y lamentablemente la consecuencia de todo esto está dramáticamente ante nuestros ojos, cada día.

Cuando rompe la comunión con Dios, el hombre pierde su propia belleza originaria y termina por desfigurar alrededor de sí cada cosa; y donde todo antes hablaba del Padre Creador y de su amor infinito, ahora lleva el signo triste y desolado del orgullo y de la voracidad humana. El orgullo humano explotando la creación, destruye. El Señor entretanto no nos deja solos y también ante este escenario desolador nos ofrece una perspectiva nueva de liberación, de salvación universal.

Es aquello lo que Pablo pone en evidencia con alegría, invitándonos a poner atención a los gemidos de la entera creación. Los gemidos de la entera creación. Expresión fuerte.

Si ponemos atención, de hecho, alrededor nuestro todo clama: clama la misma creación, clamamos nosotros los seres humanos y clama el Espíritu dentro de nosotros, en nuestro corazón. Ahora, estos clamores no son un lamento estéril, desconsolado, sino –como precisa el Apóstol– son los gemidos de una parturienta; son los gemidos de quien sufre, pero sabe que está por venir a la luz una nueva vida. Y en nuestro caso es de verdad así.

Nosotros estamos todavía luchando con las consecuencias de nuestro pecado y todo, alrededor nuestro, lleva todavía el signo de nuestras debilidades, de nuestras faltas, de nuestras cerrazones. Pero, al mismo tiempo, sabemos de haber sido salvados por el Señor y ya se nos es dado contemplar y pregustar en nosotros y en lo que nos rodea los signos de la Resurrección, de la Pascua, que opera una nueva creación.

Este es el contenido de nuestra esperanza. El cristiano no vive fuera del mundo, sabe reconocer en la propia vida y en lo que lo circunda los signos del mal, del egoísmo y del pecado.

Es solidario con quien sufre, con quien llora, con quien es marginado, con quien se siente desesperado. Pero, al mismo tiempo, el cristiano ha aprendido a leer todo esto con los ojos de la Pascua, con los ojos del Cristo Resucitado. Y entonces sabe que estamos viviendo el tiempo de la espera, el tiempo de un deseo que va más allá del presente, el tiempo del cumplimiento.

En la esperanza sabemos que el Señor quiere sanar definitivamente con su misericordia los corazones heridos y humillados y todo los que el hombre ha deformado en su impiedad, y que de este modo Él regenerará un mundo nuevo y una humanidad nueva, finalmente reconciliada en su amor.

Cuantas veces nosotros cristianos estamos tentados por la desilusión, por el pesimismo… A veces nos dejamos llevar por el lamento inútil, o quizás nos quedamos sin palabras y no sabemos ni siquiera que cosa pedir, que cosa esperar… Pero una vez más viene en nuestra ayuda el Espíritu Santo, respiro de nuestra esperanza, el cual mantiene vivo el clamor y la espera de nuestro corazón.

El Espíritu ve por nosotros más allá de las apariencias negativas del presente y nos revela ya ahora los cielos nuevos y la tierra nueva que el Señor está preparando para la humanidad. Gracias.

Mensaje del Papa Francisco
para la Cuaresma 2017
 
“La Palabra es un don. El otro es un don”.
 

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la

Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.

Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19- 31).

Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

  1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal.

Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida.

La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo.

Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

  1. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado.

La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado.

Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos.

El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir.

Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal.

Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

  1. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática.

El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios.

Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua.

Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo.

La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor “que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador” nos muestra el camino a seguir.

Que el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados.

Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana.

Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

FRANCISCO

Pope Francis’
message for Lent 2017

 

The Word is a gift. Other persons are a gift.

 

Dear Brothers and Sisters,

 

Lent is a new beginning, a path leading to the certain goal of Easter, Christ’s victory over death. This season urgently calls us to conversion. Christians are asked to return to God “with all their hearts” (Joel 2:12), to refuse to settle for mediocrity and to grow in friendship with the Lord. Jesus is the faithful friend who never abandons us. Even when we sin, he patiently awaits our return; by that patient expectation, he shows us his readiness to forgive (cf. Homily, 8 January 2016).

 

Lent is a favorable season for deepening our spiritual life through the means of sanctification offered us by the Church: fasting, prayer and almsgiving. At the basis of everything is the word of God, which during this season we are invited to hear and ponder more deeply. I would now like to consider the parable of the rich man and Lazarus (cf. Lk 16:19-31). Let us find inspiration in this meaningful story, for it provides a key to understanding what we need to do in order to attain true happiness and eternal life. It exhorts us to sincere conversion.

 

  1. The other person is a gift

 

The parable begins by presenting its two main characters. The poor man is described in greater detail: he is wretched and lacks the strength even to stand. Lying before the door of the rich man, he fed on the crumbs falling from his table. His body is full of sores and dogs come to lick his wounds (cf. vv. 20-21). The picture is one of great misery; it portrays a man disgraced and pitiful.

 

The scene is even more dramatic if we consider that the poor man is called Lazarus: a name full of promise, which literally means “God helps”. This character is not anonymous. His features are clearly delineated and he appears as an individual with his own story. While practically invisible to the rich man, we see and know him as someone familiar. He becomes a face, and as such, a gift, a priceless treasure, a human being whom God loves and cares for, despite his concrete condition as an outcast (cf. Homily, 8 January 2016).

 

Lazarus teaches us that other persons are a gift. A right relationship with people consists in gratefully recognizing their value. Even the poor person at the door of the rich is not a nuisance, but a summons to conversion and to change. The parable first invites us to open the doors of our heart to others because each person is a gift, whether it be our neighbor or an anonymous pauper. Lent is a favorable season for opening the doors to all those in need and recognizing in them the face of Christ. Each of us meets people like this every day. Each life that we encounter is a gift deserving acceptance, respect and love. The word of God helps us to open our eyes to welcome and love life, especially when it is weak and vulnerable. But in order to do this, we have to take seriously what the Gospel tells us about the rich man.

 

  1. Sin blinds us

 

The parable is unsparing in its description of the contradictions associated with the rich man (cf. v. 19). Unlike poor Lazarus, he does not have a name; he is simply called “a rich man”. His opulence was seen in his extravagant and expensive robes. Purple cloth was even more precious than silver and gold, and was thus reserved to divinities (cf. Jer 10:9) and kings (cf. Jg 8:26), while fine linen gave one an almost sacred character. The man was clearly ostentatious about his wealth, and in the habit of displaying it daily: “He feasted sumptuously every day” (v. 19). In him we can catch a dramatic glimpse of the corruption of sin, which progresses in three successive stages: love of money, vanity and pride (cf. Homily, 20 September 2013).

 

The Apostle Paul tells us that “the love of money is the root of all evils” (1 Tim 6:10). It is the main cause of corruption and a source of envy, strife and suspicion. Money can come to dominate us, even to the point of becoming a tyrannical idol (cf. Evangelii Gaudium, 55). Instead of being an instrument at our service for doing good and showing solidarity towards others, money can chain us and the entire world to a selfish logic that leaves no room for love and hinders peace.

 

The parable then shows that the rich man’s greed makes him vain. His personality finds expression in appearances, in showing others what he can do. But his appearance masks an interior emptiness. His life is a prisoner to outward appearances, to the most superficial and fleeting aspects of existence (cf. ibid., 62).

 

The lowest rung of this moral degradation is pride. The rich man dresses like a king and acts like a god, forgetting that he is merely mortal. For those corrupted by love of riches, nothing exists beyond their own ego. Those around them do not come into their line of sight. The result of attachment to money is a sort of blindness. The rich man does not see the poor man who is starving, hurting, lying at his door.

 

Looking at this character, we can understand why the Gospel so bluntly condemns the love of money: “No one can be the slave of two masters: he will either hate the first and love the second, or be attached to the first and despise the second. You cannot be the slave both of God and of money” (Mt 6:24).

 

  1. The Word is a gift

 

The Gospel of the rich man and Lazarus helps us to make a good preparation for the approach of Easter. The liturgy of Ash Wednesday invites us to an experience quite similar to that of the rich man. When the priest imposes the ashes on our heads, he repeats the words: “Remember that you are dust, and to dust you shall return”. As it turned out, the rich man and the poor man both died, and the greater part of the parable takes place in the afterlife. The two characters suddenly discover that “we brought nothing into the world, and we can take nothing out of it” (1 Tim 6:7).

 

We too see what happens in the afterlife. There the rich man speaks at length with Abraham, whom he calls “father” (Lk 16:24.27), as a sign that he belongs to God’s people. This detail makes his life appear all the more contradictory, for until this moment there had been no mention of his relation to God. In fact, there was no place for God in his life. His only god was himself.

 

The rich man recognizes Lazarus only amid the torments of the afterlife. He wants the poor man to alleviate his suffering with a drop of water. What he asks of Lazarus is similar to what he could have done but never did. Abraham tells him: “During your life you had your fill of good things, just as Lazarus had his fill of bad. Now he is being comforted here while you are in agony” (v. 25). In the afterlife, a kind of fairness is restored and life’s evils are balanced by good.

 

The parable goes on to offer a message for all Christians. The rich man asks Abraham to send Lazarus to warn his brothers, who are still alive. But Abraham answers: “They have Moses and the prophets, let them listen to them” (v. 29). Countering the rich man’s objections, he adds: “If they will not listen either to Moses or to the prophets, they will not be convinced even if someone should rise from the dead” (v. 31).

 

The rich man’s real problem thus comes to the fore. At the root of all his ills was the failure to heed God’s word. As a result, he no longer loved God and grew to despise his neighbor. The word of God is alive and powerful, capable of converting hearts and leading them back to God. When we close our heart to the gift of God’s word, we end up closing our heart to the gift of our brothers and sisters.

 

Dear friends, Lent is the favorable season for renewing our encounter with Christ, living in is word, in the sacraments and in our neighbor. The Lord, who overcame the deceptions of the Tempter during the forty days in the desert, shows us the path we must take. May the Holy Spirit lead us on a true journey of conversion, so that we can rediscover the gift of God’s word, be purified of the sin that blinds us, and serve Christ present in our brothers and sisters in need. I encourage all the faithful to express this spiritual renewal also by sharing in the Lenten Campaigns promoted by many Church organizations in different parts of the world, and thus to favor the culture of encounter in our one human family. Let us pray for one another so that, by sharing in the victory of Christ, we may open our doors to the weak and poor. Then we will be able to experience and share to the full the joy of Easter.

 

 

FRANCIS

Catequesis del papa Francisco en la audiencia del 15 de febrero de 2017

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco prosiguió este miércoles 15 de febrero de 2017 en el Aula Pablo VI del Vaticano, con las catequesis sobre la esperanza. A continuación el texto:

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! desde pequeños nos enseñan que no está bien jactarse. En mi país a quienes se enorgullecen les llamamos ‘pavos’. Y es justo que sea así porque, además de algo de soberbia, también delata una falta de respeto hacia los demás, sobre todo de los que son menos afortunados”.

En este paso de la Carta a los Romanos, entretanto el apóstol Pablo nos sorprende, porque en dos oportunidades nos invita a gloriarse. Entonces, ¿de qué es justo gloriarse? ¿Y cómo se puede hacer sin ofender, sin excluir a nadie, sin excluir a nadie?

En el primer caso estamos invitados a gloriarnos en la abundancia de la gracia de la cual somos penetrados en Jesucristo, por medio de la fe.

Pablo quiere hacernos entender que si aprendemos a leer cada cosa con la luz del Espíritu Santo, nos daremos cuenta de que todo es gracia, todo es don.

Si prestamos atención, de hecho, tanto en la historia como en nuestras vidas, no actuamos solamente nosotros, sino sobre todo Dios. Él es el protagonista absoluto que crea cada cosa como un don de amor, que teje la trama de su designo de salvación y lo lleva a cumplimiento por nosotros mediante su hijo Jesús.

A nosotros se nos pide que nos demos cuenta de todo ello, que lo aceptemos con gratitud y lo convirtamos en motivo de alabanza, de bendición y alegría. Si lo hacemos, estamos en paz con Dios y experimentamos la libertad. Y esa paz se extiende después a todas las áreas y todas las relaciones de nuestras vidas: estamos en paz con nosotros mismos, estamos en paz con la familia, en nuestra comunidad, en el trabajo y con las personas que encontramos todos los días en nuestro camino.

Pero Pablo insta a gloriarse también en las tribulaciones. Esto no es fácil de entender. Esto nos resulta más difícil y puede parecer que no tenga relación alguna con la condición apenas descrita. En cambio, es el presupuesto más auténtico, más verdadero.

De hecho la paz que el Señor nos brinda y nos garantiza no significa ausencia de preocupaciones, decepciones, faltas, o motivos de sufrimientos.

De ser así, en el caso de que consiguiéramos estar en paz, ese momento terminaría pronto y caeríamos inevitablemente en el desconsuelo. La paz que viene de la fe es un regalo: es la gracia de experimentar que Dios nos ama y que está siempre a nuestro lado, que no nos deja solos ni siquiera un momento en nuestra vida.

Y esto, como dice el Apóstol, genera paciencia, porque sabemos que incluso en los momentos más duros y turbulentos, la misericordia y la bondad del Señor son más grandes que cualquier otra cosa y nada nos arrancará de las manos y de la comunión con Él. Este es el motivo por el cual la esperanza cristiana es sólida, por eso no defrauda. No se basa en lo que hagamos o seamos, ni tampoco en lo que creamos.

Su fundamento, es decir el fundamento de la esperanza cristiana, es lo más fiel y seguro que hay: el amor que Dios nutre por cada uno de nosotros. Es fácil decir: Dios nos ama; todos lo decimos. Pero piensen un poco: ¿Cada uno de nosotros es capaz de decir: Estoy seguro de que Dios me ama? No es tan fácil decirlo, pero es la verdad. Es un buen ejercicio éste de decirse a uno mismo: Dios me ama. Esta es la raíz de nuestra seguridad, la raíz de la esperanza.

Y el Señor ha derramado en nuestro corazón el Espíritu, que es el amor de Dios, para que como artífice y garante, pueda alimentar en nosotros la fe y mantenga viva esa esperanza y esa seguridad: Dios me ama.
— ¿Pero en este momento horrible? Dios me ama.

— ¿A mí que he hecho esto y aquello? Dios me ama.

Esa seguridad no nos la quita nadie. Y tenemos que repetirlo como una oración: Dios me ama. Estoy seguro de que Dios me ama. Estoy segura de que Dios me ama”.

Ahora entendemos por qué el apóstol Pablo nos exhorta a gloriarnos siempre de todo esto. “Yo me glorío del amor de Dios, porque me ama. La esperanza que se nos ha dado no nos separa de los demás, ni mucho menos nos lleva a desacreditarlos o a marginarlos. Se trata, en cambio, de un don extraordinario del que estamos llamados a ser ‘canales’, con humildad y sencillez, para todos.

Por lo tanto nuestro mayor orgullo es tener a Dios como un Padre que no tiene favoritos, que no excluye a nadie, sino que abre su casa a todos los seres humanos, empezando por los últimos y, los alejados, para que, como hijos suyos aprendamos a consolarnos y a apoyarnos los unos a los otros. Y no se olviden: la esperanza no defrauda”.

Catequesis del papa Francisco

en la audiencia del miercoles, 8 de febrero de 2017

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco centró la catequesis de los miércoles realizada en el Aula Pablo VI, en la esperanza cristiana, no solo personal pero también con el apoyo mutuo de los miembros de la comunidad.

A continuación el texto completo:

“Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

El miércoles pasado hemos visto que san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses, exhorta a mantenerse radicados en la esperanza de la Resurrección.

Con esa hermosa palabra ‘estaremos siempre con el Señor’. En el mismo contexto el Apóstol muesta que la esperanza cristiana no tiene solamente una dimensión personal, individual, pero comunitaria y eclesial. Todos nosotros esperamos, todos nosotros tenemos esperanza también comunitariamente.

Por esto la mirada es rápidamente ampliada por Pablo a todas las comunidades cristianas a las que pide que recen mutuamente unas por otras y de apoyarse entre sí.

Ayudarse mutuamente. Pero no solo ayudarse en las necesidades, en las tantas necesidades de la vida cotidiana, sino ayudarnos en la esperanza, sostenernos en la esperanza.Y no es una casualidad que empiece refiriéndose a aquellos a quienes se ha confiado la responsabilidad y la guía pastoral.

Ellos son los primeros a ser llamados y a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores que los otros, sino en virtud de un ministerio divino que va mucho más allá de sus fuerzas. Por eso necesitan también el respeto, la comprensión y el apoyo benévolo de todos.

La atención después es puesta en los hermanos que corren más peligro de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Nosotros tenemos siempre noticias de gente que cae en la desesperación y hacen malas cosas…La desesperación los lleva a tantas cosas malas”.

La referencia es a quien ha perdido el ánimo, a quien es débil, a quien se siente abatido por el peso de la vida y de sus pecados y no logra más levantarse.

En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia deben ser aún más intensos y amorosos tomando la forma particular de la compasión, que no es sentir lástima: la compasión es padecer con el otro, acercarse al que sufre; una palabra, una caricia pero que salgan del corazón: esto es compasión.

Para quien necesita conforto de la consolación. Esto es de suma importancia: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta. El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, dice con el corazón en la mano: “‘sotros, los que somos fuertes –que tenemos la fe, la esperanza o no tenemos tantas dificultades– tenemos el deber de llevar las flaquezas de los débiles sin complacernos a nosotros mismos’.

Llevar, llevar las debilidades de los demás. Este testimonio no permanece encerrado en los confines de la comunidad cristiana: resuena en toda su fuerza también fuera de ella, en el contexto social y civil, como una llamada a no crear muros sino puentes, a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón. El cristiano nunca puede decir: ¡me la pagarás!, nunca; la ofensa se vence con el perdón, para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia! Y así obra la esperanza cristiana, cuando asume los rasgos fuertes y al mismo tiempo tiernos del amor.

El amor es fuerte y tierno”. Es bello. Se entiende entonces que no se aprende a esperar solos. Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse tiene necesidad de un “cuerpo” en el que todos los miembros se sostienen y se animan mutuamente. Esto entonces significa que si tenemos esperanza es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado la esperanza y han mantenido viva nuestra esperanza.

Y entre estos están los pequeños, los pobres, los sencillos, los marginados. Sí, porque no conoce la esperanza quien se encierra en su propio bienestar: espera solo en su bienestar y eso no es esperanza, es seguridad relativa; no conoce la esperanza quien se cierra en su propia satisfacción, quien siente siempre que está bien… Tienen esperanza en cambio uienes experimentan todos los días las pruebas, la precariedad y sus propios límites.

Son estos hermanos nuestros los que nos dan el testimonio más hermoso, más fuerte, porque se mantienen firmes confiando en el Señor, sabiendo que más allá de la tristeza, de la opresión y de la inevitabilidad de la muerte, la última palabra será suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz.

Quien espera, espera escuchar un día estas palabras: “Ven, ven a mi, hermano; ven, hermana, para toda la eternidad”. Queridos amigos, si como hemos dicho la demora habitual de la esperanza es un ‘cuerpo’ solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras que el aliento vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo.

Sin el Espíritu Santo no es posible tener esperanza. Por eso el apóstol Pablo nos invita al final a invocarlo continuamente. Si no es fácil creer, mucho menos es esperar.

Es más difícil esperar que creer, es más difícil. Pero cuando el Espíritu Santo vive en nuestros corazones, es Él a hacernos entender que no hay que temer, que el Señor está cerca y nos cuida; y es Él quien modela nuestras comunidades, en un perenne Pentecostés, como signos vivos de esperanza para la familia humana. Gracias”.

 

(Texto traducido por ZENIT)

Mensaje del Papa Francisco

para la Cuaresma 2017

(VATICANO, 07 Feb. 2017).- El Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2017 lleva por título
“La Palabra es un don. El otro es un don”.
 
En él, el Santo Padre habla del pasaje sobre Lázaro y el rico; y señala que “la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor ‘que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador’ nos muestra el camino a seguir”.

A continuación, el texto completo del mensaje:

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es un nuevo comienzo, un camino que nos lleva a un destino seguro: la

Pascua de Resurrección, la victoria de Cristo sobre la muerte. Y en este tiempo recibimos siempre una fuerte llamada a la conversión: el cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor.

Jesús es el amigo fiel que nunca nos abandona, porque incluso cuando pecamos espera pacientemente que volvamos a él y, con esta espera, manifiesta su voluntad de perdonar (cf. Homilía, 8 enero 2016).

La Cuaresma es un tiempo propicio para intensificar la vida del espíritu a través de los medios santos que la

Iglesia nos ofrece: el ayuno, la oración y la limosna. En la base de todo está la Palabra de Dios, que en este tiempo se nos invita a escuchar y a meditar con mayor frecuencia. En concreto, quisiera centrarme aquí en la parábola del hombre rico y el pobre Lázaro (cf. Lc 16,19- 31).

Dejémonos guiar por este relato tan significativo, que nos da la clave para entender cómo hemos de comportarnos para alcanzar la verdadera felicidad y la vida eterna, exhortándonos a una sincera conversión.

  1. El otro es un don

La parábola comienza presentando a los dos personajes principales, pero el pobre es el que viene descrito con más detalle: él se encuentra en una situación desesperada y no tiene fuerza ni para levantarse, está echado a la puerta del rico y come las migajas que caen de su mesa, tiene llagas por todo el cuerpo y los perros vienen a lamérselas (cf. vv. 20-21). El cuadro es sombrío, y el hombre degradado y humillado.

La escena resulta aún más dramática si consideramos que el pobre se llama Lázaro: un nombre repleto de promesas, que significa literalmente «Dios ayuda». Este no es un personaje anónimo, tiene rasgos precisos y se presenta como alguien con una historia personal.

Mientras que para el rico es como si fuera invisible, para nosotros es alguien conocido y casi familiar, tiene un rostro; y, como tal, es un don, un tesoro de valor incalculable, un ser querido, amado, recordado por Dios, aunque su condición concreta sea la de un desecho humano (cf. Homilía, 8 enero 2016).

Lázaro nos enseña que el otro es un don. La justa relación con las personas consiste en reconocer con gratitud su valor. Incluso el pobre en la puerta del rico, no es una carga molesta, sino una llamada a convertirse y a cambiar de vida.

La primera invitación que nos hace esta parábola es la de abrir la puerta de nuestro corazón al otro, porque cada persona es un don, sea vecino nuestro o un pobre desconocido. La Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él o en ella el rostro de Cristo.

Cada uno de nosotros los encontramos en nuestro camino. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil. Pero para hacer esto hay que tomar en serio también lo que el Evangelio nos revela acerca del hombre rico.

  1. El pecado nos ciega

La parábola es despiadada al mostrar las contradicciones en las que se encuentra el rico (cf. v. 19). Este personaje, al contrario que el pobre Lázaro, no tiene un nombre, se le califica sólo como «rico». Su opulencia se manifiesta en la ropa que viste, de un lujo exagerado.

La púrpura, en efecto, era muy valiosa, más que la plata y el oro, y por eso estaba reservada a las divinidades (cf. Jr 10,9) y a los reyes (cf. Jc 8,26). La tela era de un lino especial que contribuía a dar al aspecto un carácter casi sagrado.

Por tanto, la riqueza de este hombre es excesiva, también porque la exhibía de manera habitual todos los días: «Banqueteaba espléndidamente cada día» (v. 19). En él se vislumbra de forma patente la corrupción del pecado, que se realiza en tres momentos sucesivos: el amor al dinero, la vanidad y la soberbia (cf. Homilía, 20 septiembre 2013).

El apóstol Pablo dice que «la codicia es la raíz de todos los males» (1 Tm 6,10). Esta es la causa principal de la corrupción y fuente de envidias, pleitos y recelos.

El dinero puede llegar a dominarnos hasta convertirse en un ídolo tiránico (cf. Exh. ap. Evangelii gaudium, 55). En lugar de ser un instrumento a nuestro servicio para hacer el bien y ejercer la solidaridad con los demás, el dinero puede someternos, a nosotros y a todo el mundo, a una lógica egoísta que no deja lugar al amor e impide la paz.

La parábola nos muestra cómo la codicia del rico lo hace vanidoso. Su personalidad se desarrolla en la apariencia, en hacer ver a los demás lo que él se puede permitir.

Pero la apariencia esconde un vacío interior. Su vida está prisionera de la exterioridad, de la dimensión más superficial y efímera de la existencia (cf. ibíd., 62).

El peldaño más bajo de esta decadencia moral es la soberbia. El hombre rico se viste como si fuera un rey, simula las maneras de un dios, olvidando que es simplemente un mortal.

Para el hombre corrompido por el amor a las riquezas, no existe otra cosa que el propio yo, y por eso las personas que están a su alrededor no merecen su atención. El fruto del apego al dinero es una especie de ceguera: el rico no ve al pobre hambriento, llagado y postrado en su humillación

Cuando miramos a este personaje, se entiende por qué el Evangelio condena con tanta claridad el amor al dinero: «Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24).

  1. La Palabra es un don

El Evangelio del rico y el pobre Lázaro nos ayuda a prepararnos bien para la Pascua que se acerca. La liturgia del Miércoles de Ceniza nos invita a vivir una experiencia semejante a la que el rico ha vivido de manera muy dramática.

El sacerdote, mientras impone la ceniza en la cabeza, dice las siguientes palabras: «Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás». El rico y el pobre, en efecto, mueren, y la parte principal de la parábola se desarrolla en el más allá. Los dos personajes descubren de repente que «sin nada vinimos al mundo, y sin nada nos iremos de él» (1 Tm 6,7).

También nuestra mirada se dirige al más allá, donde el rico mantiene un diálogo con Abraham, al que llama «padre» (Lc 16,24.27), demostrando que pertenece al pueblo de Dios.

Este aspecto hace que su vida sea todavía más contradictoria, ya que hasta ahora no se había dicho nada de su relación con Dios. En efecto, en su vida no había lugar para Dios, siendo él mismo su único dios.

El rico sólo reconoce a Lázaro en medio de los tormentos de la otra vida, y quiere que sea el pobre quien le alivie su sufrimiento con un poco de agua.

Los gestos que se piden a Lázaro son semejantes a los que el rico hubiera tenido que hacer y nunca realizó. Abraham, sin embargo, le explica: «Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces» (v. 25). En el más allá se restablece una cierta equidad y los males de la vida se equilibran con los bienes.

La parábola se prolonga, y de esta manera su mensaje se dirige a todos los cristianos. En efecto, el rico, cuyos hermanos todavía viven, pide a Abraham que les envíe a Lázaro para advertirles; pero Abraham le responde: «Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen» (v. 29). Y, frente a la objeción del rico, añade: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto» (v. 31).

De esta manera se descubre el verdadero problema del rico: la raíz de sus males está en no prestar oído a la Palabra de Dios; esto es lo que le llevó a no amar ya a Dios y por tanto a despreciar al prójimo.

La Palabra de Dios es una fuerza viva, capaz de suscitar la conversión del corazón de los hombres y orientar nuevamente a Dios. Cerrar el corazón al don de Dios que habla tiene como efecto cerrar el corazón al don del hermano.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma es el tiempo propicio para renovarse en el encuentro con Cristo vivo en su Palabra, en los sacramentos y en el prójimo. El Señor “que en los cuarenta días que pasó en el desierto venció los engaños del Tentador” nos muestra el camino a seguir.

Que el Espíritu Santo nos guie a realizar un verdadero camino de conversión, para redescubrir el don de la Palabra de Dios, ser purificados del pecado que nos ciega y servir a Cristo presente en los hermanos necesitados.

Animo a todos los fieles a que manifiesten también esta renovación espiritual participando en las campañas de Cuaresma que muchas organizaciones de la Iglesia promueven en distintas partes del mundo para que aumente la cultura del encuentro en la única familia humana.

Oremos unos por otros para que, participando de la victoria de Cristo, sepamos abrir nuestras puertas a los débiles y a los pobres. Entonces viviremos y daremos un testimonio pleno de la alegría de la Pascua.

Vaticano, 18 de octubre de 2016

Fiesta de San Lucas Evangelista

FRANCISCO

 

Papa Francisco en la catequesis de la audiencia del

Miércoles 1 de febrero de 2017

(Ciudad del Vaticano 1 de febrero, 2017).- El papa Francisco, en la catequesis de esta semana de la audiencia general, ha reflexionado una vez más sobre la esperanza cristiana. Este miércoles se ha tenido sobre la resurrección y las preguntas ante el momento de la muerte. San Pablo, ha recordado el Papa, frente a los temores y a las perplejidades de la comunidad de Tesalónica, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En las catequesis pasadas hemos empezado nuestro recorrido sobre el tema de la esperanza releyendo en esta perspectiva algunas páginas del Antiguo Testamento. Ahora queremos pasar a dar luz a la extraordinaria importancia que esta virtud asume en el Nuevo Testamento, cuando encuentra la novedad representada por Jesucristo y por el evento pascual.

Es lo que emerge claramente desde el primer texto que se ha escrito, es decir la Primera Carta de san Pablo a los Tesalonicenses. En el pasaje que hemos escuchado, se puede percibir toda la frescura y la belleza del primer anuncio cristiano. La de Tesalónica era una comunidad joven, fundada desde hacía poco; sin embargo, no obstante las dificultades y las muchas pruebas, estaba enraizada en la fe y celebraba con entusiasmo y con alegría la resurrección del Señor Jesús. El apóstol entonces se alegra de corazón con todos, en cuanto que renacen en la Pascua se convierten realmente en “hijos de la luz e hijos del día” (5,5), en fuerza de la plena comunión con Cristo.

Cuando Pablo les escribe, la comunidad de Tesalónica ha sido apenas fundada, y solo pocos años la separan de la Pascua de Cristo. Por esto, el apóstol trata de hacer comprender todos los efectos y las consecuencias que este evento único y decisivo supone para la historia y para la vida de cada uno. En particular, la dificultad de la comunidad no era tanto reconocer la resurrección de Jesús, sino creer en la resurrección de los muertos. En tal sentido, esta carta se revela más actual que nunca. Cada vez que nos encontramos frente a nuestra muerte, o a la de un ser querido, sentimos que nuestra fe es probada. Emergen todas nuestras dudas, toda nuestra fragilidad, y nos preguntamos: “¿Pero realmente habrá vida después de la muerte…? ¿Podré todavía ver y abrazar a las personas que he amado…?”. Esta pregunta me la hizo una señora hace pocos días en una audiencia, manifestado una duda: “¿Me encontraré con los míos?”. También nosotros, en el contexto actual, necesitamos volver a la raíz y a los fundamentos de nuestra fe, para tomar conciencia de lo que Dios ha obrado por nosotros en Jesucristo y qué significa nuestra muerte. Todos tenemos un poco de miedo por esta incertidumbre de la muerte. Me viene a la memoria un viejecito, un anciano, bueno, que decía: “Yo no tengo miedo de la muerte. Tengo un poco de miedo de verla venir”. Tenía miedo de esto.

Pablo, frente a los temores y a las perplejidades de la comunidad, invita a tener firme en la cabeza como un yelmo, sobre todo en las pruebas y en los momentos más difíciles de nuestra vida, “la esperanza de la salvación”. Es un yelmo. Esto es la esperanza cristiana. Cuando se habla de esperanza, podemos ser llevados a entenderla según la acepción común del término, es decir en referencia a algo bonito que deseamos, pero que puede realizarse o no. Esperamos que sucede, es como un deseo. Se dice por ejemplo: “¡Espero que mañana haga buen tiempo!”, pero sabemos que al día siguiente sin embargo puede hacer malo… La esperanza cristiana no es así. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya se ha cumplido; está la puerta allí, y yo espero llegar a la puerta. ¿Qué tengo que hacer? ¡Caminar hacia la puerta! Estoy seguro de que llegaré a la puerta. Así es la esperanza cristiana: tener la certeza de que yo estoy en camino hacia algo que es, no que yo quiero que sea.

Esta es la esperanza cristiana. La esperanza cristiana es la espera de algo que ya ha sido cumplido y que realmente se realizará para cada uno de nosotros. También nuestra resurrección y la de los seres queridos difuntos, por tanto, no es algo que podrá suceder o no, sino que es una realidad cierta, en cuanto está enraizada en el evento de la resurrección de Cristo. Esperar por tanto significa aprender a vivir en la espera. Cuando una mujer se da cuenta que está embaraza, cada día aprende a vivir en la espera de ver la mirada de ese niño que vendrá. Así también nosotros tenemos que vivir y aprender de estas esperas humanas y vivir la espera de mirar al Señor, de encontrar al Señor. Esto no es fácil, pero se aprende: vivir en la espera. Esperar significa y requiere un corazón humilde, un corazón pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está ya lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la propia confianza en nadie más que en sí mismo.

Escribe san Pablo: “Él [Jesús] que murió por nosotros, a fin de que, velando o durmiendo, vivamos unidos a Él” (1 Ts 5, 10). Estas palabras son siempre motivo de gran consuelo y paz. También para las personas amadas que nos han dejado estamos por tanto llamados a rezar para que vivan en Cristo y están en plena comunión con nosotros. Una cosa que a mí me toca mucho el corazón es una expresión de san Pablo, dirigida a los Tesalonicenses. A mí me llena de seguridad de la esperanza. Dice así: “permaneceremos con el Señor para siempre” (1 Ts 4,17). Una cosa bonita: todo pasa pero, después de la muerte, estaremos para siempre con el Señor. Es la certeza total de la esperanza, la misma que, mucho tiempo antes, hacía exclamar a Job: “Yo sé que mi Redentor vive […] yo, con mi propia carne, veré a Dios. (Jb 19, 25-27). Y así para siempre estaremos con el Señor. ¿Creéis esto? Os pregunto: ¿creéis esto? Para tener un poco de fuerza os invito a decirlo conmigo tres veces: “Y así estaremos para siempre con el Señor”. Y allí, con el Señor, nos encontraremos.

Papa Francisco en la catequesis de la audiencia

del miércoles 25 de enero de 2017

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco, en la audiencia general, ha tomado la figura bíblica de Judit para desarrollar su catequesis. De este modo, ha explicado que esta viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, habló al pueblo con el lenguaje de la fe. Así, el Santo Padre ha pedido hoy no poner nunca condiciones a Dios y dejar que la esperanza venza a nuestros temores.

 

A continuación el texto completo de la catequesis traducido por Zenit:

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Entre las figuras de mujeres que el Antiguo Testamento nos presenta, destaca la de una gran heroína del pueblo: Judit. El libro bíblico que lleva su nombre narra la imponente campaña militar del rey Nabucodonosor, quien, reinando en Nínive, extiende las fronteras del imperio derrotando y esclavizando a todos los pueblos alrededor. El lector entiende que se encuentra delante de un grande, invencible enemigo que está sembrando muerte y destrucción y que llega hasta la Tierra Prometida, poniendo en peligro la vida de los hijos de Israel. El ejército de Nabucodonosor, de hecho, bajo la guía del general Holofernes, asedia a una ciudad de Judea, Betulia, cortando el suministro de agua y minando así la resistencia de la población.

La situación se hace dramática, al punto que los habitantes de la ciudad se dirigen a los ancianos pidiendo que se rindan a los enemigos. Las suyas son palabras desesperadas: “Ya no hay nadie que pueda auxiliarnos, porque Dios nos ha puesto en manos de esa gente para que desfallezcamos de sed ante sus ojos y seamos totalmente destruidos”. Han llegado a decir esto, Dios nos ha vendido, y la desesperación de esa gente era grande. “Llámenlos ahora mismo y entreguen la ciudad como botín a Holofernes y a todo su ejército” (Jdt 7,25-26). El final parece casi ineluctable, la capacidad de fiarse de Dios ha desaparecido, la capacidad de fiarse de Dios ha desaparecido. Y cuántas veces nosotros llegamos a situaciones límite donde no sentimos ni siquiera la capacidad de tener confianza en el Señor, es una tentación fea. Y, paradójicamente, parece que, para huir de la muerte, no queda otra cosa que entregarse a las manos de quien mata. Pero ellos saben que estos soldados entrarán y saquearán la ciudad, tomarán a las mujeres como esclavas y después matarán a todos los demás. Esto es precisamente “el límite”.  

Y delante de tanta desesperación, el jefe del pueblo trata de proponer un punto de esperanza: resistir aún cinco días, esperando la intervención salvífica de Dios. Pero es una esperanza débil, que le hace concluir: “Si transcurridos estos días, no nos llega ningún auxilio, entonces obraré como ustedes dicen” (7,31). Pobre hombre, no tenía salida. Cinco días vienen concedidos a Dios –y aquí está el pecado– cinco días vienen concedidos a Dios para intervenir; cinco días de espera, pero ya con la perspectiva del final. Conceden cinco días a Dios para salvarles, pero saben, no tienen confianza, esperan lo peor. En realidad, nadie más, entre el pueblo, es todavía capaz de esperar. Estaban desesperados.

Es en esta situación que aparece en escena Judit. Viuda, mujer de gran belleza y sabiduría, ella habla al pueblo con el lenguaje de la fe, valiente, regaña a la cara al pueblo: “¡Ahora ustedes ponen a prueba al Señor todopoderoso, […]. No, hermanos; cuídense de provocar la ira del Señor, nuestro Dios. Porque si él no quiere venir a ayudarnos en el término de cinco días, tiene poder para protegernos cuando él quiera o para destruirnos ante nuestros enemigos. No exijan entonces garantías a los designios del Señor, nuestro Dios, porque Dios no cede a las amenazas como un hombre ni se le impone nada como a un mortal. Por lo tanto, invoquemos su ayuda, esperando pacientemente su salvación, y él nos escuchará si esa es su voluntad” (8,13.14- 15.17).

Es un lenguaje de la esperanza. Llamamos a las puertas del corazón de Dios, Él es Padre, Él puede salvarnos. ¡Esta mujer, viuda, corre el riesgo también de quedar mal delante de los otros! ¡Pero es valiente! ¡Va adelante! Y esto es algo mío, esta es una opinión mía: ¡las mujeres son más valientes que los hombres!

Con la fuerza de un profeta, Judit llama a los hombres de su pueblo para llevarles de nuevo a la confianza en Dios; con la mirada de un profeta, ella ve más allá del estrecho horizonte propuesto por los jefes y que el miedo hace todavía más limitado. Dios actuará realmente –ella afirma–, mientras la propuesta de los cinco días de espera es un modo para tentarlo y para escapar de su voluntad. El Señor es Dios de salvación, y ella lo cree, sea cual sea la forma que tome. Es salvación liberar de los enemigos y hacer vivir, pero, en sus planes impenetrables, puede ser salvación también entregar a la muerte. Mujer de fe, ella lo sabe. Después conocemos el final, como ha terminado la historia: Dios salva.

Queridos hermanos y hermanas, no pongamos nunca condiciones a Dios y dejemos que la esperanza venza a nuestros temores. Fiarse de Dios quiere decir entrar en sus diseños sin pretender nada, también aceptando que su salvación y su ayuda lleguen a nosotros de forma diferente de nuestras expectativas. Nosotros pedimos al Señor vida, salud, afectos, felicidad; y es justo hacerlo, pero en la conciencia de que Dios sabe sacar vida incluso de la muerte, que se puede experimentar la paz también en la enfermedad, y que puede haber serenidad también en la soledad y felicidad también en el llanto. No somos nosotros los que podemos enseñar a Dios lo que debe hacer, es decir lo que necesitamos. Él lo sabe mejor que nosotros, y tenemos que fiarnos, porque sus caminos y sus pensamientos son muy diferentes a los nuestros.

El camino que Judit nos indica es el de la confianza, de la espera en la paz, de la oración en la obediencia. Es el camino de la esperanza. Sin resignaciones fáciles, haciendo todo lo que está en nuestras posibilidades, pero siempre permaneciendo en el camino de la voluntad del Señor, porque  Judit –lo sabemos– ha rezado mucho, ha hablado mucho al pueblo y después, valiente, se ha ido, ha buscado el modo de acercarse al jefe del ejército y ha conseguido cortarle la cabeza, ha degollarlo. Es valiente en la fe y en las obras. El Señor busca siempre. Judit, de hecho, tiene su plan, lo realiza con éxito y lleva al pueblo a la victoria, pero siempre en la actitud de fe de quien acepta todo de las manos de Dios, segura de su bondad. Así, una mujer llena de fe y de valentía da de nuevo fuerza a su pueblo en peligro mortal y lo conduce en los caminos de la esperanza, indicándole también a nosotros. Y nosotros, si hacemos un poco de memoria, cuántas veces hemos escuchado palabras sabias, valientes, de personas humildes, de mujeres humildes que uno piensa que  –sin despreciarlas– son ignorantes… ¡Pero son palabras de la sabiduría de Dios, eh! Las palabras de las abuelas. Cuántas veces las abuelas saben decir la palabra justa, la palabra de esperanza, porque tienen la experiencia de la vida, han sufrido mucho, se han encomendado a Dios y el Señor da este don de darnos el consejo de esperanza.

Y, yendo por esos caminos, será alegría y luz pascual encomendarse al Señor con las palabras de Jesús: “Padre, si quieres, si tú quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Y esta es la oración de la sabiduría, de la confianza y de la esperanza.

Ángelus del papa Francisco del 15 de enero de 2017

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco ha rezado el ángelus desde la ventana del estudio en el Palacio Apostólico junto con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

 Queridos hermanos y hermanas,

En el centro del Evangelio de hoy (Jn 1, 29-34) está la palabra de Juan Bautista: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (v. 29). Una palabra acompañada por la mirada y el gesto de la mano que le señalan a Él, Jesús. Imaginamos la escena. Estamos en la orilla del río Jordán. Juan está bautizando; hay mucha gente, hombres y mujeres de distintas edades, venidos allí, al río, para recibir el bautismo de las manos de ese hombre que a muchos les recordaba a Elías, el gran profeta que nueve siglos antes había purificado a los israelitas de la idolatría y les había reconducido a la verdadera fe en el Dios de la alianza, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob.

Juan predica que el reino de los cielos está cerca, que el Mesías va a manifestarse y es necesario prepararse, convertirse y comportarse con justicia; y se pone a bautizar en el Jordán para dar al pueblo un medio concreto de penitencia (cfr Mt 3,1-6). Esta gente venía para arrepentirse de sus pecados, para hacer penitencia, para comenzar de nuevo la vida. Él sabe, Juan sabe, que el Mesías, el Consagrado del Señor ya está cerca, y el signo para reconocerlo será que sobre Él se posará el Espíritu Santo; de hecho Él llevará el verdadero bautismo, el bautismo en el Espíritu Santo (cfr Jn 1,33).
Y el momento llega: Jesús se presenta en la orilla del río, en medio de la gente, de los pecadores –como todos nosotros–. Es su primer acto público, la primera cosa que hace cuando deja la casa de Nazaret, a los treinta años: baja a Judea, va al Jordán y se hace bautizar por Juan. Sabemos qué sucede –lo hemos celebrado el domingo pasado–: sobre Jesús baja el Espíritu Santo en forma de paloma y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cfr Mt 3,16-17). Es el signo que Juan esperaba. ¡Es Él! Jesús es el Mesías. Juan está desconcertado, porque se ha manifestado de una forma impensable: en medio de los pecadores, bautizado como ellos, es más, por ellos. Pero el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la justicia de Dios, se cumple su diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que toma consigo y quita el pecado del mundo.

Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos. Porque Juan tenía un numeroso círculo de discípulos, que lo habían elegido como guía espiritual, y precisamente algunos de ellos se convertirán en los primeros discípulos de Jesús. Conocemos bien sus nombres: Simón, llamado después Pedro, su hermano Andrés, Santiago y su hermano Juan. Todos pescadores; todos galileos, como Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, ¿por qué nos hemos parado mucho en esta escena? ¡Porque es decisiva! No es una anécdota, es un hecho histórico decisivo. Es decisiva por nuestra fe; es decisiva también por la misión de la Iglesia. La Iglesia, en todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a Jesús a la gente diciendo: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Él es un el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los pecadores. Pero es Él. Él, no es otro poderoso que viene. No no. Él.

Y estas son las palabras que nosotros sacerdotes repetimos cada día, durante la misa, cuando presentamos al pueblo el pan y el vino convertidos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Este gesto litúrgico representa toda la misión de la Iglesia, la cual no se anuncia a sí misma. Ay, ay cuando la Iglesia se anuncia a sí misma. Pierde la brújula, no sabe dónde va. La Iglesia anuncia a Cristo; no se lleva a sí misma, lleva a Cristo. Porque es Él y solo Él quien salva a su pueblo del pecado, lo libera y lo guía a la tierra de la vida y de la libertad.

La Virgen María, Madre del Cordero de Dios, nos ayude a creer en Él y a seguirlo.

Después del ángelus, el Santo Padre ha añadido:

Queridos hermanos y hermanas,

Hoy se celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, dedicada al tema “Menores migrantes, vulnerables y sin voz”. Estos nuestros hermanos pequeños, especialmente si no están acompañados, están expuestos a muchos peligros. Y os digo, ¡hay muchos! Es necesario adoptar toda medida posible para garantizar a los menores migrantes la protección y la defensa, como también su integración.

Dirijo un saludo especial a la representación de distintas comunidades étnicas aquí reunidas, en particular a las católicas de Roma. Queridos amigos, os deseo vivir serenamente en las localidades que os acogen, respetando las leyes y las traiciones y, al mismo tiempo, cuidando los valores de vuestras culturas de origen. ¡El encuentro de varias culturas es siempre un enriquecimiento para todos! Doy las gracias a la oficina Migrantes de la diócesis de Roma y a los que trabajan con los migrantes para acogerlos y acompañarlos en sus dificultades, y animo a continuar esta obra, recordando el ejemplo de santa Francisca Javier Cabrini, patrona de los migrantes, de la que este año se celebra el centenario de la muerte. Esta religiosa valiente dedicó su vida a llevar el amor de Cristo a los que estaban lejos de la patria y de la familia. Su testimonio nos ayude a cuidar del hermano forastero, en el cual está presente Jesús, a menudo que sufre, es rechazado y humillado. Cuántas veces en la Biblia el Señor no ha pedido acoger migrantes y forasteros, recordándonos que también nosotros somos forasteros.

Saludo con afecto a todos vosotros, queridos fieles procedentes de distintas parroquias de Italia y de otros países, como también a las asociaciones y a los distintos grupos. En particular, los estudiantes del Instituto Meléndez Valdés de Villafranca de los Barros, España.

A todos os deseo un feliz domingo y buen almuerzo. Y no os olvidéis de rezar por mí. ¡Hasta pronto!

Papa Francisco en la catequesis de la audiencia

del miércoles 4 de enero de 2016

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco en la catequesis de este miércoles

 “Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy quisiera contemplar con ustedes la figura de una mujer que nos habla de la esperanza vivida en el llanto. La esperanza vivida en el llanto. Se trata de Raquel, la esposa de Jacob y la madre de José y Benjamín, aquella que, como nos narra el Libro del Génesis, muere dando a la luz a su segundo hijo, es decir, a Benjamín.

El profeta Jeremías hace referencia a Raquel dirigiéndose a los Israelitas en exilio para consolarlos, con palabras llenas de emoción y de poesía; es decir, toma el llanto de Raquel pero da esperanza: «Así habla el Señor: ¡Escuchen! En Ramá se oyen lamentos, llantos de amargura: es Raquel que llora a sus hijos; ella no quiere ser consolada, porque ya no existen» (Jer 31,15).

En estos versículos, Jeremías presenta a esta mujer de su pueblo, la gran matriarca de su tribu, en una realidad de dolor y llanto, pero junto a una perspectiva de vida impensada. Raquel, que en la narración del Génesis había muerto dando a luz y había asumido esta muerte para que su hijo pudiese vivir, ahora en cambio, es presentada nuevamente por el profeta como viva en Ramá, allí donde se reunían los deportados, llora por sus hijos que en cierto sentido han muerto andando en exilio; hijos que, como ella misma dice, “ya no existen”, han desaparecido para siempre.

Y por esto Raquel no quiere ser consolada. Este rechazo expresa la profundidad de su dolor y la amargura de su llanto. Ante la tragedia de la pérdida de sus hijos, una madre no puede aceptar palabras o gestos de consolación, que son siempre inadecuados, nunca capaces de aliviar el dolor de una herida que no puede y no quiere ser cicatrizada. Un dolor proporcional al amor.

Toda madre sabe todo esto; y son muchas, también hoy, las madres que lloran, que no se resignan a la pérdida de un hijo, inconsolables ante una muerte imposible de aceptar. Raquel contiene en sí el dolor de todas las madres del mundo, de todo tiempo, y las lágrimas de todo ser humano que llora pérdidas irreparables.

Este rechazo de Raquel que no quiere ser consolada nos enseña también cuanta delicadeza se nos pide ante el dolor de los demás. Para hablar de esperanza con quien está desesperado, se necesita compartir su desesperación; para secar una lágrima del rostro de quien sufre, es necesario unir a su llanto el nuestro. Solo así, nuestras palabras pueden ser realmente capaces de dar un poco de esperanza. Y si no puedo decir palabras así, con el llanto, con el dolor, mejor el silencio. La caricia, el gesto y nada de palabras.

Y Dios, con su delicadeza y su amor, responde al llanto de Raquel con palabras verdaderas, no fingidas; de hecho, así prosigue el texto de Jeremías: «Así habla el Señor: Reprime tus sollozos, ahoga tus lágrimas, porque tu obra recibirá su recompensa – oráculo del Señor – y ellos volverán del país enemigo. Sí, hay esperanza para tu futuro – oráculo del Señor – los hijos regresarán a su patria» (Jer 31,16-17).

Justamente por el llanto de la madre, hay todavía esperanza para los hijos, que volverán a vivir. Esta mujer, que había aceptado morir, en el momento del parto, para que el hijo pudiese vivir, con su llanto es ahora el principio de una vida nueva para los hijos exiliados, prisioneros, lejos de la patria. Al dolor y al llanto amargo de Raquel, el Señor responde con una promesa que ahora puede ser para ella motivo de verdadera consolación: el pueblo podrá regresar del exilio y vivir en la fe, libre, la propia relación con Dios. Las lágrimas han generado esperanza. Y esto nos fácil de entender, pero es verdadero. Tantas veces, en nuestra vida, las lágrimas siembran esperanza, son semillas de esperanza.

Como sabemos, este texto de Jeremías es luego retomado por el evangelista Mateo y aplicado a la matanza de los inocentes (Cfr. 2,16-18). Un texto que nos pone ante la tragedia de la matanza de seres humanos indefensos, del horror del poder que desprecia y destruye la vida. Los niños Belén murieron a causa de Jesús. Y Él, Cordero inocente, luego morirá, a su vez, por todos nosotros. El Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres: no se olviden de esto. Cuando alguien se dirige a mí y me hace una pregunta difícil, por ejemplo: “Me diga padre: ¿Por qué sufren los niños?”, de verdad, yo no sé qué cosa responder. Solamente digo: “Mira el Crucifijo: Dios nos ha dado a su Hijo, Él ha sufrido, y tal vez ahí encontraras una respuesta. No hay otras respuestas. Solamente mirando el amor de Dios que da en su Hijo que ofrece su vida por nosotros, se puede indicar el camino de la consolación”. Y por esto decimos que el Hijo de Dios ha entrado en el dolor de los hombres, los ha compartido y ha recibido la muerte; su Palabra es definitivamente palabra de consolación, porque nace del llanto.

Y en la cruz estará Él, el Hijo muriente, que dona una nueva fecundidad a su madre, confiándole al discípulo Juan y convirtiéndola en madre del pueblo de los creyentes. Allí, la muerte es vencida, y llega así a cumplimiento de la profecía de Jeremías. También las lágrimas de María, como aquellas de Raquel, han generado esperanza y nueva vida. Gracias”.

El Papa: ‘El 2017 será bueno si nosotros haremos el bien día a día’

(Ciudad del Vaticano 1 de enero, 2017)
 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En los días pasados hemos puesto nuestra mirada venerante sobre el Hijo de Dios, nacido en Belén; hoy, Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, dirigimos nuestros ojos a la Madre, pero manteniendo ambos en su estrecha relación. Esta relación no se agota en el hecho de haber generado y en haber sido generado; Jesús «nacido de mujer» (Gal 4,4) para una misión de salvación y su madre no está excluida de tal misión, al contrario, está asociada íntimamente.

María es consciente de esto, por lo tanto no se cierra a considerar solo su relación maternal con Jesús, sino permanece abierta y atenta a todos los acontecimientos que suceden a su alrededor: conserva y medita, observa y profundiza, como nos recuerda el Evangelio de hoy (Cfr. Lc 2,19).

Ha ya dicho su “sí” y ha dado su disponibilidad para ser involucrada en la actuación del plan de salvación de Dios, que «dispersó a los soberbios de corazón, derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes, colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías» (Lc 1,51-53). Ahora, silenciosa y atenta, trata de comprender que cosa Dios quiere de ella cada día.

La visita de los pastores le ofrece la ocasión para captar algún elemento de la voluntad de Dios que se manifiesta en la presencia de estas personas humildes y pobres. El evangelista Lucas nos narra la visita de los pastores a la gruta con una sucesión incesante de verbos que expresan movimiento. Dice así: ello fueron sin esperar, encontraron al Niño con María y José, lo vieron, y contaron lo que de Él les habían dicho, y finalmente glorificaron a Dios (Cfr. Lc 2,16-20).

María sigue atentamente esta visita, que cosa dicen los pastores, que cosa les ha sucedido, porque ya entre ve en ellos el movimiento de la salvación que surge de la obra de Jesús, y se adecua, lista para todo pedido del Señor. Dios pide a María no solo ser la madre de su Hijo unigénito, sino también cooperar con el Hijo y por el Hijo en el plan de salvación, para que en ella, humilde sierva, se cumpla las grandes obras de la misericordia divina.

Y aquí, mientras los pastores, contemplan el icono del Niño en brazos a su Madre, sentimos crecer en nuestro corazón un sentido de inmenso reconocimiento hacia Ella que ha dado al mundo al Salvador. Por esto, en el primer día del nuevo año, le decimos:

¡Gracias, oh Santa Madre del Hijo de Dios, Jesús, Santa Madre de Dios!
Gracias por tú humildad que ha atraído la mirada de Dios;
gracias por la fe con la cual has acogido su Palabra;
gracias por la valentía con la cual has dicho “aquí estoy”,
olvidándose en ti, fascinada del Amor Santo,
hecho un todo con su esperanza.
¡Gracias, oh Santa Madre de Dios!
Ora por nosotros, peregrinos en el tiempo;
ayúdanos a caminar en la vía de la paz.

Amén”.

Fuente: zenit.net

Catequesis del papa Francisco en la audiencia del 28 de diciembre de 2016

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco prosiguió este miércoles, 28 de diciembre,  con la serie de catequesis sobre la esperanza, centrándose en la figura de Abraham, a quien Dios le hace salir de sus horizontes pequeños y entender mirando las estrellas que estas son numerosas como lo será su descendencia, invitándolo así a tener fe a pesar de la esterilidad de su consorte.

 “Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos recuerda la gran figura de Abraham, para indicarnos la vía de la fe y de la esperanza.

De él el apóstol escribe: «Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones»; “esperando contra toda esperanza”: Este concepto es fuerte ¿no?: aun cuando no hay esperanza yo espero. Es así nuestro padre Abrahán. San Pablo se está refiriendo a la fe con la cual Abrahán creyó en la palabra de Dios que le prometía un hijo.

Pero era verdaderamente una confianza “contra toda esperanza”, porque era tan imposible aquello que el Señor le estaba anunciando, ya que él era anciano – tenía casi cien años – y su mujer era estéril. No lo había logrado.

Pero lo ha dicho Dios, y él creyó. No había esperanza humana porque él era anciano y su mujer estéril: y él cree. Confiando en esta promesa, Abraham se pone en camino, acepta dejar su tierra y hacerse extranjero, esperando en este hijo “imposible” que Dios habría debido donarle no obstante que el vientre de Sara estaba como muerto.

Abraham cree, su fe se abre a una esperanza aparentemente irracional; esta es la capacidad de ir más allá de los razonamientos humanos, de la sabiduría y de la prudencia del mundo, más allá de lo que es normalmente considerado sentido común, para creer en lo imposible. La esperanza abre nuevos horizontes, nos vuelve capaces de soñar lo que no es ni siquiera imaginable. La esperanza hace entrar en la oscuridad de un futuro incierto para caminar en la luz. Es bella la virtud de la esperanza; nos da tanta fuerza para ir en la vida.

Pero es un camino difícil. Y llega el momento, también para Abraham de la crisis de desaliento. Ha confiado, ha dejado su casa, su tierra y sus amigos… todo. Y ha partido y ha llegado al país que Dios le había indicado, el tiempo ha pasado. En aquel tiempo hacer un viaje así no era como ahora, con los aviones – en 12 o 15 horas se hace –; se necesitaban meses, años.

El tiempo ha pasado, pero el hijo no llega, el vientre de Sara permanece cerrado en su esterilidad. Y Abraham, no digo que pierde la paciencia, sino se queja ante el Señor. También esto aprendemos de nuestro padre Abraham: quejarnos ante el Señor es un modo de orar. A veces cuando confieso yo escucho: “Me he quejado con el Señor…” y yo respondo: “No te quejes Él es Padre”. Y este es un modo de orar: quejarme ante el Señor, esto es bueno.

Abraham se queja ante el Señor y dice así: «Señor, respondió Abraham, […] yo sigo sin tener hijos, y el heredero de mi casa será Eliezer de Damasco (Eliezer era quien gobernaba todas las cosas). Después añadió: “Tú no me has dado un descendiente, y un servidor de mi casa será mi heredero”.

Entonces el Señor le dirigió esta palabra: “No, ese no será tu heredero; tu heredero será alguien que nacerá de ti”. Luego lo llevó afuera y continuó diciéndole: “Mira hacia el cielo y si puedes, cuenta las estrellas”. Y añadió: “Así será tu descendencia”. Abraham creyó nuevamente en el Señor, que lo tuvo en cuenta como justicia».

La escena se desarrolla de noche, afuera esta oscuro, pero también en el corazón de Abraham esta la oscuridad de la desilusión, del desánimo, de la dificultad de continuar esperando en algo imposible. Ahora el patriarca es demasiado avanzado en los años, parece que no hay más tiempo para un hijo, y será un siervo el que entrará a heredando todo.

Abraham se está dirigiendo al Señor, pero Dios, aunque este ahí presente y habla con él, es como si se hubiera alejado, como si no hubiese cumplido su palabra. Abraham se siente solo, esta viejo y cansado, la muerte se acerca. ¿Cómo continuar confiando?

Y este reclamo suyo es entretanto una forma de fe, es una oración. A pesar de todo, Abrahán continúa creyendo en Dios y esperando en algo que todavía podría suceder.

Contrariamente ¿para qué interpelar al Señor, quejándose ante Él, reclamando sus promesas? La fe no es solo silencio que acepta todo sin reclamar, la esperanza no es la certeza que te da seguridad ante las dudas y las perplejidades. Pero muchas veces, la esperanza es oscura; pero está ahí, la esperanza… que te lleva adelante. La fe es también luchar con Dios, mostrarle nuestra amargura, sin piadosas apariencias.

“Me he molestado con Dios y le he dicho esto, esto, esto” Pero Él es Padre, Él te ha entendido: ve en paz. ¡Tengamos esta valentía! Y esto es la esperanza. Y la esperanza es también no tener miedo de ver la realidad por aquello que es y aceptar las contradicciones. Abraham por lo tanto en la fe, se dirige a Dios para que lo ayude a continuar esperando.

Es curioso, no pide un hijo. Pide: “Ayúdame a seguir esperando”, la oración para tener esperanza. Y el Señor responde insistiendo con su improbable promesa: no será un siervo el heredero, sino un hijo, nacido de Abraham, generado por él.

Nada ha cambiado, por parte de Dios. Él continúa afirmando aquello que había dicho, y no ofrece puntos de apoyo a Abrahán, para sentirse seguro. Su única seguridad es confiar en la palabra del Señor y continuar esperando.

Y aquel signo que Dios dona a Abraham es una invocación a continuar creyendo y esperando: «Mira hacia el cielo y cuenta las estrellas […] Así será tu descendencia». Es todavía una promesa, hay todavía algo que esperar para el futuro. Dios lleva a Abraham afuera de la tienda, en realidad (fuera) de sus visiones restringidas, y le muestra las estrellas.

Para creer, es necesario saber ver con los ojos de la fe; no solo estrellas, que todos podemos ver, sino para Abraham tienen que convertirse en el signo de la fidelidad de Dios. Es esta la fe, este el camino de la esperanza que cada uno de nosotros debe recorrer.

Si también a nosotros nos queda como única posibilidad mirar las estrellas, entonces es tiempo de confiar en Dios. No hay nada más bello. La esperanza no defrauda. Gracias.

Catequesis del papa Francisco en la audiencia del 21 de diciembre de 2016

 (Ciudad del Vaticano).- En la última audiencia general antes de Navidad, el Papa Francisco ha dedicado la catequesis al momento en que la esperanza entra en el mundo con la encarnación del Hijo de Dios. Y que la Navidad solamente es una verdadera fiesta si en el centro está Jesús. Después de las lecturas el Pontífice leyó el texto de la catequesis en italiano, que proponemos a continuación.

 “¡Queridos hermanos y hermanas!, hemos iniciado hace poco un camino de catequesis sobre el tema de la esperanza, muy apto para el tiempo de Adviento. A guiarnos ha sido hasta ahora el profeta Isaías.

Hoy, cuando faltan pocos días para la Navidad, quisiera reflexionar de modo más específico sobre el momento en el cual, por así decir, la esperanza ha entrado en el mundo, con la encarnación del Hijo de Dios.

El mismo profeta Isaías había preanunciado el nacimiento del Mesías en algunos pasajes: «Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y lo llamará con el nombre de Emanuel» (7,14); y también – en otro pasaje – «Saldrá una rama del tronco de Jesé y un retoño brotará de sus raíces» (11,1).

En estos pasajes se entre ve el sentido de la Navidad: Dios cumple la promesa haciéndose hombre; no abandona a su pueblo, se acerca hasta despojarse de su divinidad. De este modo Dios demuestra su fidelidad e inaugura un Reino nuevo, que dona una nueva esperanza a la humanidad. Y ¿cuál es esta esperanza? La vida eterna.

Cuando se habla de la esperanza, muchas veces se refiere a lo que no está en el poder del hombre y que no es visible. De hecho, lo que esperamos va más allá de nuestras fuerzas y nuestra mirada. Pero el Nacimiento de Cristo, inaugurando la redención, nos habla de una esperanza distinta, una esperanza segura, visible y comprensible, porque está fundada en Dios

Él entra en el mundo y nos dona la fuerza para caminar con Él: Dios camina con nosotros en Jesús, caminar con Él hacia la plenitud de la vida, nos da la fuerza para estar de una manera nueva en el presente, a pesar de exigir esfuerzo.

Esperar para el cristiano significa la certeza de estar en camino con Cristo hacia el Padre que nos espera. La esperanza jamás está detenida, la esperanza siempre está en camino y nos hace caminar. Esta esperanza, que el Niño de Belén nos dona, ofrece una meta, un destino bueno en el presente, la salvación para la humanidad, la bienaventuranza para quien se encomienda a Dios misericordioso.

San Pablo resume todo esto con la expresión: “En la esperanza hemos sido salvados” (Rom 8,24). Es decir, caminando de este modo, con esperanza, somos salvados.

Y aquí podemos hacernos una pregunta, cada uno de nosotros: ¿yo camino con esperanza o mi vida interior está detenida, cerrada? ¿Mi corazón es un cajón cerrado o es un cajón abierto a la esperanza que me hace caminar? No solo sino con Jesús. Una buena pregunta para hacernos.

En las casas de los cristianos, durante el tiempo de Adviento, se prepara el pesebre, según la tradición que se remonta a San Francisco de Asís. En su simplicidad, el pesebre transmite esperanza; cada uno de los personajes está inmerso en esta atmósfera de esperanza.

Antes que nada notamos el lugar en el cual nace Jesús: Belén. Un pequeño pueblo de Judea donde mil años antes había nacido David, el pastor elegido por Dios como rey de Israel.

Belén no es una capital, y por esto es preferida por la providencia divina, que ama actuar a través de los pequeños y los humildes. En aquel lugar nace el “hijo de David” tan esperado, Jesús, en el cual la esperanza de Dios y la esperanza del hombre se encuentran.

Después miramos a María, Madre de la esperanza. Con su ‘sí’ abrió a Dios la puerta de nuestro mundo: su corazón de joven estaba lleno de esperanza, completamente animada por la fe; y así Dios la ha elegido y ella ha creído en su palabra.

Aquella que durante nueve meses ha sido el arca de la nueva y eterna Alianza, en la gruta contempla al Niño y ve en Él el amor de Dios, que viene a salvar a su pueblo y a toda la humanidad.

Junto a María estaba José, descendiente de Jesé y de David; también él ha creído en las palabras del ángel, y mirando a Jesús en el pesebre, piensa que aquel Niño viene del Espíritu Santo, y que Dios mismo le ha ordenado llamarle así, ‘Jesús’.

En este nombre está la esperanza para todo hombre, porque mediante este hijo de mujer, Dios salvará a la humanidad de la muerte y del pecado. ¡Por esto es importante mirar el pesebre! Detenerse un poco y mirar y ver cuanta esperanza hay en esta gente.

Y también en el pesebre están los pastores, que representan a los humildes y a los pobres que esperaban al Mesías, el «consuelo de Israel» (Lc 2,25) y la «redención de Jerusalén» (Lc 2,38).

En aquel Niño ven la realización de las promesas y esperan que la salvación de Dios llegue finalmente para cada uno de ellos. Quien confía en sus propias seguridades, sobre todo materiales, no espera la salvación de Dios.

Pero hagamos entrar esto en la cabeza: nuestras propias seguridades no nos salvaran. Solamente la seguridad que nos salva es aquella de la esperanza en Dios. Nos salva porque es fuerte y nos hace caminar en la vida con alegría, con ganas de hacer el bien, con las ganas de ser felices para toda la eternidad.

Los pequeños, los pastores, en cambio confían en Dios, esperan en Él y se alegran cuando reconocen en este Niño el signo indicado por los ángeles (Cfr. Lc 2,12).

Y justamente el coro de los ángeles anuncia desde lo alto el gran designio que aquel Niño realiza: ‘¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él’ (Lc 2,14).

La esperanza cristiana se expresa en la alabanza y en el agradecimiento a Dios, que ha inaugurado su Reino de amor, de justicia y de paz.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, contemplando el pesebre, nos preparamos para el Nacimiento del Señor. Será verdaderamente una fiesta si acogemos a Jesús, semilla de esperanza que Dios siembra en los surcos de nuestra historia personal y comunitaria. Cada ‘sí’ a Jesús que viene es un germen de esperanza.

Tengamos confianza en este germen de esperanza, en este sí: ‘Si Jesús, tú puedes salvarme, tú puedes salvarme’. ¡Feliz Navidad de esperanza para todos!”.

Catequesis del papa Francisco en la audiencia del

miércoles 30 de noviembre de 2016

En la última catequesis sobre la misericordia, el papa Francisco explica que para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad, pero también un acto de gran fe.

(Ciudad del Vaticano, Miércoles, 30 de noviembre, 2016).- El papa Francisco ha concluido esta semana la serie de catequesis centradas en la misericordia. Este miércoles ha reflexionado sobre dos obras de misericordia, una espiritual y una corporal: rezar por los difuntos y enterrar a los muertos. De este modo, ha explicado que rezar por los difuntos es un signo de reconocimiento por el testimonio que nos han dejado y el bien que han hecho. Asimismo ha precisado que la comunión de los santos indica que todos estamos inmersos en la vida de Dios y vivimos en su amor. Pero también ha asegurado que el recuerdo de los fieles difuntos no debe hacernos olvidar también de rezar por los vivos, que junto a nosotros cada día enfrentan las pruebas de la vida.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la catequesis de hoy concluimos el ciclo dedicado a la misericordia. Pero las catequesis terminan, pero ¡la misericordia debe continuar! Agradecemos al Señor por todo esto y conservémoslo en el corazón como consolación y fortaleza.

La última obra de misericordia espiritual pide de rezar por los vivos y por los difuntos. A esta podemos unir también la última obra de misericordia corporal que invita a enterrar a los muertos. Puede parecer una petición extraña esta última; en cambio, en algunas zonas del mundo que viven bajo el flagelo de la guerra, con bombardeos que de día y de noche siembran temor y víctimas inocentes, esta obra es tristemente actual. La Biblia tiene un hermoso ejemplo al respecto: aquel del viejo Tobías, quien, arriesgando su propia vida, sepultaba a los muertos no obstante la prohibición del rey (Cfr. Tob 1,17-19; 2,2-4). También hoy existen algunos que arriesgan la vida para dar sepultura a las pobres víctimas de las guerras. Por lo tanto, esta obra de misericordia corporal no es ajena a nuestra existencia cotidiana. Y nos hace pensar a lo que sucede el Viernes Santo, cuando la Virgen María, con Juan y algunas mujeres estaban ante la cruz de Jesús. Después de su muerte, fue José de Arimatea, un hombre rico, miembro del Sanedrín pero convertido en discípulo de Jesús, y ofreció para él un sepulcro nuevo, excavado en la roca. Fue personalmente donde Pilatos y pidió el cuerpo de Jesús: ¡una verdadera obra de misericordia hecha con gran valentía! (Cfr. Mt 27,57-60). Para los cristianos, la sepultura es un acto de piedad, pero también un acto de gran fe. Depositamos en la tumba el cuerpo de nuestros seres queridos, con la esperanza de su resurrección (Cfr. 1 Cor 15,1-34). Este es un rito que perdura muy fuerte y apreciado en nuestro pueblo, y que encuentra repercusiones especiales en este mes de noviembre dedicado en particular al recuerdo y a la oración por los difuntos. Rezar por los difuntos es, sobre todo, un signo de reconocimiento por el testimonio que nos han dejado y el bien que han hecho. Es un agradecimiento al Señor porque nos los ha donado y por su amor y su amistad. Dice el sacerdote: «Acuérdate también, Señor, de tus hijos, que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz. A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo, concédeles el lugar del consuelo, de la luz y de la paz» (Canon romano). Un recuerdo simple, eficaz, lleno de significado, porque encomienda a nuestros seres queridos a la misericordia de Dios. Oremos con esperanza cristiana que estén con Él en el paraíso, en la espera de encontrarnos juntos en ese misterio de amor que no comprendemos, pero que sabemos que es verdad porque es una promesa que Jesús ha hecho. Todos resucitaremos y todos permaneceremos por siempre con Jesús, con Él.

El recuerdo de los fieles difuntos no debe hacernos olvidar también de rezar por los vivos, que junto a nosotros cada día enfrentan las pruebas de la vida. La necesidad de esta oración es todavía más evidente si la ponemos a la luz de la profesión de fe que dice: “Creo en la comunión de los santos”. Es el misterio que expresa la belleza de la misericordia que Jesús nos ha revelado. La comunión de los santos, de hecho, indica que todos estamos inmersos en la vida de Dios y vivimos en su amor. Todos, vivos y difuntos, estamos en la comunión, es decir, unidos todos, ¿no?, como una unión; unidos en la comunidad de cuantos han recibido el Bautismo, y de aquellos que se han nutrido del Cuerpo de Cristo y forman parte de la gran familia de Dios. Todos somos de la misma familia, unidos. Y por esto rezamos los unos por los otros.

¡Cuántos modos diversos existen para orar por nuestro prójimo! Son todos válidos y aceptados por Dios si son hechos con el corazón. Pienso de forma particular en las madres y en los padres que bendicen a sus hijos por la mañana y por la noche. Todavía existe esta costumbre en algunas familias: bendecir al hijo es una oración; pienso en la oración por las personas enfermas, cuando vamos a visitarlos y oramos por ellos; en la intercesión silenciosa, a veces con las lágrimas, en tantas situaciones difíciles, orar por estas situaciones difíciles. Ayer vino a la misa en Santa Marta un buen hombre, un empresario. Ese hombre joven debe cerrar su fábrica porque ya no puede y lloraba diciendo: “Yo no puedo dejar sin trabajo a más de 50 familias. Yo podría declarar la bancarrota de la empresa, yo me voy a casa con mi dinero, pero mi corazón llorará toda la vida por estas 50 familias”. Este es un buen cristiano que reza con las obras: vino a misa para rezar para que el Señor le dé una salida, no solo para él, sino para las cincuenta familias. Este es un hombre que sabe orar, con el corazón y con los hechos, sabe orar por el prójimo. Es una situación difícil. Y no busca la salida más fácil: “Que se ocupen ellos”. Este es un cristiano. ¡Me ha hecho mucho bien escucharlo! Y tal vez existan muchos así, hoy, en este momento en el cual tanta gente sufre por la falta de trabajo; pienso también en el agradecimiento por una bella noticia que se refiere a un amigo, un pariente, un compañero… “¡Gracias, Señor, por esta cosa bella!”, también esto es orar por los demás. Agradecer al Señor cuando las cosas van bien.  A veces, como dice San Pablo, “no sabemos orar como es debido; pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8,26). Es el espíritu que ora dentro de nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón, de modo que el Espíritu Santo, escrutando los deseos que están en lo más profundo, los pueda purificar y llevar a cumplimiento. De todos modos, por nosotros y por los demás, pidamos siempre que se haga la voluntad de Dios, como en el Padre Nuestro, porque su voluntad es seguramente el bien más grande, el bien de un Padre que no nos abandona jamás: rezar y dejar que el Espíritu Santo ore por nosotros. Y esto es bello en la vida: reza agradeciendo, alabando a Dios, pidiendo algo, llorando cuando hay alguna dificultad, como aquel hombre. Pero siempre el corazón abierto al Espíritu para que rece por nosotros, con nosotros y por nosotros.

Concluyendo estas catequesis sobre la misericordia, comprometámonos a orar los unos por los otros para que las obras de misericordia corporales y espirituales se conviertan cada vez más en el estilo de nuestra vida. Las catequesis, como he dicho principio, terminan aquí. Hemos hecho el recorrido de las 14 obras de misericordia, pero la misericordia continua y debemos ejercitarla en estos 14 modos. Gracias.

La fe cristiana no es una filosofía,
es el encuentro con Jesús
(Ciudad del Vaticano ~ Noviembre 29, 2016).- El papa Francisco ha explicado, en la homilía de este lunes en Santa Marta, que la fe cristiana no es “una teoría o una filosofía”, sino que es “el encuentro con Jesús”. De este modo, ha recordado que para encontrar realmente a Jesús tenemos que ponernos en camino con tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajando en la caridad y exultantes en la alabanza.
Asimismo ha subrayado que “la gracia que queremos en Adviento” es encontrar a Jesús. Por eso ha precisado que en este periodo del año, la Liturgia nos propone numerosos encuentros de Jesús: con su Madre en el vientre, con san Juan Bautista, con los pastores, con los Magos. Todo esto nos dice que el Adviento es “un tiempo para caminar e ir al encuentro del Señor, es decir un tiempo para no estar parado”.
De ahí, la pregunta planteada por el Pontífice en su homilía: ¿cuáles son las actitudes que debo tener para encontrar al Señor? ¿Cómo debo preparar mi corazón para encontrar al Señor?
Así, ha explicado que en la oración al principio de la misa, la Liturgia nos señala tres actitudes: vigilantes en la oración, trabajando en la caridad y exultantes en la alabanza. Y cuando habla de caridad se refiere a caridad fraterna: “no sólo dar limosna” sino también “tolerar a la gente que me molesta, tolerar en casa a los niños cuando hacen ruido, o al marido o la mujer cuando están en dificultad, o a la suegra…”.
A continuación, también ha recordado que Él es “el Señor de las sorpresas”. Tampoco el Señor “está parado”. Yo –ha explicado Francisco– estoy en camino para encontrarla y Él está en camino para encontrarme, y cuando nos encontramos vemos que la gran sorpresa es que Él me está buscando, antes que yo empiece a buscarlo.
Esta es la sorpresa del encuentro con el Señor: “Él nos ha buscado antes. Él siempre está primero. Él hace su camino para encontrarnos”. Eso es –ha recordado– lo que le sucedió al centurión. “Nosotros damos un paso y Él da diez”. Así, ha asegurado que es “la abundancia de su gracia, de su amor, de su ternura que no se cansa buscarnos”. El Pontífice ha subrayado que el nuestro es el Dios de las sorpresas, el Dios que nos está buscando, no está esperando y “solamente nos pide el pequeño paso de la buena voluntad”. Nosotros “tenemos que tener las ganas de encontrarlo”. Y después “Él nos ayuda”. Al respecto, ha asegurado el Papa que muchas veces Dios “nos verá alejarnos de Él, y Él espera como el Padre del hijo pródigo”.
Por otro lado, el Santo Padre ha asegurado que siempre le ha conmovido lo que Benedicto XVI dijo en un ocasión: que la fe no es una teoría, una filosofía o una idea sino un encuentro con Jesús.
Finalmente, el Pontífice ha señalado que los doctores de la ley “sabían todo de la dogmática del tiempo, todo de la moral de aquel tiempo”. Pero –ha lamentado– no tenían fe porque su corazón se había alejado de Dios.
 

“Si somos fieles a Dios no tendremos miedo al juicio final”

Papa Francisco

(Ciudad del Vaticano ~ 22 de noviembre, 2016).- El papa Francisco, ha subrayado que “la fidelidad al Señor no decepciona”. También en el momento “de nuestra muerte y del juicio de Dios”, si hemos sido fieles, “no tendremos miedo”.

Así, el Santo Padre ha advertido sobre el engaño de la “alienación” del vivir, es decir, “como si nunca tuviéramos que morir”, invitando a pensar en esa “huella que deja nuestra vida”.

Además, ha invitado a reflexionar en la “llamada del Señor a pensar seriamente en el final”, “el final de cada uno de nosotros”, porque “cada uno de nosotros tendrá su final”. Al respecto, ha reconocido que “no nos gusta pensar en estas cosas” pero “es la verdad”.

“Y cuando uno de nosotros se vaya, pasarán los años y casi nadie nos recordará”, ha lamentado. Por eso ha contado que él tiene una agenda donde escribe “cuando muere una persona” y cada día ve ese “aniversario” y “cómo ha pasado el tiempo”. De este modo, el Santo Padre ha señalado que esto “nos obliga” a pensar qué dejamos, cuál es la “huella” de nuestra vida. Y después del final, como se cuenta en la página del día de la Apocalipsis de Juan, será el juicio “para cada uno de nosotros”.  

En esta misma línea, el Pontífice ha asegurado que nos hará bien pensar “¿cómo será el día en el que estaré delante de Jesús?”, “cuándo Él me pregunte sobre los talentos que he dado, que he hecho”, “cuando Él me pregunte cómo ha estado mi corazón cuando ha caído la semilla, como un camino o como las espinas”. “¿Cómo he recibido la Palabra? ¿Con corazón abierto? ¿La he hecho brotar para el bien de todos o la he escondido?”.

Por otro lado, el Santo Padre ha pedido: “no os dejéis engañar”. Y el engaño del que habla es “la alienación”, “el alejamiento”, el engaño de las “cosas que son superficiales” que “no tienen trascendencia”; el engaño del “vivir como si nunca tuviéramos que morir”. Así, el Papa ha insistido en su homilía que debemos preguntarnos cómo me encontrará el Señor cuando venga.

Al respecto, el Santo Padre ha contado que él recuerda cuando iba a catequesis de niño les enseñaban cuatro cosas: muerte, juicio, infierno o gloria. “Si tú no cuidas el corazón para que el Señor esté contigo y tú vives alejado del Señor siempre, quizá esté el peligro, el peligro de continuar así alejado del Señor por la eternidad”, ha advertido el Papa.

Haciendo nuevamente referencia a la lectura del día, el Santo Padre ha aconsejado ser fiel “hasta la muerte” y el Señor “te dará la corona de la vida”. La fidelidad al Señor no decepciona, ha recordado Francisco. “Si cada uno de nosotros es fiel al Señor, cuando venga la muerte, diremos como Francisco, ‘hermana muerte, ven’… No nos asusta”, ha asegurado. Y cuando sea el día del juicio, miraremos al Señor: ‘Señor, tengo muchos pecados, pero he tratado de ser fiel’. Y el Señor es bueno, recuerda el Santo Padre.

Con esta fidelidad –ha concluido Francisco– no tendremos miedo al final, en nuestro final no tendremos miedo al día del juicio.

 

Catequesis del papa Francisco

en la audiencia del miércoles 16 de noviembre de 2016

 

(Ciudad del Vaticano ~ 16 de noviembre, 2016).- El papa Francisco, en la última audiencia general del Año Jubilar, ha reflexionado sobre una de las obras de misericordia: sufrir con paciencia los defectos del prójimo. De este modo ha señalado que “en la Biblia vemos que Dios mismo debe usar misericordia para soportar los lamentos de su pueblo”. Así, ha invitado a preguntarte si  hacemos alguna vez el examen de conciencia para ver si también nosotros, a veces, podemos resultar molestos a los otros. Es fácil señalar con el dedo los defectos y las faltas de otros –ha advertido– pero deberíamos aprender a ponernos en el lugar de los otros.

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Dedicamos la catequesis de hoy a una obra de misericordia que todos conocemos muy bien, pero que quizá no ponemos en práctica como debemos: sufrir con paciencia los defectos del prójimo. Todos somos muy buenos al identificar una presencia que puede molestar: sucede cuando vemos a alguien por la calle, o cuando recibimos una llamada… En seguida pensamos: “¿durante cuánto tiempo tendré que escuchar los lamentos, los chismes, las peticiones o la jactancia de esta persona?”. Sucede también, a veces, que las personas molestas son las más cercanas a nosotros: entre los parientes siempre hay alguno; en el trabajo no faltan; ni tampoco en el tiempo libre estamos exentos. ¿Qué tenemos que hacer? ¿Por qué entre las obras de misericordia se ha incluido también está?

En la Biblia vemos que Dios mismo debe usar misericordia para soportar los lamentos de su pueblo. Por ejemplo en el libro del Éxodo, el pueblo resulta realmente insoportable: primero llora por ser esclavo en Egipto, y Dios lo libera; después, en el desierto, se lamenta porque no hay nada que comer, y Dios manda el maná, pero a pesar de esto los lamentos no cesan. Moisés hacía de mediador entre Dios y el pueblo, y también él algunas veces habrá resultado molesto para el Señor. Pero Dios ha tenido paciencia y así ha enseñado a Moisés y al pueblo también esta dimensión esencial de la fe. Por tanto, surge una primera pregunta espontánea: ¿hacemos alguna vez el examen de conciencia para ver si también nosotros, a veces, podemos resultar molestos a los otros? Es fácil señalar con el dedo los defectos y las faltas de otros, pero deberíamos aprender a ponernos en el lugar de los otros.

Miremos sobre todo a Jesús: ¡cuánta paciencia tuvo que tener en los tres años de su vida pública! Una vez, mientras estaba caminando con sus discípulos, fue parado por la madre de Santiago y Juan, que le dijo: “Manda que mis dos hijos se sienten en tu Reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda”.  La madre creaba las élites para sus hijos, pero era la mamá… Jesús también se inspira en esta situación para dar una enseñanza fundamental: su Reino no es de poder y gloria como los terrenos, sino de servicio y donación a los otros. Jesús enseña a ir siempre a lo esencial y mirar más lejos para asumir con responsabilidad la propia misión. Podremos ver aquí el reclamo a otras dos obras de misericordia espiritual: la de corregir al que se equivoca y la de enseñar al que no sabe. Pensemos en el gran empeño que se puede poner cuando ayudamos a las personas a crecer en la fe y en la vida. Pienso, por ejemplo, en los catequistas –entre los cuales hay muchas madres y religiosas– que dedican tiempo para enseñar a los jóvenes los elementos básicos de la fe. ¡Cuánto trabajo, sobre todo cuando los jóvenes preferirían jugar en vez de escuchar el catecismo!

Acompañar en la búsqueda del esencial es bonito e importante, porque nos hace compartir la alegría de saborear el sentido de la vida. A menudo nos sucede que encontramos personas que se detienen en cosas superficiales, efímeras y banales; a veces porque no han encontrado a nadie que les animara a buscar otra cosa, a apreciar los verdaderos tesoros. Enseñar a mirar a lo esencial es una ayuda determinante, especialmente en un tiempo como el nuestro que parece haber perdido la orientación y perseguir satisfacciones efímeras. Enseñar a descubrir qué quiere de nosotros el Señor y cómo podemos corresponder significa ponernos en el camino para crecer en la propia vocación, el camino de la verdadera alegría. Así las palabras de Jesús a la madre de Santiago y Juan, y después a todo el grupo de discípulos, indican el camino para evitar caer en la envidia, en la ambición y en la adulación, tentaciones que están siempre al acecho también entre nosotros los cristianos. La exigencia de aconsejar, amonestar y enseñar no nos debe hacer sentir superiores a los otros, sino que nos obliga sobre todo a entrar en nosotros mismos para verificar si somos coherentes con lo que pedimos a los demás. No olvidemos las palabras de Jesús: “¿Por qué miras la paja que hay en el ojo de tu hermano y no ves la viga que está en el tuyo?” .

El Espíritu Santo nos ayude a ser pacientes en el soportar y humildes y sencillos en el aconsejar.

El Papa pide que nadie se sienta abandonado ni acusado

 

(Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco ha asegurado que Jesús nos ha donado la posibilidad de ser libres, a pesar de los límites de la enfermedad y de las restricciones. Jesús “nos ofrece la libertad que procede del encuentro con Él” y “del sentido nuevo que este encuentro lleva a nuestra condición personal”.

Así lo ha indicado en la catequesis de la audiencia general de este miércoles. Como cada semana, el Santo Padre ha sido recibido por los fieles de la plaza de San Pedro con gran entusiasmo. Antes de la catequesis, desde el papamóvil, Francisco ha bendecido y saludado más de cerca a los peregrinos venidos de todo el mundo.

De este modo, en la catequesis ha reflexionado una semana más sobre la misericordia, centrada esta vez en el tema “visitar a los enfermos y a los presos”.

En el resumen hecho en español, el Pontífice ha recordado que muchos relatos de los evangelios muestran que la vida de Jesús “se caracterizó por ser un continuo encuentro con las personas”, fue especialmente cercano “a los enfermos, a los que consoló y curó de sus enfermedades y dolencias”. También los encarcelados –ha añadido– fueron objeto de su cercanía. Por eso ha explicado que a los privados de libertad, “Jesús les brindó la nueva y verdadera libertad que nace del encuentro personal con Él y que da un sentido nuevo a la vida”.

Por lo tanto, siguiendo el ejemplo Jesús, ha precisado el Santo Padre, no podía faltar entre las obras de misericordia el “visitar a los enfermos y a los encarcelados”. Como cristianos “estamos llamados a convertirnos en instrumentos de la misericordia de Dios”, estando “cercanos” y “sin juzgar a nadie”, para que “nadie se sienta abandonado a su suerte ni tampoco acusado”, sino que todos sin exclusión, “se sientan amados por Dios mediante gestos que expresen solidaridad y respeto”. Finalmente, el Pontífice ha recordado que “estos gestos” cuando son hechos en nombre de Dios “se convierten en auténticos signos elocuentes y eficaces de su misericordia”.

A continuación ha saludado a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. El Papa les ha animado a que sean “valientes y abran el corazón a Dios y a los hermanos”, de modo que sean “instrumentos de la misericordia y ternura de Dios”, que restituye “la alegría y la dignidad a quienes la han perdido”.

Después de los saludos en las distintas lenguas, el Papa ha dirigido un saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Recordando que hoy se celebra la dedicación de la Basílica Lateranense, la catedral de Roma, el Santo Padre ha invitado a los jóvenes a rezar por el sucesor de Pedro, para que “confirme siempre a los hermanos en la fe”. A los enfermos les ha pedido que sientan la cercanía del Papa en la oración “para afrontar la prueba de la enfermedad”. Finalmente ha exhortado a los recién casados a que enseñen con sencillez la fe a los hijos “nutriéndola con el amor por la Iglesia y por sus pastores”.

 

Catequesis del papa Francisco en la audiencia del miércoles
9 de noviembre de 2016
 
(Ciudad del Vaticano).-

El papa Francisco ha reflexionado en la audiencia general sobre la obra de misericordia que invita a visitar a los enfermos y a los presos. De este modo ha asegurado que una visita puede hacer sentir a la persona enferma menos sola y un poco de compañía es una buena medicina. Respecto a los presos ha precisado que “todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios”.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días

La vida de Jesús, sobre todo en los tres años de su ministerio público, fue un incesante encuentro con personas. Entre ellas, un lugar especial han recibido los enfermos. ¡Cuántas páginas de los Evangelios narran estos encuentros! El paralítico, el ciego, el leproso, el endemoniado, e innumerables enfermos de todo tipo… Jesús se ha hecho cercano a cada uno de nosotros y les ha sanado con su presencia y el poder de su fuerza resanadora. Por lo tanto, no puede faltar, entre las obras de misericordia, la de visitar y asistir a las personas enfermas.

Junto a esta podemos incluir la de estar cerca a las personas que están en la cárcel. De hecho, tanto los enfermos como los presos viven una condición que limita su libertad. Y precisamente cuando nos falta, ¡nos damos cuenta de cuánto es preciosa! Jesús nos ha donado la posibilidad de ser libres a pesar de los límites de la enfermedad y de las restricciones. Él nos ofrece la libertad que proviene del encuentro con Él y del sentido nuevo que este encuentro lleva a nuestra condición personal.

Con estas obras de misericordia, el Señor nos invita a un gesto de gran humanidad: el compartir. Recordemos esta palabra: compartir. Quien está enfermo, a menudo se siente solo. No podemos esconder que, sobre todo en nuestros días, precisamente en la enfermedad se experimenta de forma más profunda la soledad que atraviesa gran parte de la vida.

Una visita puede hacer sentir a la persona enferma menos sola y ¡un poco de compañía es una buena medicina! Una sonrisa, una caricia, un apretón de manos son gestos sencillo, pero muy importantes para quien se siente abandonado.

¡Cuántas personas se dedican a visitar a los enfermos en los hospitales y en sus casas! Es una obra de voluntariado impagable. Cuando se hace en nombre del Señor, entonces se convierte también en expresión elocuente y eficaz de misericordia. ¡No dejemos solas a las personas enfermas! No impidamos que encuentren alivio, y nosotros así enriquecernos por la cercanía de quien sufre. Los hospitales son hoy verdaderas “catedrales del dolor” pero donde se hace evidente también la fuerza de la caridad que sostiene y siente compasión.

Del mismo modo, pienso en los que están encerrados en la cárcel. Jesús tampoco les ha olvidado. Poniendo la visita a los presos entre las obras de misericordia, ha querido invitarnos sobre todo, a no hacernos juez de nadie. Cierto, si uno está en la cárcel es porque se ha equivocado, no ha respetado la ley y la convivencia civil. Por eso están descontando su pena en la prisión. Pero cualquier cosa que un preso pueda haber hecho, él sigue siendo amado por Dios. ¿Quién puede entrar en la intimidad de su conciencia para entender qué siente? ¿Quién puede comprender el dolor y el remordimiento?

Es demasiado fácil lavarse las manos afirmando que se ha equivocado. Un cristiano está llamado a hacerse cargo, para que quien se haya equivocado comprenda el mal realizado y vuelva a sí mismo. La falta de libertad es sin duda una de las privaciones más grandes para el ser humano.

Si a esta se añade el degrado de las condiciones –a menudo privadas de humanidad– en la que estas personas viven, entonces realmente es el caso en el cual un cristiano se siente provocado a hacer de todo para restituirles su dignidad.

Visitar a las personas en la cárcel es una obra de misericordia que sobre todo hoy asume un valor particular por las diferentes formas de justicialismo a las que estamos sometidos. Nadie apunte contra nadie. Hagámonos todos instrumentos de misericordia, con actitudes de compartir y de respeto. Pienso a menudo en los presos… pienso a menudo, les llevo en el corazón.

Me pregunto qué les ha llevado a delinquir y cómo han podido ceder a las distintas formas de mal. Y también, junto a estos pensamientos siento que todos necesitan cercanía y ternura, porque la misericordia de Dios cumple prodigios. Cuántas lágrimas he visto correr por las mejillas de prisioneros que quizá nunca en la vida habían llorado; y esto solo porque se han sentido acogidos y amados.

Y no olvidemos que también Jesús y los apóstoles han experimentado la prisión. En los pasajes de la Pasión conocemos los sufrimientos a los que el Señor ha sido sometido: capturado, arrestado como un criminal, escarnecido, flagelado, coronado de espinas… Él, ¡el único Inocente! Y también san Pedro y san Pablo estuvieron en la cárcel (cfr
Hch 12,5; Fil
1,12-17).
El domingo pasado –que fue el domingo del Jubileo de los presos– por la tarde vinieron a verme un grupo de presos de Padua. Les pregunté qué harían al día siguiente, antes de volver a Padua. Me dijeron: “Iremos a la Prisión Mamertina para compartir la experiencia de san Pablo”. Es bonito, escuchar esto me ha hecho bien. Estos presos querían encontrar a Pablo prisionero. Es algo bonito, y me ha hecho bien. Y también allí, en la presión, han rezado y evangelizado. Es conmovedora la página de los Hechos de los Apóstoles en las que es contado el encarcelamiento de Pablo: se sentía solo y deseaba que alguno de los amigos le visitara (cfr
2 Tm
4,9-15). Se sentía solo porque la mayoría le había dejado solo… el gran Pablo.

Estas obras de misericordia, como se ve, son antiguas y también actuales. Jesús ha dejado lo que estaba haciendo para ir a visitar a la suegra de Pedro; una obra antigua de caridad. Jesús la ha hecho. No caigamos en la indiferencia, sino convirtámonos en instrumentos de la misericordia de Dios. Todos podemos ser instrumentos de la misericordia de Dios y esto hará nos más bien a nosotros que a los otros porque la misericordia pasa a través de un gesto, una palabra, una visita y esta misericordia es un acto para restituir la alegría y la dignidad a quien la ha perdido.

El Papa en Sta. Marta: ‘El Espíritu Santo siempre nos sorprende’

En la homilía del jueves, 27 de octubre, el Papa ha asegurado que ‘cuando uno tiene miedo de escuchar, no tiene al Espíritu en su corazón’

 

(Ciudad del Vaticano).- También hoy en la Iglesia, como en el pasado, hay resistencia a las sorpresas del Espíritu frente a las nuevas situaciones, pero Él nos ayuda a vencerlas, a ir adelante, seguros, en el camino de Jesús. Así lo ha asegurado el papa Francisco en la homilía de la misa celebrada esta mañana en Santa Marta.

Al comentar el conocido pasaje de los Hechos de los Apóstoles sobre el llamado “Concilio” de Jerusalén, el Papa ha observado que “el protagonista de la Iglesia” es el Espíritu Santo. Es Él –ha añadido– quien desde el primer momento ha dado la fuerza a los apóstoles para proclamar el Evangelio. “Es el Espíritu el que hace todo, el Espíritu lleva a la Iglesia adelante”, también “con sus problemas”, también “cuando estalla la persecución” es Él “quien da la fuerza a los creyentes para permanecer en la fe”, también en los momentos “de resistencia y de cólera de los doctores de la ley”.

De este modo, el Pontífice ha explicado que en este caso hay una doble resistencia a la acción del Espíritu: la de quien creía que “Jesús había venido solo para el pueblo elegido” y la de quien quería “imponer la ley mosaica, incluida la circuncisión a los paganas convertidos”. Al respecto, el Papa ha observado que “hubo una gran confusión en todo esto”.

Por eso, ha asegurado que “el Espíritu ponía los corazones en un nuevo camino: eran las sorpresas del Espíritu. Y los apóstoles se encontraron en situaciones que nunca hubieran creído, situaciones nuevas”. ¿Y cómo gestionar estas situaciones nuevas?, ha preguntado el Santo Padre. Al respecto ha recordado que los apóstoles, por un lado tenía la fuerza del Espíritu Santo –el protagonista– que empujaba para ir adelante, adelante, adelante… Pero el Espíritu les llevaba a ciertas novedades, ciertas cosas que no se habían hecho nunca.

Y es así como convocan una reunión en Jerusalén donde cada uno puede contar la propia experiencia, de cómo el Espíritu Santo desciende también sobre los paganos.

Tal y como ha observado el Papa, finalmente los apóstoles se pusieron de acuerdo. Pero ha querido subrayar que toda la asamblea escuchó a Bernabé y Pablo. “Escuchar, no tener miedo de escuchar. Cuando uno tiene miedo de escuchar, no tiene al Espíritu en su corazón”, ha precisado el Pontífice en la homilía.

El Santo Padre ha aseverado que este es el camino de la Iglesia “delante de las novedades, no las novedades mundanas, como son las modas de la ropa” sino “las novedades, las sorpresas del Espíritu, porque el Espíritu siempre nos sorprende”. Y esto la Iglesia lo resuelve “con la reunión, la escucha, la discusión, la oración y la decisión final”.

En esta línea, el Santo Padre ha recordado las oposiciones que hubo también en su día en el Concilio Vaticano II.  El reunirse, unirse, escucharse, discutir, rezar y decidir es “la llamada sinodalidad de la Iglesia, en la que se expresa la comunión de la Iglesia”.

El Espíritu –ha añadido– a veces nos detiene, como hizo con San Pablo, para hacernos ir por otra parte, no nos deja solos, nos da la valentía, nos da la paciencia, nos hace ir seguros en el camino de Jesús, nos ayuda a vencer las resistencias y a ser fuertes en el martirio.

Para concluir la homilía, el papa Francisco ha invitado a pedir al Señor “la gracia de entender cómo va adelante la Iglesia, de entender cómo desde el primer momento ella ha afrontado las sorpresas del Espíritu y también, pedir para cada uno de nosotros la gracia de la docilidad al Espíritu, para ir sobre el camino que el Señor Jesús quiere para cada uno de nosotros y para toda la Iglesia.

 

Catequesis del Papa en la audiencia

del 21 de septiembre de 2016

El perdón manifiesta la gratuidad del amor con el cual Dios nos ha amado primero

 

(Ciudad del Vaticano, 21 de septiembre, 2016).- El papa Francisco realizó la audiencia en la plaza de San Pedro y centró la catequesis en la misericordia de Dios.

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hemos escuchado el pasaje del Evangelio de Lucas (6,36-38) del cual es tomado el lema de este Año santo extraordinario: Misericordiosos como el Padre. La expresión completa es: «Sean misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso». No se trata de un slogan, sino de un compromiso de vida.

Para comprender bien esta expresión, podemos confrontarla con aquella paralela del Evangelio de Mateo, donde Jesús dice: «Por lo tanto, sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo». En el llamado discurso de la montaña, que inicia con las Bienaventuranzas, el Señor enseña que la perfección consiste en el amor, cumplimiento de todos los preceptos de la Ley.

En esta misma perspectiva, San Lucas precisa que la perfección es el amor misericordioso: ser perfectos significa ser misericordiosos. ¿Una persona que no es misericordiosa es perfecta? ¡No! ¿Una persona que no es misericordiosa es buena? ¡No! La bondad y la perfección radican en la misericordia.

Seguro, Dios es perfecto. Entretanto si lo consideramos así, se hace imposible para los hombres alcanzar esta absoluta perfección. En cambio, tenerlo ante los ojos como misericordioso, nos permite comprender mejor en que consiste su perfección y nos impulsa a ser como Él, llenos de amor, compasión y misericordia.

Pero me pregunto: ¿Las palabras de Jesús son reales? ¿Es de verdad posible amar como ama Dios y ser misericordiosos como Él? Si miramos la historia de la salvación, vemos que toda la revelación de Dios es un incesante e inagotable amor de los hombres: Dios es como un padre o como una madre que ama con un amor infinito y lo derrama con abundancia sobre toda criatura.

La muerte de Jesús en la cruz es el culmen de la historia de amor de Dios con el hombre. Un amor talmente grande que solo Dios lo puede realizar. Es evidente que, relacionado con este amor que no tiene medidas, nuestro amor siempre será imperfecto.

Pero, ¡cuando Jesús nos pide ser misericordiosos como el Padre, no piensa en la cantidad! Él pide a sus discípulos convertirse en signo, canales, testigos de su misericordia. Y la Iglesia no puede dejar de ser sacramento de la misericordia de Dios en el mundo, en todos los tiempos y hacia toda la humanidad. Todo cristiano, por lo tanto, está llamado a ser testigo de la misericordia, y esto sucede en el camino a la santidad.

¡Pensemos en tantos santos que se volvieron misericordiosos porque se dejaron llenar el corazón con la divina misericordia! Han dado cuerpo al amor del Señor derramándolo en las múltiples necesidades de la humanidad que sufre. En este florecer de tantas formas de caridad es posible reconocer los reflejos del rostro misericordioso de Cristo.

Nos preguntamos: ¿Qué significa para los discípulos ser misericordiosos? Y esto lo explica Jesús con dos verbos: “perdonar”  y “donar”. La misericordia se expresa sobre todo en el perdón: “No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados”. Jesús no pretende alterar el curso de la justicia humana, entretanto recuerda a los discípulos que para tener relaciones fraternas es necesario suspender los juicios y las condenas. De hecho, es el perdón el pilar que sostiene la vida de la comunidad cristiana, porque en ella se manifiesta la gratuidad del amor con el cual Dios nos ha amado primero.

¡El cristiano debe perdonar! Pero ¿Por qué? Porque ha sido perdonado. Todos nosotros que estamos aquí, hoy, en la Plaza, todos nosotros, hemos sido perdonados. No hay ninguno de nosotros, que en su vida, no haya tenido necesidad del perdón de Dios. Y porque nosotros hemos sido perdonados, debemos perdonar.

Y lo recitamos todos los días en el Padre Nuestro: “Perdona nuestros pecados; perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Es decir, perdonar las ofensas, perdonar tantas cosas, porque nosotros hemos sido perdonados de tantas ofensas, de tantos pecados. Y así es fácil perdonar. Si Dios me ha perdonado, ¿por qué no debo perdonar a los demás? ¿Soy más grande que Dios? ¿Entienden esto?

Este pilar del perdón nos muestra la gratuidad del amor de Dios, que nos ha amado primero. Juzgar y condenar al hermano que peca es equivocado. No porque no se quiera reconocer el pecado, sino porque condenar al pecador rompe la relación de fraternidad con él y desprecia la misericordia de Dios, que en cambio no quiere renunciar a ninguno de sus hijos.

No tenemos el poder de condenar a nuestro hermano que se equivoca, no estamos por encima él: al contrario tenemos el deber de llevarlo nuevamente a la dignidad de hijo del Padre y de acompañarlo en su camino de conversión.

A su Iglesia, a nosotros, Jesús nos indica también un segundo pilar: “donar”. Perdonar es el primer pilar; donar es el segundo pilar. «Den, y se les dará […] con la medida con que ustedes midan también serán medidos».

Dios dona muy por encima de nuestros méritos, pero será todavía más generoso con cuantos aquí en la tierra serán generosos. Jesús no dice que cosa sucederá a quienes no donan, pero la imagen de la “medida” constituye una exhortación: con la medida del amor que damos, seremos nosotros mismos a decidir cómo seremos juzgados, como seremos amados. Si observamos bien, existe una lógica coherente: ¡en la medida con la cual se recibe de Dios, se dona al hermano, y en la medida con la cual se dona al hermano, se recibe de Dios!

El amor misericordioso es por esto la única vía que es necesario seguir. Tenemos todos mucha necesidad de ser un poco misericordiosos, de no hablar mal de los demás, de no juzgar, de no “desplumar” a los demás con las críticas, con las envidias, con los celos.

Tenemos que perdonar, ser misericordiosos, vivir nuestra vida en el amor y donar. Este amor permite a los discípulos de Jesús no perder la identidad recibida de Él, y de reconocerse como hijos del mismo Padre. En el amor que ellos practican en la vida se refleja así aquella Misericordia que no tendrá jamás fin.

Pero no se olviden de esto: misericordia y don; perdón y don. Así el corazón crece, crece en el amor. En cambio, el egoísmo, la rabia, vuelve al corazón pequeño, pequeño, pequeño, pequeño y se endurece como una piedra. ¿Qué cosa prefieren ustedes? ¿Un corazón de piedra? Les pregunto, respondan: “No”. No escucho bien… “No”. ¿Un corazón lleno de amor? “Si”. ¡Si prefieren un corazón lleno de amor, sean misericordiosos!”.

Ángelus del 18 de septiembre de 2016

 (Ciudad del Vaticano).- El papa Francisco rezó este domingo, 18 de septiembre,  la oración del ángelus ante la plaza de San Pedro, donde estaban reunidos miles de peregrinos. En sus palabras el Santo Padre invitó a seguir el espíritu del Evangelio, serio pero gozoso, lleno de alegría, apoyado en la honestidad, en la rectitud, en el respeto a los demás y a su dignidad. Sabiendo que nadie puede servir a dos señores, a Dios y al dinero. Y que la corrupción produce dependencia.

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy Jesús nos invita a reflexionar sobre dos estilos de vida contrapuestos: uno el mundano y otro el del Evangelio. El espíritu del mundo no es el espíritu de Jesús. Y lo hace mediante la narración de la parábola del administrador infiel y corrupto, que es alabado por Jesús no obstante su deshonestidad. Es necesario precisar en seguida, que este administrador no es presentado como un modelo que debemos seguir, sino como un ejemplo de astucia.

Este hombre es acusado de una mala gestión de los negocios de su patrón y, antes de ser echado, busca astutamente obtener la benevolencia de los deudores, condonando a ellos una parte de sus deudas para asegurarse así un futuro.

Comentando este comportamiento, Jesús observa: “Los hijos de este mundo son más astutos en su trato con lo demás que los hijos de la luz”.

A tal astucia mundana nosotros estamos llamados a responder con la astucia cristiana, que es un don del Espíritu Santo. Se trata de alejarse del espíritu y de los valores del mundo, que tanto le gustan al demonio, para vivir según el Evangelio.

¿Y la mundanidad cómo se manifiesta? La mundanidad se manifiesta con actitudes de corrupción, de engaño, de prepotencia y constituyen el camino más equivocado, el camino del pecado, porque uno lleva al otro, ¿verdad? Es como una cadena, si bien es verdad que generalmente ese es el camino más cómodo de recorrer.

En cambio, el espíritu del Evangelio requiere un estilo de vida serio –serio pero gozoso, lleno de alegría y comprometido, impostado en la honestidad, en la rectitud, en el respeto a los demás y a su dignidad, con el sentido del deber. ¡Y esta es la astucia cristiana!

El recorrido de la vida necesariamente implica elegir entre estos dos caminos: entre honestidad y deshonestidad, entre la fidelidad y la infidelidad, entre egoísmo y altruismo, entre el bien y el mal. No se puede oscilar entre uno y otro, porque se mueven sobre lógicas diversas y contrapuestas.

El profeta Elías decía al pueblo de Israel que caminaba sobre estas vías: “Ustedes cojean con los dos pies”. Es una bella imagen. Es importante decidir qué dirección tomar y después, una vez decidida aquella justa, caminar con arrojo y determinación, encomendándose a la gracia del Señor y a la ayuda de su Espíritu.

Fuerte y categórico es la conclusión del pasaje evangélico: “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo”.

Con esta enseñanza, Jesús hoy nos exhorta a hacer una elección clara entre Él y el espíritu del mundo, entre la lógica de la corrupción, de la prepotencia y de la avidez y aquella de la rectitud, de la mansedumbre y del compartir.

Alguno se comporta con la corrupción como con las drogas: piensa de poderlas usar y dejarlas cuando quiere. Se comienza con poco: un manojo de aquí y una coima de allá… Y entre esta y aquella lentamente se pierde la libertad.

También la corrupción produce dependencia, y genera pobreza, explotación, sufrimiento. ¡Y cuantas víctimas existen hoy en el mundo! Cuántas víctimas de esta difundida corrupción.

En cambio, cuando buscamos seguir la lógica evangélica de la integridad, de la transparencia en las intenciones y en los comportamientos, de la fraternidad, nosotros nos convertimos en artesanos de justicia y abrimos horizontes de esperanza para la humanidad. En la gratuidad y en la donación de nosotros mismos a nuestros hermanos, servimos al amo justo: Dios.

La Virgen María nos ayude a escoger en cada ocasión y a todo costo el camino justo, encontrando también el coraje de caminar contra corriente, para poder seguir a Jesús y a su Evangelio”.

Después de rezar la oración mariana dirigió las siguientes palabras

“Queridos hermanos y hermanas

Ayer en la ciudad de Codrongianos (en Sassari) fue proclamada beata Elisabetta Sanna, madre de familia. Cuando se quedó viuda se dedicó totalmente a la oración y al servicio de los enfermos y de los pobres. Su testimonio es modelo de caridad evangélica animada por la fe.

Hoy en Génova se clausura el Congreso Eucarístico Nacional. Envío un saludo especial a todos los fieles que se encuentran allí reunidos y deseo que este evento de gracia reavive en el pueblo italiano la fe en el santísimo sacramento de la eucaristía, en el cual adoramos a Cristo, manantial de vida y de esperanza para cada hombre.

El próximo martes iré a Asís para el encuentro de oración por la paz, treinta años después de aquel histórico que convocó san Juan Pablo II. Invito a las parroquias, asociaciones eclesiásticas, individualmente a los fieles de todo el mundo para que vivan ese día como una Jornada de oración por la paz.

Hoy más que nunca tenemos necesidad de paz en esta guerra que existe en todas las partes del mundo. Recemos por la paz siguiendo el ejemplo de san Francisco, hombre de fraternidad y de mansedumbre. Estamos todos llamados a ofrecer al mundo un fuerte testimonio de nuestro empeño común por la paz y la reconciliación entre los pueblos. Así el martes, todos, unidos en oración. Recemos por la paz: cada uno se tome un poco de tiempo, el que pueda para rezar por la paz. Todo el mundo unido.

Saludo con cariño a todos los romanos y peregrinos provenientes de diversos países. En particular saludo a los fieles de la diócesis de Colonia y a los de Marianopoli.

Y a todos les deseo que tengan un bueno domingo y por favor no se olviden de rezar por mi”.

El Papa concluyó con su ya famoso “buon pranzo e arrivederci”.

Catequesis del papa Francisco en la audiencia

del miércoles 14 de septiembre de 2016

 (Ciudad del Vaticano, miércoles, 14 de septiembre, 2016).- El papa Francisco, como cada miércoles, ha celebrado la audiencia general en presencia de miles de fieles venidos de todo el mundo.   Francisco explica que “el Señor nos enseña a no tener miedo de seguirlo, porque la esperanza que ponemos en Él no nos decepcionará”

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Durante este Jubileo hemos reflexionado varias veces sobre el hecho de que Jesús se expresa con una ternura única, signo de la presencia y de la bondad de Dios. Hoy nos paramos sobre un paso conmovedor del Evangelio, en el que Jesús dice, lo hemos escuchado, “Venid a mí, los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré… […] Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y así encontraréis alivio” .

La invitación del Señor es sorprendente: llama a seguirlo a personas sencillas y afectadas por una vida difícil, personas que tienen muchas necesidades y les promete que en Él encontrarán descanso y alivio. La invitación está dirigida de forma imperativa: “venid a mí”, “tomad mi yugo” y “aprended de mí”. Tratemos de entender el significado de estas expresiones. ¡Quizá todos los líderes del mundo pudieran decir esto! Tratamos de acoger el significado de estas expresiones: el primer imperativo es “Venid a mí”. Dirigiéndose a aquellos que están cansados y agobiados, Jesús se presenta como el Siervo del Señor descrito en el libro del profeta Isaías y dice así: “El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento”. A estos desalentados de la vida, se acerca el Evangelio a menudo también a los pobres y los pequeños. Se trata de los que no pueden contar con los propios medios, ni con amistades importantes. Estos solo pueden confiar en Dios. Conscientes de la propia humildad y condición de miseria, saben depender de la misericordia del Señor, esperando de Él la única ayuda posible. En la invitación de Jesús encuentran finalmente respuesta a su espera: convirtiéndose en sus discípulos reciben la promesa de encontrar alivio para toda la vida.

Una promesa que al finalizar el Evangelio se extiende a todos: “Vayan –dice Jesús a los discípulos– y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos” Mt 28,19. Acogiendo la invitación a celebrar este año de gracia del Jubileo, en todo el mundo los peregrinos atravesaron la Puerta de la Misericordia abierta en las catedrales y en los santuarios, en muchas iglesias del mundo, en los hospitales, en las cárceles, todo esto para encontrar a Jesús, su amistad, el alivio que solo Jesús sabe dar. Este camino expresa la conversión de cada discípulo que sigue a Jesús. Y la conversión consiste siempre en el descubrir la misericordia del Señor, infinita e inagotable, es grande la Misericordia del Señor. Atravesando la Puerta Santa, por tanto, profesamos “que el amor está presente en el mundo y que este amor es más fuerte que toda clase de mal, en que el hombre, la humanidad, el mundo están metidos”  (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 7). El segundo imperativo dice:  “tomad mi yugo”. En el contexto de la Alianza, la tradición bíblica utiliza la imagen del yugo para indicar el estrecho vínculo que une el pueblo a Dios y, como consecuencia, la sumisión a su voluntad expresada en la Ley. En polémica con los escribas y los fariseos, Jesús pone a sus discípulos en su yugo, en el cual la Ley encuentra su cumplimiento. Quiere enseñarles a que descubran la voluntad de Dios mediante su persona, mediante Jesús, no mediante leyes y prescripciones frías que el mismo Jesús condena. Él está en el centro de su relación con Dios, está en el corazón de las relaciones entre los discípulos y se pone como fulcro de la vida de cada uno. Recibiendo el “yugo de Jesús” cada discípulo entra así en comunión con Él y se ha hecho partícipe del misterio de su cruz y de su destino de salvación.

Le sigue el tercer imperativo: “aprended de mí”. Jesús promete a sus discípulos un camino de conocimiento y de imitación. Jesús no es un maestro severo que impone a los otros pesos que Él no ha soportado, esta es la acusación que Él hacía a los doctores de la ley. Él se dirige a los humildes y a los pequeños porque Él mismo es pobre y probado por dolores. Para salvar a la humanidad, Jesús no ha recorrido un camino fácil; al contrario, su camino ha sido doloroso y difícil. Como recuerda la Carta a los Filipenses: “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz”. El yugo que los pobres y los oprimidos llevarán es el mismo yugo que Él ha llevado antes que ellos: por eso es un yugo ligero. Él se ha cargado a las espaldas los dolores y los pecados de toda la humanidad. Para el discípulo, por tanto, recibir el yugo de Jesús significa recibir su revelación y acogerla: en Él la misericordia de Dios se ha hecho cargo de las pobrezas de los hombres, donando así a todos la posibilidad de la salvación. ¿Pero por qué Jesús es capaz de decir eso? Porque Él se ha hecho todo a todos, se ha donado a los pobres, a la gente, trabajaba todo el día con ellos, Jesús no era un príncipe; es feo para la Iglesia cuando los pastores se convierten en príncipes, lejos de la gente, de los más pobres. Ese no es el espíritu de Jesús, estos pastores que Jesús regañaba y decía “¡haz lo que ellos dicen por no lo que hacen!”

Queridos hermanos y hermanas, también para nosotros hay momentos de cansancio y de desilusión. Entonces, recordemos estas palabras del Señor, que nos dan tanto consuelo y nos hacen entender si estamos poniendo nuestras fuerzas al servicio del bien. De hecho, a veces nuestro cansancio es por haber puesto la confianza en cosas que no son esenciales, porque nos hemos alejado de lo que vale realmente en la vida. El Señor nos enseña a no tener miedo de seguirlo, porque la esperanza que ponemos en Él no nos decepcionará. Estamos llamados por tanto a aprender de Él qué significa vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia. Vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia, vivir de misericordia quiere decir estar necesitados de Jesús y aprender por tanto a ser misericordiosos con los otros. Tener fija la mirada sobre el Hijo de Dios nos hace entender cuánto camino debemos recorrer todavía; pero al mismo tiempo nos infunde la alegría de saber que estamos caminando con Él y no estamos nunca solos. ¡Ánimo, por tanto, ánimo! No dejemos que nos quiten la alegría de ser discípulos del Señor. “Pero padre yo soy un pecador”, déjate ir a Jesús, siente sobre ti su misericordia y tu corazón será colmado de alegría y perdón. No dejemos que nos roben la esperanza de vivir esta vida junto con Él y con la fuerza de su consolación. ¡Gracias!

El Papa invita a llevar en

el corazón la sonrisa

de Madre Teresa

En la homilía de la misa de canonización de la santa albanesa, Francisco recuerda que quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios.
 
Ciudad del Vaticano, 4 de septiembre, 2016

– El papa Francisco ha recordado que Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, fue “generosa dispensadora de la misericordia divina”, poniéndose a disposición de todos “por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada”. Así lo ha indicado en la homilía de la misa de canonización de la monja albanesa, ante una gran multitud que ha acudido a Roma para el gran evento. Durante la homilía, cuando ya se había realizado en rito de canonización, Francisco ha recordado que Madre Teresa se comprometió en la defensa de la vida proclamando incesantemente que “el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre”. El Papa cree, ha indicado, que “tendremos un poco de dificultad en llamarla santa Teresa. Su santidad es tan cercana a nosotros, tan tierna y fecunda que espontáneamente continuaremos a decirle Madre Teresa”.

Por otro lado ha subrayado que la ya santa, se inclinó “sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado”. Y de este modo, hizo “sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos”. En esta misma línea ha precisado que la misericordia fue para ella la sal que daba sabor a cada obra suya, y la luz que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento.

El Pontífice ha aseverado que la misión que Madre Teresa desarrolló en las periferias “permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres”. Por eso, el Papa ha pedido que esta incansable trabajadora de la misericordia “nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión”. Del mismo modo ha exhortado a llevar en el corazón “su sonrisa” y entregarla “a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren”.

Haciendo referencia a las lecturas del día, el Santo Padre ha recordado que nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y luego aceptar su voluntad. Pero haciéndose esta pregunta. ¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida? Y para reconocer la llamada de Dios –ha indiado– debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. A Dios, ha proseguido, le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver.

Por eso ha subrayado que “quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios”. Es más, “el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor”.

El Santo Padre también ha dedicado unos palabras a las voluntarios presentes en la plaza, que este fin de semana celebran su Jubileo. “Vosotros sois esa gente que sigue al Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada persona”, ha indicado. “Cuántos corazones confortan los voluntarios. Cuántas manos sostienen; cuántas lágrimas secan; cuánto amor derramo en el servicio escondido, humilde y desinteresado”, ha exclamado Francisco. Este loable servicio –ha añadido– da voz a la fe y expresa la misericordia del Padre que está cerca de quien pasa necesidad.

Finalmente, el Papa ha recordado que el seguimiento de Jesús es ·un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso” que “requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y ponerse a su servicio”.

Por esto, los voluntarios “no esperan ningún agradecimiento ni gratificación”, sino que “renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor”.

Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie –ha concluido Francisco– allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza.

 Evangelizar no es hacer proselitismo ni presumir

 

En la homilía el Santo Padre recuerda que evangelizar es dar gratis lo que Dios me ha dado gratis.

(Ciudad del Vaticano, 9 septiembre 2016 )
 

No reducir la evangelización al funcionalismo ni tampoco a un simple ‘paseo’. Es la petición realizada por el papa Francisco en la homilía de esta mañana en Santa Marta. De este modo, el Pontífice ha subrayado la importancia que debe asumir el testimonio en la vida de los cristianos, advirtiendo de la tentación de proselitismo y de convencer con la fuerza de las palabras.

El Santo Padre hace referencia a la Primera Lectura, de san Pablo a los Corintios, para preguntarse qué significa dar testimonio. De forma especial el Papa se ha detenido en el hecho de que evangelizar no significa reducirlo “a una función”.

Lamentablemente, ha advertido el Santo Padre, se ven cristianos que viven el servicio como una función. Laicos y sacerdotes que presumen de lo que hacen. Así, Francisco ha recordado que “evangelizar no es hacer proselitismo”. Es decir, “ni hacer el paseo, ni reducir el Evangelio a una función ni hacer proselitismo: esto no es evangelizar”. De este modo ha observado que Pablo dice que evangelizar es para él una necesidad “que se le impone”. Y ha añadido que un cristiano tiene la obligación, pero con esta fuerza, como una necesidad de llevar el nombre de Jesús, pero desde el propio corazón.

El Papa ha proseguido que anunciar el Evangelio no puede ser un presumir sino “una obligación”. Y el estilo debe ser “hacerse todo a todos”. El estilo es “ir y compartir la vida de los otros, acompañar; acompañar en el camino de la fe, hacer crecer en el camino de la fe”.

En esta línea, el Pontífice ha asegurado que debemos ponernos en la condición del otro: “Si él está enfermo, acercarme, no agobiarlo con argumentos”, “ser cercano, asistirlo, ayudarlo”. Se evangeliza “con esta actitud de misericordia: hacerse todo a todos. Es el testimonio que lleva la Palabra”, ha precisado.

El Papa ha hecho referencia a una pregunta que le hizo un joven en la JMJ de Cracovia, “qué decir a un amigo ateo”. A lo que Francisco respondió: “la última cosa que tienes que hacer es decir algo. Comienza por hacer y él verá lo que haces y te preguntará”.

Asimismo, el Pontífice ha explicado que evangelizar es dar este testimonio: yo vivo así porque creo en Jesucristo. Y esto, reconoce el Papa, despierta curiosidad en la gente.

Por otro lado ha querido recordar que evangelizar es algo que se hace gratuitamente, “porque nosotros hemos recibido gratuitamente el Evangelio”, “la gracia, la salvación, no se compra y tampoco se vende: es gratis. Y gratis debemos darla”.

El Santo Padre ha querido mencionar a San Pedro Claver, del que hoy se celebra la memoria. Un misionero que “se fue a anunciar el evangelio”. Quizá, ha añadido, “él pensaba que su futuro era predicar: en su futuro el Señor le pidió estar cerca, junto a los descartados de aquel tiempo, a los esclavos, los negros, que llegaban allí, desde África, para ser vendidos”.

En esta línea, ha observado que “este hombre no dio un paseo, diciendo que evangelizada”, “no ha reducido la evangelización a un funcionalismo y tampoco a un proselitismo”. Sin embargo “anunció a Jesucristo con los gestos, hablando a los esclavos, viviendo con ellos, viviendo como ellos”. Y como él en la Iglesia “hay muchos”.

Finalmente ha querido recordar que todos nosotros “tenemos la obligación de evangelizar”, viviendo la fe, hablando con mansedumbre, amor, sin querer convencer a nadie, pero gratuitamente. “Es dar gratis lo que Dios me ha dado gratis”, eso es evangelizar.

 
Francisco_(20-03-2013)

(28 de agosto, 2016 Ciudad del Vaticano).

El papa Francisco, como cada domingo, ha rezado el ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

(Ciudad del Vaticano).- El santo padre Francisco rezó este domingo 28 de agosto de 2016 desde su estudio que da hacia la Plaza de San Pedro, la oración del ángelus. Rezó también con los miles de fieles y peregrinos allí presentes por las víctimas y familiares del terremoto de Italia.

 

«¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El episodio del Evangelio de hoy nos muestra a Jesús en la casa de uno de los jefes de los fariseos, concentrado en observar cómo los invitados a almorzar se esforzaban por elegir los primeros lugares. Es una escena que hemos visto muchas veces: buscar el mejor lugar incluso ‘con los codos’.

Al ver esta escena, él narra dos breves parábolas con las cuales ofrece dos indicaciones: una se refiere al lugar, la otra se refiere a la recompensa.

La primera semejanza está ambientada en un banquete nupcial. Jesús dice: “Cuando te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: ‘Déjale el sitio’

Con esta recomendación Jesús no quiere dar normas de comportamiento social, sino una lección sobre el valor de la humildad. La historia nos enseña que el orgullo, el arribismo, la vanidad, la ostentación son la causa de muchos males. Y Jesús nos hace entender la necesidad que tenemos de elegir los últimos lugares, o sea, buscar la pequeñez y el ocultamiento: la humildad.

Cuando nos ponemos ante Dios en esta dimensión de humildad, entonces Dios nos exalta, se inclina hacia nosotros para elevarnos hacia él; “Porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (v. 11).

Las palabras de Jesús subrayan actitudes completamente diferentes y opuestas: la actitud de quien se elige su propio sitio y la actitud de quien se lo deja asignar por Dios y espera de Él la recompensa.

No lo olvidemos: ¡Dios paga mucho más que los hombres! ¡Él nos da un lugar mucho más bello de aquel que nos dan los hombres! El lugar que nos da Dios está cercano a su corazón y su recompensa es la vida eterna. “¡Serás bienaventurdado – dice Jesús, recibirás tu recompensa en la rela resurrección de los justos”.

Es lo que se describe en la segunda parábola, en la que Jesús indica la actitud de desinterés que debe caracterizar la hospitalidad, y dice: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos. ¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte!”.

Se trata de elegir la gratuidad en vez del cálculo oportunista que trata de obtener una recompensa, que busca el interés y que busca enriquecerse mucho más.

En efecto, los pobres, los sencillos, aquellos que no cuentan, jamás podrán retribuir una invitación a comer. Así Jesús demuestra su preferencia por los pobres y los excluidos, que son los privilegiados del Reino de Dios y transmite el mensaje fundamental del Evangelio que es servir al prójimo por amor a Dios.

Hoy Jesús se vuelve la voz de quien no tiene voz y dirige a cada uno de nosotros un llamamiento afligido a abrir el corazón y a hacer nuestros los sufrimientos y las angustias de los pobres, de los hambrientos, de los marginados, de los prófugos, de los derrotados por la vida, de cuantos son descartados por la sociedad y por la prepotencia de los más fuertes. Y estos descartados representan, en realidad, la mayor parte de la población.

En este momento, pienso con gratitud a los comedores donde tantos voluntarios ofrecen su servicio, dando de comer a personas solas, en dificultad, sin trabajo o sin casa.

Estos comedores y otras obras de misericordia –como visitar a los enfermos y a los encarcelados– son palestras de caridad que difunden la cultura de la gratuidad, porque cuantos trabajan en ellas están movidos por el amor de Dios y son iluminados por la sabiduría del Evangelio. De este modo el servicio a los hermanos se convierte en testimonio de amor, que hace creíble y visible el amor de Cristo.

Pidamos a la Virgen María que nos conduzca cada día por el camino de la humildad. Ella ha sido humilde toda su vida,  que nos haga capaces de gestos gratuitos de acogida y de solidaridad hacia los marginados, para llegar a ser dignos de la recompensa divina».

«Queridos hermanos y hermanas, deseo renovar mi cercanía espiritual a los habitantes del Lazio, de Le Marche y de Umbria, duramente golpeados por el terremoto de estos días.

Pienso en particular a la gente de Amatrice, Arquata, Pescara del Tronto y Norcia. Una vez más les digo a estas queridas poblaciones que la Iglesia comparte sus sufrimientos y sus preocupaciones. Recemos por los difuntos y por los sobrevivientes”.

La atención con la cual las autoridades, fuerzas del orden, protección civil y voluntarios están operando, demuestra cuanto sea importante la solidaridad para superar las pruebas dolorosas.

Queridos hermanos y hermanas, apenas posible también yo espero de ir a visitarlos, para llevarles personalmente el consuelo de la fe, el abrazo de padre y hermano y el apoyo de la esperanza cristiana.

Recemos por estos hermanos y hermanas, todos juntos:  Ave María…

 

Ayer en Santiago del Estero, en Argentina ha sido proclamada beata, sor María Antonia de San José; el pueblo la llama Mama Antula. Su ejemplar testimonio cristiano, especialmente su apostolado en la promoción de los Ejercicios espirituales, puedan suscitar el deseo de adherir siempre más a Cristo y al evangelio.

El jueves próximo 1° de septiembre celebraremos la Jornada Mundial de Oración por la custodia de la creación, junto a los hermanos ortodoxos y de otras Iglesias. Será una ocasión para reforzar el empeño común para salvaguardar la vida, respetando el ambiente y la naturaleza.

Saludo ahora a todos los peregrinos provenientes de Italia y de diversos países, en particular a los monaguillos de Kleineraming (Austria); a los marinos de la nave escuela argentina Fragata Libertad, lo he dicho en español porque ¡la tierra tira! A los fieles de Gonzaga, Spirano, Brembo, Cordenos y Daverio, a los jóvenes de Venaria, Val Liona, Angarano Moncalieri y Tombello.

A todos les deseo un buen domingo y por favor no se olviden de rezar por mí». Y concluyó con su conocido: ‘¡Buon pranzo e arrivederci!’.

Papa

(21 de agosto, 2016 Ciudad del Vaticano).

El papa Francisco, como cada domingo, ha rezado el ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

El Papa en el ángelus:

‘Nuestra salvación no es un videojuego’

(21 de agosto, 2016 ~ Ciudad del Vaticano).- El santo padre Francisco rezó este domingo la oración del ángelus desde la ventana de su estudio que da hacia la plaza de San Pedro, en donde miles de fieles y peregrinos le esperaban. Y recordó que la salvación es lo principal en nuestra vida. Señaló también que la puerta del cielo es estrecha pero  que está siempre abierta, aunque para entrar por ella debemos dejar nuestro orgullo que nos hincha. Invitó durante sus palabras a mantener unos instantes de silencio para interrogarnos sobre qué cosas nos impiden entrar por esa puerta. Y subrayó que Jesús nos espera, a cada uno de nosotros, a pesar de cualquier pecado hayamos cometido, para abrazarnos y para ofrecernos su perdón. Y que esta puerta es una ocasión que no debemos desperdiciar.

 «Queridos hermanos y hermanas, buenos días

La página del evangelio de hoy nos exhorta a meditar sobre el tema de la salvación. El evangelista Lucas cuenta que Jesús está en viaje hacia Jerusalén y durante el recorrido se le acerca un tal que le plantea esta pregunta: “¿Señor, son pocos los que se salvan?”.

Jesús no da una respuesta directa, pero desplaza el debate a otro plano, con un lenguaje sugestivo: “Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán”.

Con la imagen de la puerta, Él quiere hacer entender a quienes le escuchan que no es cuestión de números, no importa saber cuántos se salvan. Lo importante es que todos sepan cuál es el camino que conduce a la salvación, a la puerta.

Y tal recorrido prevé que se cruce una puerta. ¿Pero dónde está la puerta, quién es la puerta? Jesús mismo es la puerta. Nos los dice Él en el evangelio de San Juan: ‘Yo soy la puerta’. Él nos conduce a la comunión con el Padre, donde encontramos amor, comprensión y protección. ¿Pero por qué esta puerta es angosta?, nos podemos preguntar.

Es una puerta angosta no porque sea opresora, sino porque pide restringir y contener nuestro orgullo y nuestro miedo, para abrirnos con corazón humilde y confiado a Él, reconociéndonos pecadores, necesitados de su perdón. Por esto es estrecha, para contener nuestro orgullo que nos hincha.

¡La puerta de la Misericordia es Dios, es estrecha pero está siempre y enteramente abierta para todos! Dios no tiene preferencias, sino que recibe siempre a todos sin distinciones. Una puerta estrecha para contener nuestro orgullo y nuestro miedo; una puerta amplia porque Dios recibe a todos sin distinción.

Y la salvación que Él nos da es un flujo incesante de misericordia que derrumba todas las barreras y abre sorprendentes perspectivas de luz y de paz. La puerta es estrecha pero siempre abierta, no se olviden de ésto.

Hoy Jesús nos dirige, una vez más, una invitación insistente para ir hacia Él, para atravesar la puerta de la vida plena, reconciliada y feliz. Él nos espera, a cada uno de nosotros, a pesar de cualquier pecado que hayamos cometido, para abrazarnos, para ofrecernos su perdón.

Solamente Él puede transformar mi corazón. Solamente Él puede dar sentido pleno a nuestra existencia, donándonos la verdadera alegría. Entrando por la puerta de Jesús, la puerta de la fe y del evangelio, nosotros podremos salir de las actitudes mundanas, de las malas costumbres, de los egoísmos y del cerrarnos en nosotros mismos.

Cuando hay un contacto con el amor y la misericordia de Dios hay un cambio auténtico. Y nuestra vida es iluminada por la luz del Espíritu Santo: ¡una luz inextinguible!

Quiero hacerles una propuesta: pensemos ahora en silencio y por algunos instantes en las cosas que tenemos dentro de nosotros y que nos impiden cruzar la puerta: mi orgullo, mi soberbia, mis pecados. Y después pensemos en otra puerta, esa abierta de la misericordia de Dios que del otro lado nos espera para darnos el perdón.

El Señor nos ofrece muchas ocasiones para salvarnos y entrar a través de la puerta de la salvación. Esta puerta es una ocasión que no debemos desperdiciar: no debemos hacer discursos académicos sobre la salvación, como el de aquel tal que se dirigió a Jesús, sino que debemos aferrar las ocasiones de salvación. Porque en un determinado momento “el patrón de la casa se levantará y cerrará la puerta”, como nos ha recordado el Evangelio.

Pero si Dios es bueno y nos ama, ¿por qué cierra la puerta? Porque nuestra vida no es un videojuego o una telenovela; nuestra vida es seria y el objetivo importante que debemos alcanzar es la salvación eterna.

A la Virgen María, Puerta del Cielo, le pedimos que nos ayude a no perder las ocasiones que el Señor nos ofrece para cruzar la puerta de la fe y así entrar en un camino ancho: es el camino de la salvación, capaz de recibir a todos quienes se dejan abrazar por el amor.

Es el amor que salva, el amor que ya en la tierra es fuente de la bienaventuranza de quienes, en la mansedumbre, en la paciencia y en la justicia se olvidan de sí mismos y se dan a los otros, especialmente a los más débiles.

 

Angelus Domini…

 

«Queridos hermanos y hermanas, me ha llegado la triste noticia del atentado sanguinario que ayer golpeó a la querida Turquía. Recemos por las víctimas, muertos y heridos y pidamos el don de la paz para todos».

Ave María…

«Saludo cordialmente a los peregrinos romanos y a los que vienen de varios países, en particular a los fieles de Kalisz (Polonia), Gondomar (Portugal). Quiero saludar también de manera particular a los nuevos seminaristas del Pontificio Colegio Norteamericano. ¡Bienvenidos a Roma!

Saludo a la Asociación Santísimo Redentor de Manfredonia, a los motociclistas del Polesine, a los fieles de Delianuova y a los de Verona que vinieron a pie en peregrinación. Saludo a los jóvenes que vinieron para dar un servicio a los comedores de la Cáritas de Roma. A todos les deseo un buen domingo. Y por favor no se olviden de rezar por mí».
Y concluyó con un “¡Buon pranzo e arrivederci!”.

Papa

(14 de agosto, 2016 Ciudad del Vaticano).

El papa Francisco, como cada domingo, ha rezado el ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

 

Estas son las palabras del Santo Padre para introducir la oración mariana

 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo (Lc12,49-53) forma parte de las enseñanzas de Jesús dirigidas a los discípulos a lo largo de su camino hacia Jerusalén, donde espera la muerte de cruz. Para indicar el fin de su misión, Él usa tres imágenes: el fuego, el bautismo y la división. Hoy quiero hablar de la primera imagen, la del fuego, el fuego.

Jesús la expresa con estas palabras: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!” (v.49). El fuego del que Jesús habla es el fuego del Espíritu Santo, presencia viva y operante en nosotros desde el día de nuestro Bautismo. Esto, el fuego, es una fuerza creadora que purifica y renueva, quema toda miseria humana, todo egoísmo, todo pecado, nos transforma desde dentro, nos regenera y nos hace capaces de amar. Jesús desea que el Espíritu Santo se encienda como fuego en nuestro corazón, porque solo saliendo del corazón, estad atentos a esto, y solo saliendo del corazón que el incendio del amor divino podrá desarrollarse y hacer crecer el Reino de Dios. No sale de la cabeza, sale del corazón, y por eso Jesús quiere que este fuego salga de nuestro corazón. Si nos abrimos completamente a la acción del Espíritu Santo, Él nos donará la audacia y el fervor para anunciar a todos a Jesús y su mensaje consolador de misericordia y de salvación, navegando en mar abierto, sin miedos. El fuego comienza en el corazón.

En el cumplimiento de su misión en el mundo, la Iglesia, es decir, todos nosotros, Iglesia, necesita la ayuda del Espíritu Santo para no dejarse frenar por el miedo y el cálculo, para no acostumbrarse a caminar dentro de las fronteras seguras. Estas dos actitudes llevan a la Iglesia a ser una Iglesia funcional que no corre riesgo nunca. Sin embargo la valentía apostólica que el Espíritu Santo enciende en nosotros como un fuego nos ayuda a superar los muros y las barreras, nos hace creativos y nos urge a ponernos en movimiento para caminar también por caminos inexplorados o incómodos, ofreciendo esperanza a los que encontramos. Estamos llamados a convertirnos cada vez más en comunidad de personas guiadas y transformadas por el Espíritu Santo, llenas de comprensión, personas de corazón dilatado y de rostro alegre. Más que nunca hay necesidad, más que nunca hoy hay necesidad de sacerdotes, de consagrados y de fieles laicos, con la mirada atenta del apóstol, para conmoverse y detenerse delante de los desfavorecidos y a las pobrezas materiales y espirituales, caracterizando así el camino de la evangelización y de la misión con el ritmo sanador de la proximidad. Es precisamente el fuego del Espíritu Santo que nos lleva a hacernos prójimos de los otros, de las personas que sufren, de los necesitados, de tantas miserias humanas, de problemas, de refugiados, de los que sufren. Ese fuego que viene del corazón. Fuego.

En este momento pienso con admiración sobre todo en los numerosos sacerdotes, religiosos y laicos que, en todo el mundo, se dedican al anuncio del Evangelio con gran amor y fidelidad, no pocas veces a costa de la vida. Su testimonio ejemplar nos recuerda que la Iglesia no necesita burócratas y funcionarios diligentes, sino misioneros apasionados, devorados por el ardor de llevar a todos la palabra consoladora de Jesús y de su gracia regeneradora. Esto es el fuego del Espíritu Santo, si la Iglesia no recibe este fuego o no le deja entrar en sí, se convierte en una Iglesia fría o solo tibia, incapaz de dar vida porque está hecha de cristianos fríos y tibios. Nos hará bien hoy, tomar cinco minutos, y cada uno de nosotros preguntarnos, ¿cómo va mi corazón? ¿Está frío, tibio, o es capaz de tomar este fuego? Tomemos cinco minutos para esto. Nos hará bien a todos.

 Pidamos a la Virgen María rezar con nosotros y por nosotros al Padre celeste, para que derrame sobre todos los creyentes el Espíritu Santo, fuego divino que caliente los corazones y nos ayude a ser solidarios con las alegrías y los sufrimientos de nuestros hermanos. Nos sostenga en nuestro camino el ejemplo de san Massimiliano Kolbe, mártir de la caridad, de quien hoy celebramos la fiesta: él nos enseñe a vivir el fuego del amor para Dios y para el prójimo.

 

Después del ángelus, el Santo Padre ha añadido.

 Queridos hermanos y hermanas,

Saludo con afecto a todos vosotros, romanos y peregrinos presentes.

También hoy tengo la alegría de saludar a algunos grupos de jóvenes: sobre todo a los scout venidos de París; y a los jóvenes que han llegado a Roma en peregrinación a pie o en bicicleta desde Bisuschio, Treviso, Solarolo, Macherio, Sovico, Vall’Alta de Bergamo y los seminaristas del seminario menor de Bérgamo. Repito también a vosotros las palabras que han sido el tema del gran encuentro de Cracovia: “Beatos los misericordiosos, porque encontrarán misericordia”; esforzaros en perdonar siempre y tened un corazón compasivo.

Saludo también a la Asociación del Proyecto “Cartoline in bicicletta”.

A todos os deseo un feliz domingo y un buen almuerzo.

Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Hasta la vista!

 

Catequesis del Papa en

la audiencia del miércoles

10 de agosto de 2016

 

El Santo Padre subraya que la palabra poderosa de Jesús puede hacer que nos levantemos y realizar también en nosotros el paso de la muerte a la vida.
 

(Ciudad del Vaticano-10 de agosto, 2016).-

El papa Francisco, en la catequesis de la audiencia general de esta semana, ha reflexionado sobre la compasión que Jesús sintió al ver a la madre viuda que lloraba la muerte de su hijo. Asimismo, ha recordado que a la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarla a la misericordia del Señor. Y ante la Puerta Santa el Señor se hace cercano para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “No llores”.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días:

El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado nos presenta un milagro de Jesús realmente grande: la resurrección de un joven. Además, el corazón de este pasaje no es el milagro, sino la ternura de Jesús hacia la madre de este joven. La misericordia toma aquí el nombre de gran compasión hacia una mujer que había perdido al marido y que ahora acompañaba al cementerio a su único hijo. Es este gran dolor de una madre que conmueve a Jesús y le provoca el milagro de la resurrección.

En el introducir este episodio, el Evangelista se detiene en muchos detalles. En la puerta de la localidad de Naín, un pueblo, se encuentran dos grupos numerosos que proceden de direcciones opuestas y que no tienen nada en común. Jesús, seguido por los discípulos y de una gran multitud va a entrar en la ciudad, mientras, estaba saliendo una procesión que acompañaba a un difunto, con su madre viuda y una gran cantidad de personas. En la puerta los dos grupos se cruzan solamente yendo cada uno por su camino, pero es entonces cuando san Lucas señala el sentimiento de Jesús: “Al verla [a la mujer], el Señor se conmovió y le dijo: ‘No llores’. Después se acercó y tocó el féretro. Los que los llevaban se detuvieron”. Gran compasión guía las acciones de Jesús: es Él quien detiene la procesión tocando el féretro y, movido por la profunda misericordia por esta madre, decide afrontar la muerte, por así decir, de tú a tú. Y la afrontará definitivamente, de tú a tú, en la Cruz.

Durante este Jubileo, sería bueno que, al pasar la Puerta Santa, la Puerta de la Misericordia, los peregrinos recuerden este episodio del Evangelio, sucedido en la puerta de Naín.

Cuando Jesús ve esta madre llorando, ¡entró en su corazón! A la Puerta Santa cada uno llega llevando la propia vida, con sus alegrías y sus sufrimientos, los proyectos y los fracasos, las dudas y los temores, para presentarla a la misericordia del Señor. Estamos seguros de que, ante la Puerta Santa, el Señor se hace cercano para encontrar a cada uno de nosotros, para llevar y ofrecer su poderosa palabra consoladora: “No llores”.

Esta es la Puerta del encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Pensemos siempre en esto: un encuentro entre el dolor de la humanidad y la compasión de Dios. Atravesando la puerta nosotros cumplimos nuestra peregrinación dentro de la misericordia de Dios que, como el joven muerto, repite a todos: “Joven, yo te lo ordeno, levántate”. ¡Levántate! Dios nos quiere de pie. Nos ha creado para estar de pie: por eso, la compasión de Jesús lleva a ese gesto de la sanación, a sanarnos, donde la palabra clave es: ¡Levántate! ¡Ponte de pie, como te ha creado Dios!”. De pie. “Pero, Padre, caemos muchas veces” – “¡Levántate, levántate!”. Esta es la palabra de Jesús, siempre. Al atravesar la Puerta Santa, tratemos de sentir en nuestro corazón esta palabra: “¡Levántate!”.

La palabra poderosa de Jesús puede hacer que nos levantemos y realizar también en nosotros el paso de la muerte a la vida. Su palabra nos hace revivir, da esperanza, refresca los corazones cansados, abre una visión del mundo y de la vida que va más allá del sufrimiento y la muerte.  ¡En la Puerta Santa se registra para cada uno de nosotros el inagotable tesoro de la misericordia de Dios!

Alcanzado por la palabra de Jesús, “el muerto se incorporó y empezó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre”. Esta frase es muy bonita: indica la ternura de Jesús. “Lo entregó a su madre”. La madre encuentra de nuevo al hijo. Al recibirlo de las manos de Jesús se convierte en madre por segunda vez, pero el hijo que ahora le ha sido entregado no es de ella que ha recibido la vida. Madre e hijo reciben así la respectiva identidad gracias a la palabra poderosa de Jesús y su gesto amoroso. Así, especialmente en el Jubileo, la madre Iglesia recibe a sus hijos reconociendo en ellos la vida donada por la gracia de Dios. Es en fuerza de tal gracia, la gracia del Bautismo, que la Iglesia se convierte en madre y que cada uno de nosotros se convierte en su hijo.

Frente al joven que vuelve a la vida y es entregado a la madre, “todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo’”. Lo que ha hecho Jesús no es solo una acción de salvación destinada a la viuda y a su hijo, o un gesto de bondad limitado a esa ciudad. En el socorro misericordioso de Jesús, Dios va al encuentro de su pueblo, en Él aparece y continuará apareciendo a la humanidad toda la gracia de Dios. Celebrando este Jubileo, que he querido que fuera vivido en todas las Iglesias particulares, es decir, en todas las iglesias del mundo y no solo en Roma, es como si toda la Iglesia repartida en el mundo se uniera en el único canto de alabanza al Señor. También hoy la Iglesia reconoce ser visitada por Dios. Por eso, acercándonos a la Puerta de la Misericordia, cada uno sabe que se acerca a la puerta del corazón misericordioso de Jesús: es Él la verdadera Puerta que conduce a la salvación y nos restituye a una vida nueva. La misericordia, tanto en Jesús como en nosotros, es un camino que sale del corazón para llegar a las manos. ¿Qué significa esto? Jesús te mira, te sana con su misericordia, te dice: ¡Levántate! Y tu corazón es nuevo. ¿Qué significa realizar un camino del corazón a las manos? Significa que con el corazón nuevo, con el corazón sanado por Jesús puedo realizar las obras de misericordia mediante las manos, tratando de ayudar, de cuidar a muchos que lo necesitan. La misericordia es un camino que sale del corazón y llega a las manos, es decir, a las obras de misericordia.

He dicho que la misericordia es un camino que va del corazón a las manos. En el corazón, recibimos la misericordia de Jesús, que nos da el perdón de todo, porque Dios perdona todo y nos alivia, nos da la vida nueva y nos contagia con su compasión. De ese corazón perdonado y con la compasión de Jesús, comienza el camino hacia las manos, es decir, hacia las obras de misericordia. Me decía un obispo, el otro día, que en su catedral y en otras iglesias ha hecho puertas de misericordia de entrada y de salida. Y pregunté: ¿por qué has hecho esto? – Porque una puerta es para entrar, pedir el perdón y tener la misericordia de Jesús; la otra es la puerta de la misericordia de salida, para llevar la misericordia a los otros, con nuestras obras de misericordia”. ¡Inteligente este obispo! También nosotros hagamos lo mismo con el camino que va del corazón a las manos: entramos en la iglesia por la puerta de la misericordia, para recibir el perdón de Jesús que nos dice: “¡Levántate! ¡Ve, ve!”; y con este “¡ve!” – en pie-  salimos por la puerta de salida. Es la Iglesia en salida: el camino de la misericordia que va del corazón a las manos. ¡Haced este camino!

Pope: Jesus Comes to Us at Holy Door With a Message:

‘Do Not Weep’

(Vatican, August 10, 2016)

 

Dear Brothers and Sisters, good morning!

The passage of Luke’s Gospel that we heard presents to us a truly grandiose miracle of Jesus: the resurrection of a young man. Yet, the heart of this account is not the miracle but Jesus’ tenderness to the young man’s mother. Here mercy takes the name of great compassion toward a woman who had lost her husband and is now accompanying her only son to the cemetery. It is this great sorrow of a mother, which moves Jesus and incites Him to the miracle of the resurrection.

On introducing this episode, the Evangelist dwells on many particulars. Meeting at the door of the small city of Nain, a village, are two numerous groups that came from opposite directions and have nothing in common. Jesus, followed by the disciples and a great crowd, is about to enter the town, while the sad procession is coming out, which is accompanying the deceased, with the widowed mother and many people.  Near the door the two groups just pass one another, each one going its own way, but it is then that Saint Luke notes Jesus’ sentiment: Seeing [the woman], the Lord was gripped by great compassion for her “and said to her, ‘Do not weep.’ And He came close and touched the bier, and the bearers stood still”. Great compassion guided Jesus’ actions: He halted the procession and touched the bier and, moved by profound mercy for this mother, He decided to confront death, so to speak, face to face. And He would confront it definitively, face to face, on the Cross.

During this Jubilee, it would be a good thing if, on crossing the Holy Door, the Door of Mercy, pilgrims were to recall this episode of the Gospel, which happened at the gate of Nain. When Jesus saw that mother in tears, she entered His heart! Each one arrives at the Holy Door bearing his own life, with its joys and its sufferings, plans and failures, doubts and fears, to present them to the Lord’s mercy. We are certain that, at the Holy Door, the Lord comes close to meet each one of us, to bring to us and to offer us His powerful consoling word: “Do not weep!”. This is the Door of the encounter between humanity’s pain and God’s compassion. Let us always think of this: an encounter between humanity’s pain and God’s compassion. By crossing the threshold we fulfil our pilgrimage in the mercy of God who repeats to all of us, as He did to the young man: “I say to you, arise!”.  Arise! God wants us to stand. He created us to stand: therefore, Jesus’ compassion leads to that gesture of healing, to heal us, the key word here is: “Arise! Stand up, as God has created you!” – Stand. “But father, we fall so often” – “Forward, arise!” This is always Jesus’ word. On crossing the Holy Door, let us seek to hear this word in our heart: “Arise!” Jesus’ powerful word can make us arise and work in us also the passage from death to life. His word makes us revive, it gives hope, heartens tired hearts, opens to a vision of the world and of life that goes beyond suffering and death. Engraved on the Holy Door for each one is the inexhaustible treasure of God’s mercy!

Reached by Jesus’ word, “the dead man sat up, and began to speak. And He gave him to his mother”. This phrase is so beautiful: it indicates Jesus’ tenderness: “He gave him to his mother.” The mother finds her son again. Receiving him from Jesus’ hands, she becomes mother for the second time, but the son that is now restored to her has not received his life from her. Thus mother and son receive their respective identity thanks to the powerful word of Jesus and his loving gesture. So, especially in the Jubilee, Mother Church receives her children, recognizing in them the life given to them by the grace of God. It is by dint of this grace, the grace of Baptism, that the Church becomes Mother and that each one of us becomes her child.

In face of the young man who came back to life and was restored to his mother, “fear seized them all; and they glorified God saying, ‘A great prophet has arisen among us’ and ‘God has visited His people!’” What Jesus did, therefore, is not only an act of salvation directed to the widow and her son, or a gesture of kindness limited to that city. In Jesus’ merciful rescue, God goes to encounter His people; in Him appears and will continue to appear to humanity, all the grace of God. Celebrating this Jubilee, which I wanted to be lived in all the particular Churches, namely in all the Churches of the world, and not only in Rome, it is as if the whole Church spread throughout the world joins in the one song of praise to the Lord. Today also, the Church recognizes herself being visited by God. Therefore, ongoing to the Door of Mercy each one knows that he goes to the merciful heart of Jesus: in fact, He is the true Door that leads to salvation and restores us to a new life. Mercy, be it in Jesus be it in us, is a path that begins from the heart to arrive at the hands. What does this mean? Jesus looks at you, He heals you with His mercy, He says to you: “Arise!” — and your heart is new. What does it mean to go on the path from the heart to the hands? It means that with a new heart, with a heart healed by Jesus I can carry out works of mercy through my hands, trying to help, to take care of all those in need. Mercy is a path that begins from the heart and arrives at the hands, namely, to works of mercy.

I said that mercy is a path that goes from the heart to the hands. We receive in the heart the mercy of Jesus, who forgives us everything, because God forgives everything and raises us; He gives us a new life and infects us with His compassion. From that forgiven heart and with Jesus’ compassion, the path begins to the hands, namely, to the works of mercy. The other day a Bishop said to me that he had made entrance and exit doors of mercy in his Cathedral and in other churches. I asked him: “Why did you do this?” – “Because one door is to go in, to ask for forgiveness and have Jesus’ mercy; the other is the outgoing door of mercy, to take mercy to others, with our works of mercy.” But this Bishop is intelligent! We must also do the same with the path that goes from the heart to the hands: we enter the church through the door of mercy, to receive Jesus’ forgiveness, who says to us: “Arise! Go, go!” — and with this “go!” – standing – we go out through the exit door. It is the outgoing Church, the path of mercy that goes from the heart to the hands. Undertake this path!

A warm welcome to the Italian-speaking pilgrims! I greet the Society of the Sacred Heart, the Sisters of the Immaculate <Conception> — I know them well, because they helped me in the Bishop’s residence at Buenos Aires. They are good – and the Handmaids of the Sacred Heart, who are holding their respective General Chapters. I exhort you to be faithful always to the foundation charism, witnessing the merciful love of the Father in places of apostolate.

I greet the faithful of Banzano di Montoro and the young people of the Giorgio La Pira Work of Florence, who come from different parts of the world. I hope that you will all live this Extraordinary Holy Year promoting the culture of encounter, recognizing the presence of the Lord’s flesh particularly in the poor and the needy.

Finally a greeting goes to the young people, the sick and the newlyweds. Last Monday we remembered the figure of Saint Dominic of Guzman, whose Order of Preachers is celebrating the eighth centenary of its foundation. May the enlightened word of this great Saint stimulate you, dear young people, to listen to and to live the teachings of Jesus; may his interior fortitude sustain you, dear sick, in moments of discomfort; and may his apostolic dedication remind you, dear newlyweds, of the importance of the Christian education of your family.

El Papa invita a usar la

“lógica de la atención a los otros”

Domingo, 7 de agosto, 2016

El papa Francisco, como cada domingo, se ha asomado a la ventana del Palacio Apostólico para rezar el ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la página del Evangelio de hoy (Lc 12, 32-48), Jesús habla a sus discípulos de la actitud de asumir el encuentro final con Él, y explica cómo la espera de este encuentro debe empujar a una vida rica de obras buenas. Entre otras cosas dice: “Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, donde no se acercan los ladrones ni roe la polilla” (v. 33). Es una invitación a dar valor a la limosna como obra de misericordia, a no poner la confianza en los bienes efímeros, a usar las cosas sin apego y egoísmo, sino según la lógica de Dios, la lógica de la atención a los otros, la lógica del amor. Nosotros podemos tener muchas cosas, estar muy apegados al dinero, tener mucho. Pero después, al final, no podemos llevarlo con nosotros. Recordad que el sudario no tiene bolsillos.

La enseñanza de Jesús prosigue con tres breves parábolas sobre el tema de la vigilancia. Esto es importante, la vigilancia, estar atentos, vigilantes en la vida.

La primera es la parábola de los siervos que esperan en la noche el regreso del señor. “Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela” (v. 37): es la bienaventuranza del esperar con fe al Señor, del estar preparados, en actitud de servicio. Él se hace presente cada día, llama a la puerta de nuestro corazón. Y será bienaventurado quien le abra, porque tendrá una gran recompensa: de hecho, el Señor mismo se hará siervo de sus siervos; es una bonita recompensa. En el gran banquete de su Reino pasará Él mismo a servirles. Con esta parábola, ambientada en la noche, Jesús proyecta la vida como una vigilia de espera activa, que precede al día luminoso de la eternidad. Para poder acceder es necesario estar preparados, despiertos y ocupados en el servicio a los otros, en la perspectiva reconfortante que, “allí”, ya no seremos nosotros los que sirvamos a Dios, sino Él mismo nos acogerá en su mesa. Pensándolo bien, esto sucede ya hoy cada vez que encontramos al Señor en la oración, o al servir a los pobres, y sobre todo en la Eucaristía, donde Él prepara un banquete para nutrirnos con su Palabra y su Cuerpo.

La segunda parábola tiene como imagen la venida imprevisible del ladrón. Este hecho exige una vigilancia; de hecho, Jesús exhorta: “Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre” (v. 40). El discípulo es el que espera al Señor y su Reino.

El Evangelio aclara esta perspectiva con la tercera parábola: el administrador de una casa después de la ida del señor. En el primer cuadro, el administrado sigue fielmente sus tareas y recibe la recompensa. En el segundo cuadro, el administrador abusa de su autoridad y pega a los siervos, por lo que, al regreso imprevisto del señor, será castigado. Esta escena describe una situación frecuente también en nuestros días: muchas injusticias, violencias y maldades cotidianas nacen de la idea de comportarnos como señores de la vida de los otros. Y nosotros tenemos un solo señor, aunque no le gusta llamarse señor, le gusta que le llamemos Padre. Nosotros somos siervos, pecadores todos, hijos, pero Él es el único Padre.

Jesús hoy nos recuerda que la espera de la bienaventuranza eterna no nos libra del compromiso de hacer más justo y más habitable el mundo. Es más, precisamente nuestra esperanza de poseer el Reino en la eternidad nos empuja a trabajar para mejorar las condiciones de la vida terrena, especialmente de los hermanos más débiles. La virgen María nos ayude a ser personas y comunidades no aplanadas en el presente, o, peor, nostálgicas del pasado, sino proyectadas hacia el futuro de Dios, hacia el encuentro con Él, nuestra vida y nuestra esperanza.

Después del ángelus ha señalado el Papa:

Queridos hermanos y hermanas,

Lamentablemente desde Siria continúan llegando noticias de víctimas civiles de la guerra, en particular desde Alepo. Es inaceptable que tantas personas indefensas –también muchos niños– deban pagar el precio del conflicto, el precio de la clausura, deben pagar el precio del conflicto, el precio de la clausura de corazón y la falta de la voluntad de paz de los poderosos. Estamos cerca con la oración y la solidaridad a los hermanos y a las hermanas sirios, y les encomendamos a la materna protección de la Virgen María. Rezamos todos, primero en silencio después el Ave María.

¡Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de distintos países! Se ven muchas banderas.

Hoy están presentes varios grupos de chicos y jóvenes. ¡Os saludo con particular afecto! En particular, el grupo de la pastoral juvenil de Verona; los jóvenes de Padua, Sandrigo y Brembilla. Y el grupo de los chicos de Fasta, venidos de Argentina. Pero, ¡estos argentinos hacen lío por todos lados! Como también saludo a los adolescentes de Campogalliano y San Mateo de la Décima, que están en  Roma para desarrollar un servicio de voluntariado en centros de acogida.

Saludo también a los fieles de Sforzatica, diócesis de Bérgamo.

Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

On Keeping Watch and Awaiting the Lord

Sunday, August 7, 2016

Dear brothers and sisters, good morning!

In the passage of the Gospel for today (Luke 12:32-48), Jesus speaks to his disciples about the attitude they should have regarding the final encounter with him, and explains how the expectation of this encounter should push us toward a life full of good works. Among other things, he says, “Sell your belongings and give alms. Provide money bags for yourselves that do not wear out, an inexhaustible treasure in heaven that no thief can reach nor moth destroy” (v 33).

This is an invitation to give value to almsgiving as a work of mercy, to not place our confidence in fleeting things. To use things, without attachment and egotism, but rather according to the logic of God, the logic of attention to others, the logic of love. We can have many things, be very attached to money, have a lot. But after the end, we can’t take it with us. Remember that the shroud doesn’t have pockets.

Jesus’ teaching continues with three brief parables on the theme of vigilance. Vigilance is important — being attentive, vigilant in life.

The first is the parable of the servants who await the return of the master during the night. “Blessed are those servants whom the master finds vigilant on his arrival” (v 37): It is the blessedness of waiting for the Lord with faith, of being prepared, with an attitude of service. He makes himself present every day. He knocks at the door of our hearts. And he who opens to him will be blessed, because he will have a great reward. In fact, the Lord himself will be the servant of his servants — this is a beautiful reward. In the great banquet of his Kingdom, he himself will pass by to serve.

With this parable, set in the night, Jesus portrays life as a vigil of active awaiting, which precedes the luminous day of eternity. To have access [to this day], it’s necessary to be prepared, awake and busy with the service of others, with the comforting perspective that “there,” it will no longer be us that serve God, but he himself will welcome us to his table. Considering this carefully, we see that this happens already each time that we find the Lord in prayer, or in serving the poor, and above all in the Eucharist, where he prepares a banquet to nourish us with his Word and his Body.

The second parable uses the image of the unforeseen arrival of a thief. This situation requires vigilance. In fact, Jesus exhorts, “You also must be prepared, for at an hour you do not expect, the Son of Man will come” (v 40). The disciple is he who awaits the Lord and his Kingdom.

The Gospel clarifies this perspective with the third parable, on the administrator of a house after the departure of the master. In the first scene, the administrator faithfully does his duty and receives his reward. In the second scene, the administrator abuses his authority and strikes the servants, and for this, upon the unforeseen return of the lord, he will be punished. This scene describes the frequent situation of our day as well: Many injustices, much violence and daily evils arise from the idea of behaving like lords of life and of others. And we have only one lord, although he does not prefer to be called lord, he prefers that we call him Father. We are servants, all of us are sinners, sons, but he is the only Father.

Jesus today reminds us that awaiting eternal blessedness does not free us from the commitment to make the world more just and more inhabitable. In fact, precisely our hope of possessing the Kingdom in eternity drives us to work to improve the condition of our earthly life, especially that of our weakest brothers. May the Virgin Mary help us to be people and communities who are not limited to the present, or worse, nostalgic for the past, but rather, projected toward the future of God, toward the encounter with him, our life and our hope.

Dear brothers and sisters,

Lamentably, from Syria we continue getting news of civilian victims of the war, particularly from Aleppo. It is unacceptable that so many innocent people — even many children — must pay the price for this conflict, the price for the closed hearts of the powerful and their lack of a will for peace. We are close to our Syrian brothers and sisters with prayer and with solidarity and we entrust them to the maternal protection of the Virgin Mary. Let us pray together, first in silence and then with a Hail Mary.

I greet all of you, Romans and pilgrims from various countries! We can see a lot of flags!

Today, various groups of children and youth are present. I greet you with special affection. In particular the group from youth ministry of Verona, the youth of Padua, Sandrigo and Brembilla. And the group of youth from Fasta, who’ve come from Argentina. These Argentinians cause a ruckus all over the place! I also greet the adolescents from Campogalliano and San Mateo de la Decima, who are in Rome for volunteer work in shelters. I also greet the faithful of Sforzatica, a diocese of Bergamo.

I wish you all a good Sunday. Don’t forget to pray for me. Have a good lunch, and until soon!

 ‘El perdón de Dios

no conoce límites’

 (2016 agosto 4 – Roma).- El mundo necesita el perdón; demasiadas personas viven encerradas en el rencor e incuban el odio, porque, incapaces de perdonar, arruinan su propia vida y la de los demás, en lugar de encontrar la alegría de la serenidad y de la paz. Lo ha asegurado el papa Francisco, en una profunda meditación sobre la capacidad de perdonar y dejarse perdonar por Dios, en su visita a Asís este 4 de agosto por la tarde.

Y es que el Santo Padre ha viajado por segunda vez hasta la ciudad del santo del que tomó nombre como Pontífice. En esta ocasión, el viaje se ha realizado con motivo del VIII Centenario del Perdón de Asís. El Papa ha llegado a la ciudad de san Francisco a las 16.00 en helicóptero y se ha dirigido a la basílica de Santa María de los Ángeles. Allí, ha ido directamente a la Porciúncula y se ha recogido en oración silenciosa. 

En su meditación centrada en el perdón, el Santo Padre ha querido recordar las palabras que, según la antigua tradición, san Francisco pronunció justamente en ese lugar ante todo el pueblo y los obispos: «Quiero enviaros a todos al paraíso».

Al respecto ha recordado que el paraíso es “ese misterio de amor que nos une por siempre con Dios para contemplarlo sin fin”. Jamás estamos solos cuando vivimos la fe, “nos hacen compañía los santos y los beatos, y también las personas queridas que han vivido con sencillez y alegría la fe, y la han testimoniado con su vida”, ha explicado el Santo Padre.

Por otro lado, ha asegurado que la vía maestra que se debe recorrer para lograr ese puesto en el paraíso es “el perdón”. Y en el Porciúncula, “todo habla de perdón”. Así, el papa Francisco ha asegurado que el Señor nos ha hecho un gran regalo “enseñándonos a perdonar para experimentar en carne propia la misericordia del Padre”.

Además, ha recordado que debemos perdonar a una persona que nos ha hecho mal “porque nosotros somos los primeros que hemos sido perdonados, e infinitamente más”. Sabemos bien –ha recordado Francisco– que estamos llenos de defectos y recaemos frecuentemente en los mismos pecados. Sin embargo, “Dios no se cansa de ofrecer siempre su perdón cada vez que se lo pedimos”, ha precisado.

Y este es un “perdón pleno”, que nos da la certeza de que “Él tiene piedad de nosotros y no deja de amarnos”. Nuestro Padre –ha insistido– se apiada siempre cuando estamos arrepentidos, y nos manda a casa con el corazón tranquilo y sereno, diciéndonos que nos ha liberado y perdonado todo.

El Papa ha subrayado que “el perdón de Dios no conoce límites; va más allá de nuestra imaginación y alcanza a quien reconoce, en el íntimo del corazón, haberse equivocado y quiere volver a Él”. Dios, ha añadido, mira el corazón que pide ser perdonado.

Por otro lado, ha observado que el problema surge “cuando nosotros nos ponemos a confrontarnos con nuestro hermano que nos ha hecho una pequeña injusticia”. Y ha advertido de que “cuando estamos nosotros en deuda con los demás, pretendemos la misericordia”; en cambio cuando estamos en crédito, “invocamos la justicia”. Este no puede ser el estilo de vida de los cristianos, ha asegurado.

Por esta razón, el Santo Padre ha asegurado que “limitarnos a lo justo, no nos mostraría como discípulos de Cristo, que han obtenido misericordia a los pies de la cruz sólo en virtud del amor del Hijo de Dios”.

Al finalizar la meditación, el Santo Padre ha invitado a los frailes y obispos presentes a ir a los confesionarios “para estar a disposición del perdón”. “Yo también iré”, ha anunciado por sorpresa, ya que no estaba previsto que el Papa confesara tras la meditación. Mientras el Papa confesaba, los fieles presentes en la Basílica rezaban el rosario, animados por los cantos del coro. El Santo Padre ha estado confesando durante casi una hora a 19 personas: una franciscano, dos sacerdotes, 4 scout, una señora en silla de ruedas y 11 voluntarios del servicio de la Basílica.

Después se ha dirigido a la enfermería del Convento donde ha saludado a unos diez religiosos enfermos con sus cuidadores. Finalmente ha salido a la plaza de la Basílica y ha saludado a los fieles allí reunidos.

Pope Francis’ Reflection in Assisi for the Anniversary of the Pardon

(2016 Agosto 4 – Roma).– “Today I would like … to recall the words … Saint Francis spoke in this very place, in the presence of all the townsfolk and bishops: ‘I want to send you all to heaven!’”

Dear Brothers and Sisters,

Today I would like, before all else, to recall the words that, according to an ancient tradition, Saint Francis spoke in this very place, in the presence of all the townsfolk and bishops: “I want to send you all to heaven!” 
What finer thing could the Poor Man of Assisi ask for, if not the gift of salvation, eternal life and unending joy, that Jesus won for us by his death and resurrection?
Besides, what is heaven if not the mystery of love that eternally unites us to God, to contemplate him forever? The Church has always professed this by expressing her belief in the communion of saints. We are never alone in living the faith; we do so in the company of all the saints and of our loved ones who practised the faith with joyful simplicity and bore witness to it by their lives. There is a bond, unseen but not for that reason any less real, which makes us, by baptism, “one body” moved by “one Spirit” (cf. Eph 4:4). When Saint Francis asked Pope Honorius III to grant an indulgence to all who visited the Porziuncula, he was perhaps thinking of Jesus’ words to the disciples: “In my Father’s house are many rooms; if it were not so, would I have told you that I go to prepare a place for you? And when I go and prepare a place for you, I will come again and will take you to myself, that where I am you may be also” (Jn 14:2-3).

Forgiveness – pardon – is surely our direct route to that place in heaven. Here at the Porziuncola everything speaks to us of pardon! What a great gift the Lord has given us in teaching us to forgive and in this way to touch the Father’s mercy! We have just heard the parable where Jesus teaches us to forgive (cf. Mt 18:21-35). Why should we forgive someone who has offended us? Because we were forgiven first, and of infinitely more. The parable says exactly this: just as God has forgiven us, so we too should forgive those who do us harm. So too does the prayer that Jesus taught us, the Our Father, in which we say: “Forgive us our debts, as we also have forgiven our debtors” (Mt 6:12). The debts are our sins in the sight of God, and our debtors are those whom we, for our part, must forgive.

Each of us might be that servant in the parable burdened with so great a debt that he could never repay it. When we kneel before the priest in the confessional, we do exactly what that servant did. We say, “Lord, have patience with me”. We are well aware of our many faults and the fact that we often fall back into the same sins. Yet God never tires of offering us his forgiveness each time we ask for it. His is a pardon that is full and complete, one that assures us that, even if we fall back into the same sins, he is merciful and never ceases to love us. Like the master in the parable, God feels compassion, a mixture of pity and love; that is how the Gospel describes God’s mercy towards us. Our Father is moved to compassion whenever we repent, and he sends us home with hearts calm and at peace. He tells us that all is remitted and forgiven. God’s forgiveness knows no limits; it is greater than anything we can imagine and it comes to all who know in their hearts that they have done wrong and desire to return to him. God looks at the heart that seeks forgiveness.
The problem, unfortunately, comes whenever we have to deal with a brother or sister who has even slightly offended us. The reaction described in the parable describes it perfectly: “He seized him by the throat and said, ‘Pay what you owe!’” (Mt 18:28). Here we encounter all the drama of our human relationships. When we are indebted to others, we expect mercy; but when others are indebted to us, we demand justice! This is a reaction unworthy of Christ’s disciples, nor is it the sign of a Christian style of life. Jesus teaches us to forgive and to do so limitlessly: “I do not say to you seven times, but seventy times seven” (v. 22). What he offers us is the Father’s love, not our own claims to justice. To trust in the latter alone would not be the sign that we are Christ’s disciples, who have obtained mercy at the foot of the cross solely by virtue of the love of the Son of God. Let us not forget, then, the harsh saying at the end of the parable: “So also my heavenly Father will do to every one of you, if you do not forgive your brother from your heart” (v. 35).
Dear brothers and sisters, the pardon of which Saint Francis made himself a “channel” here at the Porziuncola continues to “bring forth heaven” even after eight centuries. In this Holy Year of Mercy, it becomes ever clearer that the path of forgiveness can truly renew the Church and the world. To offer today’s world the witness of mercy is a task from which none of us can feel exempted. The world needs forgiveness; too many people are caught up in resentment and harbour hatred, because they are incapable of forgiving. They ruin their own lives and the lives of those around them rather than finding the joy of serenity and peace. Let us ask Saint Francis to intercede for us, so that we may always be humble signs of forgiveness and channels of mercy.
Ángelus del papa Francisco  
24 de julio de 2016
 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de este domingo se abre con la escena de Jesús rezando, solo, apartado; cuando termina los discípulos le piden: «Señor, enséñanos a orar»; y Él responde: «Cuando oren, digan: Padre…». Esta palabra es el “secreto” de la oración de Jesús, es la llave que Él mismo nos da, para que podamos entrar también nosotros en esa relación de diálogo confidencial con el Padre, que ha acompañado y sostenido toda su vida.

Con el apelativo “Padre”, Jesús asocia dos peticiones: «Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino». La oración de Jesús, y por lo tanto la oración cristiana, es ante todo hacer lugar a Dios, dejándole que manifieste su santidad en nosotros y haciendo avanzar su reino, a partir de la posibilidad de ejercer su señorío de amor en nuestras vidas.

Otras tres peticiones completan el “Padre Nuestro” en la versión de Lucas. Son tres preguntas que expresan nuestras necesidades fundamentales: el 

pan, el perdón y la ayuda en las tentaciones. El pan que Jesús nos hace pedir es aquel necesario, no el superfluo; es el pan de los peregrinos, un pan que no se acumula y no se desperdicia, que no sobrecarga nuestra marcha. El perdón es, ante todo, aquel que nosotros mismos recibimos de Dios: solamente la conciencia de ser pecadores perdonados por la infinita misericordia divina puede hacernos capaces de cumplir gestos concretos de reconciliación fraterna. La última petición, «no nos dejes caer en la tentación», expresa la conciencia de nuestra condición, siempre expuesta a las insidias del mal y de la corrupción.

La enseñanza de Jesús sobre la oración continúa con dos parábolas con las que Él toma como modelo la actitud de un amigo con otro amigo, y la de un padre con su hijo. Ambas nos quieren enseñar a tener plena confianza en Dios, que es Padre. Él conoce mejor que nosotros mismos nuestras necesidades, pero quiere que se las presentemos con audacia e insistencia, porque esa es la forma en que participamos en su obra de salvación. ¡La oración es la primera y principal “herramienta de trabajo” en nuestras manos!
 Insistir con Dios no sirve para convencerlo, sino para fortalecer nuestra fe y nuestra paciencia, es decir, nuestra capacidad de luchar junto a Dios por las cosas que son realmente importantes y necesarias.
Entre ellas, hay una que es la más importante de todas, pero que casi nunca le pedimos, y es el Espíritu Santo.
 Jesús dice: «Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan». Pero, ¿para qué sirve el Espíritu Santo? Sirve para vivir bien, para vivir con sabiduría y amor, haciendo la voluntad de Dios. La Virgen nos lo demuestra con su existencia, completamente animada  por el Espíritu de Dios. Que ella nos ayude a orar al Padre unidos a Jesús, para vivir no en manera mundana, sino según el Evangelio, guiados por el Espíritu Santo.

Pope Francis the midday Angelus July 24, 2016 atSt. Peter’s Square

 

Dear brothers and sisters, good morning,

 The Gospel of this Sunday opens with the scene of Jesus praying alone, in a separate place. When he finishes, the disciples ask him, “Lord, teach us to pray.” And he responds, “When you pray, say: Father …”

This word is the secret of Jesus’ prayer; it is the key that he himself gives us so that we can also enter into this relationship of trusting dialogue with the Father who has accompanied and sustained his life.

To the name “Father,” Jesus associates two petitions: “hallowed be your name; your kingdom come.” Jesus’ prayer, and therefore, a Christian’s prayer, is before all to give space to God, allowing him to manifest his holiness in us and allowing the advance of his kingdom by the possibility of exercising his lordship of love in our lives.

Another three petitions complete this prayer that Jesus teaches us, the Our Father. They are three requests that express our fundamental needs: bread, forgiveness and help in temptation. One cannot live without bread, one cannot live without forgiveness, and one cannot live without the help of God in temptation.

The bread that Jesus has us ask for is that which is necessary, not anything superfluous. It is the bread of pilgrims, of the just, a bread that doesn’t accumulate and doesn’t go to waste, that doesn’t weigh down our journey.

Forgiveness is above all that which we receive from God: Only an awareness of being sinners forgiven by infinite divine mercy can make us capable of carrying out concrete gestures of fraternal reconciliation.

If someone doesn’t feel that he is a forgiven sinner, he can never offer a gesture of pardon or reconciliation. Those gestures start in the heart where we feel that we are forgiven sinners.

The last request — do not abandon us in temptation — expresses an awareness of our condition, ever exposed to the deceit of evil and corruption. All of us know what a temptation is!

Jesus’ teaching on prayer continues with two parables, in which he takes as a model the attitude of a friend toward another friend, and of a father toward his son.

Both aim to teach us to have complete trust in God, who is Father. He knows better than us our own needs, but he wants us to present them with audacity and insistence, because this is our way of participating in his work of salvation.

Prayer is the first and principal “work tool” in our hands. To insist [on something] with God is not in order to convince him, but rather to strengthen our faith and our patience, that is, our capacity to fight beside God for the things that are truly important and necessary. In prayer we are a pair: God and me, fighting together for what is important.

Among these, there is one, the great important thing, which Jesus tells us today in the Gospel, but which we hardly ever consider, and it is the Holy Spirit.

“Grant to me the Holy Spirit!”

And Jesus says, “If you then, who are wicked, know how to give good gifts to your children, how much more will the Father in heaven give the Holy Spirit to those who ask him?”

The Holy Spirit! We need to ask that the Holy Spirit comes to us. But, what is the use of the Holy Spirit? To live well, to live with wisdom, with love, doing the will of God.

How beautiful a prayer it would be if in this week, each one of us would ask the Father, “Father, give me the Holy Spirit.”

 

 El Papa en el ángelus:

(17 de julio, 2016 Ciudad del Vaticano)

 El papa Francisco se ha asomado como cada domingo a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para rezar en ángelus con los fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

Estas son las palabras del Santo Padre para introducir la oración mariana:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de hoy el Evangelista Lucas cuenta que Jesús, mientras iba de camino hacia Jerusalén, entra en un pueblo y es acogido en la casa de dos hermanas: Marta y María. Ambas acogen al Señor, pero lo hacen de forma diferente. María se sienta a los pies de Jesús y escucha su palabra, sin embargo, Marta está muy ocupada preparando las cosas; y en un determinado momento dice a Jesús: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano”. Y Jesús le responde: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán”.

En su ocuparse y hacer cosas, Marta corre el riesgo de olvidar, y este es el problema, corre el riesgo de olvidar lo más importante, es decir, la presencia del invitado, que era Jesús en este caso. Se olvida la presencia del invitado. El invitado no tiene que ser solamente servido, alimentado, cuidado en todos los sentidos. Sobre todo es necesario que sea escuchado, recordar bien esta palabra, escuchar. Que el invitado sea acogido como persona, con su historia, su corazón rico de sentimientos y de pensamientos, para que pueda sentirse realmente en familia. Pero si tú acoges un invitado en tu casa, y sigues haciendo las cosas, y haces que se siente y está callado, callado tú, como si fuera de piedra, el invitado de piedra. No. El invitado tiene que ser escuchado. Ciertamente, la respuesta que Jesús da a Marta –cuando le dice que solamente necesita una cosa— encuentra su pleno significado en referencia a la escucha de la palabra de Jesús mismo, esa palabra que ilumina y sostiene todo lo que somos y hacemos. Si vamos a rezar, por ejemplo, delante del crucifijo, y hablamos, hablamos, hablamos y después nos vamos, no escuchamos a Jesús, no dejamos que Él hable a nuestro corazón. Escuchar, esa palabra es clave. No la olvidéis. No tenemos que olvidar que la palabra de Jesús nos ilumina, nos sostiene y sostiene todo lo que somos y hacemos.

No tenemos que  olvidar que también en la casa de Marta y María, Jesús, antes de ser Señor y Maestro, es peregrino e invitado. Por tanto, su respuesta tiene este primer y más inmediato significado: “Marta, Marta, ¿por qué te preocupas tanto del invitado hasta el punto de olvidar su presencia?” El invitado de piedra. Para acogerlo no son necesarias muchas cosas; es más, es necesaria una sola: escucharle, la palabra, escucharle, demostrarle una actitud fraterna, de forma que sienta que está en familia, y no en un refugio temporal.

Entendida así, la hospitalidad, que es una de las obras de misericordia, se presenta realmente como una virtud humana y cristiana, una virtud que en el mundo de hoy corre el peligro de ser descuidada. De hecho, se multiplican las casas de acogida y los albergues, pero no siempre en estos ambientes se practica una hospitalidad real. Se da vida a varias instituciones que asisten muchas formas de enfermedad, soledad, marginación, pero disminuye la probabilidad para quien es extranjero, marginado, excluido, de encontrar a alguien dispuesto a escucharlo. El extranjero, refugiado, migrante, escuchar esa historia dolorosa. Incluso en la propia casa, entre los propios familiares, se pueden encontrar más fácilmente servicios y cuidados de distinto tipo que escucha y acogida.  Hoy estamos tan ocupados y con prisas, por tantos problemas, algunos no importantes, que faltamos a la capacidad de escucha. Estamos ocupados continuamente y así no tenemos tiempo para escuchar. Yo quisiera preguntarnos, que cada uno responsa en su corazón. Tú, marido, ¿tienes tiempo para escuchar a tu mujer? Tú, mujer, ¿tienes tiempo para escuchar a tu marido? Vosotros, padres, ¿tenéis tiempo, tiempo para perder para escuchar a vuestros hijos, o vuestro abuelos, los ancianos? ‘Los abuelos siempre dicen las cosas, son aburridos’. Pero necesitan ser escuchados. Escuchar. Os pido aprender a escuchar y dedicar más tiempo, en la capacidad de escucha está la raíz de la paz.

La Virgen María, Madre de la escucha y del servicio atento, nos enseñe a ser acogedores y hospitalarios con nuestros hermanos y hermanas.

 

Dear brothers and sisters, good morning!

In the Gospel for today, the Evangelist Luke recounts that Jesus, as he journeyed toward Jerusalem, goes into a town and is welcomed at the house of two sisters: Mary and Martha. Both of them welcome the Lord, but they do so in different ways. Mary sits at the feet of Jesus and listens to his word, while Martha is very busy preparing things. At one moment, she says to Jesus, “Lord, do you not care that my sister has left me by myself to do the serving? Tell her to help me.” And Jesus responds, “Martha, Martha, you are anxious and worried about many things. There is need of only one thing. Mary has chosen the better part and it will not be taken from her”.

In busying herself and doing things, Martha runs the risk of forgetting — and this is the problem — the presence of her guest, which in this case is Jesus. She forgets the presence of her guest.

A guest doesn’t need to be merely served, fed, and cared for in every way. Above all it is necessary that he is listened to — recall well this word — to listen. That the guest might be welcomed as a person, with his history, his heart rich in sentiments and thoughts, so that he might feel truly that he is among family. But if you welcome a guest in your house and you continue doing things, and you have him sit down and be quiet, you quiet him, as if he were a rock — the guest made of rock. No.

A guest must be listened to. Certainly, the answer Jesus gives Martha — when he tells her that only one thing is necessary — finds its full meaning in reference to hearing the word of Jesus himself, this word that enlightens and sustains all that we are and all that we do. If we are going to pray, for example, before a crucifix, and we talk and talk and talk and then we leave, we don’t listen to Jesus. We don’t allow him to speak to our hearts.

To listen — this word is key. Don’t forget it. We can’t forget that the word of Jesus enlightens us; it sustains us and sustains all that we are and do.

We shouldn’t forget as well that in the house of Martha and Mary, Jesus — before being Lord and Teacher — is pilgrim and guest. Thus, his response has this first and more immediate significance: “Martha, Martha, why do you worry so much over the guest that you come to the point of forgetting his presence?” The guest of rock.

To welcome him, many things aren’t necessary; rather, just one thing is necessary: to listen to him, the word, to listen to him, show him a fraternal attitude, such that he feels that he is among family, and not in some temporary stopping-place.

Understood in this way, hospitality, which is one of the works of mercy, is seen truly as a human and Christian virtue, a virtue that in today’s world, runs the risk of being left aside. In fact, there’s a growing number of guest houses and accommodations, but in these places, a true hospitality isn’t always lived out.

Various institutions are established to assist in many forms of illness, loneliness, marginalization, but the likelihood diminishes that one who is a foreigner, marginalized, excluded, can find someone ready to listen to him. The foreigner, the refugee, the migrant — to listen to this sorrowful story. Even in one’s own house, among one’s own family, it’s easier to find service and care of various types than listening and welcome.

Today we are so busy and in such a hurry, with so many problems, some of which are unimportant, that we lack the capacity to listen. We are constantly busy and thus we don’t have time to listen.

I would like to ask all of us, and each one answers in his heart: You, husband, do you have time to listen to your wife? You, wife, do you have time to listen to your husband? You, parents, do you have time, time to lose so as to listen to your children, or your grandparents, the elderly? “Grandparents are always talking, they are boring.” But they need to be heard. To listen. I ask you to learn to listen and dedicate more time to this. In the capacity to listen is the root of peace.

May the Virgin Mary, Mother of listening and attentive service, teach us to be welcoming and hospitable with our brothers and sisters.

Papa

El Papa en el ángelus:

‘Depende de mí ser o no ser prójimo de la persona necesitada’

 

(10 de julio, 2016. Ciudad del Vaticano).-

El papa Francisco, como cada domingo, se ha asomado a la ventana del estudio en el Palacio Apostólico para rezar el ángelus con los miles de fieles reunidos en la plaza de San Pedro.

 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy la liturgia nos propone la parábola llamada del “buen samaritano”, del Evangelio de Lucas  (10,25-37). Esta, en su historia sencilla y estimulante, indica un estilo de vida, cuyo centro no somos nosotros mismos, sino los otros, con sus dificultades, que encontramos en nuestro camino y nos interpelan. Los otros nos interpelan. Y cuando los otros no nos interpelan, hay algo que no funciona, hay algo en ese corazón que no es cristiano. Jesús usa esta parábola en el diálogo que con un doctor de la ley, a propósito del doble mandamiento que permite entrar en la vida eterna: amar a Dios con todo el corazón y al prójimo como a ti mismo (vv. 25-28). “Sí – replica ese doctor de la ley – pero quién es mi prójimo?” (v. 29). También nosotros podemos hacernos esta pregunta: ¿quién es mi prójimo? ¿A quién debo amar como a mí mismo? ¿Mis padres? ¿Mis amigos? ¿Mis connacionales? ¿Los de mi religión? ¿Quién es mi prójimo?

Jesús responde con esta parábola. Un hombre, en el camino de Jerusalén a Jericó, fue asaltado por ladrones, golpeado y abandonado. Por ese camino pasan primero un sacerdote y después un levita, los cuales, incluso viendo al hombre herido, no se detuvieron y continuaron su camino (vv. 31-32). Después pasa un samaritano, es decir un habitante de Samaria, como tal despreciado por los judíos por no seguir la verdadera religión; y sin embargo él, precisamente él, cuando vio ese pobre desgraciado, dice el Evangelio, “tuvo compasión. Se acercó, le curó las heridas […], le llevó a una posada y cuidó de él” (vv. 33-34); y el día después le encomendó a los cuidados del posadero, pagó por él y dijo que pagaría también el resto (cfr v. 35).

En ese momento Jesús se dirige al doctor de la ley y le pregunta: “¿Cuál de estos tres, –el sacerdote, el levita, el samaritano– te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?”. Y ese naturalmente, porque era inteligente, responde: “Quién ha tenido compasión de él” (vv. 36-37). De esta forma Jesús ha volcado completamente la perspectiva inicial del doctor de la ley – ¡y también la nuestra!-: no debo catalogar a los otros para decidir quién es mi prójimo y quién no lo es. Depende de mí ser o no ser prójimo, la decisión es mía, depende de mí ser o no ser prójimo de la persona que encuentro y que necesita ayuda, también si es extranjera o quizá hostil. Y Jesús concluye: “Anda, haz tú lo mismo” (v. 37). Bonita lección. Y lo repite a cada uno de nosotros: “Anda, haz tú lo mismo”. “Hazte prójimo del hermano y hermana que ves en dificultad”. “Anda, haz tú lo mismo”. Hacer buenas obras, no solo decir palabras que se las lleva el viento. Me viene a la cabeza esa canción “palabras, palabras, palabras”. Hacer, hacer y mediante las buenas obras, que cumplimos con amor y con alegría hacia el prójimo, nuestra fe germina y da fruto. Preguntémonos, cada uno de nosotros que responda en el corazón, preguntémonos: ¿nuestra fe es fecunda? ¿Nuestra fe produce buenas obras? ¿O es más bien estéril, y por tanto más muerta que viva? ¿Me hago prójimo o simplemente paso de largo? ¿Soy de esos que seleccionan la gente según el propio placer? Está bien hacerse estas preguntas, y hacerlo a menudo, porque al final seremos juzgados sobre las obras de misericordia; el Señor podrá decirnos: “Pero tú, tú, tú, ¿te acuerdas esa vez, en el camino de Jerusalén a Jericó? Ese hombre medio muerto era yo” (cfr Mt 25,40-45). “¿Te acuerdas? Ese niño hambriento era yo”. “¿Te acuerdas? Ese inmigrante que muchos quieren expulsar, era yo”. “Esos abuelos solos abandonados en las residencias, era yo”. “Ese enfermo solo en el hospital que nadie visita, era yo”.
Que la Virgen María nos ayude a caminar en el camino del amor generoso hacia los otros, el camino del buen samaritano. Nos ayude a vivir el mandamiento principal que Cristo nos ha dejado. Es éste el camino para entrar en la vida eterna.
 
Francisco_(20-03-2013)
 
 El Papa invita a los pobres a rezar por la conversión de quienes los ignoran
 
   

(6 de julio de 2016. Ciudad del Vaticano)

El santo padre Francisco ha recibido este miércoles por la mañana en el Aula Pablo VI a los participantes de una peregrinación de franceses en situación económica de dificultad, provenientes de la diócesis de Lyon y guiados por el cardenal Philippe Barbarín.

 La iniciativa es promovida por la asociación Amigos del padre Joseph Wresinski, en ocasión del centenario del nacimiento del prelado que dedicó su vida a los pobres.

“Con los responsables que les acompañan, veo una hermoso testimonio de fraternidad evangélica en este caminar juntos”, dijo el Santo Padre  y subrayó la importancia de ayudarse los unos a los otros, ofreciendo recursos y tiempo para que estas personas pudieran venir, “donándose a ellos, rondándonos nosotros, donándome yo, a Jesús mismo”.

“Jesús quiso compartir vuestra condición –les recordó el Papa– lo hizo por amor de cada uno de nosotros: despreciado por los hombres, olvidado, uno que no cuenta nada. Y cuando les suceda que prueben todo esto, no se olviden que también Jesús lo ha sufrido”. Esta es “la prueba de cuánto somos valiosos a sus ojos y que él está cerca de nosotros”.

Y añadió que los pobres están “en el corazón de la Iglesia”, ellos nos permiten encontrar a Jesús, porque nos hablan de Él no tanto con palabras sino con toda la vida, dan testimonio con los pequeños gestos de que somos hermanos y “que Dios es padre de todos nosotros”.

“¿Qué pensaba la gente cuando veía a María, José y Jesús por las calles, huyendo a Egipto?” dijo, porque “ellos eran pobres, sufrían tribulación por la persecución, pero allí estaba Dios”.

Agradeció así a los acompañantes, que fieles a la intuición del sacerdote Wresinski, que partía de la idea de la vida compartida y no de “teorías abstractas que nos llevan a las ideologías” porque “las ideologías nos llevan a negar a Dios que se ha hecho carne, uno de nosotros. Porque –aseguró el Pontífice– la vida compartida con los pobres nos transforma y nos convierte”.

Francisco elogió el hecho, no solo de caminar con ellos, sino de despertar en torno de ellos una comunidad, restituyéndoles en cierto modo una existencia, una identidad, una dignidad. En particular el Año de la Misericordia “es la ocasión de redescubrir y vivir esta dimensión de solidaridad, fraternidad, ayuda y apoyo recíproco”.

El Pontífice recordó también cuando el diácono romano San Lorenzo decía: ‘Los tesoros de la Iglesia son los pobres’. Y que a Jesús que sufre podemos encontrarlo en la puerta de nuestras iglesias.

Por ello les pidió que desde la pobreza cumplan una misión: rezar por las personas que no acogen el mensaje del Padre, porque así como Jesús dijo bienaventurados los pobres, hambrientos, los que lloran, los odiados y perseguidos, dijo otra que pronunciada por él causa miedo. Lo ha dicho a los ricos y sabios, a quienes ahora rien, a quienes les gusta ser adulados, a los hipócritas.

Por ello, añadió, “les pido también rezar por los culpables de vuestra pobreza, para que se conviertan”. Rezar “por tantos ricos que visten de púrpura y seda y hacen fiesta con grandes banquetes, sin darse cuenta que en su puerta hay tantos Lázaros necesitados de comer las sobras de sus mesas”.

Les pidió también rezar por los sacerdotes y los levitas que viendo al hombre golpeado y medio muerto, pasaron de largo. Pero les recomendó que a todas estas personas “sonríanle desde el corazón, deséenle el bien, pidan a Jesús para que se conviertan”. El Santo Padre concluyó dándoles la bendición apostólica, rezó con ellos, y después se acercó a saludarlos.

Francisco20160622

Catequesis del Papa

en la audiencia del miércoles

22 de junio de 2016

 

Cuando nos presentamos a Jesús no es necesario hacer largos discursos. Bastan pocas palabras, siempre y cuando estén acompañadas por la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad

 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

“Señor, si quieres, puedes purificarme!” (Lc 5, 12): Es la petición que hemos escuchado dirigir a Jesús por un leproso. Este hombre no pide solamente ser sanado, sino ser “purificado”, es decir, resanado integralmente, en el cuerpo y en el corazón. De hecho, la lepra era considerada una forma de maldición de Dios, de impureza profunda. El leproso tenía que estar lejos de todos, no podía acceder al templo ni a ningún servicio divino. Lejos de Dios y lejos de los hombres. Triste vida hacía esta gente.

A pesar de eso, ese leproso no se resigna ni a la enfermedad ni a las disposiciones que hacen de él un excluido. Para llegar a Jesús, no temió infringir la ley y entrar en la ciudad, cosa que no tenía que hacer, que era prohibido, y cuando lo encontró “se postró ante él y le rogó: ‘Señor, si quieres, puedes purificarme’”.

¡Todo lo que este hombre considerado impuro hace y dice es expresión de su fe! Reconoce el poder de Jesús: está seguro que tiene el poder de sanarlo o que todo depende de su voluntad. Esta fe es la fuerza que le han permitido romper toda convicción y buscar el encuentro con Jesús, arrodillándose delante de Él y llamarlo ‘Señor’.

La súplica del leproso muestra que cuando nos presentamos a Jesús no es necesario hacer largos discursos. Bastan pocas palabras, siempre y cuando estén acompañadas por la plena confianza en su omnipotencia y en su bondad. Confiarse a la voluntad de Dios significa de hecho entrar en su infinita misericordia.

Aquí hago una confidencia personal: por la noche, antes de ir a la cama, rezo esta breve oración: “Señor si quieres puedes purificarme” y rezo cinco Padre Nuestro, uno por cada llaga de Jesús, porque Jesús nos ha purificado con las llagas. Esto lo hago yo, y lo pueden hacer también todos en su casa. Y decir: “Señor, si quieres puedes purificarme”. Pensar en las llagas de Jesús y decir un Padre Nuestro por cada una. Y Jesús nos escucha siempre.

Jesús es profundamente tocado por este hombre. El Evangelio de Marcos subraya que “Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: ‘Lo quiero, queda purificado’”. El gesto de Jesús acompaña sus palabras y hace más explícita la enseñanza. Contra la disposición de la Ley de Moisés, que prohibía acercarse a un leproso, Jesús, contra la prescripción, extiende la mano e incluso lo toca.

¡Cuántas veces encontramos a un pobre que viene a nuestro encuentro! Podemos ser incluso generosos, podemos tener compasión, pero normalmente no lo tocamos. Le damos una moneda, pero evitamos tocar la mano, la tiramos ahí. ¡Y olvidamos que eso es el cuerpo de Cristo! Jesús nos enseña a no tener miedo de tocar al pobre y excluido, porque Él está en ellos.

Tocar al pobre puede purificarnos de la hipocresía e inquietarnos por su condición. Tocar a los excluidos. Hoy me acompañan aquí estos chicos. Muchos piensan de ellos que sería mejor que se hubieran quedado en su tierra, pero allí sufrían mucho. Son nuestros refugiados. Pero muchos les consideran excluidos. Por favor, son nuestros hermanos. El cristiano no excluye a nadie, da sitio a todos, deja venir a todos.

Después de haber sanado al leproso, Jesús le pide que no hable con nadie, pero le dice: “Ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio”.

Esta disposición de Jesús muestra al menos tres cosas. La primera: la gracia que actúa en nosotros no busca el sensacionalismo. Normalmente esta se mueve con discreción y sin clamor. Para medicar nuestras heridas y guiarnos en el camino de la santidad, esta trabaja modelando con paciencia nuestro corazón sobre el Corazón del Señor, para asumir cada vez más los pensamientos y los sentimientos.

La segunda: haciendo verificar oficialmente la sanación a los sacerdotes y celebrando un sacrificio expiatorio, el leproso es readmitido en la comunidad de los creyentes y en la vida social. Su reintegro contempla la sanación. ¡Como él mismo había suplicado, ahora está completamente purificado! Finalmente, presentándose a los sacerdotes el leproso les da testimonio sobre Jesús y su autoridad mesiánica. La fuerza de la compasión con la que Jesús ha sanado al leproso ha llevado la fe de este hombre a abrirse a la misión. Era un excluido ahora es uno de nosotros.

Pensemos en nosotros, en nuestras miserias. Cada uno tiene la propia, pensemos con sinceridad. ¡Cuántas veces las cubrimos con la hipocresía de las “buenas maneras”! Y precisamente entonces es necesario estar solos, ponerse de rodillas delante de Dios y rezar: “Señor, si quieres, puedes purificarme”. Y es necesario hacerlo, hacerlo antes de ir a la cama, todas las noches. Y ahora hacemos esta bonita oración: ‘Señor si quieres, puedes purificarme’. Todos juntos, tres veces, todos: ‘Señor, si quieres, puedes purificarme. Señor, si quieres, puedes purificarme. Señor, si quieres, puedes purificarme’. Gracias”.

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Catequesis del Papa

en la audiencia

del miércoles 15 de junio de 2016

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Un día Jesús, acercándose a la ciudad de Jericó, realizó el milagro de devolver la vista a un ciego que mendigaba por la calle (Lc 18,35-43). Hoy queremos recoger el significado de este signo porque nos toca también directamente. El evangelista Lucas dice que el ciego estaba sentado en el borde del camino para mendigar. Un ciego en aquella época –pero también hasta hace poco tiempo– solo podía vivir de la limosna. La figura de este ciego representa a muchas personas que, también hoy, se encuentran marginadas por culpa de una desventaja física o de otro tipo. Y separado de la multitud, está allí sentado mientras la gente pasa ocupada en sus pensamientos; y el camino, que puede ser un lugar de encuentro, para él sin embargo es el lugar de la soledad. Tanta gente que pasa y él está solo.

Es triste la imagen de un marginado, sobre todo en el escenario de la ciudad de Jericó, el espléndido y glorioso oasis en el desierto. Sabemos que precisamente a Jericó llegó el pueblo de Israel al terminar el largo éxodo desde Egipto: esa ciudad representa la puerta de ingreso a la tierra prometida.

Recordamos las palabras que Moisés pronuncia en esa circunstancia, decía así: “Si hay algún pobre entre tus hermanos, en alguna de las ciudades del país que el Señor, tu Dios, te da, no endurezcas tu corazón ni le cierres tu mano. Ábrele tu mano y préstale lo que necesite para remediar su indigencia. No abrigues en tu corazón estos perversos pensamientos: «Ya está cerca el séptimo año, el año de la remisión», mirando por eso con malos ojos a tu hermano pobre, para no darle nada. Porque él apelaría al Señor y tú te harías culpable de un pecado. Cuando le des algo, lo harás de buena gana. Así el Señor te bendecirá en todas tus obras y en todas las empresas que realices. Es verdad que nunca faltarán pobres en tu país. Por eso yo te ordeno: abre generosamente tu mano el pobre, al hermano indigente que vive en tu tierra”.

Es estridente el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita por el Evangelio: mientras que el ciego grita, este tenía buena voz, invocando a Jesús, la gente lo regaña para hacer callar. Como si no tuviera derecho de hablar. No tienen compasión por él, es más, les molestan sus gritos.

Cuántas veces nosotros, cuando vemos tanta gente en el camino, gente necesitada, enferma, que no tiene para comer, nos molesta. Cuántas veces nosotros cuando nos encontramos delante de tantos refugiados nos molesta. Es una tentación, todos tenemos esto, también yo, todos. Y por eso la palabra de Dios nos enseña. La indiferencia y la hostilidad hacen ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor. Indiferencia y hostilidad. Y esta indiferencia y hostilidad se convierte en agresión y también insulto: ‘echad a todos estos, ponedlos en otra parte’. Esta agresión, es lo que hacía la gente cuando el ciego gritaba: ‘vete, no hables’.

Notamos una particularidad interesante. El Evangelista dice que alguno de la multitud explicó al ciego el motivo de toda esa gente diciendo: “¡Pasa Jesús, el Nazareno!”. El paso de Jesús es indicado con el mismo verbo con el que el libro del Éxodo nos habla del paso del ángel exterminador que salva a los israelitas en tierra de Egipto. Es el “paso” de la pascua, el inicio de la liberación.

Cuando pasa Jesús siempre hay liberación, siempre hay salvación. Al ciego por tanto es como si le fuera anunciada su pascua. Sin dejarse atemorizar, el ciego grita varias veces a Jesús reconociéndole como el Hijo de David, el Mesías esperado que, según el profeta Isaías, habría abierto los ojos a los ciegos.

A diferencia de la multitud, este ciego ve con los ojos de la fe. Gracias a esta su súplica tiene una poderosa eficacia. De hecho, al oírlo, “Jesús se paró y ordenó que lo llevaran a él”. Así Jesús quitó al ciego de la orilla del camino y lo puso en el centro de la atención de sus discípulos y de la multitud. Pensemos también nosotros, cuando hemos estado en situaciones difíciles también en situaciones de pecado, como ha sido Jesús el que nos ha tomado de la mano y nos ha quitado del borde del camino.  

Se realiza así un doble paso. Primero: la gente había anunciado una buena noticia al ciego, pero no querían tener nada que ver con él; ahora Jesús obliga a todos a tomar conciencia de que el buen anuncio implica poner en el centro del propio camino a aquel que estaba excluido.

Segundo: a su vez, el ciego no veía, pero su fe le abre el camino de la salvación, y él se encuentra en medio de los que habían salido a la calle para ver a Jesús. El paso del Señor es un encuentro de misericordia que une a todos entorno a Él para permitir reconocer a quien está necesitado de ayuda y consuelo.

También en nuestra vida Jesús pasa. Y cuando pasa Jesús y me doy cuenta, es una invitación a acercarme a él, a ser más bueno, a ser mejor cristiano y seguir a Jesús. Jesús se dirige al ciego y le pregunta: “Qué quieres que haga por ti?”. Estas palabras de Jesús son impresionantes: el Hijo de Dios ahora está frente al ciego como un siervo humilde. Él, Jesús, Dios, ¿qué quieres que haga? ¿Cómo quieres que te sirva? Dios se hace siervo del hombre pecador.

Y el ciego responde a Jesús no solo llamándolo “Hijo de David”, sino “Señor”, el título que la Iglesia desde el principio aplica a Jesús Resucitado. El ciego pide poder ver de nuevo y su deseo es escuchado: “Recupera la vista, tu fe te ha salvado”. Él ha mostrado su fe invocando a Jesús y queriendo encontrarle absolutamente, y esto le ha llevado como regalo la salvación. Gracias a la fe ahora puede ver y, sobre todo, se siente amado por Jesús. Por esto el pasaje termina señalando que el ciego “siguió a Jesús, glorificando a Dios”.

Se hace discípulo, de mendigo a discípulo, también este es nuestro camino. Todos somos mendigos, todos, siempre necesitamos salvación. Y todos nosotros, todos los días tenemos que hacer este paso, de mendigo a discípulo. El ciego  poniéndose en camino detrás del Señor y entrando a formar parte de su comunidad. Aquel al que querían hacer callar, ahora da testimonio en voz alta de su encuentro con Jesús de Nazaret, y “al ver esto, todo el pueblo alababa a Dios”.

Sucede un segundo milagro: lo que ha sucedido al ciego hace que también la gente vea finalmente. La misma luz ilumina a todos reuniéndoles en la oración de alabanza. Así Jesús infunde su misericordia sobre todos aquellos que encuentra: les llama, les hace ir con Él, les reúne, les sana y les ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso. Dejémonos también nosotros llamar por Jesús, sanar por Jesús, perdonar por Jesús y vamos detrás de Él alabando a Dios. Así sea”.
 
Francisco_(20-03-2013)

Catequesis del Papa

en la audiencia del

miércoles 8 de junio de 2016
 

El papa Francisco ha explicado en la audiencia de hoy miércoles realizada en la Plaza de San Pedro, el pasaje de las bodas de Caná, donde Jesús cumple su primer “signo prodigioso”. Jesús se manifiesta como el esposo del Pueblo de Dios. Y este amor, es como la historia de dos enamorados. Dios y el hombre se encuentran, se buscan, se encuentra, se celebran y se aman: precisamente como el amado y la amada en el Cantar de los Cantares. Todo lo demás viene como consecuencia de esta relación.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Antes de comenzar la catequesis quisiera saludar a un grupo de parejas que celebran el 50º aniversario de matrimonio. Eso sí que es el vino bueno de la familia. El vuestro es un testimonio que tiene que aprender los recién casados y los jóvenes a quienes saludaré después. Un bonito testimonio, gracias por vuestro testimonio. 

Después de haber comentado algunas parábolas de la misericordia, hoy nos detenemos en el primer milagro de Jesús, que el evangelista Juan llama ‘signos’, porque Jesús no los hizo para suscitar maravilla, sino para revelar el amor del Padre. El primero de estos signos prodigiosos es contado precisamente por Juan  y se cumple en Caná de Galilea. Se trata de una especie de “puerta de ingreso”, en la que están talladas palabras y expresiones que iluminan todo el misterio de Cristo y abren el corazón de los discípulos a la fe. Veamos algunas.

En la introducción encontramos la expresión “Jesús con sus discípulos”. Aquellos a los que Jesús ha llamado a seguirlo, les ha unido a sí en una comunidad y ahora como una única familia, están todos invitados a la boda.

Comenzando su ministerio público en las bodas de Caná, Jesús se manifiesta como el esposo del Pueblo de Dios, anunciado por los profetas y nos revela la profundidad de las relaciones que nos une a Él: es una nueva Alianza de amor.

¿Qué hay en el fundamento de nuestra fe? Un acto de misericordia con la que Jesús nos ha unido a Él. Y la vida cristiana es la respuesta y este amor es como la historia de dos enamorados. Dios y los hombres se encuentran, se buscan, se encuentran, se celebran y se aman: precisamente como el amado y la amada en el Cantar de los Cantares. Todo lo demás viene como consecuencia de esta relación. La Iglesia es la familia de Jesús en la que se vierte su amor; es este el amor que la Iglesia cuida y quiere dar a todos.

En el contexto de la Alianza se comprende también la observación de la Virgen: “No tienen vino” (v. 3). ¿Cómo es posible celebrar las bodas y hacer fiesta si falta lo que los profetas indicaban como un elemento típico del banquete mesiánico?. El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia del banquete y la alegría de la fiesta.

¡Una fiesta de boda donde falta el vino hace sentir vergüenza a los recién casados, imaginen terminar la fiesta de la boda bebiendo té! Sería una vergüenza. El vino es necesario para la fiesta. Transformando en vino el agua de la ánforas utilizadas “para la purificación ritual de los judíos” (v. 6), Jesús cumple un signo elocuente: transforma la Ley de Moisés en Evangelio, portador de alegría. Como dice en otra parte el mismo Juan: “porque la Ley fue dada por medio de Moisés,  pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo”.

Las palabras que María dirige a los sirvientes coronan el cuadro esponsal de Caná: “Haced lo que él os diga”. Es curioso, son sus últimas palabras transmitidas por los Evangelios: son su herencia entregada a todos nosotros. También hoy la Virgen nos dice, ‘haced lo que Jesús os diga’.

¡Esta es la herencia que nos ha dejado y es bonito! Se trata de una expresión que reclama la fórmula de fe utilizada por el pueblo de Israel al Sinaí en respuesta a las promesas de la alianza: “Lo que el Señor ha dicho, lo haremos” (Es 19,8). Y en efecto en Caná los sirvientes obedecen. “Jesús dijo a los sirvientes: ‘Llenen de agua estas tinajas’. Y las llenaron hasta el borde. Saquen ahora, agregó Jesús y lleven al encargado del banquete. Así lo hicieron”.

En esta boda, realmente viene estipulada una Nueva Alianza y a los sirvientes del Señor, es decir a toda la Iglesia, se le confía una nueva misión: “¡Haced lo que él os diga!”. Servir al Señor significa escuchar y poner en práctica su Palabra. Es la recomendación sencilla pero esencial de la Madre de Jesús y es el programa de vida del cristiano.

Para cada uno de nosotros, recibir de la ánfora equivale a encomendarse a la Palabra de Dios para experimentar su eficacia en la vida. Entonces, junto al jefe del banquete que ha probado el agua que se convierte en vino, también nosotros podemos exclamar: “Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento”. Sí, el Señor continúa reservando el vino bueno para nuestra salvación, así como continúa brotando del costando traspasado del Señor.

La conclusión del pasaje suena como una sentencia: “Este fue el primero de los signos de Jesús y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en él”. Las bodas de Caná son mucho más que la simple historia del primer milagro de Jesús. Como un tesoro, Él custodia el secreto de su persona y la finalidad de su venida: el esperado Esposo comienza en las bodas que se cumplen en el Misterio pascual. En esta boda Jesús une así a sus discípulos con una Alianza nueva y definitiva. En Caná los discípulos de Jesús se convierten en su familia y nace la fe de la Iglesia. Todos nosotros estamos invitados a esa boda, ¡porque el vino nuevo no se puede perder!

Catequesis del Papa en la audiencia del

miércoles 1° de junio de 2016

 

El Santo Padre profundiza la parábola del fariseo que reza vanagloriándose como delante de un espejo, y en cambio el publicano que se presenta con el corazón desnudo y que vuelve justificado.

 

“¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

El miércoles pasado hemos escuchado la parábola del juez y de la viuda sobre la necesidad de rezar con perseverancia. Hoy con otra parábola, Jesús nos quiere enseñar cuál es la actitud justa para rezar e invocar la misericordia del Padre; cómo hay que rezar; la actitud justa para rezar: es la parábola del fariseo y del publicano.

Ambos protagonistas suben al templo para rezar pero actúan de manera diferente, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza ‘de pie’ y usa muchas palabras. La suya es sí, una oración de agradecimiento dirigida a Dios, pero en realidad es un exponer los propios méritos, con sentido de superioridad hacia los otros hombres, que califica de ‘ladrones, injustos, adúlteros’, como ejemplos, y señala a aquel otro como ‘este publicano’. Pero justamente aquí está el problema: el fariseo reza a Dios, pero en realidad se reza a sí mismo.

¡Se reza a si mismo!, en cambio de tener delante de los ojos al Señor, tiene un espejo. A pesar de que se encuentra en el templo, no siente la necesidad de postrarse delante de la majestad de Dios; está de pie, se siente seguro, ¡casi como si fuera él el dueño del templo!

El hace una lista de las cosas cumplidas: es irreprensible, observante de la Ley más de lo debido, ayuna ‘dos veces por semana’ y paga el diezmo de todo lo que posee.

Vale a decir, más que rezar, el fariseo se complace de la propia observancia de los preceptos. Y entretanto su actitud y sus palabras están lejos del modo de actuar y de hablar de Dios, el cual ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Al contrario aquel fariseo desprecia a los pecadores, también cuando señala que el otro está allí. O sea, el fariseo que se considera justo, no respeta el mandamiento más importante: el amor por Dios y por el prójimo.

No es suficiente por lo tanto preguntarnos ‘cuánto rezamos’, tenemos que preguntarnos también ‘cómo rezamos’, o mejor aún, ‘cómo es nuestro corazón’: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos y extirpar arrogancia e hipocresía. Pero me pregunto: ¿es posible rezar con arrogancia? No. ¿Se puede rezar con hipocresía? No.  Tenemos que rezar solamente poniéndonos delante de Dios así como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia e hipocresía. Estamos todos tomados por el frenesí del ritmo cotidiano, muchas veces a la merced de sensaciones, trastornados y confundidos. Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es allí que Dios nos encuentra y habla.

Solamente partiendo desde allí podemos a su vez animar a los otros y hablar con ellos. El fariseo se ha encaminado hacia el templo, está seguro de sí mismo, pero no se da cuenta de haber perdido el camino de su corazón.

El publicano en cambio, ‘el otro’, se presenta en el templo con ánimo humilde y arrepentido: ‘deteniéndose a distancia, no osaba ni siquiera levantar los ojos al cielo, pero se golpeaba el pecho’. Su oración es brevísima, no es larga como la del fariseo: ‘Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador’. Nada más que esto. “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”. Bella oración, ¿verdad? Podemos decirla tres veces, todos juntos. Digamos: ‘Oh Dios, ten piedad de mí pecador’…

En aquel tiempo los cobradores de impuestos — llamados por ello ‘publicanos’– eran considerados personas impuras, sometidas a los dominadores extranjeros, eran mal vistos por la gente y generalmente asociados a los ‘pecadores’.

La parábola enseña que uno es justo o pecador no por la propia pertenencia social, sino por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. Los gestos de penitencia y las pocas y simples palabras del publicano testimonian su conciencia sobre su mísera condición.

Su oración es lo esencial. Actúa como un humilde, seguro solo de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedía nada porque tenía ya todo, el publicano puede solo mendigar la misericordia de Dios. Y esto es bello, ¿verdad?: mendigar la misericordia de Dios.

Presentándose ‘con las manos vacías’, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano nos muestra a todos la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final justamente él, despreciado así, se convierte en icono del verdadero creyente.

Jesús concluye la parábola con una sentencia: ‘Les aseguro que este último –es decir, el publicano– volvió a su casa justificado, porque quien se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado’ (v. 14). De estos dos, ¿Quién es el corrupto? El fariseo.

El fariseo es justamente el icono del corrupto que finge orar, pero solamente logra vanagloriarse de sí mismo como delante de un espejo. Es un corrupto pero finge orar. Así, en la vida quien se cree justo y juzga a los demás y los desprecia, es un corrupto y un hipócrita. La soberbia compromete toda acción buena, vacía la oración, aleja de Dios y de los demás.

Si Dios prefiere la humildad no es para desanimarnos: la humildad es más bien la condición necesaria para ser elevados por Él, para así experimentar la misericordia que viene a colmar nuestros vacíos.

Si la oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la humildad del miserable abre sus puertas. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los humildes. Delante a un corazón humilde, Dios abre enteramente su corazón.

Es esta humildad que la Virgen María expresa enel cántico del Magníficat: “Ha mirado la humildad de su servidora. […] Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen” (Lc 1,48.50). Ella que es nuestra madre nos ayude a rezar con un corazón humilde. Y nosotros, repitamos nuevamente tres veces, aquella bella oración: “Oh Dios, ten piedad de mí pecador”…

Pope Francis’ General Audience this June 1, 2016

in St. Peter’s Square

‘To pray well, then, we need to look into our own hearts and there, in humble silence, let the Lord speak to us. ‘

 

Dear Brothers and Sisters:

In our continuing catechesis for this Holy Year of Mercy, we now turn to the parable of the Pharisee and the Tax Collector (Lk 18:9-14). Jesus contrasts the arrogance and self-righteousness of the Pharisee’s prayer with the tax collector’s humble recognition of his sinfulness and need for the Lord’s mercy. True prayer is born of a heart which repents of its faults and failings, yet pleads for the grace to live the great commandment of love of God and neighbor. Indeed, the proud disdain of the Pharisee for the sinner at his side prevents him from being righteous in God’s sight. To pray well, then, we need to look into our own hearts and there, in humble silence, let the Lord speak to us. The honesty and humility which God asks of us is the necessary condition for our receiving his mercy. The Blessed Virgin Mary is the model of such prayer. In her Magnificat, she tells us that God looks with favour on the humility of his servants, and hears their plea. May she, our Mother, help us to pray as we ought.

I greet the English-speaking pilgrims and visitors taking part in today’s Audience, particularly those from England, Ireland, Scotland, Norway, Sweden, Vietnam, China, Indonesia, the Philippines, Nigeria, Canada and the United States of America. With prayerful good wishes that the present Jubilee of Mercy will be a moment of grace and spiritual renewal for you and your families, I invoke upon all of you joy and peace in our Lord Jesus Christ.

Francisco_(20-03-2013)
Catequesis del papa Francisco
en la audiencia del
miércoles 25 de mayo de 2016
 

El papa Francisco ha reflexionado esta mañana sobre la necesidad de orar incesantemente y sin desanimarse. Así ha asegurado que la oración transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios.

 

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

La parábola evangélica que acabamos de escuchar (cfr. Lc 18, 1-8) contiene una enseñanza importante: “que es necesario orar siempre sin desanimarse” (v. 1). Por lo tanto, no se trata de orar algunas veces, cuando tengo ganas. No, Jesús dice que es necesario “orar siempre sin desanimarse”. Y pone el ejemplo de la viuda y el juez.

El juez es un personaje poderoso, llamado a emitir sentencias basándose en la Ley de Moisés. Por esto la tradición bíblica recomendaba que los jueces sean personas con temor de Dios, dignas de fe, imparciales e incorruptibles (Cfr. Ex 18,21). Nos hará bien escuchar esto también hoy, ¡eh! Al contrario, este juez «no temía a Dios ni le importaban los hombres» (v. 2). Era un juez perverso, sin escrúpulos, que no tenía en cuenta la Ley pero hacía lo que quería, según sus intereses. A él se dirigió una viuda para obtener justicia. Las viudas, junto a los huérfanos y a los extranjeros, eran las categorías más débiles de la sociedad. Sus derechos tutelados por la Ley podían ser pisoteados con facilidad porque, siendo personas solas e indefensas, difícilmente podían hacerse valer: una pobre viuda, allí, sola está sin defensa y podían ignorarla, incluso no hacerle justicia; así como con el huérfano,  el extranjero, el migrante. ¡Lo mismo! En aquel tiempo era muy fuerte esto. Ante la indiferencia del juez, la viuda recurre a su única arma: continuar insistentemente importunando presentándole su petición de justicia. Y precisamente con esta perseverancia alcanza su objetivo. El juez, de hecho, en un cierto momento la compensa, no porque esté movido por la misericordia, ni porque la conciencia se lo impone; simplemente admite: «Pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme» (v. 5).

De esta parábola Jesús saca una doble conclusión: si la viuda ha logrado convencer al juez deshonesto con sus peticiones insistentes, cuanto más Dios, que es Padre bueno y justo, «hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche»; y además no «les hará esperar por mucho tiempo», sino actuará «rápidamente» (vv. 7-8).

Por esto Jesús exhorta a orar “sin desfallecer”. Todos sentimos momentos de cansancio y de desánimo, sobre todo cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero Jesús nos asegura: a diferencia del juez deshonesto, Dios escucha rápidamente a sus hijos, aunque si esto no significa que lo haga en los tiempos y en los modos que nosotros quisiéramos. ¡La oración no es una varita mágica! ¡No es una varita mágica! Esta nos ayuda a conservar la fe en Dios y a confiar en Él incluso cuando no comprendemos su voluntad. En esto, Jesús mismo – ¡que oraba tanto! – nos da el ejemplo. La Carta a los Hebreos recuerda que, así dice, «Él dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión» (5,7). A primera vista esta afirmación parece inverosímil, porque Jesús ha muerto en la cruz. No obstante la Carta a los Hebreos no se equivoca: Dios de verdad ha salvado a Jesús de la muerte dándole sobre ella la completa victoria, pero ¡el camino recorrido para obtenerla ha pasado a través de la misma muerte! La referencia a la súplica que Dios ha escuchado se refiere a la oración de Jesús en el Getsemaní. Invadido por la angustia oprimente, Jesús pide al Padre que lo libere del cáliz amargo de la pasión, pero su oración está empapada de la confianza en el Padre y se encomienda sin reservas a su voluntad: “Pero – dice Jesús – no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Mt 26,39). El objeto de la oración pasa a un segundo plano; lo que más importa es la relación con el Padre. Es esto lo que hace la oración: transforma el deseo y lo modela según la voluntad de Dios, cualquiera que esa sea, porque quien ora aspira ante todo a la unión con Dios, Amor misericordioso.

La parábola termina con una pregunta: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?” (v. 8). Y con esta pregunta estamos todos advertidos: no debemos desistir de la oración aunque no sea correspondida. ¡Es la oración que conserva la fe, sin ella la fe vacila! Pidamos al Señor una fe que se haga oración incesante, perseverante, como la de la viuda de la parábola, una fe que se nutre del deseo de su llegada. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un Padre va al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso. ¡Gracias!
Catequesis del papa Francisco
en la audiencia del
miércoles 18 de mayo de 2016
 
“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Deseo detenerme hoy con los aquí presentes, en la parábola del hombre rico y del pobre Lázaro. La vida de estas dos personas parece pasar por andenes paralelos: sus condiciones de vida son opuestas y del todo incomunicadas. La puerta de casa del rico está siempre cerrada al pobre, que está fuera, tratando de comer algo de lo que sobra en la mesa del rico. Este lleva vestidos de lujo, mientras que Lázaro está cubierto de llagas; el rico da banquetes todos los días, mientras que Lázaro muere de hambre. Solo los perros le cuidan y van a lamerle las llagas.
Esta escena recuerda la dura reprimenda del Hijo del hombre en el juicio final: “porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; estaba […] desnudo, y no fui vestido; enfermo y preso, y me han visitado” (Mt 25,42-43). Lázaro representa bien el grito silencioso de los pobres de todos los tiempos y la contradicción de un mundo en el que riquezas inmensas y recursos están en las manos de pocos.
Jesús dice que un día ese hombre rico murió, ese hombre murió. Los pobres y los ricos mueren, tienen el mismo destino, todos nosotros, no hay excepciones a esto. Y ese hombre se dirigió a Abrahán suplicándole con el apelativo de “padre”. Reivindica ser su hijo, perteneciente al pueblo de Dios. Ni siquiera en vida ha mostrado consideración alguna hacia Dios, es más, ha hecho de sí mismo el centro de todo, cerrado en su mundo de lujo y de derroche.
Excluyendo a Lázaro, no ha tenido en cuenta ni al Señor ni a su ley. ¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! Y esto debemos aprenderlo bien. Ignorar al pobre es despreciar a Dios. Hay un particular en la parábola que hay que notar: el rico no tiene nombre, solamente un adjetivo, “el rico”; mientras que el del pobre se repite cinco veces, y “Lázaro” significa “Dios ayuda”. Lázaro, que está delante de la puerta, es un reclamo viviente al rico para acordarse de Dios, pero el rico no acoge este reclamo. Será condenado no por sus riquezas, sino por no haber sido capaz de sentir compasión por Lázaro y socorrerlo.
En la segunda parte de la parábola, encontramos a Lázaro y al rico después de la muerte. En el más allá, la situación ha cambiado: el pobre Lázaro es llevado por los ángeles al cielo ante Abraham, el rico sin embargo se precipita entre los tormentos. Entonces el rico “alzó los ojos y vio de lejos a Abraham, y Lázaro junto a él”. A él le parece ver a Lázaro por primer vez, pero sus palabras le traicionan: “Padre Abraham –dice– ten piedad de mí y manda a Lázaro –lo conocía ¿eh?– a meter en el agua la punta del dedo y a mojarme la lengua, porque sufro terriblemente en esta llama”. Ahora el rico reconoce a Lázaro y le pide ayuda, mientras que en vida fingía no verlo. ¡Cuántas veces, cuántas veces, tanta gente finge no ver a los pobres! Para ellos los pobres no existen. Antes le negaba incluso lo que le sobraba de la mesa, ¡y ahora quiere que le lleve agua! Todavía cree poder tener derechos por su precedente condición social.
Declarando imposible cumplir su petición, Abraham en persona ofrece la clave de toda la historia: él explica que bienes y males han sido distribuidos de forma que compense la injusticia terrena y la puerta que separaba en vida al rico y al pobre, se ha transformado en un “gran abismo”.
Mientras Lázaro estaba bajo su casa, para el rico había la posibilidad de salvación, abrir la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos han muerto, la situación se ha hecho irreparable. Dios no es llamado nunca directamente, pero la parábola advierte claramente: la misericordia de Dios con nosotros está unida a nuestra misericordia hacia el prójimo; cuando falta nuestra misericordia con los demás, la de Dios no encuentra espacio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar. Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, esa puerta se queda cerrada, también para Dios y esto es terrible.
En este punto el rico piensa en sus hermanos que corren el riesgo de terminar igual y pide que Lázaro pueda volver al mundo para advertirles. Pero Abraham replica: “Tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen”. Para convertirnos, no tenemos que esperar eventos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra de Dios, que nos llama a amar a Dios y al prójimo. La Palabra de Dios puede hacer revivir un corazón marchito y sanarlo de su ceguera.
El rico conocía la Palabra de Dios, pero no la dejado entrar en el corazón, no la ha escuchado, por eso ha sido incapaz de abrir los ojos y de tener compasión del pobre. Ningún mensajero y ningún mensaje podrán sustituir a los pobres que encontramos en el camino, porque en ellos viene Jesús mismo a nuestro encuentro: “Todo lo que habéis hecho a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí” (Mt 25,40), dice Jesús.
Así en el intercambio de las situaciones que la parábola describe está escondido el misterio de nuestra salvación, en la que Cristo une la pobreza a la misericordia. Queridos hermanos y hermanas, escuchando este Evangelio, todos nosotros, junto a los pobres de la tierra, podemos cantar con María: “Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías”

 

Francisco_(20-03-2013)

 
 
 
 
Francisco_(20-03-2013)

 

 

Catequesis del papa Francisco

en la audiencia del

miércoles 11 de mayo de 2016

 

 “Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Queremos reflexionar hoy sobre la parábola del padre misericordioso. Esta habla de un padre y de sus dos hijos, y nos hace conocer la misericordia infinita de Dios.

Empezamos por el final, es decir por la alegría del corazón del Padre, que dice: “Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y fue encontrado”. Con estas palabras el padre ha interrumpido al hijo menor en el momento en el que estaba confesando su culpa “ya no merezco ser llamado hijo tuyo…”.

 

Pero esta expresión es insoportable para el corazón del padre, que sin embargo se apresura para restituir al hijo los signos de su dignidad: el vestido, el anillo, las sandalias. Jesús no describe un padre ofendido o resentido, un padre que por ejemplo dice “me la pagarás”, no, el padre lo abraza, lo espera con amor; al contrario, la única cosa que el padre tiene en el corazón es que este hijo está delante de él sano y salvo. Y esto le hace feliz y hace fiesta.

La recepción del hijo que vuelve está descrita de forma conmovedora: “Entonces partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó”. Cuánta ternura, lo vio desde lejos, ¿qué significa esto? Que el padre subía a la terraza continuamente para mirar el camino y ver si el hijo volvía. Lo esperaba, ese hijo que había hecho de todo, pero el padre lo esperaba. Es algo bonito la ternura del padre. La misericordia del padre es desbordante y se manifiesta incluso antes de que el hijo hable.

 

Cierto, el hijo sabe que se ha equivocado y lo reconoce: “trátame como a uno de tus jornaleros”.  Pero estas palabras se disuelven delante del perdón del padre. El abrazo y el beso de su padre le han hecho entender que ha sido siempre considerado hijo, a pesar de todo, pero es siempre su hijo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de los hijos de Dios es fruto del amor del corazón del padre; no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones, y por tanto nadie puede quitárnosla. Nadie puede quitarnos esta dignidad, ¡ni siquiera el diablo! Nadie puede quitarnos esta dignidad.

 

Esta palabra de Jesús nos anima a no desesperar nunca. Pienso en las madres y a los padres aprensivos cuando ven a los hijos alejarse tomando caminos peligrosos. Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo ha sido en vano. Pero pienso también en quien está en la cárcel, y les parece que su vida ha terminado; en los que han tomado decisiones equivocadas y no consiguen mirar al futuro; a todos aquellos que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen que no lo merecen… En cualquier situación de la vida, no debo olvidar que no dejaré nunca de ser hijo de Dios, de un Padre que me ama y espera mi regreso. También en la situación más fea en mi vida Dios me espera, quiere abrazarme.

En la parábola hay otro hijo, el mayor; también él necesita descubrir la misericordia del padre. Él siempre se ha quedado en casa, ¡pero es muy distinto al padre! A sus palabras les falta ternura: “Hace tantos años que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes… Y ahora que ese hijo tuyo ha vuelto…”. Habla con desprecio. No dice nunca “padre”, “hermano”. Presume de haberse quedado siempre junto al padre y haberle servido; y aun así no ha vivido nunca con alegría esta cercanía. Y ahora acusa al padre de no haberle dado nunca un ternero para hacer fiesta. ¡Pobre padre! ¡Un hijo se había ido, y el otro no ha estado nunca cercano realmente! El sufrimiento del padre es como el sufrimiento de Dios y de Jesús, cuando  nos alejamos o cuando pensamos estar cerca y sin embargo no lo estamos.

El hijo mayor, también él tiene necesidad de misericordia. Los justos, esos que se creen justos, tienen también necesidad de misericordia. Este hijo nos representa cuando nos preguntamos si vale la pena trabajar tanto si luego no recibimos nada a cambio. Jesús nos recuerda que en la casa del Padre no se permanece para recibir una recompensa, sino porque se tiene la dignidad de hijos corresponsables. No se trata de canjear con Dios, sino de seguir a Jesús que se ha donado a sí mismo en la cruz  y esto sin medidas.

 

«Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es justo que haya fiesta y alegría». Así él dice el Padre al hijo mayor. ¡Su lógica es aquella de la misericordia! El hijo menor pensaba que merecía un castigo a causa de sus propios pecados, el hijo mayor esperaba una recompensa por sus servicios. Los dos hermanos no hablan entre ellos, viven historias diferentes, pero ambos razonan según una lógica extraña a Jesús: si haces el bien recibes un premio, si haces el mal serás castigado; y esta no es la lógica de Jesús, no lo es. Esta lógica es invertida por las palabras del padre: «Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado». ¡El padre ha recuperado al hijo perdido, y ahora puede también restituirlo a su hermano! Sin el menor, también el hijo mayor deja de ser un “hermano”. La alegría más grande para el padre es ver que sus hijos se reconozcan hermanos.

Los hijos pueden decidir si unirse a la alegría del padre o rechazarla. Deben interrogarse sobre sus propios deseos y sobre la visión que tienen de la vida. La parábola termina dejando el final en suspenso: no sabemos qué cosa ha decidido hacer el hijo mayor. Y esto es un estímulo para nosotros.

 

Este Evangelio nos enseña que todos tenemos necesidad de entrar a la casa del Padre y participar de su alegría, en la fiesta de la misericordia y de la fraternidad. Hermanos y hermanas,  ¡abramos nuestro corazón, para ser “misericordiosos como el Padre”! Gracias.