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Para Meditar
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.
Catecismo de la Iglesia Católica 2708

¿Existen los pecados ancestrales?

 

 
 

En algunos sectores de la Iglesia Católica, sobre todo en grupos de tipo carismático, se ha difundido mucho la práctica de la oración, el rosario o las misas de “sanación del árbol genealógico” o “sanación intergeneracional”, que suscita grandes adhesiones, por un lado, y duras críticas por otro. Lo cuenta Luis Santamaría, integrante de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), en el portal Aleteia.

 
 

La Asociación Internacional de Exorcistas ha trabajado este tema en su congreso celebrado en Roma en septiembre de 2018, de la mano del sacerdote mexicano Rogelio Alcántara, a quien se le pidió un estudio exhaustivo sobre el asunto. Alcántara es doctor en Teología y director de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Arquidiócesis de México. Resumimos aquí su intervención.

 
 

  Unos males supuestamente heredados

 
 

El autor resume así la idea que está en la base de la sanación intergeneracional: “los males que padecen actualmente las personas (males psíquicos, morales, sociales, espirituales y corporales) tienen una causa en sus antepasados. La persona actual sería como el último eslabón de una cadena, por donde van pasando los males que llegan a ella”. ¿De dónde vendrían estos males? De un triple origen: las malas inclinaciones de los antepasados, sus pecados, y las maldiciones lanzadas sobre sus descendientes. Lo que llevaría a la persona a tener “inclinaciones y tendencias a determinados males” o “ataduras ancestrales” muy fuertes.  

 
 

La solución propuesta al creyente por algunos sacerdotes y grupos dedicados al ministerio de sanación y liberación sería “sanar su árbol genealógico con prácticas religiosas y oraciones específicas que puedan cortar esa nefasta ‘herencia’ que se ha recibido de los antepasados”, logrando la liberación propia y el perdón de los ancestros. Para ello se realizan unos ritos que implican asumir “nuevos conceptos como: transferencia, influencia, maldición intergeneracional, herencia ancestral, pegajosidad, sanación del árbol genealógico, etc.”.  

 
 

¿De dónde viene esta teoría?

 
 

Después de ofrecer citas significativas de varios autores que sostienen esta idea, el padre Alcántara afirma que no podemos encontrar ningún autor católico que haya enseñado la doctrina del “pecado ancestral” antes de la segunda mitad del siglo XX, por lo que “es una ‘doctrina novedosa’, inventada, que representa un grave peligro para los que quieren aceptar la revelación divina tal como nos la presenta la Iglesia Católica”.

 
 

Esta teoría, según el sacerdote mexicano, “apareció por primera vez entre los protestantes por inspiración pagana. Un misionero protestante, Kenneth McAll, es quien dio el impulso a la práctica de ‘sanar’ el árbol genealógico hasta convertirlo en un movimiento”. Además, estas ideas tampoco tienen ningún fundamento filosófico ni científico. De hecho, el padre Alcántara apunta que “el supuesto fundamento filosófico del llamado daño ancestral es muy semejante a lo que popularmente se conoce como el ‘karma’, idea procedente de la religión hinduista”.

 
 

Por supuesto, la doctrina del pecado ancestral tampoco tiene fundamento teológico alguno, aunque sus defensores “tratan de justificar su aplicación del ‘karma’ a la teología cristiana basándose en las ciencias psicológicas, especialmente en Carl Jung”. O incluso llegan a citar la doctrina católica del pecado original, sin fundamento.  

 
 

Pero… ¿no aparece en la Biblia?

 
 
La idea de pecados de los antepasados que influyen en la vida de las personas aparece en varios pasajes del Antiguo Testamento, que Rogelio Alcántara detalla y analiza para demostrar que la correcta interpretación de esos textos implica leerlos en su contexto, entendiéndolos “en un progreso pedagógico de la revelación, que llega a su plenitud en Cristo, quien nos enseña el auténtico concepto, por ejemplo, de castigo y misericordia divina”.
 

Precisamente es la misericordia de Dios el tema que se subraya en los textos bíblicos, la respuesta divina al pecado del ser humano. Por otro lado, hay textos en el Antiguo Testamento en los que se pone de manifiesto “que cada quien cargará con su culpa y las consecuencias de su pecado”, es decir, que “se subraya la dimensión personal del pecado”.

 
 

De manera que en el Antiguo Testamento “hay ya una nítida aclaración de la relación entre las consecuencias del pecado y la culpabilidad personal”. Algo que queda confirmado por las palabras de Jesús en los evangelios, como cuando responde a los que le preguntaban si un ciego lo era por sus propios pecados o por los de sus padres. Por eso, el sacerdote afirma que “a partir del análisis de los textos de la Sagrada Escritura podemos concluir que la ‘doctrina’ del llamado ‘pecado ancestral’ y la llamada ‘oración de sanación del árbol genealógico’ no tiene fundamento en la Revelación sobrenatural”.

 
 

  Distinción entre influencias, pecados y maldiciones

 
 

El paso siguiente en la reflexión es aclarar los términos que se usan y distinguirlos. En primer lugar define la influencia intergeneracional como “todo elemento que altera o determina la forma de pensar o de actuar de alguien de una futura generación”. La influencia de una generación a otra existe, es algo natural, se da por cuestiones ambientales o de convivencia (como la educación humana o religiosa, el buen o mal ejemplo, etc.).

 
 

En segundo lugar aclara categóricamente con fundamento en la revelación que los llamados pecados intergeneracionales o ancestrales –entendidos como pecados que se transmiten de una generación a otra– no existen, porque el pecado es un acto libre, cuyas consecuencias por trasgredir la ley divina: culpa y pena son personales y por tanto intransferibles. El padre Alcántara reitera que “si por pecados ancestrales se entienden los pecados de los antepasados que se transfieren a la actual generación, éstos no existen, pues el único pecado que puede transmitirse por vía de la generación es el pecado original”.

 
 

Y añade que “si por pecados ancestrales se entiende simplemente los pecados que cometieron nuestros antepasados y que no se trasmiten a las actuales generaciones, podría aceptarse la expresión. Sin embargo, por prestarse a confusión y por correr el riesgo de que se interprete en el primer sentido, es mejor evitar el vocablo”. Los pecados de un antepasado no pueden predisponer al pecado al descendiente, sólo “podrían influir naturalmente (ambientalmente) a modo de ejemplo en las personas cercanas al pecador, pero no pueden predisponer a nadie al pecado”. Los pecados se repiten en las familias, sobre todo, por el mal ejemplo.  

 
 

¿Tienen efecto las maldiciones?

 
 

En este punto, el teólogo mexicano vuelve a la cuestión de “las maldiciones que se hacen como petición al demonio” para que una persona quede privada de algún bien. Después de analizar los distintos tipos, aborda su efectividad: “quien maldice puede simplemente desear el mal del otro, pero el puro deseo humano no tiene poder para causar daño alguno. La maldición podría tener efecto cuando quien la lleva a cabo pide el mal para otro” –ya se lo pida a Dios o al demonio–.

 
 

Dado que Dios no responde a una petición que busque el mal de otra persona, los únicos que podrían acceder a cumplir las maldiciones son los demonios. ¿Y cómo es posible? Alcántara responde: “por un misterio –incomprensible muchas veces para nosotros– Dios permite actuar a su enemigo causando daños a sus creaturas humanas, de orden físico, psicológico o espiritual para su conversión y salvación”. Avanzando… ¿cuál es el alcance de una maldición o de la brujería en el tiempo? Según el autor, un hombre puede maldecir a sus descendientes, pero sólo a los vivos, pues no tiene bajo su potestad a los que no han sido concebidos.  

 
 

¿Qué peligros hay?

 
 

Para terminar, el sacerdote mexicano afirma que “las llamadas misas (u oraciones) para sanar el árbol genealógico no son parte de la doctrina y liturgia católica… ni en la Revelación, ni en los Santos Padres, ni en la historia de la teología católica hay un solo ejemplo de que ésta sea o haya sido enseñanza católica”.

 
 

Basándose en un documento de los obispos franceses, explica que “la llamada oración de sanación del árbol genealógico lleva a la persona a buscar las razones de su sufrimiento fuera de sí misma. Lo cual a su vez impide que haya un verdadero proceso de ayuda psicológica que podría sanar al individuo. Por lo tanto, las ‘misas’ que se celebran con esta intención representan más un peligro psicológico para los fieles que una ayuda”.

 
 

Y, por último, subraya que “estas misas desvían la caridad que deberíamos tener hacia nuestros seres queridos difuntos. En efecto, en lugar de ofrecer misas por ellos, pedimos misas para nosotros, en cuanto que queremos que sus pecados dejen de afectarnos en esta vida”.

 
 

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¿Quién soy yo para juzgar?

 
 

Caso hipotético, aunque lamentablemente muy real en muchos casos: «Mi sobrina tiene sexo con hombres casados a cambio de dinero o cosas como celulares, zapatos o ropa nueva. Pero ¿quién soy yo para juzgar? No soy quien para andar viendo la paja en el ojo ajeno. Total que Dios es amor.» 

 
 

Cuando se trata de corregir a alguien que está haciendo mal, muchos prefieren callar y, para aquietar sus conciencias, recurren al ya muy conocido y siempre muy mal entendido «no juzgar» que encontramos en San Lucas 6,37. 

 
 

“No juzgar” se ha convertido en el tapabocas favorito que el mundo usa para silenciar cualquier opinión que señale alguna situación reñida con la moral, y sobre todo cuando se trata de situaciones de pecado, que ofenden a Dios. De esa forma, “no juzgar” se usa para proponer silencio, y hasta inacción cómplice de parte nuestra ante cualquier tipo de situación. Muchas veces la combinación de mordaza/atadura con que pretenden matizar el no juzgar, va acompañada de otros elementos como “no mirar la paja en el ojo ajeno”, o el “respeto humano”, el cual intentan usar como barrera para que se permitan toda clase de situaciones, sin que haya el menor cuestionamiento. También está el caso de pretender disfrazar situaciones cuestionables como “derechos”. 

 
 

Un ejemplo no muy hipotético. «Mi primo, que está casado, tiene una amante diferente cada quince días. Son mujeres hermosas que él conquista con regalos caros. Pero no debo decirle nada porque ¿quién soy yo para juzgar? Total que yo también tengo mis defectos, y además debo respetar su vida privada. Esas son cosas que él debe arreglar con su esposa y uno debe respetar a los demás. Además que él tiene derecho a gastarse el dinero que el gana como a el mejor le parezca.» 

 
 

Quienes recurren a «no juzgar» casi siempre desconocen lo que Jesús dice en San Juan 7,24. Algunos, incluso cuando finalmente leen ese pasaje, se cierran totalmente a la razón y huyen a esconderse en su habitación del pánico, que está rotulada con «no juzgar». También recurren al famoso “respeto humano”. Siempre argumentan que hay que respetar, que el respeto es la paz, respeto, respeto y más respeto. El santo cura de Ars, San Juan María Vianney, se refirió al respeto humano con estas palabras: «Maldito respeto humano, que arrastras tantas almas al infierno.» Esas actitudes “respetuosas”, que algunos adoptan ante el pecado, ya sea por cobardía o por complicidad, no son más que parte del arsenal de pretextos para condonar el pecado. Muchos incluso hacen llamado a la tolerancia, perdiéndose por completo en el asunto, ya que el pecado no debe recibir tolerancia alguna. Los cristianos debemos ser siempre tolerantes con todos nuestros hermanos, pero tenemos que ser implacablemente intolerantes contra el pecado. 

 
 

Una cosa es el ladrón y otra cosa es el pecado de robar. Una cosa es el homosexual y otra cosa es el pecado del acto homosexual. Una cosa es el adúltero y otra cosa es el pecado del adulterio. El ladrón, el homosexual, el adúltero, y todos los demás pecadores, tenemos las puertas de la Iglesia abiertas, para que cambiemos, para que trabajemos por abandonar el pecado, para que perseveremos en alcanzar la salvación. La Iglesia recibe siempre a los actores, o sea a los pecadores, por muy malos que sean, pero le cierra las puertas a los malos actuares, o sea al pecado. 

 
 

Todo aquel que entre a la Iglesia, pero que no abandone el pecado, que no cambie ni busque cómo alcanzar la santidad, perderá su alma y se condenará. Si el ladrón no deja de robar, aunque llegue a misa todos los días, se condenará. A pesar de que la salvación es para todos, Jesús exige un cambio. Sin ese sincero cambio de corazón, no habrá salvación. A eso se refiere Jesús cuando nos dice que debemos volver a nacer, o sea que debemos descartar las cosas viejas que nos sirven de estorbo para alcanzar la salvación, y ser nuevas personas en Cristo (San Juan 3,5-7). 

 
 

El pecado es lo que no tiene cabida dentro de la Iglesia. Al pecado siempre se le cerrará la puerta. Además, el pecado siempre debe ser señalado, con caridad, para corregir al pecador de forma fraterna, a fin de ayudarle a salvarse. 

 
 
Si alguna vez te preguntaste «¿Quién soy yo para juzgar? Más bien pregúntate por qué no habrías de juzgar. Nosotros podemos y debemos juzgar las acciones y, de llegar a la conclusión de que se trata de pecados, debemos corregir fraternalmente a nuestros hermanos, y debemos llamar al pecado por su único nombre: pecado. Debemos evitar los eufemismos que pretenden presentarnos el pecado bajo la falsa protección del “respeto” o bajo el disfraz de “derechos”. 
 

El único juicio que tenemos prohibido es el de condenar a un pecador. No tenemos la autoridad para excluir a nadie de la Iglesia, sin importar cuál sea su situación. No podemos cerrarle la puerta a un pecador solo porque nos escandaliza el tipo de pecado que lo tiene esclavizado. Debemos perdonar, una y otra vez, y debemos perseverar en la corrección. No podemos abstenernos de decirle a un alcohólico que embriagarse es pecado. Tenemos que decírselo, y tratar de ayudarle en lo que se pueda. No podemos simplemente callarnos y pensar «¡Es un borracho, irá directo al infierno!». En San Lucas 6,37 tenemos prohibido hacer esa clase de juicios en contra de nuestros hermanos. Y también tenemos prohibido contemplar de lejos a nuestros hermanos que estén sumergidos en pecado. En San Juan 7,24 tenemos la orden de juzgar el pecado, para salvar al pecador. 

 
 

Si te preguntas «¿Quién soy yo para juzgar?» Recuerda que la pregunta más bien debe ser: Y tú, ¿Quién te crees que eres para no juzgar? Recuerda estos pasajes: 

 
 

San Juan 7,24: «Juzguen con juicio justo.» 

 
 

Ezequiel 33,7-9: «A ti, también, hijo de hombre, te he hecho yo centinela de la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: «Malvado, vas a morir sin remedio», y tú no le hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti. Si por el contrario adviertes al malvado que se convierta de su conducta, y él no se convierte, morirá él debido a su culpa, mientras que tú habrás salvado tu vida.» 

 
 

Levítico 19,17: «No odies en tu corazón a tu hermano, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues con pecado por su causa.» 

 
 

Santiago 5,20: «Sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma [la del pecador] de la muerte y cubrirá multitud de pecados» 

 
 

San Mateo 18,15: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano.» 

 
 
Gálatas 6,1: «Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado.» 
 
Recuerda que tenemos terminantemente prohibido juzgar al pecador, pero tenemos la obligación ineludible de juzgar y condenar al pecado, y también tenemos el deber de usar la corrección fraterna, para salvar el alma del pecador.