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Para Meditar
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.
Catecismo de la Iglesia Católica 2708

¿Cuándo haces oración te distraes mucho?

Esto es para ti

 

En muchas ocasiones me ha pasado que cuando estoy haciendo oración me distraigo mucho, mi mente comienza a pensar en otras cosas y dejo de prestarle atención a lo que estoy haciendo en ese momento. Incluso, he pensado que es mejor no seguir y abandonar la oración. ¿Te ha pasado? ¿Qué debemos hacer? Vamos a ver.

Primero habrá que distinguir si nuestras distracciones son voluntarias o involuntarias. Las últimas llegan solas, nacen en nuestra mente en cualquier momento; ya sea cuando hacemos oración, al rezar el rosario o al participar de la Eucaristía. Éstas no se pueden evitar y experimentarlas no significa pecar. Por otro lado, las voluntarias, son aquellas a las que nosotros les abrimos las puertas, queremos experimentarlas y las buscamos. No llegan por sí solas y como tal sí nos apartan de Dios, por lo que llevan consigo una falta.

La Iglesia, a través del Catecismo en el número 2729, nos comparte algunos consejos para poder combatir nuestras distracciones:

 

1.-No las persigas: Dice textual: “Dedicarse a perseguir las distracciones es caer en sus redes”. Si nos proponemos analizar el porqué de su presencia y profundizamos más y más en su origen, sin darnos cuenta habremos caído en la trampa, pues nuestra mente terminará por centrarse totalmente en la distracción y no en Dios.

 

2.-Vuelve a tu oración: Si caímos presas de la distracción será suficiente con re direccionar nuestra mente y nuestro corazón a nuestra oración, a ese momento de encuentro con el Señor.

El artículo que citamos del Catecismo también dice: “La distracción descubre al que ora aquello a lo que su corazón está apegado”. Será bueno entonces preguntarnos, cuando hacemos oración, ¿la hacemos con el corazón y la mente puestos en el Señor o sólo tenemos la mente más no el corazón? Podemos caer en el error de que nuestra oración sea solamente repetir y repetir palabras como si fuera un monólogo aprendido. Debemos también reconocer que en muchas ocasiones damos más importancia a las cosas del mundo que a las de Dios.

Propongámonos fortalecer nuestro amor por Dios, que se encuentre libre de toda preocupación o pensamiento que pueda apartarnos del encuentro con Él. Antes de comenzar a orar, pidamos con humildad que nos ayude a centrarnos en su presencia con la mente y el corazón. Con nuestras propias palabras, las palabras del alma.

San Alfonso María de Ligorio escribe que “si tienes muchas distracciones durante la oración, puede ser que al diablo le moleste mucho esa oración”, y ya lo creo, pues la intención del enemigo es que nuestro encuentro con el Señor no se lleve a cabo, que por las distracciones y pendientes del mundo nos olvidemos de nutrir nuestra alma de Dios.

San Juan XXIII decía: “el peor rosario es el que no se reza”. Aunque las distracciones siempre lleguen a tu puerta y te hagan perder por un momento la concentración en tu oración, no decaigas, vuelve a comenzar tu diálogo y aprovéchalas. Si quizás te distraes por alguna situación de dolor o tristeza que estás viviendo, pídele con mayor intención al Señor, que te haga experimentar la paz que tu corazón necesita.

 

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15 minutos de oración pueden cambiar tu vida

 

Seré honesto y diré que apartar tiempo para una hora de oración diaria puede ser muy difícil. En el seminario era fácil y un hecho básico de la vida diaria. Incluso hace algunos pocos años no tenía problemas para encontrar una hora para mi hora quieta. Sin embargo, cuando metes varios niños en la mezcla, apartar una hora se vuelve un verdadero reto.

Es por eso que esta intrigado por el nuevo libro titulado “La Solución de los 15 minutos de Oración: Como el 1% de tu tiempo puede transformar tu vida” de Gary Jansen. Puede parecer un poco raquítico el pensar en solo 15 minutos al día, pero cuando llevas una vida ocupada o estas comenzando tu vida espiritual, 15 minutos son suficientes.

Todos podemos encontrar 15 minutos.

Pero, ¿es eso suficiente? ¿Simplemente necesitamos 15 minutos?

¿Qué hacemos durante este tiempo?

En este libro, Jansen nos provee de instrucciones detalladas sobre como orar por 15 minutos, basados en prácticas antiguas, muchas de las cuales fueron inspiración de San Ignacio de Loyola.

 

Ejercicios Diarios

Antes que nada, Jansen nos exhorta para que apartemos tiempo para oración de nuestra vida diaria. Este es un pre-requisito de la vida espiritual y es algo que debemos hacer si queremos progresar en nuestra relación con Dios.

Algunos de nosotros podemos ser intimidados con esta tarea, pero eso no debería ser un problema para nosotros. No tenemos que comenzar a dedicar desde un inicio una hora completa. En lugar de eso, podemos comenzar dándole a Dios un porcentaje de esa hora. Jansen, nos explica:

“¿Sabías que hay 1,440 minutos en un día? Es verdad, ya hicimos los números. ¿Sabías también que un uno por ciento de ese tiempo son catorce minutos y veinticuatro segundos? ¿Qué pasaría si tu tomaras la decisión consciente, todos los días, de ejercitar tu alma dándole apenas quince minutos de tu tiempo a Dios? Un pequeño porcentaje de tu vida. ¿Quisieras que tu vida cambie? La mía lo hizo”. (La Solución de Oración de 15 minutos, 3)

La clave es apartar este tiempo todos los días. Como dice el dicho, “El que persevera, alcanza”. La oración perseverante tiene un efecto mucho más grande en nuestra vida diaria que intensas jornadas de oración que se van agotando con el tiempo.

 

Semillas de mostaza

En conexión con este pensamiento de darle a Dios un porcentaje de nuestro día, está la idea de la fe que tiene el tamaño de una “semilla de mostaza”. Jesús dijo a Sus discípulos:

“El reino de los cielos es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo. Es, por cierto, la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece, se hace más grande que las otras plantas del huerto, y llega a ser como un árbol, tan grande que las aves van y se posan en sus ramas”. (Mateo 13,31-32)

“Porque ustedes tienen muy poca fe. Les aseguro que si tuvieran fe, aunque sólo fuera del tamaño de una semilla de mostaza, le dirían a este cerro: “Quítate de aquí y vete a otro lugar”, y el cerro se quitaría. Nada les sería imposible.” (Mateo 17,20)

Orar durante quince minutos al día puede parecer un tiempo muy corto, pero cuando se hace con fe puede crear efectos que duren toda la vida. No solo eso, la meta es que quince minutos de oración nos lleven a orar “sin descansar”. Debemos comenzar con poco, tener la fe como una semilla de mostaza y dejar que Dios haga el resto.

 

La oración de Jesús, La Lectio Divina y El Examen

Jansen no se involucra mucho en la parte teórica antes de comenzar a explicar que hacer durante esos 15 minutos. Él nos da muchas formas diferentes de orar que pueden ser complementadas durante ese marco de tiempo.

 

Oración de Jesús

Durante la mayor parte Hansen se enfoca en formas antiguas de oración que buscan tranquilizar el alma. El primer tipo de oración que describe es la famosa “Oración de Jesús”, que se popularizó por medio del libro ruso “El Camino del Peregrino” Es una oración muy simple que consiste en repetir las palabras: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador”. Mientras inhalamos y expiramos. La respiración es una parte esencial de la oración y nos ayuda a calmar la mente de la persona y permite que nos enfoquemos en Dios.

 

Lectio Divina

Luego de decir La Oración de Jesús, Jansen sugiere que meditamos en un corto pasaje de la escritura y que nos involucremos en lo que se llama “Lectio Divina” (Lectura Divina). Éste tipo de oración con la escritura se enfoca en sumergirnos dentro del pasaje de la escritura y escuchar la voz de Dios.

 

El examen

Otra opción es la oración “El Examen”. Éste tipo de oración apunta a encontrar a Dios en las diferentes personas, cosas y eventos del día. A menudo el examen es hecho al final del día donde meditamos como Dios ha traído diferentes personas a nuestra vida y le agradecemos a Él por su divina Providencia. Es una buena forma de recordarnos a nosotros mismos que Dios está presente en todas las cosas y que nada pasa por casualidad.

 

Siete días de ejercicios

El libro por sí mismo no es muy largo (lo que hace sentido) en definitiva es una simple guía de oración para siete días. Incluye siete días de Lectio Divina y es una gran forma de comenzar, especialmente para aquellos que no saben por dónde hacerlo. Esta es probablemente una de las más útiles partes del libro y nos permite practicar lo que hemos aprendido.
Para concluir, recomiendo de todo corazón obtener una copia del libro. Jansen tiene un estilo de escritura que es muy fácil de manejar para cualquiera. Él escribe sobre una verdad teológica en una forma en la que una persona que no tiene ninguna educación religiosa puede comprender. Mucho de lo que escribe es de su experiencia y da muchas historias cortas para explicar cómo la oración ha influenciado su vida personal.
Seré honesto, mucho de lo que Jansen escribe te puede retar, a ti y a tu idea de oración. Él se enfoca mucho más en relaciones de tipo relacional que en oraciones basadas en fórmulas. En otras palabras, mientras extrae de la rica tradición de la Iglesia Católica Jansen se enfoca más en calmar tu alma para escuchar al Espíritu Santo que en recitar diferentes oraciones para obtener lo que tú quieres.
Yo sé que te beneficiarás del libro de Jansen y volverás a él constantemente.

 

 

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Un consejo para hacer que la oración venza el tedio

 

¿Amas tu rato de oración o no lo haces? ¿Cuál es tu experiencia? Monseñor Charles Pope, sacerdote de la diócesis de Washington y uno de los creadores de opinión más influyentes del catolicismo estadounidense, aborda en su último post un problema muy común para numerosos creyentes: las dificultades en la oración.

Puedes seguir sus consideraciones escuchando el himno que él mismo propone en el artículo, el célebre Sweet hour of prayer [La dulce hora de la oración], basado en un poema del pastor William Walford (1772-1850) al que puso música el compositor inglés William Bradbury (1816-1868), alcanzando un éxito muy rápido en ámbitos evangélicos y adventistas. Éste es:

“¿Qué piensas de la oración?”, comienza preguntándonos: “¿Es una cosa más que ‘tienes que hacer’ entre otras muchas cosas de tu lista? ¿O es un momento en el que ‘dejas de hacer’ cosas? ¿Una obligación que lamentas o un descanso que disfrutas?”.

La respuesta va implícita en la pregunta, y es la sustancia de su reflexión, en la que quiere ayudarnos a afrontar los problemas más habituales a la hora de rezar: aburrimiento, distracción, monotonía

 

La dureza ya es la oración

Y es que hay que reconocer con honestidad que rezar es “duro”, dice: “Encontrarse con Dios en el silencio y sin verle es algo extraño, chocante, desafiante” para el carácter sensorial de nuestra naturaleza. Por eso se usan iconos o imágenes, libros de oraciones, o se acude al Santísimo Sacramento: “Pero, en última instancia, los ojos de la carne no pueden ver, solo pueden hacerlo los ojos del corazón, los ojos de la fe. Y esto no solo es difícil, sino que resulta odioso para nuestra carne (nuestra naturaleza pecadora), que quiere ver y oír en su lenguaje”.

Como a todos los sacerdotes, a Charles Pope muchos fieles le transmiten su dificultad para rezar. En este artículo ofrece interesantes consideraciones para superarla.

Monseñor Pope propone un consejo a quienes le dicen que rezar es duro: “¡Ésa es entonces tu oración! Dile a Dios que te aburres soberanamente cuando rezas. Dile que harías cualquier otra cosa antes que rezarle. Dile que cuando te llega la hora de rezar, o cuando algún sacerdote chiflado te recuerda que tienes que rezar, tu corazón se hunde y lo postergas una y otra vez. Dile a Dios que odias rezar… ¿y sabes lo que estarás haciendo cuando le digas todo esto? ¡Estarás rezando!

Sinceridad ante todo

Algunos le responden que no pueden hablarle a Dios así. “¿Y por qué no?, les contesto”, argumenta: “Dios ya sabes que eso es lo que sientes. Es una tontería sentarte delante de Dios con una máscara a través de la cual Él puede verte. Cinco minutos de oración sincera valen más que dos horas de oración retórica sobre temas que no nos dicen nada. Reza con honestidad: háblale a Dios de lo que te pasa realmente”.

Pope cita como ejemplo el libro de los Salmos, la oración bíblica por excelencia: “Fíjate en qué sencillos son. Cualquier emoción, cualquier experiencia forma parte del almacén de sus oraciones: alegría, serenidad, victoria, agradecimiento, petición, ira (¡incluso ira contra Dios!), rabia, venganza, desencanto, pérdida, dolor, miedo, desesperación”.

Hay salmos, recuerda, que incluso hablan de hacer daño o matar a nuestros enemigos, pero es que “esos son sentimientos que tenemos de vez en cuando y Dios quiere que le hablemos de ellos. Si los salmos son una guía de oración (y lo son), entonces es que Dios quiere que le hablemos de todo, incluso de las cosas más oscuras y pecaminosas. Rezar es hablar con Dios. Pero tiene que ser una conversación honesta”.

 

El descanso del día

“Y algo empieza a suceder cuando realmente somos honestos en la oración: poco a poco, se hace más importante para nosotros e incluso empieza a gustarnos un poco”, explica: “Poco a poco la oración se convierte no tanto en una cosa más que hacer, como en el descanso de todo lo que hacemos. Un momento para descansar, respirar, suspirar, para sentirnos refrescados por el sencillo acto de ser sinceros con Alguien que nos ama y en cuyo amor estamos creciendo… Es la libertad de ser sinceros, de descansar de llevar máscaras, de ser aliviados de la ansiedad sobre lo que los demás piensan o esperan de nosotros. Es un aliento de verdad, un descanso ante las exigencias contradictorias de nuestro engañoso mundo“.

Monseñor Pope propone precisamente guiarnos por los salmos para facilitar las cosas, sobre todo al empezar. Escoger uno y leerlo lentamente: “Pronto, y con el paso de las semanas y los años, te sorprenderás hablando por tu cuenta con la misma honestidad del salterio”.

 

 

 

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Donde no hay odio a la herejía, no hay santidad

La herejía es el pecado de los pecados, lo más odioso de las cosas que Dios contempla desde el cielo

 

El colmo de la deslealtad para con Dios es la herejía. Es el pecado de los pecados, lo más odioso de las cosas que Dios contempla desde el cielo en este mundo malvado. Apenas entendemos, sin embargo, lo detestable que resulta. Es la contaminación de la verdad de Dios, la peor de las impurezas.

Aun así, no le damos importancia. Contemplamos la herejía y permanecemos tranquilos. La tocamos y no nos estremecemos. Nos mezclamos con ella y no sentimos temor. Vemos cómo afecta a cosas sagradas y no tenemos sensación de sacrilegio. Aspiramos su olor y no mostramos ninguna señal de rechazo o asco. Algunos buscamos su amistad e incluso atenuamos su culpa. No amamos lo suficiente a Dios como para airarnos por causa de su gloria. No amamos lo suficiente a los hombres como para tener con ellos la caridad de decirles la verdad que necesitan sus almas.

Habiendo perdido el tacto, el gusto, la vista y todos los sentidos celestiales, podemos habitar en medio de esta plaga odiosa, con tranquilidad imperturbable, acostumbrados a su vileza, presumiendo de lo liberales que somos, incluso con cierta diligente ostentación de simpatía y tolerancia.

Nos falta devoción por la verdad como verdad, como la verdad de Dios. Nuestro celo por las almas es exiguo, porque no tenemos celo por el honor de Dios. Actuamos como si Dios tuviera que felicitarse por nuestras conversiones, en lugar de como almas temblorosas, rescatadas por un despliegue de misericordia.

Contamos a los hombres medias verdades, la mitad que más se ajusta a nuestra pusilanimidad y a su engreimiento, y después nos preguntamos por qué son tan pocos los que se convierten y por qué, de esos pocos, tantos apostatan. Somos tan débiles que nos sorprendemos de que nuestras medias verdades no tengan el éxito de la verdad completa de Dios.

Donde no hay odio a la herejía, no hay santidad”.

El P. Faber, anglocatólico converso del anglicanismo, dijo hace más de siglo y medio lo que hoy nadie se atreve a decir y, por eso mismo, necesitamos desesperadamente escuchar: la fe es lo más valioso que tenemos y el hecho de que seamos incapaz de indignarnos cuando se adultera no es señal de que somos muy tolerantes y misericordiosos. Es señal de que hace tiempo que perdimos esa fe y nuestra sal ya no sabe a nada.

Precisamente porque la fe es lo que nos salva, la Iglesia no tiene misión más importante que conservar sin contaminación esa fe que vale más que el oro, transmitida a los santos de una vez para siempre. Con ella nos jugamos lo más serio que tenemos, de ella depende el camino que tomemos: la vida sin fin o la muerte eterna, la Verdad que libera o el error que esclaviza, el Amor divino o el pecado del hombre, la gracia que salva o la desesperanza del esfuerzo inútil. Por eso los mártires mueren antes que renunciar a la fe, por eso los misioneros han ido al fin del mundo a anunciarla. Y por eso hoy nuestra Iglesia agoniza en tantas partes del mundo, porque hemos dejado de creer que la fe vale más que la vida.

La herejía no es un tema abstracto propio de teólogos, una sana muestra de pluralismo o una inevitable evolución de la doctrina, como tantos pretenden. Es, en realidad, un engaño diabólico y mortal, que nos impide conocer al verdadero Cristo, lo sustituye por un falso cristo inventado por nosotros y destruye la vida que Él quiso regalarnos con su sacrificio en la Cruz. Si no la odiamos es porque somos tibios y, además, tontos.

 

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¿Por qué nos persignamos al pasar frente a una Iglesia?

 

Entre los católicos se acostumbra que cada vez que pasamos frente a una Iglesia nos santiguamos haciendo la señal de la cruz. Pero ¿Qué significa hacer este signo? ¿Es obligación hacerla o no?

Es curioso observar cómo la gente al pasar por una Iglesia católica tiene diversas reacciones, desde aquellos que se detienen por un momento y hacen la señal de la cruz, otros que parecen hacer ciertas muecas como si se avergonzaran de que los vieran y tratan de disimular haciéndolo de manera rápida y sin sentido, finalmente, están los que pasan de largo sin hacer ningún signo.

Hacer la señal de la cruz o santiguarse de manera consciente es una forma de saludo a Dios, de quien decimos que todo templo es su casa, porque allí habita en la forma del pan, en el Santísimo Sacramento del Altar.

Pero no solamente nos santiguamos cuando pasamos frente a un templo, también lo hacemos al levantarnos en las mañanas, al salir de casa, al empezar la jornada de trabajo diaria, antes de recibir los alimentos y al acostarnos por el día que termina.

El Catecismo de la Iglesia Católica refiere en su numeral 2157 que: “El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus acciones con la señal de la cruz, “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. El bautizado consagra la jornada a la gloria de Dios e invoca la gracia del Señor que le permite actuar en el Espíritu como hijo del Padre. La señal de la cruz nos fortalece en las tentaciones y en las dificultades”.

Por tanto, hacemos este signo para recordar nuestra fe en Cristo Jesús que murió por nosotros en la cruz aun siendo pecadores; asimismo, nos reconocemos hijos de Dios a quien invocamos en el misterio de la Santísima Trinidad para ponernos bajo su protección y ayuda.

Cuando nos persignarnos retomamos una tradición apostólica muy antigua. El escritor Tertuliano, escribía: “En todos nuestros viajes y movimientos, en todas nuestras salidas y llegadas, al ponernos nuestros zapatos, al tomar un baño, en la mesa, al prender nuestras velas, al acostarnos, al sentarnos, en cualquiera de las tareas en que nos ocupemos, marcamos nuestras frentes con el signo de la cruz”.

Para nosotros los católicos la cruz no es símbolo de muerte, sino de salvación, pues ésta es la llave por la que nosotros podemos entrar al Reino. Ya lo dijo Jesús: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mc 8, 34). Por tanto, más que el signo de la cruz y el acto de persignarse, nos recuerdan que queremos ser seguidores de Jesús de una manera total y comprometida.

Hay que decir que fuera de la Misa y de las oraciones, no es obligatorio hacer la señal de la cruz, pero sí es necesario y bueno ya que nos hace ser coherentes con nuestra fe en vida, palabra y actos.

No perdamos esta costumbre de reconocimiento a Dios que se encuentra vivo y presente en el Sacramento del Altar en cada Iglesia que hay en el mundo. ¡No te avergüences! Hagamos la señal de la cruz con amor, devoción y orgullo de sabernos hijos amados por Dios. Recuerda las palabras de Jesús: “Yo les aseguro: Si alguno se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga con la Gloria de su Padre rodeado de sus santos ángeles” (Mc 8, 38).

 

 

 

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¡A mí, Dios no me escucha!

 

Uno de los momentos más hermosos que un hombre puede experimentar, es el entrar en comunicación con Dios, siendo la oración el camino más viable que está a la mano de todos para poder comunicarse con nuestro Padre Dios.

Orar es hablar con Dios, y para hablar con él, tenemos que hacerlo con mucha naturalidad y confiando en que él siempre está ahí, dispuesto a escucharnos como Padre y como amigo. Nunca debemos pensar que Dios es indiferente a nuestras oraciones, jamás lo es, siempre nos escucha y las atiende.

Recordemos que Dios nos habla de muchas maneras, pero de un modo especial lo hace por medio de las Sagradas Escrituras. En Mt 6, 6 nos dice: “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará”.

 

Aquí te resumimos esto, en 3 pasos sencillos para que puedas orar:

 

Paso 1: Entra en tu aposento – Entra en un lugar apropiado para orar

Te recomendamos tener un lugar apropiado para hacer tu oración, donde esté alejado del ruido o del bullicio de la vida cotidiana. Si esto se te dificulta por tu ritmo de vida, ocupaciones diarias o espacio en tu casa, no te preocupes, el hablar de un lugar adecuado, es hablar de un lugar donde puedas estar en paz un momento, basta que cierres los ojos, te concentres y comiences a hablarte a tu Padre que te ama y siempre te escucha.

 

Paso 2: Cerrar la puerta – Cerrar la puerta a distracciones

En este mundo lleno de ruidos es difícil cerrar la puerta a las distracciones, pero al lograr hacerlo, esto fortalecerá tu oración y la hará más íntima entre Dios y tú. Esfuérzate y apártate de todo que lo que tu sabes que puede ser una distracción, nadie mejor que tú te conoces muy bien.

Deja a un lado por unos instantes los mensajes del celular, las redes sociales o tus ocupaciones en el trabajo o en la casa. El poderte regalar unos minutos para orar sin ningún elemento que pueda interrumpir tu oración, te ayudará a tener una comunicación eficaz con el Padre amoroso que desea escucharte.

 

Paso 3: Ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto – Platica con Dios

Parte esencial de la oración es el poder comunicarte con Dios, así que platica con él, como lo que él es, un Padre amorosos, deseoso de escuchar a su hijo. Y como en cualquier relación de Padre e hijo hay sus altas y sus bajas, hay momentos de reclamo, pero también hay momentos de agradecimiento y de mostrar amor mutuo; te invitamos a que no le escondas nada a Dios, ábrele completamente tu corazón.

Sigue estos pasos recomendados por Mateo, y habla con Dios, él siempre estará dispuesto a escucharte. No esperes una contestación inmediata o alguna revelación, Dios siempre buscará la manera de contestarnos a todo lo que le pedimos, ya sea descubriendo las respuestas en el silencio o en las pequeñas grandes muestras que el día a día tiene en nuestras vidas.

 

 

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¿Cómo medita un cristiano?

 

¿Qué es la meditación para el cristiano? 

– La meditación es: 

  • silencio, reverente escucha y obediente recepción de la Palabra de Dios, en vista a conformar según ella toda mi vida; 
  • ser y estar con Dios: “permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no está unido a la vid, así sucede con ustedes” (Jn 15,4); 
  • acercarse a aquel misterio de la unión con Dios, que los Padres Griegos llamaron divinización del hombre: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea Dios” (San Atanasio) ; 
  • retornar a buscar la virtud y el amor de Dios, y no a encontrar saber en general o una particular disposición psicológica”. (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Filotea, II,V) ; 
  • pensar sobre alguna verdad de fe, para creer con mayor convicción, amarla como un valor concreto que me atrae, practicarla con la ayuda del Espíritu Santo. Se trata de un conocer amorosamente. Implica reflexionar, amar, y tener propósitos prácticos. Su valor está no en pensar mucho, sino en amar mucho” (CEI, Nº 996); 
  • es un concentrarse sobre sí mismo, y un trascender el propio yo, que no es Dios, sino sólo una criatura. Dios es “interior intimo meo, et superior summo meo: Dios es mas íntimo que mi intimidad y más grande que mi grandeza” (San Agustín, Confesiones 3, 6, 11). Dios está en nosotros y con nosotros, y nos trasciende en su misterio. 

– La meditación cristiana no implica que el yo personal y su creaturalidad deban ser anulados y desaparecer en el mar del Absoluto. De hecho “el hombre es esencialmente criatura y así perdura en la eternidad, por eso no es posible que sea absorbido el yo humano en el yo divino, ni en los más altos estados de la gracia” (MC, 14). 

 

¿Sobre que se funda la meditación cristiana? 

Se funda sobre:

  • La realidad misma del Dios uno y trino, que “es Amor” (1 Jn 4,8), que nos ha hecho “hijos adoptivos”, y por lo tanto podemos gritar con el Hijo en el Espíritu Santo: “Abbá Padre”. 
  • La meditación de la obra salvífica, que el Dios del Antiguo y Nuevo Testamento ha cumplido en la historia, a través de los cuales Dios “se revela hablando a los hombres como a amigos, para invitarlos a estar en comunión con El” (Concilio Vaticano ii, Dei verbum, 2). 
  • La persona de Cristo Señor, “en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col. 2,3). Es necesario tener siempre la vista fija en Jesús, por que es en El donde el amor divino se nos ha manifestado y donado, sobre todo en la cruz, “gracias a la palabra, a la obra, a la pasión y resurrección de Jesucristo, en el Nuevo Testamento la fe reconoce la definitiva auto revelación de Dios, la palabra encarnada es la que revela la profundidad más íntima de su amor” (MC, 5). Por lo tanto la revelación cristiana requiere una constante profundización en el conocimiento de Cristo, de modo de “comprender con todos los santos cual es la amplitud, la largueza, la altura, y la profundidad del misterio de Cristo y conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento, por ser lleno de la plenitud de Dios” (Ef 3,18). 
  • La disponibilidad a cumplir constantemente la voluntad de Dios, con el ejemplo de Cristo, para el cual, “el alimento es hacer la voluntad de Aquel que lo ha mandado a realizar su obra” (Jn 4,34). 
  • La estrecha correlación entre lex orandi y lex credendi, entre el modo de orar y el contenido de la fe cristiana que viene profesada. La oración cristiana es siempre determinada de la estructura de la fe cristiana, en la cual resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. “La oración es fe en acto: la oración sin fe termina ciega, la fe sin oración se desintegra” (Card. José Ratzinger, Conferencia de presentación del documento MC). 
  • La humildad. Cuando más se acerca una criatura a Dios, tanto más grande es su reverencia para con Dios, tres veces santo. Se comprende ahora la palabra de Aquella que ha estado honrada con la más alta de las intimidades con Dios, María Santísima: “Ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48) y también las de San Agustín, “Tu puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo” (San Agustín, Enarrationes in Psalmos CXLU). “no podemos ponernos a igual nivel que el objeto contemplado, el amor libre de Dios; ni siquiera cuando, por la misericordia del Padre, mediante el Espíritu Santo mandado a nuestros corazones, viene donado en Cristo, gratuitamente, un reflejo sensible del amor divino y nos sentimos como atraídos por la verdad, la bondad, y la belleza del Señor” (MC, 31). 
  • El silencio: es necesario redescubrir el valor del silencio, el cual crea un ambiente favorable para la reflexión, para la contemplación, para la escucha inteligente (de sí mismo, de Dios y de los otros), para la purificación y unificación de la persona. 
  • El amor para con el prójimo. La meditación auténtica nos envía constantemente al amor del prójimo, a la acción y a la pasión, y es así como nos acerca más a Dios. Ella despierta en el orante una ardiente caridad, que lo empuja a colaborar con la misión de la Iglesia y al servicio de los hermanos para la mayor gloria de Dios.

 

¿Qué dimensiones de la persona involucra la meditación? 

La meditación involucra todas las facultades del ser humano: la inteligencia, la memoria, el deseo, la voluntad, la atención, la intuición, la imaginación, el sentimiento, el corazón, el comportamiento.
“Esta movilización es necesaria para profundizar la convicción de fe, suscitar la conversión del corazón y favorecer el seguimiento de Cristo. La oración cristiana por excelencia se detiene a meditar el “misterio de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante tiene un gran valor, pero la oración cristiana debe ir mas lejos: a el conocimiento del amor del Señor Jesús, y a la unión con El” (CIC, 2708).

 

¿Qué importancia tiene el cuerpo en la meditación cristiana? 

– La experiencia humana demuestra que las posiciones del cuerpo no son indiferentes en la disposición al recogimiento del espíritu, involucrando las funciones vitales fundamentales, como la respiración y el latir del corazón. Y esto es por la unidad de la persona, que es cuerpo y alma. En la oración es todo el hombre, que debe entrar en relación con Dios, y el cuerpo debe asumir la posición más cómoda para el recogimiento. 

– La importancia del cuerpo varía según la cultura y la sensibilidad personal. 

– En cada caso es necesario: 

  • Reconocer el valor relativo de la posición del cuerpo, ella es útil, sólo en vistas al fin de la oración cristiana. 
  • Debemos estar atentos para que las posiciones del cuerpo no degeneren en un culto del cuerpo y puedan llevar a identificar erróneamente todas sus sensaciones con experiencias espirituales. “Algunos ejercicios físicos producen sensaciones de quietud y de distensión, sentimientos gratificantes, en algún caso fenómenos de luces y de colores que asemejan a un bienestar espiritual, cambiarlas por consolaciones del Espíritu Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirle e ellos significados simbólico típico de la experiencia mística, sería una especie de esquizofrenia mental, que puede conducir a perturbaciones psíquicas, o a aberraciones morales” (MC, 28). 

 

¿Qué importancia tiene la técnica en la meditación cristiana? 

– La meditación cristiana no es principalmente una cuestión de técnica: es ante todo un don de Dios. Este don se concede en Cristo a través del Espíritu Santo.
El amor de Dios es una realidad de la que no podemos apoderarnos con ningún tipo de método o técnica. 

– La técnica puede ofrecer una ayuda a la meditación cristiana. 

 

¿Qué ayudas puedo usar para meditar bien? 

Se puede meditar recitando el Padre nuestro, repitiendo lentamente una frase bíblica, contemplando con devoción una imagen sagrada. “Nos ayudan los libros, y a los cristianos no les faltan, la Sagrada Escritura, particularmente los Evangelios, los iconos, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los Padres de la vida espiritual, las obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del hoy de Dios. 
Aquí se abre otro libro el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. En la medida de la humildad y la fe que se tiene, se descubren los motivos que agitan el corazón y allí se puede discernir. Se trata de hacer la verdad para venir a la Luz: “Señor que cosa quieres que yo haga?” (CIC, 2705-2706). De este modo se procede en el camino de la santidad, y en la vida de la perfección. 

 

¿Existen etapas en la vida de perfección? 

La tradición cristiana ha distinguido tres estadios en la vida de perfección: 

  1. La vía de la purificación, que comporta el reconocerse pecador, y el pedir perdón a Dios por los pecados.
  2. La vía de la iluminación, que introduce al fiel iniciado, en los divinos misterios, al conocimiento de Cristo mediante la fe que obra por medio de la caridad. Esta se hace posible por el amor que el Padre nos dona en su Hijo y de la unción que nos da El que es el Espíritu Santo, en ocasión del Bautismo y de la Confirmación. 
  3. La vía unitiva, que se realiza por medio de la participación a los sacramentos y el empeño constante de una vida moral coherente con la fe cristiana.
    “Con el andar del tiempo el ejercicio de la meditación se simplifica, el corazón prevalece sobre la reflexión. Se arriba gradualmente a la oración de recogimiento. Esta se libra de imágenes y pensamientos particulares, de recuerdos, de preocupaciones y proyectos. Solo es una tensión amorosa a Dios, a Jesús, a su perfección, a su evento salvífico. Se permanece en un silencio amoroso delante del Señor presente en nuestro interior. Se deja que el Espíritu Santo nos transforme, puede producir consolación o desolación, pero sin duda purifica y fortifica la caridad. Cuando el fervor de esta experiencia se atenúa, es recomendable retornar a la meditación discursiva, o a la oración vocal”. (CEI, 997). 

 

¿Cuales son los métodos de meditación? 

– Son tantos los métodos de meditación como tantos son los maestros espirituales. Pero un método es sólo una guía, lo más importante es avanzar con la ayuda del Espíritu Santo sobre el único camino de la oración: Cristo Jesús.
“Todo fiel puede buscar y puede encontrar en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia, el propio camino, el propio modo de orar, pero todas estas vías personales confluyen, al fin, en el Camino a Padre que es Jesucristo. En la búsqueda de la propia vía cada uno se dejará guiar no por sus gustos personales sino más bien por el Espíritu Santo, el cual lo guiará por medio de Cristo hasta el Padre”(MC, 29). 

– Tras la variedad de los métodos, uno indicado por la tradición de la Iglesia como particularmente bueno para meditar la Sagrada Escritura: es el que se denomina Lectio Divina

 

¿Cómo practicar la Lectio Divina? 

Los Padres espirituales indican 5 etapas en el meditar la Biblia, y la describen así.

 

*Lectio
En esta primera etapa tomo la Biblia no como un libro cualquiera, sino como el libro que contiene la Palabra de Dios que me habla a mí. Escucho una Palabra viviente, que me da un mensaje personal. La escucho como si fuese la primera vez. Hago el esfuerzo de tomar el sentido más profundo posible. Me encuentro con la luz de Dios: ella hace morada en mi inteligencia y la ilumina. 

 

*Meditatio
Invoco al Espíritu Santo para que venga en ayuda de la ceguera de mi mente. Imploro humildemente la luz de la fe, escruto la Palabra con nueva atención. Descubro cómo las ideas de Dios son diversas de las de los hombres, tomo conciencia de lo necesario que es dejarme tomar por la Palabra de Dios, transformar mis convicciones, para que se asemejen cada vez más a las de Dios. Acepto cambiar mi mentalidad y mi voluntad para adherirme a la mentalidad y voluntad de Dios. 

 

*Oratio
Me esfuerzo de hablar con Dios con todo el corazón, llamándolo en ayuda de mi debilidad. Es el momento de pedir a la Virgen María que me comunique su modo de orar, hecho de confianza y amor, hecho de pureza en el corazón. En su fe, en su silencio adorante, en su inocencia y en su coraje de amar y de recibir el amor de Jesús, yo invoco su Hijo para que me socorra. Me hago enseñar de El a orar al Padre en el Espíritu de amor. Mi corazón aprende a hablar a Dios, si se deja inundar del amor de Cristo. 

 

*Contemplatio
Si he dejado que la Palabra, leída y meditada, ilumine los ojos de mi corazón y de mi mente, si me he dejado interpelar en lo profundo por el sentido de la Sagrada Escritura hasta madurar un deseo de intimidad constante con Dios. Si he orado con fe infinita por mis hermanos y por toda la Iglesia, ahora Dios responde. El infunde en mi corazón una incapacidad de continuar meditando de modo discursivo su Palabra y me concede una especie de participación al fuego de comunión de amor al interno de la Trinidad. 

 

*Actio
Para darme el don de una íntima conversación, el Señor espera de mi parte que multiplique en cada momento los deseos de comunión con su amor. 

 

¿Cuáles son los límites del método? 

– La legítima búsqueda de nuevos métodos de meditación deberá tener presente que:

  • El método no puede ser separado del contenido y concebido como neutral en relación a lo que el porta, y al contexto cultural en el cual nace. 
  • Es necesario respetar la naturaleza íntima de la oración cristiana que: 

* es un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios. Ella exprime la comunión de la criatura redimida con la vida íntima de las Personas de la Trinidad” (MC, 3); 

* no se reduce jamás a un método, que sirva a liberarse del dolor, o a estar bien físicamente, es una apertura al amor de Dios, a aquel amor que no ha refutado la muerte y una muerte de cruz; 

* para ser auténticos, es esencial el encuentro de dos libertades, aquella infinita de Dios con la finita del hombre; 

* es siempre realizada en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto a todos los santos por el bien de la Iglesia. 

– Dichos los límites y los riesgos de el método, es necesario que el cristiano se ponga en escucha dócil y en humilde recepción de lo que la Iglesia, en especial por medio del Papa y de los Obispos, indican: a ellos en realidad les corresponde “de examinar todo y decir que es lo bueno” (Concilio Vaticano ii, Lumen Gentium, 12). 

 

¿Qué cosa son las gracias místicas? 

Son gracias especiales, conferidas de parte de Dios, por ejemplo “a los fundadores de las instituciones eclesiales a favor de toda la fundación, a otros santos, que los caracteriza la particular experiencia de oración y que no pueden, como otros, ser objetos de imitación y de aspiración para otros fieles, aunque pertenezcan a la misma institución, y sean deseosos de una oración siempre mas perfecta” (MC, 24). 
“No es el empeño personal, sino la acción del Espíritu Santo la que introduce en la contemplación mística, es una experiencia de Dios sin conceptos, sin imágenes y sin palabras. El hombre no puede encontrarla ni hacerla con su propia voluntad, sólo debe prepararse a recibirla” (CEI, 998). 

 

¿Cuánto dura la meditación cristiana? 

La unión habitual con Dios, que viene llamada oración continua no se interrumpe necesariamente cuando se dedica el hombre, según la voluntad de Dios, al trabajo y al cuidado del prójimo. “Sea que coman o beban, o hagan alguna otra cosa, hagan todo para la gloria de Dios”, nos dice el Apóstol (1 Cor 10,31). 
San Agustín al respecto afirma: “Sabemos que los eremitas de Egipto hacen oración frecuente, y son todas brevísimas. Ellas son rápidos mensajes que parten hacia Dios. Así la tensión del espíritu, tan necesaria para el que hace oración, permanece siempre despierta y ferviente y no se atenúa por la duración excesiva de la oración… a lo largo de la oración no se corta la incesante suplica, se permanece en fervor y atención. El servirse de muchas palabras en la oración, equivale a tratar una cosa necesaria con palabras superfluas. El orar consiste en golpear a la puerta de Dios e insistir con devoto ardor en el corazón. El deber de la oración se cumple mejor con los gemidos que con las palabras, más con las lágrimas que con los discursos. 

 

¿El cristiano para su meditación puede aprender de otras religiones? 

Las practicas de meditación (como por ejemplo el zen o el yoga, la respiración controlada, el mantra…), provenientes del oriente cristiano, y de las grandes religiones no cristianas, pueden constituir un medio adaptado para ayudar al orante para estar delante de Dios interiormente distendido. 
“Como la Iglesia Católica nada desprecia cuando es verdadero y santo en estas religiones, no se deben despreciar prejuiciosamente estas colaboraciones porque no son cristianas. Se puede por el contrario, tomar de ellas todo lo que es útil, con la condición de no perder de vista la concepción cristiana de oración, su lógica, sus exigencias, porque es al interno de esta totalidad, que esos fragmentos deben ser reformulados y asumidos. Sobre todo se puede aconsejar tener humilde aceptación de un maestro experto en la vida de oración de sus directivas, de aquello que siempre ha estado en la experiencia de la vida cristiana ya desde tiempos antiguos, desde los padres del desierto. Estos maestros expertos en sentir con la Iglesia, no sólo deben guiar y llamar la atención sobre determinados peligros, sobretodo estos padres espirituales, deben introducirnos de forma viva, de corazón a corazón, en la vida de la oración, que es un don del Espíritu Santo” (MC, 16). 

Basílica de los Santos Ambrosio y Carlos en Roma 
Monsignor Raffaello Martinelli

 

 

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¿Qué es lo que nos causa más estrés?

5 causas que incrementan el estrés en nuestra sociedad

 

“No hay estrés en el mundo, solo gente creando pensamientos estresantes y luego actuando sobre ellos”.

Escuchamos hablar mucho del estrés, del daño que causa en nuestra vida. Sabemos que bloquea la zona del cerebro que se encarga de la resolución de problemas; que produce una distorsión entre lo que sucede y la interpretación que hacemos de la realidad.

Hace que seamos menos optimistas y que perdamos la empatía con quienes nos rodean. Causa ansiedad, nos hace pensar que en el futuro no nos irá bien y nos impide tomar buenas decisiones.

Y podríamos continuar con más y más, pero mejor vayamos a las causas principales y tratar en lo posible de disminuirlas.

Hoy, comparto contigo las cinco causas o elementos mencionadas por la psiquiatra española Marian Rojas, amiga mía, que están incrementando el estrés tanto en hombres como en mujeres en nuestra sociedad:

 

  1. La obsesión por aprovechar el tiempo:

Hoy en día vivimos expuestos a un convencimiento que resulta muy perjudicial para la sociedad: la prisa y la aceleración producen mayores y mejores resultados. Si alguien comenta “no tengo tiempo…tengo prisa, lo asimilamos como normal y correcto. En cambio, cuando alguien señala que le sobra tiempo, uno se sorprende y lo juzga negativamente.

El ser humano únicamente posee una vida, y desaprovecharla genera sentimientos de angustia. Aparece la culpa cuando uno observa que el tiempo no es rentable o no ha sido bien exprimido. Existe una obsesión constante de llenar el tiempo de actividades productivas.

Nos olvidamos que si dejamos fuera todo aquello que nos gusta, con el tiempo uno deja de ser capaz de disfrutar de las cosas agradables que aportan felicidad.

 

  1. Estar conectados: la tecnología

Hace unos años, se veía a las personas en el metro o en el autobús leyendo, escuchando música o simplemente mirando. La mente podía estar en blanco o soñando algo. Hoy en día, no solo en el metro o autobús, sino en un elevador, consultorio o hasta caminando vemos a hombres y mujeres de todas las edades enfrascados en su celular o computadora.

Investigaciones advierten que la “sobre estimulación” temprana puede, no sólo originar desórdenes en el ámbito del manejo del estrés, sino también influir en el proceso de atención y aprendizaje

Para reflexionar hacia donde vamos y como está nuestra vida hace falta tiempo, silencio, espacio, atención, tranquilidad, sosiego y paz. Todos estos ingredientes se diluyen su estamos inmersos en la tecnología por horas y horas.

 

  1. Perder el control:

Tercera causa del estrés. Para el ser humano es más importante tener la razón que vivir. Cuesta aceptar que uno está equivocado. La mente manda, ordena y controla.

El deseo de controlarlo todo genera una gran angustia. Hay que fiarse de la vida, de las buenas intenciones y de los grandes corazones.

Cuando el estrés te invada o temas perder el control, cuando tu cabeza se agote o tu cuerpo no te responda, por el corazón y el resto sucederá. No puedes tener control absoluto de todo.

 

  1. El ego:

El ser humano teme a dos muertes: la muerte al final de la vida y la muerte como desaparición de la propia identidad.

Esta última, es miedo a cambiar, es el origen de muchos problemas. Las personas no quieren transformarse. Tienen pánico a reinventarse debido a que si individualismo se ha convertido en su zona de confort y les aporta una relativa paz que no los llena.

La humildad es la base de todo cambio, y por ello se precisa dejar de lado al ego que nos bloquea, para llegar al interior, redescubrir nuestros talentos y volver a nacer sin miedo al cambio. Donde hay humildad, has sabiduría.

 

  1. Ser perfectos:

El perfeccionista es el eterno insatisfecho. Nada está nunca a la altura de lo deseado. No puede vivir en paz. Vive en constante duda de todo, porque quiere llegar a un gran nivel, a veces irreal.

Ser perfeccionista es una labor agotadora, porque te comparas siempre con el resto y nunca será suficiente. Hay que aceptar que somos seres humanos y cometemos errores.

Como dice Wayne Dyer: “no hay estrés en el mundo, solo gente creando pensamientos estresantes y luego actuando sobre ellos”.

Piensa muy bien si estás cometiendo alguno de estos cinco errores: obsesivo por aprovechar el tiempo, inmerso en la tecnología, quieres siempre tener el control, eres muy egoísta o demasiado perfeccionista? Quizás por eso vives demasiado estresado: cámbialo hoy y vive más

 

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¿Es malo escuchar cantos protestantes?

No es lo mismo música católica que música cristiana…

 

Vayamos por partes, ya que no es así de sencillo, ni fácil, el afirmar que es algo bueno que el católico se la pase escuchando cantos protestantes sin ningun criterio a seguir. En primer lugar, pensando en el catolico común, que normalmente es la mayoría, y en los que están ya en algún grupo pero que no tienen una sólida formación en la fe no es nada recomendable.

Algunas de las razones que nos confirman esto son las siguientes:

1.- Cualquier tipo de canción o canto que lleve “letra” siempre llevará la huella del autor que la compuso. En el caso de los cantos protestantes es igual.

No se puede separar la “teología” o creencias de los hermanos separados de la letra de sus cantos. Pensar así es algo muy ingenuo. En muchas ocasiones el católico canta las alabanzas y al mismo tiempo adquiere “frases” e “ideas” al puro estilo protestante. Un ejemplo de esto es oir repetidamente en algunos laicos católicos “la sangre de Jesus nos cubre”, exactamente eso decia Lutero, mientras que nosotros creemos que no solamente nos cubre como algo meramente externo sino que nos transforma interiormente y nos santifica. Estas y otras frases como: “solo Jesús salva”; “somos salvos por la fe” “soy salvo” “no hace falta nada mas que Cristo” “las religiones no salvan” son absorbidas por escuchar cantos protestantes, radio protestante, predicaciones protestantes, Televisión protestante etc.
Esto facilita que poco a poco se pierda la “identidad” del católico. La realidad nos enseña que muchas veces asi fué como algunos empezaron y despues terminaron en una secta pues se crea un ambiente de admiracion, donde la base de la fe es el sentir bonito o la emoción. E incluso hay compositores católicos que tienen alabanzas con errores muy marcados sobre la fe por la influencia evangélica. Hace algún tiempo algo similar a esto lo afirmó el P. Zezinho que es uno de los grandes compositores de música católica y decía que era necesario que se cuidara mas este aspecto y se revisará la letra de los cantos que se componen sin ninguna asesoría.

2.- Desafortunadamente hay católicos “comprometidos” que la razón que usan para decir que “no tiene nada de malo” es que les ‘gusta´ esa musica.

Esta forma de pensar es con criterios muy malos, pues hace a un lado cualquier criterio objetivo y su unica base es el “gusto” o sentimiento, como si lo que importara es que se escuchese bonito. Se parece al católico que escucha la prediciacion protestante porque tambien le “gusta” y siente bonito. Esta actitud no tiene nada que ver con el auténtico ecumenismo sino mas bien se trata de un ecumenismo ingenuo donde se hacen a un lado las orientaciones del magisterio para la aplicación del mismo. Nunca ha leído la “Unitatis Redintegratio” ni la “Ut unum Sint” ni el directorio sobre el ecumenismo y piensa que esta practicando el ecumenismo al oir cantos protestantes. Con razón hay tanta confusión hasta en gente que da un servicio dentro de la Iglesia Católica.

3.- Cuando un catolico comprometido escucha continuamente los cantos evangélicos lo que hace muchas veces es divulgar esas ideas y las divisiones.

Qué le podría contestar a alguien que lo escucha y le dice que donde puede comprar ese cassette? Acaso le va a decir: vaya hermano a una libreria protestante, ellos cantan muy bonito? En realidad sería una falta de coherencia entre lo que predica y lo que cree.

4.- Además, si alguien acepta escuchar los cantos, entonces tambien tendría que aceptar las predicaciones protestantes y la literatura protestante,

Pues la musica solamente es un medio de transmisión, el lenguaje oral es otro y el impreso otro mas. El resultado es un relativismo eclesial donde ser católico es tener puesta “una camiseta mas” y cambiarla cuando ya no le guste.

5.- San Pablo dice: “todo me es permitido, pero no todo me es provechoso”.

Esto es un camino a seguir para la persona que de verdad esta comprometida con el Señor Jesucristo. Hay cosas que aunque no fueran malas dice el apóstol, aun asi, no las haría. La razon es que con tal de ganar gente para Jesucristo lo puede dejar de hacer.

6.- De hecho uno de los ganchos que usan las sectas es precisamente el canto apara traer a la gente. Es como el “quesito” que se le pone al raton en la trampa.

Normalmente cuando hacen una “secta” nueva lo primero que compran es el “sonido” para la música. Un ejemplo de como se trata de atraer a la gente es Marcos Witt, que se la pasa en congresos de todas las sectas evangélicas, hasta de las mas anticatolicas y antiecuménicas. El Católico despistado va para sentir bonito y termina engrosando las filas de una secta religiosa.

7.- Fonovisa: ¿Musica ´cristiana´ o musica protestante?

De hecho el “truco” ha funcionado muy bien y han logrado engañar a algunos medios de comunicacion, incluyendo a Fonovisa, univision, telemundo… que afiman promover musica cristiana cuando en realidad se trata de musica protestante.
Tambien ´hablan´ que tal artista es cristiano cuando en realidad se trata de un ´protestante´ más. Hay algunos que incluso, que como buenas sectas que son, afirman que ellos son ´cristianos´ como diciendo que los catolicos no lo son. Se les olvida o no saben que es peor, que ninguna de esas iglesias protestantes existia antes del año 1517. La verdad es que muchos locutores, entrevistadores… no por salir en los medios de comunicacion se convierten automaticamente en personas preparadas y mucho menos en lo religioso.
Tanta ignorancia hay en algunos medios de comunicacion que hace poco salieron en una premiacion para la mejor musica cristiana y se trataba en realidad de puros protestantes. Ni modo. Como dice el dicho. De que los hay, los hay… y mientras el catolico no proteste, hable y escriba para aclarar las cosas la confusion ira aumentando. Los mismos catolicos que trabajan en los medios de comunicacion deberian de hablar y aclarar la manipulacion y “expropiacion” de la palabra ´cristiano´ que las sectas estan haciendo.
Personalmente hable hace tiempo a fonovisa y una de las encargadas de venta en Estados Unidos era precisamente una protestante interesada en promover a artistas protestantes y no le importaba en absoluto el promover a los autores y artistas catolicos. Protestantes disfrazados e infiltrados diciendo que promueven “musica cristiana”. Ojala y el catolico, con este tema, sea mas astuto y listo para no dejarse engañar tan ingenuamente.
¿Por qué escuchar cosas diferentes a nuestra fe teniendo tesoros espirituales de cantos tan grandes en la Iglesia Católica? (Martín Valverde; Silvia Mertins; Jorge Gomez; Sandy Calderas; P. Zezinho; P. Cesareo Gabaraín. P. Emilio y muhos mas
¿Por qué en vez de eso no invertimos tiempo y dinero en alabanzas y predicaciones católicas para profundizar en nuestra fe?
¿Qué no sería mejor cantar la fe que recibimos de Nuestro Señor por medio de la Iglesia que El nos dejó?
Cantos católicos hay excelentes. En cualquier libreria los hallarás. Algunos CD´s de alabanzas católicas que te recomiendo los encontraras aqui

Dios te siga bendiciendo en abundancia.

 

 

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19 consejos para seguir siendo católicos en un bar

Los católicos no somos un grupo de personas que vive en una isla, estamos en el mundo pero con la mirada en el cielo

 

Acepto que durante muchos años he estado apartada de Dios. Lo que no significa que Él haya estado apartado de mi. Tengo la certeza que Dios siempre ha estado (y está) a mi lado guiando mis pasos y protegiéndome a veces incluso de mi misma. Creo que las oraciones de mi madre han jugado un rol fundamental en esto último. Gracias mamá.

Hace unos días leí la noticia sobre este bar católico que abrieron en Francia. Y hoy con lo aprendido pensé: ¡Qué gran idea! Qué bueno sería tener uno por aquí cerca. Ir a un lugar sano y seguro donde compartir, celebrar y socializar.

Regresando en el tiempo (solo unos cuantos años atrás) mi pensamiento hubiera sido distinto o simplemente la idea del bar católico me hubiera parecido no viable. Digamos que en ese tiempo mi moral sufría un leve desorden de atención. Ojo dije leve. Ya que estamos entrando en confianza acepto que me encantaba salir de noche y hasta muy tarde. La noche, sus luces, sus personajes curiosos, el lenguaje que aparecía en esos lugares, los códigos, las formas, lo permitido cuando el sol se va, la música y los espejismos me parecían algo tan atractivo. Sentía que era un mundo paralelo que de pronto aparecía. Ahí era completamente libre y auténtica. Esto último dependería de la dosis correcta de alcohol que estuviera presente. Ahí está, lo dije.

Haciendo un balance de esas noches y casi madrugadas, siento que he podido sortear situaciones incómodas y hasta peligrosas; primero porque Dios es grande y segundo por una serie de factores que estuvieron presentes como los buenos amigos. Hace poco uno de esos amigos escribía que Dios saca cosas buenas hasta de las cosas malas. Y hoy esa es mi intención, ver como Dios saca cosas buenas de situaciones de mi vida que no fueron tan buenas. Y ponerlas al servicio de los demás.

En el mundo de hoy los católicos no somos un grupo de personas que vive en una isla. Estamos inmersos en el mundo pero con la mirada en el cielo en todas las circunstancias de nuestra vida, en todas, hasta en un bar. No hay nada de malo en sí con ir a un bar. Pero dado el mundo y la cultura en que vivimos, muchas veces para un católico puede convertirse en un gran desafío. Así que aprovechando lo aprendido, lo vivido y lo sufrido aquí les dejo una serie de consejos para cuidarnos y cuidar nuestra fe en lugares tan controversiales como estos: Los bares. A mi me hubieran servido mucho, espero les sirvan.

 

  1. Elige bien a dónde vas

Te la pongo clara, los católicos no vamos a antros. Quiérete un poco y no vayas a lugares donde tú y tus amigos podrían pasar un mal rato. ¿A qué me refiero? Peleas, drogas, borracheras, amores de barra y demás. Ve a un bar pero escógelo bien, no seas ingenuo. El ambiente en el que un cristiano vive tiene peso en su vida, no creas que porque vas a misa tienes pasaporte diplomático para entrar en cualquier ambiente. Ese modo de pensar es totalmente contrario al “Astuto como la serpiente y manso como paloma”, que nos pidió el Señor. Mira bien cómo es el lugar, pide referencias y sin ningún reparo no vayas si no es el lugar apropiado. En todo caso busca otro y propónselo a tus amigos.

 

  1. Siempre con buenos amigos. Sí, dije buenos y dije siempre

“No hay amor más grande que el de dar la vida por los amigos” (Jn. 15:13) Los buenos amigos son los que nos acercan a Cristo. La verdadera amistad es un gran tesoro. Trata siempre de ir en compañía de verdaderos amigos, aquellos que realmente te conozcan y sepas que estarán ahí para cuidarte. Tú también sé un buen amigo para ellos. Hazles caso cuando te adviertan de tu comportamiento. Cuando vas solo o con simples conocidos puedes caer en la tentación de las apariencias y aceptar, ceder ante comportamientos que van en contra de tu vida cristiana, un buen amigo al lado será siempre muy beneficioso.

 

  1. Lleva algo que te recuerde en lo que crees

Sí, lleva algo; una inscripción en el polo, la cadena que te regaló tu mamá. El denario en el dedo. ¡Algo! Las luces, los ruidos, las interferencias pueden hacerte dar una amnesia temporal o volverte ciego. Siempre recuerda quién eres, de dónde vienes y a dónde vas. No la pierdas de vista.

 

  1. Hacer lo que todos hacen es cosa de gente sin estilo

En otras palabras: ¡sé prudente! Cuida tus palabras y tus acciones. Por hacerte el chistoso o el “cool” puedes acabar en problemas. Usemos nuestra voluntad para moderar nuestros impulsos, nuestras palabras y nuestros actos sobre todo en un lugar en el que podemos tropezar. Recuerda cuando tropiezas tú, tropezamos todos. No solo te juzgan a ti, juzgan a toda la iglesia.

 

  1. Arréglate, vístete bonito, sin perder de vista quién eres

Para ser más exactos cuida tu cuerpo no te pongas una falda que parezca un cinturón ni una camisa que parezca una bufanda o esté tan pegada a tu cuerpo que parezca pintura! Tu cuerpo es sagrado, no caigas en la tentación de usarlo como mercancía. Respétate, quiérete y ten respeto por los demás también. Alguna vez leí que la modestia no es una prenda de vestir sino una conducta y un modo de comportarse. Podrías vestir la ropa más modesta y recatada que quieras pero si tu comportamiento es todo lo contrario y lo que busca es seducir, de nada sirve que te pongas una túnica. Viste bien y compórtate bien.

 

  1. Cuando tomes se consciente de tus límites y ¡respétalos!

No hay nada malo con tomar un trago. Pero si nunca antes lo has hecho, es mejor que no escojas un bar para empezar. Si tomas, siempre toma con mesura y nuevamente con buenos amigos. No voy a entrar en los detalles del pecado de la gula en sí sino de que te cuides. Los efectos del alcohol nos nublan el entendimiento y podemos terminar haciendo cosas de las cuales luego nos vamos a arrepentir o peor aún nos pueden poner en situaciones de riesgo. No seas ingenuo, cuídate, no pierdas tu vaso de vista. No trates de hacerte el fuerte o el que se las sabe todas porque definitivamente no te las sabes.

 

  1. No te la pases criticando todo y a todos

Si va a un bar, vas a pasar un rato con los amigos, a distraerte. No vas a un bar sólo a criticar a las personas que están ahí, ni su conducta ni su moral. No estamos llamados a juzgar, y que tire la primera piedra el que esté libre de pecado. Cada uno vive una realidad distinta y no todos tenemos ni la misma formación espiritual ni compartimos las mismas creencias. Así estés en una iglesia: no entres al chisme. El Papa Francisco nos dice que con el chisme podemos asesinar al prójimo. Todos somos hijos de Dios amados hasta el infinito. Elije comentarios que lleven a críticas constructivas que aporten, que provoquen reflexión.

 

  1. Diviértete

La Madre Teresa de Calcuta decía: “Un corazón lleno de alegría es un corazón lleno de amor…Si tienes alegría, esta brillara en tus ojos y en tu aspecto, en tu conversación y en tu contento. No podrás ocultarla por que la alegría se desborda”. Vayas donde vayas, que la alegría en Dios sea tu compañía. Si estás entre buenos amigos, disfruta el momento y que TU tu comportamiento y tu alegría cuestione a las personas que te rodean y los acerque a Dios. Si vas a un bar no es para que seas el tenso criticón, mejor te quedas en tu casa. Vas para divertirte con tus amigos. Y como católicos sabemos a qué nos referimos con diversión.

 

  1. Ayuda a quienes se pasen de copas

Ayúdalo, asístelo y llévalo a su casa. Conversa con él o ella al día siguiente. Y si tú eres el que necesitó de la ayuda. Déjate ayudar. Si no puedes controlarte, es mejor que no vayas. No dejes a tus amigos abrazados a un W.C. hasta que termine tu noche. Eso daña la imagen de tus amigos y habla mal tu capacidad de sacrificarte por ellos.

 

  1. No estés pendiente de tu celular

A ver y esto no sólo es para un bar sino para cualquier situación social de la vida. Es algo tan molestoso estar en un grupo y que todos miren el celular en lugar de mirarse a la cara y conversar. La verdadera unión y comunicación no es a través de un celular. NO es “Smart” hacerlo. El mensaje que transmite al que está frente tuyo es “no me importas”  Además que específicamente en un bar es peligroso, ¿por qué?, porque estás distraída o distraído de lo que está pasando a tu alrededor y muchas veces hay quienes se aprovechan de esa situación. Deja el celular en el bolsillo.

 

  1. Si tienes novia no juegues en la línea

Si tienes novia. Anda con tu novia al bar. Si vas solo anda con un grupo de amigos. Si encuentras alguien atractiva no la busques ni entres en una conversación íntima. Cuídate y cuida tu relación. Si juegas con fuego te puedes quemar. Y si te chamuscas, pues te recomiendo que converses con ella o con él sobre lo que sucedió esa noche, te aseguro que es mil veces mejor que se entere por ti a que otras personas, muchas veces malintencionadas, se lo cuenten y exageren lo que realmente ocurrió. ¡Esto es el ABC del enamorado católico! ¿No lo has leído?

 

  1. Evita el coqueteo (especialmente para las chicas)

Y esto bien puede estar relacionado con el punto anterior como no. Parece ser que a las chicas nos gusta que nos miren y muchas veces cuando descubrimos miradas las aprovechamos para despertar más admiración aún. No juegues sino quieres que jueguen contigo. La vanidad no te va a llevar a ningún buen lugar, por vanidosa puedes terminar en situaciones incómodas. Recuerda que hoy en día mucha gente va a los bares a buscar diversiones pasajeras. No vaya a ser que te confundan con una.

 

  1. Los católicos no tenemos amores de una noche

Continuando con lo anterior. Si encuentras a alguien que te parece interesante, lo mejor que puedes hacer es conversar. Nada más. Introducirlo al grupo de amigos y quedar para volver a salir y seguir conociéndose por un buen tiempo más. No somos cosas que se desechan, no somos descartables de un uso y desuso como el mundo nos quiere hacer creer. No caigas en la fantasía del feminismo ni del machismo que te dicen que eres libre para hacer con tu cuerpo lo que quieras. Quiérete respétate y haz lo mismo con los demás.

 

  1. Si te preguntan por tu fe haz apostolado. El apóstol no está de vacaciones en un bar

Si te preguntan es la premisa. Y es que no vas a ir a un bar de frente a dar un sermón. Pero efectivamente si alguien te pregunta responde. Recuerda que el mejor apostolado que podemos hacer es dar testimonio con nuestras vidas.

 

  1. Si alguien se pasa de la raya con una amiga, defiéndela

Y lo mismo con un amigo. Hoy en día no es poco frecuente encontrar a chicas que abordan chicos y los hacen pasar ratos incómodos. Si una chica le está haciendo proposiciones indebidas a tu amigo ayúdalo a salir de ahí o pon en evidencia a la chica. Y obviamente si alguien se pasa de la raya con tu amiga defiéndela. No inicies peleas, la violencia no lleva a ningún lado.

 

  1. Aconseja a tus amigos cuándo parar… pero recuerda que son libres de ser idiotas

Creo que ya toqué este punto pero vale la pena reforzarlo. Ayúdalos a recordar que ya tomaron demasiado, ayúdalos a recordar que tienen novia y la conversación con esa chica les puede traer problemas, ayuda a tu amiga a que no escuche a ese tipo…Y efectivamente ten presente que pueden tener la libertad de ser idiotas. Pero es preferible que se enojen contigo a dejarlos atentar contra sí mismos. El enojo finalmente se pasa, las heridas dejan cicatrices.

 

  1. Di NO

Claro y simple. Cuando quieras decir no, di NO. No tomo. No quiero más. No, ya me voy. No, tengo novia. No, gracias. No, no, no, no. No pasas nada si rechazas cosas que te pueden hacer daño. No cabe la vergüenza aquí. Se digno y di NO.

 

  1. No entres en detalle dando explicaciones de tu vida privada

Este es un buen consejo. Aquí voy: Una chica y un chico en una barra. Conversan amenamente, él está interesado y quiere “algo más” con la chica. Ella en lugar de decir NO y salir rápidamente de la situación, como el chico también le gusta se llena de explicaciones y confidencias que no son las que debemos dar a alguien que recién conocemos y menos en un bar. Por ejemplo: Mira soy católica y los católicos no tenemos amores de barra. En realidad soy virgen… ¡¡¡NOOO!!! Eso no se dice, es algo íntimo y personal. Revelar algo así solo va a ponerte peligro. Sé manso como una paloma pero astuto como un león. Los detalles de tu vida personal no se dan en un bar. Eso se llama pudor. Punto.

 

  1. Vuelve a casa antes de que el encanto se acabe, sí algo así como Cenicienta

Busca una hora prudente para volver a casa. Esta hora dependerá no sólo de qué hora sea sino del ambiente y las acciones de los que te rodean. Siempre retírate con el grupo de amigos con el que viniste, nunca solo ni con alguien a quién recién conociste por muy buena persona que te parezca o porque crees haber encontrado al príncipe azul. NUNCA.

 
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Un gracias a Dios al final de una etapa

 

La vida tiene sus ritmos. Con el clima, con el calendario solar, con los programas escolares, con el inicio o el final de un contrato.

Al final de un periodo de tiempo, de un año académico o laboral, de una etapa de la propia vida, vale la pena hacer un pequeño balance.

Ha habido momentos buenos y momentos malos, oportunidades y desafíos, cosechas y compras en el mercado.

¿Qué ha dominado durante este periodo de tiempo? Cada uno, mentalmente, distingue entre lo positivo y lo negativo, entre lo ganado y lo perdido.

Más allá de lo que pueda decir una lista, el corazón siente el deber de dar gracias a Dios.

Porque estos meses ha llovido, han crecido las espigas, han trabajado las abejas, han florecido los almendros.

Porque este tiempo ha habido pan en la mesa, un poco de alegría compartida y ratos para hablar de aquello que une a las familias.

Porque la salud, con sus subidas y bajadas, nos ha permitido llevar adelante proyectos y tareas, visitas a amigos y conocidos, excursiones y arreglos en el techo.

Porque también estos meses Dios mostró su paciencia al acogerme tras un pecado, al inspirarme obras buenas, al enseñarme a ser paciente con el prójimo.

Un tarro de miel, durante el desayuno, me recuerda el enorme esfuerzo de miles de abejas durante los meses de flores y cosechas.

Al saborearla, siento la ternura de un Padre que cuida a los jilgueros y los jazmines, que envía lluvia sobre malos y buenos.

Es un Padre que nos invita, a través de tantos gestos, a pensar en el cielo y a reemprender ese camino que nos conduce a casa. Un camino que nos impulsa a amar a los hermanos y a dejarnos amar por el Dios bueno.

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Tentaciones:

un camino a la santidad

 

El otro día leía sobre Napoleón Bonaparte, considerado como uno de los mayores genios militares de la Historia. Dicen que este pequeño hombre podía saber el desenlace de una guerra en tan sólo 5 minutos. Las estrategias y todo el entrenamiento previo servían para la toma de decisiones del ejército en los momentos críticos de la batalla. El líder debía tener la visión para tomar la ventaja y vencer al ejército contrario o inevitablemente serían derrotados.

Un soldado se prepara toda su vida para esos 5 minutos críticos de la batalla y vencer. Él conoce todas las técnicas, tiene la condición necesaria para no caer fatigado, reconoce señales y estrategias de sus compañeros y nunca va solo al campo de batalla.

Lo mismo sucede con la guerra espiritual que enfrentamos cada uno. Necesitamos la visión de un comandante en cargo para tomar la decisión correcta y ganar en esos 5 minutos críticos decisivos.

En las guerras no hay empates. Nadie quiere un empate o lo gana todo o lo pierde todo. Por ello “no se va a la guerra sin fusil”, ¿cierto?

Y yo te pregunto: Soldado, ¿cómo andas?

A veces perdemos batallas porque ni siquiera nos enteramos que estuvimos en una. Cuando no prestamos atención a nuestra vida, a los pequeños detalles, sin darnos cuenta estamos entrando a un callejón sin salida en donde seguramente seremos acribillados. Por ello bien se menciona en la Biblia: “Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar.” (1Pe 5, 8).

Por otro lado, a veces me he preguntado si no soy un espía del enemigo… a veces deseo perder la batalla, caer en la tentación y meterme en aprietos. ¡Que incomprensible es el hombre! Unos días quiere blanco y otros azul, a veces quiere té, luego café. A veces se compromete con el bien, pero otras desea el mal (o un bien aparente). Haciendo un poco de reflexión, creo que esto sucede porque hemos perdido el enfoque ya que “nadie puede servir a dos amos” (Mt 6, 24).

La tentación de acuerdo al CIC (2847) es algo aparentemente bueno, seductor a la vista y deseable que trae consigo mismo el fruto de la muerte. La tentación no es cualquier cosa y debemos prestarle la atención adecuada, por ello te recomiendo 5 consejos que pueden ayudarte a vencer las tentaciones.
 

1) De cuernos y cola no es exactamente como se ve

Ten en claro que el enemigo no se va a presentar con llamas ardientes, dientes chuecos y malolientes. En la mayoría de los casos, no será una experiencia traumática. Una mejor concepción de él sería: el padre de la mentira (Jn 8, 44) o el seductor del mundo entero (Ap 12, 9).

El pecado no se muestra tal cual es, sino como algo bueno aunque siempre desordenado. Siempre hay algo que no cuadra y tu conciencia te lo hará saber a final de cuentas. Por ello, cuando no sepas si algo que se te presenta es una tentación o una prueba que manda el Señor, pide el don del discernimiento porque si es tentación, te llevará al pecado y con ello a la muerte, si es prueba, te hará crecer y te dará vida. (CIC 2847)

 

2)  Ten una estrategia

Aquel soldado que no conozca su punto débil, está condenado a morir en batalla.

Todos tenemos ese algo que nos hace ser frágiles. Quizás sea la soberbia y la constante insistencia de saberte el mejor, el #1, el que siempre tiene la razón. Quizás sea la vanidad y la necesidad de estar siempre impecable, retocando tu maquillaje o esas horas frente al espejo del gimnasio observando cada repetición de brazo o pierna.

Tú sabes por donde llegan las tentaciones. Te propongo una meta fija, un ideal que te permita mantenerte firme.

Por ejemplo: si uno de tus pecados dominantes es la lujuria, entonces para combatirla necesitas fijarte la meta de la virtud de la castidad. Cuando llegue la tentación, trata de recordar por qué deseas tanto ser casto. Puede ser porque quieres aprender a amar más y mejor… porque quieres darle un gran matrimonio a tu futuro/a esposo/a… o a lo mejor porque quieres ofrecer a Dios un corazón noble y puro.

Siempre existe una virtud para combatir cualquier pecado, realiza un examen de conciencia y localiza tu talón de Aquiles para comenzar a trabajar en ello.

 

3)  Reduce la ansiedad

Cuando estamos ansiosos es más fácil consentir las tentaciones porque necesitamos liberar todo lo que traemos guardado, por ello la tentación se ve como algo noble e inofensivo, incluso bueno para la salud.

Tener rutinas para esos momentos estresantes puede ser una buena estrategia para no caer en ninguna tentación. Cuando estés ansioso realiza algo para contrarrestar los síntomas del estrés.

Ya sea que salgas a correr, pongas música a todo volumen, vayas a misa, llames a tu mejor amigo/a para distraerte o simplemente juegues con alguna aplicación de tu celular es importante que hagas algo diferente en esos momentos estresantes de la vida que pueden llegar a comprometer tu estado de gracia.

 

4)  Ten paciencia

El ser humano es imperfecto y aunque no queramos, nos vamos a equivocar, vamos a caer y nos va a doler.

Sé paciente contigo mismo así como Dios lo es contigo: “El Señor es compasivo y clemente, lento para la ira y grande en misericordia” Salmos 103, 8. No te desesperes y comprende que la vida es todo un proceso de perfeccionamiento.
Cuando caigas no te desesperes, levántate, sacúdete y confiésate lo más pronto posible porque dentro de las mañas del demonio está hacernos creer que el pecado, cuando se presenta como una tentación, es algo inofensivo, algo que realmente no hace daño, pero una vez que hemos caído nos hace pensar todo lo contrario… que esta vez si pasamos el límite, que el daño es irreparable y que no merecemos el amor y perdón de nuestro Señor.

 

5)  Ofrécelo

En el ejercicio diario de la disciplina, se puede alcanzar la santidad. Para fortalecer nuestra voluntad tenemos que aprender a renunciar a pequeños gustos, que si bien no tienen nada de malo, renunciar a ellos nos puede traer mayores beneficios.

Así que cuando el mundo te invite una copa más, cinco minutos más en la cama o un rato más en Instagram, ofrécelo al Señor y pide fortaleza para ese momento y sobre todo para aquel complicado y tormentoso minuto lleno de tentaciones. Recuerda: “el que es fiel en lo poco es fiel en lo mucho” (Lc 16, 10).

La tentación no es el problema, incluso puede llegar a ser un camino de santidad si sabemos cómo salir victoriosos de ella.

Así que como buenos soldados, preparémonos cada día y tomemos cada oportunidad para mostrar nuestra fidelidad al Señor, que mejor ocasión que la tentación para dar grandes muestras de amor.

Sábete siempre acompañado.

 

 

 

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¿Qué son los ejercicios espirituales Ignacianos?

“Los Ejercicios son todo lo mejor que yo en esta vida puedo pensar, sentir y entender, así para el hombre poderse aprovechar a sí mismo, como para poder fructificar, ayudar y aprovechar a otros muchos” (Monumenta Ignatiana, v.1, p.113).

Esta es la opinión que -sin ninguna presunción- daba san Ignacio sobre su libro de Ejercicios Espirituales Ignacianos. Por eso, cuando veía a alguna persona que podía hacer mucho bien en la Iglesia, trataba con todo su afán para que hiciese los Ejercicios Espirituales Ignacianos.

Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola son una secuencia ordenada de meditaciones y contemplaciones -ejercicios- que surgen de la profunda experiencia espiritual que Ignacio vive a partir de su conversión, con el fin de ayudar al que se ejercita en ellos a descubrir cuál es la voluntad de Dios para su vida.

Los Ejercicios Espirituales Ignacianos se remontan al Cuaderno de notas en el que Ignacio describe sus experiencias espirituales durante su visita a la cuidad de Manresa, donde -como lo escribe en su Autobiografía- le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño (Autobiografía 27).

Ignacio decide escribir este Cuaderno de los Ejercicios Espirituales con el propósito de ayudar a otros, comunicándoles las ideas y sentimientos que a él le habían transformado. Por ello, los concibe y realiza mas bien como una guía dirigida -no tanto al que los experimenta-, sino al que los Predica.

El objetivo de los Ejercicios Espirituales Ignacianos es ayudar al ejercitante ayudar al que los experimenta, a discernir y conocer lo que Dios quiere de él, y a desear y elegir esto.

De modo particular, los Ejercicios Espirituales, son muy útiles para organizar la vida diaria de acuerdo a la Voluntad divina, e incluso a descubrir a qué Vocación Dios me esta llamando, para aquellos que todavía no han decidido.

La experiencia completa de los Ejercicios Espirituales Ignacianos dura aproximadamente 30 días, los cuales se hacen en silencio y bajo la guía del Predicador. Pero es posible adaptar el mes de Ejercicios Espirituales a la situación real de cada ejercitante. De aquí que se puedan hacer versiones reducidas de 5 o hasta 3 días.

Incluso ahora se están implementando en algunos lugares los Ejercicios Espirituales Ignacianos guiados por internet. Aunque, Si bien lo óptimo es retirarse a un lugar tranquilo para hacer ejercicios espirituales, y tener la guía de un sacerdote; sin embargo, dado que esto no siempre es factible, existe la posibilidad de hacer ejercicios a distancia, utilizando los beneficios que nos trae internet. Los mismos pueden ser guiados por un sacerdote si el ejercitante decide contactarse con él (que es lo más aconsejable), aunque al registrarse ya puede acceder a la página con las descargas correspondientes a la modalidad escogida, y comenzar el Ejercicio.

 

 

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El Soneto a Cristo Crucificado

 
 
 

 

Sus orígenes

El anónimo Soneto a Cristo crucificado, también conocido por su verso inicial «No me mueve, mi Dios, para quererte», es una de las joyas de la poesía mística en lengua española. Podría considerarse de lo mejor de la poesía en español de la segunda mitad del s. XVI. Aunque su autor permanece desconocido, se atribuye con gran fundamento al Doctor de la Iglesia san Juan de Ávila, aunque algunos lo atribuyen también al agustino Miguel de Guevara.

El argumento más sólido para la atribución a Juan de Ávila, como señala Marcel Bataillon, es que el precedente de la idea central del soneto (amor de Dios por Dios mismo) se halla en bastantes textos del santo:

“El que dice que te ama y guarda los diez mandamientos de tu ley solamente o más principalmente porque le des la gloria, téngase por despedido della.” En sus Meditaciones devotísimas del amor de Dios.

“Aunque no hubiese infierno que amenazase, ni paraíso que convidase, ni mandamiento que constriñese, obraría el justo por sólo el amor de Dios lo que obra.” Glosa del “Audi filia”, cap. L.

La atribución a Santa Teresa de Jesús no se sostiene porque la mística abulense no supo manejar los metros largos; tampoco puede atribuirse a San Francisco Javier ni a San Ignacio de Loyola, porque de ellos no se conserva obra poética alguna estimable. Montoliú, por otra parte, defiende la tesis de que el autor del soneto pueda ser Lope de Vega.

 

 

Soneto a Cristo crucificado

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

 

Reflexionemos desde la perspectiva del soneto

Hoy lo queremos tomar prestado como para hacer una interesante reflexión: ¿Qué te mueve para servir a Dios? ¿En qué te basas para amarlo?

A veces nos equivocamos sobre la forma de amar a Dios, buscamos beneficios o recompensas y evitamos castigos, pero ¿realmente reconozco que soy único y especial para Él? ¿Que me ama sobre todas las cosas y lo único que quiere de mi es mi amor para él?, pero que lo ame sin condiciones, sin ataduras, sin limites, sólo por el placer de amarlo porque a través de su crucifixión me manifestó a gritos su amor.

Por medio de este soneto podemos apreciar el amor incondicional que Dios nos tiene y además nos sirve para reflexionar sobre cómo lo amamos nosotros.

Buscar por qué amamos a Dios es nuestra tarea porque Él sólo pide de nosotros nuestro amor y como menciona Pablo en corintios “el amor es incondicional sin medida y único”.

 

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Siete hábitos diarios para las personas que deseen ser Santas

 

 

 

Nadie nace santo. Se consigue la santidad con mucho esfuerzo, pero también con la ayuda y la gracia de Dios. Todos, sin exclusión, están llamados a reproducir en sí mismos la vida y el ejemplo de Jesucristo, caminar detrás de sus huellas.

Estás leyendo esto porque estás interesado en tomar tu vida espiritual más seriamente de ahora en adelante. Aceptar de corazón uno de los puntos clave del Concilio Vaticano II: la importancia de la doctrina de la llamada universal a la santidad. También conoces que Jesús es el único camino a la santidad “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

El secreto de la santidad es la oración constante la cual puede ser definida como el continuo contacto con la Santísima Trinidad: “reza siempre y sin desfallecer” (Lc. 18:1). Hay varios caminos para llegar a conocer a Jesús. Nosotros vamos a hablar brevemente sobre algunos de ellos en este artículo. Si quieres llegar a conocer, amar y servir a Jesús de la misma forma que aprendes a amar y enamorarte de otras personas: tu esposa, miembros de tu familia y amigos íntimos, por ejemplo, pasando un tiempo considerable con él en forma regular y, en este caso básicamente todos los días. El retorno, si lo haces, es la única verdadera felicidad en esta vida y la visión de Dios en la próxima. No hay sustituto a esto.

La santificación es un trabajo de toda la vida y requiere nuestro determinado esfuerzo para cooperar con la gracia santificante de Dios que viene por medio de los Sacramentos.

Los siete hábitos diarios que propongo consisten en el ofrecimiento de la mañana, la lectura espiritual (Nuevo Testamento y un libro espiritual sugerido por tu director espiritual), el Santo Rosario, la Santa Misa y Comunión, al menos quince minutos de oración mental, la recitación del Ángelus al mediodía y un breve examen de conciencia por la noche. Estos son los principales medios para alcanzar la santidad. Si eres una persona que quiere llevar a Cristo a otros a través de la amistad, estos son instrumentos con los cuales almacenarás la energía espiritual que te permitirá hacerlo. La acción apostólica sin los sacramentos, volverá ineficaz una sólida y profunda vida interior. Puedes estar seguro que los santos incorporaron por uno u otro camino todos estos hábitos en su rutina diaria. Tu objetivo es ser como ellos, contemplativos en el medio del mundo.

3 puntos importantes para prepararnos a cumplir los hábitos: Quiero remarcar varios puntos antes de examinar los hábitos

  1. Recuerda que el crecimiento en estos hábitos diarios son como una dieta o un programa de ejercicio físico, es un trabajo de proceso gradual. No esperes incorporar los siete o aún dos o tres de ellos en tu agenda diaria inmediatamente. No puedes correr una carrera de cinco kilómetros si antes no te has entrenado. Tampoco puedes tocar a Liszt a la tercera clase de piano. Esta prisa te invita al fracaso, y Dios quiera que tengas éxito tanto en tu ritmo como en el Suyo. Debes trabajar cercanamente con tu director espiritual y gradualmente incorporar los hábitos a tu vida en el período de tiempo que corresponda a tu particular situación. Puede ser el caso que por las circunstancias de tu vida se requiera la modificación de los siete hábitos.
  2. Al mismo tiempo tu debes hacer el firme propósito, con la ayuda del Espíritu Santo y tus especiales intercesores, para hacer de ellos la prioridad de tu vida – más importante que comer, dormir, trabajar y descansar-. Quiero aclararte que estos hábitos no se pueden adquirir a las corridas. Ese no es el modo como nosotros queremos tratar a los que amamos. Ellos deben hacerse cuando estemos más atentos durante el día en un lugar en silencio y sin distracciones; donde sea fácil ponerse en presencia de Dios y estar con Él. Después de todo, ¿no es más importante nuestra vida eterna que nuestra vida temporal? Todo esto redundará al momento de nuestro juicio como una cuenta de amor a Dios en nuestro corazón.
  3. Quiero dejar en claro que vivir los hábitos no es pérdida de tiempo. No estás perdiendo el tiempo, en realidad lo ganas. Nunca conocerás una persona que viva todos ellos diariamente que sea menos productiva como trabajador o peor esposo o que tenga menos tiempo para sus amigos o no pueda cultivar su vida intelectual. Todo lo contrario, Dios siempre recompensa a los que lo ponen a El primero. Nuestro Señor multiplicará asombrosamente tu tiempo como multiplicó los panes y los peces y dio de comer a la multitud hasta saciarse. Puedes estar seguro de que el papa Juan Pablo II, la Madre Teresa o San Maximiliano Kolbe rezaban mucho más que la hora y media que se sugiere en estos hábitos repartidos a lo largo del día.

LOS 7 HÁBITOS PARA QUIENES QUIEREN SER SANTOS

Primer Hábito: Ofrecimiento del día por la mañana

El primer hábito es el ofrecimiento del día por la mañana; cuando te arrodillas y, utilizando tus propias palabras o una fórmula, ofreces todo tu día a la gloria de Dios. Lo que no es simple es lo que sucederá antes del ofrecimiento. “Véncete cada día desde el primer momento, levantándote en punto, a la hora fija, sin conceder ni un minuto a la pereza.”

Si con la ayuda de Dios te vences, tendrás mucho adelantado para el resto de la jornada.

¡Desmoraliza tanto sentirse vencido en la primera escaramuza! (San Josemaría- Camino, 191)

En mi experiencia pastoral, quien puede vivir el “minuto heroico” en la mañana y a la noche va a la cama en el tiempo previsto, tiene la energía física y espiritual a lo largo del día para parar lo que este haciendo para cumplir los otros hábitos.

Segundo Hábito: Quince minutos de oración en silencio

El segundo hábito es por lo menos quince minutos de oración en silencio. Puedes agregar otros quince minutos extras en otro momento del día. Después de todo, ¿Quién no desea pasar más tiempo con tan excelente compañía? La oración es una conversación uno a uno, directa con Jesucristo, preferentemente frente al Santísimo Sacramento en el Sagrario. Esta es tu hora de la verdad o tu momento superior. Si lo deseas puedes abrirte y hablar acerca de lo que está en tu mente y en tu corazón. Al mismo tiempo adquirirás el hábito de escuchar cuidadosamente y meditar como otra María (Lc. 10.38-42) para ver qué es lo que Jesús te está pidiendo y qué te quiere dar. Es aquí que nosotros comprendemos su dicho “Sin Mí, nada pueden hacer.”

Tercer Hábito: Quince minutos de lectura espiritual

El tercer hábito son quince minutos de lectura espiritual que usualmente consistirá en unos pocos minutos de sistemática lectura del Nuevo Testamento, para identificarnos con la Palabra y acciones de nuestro Salvador. El resto del tiempo en un libro clásico de espiritualidad católica recomendado por tu director espiritual. En cierto sentido, es el más práctico de nuestros hábitos porque a través de los años leeremos varias veces la vida de Cristo y adquiriremos la sabiduría de los santos y de la Iglesia junto con la lectura de docenas de libros, los cuales enriquecerán nuestro intelecto. También podremos poner las ideas allí expresadas en acción.

Cuarto Hábito: Participar en la Santa Misa y Recibir la Santa Comunión en estado de gracia

El cuarto hábito es participar en la Santa Misa y recibir la Santa Comunión en estado de gracia. Este es el hábito más importante de todos los siete (cfr. Jn. 6, 22-65). Ella debe estar muy en el centro de nuestra vida interior y consecuentemente de nuestro día. Este es el acto más íntimo, posible del hombre. Encontramos a Cristo vivo, participamos en la renovación de Su sacrificio por nosotros y nos unimos a su cuerpo y alma resucitado. Como el papa Juan Pablo II dijo en su Exhortación Apostólica Ecclesia in America “La Eucaristía es el centro viviente y eterno centro alrededor del cual la comunidad entera de la Iglesia se congrega” (n°35).

Quinto Hábito: Rezar cada día al mediodía el Angelus o Regina Coeli

El quinto hábito es rezar cada día al mediodía el Angelus o Regina Coeli, invocando a Nuestra Santísima Madre de acuerdo al tiempo litúrgico. Esta es una costumbre católica que se remonta a muchos siglos. Este es un hermoso modo de honrar a Nuestra Señora por un momento. Como niños recordamos a Nuestra Madre durante el día y meditamos sobre la Encarnación y Resurrección de Nuestro Señor, el cual da sentido a toda nuestra existencia.

Sexto Hábito: El rezo del Santo Rosario cada día

El sexto hábito también es Mariano. El rezo del Santo Rosario cada día y la meditación de los misterios, los cuales versan sobre la vida de Nuestro Señor y Nuestra Señora. Es un hábito que, una vez adquirido es difícil abandonar. Junto con la repetición de las palabras de amor a María y el ofrecimiento de cada decena por nuestras intenciones, nosotros tomamos un atajo hacia Jesús el cual pasa a través del corazón de María. El no puede rechazar nada de Ella.

Séptimo Hábito: Breve examen de conciencia por la noche antes de ir a la cama

El séptimo hábito es un breve examen de conciencia por la noche antes de ir a la cama. Te sientas, pides luces al Espíritu Santo y por varios minutos revisas tu día en presencia de Dios preguntándote si te has comportado como un hijo de Dios en el hogar, en el trabajo, con tus amigos. También miras una particular área, la cual tu tienes identificada con ayuda de tu director espiritual, quien conoce tus necesidades para mejorar y llegar a la santidad. También puedes hacer una rápida mirada para ver si has sido fiel en los hábitos diarios que hemos discutidos en este artículo. Luego haces un acto de gratitud por todo lo bueno que has hecho y recibido, y un acto de contricción por aquellos aspectos en los que voluntariamente has fallado.

Si una persona honestamente mirase su día, no importa cuán ocupado esté, (y nunca me pareció encontrarme con gente que no esté muy ocupada a no ser que esté permanentemente retirada), puede frecuentemente encontrar que usualmente mal gasta un poco de tiempo cada día. Piensa, ¿qué necesidad hay de una taza de café extra cuando puedes usar ese tiempo para visitar el Santísimo Sacramento, quince minutos antes de comenzar el trabajo? O la media hora o mucho más, gastada mirando programas de televisión o videos. También es común, gastar tiempo durmiendo en el tren o escuchando la radio en el auto cuando puede ser usado para rezar el Rosario. Como también, ¿el diario no lo puedes leer en diez minutos en lugar de veinte dejando espacio para la lectura espiritual?

¿Y esa comida no podría hacerse en media hora dejando espacio para la Misa? No olvides que esta media hora es tiempo mal gastado cuando al final del día podrías haberla usado para una buena lectura espiritual, examinar tu conciencia e ir a la cama a tiempo para recuperar energías para las batallas del día siguiente. La lista continúa. Puedes hacer la tuya.

Sé honesto contigo y con Dios. Estos hábitos, vividos bien, nos capacitan para obedecer la segunda parte del gran mandamiento amar a los otros como a nosotros mismos. Estamos en la tierra como estuvo el Señor “para servir y no para ser servido.” Esto sólo puede ser alcanzado junto a nuestra gradual transformación en otro Cristo a través de la oración y los sacramentos. Viviendo estos siete hábitos llegaremos a ser personas santas y apostólicas, gracias a Dios. Ten por seguro que, cuando caigamos en algo grande o pequeño, siempre tendremos un Padre que nos ama y espera en el Sacramento de la Penitencia y la devota ayuda de nuestro consejero espiritual para que volvamos a nuestro curso correcto.

 

 

 

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Los 7 pilares de la espiritualidad católica

 

Ser Católico es más que pertenecer a  una religión. Consiste en ser discípulo de Cristo en constante formación.  Por eso te proponemos 7 pilares de formación sobre cuales todo Cristiano debería de edificar su fe:

La confesión

Es el Sacramento mediante el cual Dios nos perdona los pecados cometidos después del Bautismo y recuperamos la vida de gracia, es decir, la amistad con Dios. Es la gran oportunidad que tenemos para acercarnos de nuevo a Dios que es nuestra verdadera felicidad.

 

La oración

La oración es a la vez algo fácil y difícil. Fácil porque hablar con Dios es algo que podemos hacer en cualquier momento, prácticamente en cualquier circunstancia. Y es difícil porque a veces no sabemos exactamente qué es hacer oración, porque las ocupaciones diarias nos absorben o simplemente porque hay una gran resistencia a sentarse un rato para hablar con Dios.

[Puedes ver : 5 formas de orar]
 

Eucaristía

La Eucaristía es el sacrificio mismo del Cuerpo y de la Sangre del Señor Jesús, que Él instituyó para perpetuar en los siglos, hasta su segunda venida, el sacrificio de la Cruz, confiando así a la Iglesia el memorial de su Muerte y Resurrección. Es tan importante recibir el motor que mueve nuestra fe y nuestro Espíritu. Se trata de alimentarnos del cuerpo y la sangre de Jesús y hacerlo parte de nosotros para llevarlo a los demás.

 

Las escrituras

Es tan importante como Dios pues es palabra de Dios. Hoy día en muchas familias católicas encontramos la Biblia como el libro sagrado de la casa. Ojalá que pronto llegue el día que cada católico sea un asiduo lector de la Escritura Sagrada.Lectura espiritual 

 

Ayuno

Ayunar significa empobrecer el alma, rehusar su subsistencia por medio de abstenerse de alimento. El ayuno en las escrituras descansa sobre la verdadera auto-humillación y penitencia. El ayuno es el método de Dios para subyugar el alma carnal bajo la soberanía de Su Espíritu. El ayuno es un acto de expresar y demostrar pena por el pecado, es una expresión externa de la pena y dolor interno por el pecado.

 

Rosario

¡Cuántas personas han logrado verse libres de pecados y de malas costumbres el dedicarse a rezar con devoción el santo Rosario! ¡Cuántos hay que desde que están rezando el Rosario a la Virgen María han notado como su vida ha mejorado notoriamente en virtudes y en buenas obras! Son muchísimos los que por haber rezado con toda fe su Rosario lograron obtener una buena y santa muerte y ahora gozan para siempre en el cielo.

 

Lectura espiritual

La lectura espiritual nos fortalece el espíritu de iglesia así como la voluntad de siempre buscar la santidad. A veces con  ver testimonio de otros hermanos nos motive  a  replantear muchas cosas en nuestra vida y nos ayuda a profundizar en el autoconocimiento.

 

 

 

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Cosas que debes saber sobre los ángeles

 

  1. ¿Quiénes son los Ángeles?

El catecismo de la Iglesia Católica manifiesta que “La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición” (CIC  328). La Sagrada Escritura los presenta como criaturas de Dios. “Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por Él y para Él” (Col 1, 16). Son servidores de Jesucristo, en la Escritura hemos visto cuando Jesús fue tentado, los Ángeles se le acercaron para servirle (Mt 4, 11).

Los Ángeles son mensajeros de Dios. En la escritura podemos encontrar muchos ejemplos de la acción de ellos en la vida del hombre. (Gn 18; Dn 10, 9-12; Is 6, 2; Sal 90,11; Lc 2,9). El ejemplo más grande que tenemos es como San Gabriel le anunció a la Santísima Virgen que sería madre del Salvador (Lc 1, 26).

 

  1. ¿Existe alguna Jerarquía entre ellos?

En la Epístola de San Pablo a los Colosenses (Col 1, 16) se hace referencia a los tronos, dominaciones, los principados y las potestades. De acuerdo al padre de la Iglesia, Pseudo Dionisio, existen tres jerarquías de ángeles con tres coros cada una, sumando un total de nueve Coros u Ordenes Angélicos.  La primera Jerarquía: Serafines, Querubines y Tronos. La Segunda Jerarquía son las Dominaciones, Virtudes y Potestades y finalmente, la Tercera Jerarquía son Principados, Arcángeles y Ángeles.

Teniendo clara la jerarquía de los Ángeles, ahora nos enfocaremos en los Ángeles custodios/ Ángel de la guarda:

 

  1. ¿Cuál es la misión de los Ángeles Custodios?

La misión de los Ángeles custodios la podemos encontrar en la Sagrada Escritura: Éxodo 23, 20-23: “Yo enviaré un ángel delante de ti, para que te cuide en el camino y te lleve a la tierra que yo te he preparado. Respeta su presencia y escucha su voz; no te rebeles contra él, porque no perdonará vuestra infidelidad, pues mi nombre está en él. Si obedeces su voz y haces cuanto yo te diga, seré enemigo de tus enemigos y adversario de tus adversarios; porque mi ángel irá delante de ti.”

 

  1. ¿Qué han dicho los Papas acerca de los Ángeles?
  • San Pío X: “los ángeles son las criaturas más nobles creadas por Dios”.
  • San Juan Pablo II: La Iglesia confiesa su fe en los Ángeles Custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su protección con una oración frecuente”.
  • Benedicto XVI: “El Señor está siempre cercano y operante en la historia de la humanidad, y nos acompaña también con la presencia singular de sus Ángeles, que hoy la Iglesia venera como “Custodios”, o sea, ministros de la divina premura para todo hombre”.
  • Papa Francisco:El ángel de la guarda está siempre con nosotros (…) Esta es una realidad. Es como un embajador de Dios con nosotros. Y el Señor nos aconseja: ‘¡Ten respeto por su presencia!””.

 

  1. ¿Tienen un día especial?

Sí. La fiesta de los Santos Arcángeles (Miguel, Rafael y Gabriel) se celebra el 29 de septiembre. La fiesta de los Santos Ángeles custodios se celebra el 02 d octubre.

 

  1. ¿Son ciertos los postulados de la Nueva Era acerca de los Ángeles?

No. La Nueva Era pregona una enseñanza de los Ángeles no bíblica. Todas las prácticas y libros que hablan acerca de la angelología y la mezclan con prácticas esotéricas, lectura del tarot, piedras mágicas, “contactos” con los ángeles mediante médium están totalmente alejados y contrarios a nuestra fe. ¡No te dejes engañar!

 

  1. ¿Yo tengo un Ángel Custodio?

Sí. San Basilio Magno dijo: “Nadie podrá negar que cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducir su vida”. El Catecismo de la Santa Iglesia lo asegura: “Desde su comienzo (cf Mt 18, 10) hasta la muerte (cf Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf Sal 34, 8; 91, 10-13) y de su intercesión” (CIC 336).

 

  1. ¿Existen santos devotos de su Ángel custodio?

.  ¡muchos! Te comparto algunas frases de diversos santos que fueron cercanos con su Ángel custodio:

  • San Ambrosio: “¿Cómo pueden los ángeles estar lejos, cuando nos fueron dados por Dios para ayudarnos? Ellos no se apartan de nosotros, aunque aquel que es asaltado por tentaciones, piense que están lejos”.
  • San Juan de la Cruz: “Los ángeles son nuestros pastores; no sólo llevan a Dios nuestros mensajes, sino que también nos traen mensajes de Dios. Ellos nutren nuestras almas de dulces inspiraciones y de comunicaciones divinas; son buenos pastores que nos protegeny nos defienden contra los lobos, es decir, contra los demonios”.
  • Santo Tomás de Aquino: “Nuestro Ángel de la Guarda participa en todos los beneficios que recibimos de Dios, porque él nos ayuda a obtenerlos.”
  • San Juan María Vianney (el Cura de Ars): “Qué feliz es ese Ángel de la Guarda que acompaña al alma cuando va a Misa”.
  • San Jerónimo: “Grande es la dignidad de las almas cuando cada una de ellas, desde el momento de nacer, tiene un Ángel destinado para su custodia.”
  • San Pio de Pietrelcina:Si me necesitas, mándame tu ángel custodio”

 

  1. ¿Existe una oración especial para mi Ángel Custodio?

La Santa Iglesia propone, entre otras, las siguientes oraciones: Ángel de Dios, que eres mi custodio, pues la bondad divina me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, defiéndeme y gobiérname. Amén.”

“Ángel de mi guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería. Hasta que amanezca en los brazos de Jesús, José y María. Amén.”

 

  1. ¿Cómo puedo tener una buena relación con mi Ángel?

La mejor manera de tener una buena relación con tu Ángel Custodio es tener una vida de oración constante y profunda. Tal como lo hemos mencionado anteriormente, nuestro Ángel está ahí para enseñarnos, ayudarnos, protegernos, asistirnos en nuestro día a día. Dios nos ha dicho en Su Palabra que respetemos su presencia. Dios quiere que obedezcamos a nuestro Ángel en todas esas inspiraciones que surgen en nuestro corazón que nos llevan a Dios, respetando las enseñanzas de la Santa Iglesia.

Si tú tienes una vida sacramental sólida, eso te acercará más a Dios y a Su Voluntad, acercándote así, a tu Ángel Custodio. No olvides que él ha sido asignado a tu vida por Dios para acompañarte en tu camino al cielo. Él está a tu lado como un amigo fiel, para protegerte del maligno. No dudes en pedirle su auxilio para ser un mejor cristiano y discípulo de Jesús.

 

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No puedo perdonar…

 

El quinto mandamiento de la Ley de Dios, –no matarás– ordena no hacer daño a la propia vida o a la de otros con palabras, obras o deseos (odio); es decir, querer bien a todos y perdonar a nuestros enemigos. El desear la muerte a sí mismo o a otro, es pecado grave si se hace por odio o desesperación rebelde. El odio es incapaz de liberar a nadie. Sólo sirve para fomentarlo más y en la historia humana nadie ha conseguido ser libre gracias al odio.

El odio nunca está justificado para un cristiano.

Las riñas, los insultos, las injurias, etc., pueden, a veces, llegar a ser pecado grave si se desea en serio un mal grave a otro, si se falta gravemente a la caridad y si son la exteriorización del odio. Pero de ordinario no lo son, ya sea por inadvertencia, ya porque no se les dé importancia, etc. Cuando dos riñen, de ordinario cada uno tiene la mitad de la razón y la mitad de la culpa; pero cada cual mira la parte que él tiene de razón y la que el otro tiene de culpa. Por eso no se ponen de acuerdo.
Las riñas empiezan generalmente por pequeñeces, pero con el calor de la discusión se van desorbitando hasta terminar en enemistades profundas…, y, a veces, en crímenes. Lo mejor en las riñas es cortarlas desde el principio sin permitir que adquieran grandes proporciones. Y si uno se encuentra de mal humor, seguir el consejo de aquel inglés que contaba hasta diez antes de contestar. Con calma y con sensatez se evitarían muchos rencores nacidos generalmente por pequeñeces.

La venganza personal no está permitida en ningún sentido.

Cristo la prohibió. Si fuese permitida, no se podría vivir en el mundo, todos nos creeríamos con derecho a vengarnos de alguien. No: hay que perdonar a los enemigos, y dejar que Dios los castigue en la otra vida, y la Autoridad Pública en este mundo. Como dice San Pablo, hay que saber «vencer al mal con el bien».

Es necesario saber perdonar a las personas que nos hayan ofendido.

Es, desde luego, indispensable estar dispuestos a conceder el perdón si nos lo piden, quedándonos satisfechos con una moderada reparación. Quien niega el perdón a su hermano, es inútil que espere el perdón de Dios. En el «Padrenuestro» tiene su sentencia: como él no perdona, tampoco Dios le perdonará. Lo dijo Jesucristo.

Y no seamos fáciles en echar al otro toda la culpa.

Ordinariamente la culpa hay que repartirla entre los dos. Uno fue el que empezó, pero el otro contestó con ofensa más grave. Si los dos están esperando a que sea el otro el que se adelante a pedir perdón, la cosa no se arreglará nunca. El que sea más generoso con Dios es el que debe tomar la iniciativa.
Cristo habla de poner la otra mejilla. Es una fórmula oriental hiperbólica para dar a entender que debemos estar dispuestos al perdón; pero no es para que lo entendamos al pie de la letra. El mismo Cristo al ser abofeteado no puso la otra mejilla, sino que respondió con toda energía, verdad y dominio propio: «Si he respondido mal, muestra en qué; mas si bien, ¿por qué me hieres?».

Si la culpa ha sido nuestra tenemos obligación de pedir perdón de alguna manera, pero incluso, aunque sea claro que toda la culpa es del otro, da una muestra de virtud el que se adelanta a otorgar el perdón, por ejemplo, dirigiéndole amablemente la palabra, ofreciendo un servicio, reanudando el saludo, etc. Durante un tiempo puede manifestarse el disgusto, por ejemplo, con una actitud más seria y distanciada; pero esto no debe durar indefinidamente. Salvo en algunos casos excepcionales de ofensas gravísimas, es muy de aconsejar que al cabo de cierto tiempo se reanuden los saludos ordinarios entre gente educada. Negar el saludo no es cristiano. Si el otro no contesta allá él; pero que la cosa no quede por tu parte.

Cuando han fracasado ya varios intentos de reconciliación, o el otro se niega obstinadamente a devolver el saludo, o si parece cierto que nuestro esfuerzo por la reconciliación puede ahondar la mala voluntad del otro, será mejor esperar otra ocasión. Pero no abandonar el deseo de reconciliación, ni escudarse en esta dificultad para no reconciliarse, por no desearlo. Nuestra voluntad de reconciliación debe ser sincera. Si el otro no quiere saludarnos o hablarnos, nosotros debemos estar dispuestos a hablarle cuando él lo desee, y saludar cuando él nos salude. A veces puede facilitar la reconciliación la ayuda de una tercera persona.
Distingue, con todo, entre el rencor admitido y un cierto distanciamiento para evitar el chocar de nuevo. Y también entre el sentimiento de la ofensa y el resentimiento admitido voluntariamente. Aunque la ofensa recibida nos duela, no podemos desear mal a nadie. Esta voluntad de perdonar puede unirse a un sentimiento inevitable de la ofensa recibida. Muchos se refieren a este sentimiento cuando dicen que no pueden perdonar.

Es posible que la serenidad de espíritu, después de la ofensa, requiera un tiempo mínimo para sobreponerse al dolor. Una prueba de esta sincera buena voluntad sería orar por el ofensor, nunca hablar mal de él y pedir a Dios la gracia de saber perdonar. Cuando tengas antipatía por una persona, pide por ella. Y cuando tengas ganas de desearle algo malo, reza por ella un «Padrenuestro». Dice Jesucristo: «rogad por los que os persiguen».

Y si el que consideramos nuestro enemigo estuviera en una necesidad grave y no pudiera salir de ella sin nuestro especial auxilio, tenemos obligación de ayudarle, porque en estos casos hay obligación de atender al prójimo aunque sea enemigo.

No es odio a una persona odiar lo que hay de malo en ella o el mal que nos causa injustamente a nosotros o a otros. El amor a nuestros enemigos que pide el Evangelio no obliga a la amistad con ellos, sino que prohíbe el odio y la venganza o el desearles algún mal y manda tener un deseo de reconciliación.

«El ofendido está obligado siempre a perdonar al ofensor que le pide perdón, en forma directa o indirecta. Si se niega a hacerlo, comete un grave pecado contra la caridad, y regularmente no podrá ser absuelto mientras continúe en su obstinación».

Por supuesto que es lícito exigir una reparación del daño recibido, pero no por odio ni por venganza, sino por deseo de justicia. La buena voluntad de perdonar de corazón a los que nos han ofendido no excluye utilizar todos los medios justos para que se haga justicia.

Es verdad que hay personas que son indignas de nuestro perdón;

pero nosotros no perdonamos porque ellas lo merezcan, sino porque lo merece

Jesucristo, que es quien nos lo pide. Para eso nos dio Él su ejemplo: fue mucho más ofendido que nosotros y sin embargo perdonó. No sólo en su corazón, sino que lo manifestó exteriormente. El perdón de Cristo en la cruz es el modelo que debemos imitar. Las almas generosas tienen en esto un inmenso campo de perfección y santificación.
El mundo de los hombres no puede hacerse cada vez más humano si no introducimos el perdón -que es esencial en el Evangelio- en las relaciones de unos con otros.

 

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¿Por qué Jesús hacía milagros?

 

El mensaje de Jesús y su estilo personal nos ha dejado un profundo interrogante: ¿Quién es Jesús? Nadie ha hablado como Él; ha hecho añicos la piedad farisea; ha presentado de Dios una concepción que, empalmando con lo más puro del pensamiento hebreo, lo ha desbordado al mismo tiempo por completo. Su palabra es sublime, única, trascendente. Pero, ¿qué garantías da? ¿Qué ha hecho Jesús que le autorice a hablar así? Si abrimos los Evangelios veremos que las palabras de Jesús van unidas íntimamente a unas obras excepcionales que las acreditan y las hacen eficaces. Son los milagros. Sus milagros son signos inequívocos de la llegada del Reino que Él predica.

Los milagros son la garantía y la confirmación de su palabra y predicación, pues predicación y obras van íntimamente unidas. Además, los milagros son signos inequívocos de la llegada del Reino y manifestan el dominio que Él tiene sobre todos los seres de la creación: sobre los espíritus, los hombres y los seres irracionales. Antes de realizar el milagro Cristo pide fe y humildad. Con los milagros, Jesús busca la conversión y la vuelta a Dios.

 

  1. Características de los milagros de Jesús

No se puede separar el mensaje de Jesús con los signos o milagros, pues éstos confirman el mensaje.

Jesús realiza siempre sus milagros en el contexto del Reino, buscando la conversión. Por eso reprende a las ciudades de Cafarnaún, Corazaín y Betsaida, porque, habiendo visto los milagros que han visto, no se han arrepentido (cf Mt 11, 20-24).

Jesús realiza los milagros como signos de que ha llegado el Reino. Fuera de este contexto no obra milagro alguno. Cuando le piden un número de circo, como en el caso de Herodes o en su propio pueblo, se niega en redondo (cf Mc 6, 5; Lc 23, 9).

Jesús obra los milagros en nombre propio. No los hace en nombre de Yavé, como los profetas en el Antiguo Testamento. Sus palabras son: “Yo te lo digo, yo te lo ordeno”.

Jesús los hace con total sencillez y movido por el amor. Nada de formas mágicas, ni intervención quirúrgica; nada de procesos hipnóticos o sugestión. Realiza los milagros conmovido en su corazón y siempre en un contexto religioso. La máxima discreción circunda su actividad taumatúrgica. Nunca se busca a sí mismo, nunca obra un milagro para deslumbrar. A los curados recomienda silencio. Cuando el pueblo le exalta, Jesús se marcha (cf Jn 6, 15; Mc 5, 39; Jn 11,6). Nunca obró prodigios punitivos para deslumbrar o explotar el miedo del pueblo supersticioso, como vemos en los apócrifos.

Los milagros de Cristo tienen también una dimensión apologética, es decir, los realiza como signos de que el Padre le ha enviado. Nicodemo así lo reconoce (cf Jn 3, 2). O el ciego de nacimiento (Jn 9, 33). Sus obras prueban, por tanto, su origen divino (cf Jn 5, 36).

 

2 Sentido de los milagros de Jesús

Jesús con sus milagros, curaciones, exorcismos pretende destruir efectivamente el dominio de Satanás, que subyuga al hombre por medio del pecado, la enfermedad y la muerte; y así, establecer el reino de Dios en la tierra y en cada corazón. Jesús con sus milagros manifiesta su omnipotencia y su divinidad, hechas amor por el hombre.

Tratando de resumir el sentido teológico de los milagros diremos lo siguiente:

  • Son signos de contenido religioso y están conectados con la presencia del Reino.
  • Son signos de contenido soteriológico y manifiestan que Dios salva y es capaz de salvar en el tiempo. Jesús trae la salvación completa (cuerpo y alma), una salvación sobre todo espiritual, una salvación eterna.
  • Son signos de sentido cristológico: Jesús es el milagro primero de donde se derivan los otros.
  • Son signos de contenido trinitario: el origen y la raíz de los milagros es la unión de Cristo con su Padre, en el Espíritu Santo.
  • Son signos de contenido escatológico, pues hacen presente una realidad que aún está escondida: el triunfo de Dios y la transformación de la naturaleza en obediencia a la voluntad de Dios.

 

  1. Los milagros de Jesús y la historia

Hay quien admite sin problemas la historicidad del mensaje de Cristo, pero no la de sus milagros. Contestemos.

Los relatos de los milagros en los evangelios no son un apéndice del que se pudiera prescindir. En concreto, en el evangelio de Marcos, si prescindimos del relato de la pasión, los milagros de Cristo suponen el 47% de su Evangelio. Como dice Trilling: “Los relatos de milagros ocupan tan extenso lugar en los Evangelios que sería imposible que todos ellos hubieran sido inventados posteriormente y atribuidos a Jesús” [1].

Además, los milagros aparecen estrechamente unidos al mensaje de Jesús. Ambos, predicación y milagros, aparecen como signos de la llegada del Reino: tienen la misma intención y responden a la misma lógica.

Otro dato importante es que muchos milagros de Jesús tuvieron un carácter público. No se trata de rumores, sino de milagros hechos delante de todo Israel, como la multiplicación de los panes (cf Jn 6) o la resurrección de Lázaro, que fue comprobada por los judíos de Jerusalén (cf Jn 12, 18).

Es más, los Evangelios fueron escritos cuando todavía vivían los contemporáneos de Jesús, que podrían haber negado sus milagros, o haber dicho que eran falsos. De hecho, nadie, ni siquiera los enemigos de Jesús, negaron que Jesús realizara prodigios. Los fariseos no los pueden negar y usan el recurso de atribuirlos al poder del diablo (cf Mt 12, 26-27). Es curioso que una tradición judía que aparece en el Talmud babilónico hable también de los milagros de Cristo atribuyéndolos a la magia.

La historicidad de los milagros de Cristo queda garantizada no sólo por el hecho de que aparecen en todas las fuentes que componen los Evangelios, sino porque, si se les compara con los relatos helénicos de milagros, aparece una evidente diferencia con ellos, aunque estén relatados con la misma estructura (exposición de la enfermedad, petición de curación, curación y acción de gracias). Los de Cristo son sobrios, no hay magia ni artilugios raros; siempre en contexto de oración.

El hecho de que un mismo milagro sea narrado con algunas diferencias entre los evangelistas avala la historicidad, pues siempre coinciden en lo fundamental. Las diferencias provienen del estilo mismo de los evangelistas, su finalidad concreta para su auditorio concreto. Por ejemplo:

* Mateo narra lo esencial de los milagros y deja los detalles, lo anecdótico: su interés se concentra en Jesucristo. Describe los milagros para enseñar la doctrina de Jesús, para orientar en su seguimiento. Los milagros son un medio excelente para mostrar el cumplimiento de las promesas hechas en el A.T. y para enseñar cuál es la postura cristiana, cómo se debe creer y esperar. La llegada de Jesús y sus acciones proclaman que Jesús es el Mesías prometido y que se le debe seguir.

* Marcos describe los milagros añadiendo datos pintorescos que parecen tener una importancia secundaria: dice el nombre del curado (10, 46) y sus reacciones espontáneas. Los milagros son signos de la gran novedad y de la autoridad de Jesús. Después de realizar los milagros, aparece el comentario: la admiración de los que han visto el hecho, su temor, su alabanza, su adoración (1, 27; 2, 12; 4, 41; 5, 14.20.42; 7, 37). La palabra y la acción poderosa de Jesús van juntas, para destruir el poder del maligno y hacer presente el Reino de Dios. El silencio cristiano, el ocultamiento del misterio de Jesucristo en Marcos tiene una finalidad concreta: no desvirtuar el mesianismo religioso de Jesús y convertirlo en político.

* Lucas interpreta, conforme a su teología, los milagros como la presencia misericordiosa de Dios en Jesucristo. Por ello son motivo para alabar y glorificar (18, 43; 23, 47). Los milagros son muy importantes para mostrar que la salvación ya se está realizando en el tiempo de Jesús, que es el tiempo de la gracia. La fuerza de la curación está en el mismo Jesús.

* Juan narra un número pequeño de milagros (siete). Y cada milagro tiene una significación profunda: la curación del paralítico le da ocasión para exponer que Jesús obra como el Padre (5, 17); la multiplicación de los panes para decir que Jesús es verdadero pan (6, 35); la curación del ciego, para darle a conocer como la luz del mundo (9, 57); la resurrección de Lázaro, para mostrarle como la Resurrección y la Vida (11, 25). Los milagros que realiza Jesús muestran su ser. Por eso los que no los aceptan son culpables (10, 37; 15, 24). Estos milagros no son importantes por ser hechos maravillosos, sino por lo que significan: dan testimonio de que el Padre le ha enviado (5, 36), son la manifestación de la común acción entre Jesús y su Padre (10, 30; 14, 11).

No cabe decir que los milagros de Cristo son ambiguos y que sólo la fe los puede discernir: no son ambiguas las obras de Dios, sino el corazón del hombre. Cristo lo dice claramente: “Si no me creéis por lo que os digo, creedme al menos por las obras” (Jn 10, 38).

 

CONCLUSIÓN

Los cristianos más sencillos tienen una gran capacidad para comprender la presencia de Dios en su historia. Recurren a Él frecuentemente y experimentan su ayuda. Esta es una verdadera experiencia cristiana. Ahora bien, cuando se den casos de desequilibrios psicológicos y de engaños milagreros, será la misma Iglesia, como Madre y Maestra, la que irá orientando amorosamente a sus hijos, para que no caigan en excesos. Como también explicará, cuando sea necesario, a quienes se dejen llevar de racionalismo exacerbado y nieguen todo hecho sobrenatural, comprobado y ratificado, para que sepan abrirse con fe a la acción de Dios que obra, no en contra de las leyes físicas, sino más allá de las leyes físicas.

 

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Rezando el rosario en un autobús.

 

Una de las formas más populares y reconocibles de oración en la iglesia católica es el rezo del Santo Rosario.

Los católicos consideramos que el rosario es un ejercicio piadoso que combina oración vocal y la contemplativa y puede realizarse en cualquier parte que se crea conveniente.

A continuación, una experiencia personal de un Sacerdote rezando el Rosario en un autobús.

Antes de ser misionero yo no acudía mucho a misa, pero un día tome la decisión y comencé a participar. Acudía todos los domingos a la parroquia del Sagrado Corazón en LosÁngeles California.

Miraba a mucha gente ir en familia y a solas. Algunas veces me gustaba tanto la misa que me quedaba hasta tres seguidas en un mismo domingo. No era el único, no falta la viejecita que se queda a dos o tres misas también para rezar por la familia o por sus diferentes necesidades.

Ahí conocí a una, era seria y fría en su mirada. Pronto me ubicó y un día de tantos se me acercó. Pero había un pequeño problema, ella era italiana y no hablaba mucho español y yo no hablaba ni inglés ni italiano.

A señas y a medias palabras entre inglés, español e italiano platicamos algunas cosas. Tanto a ella como a mí nos gustaba llegar con mucho tiempo de anticipación. Yo perfeccioné mi inglés y pude entenderle mejor.

Un día, ella me regaló un rosario. Yo no sabía cómo se rezaba y se lo dije. El otro día, me regaló un tríptico, una hoja donde se explicaba cómo rezarlo en español.

Así empecé. Lo hacía a escondidas cuando iba por la calle. Tenía miedo a la burla. De mi casa a mi trabajo, en las mañanas, cuando estaba en el parque o antes de dormir rezaba. Siempre con miedo a la crítica.

 

Sorpresa rezando el Rosario en el autobús

Un día en la mañana cuando me dirigía a mi trabajo mire que mi acompañante de asiento en el autobús se escondía un poco para leer un pequeño libro que apenas cabía en sus manos.

Mi curiosidad fue tanta que me doble un poco hacia atrás para ver qué era lo que leía. Me alegre al ver el título de su librito: “Santo rosario”. Yo no pude más que sonreír para mis adentros. Me alegré como cuando encontramos a un familiar después de mucho tiempo.

Me sentía identificado. Yo abrí un poco mi puño y vi mi rosario y el número de cuenta que llevaba.

La estación donde yo bajaba estaba ya cerca y antes de ponerme de pie para bajarme del autobús le di un pequeño codazo a mi acompañante (que dicho sea de paso no conocía pero desde ese momento me sentí unido a él) volteó a mirarme como sorprendido y nervioso por sentirse descubierto.

Le mostré lo que llevaba en mi mano. No me detuve a ver la expresión de su rostro pero espero y haya sido como la mía.

Infinita alegría al sentirme unido con otra persona que rezaba el rosario en el mismo momento, en mismo autobús con un mismo corazón.

La oración nos une y nos hace hermanos unos con otros.

No dejemos de rezar en ningún momento, aun así cuando vamos caminando, viajando o cuando vamos a dormir. Cuando se reza nos enlazamos con Dios

 

 

 

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María Magdalena:

La pecadora arrepentida

De no ser por los Evangelios y por lo que Jesús hizo con ella, nadie la recordaría hoy

 

Era «una mujer pecadora que había en la ciudad» y se le perdonaron los pecados «porque había amado mucho».

 

El relato de san Lucas (7, 36-50) introduce a esta mujer en la historia de los hombres y ya estará en ella hasta el fin; de no ser por los Evangelios y por lo que Jesús hizo con ella, nadie la recordaría hoy; su vida habría pasado como un anónimo de baja calidad olvidado por todos. Leyendo la escena de lo que pasó en casa de Simón no se descubre su nombre; fue una delicadeza de autor tan humano y fino que no quiso ponerla en evidencia. Hizo bien, porque como la malicia de los hombres y mujeres con sus evidentes debilidades no tienen nada de atractivo ni de originalidad, prefirió resaltar la misericordia sin límite de Jesús. Luego, cuando ya no tuviera dentro «los siete demonios» que tuvo, sí sería oportuno escribir el nombre de María Magdalena, como hace Lucas en el capítulo siguiente.

Sin que pueda afirmarse de modo absoluto la identidad entre María Magdalena, la pecadora sin nombre, con la hermana de Lázaro y de Marta que se llamaba María a la que habría de suponer una época de extravíos juveniles, parece que la coincidencia de rasgos comunes en los relatos evangélicos –preferencia por los pies de Jesús y ser amiga de ungüentos perfumados–, justifican la fusión que de ambas figuras hace la tradición cristiana como queda expresada en la liturgia y en el martirologio.

Quizá fue un reproche de Jesús lo que la llevó al cambio, pero no lo sabemos; o a lo mejor fue una mirada de Jesús encontrada en alguno de aquellos momentos en los que la había situado su curiosidad por desear ver al joven Rabí de Nazaret; o la afirmación agresiva que hizo Jesús –para aclarar la mente de los que pensaban que eran buenos– de que «los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de los Cielos». El caso es que comenzó a sentirse incómoda consigo misma desde que le escuchó aquello de «bienaventurados los limpios» que verían a Dios. Hablaba mucho Jesús de la misericordia divina y, sin poderlo explicar, María no podía distraerse del deseo vehemente de estar cercana; le parecía que nadie hasta entonces entendía tanto de las profundidades de ese corazón bueno de Dios y ella comenzó a notar en su interior un deseo acuciante de bondad y de bien. El Nazareno disfrutaba hablando de la misericordia divina con los pecadores, rompió las reglas de juego admitiendo entre sus amigos a indeseables, y hasta dijo aquella verdad de que el médico está para los enfermos, que lo sanos no lo necesitan. María se siente colocada frente a sí misma; comenzó a darle asco su vida. La enseñanza variopinta del Maestro hablaba del padre bueno que espera la vuelta del hijo que se fue, y del pastor que busca cuidadoso a la oveja que se extravió. La de Magdala ya no se soporta; no puede sufrir el pensamiento de su propio espectáculo a pesar de su ansia vehemente de triunfos y halagos; se rebela contra su situación actual al tiempo que escucha a Jesús que hablaba de Dios –el mismo de siempre, pero sin palo–, como un padre lleno de comprensión. La mujer siente su orgullo encabritado, pero la gracia va abriéndose camino; solo hacía falta querer dar un paso, porque los pecados pesan ahora como una atadura insoportable.

Ni se lo pensó. Entró como a escondidas con un vaso de alabastro lleno de perfume, sin deseo de llamar la atención, y sin conseguir pasar desapercibida. Quiso pedir perdón y no pudo; se arrastró; no le salían palabras; solo es capaz de llorar, besar los pies y secar lo mojado con sus cabellos manejados con arte. Aturdida por tan extraña situación, le pareció oír que el joven Rabí la defendía de Simón con palabras pausadas y voz serena. Después vino el gozo al escuchar «tu fe te ha salvado, vete en paz».

Libre y renovada, flotando en bondad, se une al grupo de mujeres que le asisten en el ministerio mesiánico, y ya no dejará jamás a Jesús, ni siquiera cuando le escuche que deberá comer su carne y beber su sangre, ni se unirá a la cobarde deserción de sus amigos en el momento del Calvario. Vive una felicidad indecible.

Galilea, Judea, Decápolis y Fenicia. En Judea, el ambiente se iba enrareciendo; ella no sintió miedo, ni entendió cómo podían tenerlo los discípulos. Pero aquello pasó, aunque María no lo tuviera previsto y hasta le pareciera la pesadilla de un sueño embustero, ¡habían apresado al Maestro! Si solo ha hecho el bien, si es tan bueno, si no hizo mal, si ayuda a los pobres, si se desvive por los enfermos, si dice verdades, si habla del Cielo… Su actuación fue la misma por todas partes. ¿No curó al paralítico? ¿Qué hizo con el ciego? ¿No sanó leprosos? ¡Dio vida a la niña, al chico de Naín, a Lázaro! Alimentó a miles con pocos panes y peces, libró a endemoniados… tantas y tantos vivían contentos gracias e él.

Ya han levantado la cruz. El Gólgota está oscuro y con truenos. Se le escucha perdonando, que es lo suyo. Y hace promesa del Reino al ladrón y asesino que se arrepiente; sí, ese es su estilo. María mira y no entiende, mira y se avergüenza. La antigua profecía: «Mi siervo ha tomado sobre sí los pecados de todos» fue como un relámpago en su mente que le hizo entrever algo del misterio. Era descubrir el precio de sus pecados, la malicia de sus hechos. Y muchas lágrimas, algún grito, todo es desconsuelo mientras hipa a moco tendido. La mano de la madre del crucificado puesta en su hombro venía a darle paz; el rostro de aquella mujer con lloro sosegado le hizo entender que no tenía derecho a expresar más dolor del que sufría la propia madre del muerto.

Cuando lo desclavaron y lo bajaron, casi no tuvieron tiempo para prepararlo y así lo tuvieron que enterrar. María Magdalena tiene la cabeza confusa y lleva un propósito en el pecho: cuando pasase el descanso sabático, moriría al lado de Jesús, quedándose junto al sepulcro.

Allá iba el domingo entre dos luces, con más ungüentos aromáticos, acompañada de un grupo pequeño de mujeres. La puerta está abierta, ¡han violado la tumba y no está su cuerpo! Corre al cenáculo y corren también Juan y Pedro. Todos se alborotan y regresan con el corazón en un puño, plasmada la incertidumbre en los rostros y con más miedo dentro. María se queda sola con su desventura; ya no le queda ni siquiera el cuerpo de Jesús muerto.

Le dice al hortelano que lo buscará y lo traerá. Solo una palabra en tono especial la revuelve para poder ella responder de modo increíble a lo humano: Rabboni, Maestro mío. Hay un nuevo intento de agarrarse a sus pies y la alegría indescriptible de testificar como un huracán que ha visto vivo al que estuvo muerto.

A partir de este momento, ya no se vuelve a hablar en el Evangelio más de María Magdalena.

Después quedó la leyenda – clara en sus justos términos– parloteando de sus posibles, imaginados o deseados pasos por el mundo, apartada en el desierto o llegando en diáspora judía hasta las playas de Marsella. Yo prefiero quedarme con la estampa que cierra su vida el Evangelio hasta que la salude personalmente en el cielo. ¿Podrá hacerse eso?

 

 

 

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Tus oraciones tienen un valor infinito

Así puedes sumarte a la campaña mundial de oración por Nicaragua

 

La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN) lanzó una campaña mundial de oración por Nicaragua, a la que las personas pueden sumarte a través de internet.

En su sitio web, ACN indicó que Nicaragua “está viviendo su crisis más sangrienta desde los años 80”.

En los últimos tres meses, las manifestaciones ciudadanas de crítica contra el gobierno del presidente Daniel Ortega han sido reprimidas con violencia. Se estima en cerca de 300 los muertos en este periodo.

Grupos paramilitares han atacado a la sociedad e incluso a obispos y sacerdotes en Nicaragua.

El 15 de julio, paramilitares atacaron a balazos un vehículo en el que viajaba el Obispo de Estelí, Mons. Abelardo Mata, cuando regresaba de celebrar una Misa.

 

El obispo sobrevivió tras resguardarse en una casa cercana junto al conductor.

ACN recordó que el Gobierno nicaragüense “ha pedido a la Iglesia que sea mediadora. La Iglesia se ha vuelto la institución más creíble para el pueblo nicaragüense, mientras el Gobierno ha desatado una guerra mediática para atacar, calumniar y amenazar de muerte a sacerdotes y obispos”.

“El Papa Francisco nos pide oración ‘por el amado pueblo de Nicaragua’ y manifiesta su deseo de unirse a ‘los esfuerzos de los obispos en su rol de mediación para el diálogo, en el camino a la democracia’”.

“Nos sentimos especialmente orgullosos de la Iglesia en Nicaragua y queremos seguir apoyándola, como llevamos haciendo desde hace años”, señaló la fundación pontificia.

Tus oraciones tienen un valor infinito”, aseguró ACN; al tiempo invitó a “contribuir y mostrar tu apoyo encendiendo simbólicamente una vela para unirte a esta campaña de oración”.

 

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¿Cómo vestirte para ir a Misa?

 

En su reciente columna titulada “Vestirse para la iglesia y dar honor y gloria a Dios”, el Obispo de Paterson (Estados Unidos), Mons. Arthur Serratelli, explicó la importancia de usar la vestimenta adecuada para ir Misa.

En un mundo en el que cada vez más prima lo “casual”, existe un grupo de personas que va a Misa “que se viste con lo mejor que tiene los domingos para la iglesia”, resaltó el Obispo en su columna publicada en CNA, agencia en inglés del Grupo ACI.

“Muchos afroamericanos que van a la iglesia los domingos se distinguen por vestirse bien para la ocasión. Su larga tradición de honrar al Señor con la forma en la que aparecen ante Él para darle culto no ha colapsado ante la oleada de la vestimenta casual. Tal vez ¡exista en su ejemplo una lección necesaria!”

Mons. Serrattelli destacó que “la ropa de playa, las sandalias, las camisetas sin mangas (y la lista sigue) simplemente no son vestimenta adecuada para estar en presencia del Señor”.

“Nadie estaría ante la Reina de Inglaterra a menos que esté vestido adecuadamente. ¿Cuánto más ante el Señor del cielo y la tierra? Probablemente aquí es donde está el desafío”, prosiguió.

El prelado recordó también que muchas cosas no verbales en las personas comunican algo “y eso también lo hace la vestimenta” que en estos tiempos “se ha convertido en algo muy significativo”.

“El tipo de ropa le dice a otros algo sobre nosotros”, como el uniforme que distingue a las enfermeras del personal de limpieza en un hospital, continuó el Obispo.

“Los mismos colores que elegimos también significan algo. El negro habla de formalidad, elegancia y autoridad. El rojo es energía, pasión, velocidad y fortaleza. El verde muestra juventud y vigor; mientras que el blanco denota inocencia y limpieza. El amarillo y el naranja simbolizan la alegría, el optimismo y la esperanza”.

Tras resaltar que la ropa también distingue ocasiones, el Obispo explicó que desde la década de 1960 los estadounidenses han optado por ser cada vez más “casuales en su código de vestimenta” y vivimos en una época en la que lo práctico y lo cómodo es lo que parece más les importa a las personas.

El Obispo de Paterson cuestionó luego si en la forma de vestir para ir a Misa, “¿acaso se ha perdido el sentido de la trascendencia de Dios? Si bien muchos ya no creen en Dios, ¿los que van a la iglesia han olvidado quién es?

“¿Nos hemos concentrado más en nosotros mismos, en nuestra comunidad, que en nuestro Dios y el respeto que le debemos cuando estamos en su presencia para adorarlo?”, cuestionó el prelado.

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Creer para Ver

 

El relato de la conversación de la mujer Samaritana con Jesús, nos deja pensando frente a la capacidad de conversión de una persona que, sólo mediante palabras, logra creer en el verdadero Mesías (Juan 4,1-26).

Nos deja pensando hoy, tras 2000 años de historia. Contamos con una historia revelada en una recopilación de libros de distintos autores de diferentes épocas, lo que conocemos como la Sagrada Escritura. Tenemos la certeza de ciertos hechos verídicos que la ciencia no ha podido refutar y que incluso ha confirmado. Nos apoyamos de una congregación cristiana encargada de custodiar e interpretar la Palabra de Dios, nuestra Iglesia Católica. Sin embargo, aún no creemos porque lo que necesitamos es ver.

Nos toma demasiado trabajo reconocer a Dios Padre como el Creador de todo el Universo, a Jesucristo su hijo, como nuestro Salvador y al Espíritu Santo como Santificador.

¿Por qué? ¿Será que la razón ha superado al sentimiento? Incapaces somos de sentir, pues lo que necesitamos es comprender. Y así es como buscamos textos, artículos, videos, libros, papers, en definitiva toda fuente de información posible que nos pruebe que Dios existe, que Jesús fue un hombre que vivió entre nosotros y más aún, (aunque complejo de seguir entendiendo) que murió y resucitó.

Buscamos con la inteligencia, lo que encontraremos con el corazón. Y no está demás citar la historia de San Agustín y el niño junto al mar, quién le da una hermosa lección respecto a que no es posible que el hombre logre comprender el misterio de Dios. A Dios no se estudia, a Dios se ama. A Dios no se comprende, a Dios se siente.

San Juan relata la incredibilidad de Tomás cuando Jesús resucitado se aparece entre los discípulos: “… Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creo”. (Juan 20,25).

Y “Jesús dijo: Has creído porque has visto. Dichosos los que creen sin haber visto” (Juan 20,29).

En nuestra condición de debilidad humana, todos tenemos algo de Tomás. Todos hemos buscado cómo poder ver o comprender para lograr creer. Ciertamente, si nuestra fe fuera lo suficientemente grande, sólo pronunciando la palabra “Jesús”, tendríamos todo cuanto quisiéramos y necesitáramos. Sólo podemos lograr creer mediante la fe: ese Don maravilloso que nos abre las puertas del cielo.

Desanimo, desaliento, cansancio, desilusión tal vez, pues no logramos sentir verdaderamente la presencia de Dios en nuestras vidas. Decimos tener fe, somos cristianos activos también, pero aún no lo logramos. No logramos sentirlo…

Me refiero a esa presencia majestuosa de sentirnos acompañados por alguien… o por algo. No sucumbir en el temor, pues estamos abandonados a la voluntad del Padre. No preocuparnos por el mañana, pues Dios nos proveerá todo lo que necesitemos. No caer en la angustia, pues la esperanza de la vida eterna deja de ser esperanza y pasa a ser promesa de nuestro amado Señor.

Pero, no lo creemos. ¿Por qué nos cuesta tanto creer si incluso para la tranquilidad del intelecto, todo lo anterior está escrito en la Santa Biblia?

“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”. (Mateo 28,20)

“No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas”.  (Mateo 6,34)

“Venid a mí todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os aliviaré”. 
(Mateo 11,28)

No se trata de sólo creer que Jesús existe sino también creer que Jesús vive dentro de nosotros. Justamente la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no vemos. Si podemos confiar en el diagnóstico de un Médico, en la gestión de un Abogado, ¡cuánto más podemos confiar en la Palabra de Jesucristo, nuestro salvador! Se trata de entender que nuestro verdadero propósito en nuestras vidas, no es precisamente trabajar, comer, dormir; sino conocer, amar y servir a Dios.

Y por último, me refiero a esa presencia majestuosa que nos hace sentir enamorados de alguien… o de algo. Una razón de existir que trasciende a lo terreno y a todo lo que tenga relación con el mundo. Dormir y despertar pensando en ello y vivir un día con alegría por cualquier cosa, o simplemente por nada. Conversar con alguien… o con algo y decirle… te amo.

Ocurre el milagro de escuchar en el silencio y de sentirnos escuchados en la nada. Confiar hasta lo más profundo de nuestros secretos, entregarse por entero a ese alguien, pero ya no con la mente, pues la inteligencia ha perdido importancia. Sólo sentir, sólo corazón.

El ¿Alfa y el Omega? (Apocalipsis 22,13), sí. Es Jesús. Un Dios vivo cuya presencia lo hace casi palpable. Eso es fe, eso es creer para ver.

 

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Caridad Oculta

 

Atender a una persona necesitada cuando las cámaras filman, cuando los medios observan, cuando la sociedad aplaude, tiene su valor, porque la persona necesitada recibe ayuda, y eso siempre se agradece.

Pero si atender a unos porque los medios observan implica desatender a otros en los que casi nadie presta atención, entonces se produce un daño serio a la caridad y un riesgo de convertirla en algo publicitario.

Gracias a Dios, millones de personas viven la caridad oculta. Esa del hijo que cuida un día sí y otro también a su madre anciana y con Alzheimer.

O la de los padres y las madres que hacen milagros para que en casa haya comida y ropa digna para todos.

O la del voluntario que sencillamente acude a servir a los pobres que los gobernantes descuidan.

 

La caridad oculta tiene un valor maravilloso. Porque es evangélica, porque no busca aplausos que pueden desvirtuarla, porque ayuda sin reflectores.

Se vive así lo que pedía el Maestro: “Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3).

Es una enseñanza sencilla, que da a entender la importancia de la limosna y de cualquier obra de caridad: ofrecer ayuda a quienes la necesitan, sobre todo a los más olvidados.

En un mundo donde las imágenes corren el peligro de distorsionar la realidad al hacer que nos fijemos en unos y olvidemos a otros, la caridad oculta, que no aparece en redes sociales ni la prensa, llega a tantos hermanos nuestros que necesitan bienes materiales, escucha y cariño…

 

 

 

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El dolor como camino de santificación

 

El dolor ha sido sin duda un camino de santificación en mi vida. Un camino misterioso, a veces incomprensible, otras difícil de soportar, pero siempre un camino hacia Dios. Y esto no es mérito mío, es Él quien ha salido a mi encuentro cada vez.

En los momentos más difíciles de mi vida se las ha ingeniado para hacerse presente, para que mi fe no desfalleciera, para que renovara mi abandono confiado a su voluntad o simplemente para acompañarme en mi dolor desde la cruz. Siempre haciendo patente su amor infinito y perfecto.

A los trece años, me encontré con un crucifijo hermoso que hasta hoy está grabado en mi memoria. ¡Era tan realista! El cuerpo de Cristo estaba cubierto en su totalidad de heridas, al observarlo por detrás se podía ver cada una de las marcas de la flagelación. Nunca había visto algo así. Nunca me había detenido a pensar en la dimensión del dolor que Jesús había soportado por nosotros, siendo Dios, sólo por amor. A partir de entonces, mi dolor cobraría otro sentido al unirlo al de Él.

La oración de abandono que aprendí en quinto de primaria, las experiencias en las misiones, los sabios y tan oportunos consejos de sacerdotes han sido ejemplos de cómo nuestro Señor me ha protegido y acompañado siempre para que yo pudiera hacer una experiencia de amor y fe en medio de los periodos más oscuros de mi vida.

En cada una de mis dificultades, en los momentos de mayor miedo o duda, siempre se me ha atravesado un Sagrario. Cristo Eucaristía ha sido mi fiel compañero en cada crisis. Cuando me encuentro con Él, puedo sentirme muy triste, llorar a mares, pero nunca me voy sin haber recibido su amor y consuelo. El Espíritu Santo se las arregla para traer a mi mente frases como: “Todo colabora para el bien de los que aman a Dios”, “Nadie será tentado más allá de sus fuerzas”, “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo”, “El amor es más grande”, “El león de Judá ha vencido”, “El Señor es mi refugio y mi salvación” o tantas otras que brincan a mi cabeza sin saber cómo.

De la vida de los Santos y sobre todo del ejemplo de María Santísima he aprendido el poder redentor del dolor. Ofrecer el dolor permite darle un sentido de eternidad.

En alguna visita al Sagrario, le pedí a Cristo que me diera más sufrimiento, que yo quería acompañarlo de esa manera, que con Él, todo lo podía soportar. Pero ¡cuidado! Bastó una pena más para que me derrumbara y me diera cuenta que me había instalado en la soberbia y la autosuficiencia, que yo no era capaz de nada, que todo es gracia y don de Dios. Sin embargo, en su misericordia infinita, Él me permitió darme cuenta de mi error y nuevamente me acogió.

Hoy, no me acostumbro a sufrir sino que renuevo mi confianza y abandono todos los días, no me siento fuerte o capaz, sino que reconozco mi debilidad y limitaciones, hoy sé que Dios está siempre conmigo y que me ama. Hoy, le pido no olvidarlo nunca. Sé que su mano está siempre extendida hacia mí, pero le pido que no sea yo la que me suelte.

 

 

 

 

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El esplendor de la verdad en Cristo

 

1.- La misión de la Teología

La Teología tiene en su última raíz en la procesión eterna del Verbo y en su Encarnación; narrándonos los misterios del seno del Padre primero en la voz de los Profetas y últimamente, en la carne mortal de Cristo. Cristo es la teología encarnad de Dios; Él vino a hablarnos de Dios en lenguaje humano. Penetrar y explicar esa revelación de Dios, es el dulce, delicado y fructuosísimo aunque difícil trabajo del teólogo. Trabajo necesario hasta el fin de los siglos. La tarea capital de la Teología es la de aproximar nuestra inteligencia a los misterios de la fe, valiéndose de “analogías” (semejanzas), y comparándolas e insertándolas en las ideas y conceptos de nuestro espíritu. Dios se conoce perfectísimamente a sí mismo desde toda la eternidad expresando su propio ser en un “verbo” interior, que estaba en el principio, y estaba con Dios y El mismo era Dios. En cambio, nuestros conceptos son pobres, imperfectos, adoleciendo de debilidad.

Los teólogos jamás podrán agotar las profundidades del misterio escondido en Dios. La teología tampoco es una metafísica sobrenatural abstracta cuyo único oficio es sistematizar las verdades reveladas sino que también debe interpretar e impregnar los signos de los tiempos actuales, la vida real del mundo y la historia concreta del Cuerpo Místico en el que actúa ya, en germen, el “Reino de Dios” esperando la definitiva revelación de nuestro Señor Jesucristo en su segundo advenimiento:

“…Nada os falte en don alguno, mientras llega para vosotros la manifestación de nuestro Señor Jesucristo”
(I Corintios, 1,7)

Pero no por esto, la Teología deja de ser una ciencia humana en el estricto sentido aristotélico de la palabra. Es una ciencia humana, es verdad, pero subalternada a la ciencia del Verbo. El hábito teológico es, en sí mismo, natural y adquirido; pero su raíz que es la fe -hábito de los primeros principios sobrenaturales- es sobrenatural e infuso. La Teología está emplazada entre la fe y la visión beatífica en el Verbo. Su fuente primera es la fe pero no puede alejarse de ella sin dejar de ser ciencia, como la filosofía no puede renunciar al sentido común sin dejar de ser filosofía.

Todo cristiano es virtualmente teólogo porque posee los principios del orden sobrenatural que son los artículos de la fe recibidos en sus primeros años de catecismo como un proceso científico que deduce conclusiones virtualmente contenidas en estos principios. Del mismo modo, que todo hombre es virtualmente filósofo porque posee los primeros principios del orden natural. Pero la Teología, adolece de cierta imperfección que le viene no de su misma estructura interior sino por razón del estado vial en que nos hallamos: será perfecta cuando se continué por la posesión de Aquel que tiene su ciencia subalternante: el Verbo.

“…La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuos en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. Las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios; por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura”.
(Dei Verbum, 24)

La visión beatífica hará evidentes los principios que ahora sólo son creíbles. Toda Teología tiende al Verbo, como toda ciencia subalternada tiende a su ciencia subalternante. El hábito teológico, fruto del estudio, permanecerá en el cielo, pero el hábito de la fe, raíz de la Teología se mudará en visión. “…Seremos semejantes a Él. ¿Por qué?…Porque lo veremos cómo es en sí”.

 

2.- Revelación y Fe.

La religión católica es una religión revelada por Dios. El Concilio Vaticano I nos enseña que la revelación es moralmente necesaria para que estas verdades sean conocidas “…por todos, fácilmente, con certeza y sin mezcla de error”. En cambio el contenido propio de las verdades que constituyen una fórmula de fe o un dogma del Cristianismo, excede totalmente la capacidad cognoscitiva de la inteligencia, por consiguiente solo puede sernos comunicada por la revelación divina y por lo mismo debe ser creída por fundarse en el testimonio infalible del mismo Dios. Ejemplo: Dogma de la Inmaculada Concepción.

El Concilio Vaticano II nos profundiza esta doctrina diciéndonos en la Constitución Dogmática Dei Verbum punto 2 que:

“… Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación”.

La revelación como testimonio o preparación para señalar la verdadera revelación de Dios en el sentido pleno de la palabra se completó con la venida de Jesucristo, se inicia desde tiempos muy remotos por intermedio de hombres que hablaban en nombre de Dios y movidos o inspirados por Dios. La misión de estos “anunciadores” de la divina voluntad llamados Profetas y de los Patriarcas del Antiguo Testamento consistió en señalar a Cristo. Según la doctrina católica, Dios por medio de la revelación primitiva reveló ya muchas verdades a los primeros hombres como las relacionadas con el Misterio de la Trinidad y de la Encarnación. La vida pública, Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo demostró que Él era enviado de Dios para traer a los hombres la Verdad. Según su propio testimonio, es el Hijo de Dios hecho hombre y la Verdad Encarnada (Jn 14, 6). Es la aparición de Dios y de la Verdad divina bajo los velos de la carne. Es la Revelación Personal de Dios.

A esto encuentro personal con la Persona de Cristo responde el hombre con Fe. A este llamado y seguimiento a Cristo. El sentido íntimo y propio de la fe es la aceptación a Cristo, un Sí rotundo a su revelación. La fe es un acto espiritual con Cristo. “…Cristo habita por la fe en nuestros corazones”, dice San Pablo. El despojo del hombre viejo en conversión del hombre nuevo en Cristo. La metanoia de nuestros corazones nos hace entrar en contacto con Cristo. Por consiguiente “creer” significa entrar en contacto con la Persona de Cristo que es la “Palabra del Padre” por la cual entramos en contacto con el Padre. Es la plenitud y fuente de vida. El acto de fe es un acto moral que nos lleva a una entrega total a Cristo. Creer implica un inmenso enriquecimiento interior; es apropiarse la ciencia divina e iluminar con su indefectible claridad los problemas de nuestro propio ser y el fin último de nuestra existencia. Santo Tomás nos enseña que “…creer es el acto del entendimiento que asiente a la verdad divina imperada por la voluntad, a la que Dios mueve por la gracia[1]. “…En la definición de la fe entra la realidad esperada, porque el objeto propio de la fe es una realidad no evidente en sí misma. De ahí que fuera necesario designarla por esa circunlocución mediante algo que viene en pos de la fe”[2].

El hombre por su propia naturaleza religiosa, anhela y necesita ordenar y reunir en una síntesis sistemática, las diversas fórmulas o artículos de fe para poder comprender la conexión íntima de unas con otras y de este modo testimoniarla mediante el apostolado. De este amor a la Verdad Revelada y de este anhelo de sistematizarla nace la Teología.

El dogma, al afirmar una verdad fundada en la autoridad divina, es un estímulo a la inteligencia; la solicita y la urge para investigar la creación en todas sus direcciones hasta encontrar su armonía con la fe.

 

3.- El esplendor de la verdad en Cristo

Karol Wojty? a es uno de los principales exponentes del personalismo polaco. Fue el alma de la escuela ética de Lublin. Discípulo de Kazimierz Wais. Su Magisterio Pontificio es un desarrollo sistemático del Concilio Vaticano II influenciado por la ética de Max Scheller, de quién toma y analiza la experiencia moral entendida como fuente epistemológica de la ética clásica, el personalismo del humanismo integral de Jacques Maritain, una síntesis de fenomenología kantiana y tomismo construyendo una antropología moderna sobre la estructura central de la persona humana con el fin de edificar una “civilización del amor” por medio de la defensa de los derechos del hombre (DD.HH.), la democracia, el diálogo interreligioso, la evangelización de la cultura, una filosofía de la Familia, la bioética y la educación que implique un esfuerzo de superación entre subjetivismo y objetivismo, entre idealismo y realismo. La lectura de San Juan de la Cruz será para él una revelación. Su tesis doctoral en teología tendrá como finalidad objetivar la experiencia subjetiva de la fe tal y como San Juan de la Cruz la describe. Estas intuiciones adquirirán una forma más articulada, clara y amplia en la que muchos años más tarde será su Encíclica programática: Redemptor hominis al asumir la cátedra de Pedro adoptando el nombre de Juan Pablo II. Cristo al unirse en cierto modo a cada hombre hace que la humanidad de cada hombre se vuelva vía para afirmar el Misterio cristiano.

  1. Juan Pablo II veía con suma atención y preocupación los intentos del mundo moderno por destruir la familia como cimiento de la sociedad cristiana. Por eso, dedico gran parte de su magisterio a la importancia de la subjetividad social de la familia como fundamento sólido y perenne de la ¨civilización del amor¨ mediante poderosas reflexiones económicas, políticas, sociales, filosóficas y teológicas. Un enfoque necesariamente multidisciplinario desde la perspectiva de la Fe.

El problema del constituirse de la cultura a través de la “praxis” humana. En ella expone la prioridad del hombre como sujeto de la acción humana y su consecuencia metodológica: la acción como camino para entender a la persona. La fecundidad de la prioridad praxeológica de lo humano al interior de la acción permitirá entender cómo la persona se construye a sí misma al momento de construir el mundo. Además ayudará a entender que la subjetividad de la persona se participa al ser y hacer-junto-con-otros. Por lo que será posible hablar propiamente de que la sociedad posee «subjetividad» cuando el modo humano de la acción, es decir, la acción solidaria, se establece como dinámica estable en una comunidad. El tema de la “subjetividad social” será una de las claves para comprender la propuesta antropológica de las Encíclicas Solicitudo Rei Socialis y Centesimus Annus.

En la Segunda Instrucción sobre la Teología de la Liberación, (Sobre Libertad cristiana y liberación) del 22-3-1986 publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe en sus puntos 43-60, podemos vislumbrar el verdadero sentido de liberación en y por Cristo propuesto por S. Juan Pablo II cuando nos dice que la verdadera liberación se regocijo en la figura de Cristo Crucificado. La acción redentora de Cristo nos libero de la muerte y del pecado. Esta libertad dada por Cristo nos religo a la comunión con el Padre. En esta comunión el hombre encuentra su verdadera libertad.

La concepción cristiana de libertad se encuentra en la gracia de la fe y de los sacramentos de la Iglesia. El hombre emprende durante toda su vida en la tierra un combate espiritual por su salvación según las armas de Dios. Este combate no anula la libertad. El Espíritu Santo es la fuente de verdadera libertad y la caridad es el cumplimiento pleno de su ley. La iglesia, fiel a esta vocación, nos muestra el verdadero camino de liberación promoviendo la dignidad de la persona y ahuyentándonos de toda forma de opresión. La felicidad la alcanzaremos si hacemos buen uso de nuestro libre albedrío alcanzando la Jerusalén Nueva, ciudad de libertad. La salvación de nuestra alma es la glorificación de la libertad. No se puede reducir esta concepción a un plano político terrenal. La forma es una forma de injusticia que clama su pronta solución pero su sentido más profundo se alcanza cuando se es liberado de las redes del pecado y no por milagro de ideologías políticas.

La misión confiado por Cristo a la Iglesia es la de anunciar la verdad revelada y de esta modo iluminar las conciencias. La salvación integral del mundo es el fin buscado y las bienaventuranzas anunciadas por Jesús manifiestan la perfección de ese amor evangélico. El compromiso con los asuntos temporales al servicio del prójimo liberándolos del pecado y del maligno es la misión evangelizador y salvífica por excelencia de la Iglesia. La Iglesia nos muestra el camino para nuestra salvación y no se aparta del mismo cuando se pronuncia sobre la promoción de la justicia y la dignidad del hombre. Instigar la formación moral del carácter y sedimentar la vida espiritual de los hombres.

La dimensión soteriológica de la liberación no puede reducirse a la dimensión socio – ética. La DSI ofrece principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción para lograr instaurar el Reino de Dios en los asuntos temporales preservando el fundamento supremo que es la dignidad del hombre estando ligados íntimamente el principio de solidaridad y de subsidiariedad. La DSI emite a la luz de sus principios sobre los métodos estructurales y culturales marcados por el pecado que influyen sobre el hombre respetando siempre su responsabilidad y no imponiendo ningún sistema en particular. La conversión de los corazones es el camino más sólido para obtener verdaderos cambios que enaltezcan la dignidad del hombre. Los medios de acción para la consecución de este fin deben estar en conformidad con la dignidad del hombre respetando su libertad.

 

4.- La conversión del mundo a Cristo.

La civilización actual debe ser transformada por la civilización del amor. Las estructuras del pecado deben dejar paso al Reino social de Cristo y por su medio la salvación de los hombres. El acceso a la cultura y la educación del trabajo son medidas fundamentales para este fin. El modelo a seguir se encuentra en la figura de Jesús de Nazaret. El trabajo es la clave de toda la cuestión social. Todo hombre tiene derecho a un trabajo digno que enaltezca su dignidad. El trabajo debe ser anterior al capital. El Estado debe ser el garante para este fin pero muchas veces puede ser llamado a intervenir directamente. El esfuerzo laboral de los hombres debe estar orientado al bien común nacional e internacional. Todo hombre debe tener acceso a aquellos bienes necesario para su planificación. La solidaridad debe alentar este espíritu. Los países ricos deben asistir a los países más pobres por el destino universal de los bienes. El Estado tiene que eliminar el índice de analfabetismo en la sociedad. La cultura y la educación no tienen que ser utilizadas como factores al servicio del poder político y económico; la tarea educativa es responsabilidad de la familia. La inculturación no puede seguir llevando a los pueblos al subdesarrollo. El evangelio tiene que impregnar la cultura de la nación. La Iglesia es la única que une la diversidad y unidad en beneficio de la persona. Sólo con un verdadera y sincera metanoia en Cristo, las sociedades y el hombre podrán dignificarse y alcanzar la concordia y un desarrollo integral que lo enaltezca. Mientras los gobiernos sigan alentando y sosteniendo la apostasía con un orden jurídico que de carta de ciudadanía y residencia a la cultura de la muerte en las sociedades del siglo XXI, las opciones no serán muy alentadoras para el desarrollo integral y trascendental del hombre.

 

 

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Significado de la Santa Misa

« Como sea tu Misa, así será tu fe.
Como sea tu fe, así será tu moral.
Como sea tu moral, así será tu vida.
Y como haya sido tu vida, así será tu eternidad»

Mons.Tihamer Toth

 

La Santa Misa es la celebración dentro de la cual se lleva a cabo el sacramento de la Eucaristía. Su origen se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, en donde los apóstoles y los primeros discípulos se reunían el primer día de la semana, recordando la Resurrección de Cristo, para estudiar las Escrituras y compartir el pan de la Eucaristía.

La Santa Misa es una reunión del Pueblo de Dios y es el medio de santificación más perfecto, pues en él conocemos a Dios y nos unimos a Jesucristo y a toda la Iglesia en su labor santificadora.

Durante la misa nosotros participamos estrechamente en la vida y misterio de Jesucristo, por Él, con Él y en Él, ofreciendo nuestras obras, ofreciéndonos nosotros mismos, pidiendo perdón por nuestros pecados y, con esto, alcanzamos gracias para toda la Iglesia, reparamos las ofensas de otros y rendimos una alabanza de valor infinito porque lo hacemos por medio de Jesucristo.

El hombre con frecuencia tiene poco tiempo para dedicarse a las cosas de Dios. Tiene poco tiempo para conocerlo y entenderlo.
La Iglesia, consciente de este problema y sabiendo que si sus miembros no conocen a Dios no podrá cumplir con la misión que le ha sido encomendada, ha querido asegurar que se le dedique un tiempo a la semana a este conocimiento de las cosas de Dios y ha dado un mandamiento: Oír misa entera los domingos y días de precepto.

Con este mandamiento, la Iglesia asegura que sus miembros conozcan los lineamientos del Fundador y de esta manera “no perderán el estilo”, no olvidarán su fin último y se esforzarán por cumplir su labor personal dentro de la Iglesia.

 

 
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Consejos que debes tener en cuenta en tu proceso de conversión

 

Quizá fuiste a un cursillo, a un retiro, a un taller; tuviste un momento de oración fuerte o un diálogo que han generado en ti un deseo profundo de conversión y de seguir a Cristo en la Iglesia que Él fundó (católica). Quizá estés emocionado y esperanzado por construir un mundo mejor, y es que regresar (o por primera vez acercarte a los brazos misericordiosos del Padre) ¡es increíble! Sin embargo, hay algunas cosas que debes saber para que no te des contra la pared a la primera y para que no te desanimes en el largo caminar de la fe.

Es por eso que te quiero dar algunos consejos desde mi propia experiencia de fe para que afrontes con realismo este lindo proceso de acercarte a Jesús y dejarte convertir por Él. ¿Te animas a averiguar de qué se trata?

 

1. Quien cambió fuiste tú, no los demás

Quizá puedas haber decidido comenzar a cambiar muchas cosas en tu vida. Sin embargo, recuerda que tu familia, amigos, conocidos y el mundo en general son los mismos. La ventaja que ahora tienes es que caminas con la certeza de estar acompañado por Dios y ahora ves el mundo entero con otros ojos. Aprovecha eso para no desanimarte.

 

2. A veces es bueno un cambio de círculos sociales

Por lo mismo que quien ha cambiado eres tú y no los demás, a veces es conveniente cambiar de círculo de amigos cuando estos no te llevan a ser mejor persona y a alcanzar los ideales que ahora persigues. No se trata de cortar tajantemente tus amistades sino de saber tomar distancia ante aquellas que no te llevan a crecer en la meta que ahora sigues.

 

3. No es obligatorio ser perfecto de la noche a la mañana, es un camino

De hecho es casi imposible (digo casi porque realmente Dios lo puede hacer todo, pero solo unos pocos reciben esa gracia) pero sí es obligatorio luchar todos los días por tratar de ser lo más coherente que puedas con tu fe. El sentimiento de encontrarnos con Dios nos mueve a buscar la conversión, eso es muy bueno, pero recuerda que ésta no se da de la noche a la mañana, es un proceso que te tomará toda la vida. Así que no te desanimes cuando veas que surge en ti el viejo tú con sus defectos, manías, problemas de actitud, etc. No te preocupes, levántate y sigue trabajando en ser mejor.

 

4. Podrás sentirte tentado a dejar la Iglesia

Claro, estás cambiando de estilo de vida, quizá muchas cosas que antes hacías hoy te das cuenta de que ofenden gravemente a Dios. Muchos, al ver esto, prefieren alejarse de la Iglesia para “callar a su conciencia” y siguen con su estilo de vida de antes. También, dentro de la Iglesia hay personas que no viven de forma coherente con su fe: que eso no te desanime. Cristo nunca prometió que su Iglesia sería perfecta e irreprochable, al contrario, prometió que el trigo y la cizaña estarían mezclados hasta el fin de los tiempos (cf. Mt. 13, 24-52).

 

5. Recuerda que la fe no es un sentimiento

Habrá momentos en los que te sientas muy bien y que todo sea muy bonito, ¡disfrútalos! Pero también ten en cuenta que habrá otros en los que no sientas nada o peor aún, te sientas desolado. Recuerda que el amor a Dios no se mide por lo mucho o lo poco que sientes. No permitas que la flojera o el desánimo te priven de ir a misa, de orar o de leer un poco la Biblia. Sabrás que tu fe ha madurado cuando los sentimientos no sean tu motivación sino la convicción de amar a Dios simplemente por amarle, aunque no sientas bonito.

 

6. Crece en la oración

En los retiros se te enseña un método para orar que es muy bueno, pero no te quedes ahí: crece en la oración, aprende formas nuevas. Recuerda ir poco a poco, no establezcas metas pesadas que después te puedan aburrir (esto en todo). Recuerdo que en mi proceso de conversión me propuse hacer 30 minutos de oración y rezar el rosario todos los días, lo cual fue imposible hacer. El espíritu también se debe entrenar, comienza con 10 o 15 minutos al día, en la mañana y en la noche o rezando unos misterios del Rosario, después vas aumentando. Te recomiendo orar con la app de Rezando Voy.

 

7. Quizá tu forma de pensar era distinta a la que la Iglesia te propone ahora

Como sabrás, la Iglesia se opone a temas muy polémicos de hoy en día. Si ello no te agrada, investiga, pregunta. La Iglesia no toma decisiones arbitrarias y tampoco pretende sustituir tu cerebro. Decía uno de mis escritores favoritos, G.K. Chesterton: «Para entrar en la Iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza». Sin embargo, ten siempre la certeza de que la Iglesia vela por el bien del ser humano en su totalidad, no solo de sus sentimientos.

 

8. No hagas del grupo al que te integras un grupo social

Si no te estás integrando a uno, búscalo, pues vivir la fe en comunidad es más sencillo. Pero recuerda que no es un grupo social al cual asistes solamente para hacer amigos o para después irte a cenar, a pasear o a buscar novio/a. Que tu grupo parroquial o movimiento eclesial sea un lugar de encuentro con Dios y una oportunidad de crecer en la fe y de madurar espiritualmente. Haz amistades allí que realmente te lleven a Cristo.

 

9. Fórmate

El primer mandamiento es amar al Señor con todo el corazón… ¡pero también con toda la inteligencia! Comienza a estudiar la Biblia (poco a poco), a leer el Catecismo de la Iglesia Católica (ahí está todo lo que creemos), busca vídeos en Youtube de predicadores católicos o toma un curso de apologética. Lo que sea que hagas para crecer en tu conocimiento de la fe que comienzas a practicar es bueno. Mucha gente te va a cuestionar. Es bueno poder dar razones de lo que crees. Como te decía en el punto 6, proponte metas sencillas y reales.

 

10. Persevera, sé constante

No te desanimes: el proceso de conversión es lento. Cae cuantas veces quieras, pero siempre levántate. Para una tarea como la que has empezado, no dejes los sacramentos. Por lo menos la confesión y la comunión. Reza mucho y haz que poco a poco,  Cristo comience a ser el centro de tu vida para que Él camine contigo.

 

11. Habla de Cristo…

Pero vívelo más de lo que lo predicas. Que en lo que haces, dices, compartes en tus redes sociales, ¡incluso en lo que compras! se note que sigues a Jesús de Nazareth. Hay una frase buenísima que le atribuyen a Francisco de Asís: «Prediquen el evangelio en todo tiempo y de ser necesario usen palabras». Te reto a hacer vida esa frase.

 

12. Y recuerda… eres católico en todas partes

La fe permea tu vida entera (o debería). A ti que estás comenzando a vivir la fe te exhorto, te ruego, te suplico… no seas católico solamente en tu parroquia, el mundo necesita de ti y de tu ejemplo para saberse amado por Dios.

Espero estas líneas no te desanimen. Si acabas de comenzar tu proceso de conversión y no sabes ni por dónde empezar, sería bueno buscar un director espiritual. Por ejemplo, un sacerdote que te ayude.

 

 

 

 

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Los 5 pasos para una buena confesión

 

La Iglesia nos propone cinco pasos a seguir para hacer una buena confesión y aprovechar así al máximo las gracias de este maravilloso sacramento.
Estos pasos expresan simplemente un camino hacia la conversión, que va desde el análisis de nuestros actos, hasta la acción que demuestra el cambio que se ha realizado en nosotros.

1. Examen de Conciencia.
Ponernos ante Dios que nos ama y quiere ayudarnos. Analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Puedes ayudarte de una guía para hacerlo bien.

2. Arrepentimiento.

Sentir un dolor verdadero de haber pecado porque hemos lastimado al que más nos quiere: Dios.

3. Propósito de no volver a pecar.

Si verdaderamente amo, no puedo seguir lastimando al amado. De nada sirve confesarnos si no queremos mejorar. Podemos caer de nuevo por debilidad, pero lo importante es la lucha, no la caída.

4. Decir los pecados al confesor.

El Sacerdote es un instrumento de Dios. Hagamos a un lado la “vergüenza” o el “orgullo” y abramos nuestra alma, seguros de que es Dios quien nos escucha.

5. Recibir la absolución y cumplir la penitencia.

Es el momento más hermoso, pues recibimos el perdón de Dios. La penitencia es un acto sencillo que representa nuestra reparación por la falta que cometimos

 

 

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¿Cómo orar cuando he pecado gravemente contra Dios?

 

Cuando has pecado la mejor oración es un espíritu contrito, humillado y confiado a los pies de Cristo crucificado.

Señor, he pecado.
Con el corazón hecho pedazos vengo a pedirte perdón.
Sé que no hay maldad tan mala capaz de impedirte amarme.

Eleva al Señor esta oración cuando le has fallado

Me da vergüenza verte crucificado y encima pedirte favores,
pero, te necesito, Señor:
por tu inmensa compasión ¡borra mi culpa!

Mírame, soy débil, vulnerable, pecador.
Yo, miseria. Tú, misericordia.

Tú que puedes sacar bien del mal, levántame, Señor.
Sáname. Restáurame. Hazme un hombre nuevo.

Desde la altura del cielo nos viste sufrir
y con el estandarte del amor
viniste al encuentro del hombre que sufre.

Una y otra vez he comprobado que lo que atrae tu mirada misericordiosa sobre mí es mi estado de miseria.
No son mis méritos los que me hacen agradable a tus ojos, sino la omnipotencia de tu misericordia.
La incomprensible gratuidad de tu amor.

No debe haber pecado capaz de tenerme alejado de ti.
Por más vergüenza y dolor que sienta,
siento también la confianza de venir a pedirte perdón
con la certeza de que siempre, siempre, encontraré la mirada del Buen Pastor.
Tus ojos están puestos en los que esperan en tu misericordia (Sal 32)

Por eso estoy aquí, una vez más de rodillas ante ti, Cristo crucificado.
Vengo a declararme débil, miserable, pecador.
Vengo a pedirte perdón.

(Guarda silencio, escucha que te absuelve y que te dice: Te sigo amando igual. Déjate amar.)
Gracias, Jesús.
Cuando hago oración contemplándote en la cruz
te me revelas como Misericordia.

Tu amor crucificado es una invitación a la confianza.
Te lo suplico, Señor, que hoy y cuando tenga la desgracia de perder la gracia,
no olvide jamás que tú, Dios, moriste crucificado para salvarme;
que no pierda nunca la esperanza de tu misericordia.

Como el ladrón que paga sus culpas en el Calvario,
también yo te suplico: acuérdate de mí a la hora de mi muerte
y consérvame a tu lado para siempre.
Y luego, con el espíritu bien dispuesto, acudir al sacramento del perdón.

 

Una buena práctica que aprendí al entrar a la vida religiosa es el rezo del Salmo 50 todas las noches, de rodillas junto a la cama, ante Cristo crucificado, tratando de adoptar las actitudes del Rey David:

Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa,
lava del todo mi delito, limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado,
contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.

En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero, y en mi interior me inculcas sabiduría.

Rocíame con hisopo: quedaré limpio, lávame, quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme,
no me arrojes de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso;
enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios Salvador mío y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.

Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén;
Entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.

 

 

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Una oración difícil

¿Por qué parece que Dios no escucha?

 

El padre abad abrió, nuevamente, su alma a Dios, y rezó como pocas veces lo había hecho en las últimas semanas.

“Sabes, Señor, que hay momentos en los que me resulta muy difícil orar. Porque temo no ser escuchado. Porque sospecho que no me concederás lo que te pido.

Sé que si te pido algo que provocará más males que bienes, tu Corazón de Padre no me lo dará.

Pero cuando pido lluvia para los campos en sequía, cuando pido salud para una madre de la que dependen su esposo e hijos, cuando suplico paz para esos dos pueblos en guerra, ¿por qué parece que no escuchas?

En esos momentos, dudo, Señor. No me animo a rezar una y otra vez si luego siento ante mí un muro de silencio. Cuesta mucho, lo sabes, pedir y pedir cuando al final las cosas no mejoran, si es que no van a peor.

¿No será mejor dejar de pedirte esas gracias? Sin embargo, en el Evangelio Tú enseñaste que supliquemos, que insistamos, como la viuda que reclama justicia (cf. Lc 18,1-8).

Entonces, ¿qué sentido tienen esas oraciones que parecen no escuchadas? ¿Por qué nos invitas a suplicar con perseverancia, cuando la historia parece seguir adelante como si Tú no oyeras?

Un día comprenderé que mi oración tenía un valor que yo no era capaz de sospechar. Porque Tú escuchas de maneras sorprendente, porque la misma oración intensa es ya un triunfo de tu gracia en mi alma.

Otro día más te he pedido por esa pareja en dificultades, por esa paz que parece imposible, por esa lluvia que no llega, por esas cosechas amenazadas, por ese hijo deseado por unos esposos jóvenes.

Tengo miedo de perder la esperanza si no nos concedes esas cosas que, supongo, son buenas, que otros necesitan en el camino de la vida.

Por eso, humildemente, te pido ayuda. Para que no deje de rezar como hijo confiado, abierto y disponible a lo que decidas. Y para que en medio de los hechos de cada día descubra qué mensaje nos dejas, qué deseas de esta humanidad sufriente, qué me pides como compañero de camino de mis hermanos…”

 

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¿Quién es el Espíritu Santo?

 

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Espíritu Santo es la “Tercera Persona de la Santísima Trinidad“. Es decir, habiendo un sólo Dios, existen en Él tres personas distinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta verdad ha sido revelada por Jesús en su Evangelio.

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y acogido como persona. El Señor Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y un carácter personal.

 

El Espíritu Santo, el don de Dios

Dios es Amor” (Jn 4,8-16) y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás. Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado“. (Rom 5,5).

Puesto que hemos muerto, o al menos, hemos sido heridos por el pecado, el primer efecto del don del Amor es la remisión de nuestros pecados. La Comunión con el Espíritu Santo, “La gracia del Señor Jesucristo, y la caridad de Dios, y la comunicación del Espíritu Santo sean con todos vosotros.” 2 Co 13,13; es la que, en la Iglesia, vuelve a dar a los bautizados la semejanza divina perdida por el pecado. Por el Espíritu Santo nosotros podemos decir que “Jesús es el Señor “, es decir para entrar en contacto con Cristo es necesario haber sido atraído por el Espíritu Santo.

Mediante el Bautismo se nos da la gracia del nuevo nacimiento en Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo. Porque los que son portadores del Espíritu de Dios son conducidos al Hijo; pero el Hijo los presenta al Padre, y el Padre les concede la incorruptibilidad. Por tanto, sin el Espíritu no es posible ver al Hijo de Dios, y, sin el Hijo, nadie puede acercarse al Padre, porque el conocimiento del Padre es el Hijo, y el conocimiento del Hijo de Dios se logra por el Espíritu Santo.

Vida de fe. El Espíritu Santo con su gracia es el “primero” que nos despierta en la fe y nos inicia en la vida nueva. El es quien nos precede y despierta en nosotros la fe. Sin embargo, es el “último” en la revelación de las personas de la Santísima Trinidad.

El Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo del Designio de nuestra salvación y hasta su consumación. Sólo en los “últimos tiempos”, inaugurados con la Encarnación redentora del Hijo, es cuando el Espíritu se revela y se nos da, y se le reconoce y acoge como Persona.

El Paráclito. Palabra del griego “parakletos”, que literalmente significa “aquel que es invocado”, es por tanto el abogado, el mediador, el defensor, el consolador. Jesús nos presenta al Espíritu Santo diciendo: “El Padre os dará otro Paráclito” (Jn 14,16). El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido, los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado “otro paráclito” porque continúa haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de la muerte eterna.

Espíritu de la Verdad: Jesús afirma de sí mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Y al prometer al Espíritu Santo en aquel “discurso de despedida” con sus apóstoles en la Última Cena, dice que será quien después de su partida, mantendrá entre los discípulos la misma verdad que Él ha anunciado y revelado.

El Paráclito, es la verdad, como lo es Cristo. Los campos de acción en que actúa el Espíritu Santo, son el espíritu humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y el error es el primer momento de dicha actuación.

Permanecer y obrar en la verdad es el problema esencial para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, desde los primeros años de la Iglesia hasta el final de los tiempos, y es el Espíritu Santo quien hace posible que la verdad acerca de Dios, del hombre y de su destino, llegue hasta nuestros días sin alteraciones.

 
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¿Conoces el significado de la señal de la Cruz?

 

Una terrible tragedia para el cristianismo ha sido, y será siempre, la separación entre el rito y el símbolo; o para ser más preciso, la tragedia se debe más bien al olvido por parte de los fieles del significado de los símbolos que se realizan durante los diversos ritos. Sí, porque la causa de la fracción no se da sola por arte de magia; esta nace y crece como fruto de nuestra desprovista formación. Alguno podrá objetar que no tiene tiempo para gastar en cuestiones que le competen a los teólogos y sacerdotes, pero esta es una falsa excusa que no nos exculpa. Salvando las distancias de la analogía, es como si alguien practicase un deporte que considera fundamental para su vida y del cual se profesa «fanático», y sin embargo, aseverase que no le interesa mucho, o para nada, conocer bien las reglas, la historia, las renovaciones y problemas en marcha del deporte en cuestión. ¿Quién le creería?

Es evidente, volviendo al ámbito de la fe cristiana, que tarde o temprano el vaciamiento «doctrinal» nos pasará la cuenta generándonos un consecuente vaciamiento «espiritual».  Lo que amamos de verdad (pensemos a las personas que amamos o las actividades que realmente nos gustan) lo queremos conocer siempre más y más, incluso en sus pormenores. El desinterés en el fondo es falta de amor sincero (este criterio nos debería llevar a un profundo examen de conciencia). De hecho, regresando a nuestro caso, quien no desea ni busca comprender más el profundo significado de los símbolos que celebra, tiene que cuestionarse para cambiar de actitud. De lo contrario, esto no solo nos llevará a perder toda la riqueza cultural que estos portan consigo, sino, y sobre todo, esterilizará poco a poco nuestra capacidad interior de disponernos espiritualmente para acoger el caudal de gracia que nos comunican efectivamente. Esto es así, porque el rito cristiano exige siempre un grado de participación y cooperación. Para decirlo con San Agustín: Dios «creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él» (Sermón 169, 11.13).

No es mera casualidad que quien no conoce los signos sagrados, acabe por vivir el rito como un mecanismo frío, repetitivo y carente sentido. No es de extrañarse entonces que la misa le parezca «aburrida». ¡Es que no entiende nada de lo que pasa ahí! No es sorprenderse tampoco que tantos tiendan a deformar los ritos buscando adaptarlos a simbologías llamativas que poco o nada tienen que ver con el soplo del Espíritu. Es un tema demasiado delicado como entrar aquí en detalle. Sin embargo, creo que lo que sí podemos concluir con el video de hoy, es que solo a través de la vivencia y del conocimiento profundo de la fe expresada en sus milenarios símbolos, podremos renovar en continuidad nuestras celebraciones litúrgicas. Pues solo conociendo la «forma» de la Iglesia en su Tradición milenaria es que se puede re-formar e informar en conformidad al Espíritu. Tal vez nos sorprendamos al descubrir, entrando en esta dinámica de formación interior, que en realidad el verdadero problema en este momento es que aún no hemos ni siquiera comenzado a comprender y a vivir el alcance de las grandes renovaciones espirituales que hemos heredado (incluso recientemente), porque en el fondo desconocemos la belleza y profundidad del ritual y sus símbolos. Nuestra primera tarea como creyentes es simple y parte de aquí: dediquémosle más tiempo a nuestra formación y renovación en la fe, antes de criticar o proponer nuevas ideas; busquemos profundizar, conocer y vivir mejor lo que ya celebramos cotidianamente, para que de esta manera demos un testimonio contundente y convincente de que «donde esté nuestro tesoro, allí está también nuestro corazón» (Mt 6,21).

 

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¿Cuánto dura la presencia de Cristo en la Eucaristía?

 

Sabemos que en el altar, al momento de la consagración, la hostia y el vino se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Pero ¿cuánto tiempo permanece su presencia en ellos? Asimismo, cuando lo recibimos en la comunión ¿cuánto tiempo permanece Cristo dentro de nosotros? Vamos a responder estas preguntas.

 

En cada pedazo de la hostia consagrada y en cada gota del vino consagrado está Cristo completo, es decir, todo su Cuerpo, su Sangre, alma y divinidad. Por lo tanto, cada que comulgamos, recibimos al mismo Cristo vivo y resucitado. Así lo confirma el Catecismo de la Iglesia Católica al decir: “En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (1374).

 

De tal manera que al fraccionar la Hostia consagrada no es que se divida a Cristo, ya que hasta en la más pequeña partícula de la Hostia está Cristo con todo su Cuerpo y su Sangre. Lo mismo al recibir el vino en el cáliz, no es solamente la Sangre de Cristo, sino que es el Señor en toda su persona divina. “Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo” (CCE 1377).

 

Ahora bien, la presencia real de Cristo en la Eucaristía permanece desde la consagración del pan y del vino, hasta que duren las especies que sirvieron para su ofrecimiento. Es decir, que cuando las especies del pan y del vino se alteran por el tiempo o se disuelven a través del estómago, la presencia física de Jesús deja de estar.

 

Se pudiera decir que son aproximadamente entre 10 y 15 minutos los que dura la presencia física de Jesús dentro de nosotros. El que ya no esté en su presencia real y verdadera, no quiere decir que Cristo nos abandone. Sigue presente en nuestra alma, habita en nosotros, en unión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo de manera real.

Al reconocer que es Cristo en cuerpo y alma a quien recibimos, es necesario que preparemos también nuestro cuerpo ya que no es un alimento ordinario. Por lo tanto, por respeto a su presencia dentro de nosotros, el Código de Derecho Canónico nos dice cómo debemos prepararnos: “Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción sólo del agua y de las medicinas” (919). Asimismo, no debemos comer ningún alimento de manera inmediata luego de haber comulgado, hasta que haya pasado el tiempo prudente para que se disuelva totalmente la Hostia dentro de nuestro organismo.

 

Qué triste es ver a tantos que después de recibir a nuestro Señor permanecen como si hubiesen recibido un simple trozo de pan. Hagamos el compromiso de vivir con piedad y cuidado ese momento de la comunión. Deleitemonos en comerlo, platiquemos con Él desde el corazón.

Al comulgar al Señor nos convertimos en sagrarios vivientes, dentro de nosotros está el mismo cielo; por lo tanto, debemos aprovechar ese momento tan especial para adorar y conversar con aquel que nos ama y que ha decidido vivir en ti y en mí. La presencia de Cristo Eucaristía permanece para siempre, para toda la eternidad.

¡Cuida tu gracia y no te prives de este alimento que da la vida eterna!

 

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¿Cuál es y cómo se comete el pecado contra el Espíritu Santo?

Al cometer este pecado Dios no perdona, no porque Él no quiera, sino porque la persona no le deja.

 

Es Mateo (12,31-32) quien menciona un pecado “que no será perdonado”, y aclara que es “la blasfemia contra el Espíritu Santo”. Mucho se ha especulado sobre esto, es por eso que vamos a analizar de qué se trata.

 

  1. ¿EN QUÉ CONSISTE ESTE PECADO?
El texto bíblico dice que es

“blasfemar contra el Espíritu Santo”, ahora bien, la blasfemia no es solamente con palabras, sino también y sobre todo con hechos. ¿Quién blasfema?

Quien no se siente necesitado de Dios, quien no se siente pecador o se cree sin pecado, quien se cierra al llamado de Dios a la conversión, quien endurece el corazón a tal punto que a la persona no le interesa Dios.
Es pecado el endurecer el corazón y decirle, p.e., a Dios:

‘No me interesas; estoy bien sin ti; no te necesito’. Es pecado considerar que Dios no puede perdonar, o negar el perdón de Dios en la confesión. En conclusión, es el pecado por el que el hombre se niega libre y conscientemente al perdón y la misericordia de Dios.

¿Por qué es tan grave este pecado? Sencillo, porque ante esta circunstancia, ¿qué puede hacer Dios? NADA; tan solo dejar que la persona muera en su pecado. Allí Dios no puede actuar, Dios no tiene nada qué hacer, no tiene nada qué perdonar, no perdona nada, no porque Él no quiera, sino porque la persona no le deja. Como dirá Proverbios: “El que oculta sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y se aparta de ellos alcanzará misericordia”(Proverbios 28, 13)”.

 
2. ¿CÓMO SE COMETE ESTE PECADO?

Existen dos maneras principales en las que se comete este pecado:

 

  • Conciencia Escrupulosa: La conciencia escrupulosa es la que exagera la proporción del pecado y su efecto en su alma, la persona que posee este tipo de conciencia se considera incapaz e indigno de recibir la Misericordia de Dios. Se cierra a la gracia y no se arrepiente, pues considera que todo está perdido, que será en vano todo esfuerzo por mejorar, pues ya está condenado, mira su pecado como superior a la Misericordia de Dios.

 

Es necesario distinguir entre remordimiento y arrepentimiento: el remordimiento es el sentimiento y acusación que pone el enemigo en el corazón, haciendo creer que el pecado es imperdonable y que Dios no lo olvidará nunca. Esto es una calumnia al amor de Dios y una soberbia enorme, considerar a Dios un ser despiadado y vengativo.

La persona que tiene este tipo de conciencia deja de confesarse, deja de orar, y se obstina en el pecado. Vive con tristeza y desesperanza. Si reuniéramos todos los pecados del pasado, del presente y del futuro son una gota en comparación del mar de la Misericordia de Dios.

Solución:

Reconoce la Misericordia de Dios en tu vida, el Señor te ama y perdona tus pecados si tú te arrepientes de corazón. No hay pecado que Dios no perdone. Isaías 43, 25: “Soy yo quien tenía que borrar tus faltas y no acordarme más de tus pecados” y Romanos 5, 20.

 

  • Conciencia Laxa: Es el otro extremo, es considerar que la Misericordia de Dios es tan grande, que no necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados ni de la conversión, pues Dios es un alcahuete que perdonará sin arrepentimiento.

 

La persona laxa tiene como lema errar es humano; vive convencida de que es demasiado débil para resistirse al pecado, y tiende a quitarle toda importancia”. Es necesario recordar que Dios es Amor, pero también es justicia y es imposible que su Misericordia nos abrace si no la buscamos.

En la persona con conciencia Laxa no existe dolor por haber ofendido a Dios, y se aprovecha del argumento de que Dios sabe y conoce la debilidad humana.

El Laxo de conciencia no busca la confesión, se obstina en su pecado y vive un Cristianismo mediocre. En este grupo de personas están los que creen que son buenos porque no se meten con nadie, que tienen pocos pecados o que se confiesan únicamente con Dios sin necesidad de un Sacerdote. El Espíritu Santo se ve rechazado y anulado por esta autosuficiencia y abuso de la Misericordia de Dios. O también está el que juega con el Sacramento, diciendo peco sin problema porque mañana me confieso.

Solución:

Reconocer y arrepentirse de corazón por los pecados, hacer un buen examen de conciencia, confesarse Sacramentalmente, tener propósito de enmienda y de no volver a caer en el pecado. Y hacerlo cada vez que pequemos. Permitiendo que el Espíritu Santo entre y obre en el corazón.

 

  1. CONCLUSIÓN

Es necesario que comprendamos que el pecado contra el Espíritu Santo no puede ser perdonado porque el Pecador no se arrepiente, no porque Dios no lo quiera perdonar. Por eso ábrete a la acción de la gracia del Espíritu Santo, lucha por tu conversión y confía en su Misericordia que es infinita y eterna.

 

 

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Vivir correctamente la Santa Misa Explicación

En la Misa nos reunimos para celebrar recordando y viviendo la Última Cena y el sacrificio de Jesús en la cruz.

 

Cuando se asiste a Misa, lo primero que se hace es, la Reunión, que significa IGLESIA – ECLESIA – del griego = Asamblea Reunida. Todos se reúnen. Antiguamente, la preparación para la reunión de todos los que se congregaban para una celebración, se hacía con una procesión solemne.

La Santa Misa es la celebración dentro de la cual se lleva a cabo el sacramento de la Eucaristía.

Su origen se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, en donde los apóstoles y los primeros discípulos se reunían el primer día de la semana, recordando la Resurrección de Cristo, para estudiar las Escrituras y compartir el pan de la Eucaristía.

En la Misa nos reunimos para celebrar recordando y viviendo la Última Cena y el sacrificio de Jesús en la cruz. Nosotros debemos escuchar con atención lo que Dios nos quiere decir cada domingo en la Misa.

En ésta podemos participar en Jesucristo de la siguiente manera: podemos ofrecer a Dios nuestra vida, nuestras obras, pedir perdón por nuestros pecados y unimos a Jesús por medio de la Comunión.

En la Misa va a suceder un milagro: Dios se va a hacer presente y se va a quedar con nosotros.

El nombre de “Misa” se debe a que al terminar la celebración, el sacerdote nos dice que vayamos a cumplir con la “misión” de ser testigos de Cristo ante los hombres.

¿Cómo debemos vivir la Misa?
En la Misa debemos poner atención durante las lecturas y la homilía; devoción y adoración durante la consagración; y disposición a cumplir la voluntad de Dios durante el Ofertorio y la Comunión.

¿Qué posturas debemos tener en la Misa?
En la Misa tenemos tres posturas diferentes: sentados, de pie y de rodillas. Cuando estamos sentados estamos en actitud de escuchar con atención, como lo hacían los amigos de Jesús. Cuando estamos de pie estamos en actitud de estar listos y disponibles para la llamada de Dios. Cuando estamos de rodillas estamos en actitud de adoración a nuestro Dios y Salvador.

Cuando vivimos la Misa correctamente obtenemos varios frutos:
  • Entendemos la palabra de Dios,
  • Crecemos en nuestra fe para reconocer a Jesús,
  • Nos llenamos de alegría y paz interior;
  • Tenemos a Jesús presente en nuestra alma y las fuerzas necesarias para cumplir con nuestra misión.

Explicación detallada de la Misa

Entrada del sacerdote: Entra el sacerdote quién hace unos gestos que pasan desapercibidos; tales como, una genuflexión y un beso ante el altar. Estos gestos tienen un sentido muy importante y relevante. La Misa se celebra en un altar = alto, presidido por un crucifijo que es imprescindible, ya que ahí se va a llevar a cabo el sacrificio incruento de la Cruz, por lo tanto, es un recordatorio para el sacerdote y los fieles, de lo que ahí va a suceder. La inclinación del sacerdote es el primer acto de adoración y reverencia. El beso al altar significa el beso a la Iglesia.

Rito introductorio: La misa comienza con la señal de la cruz, símbolo del cristiano que indica nuestra fe en la Trinidad, la cual debe de ir acompañada internamente de la deliberada y consciente confesión de nuestra fe. Después, el sacerdote abre los brazos en señal de saludo, con uno saluda a Dios y con otro al pueblo. Las frases que pronuncia significan la unión entre el sacerdote y el pueblo: “El Señor …. Y con tu espíritu”.

Actos penitenciales: El sacerdote junta las manos en señal de humildad, se hace el primer silencio de la Misa, silencio de reflexión ante la invitación del sacerdote a arrepentirnos. Estos actos concluyen después de haber manifestado una actitud de humildad, un reconocimiento de nuestra condición de pecadores y de haber pedido misericordia con la absolución del sacerdote, pero, no para pecados graves. Sigue el Gloria, canto de alabanza todos los domingos excepto los de la Cuaresma y Adviento. Además de los días señalados como fiestas.

Oración colecta: Petición a Dios. Antes de rezarla se hace el segundo silencio, silencio de petición comunitaria. Oración principal de la Misa y dirigida al Padre, donde se pide un bien espiritual, se acomoda a los tiempos litúrgicos y finaliza con una invocación a la Santísima Trinidad. Con esto, termina el rito introductorio.

La primera parte esencial de la Misa:

La Liturgia de la Palabra: Se lleva a cabo en el ambón. Es una de las partes más importantes de la Misa. En la Misa diaria, hay una sola lectura. Los domingos y días de fiestas hay dos lecturas, siendo la primera, generalmente, del Antiguo Testamento, la segunda, es tomada generalmente, de Hechos, Cartas, Nuevo Testamento.

Entre la primera y la segunda, se recita el Salmo Responsorial, parte de canto y parte de meditación. La respuesta al Salmo es para favorecer la meditación. En esta parte, los fieles permanecen sentados con una actitud de atención, para que la Palabra los alimente y fortalezca. Dios habla, hay que escuchar con veneración.

Sigue el Aleluya, canto de alegría, preparación para el Evangelio; hay movimiento en el altar, el sacerdote va al ambón.

La Misa continúa con el Evangelio. Antes de su lectura, el sacerdote junta las manos y con gran recogimiento, dice: “Purifica Señor mi corazón y mis labios para que pueda anunciar dignamente tu Evangelio”. Éste debe ser leído por el ministro, en caso de que sea un diácono quien lo lea, debe pedirle su bendición al sacerdote. Un sacerdote no le pide la bendición a otro, sólo al Obispo. Si se escucha con atención y con las debidas disposiciones: humildad, atención y piedad, se depositará en el interior de cada fiel, una nueva semilla, sin importar cuántas veces se ha escuchado el mismo Evangelio, siempre habrá algo nuevo. Al finalizar el sacerdote dice: “Esta es Palabra de Dios” y besa el Evangelio diciendo: “Por lo leído se purifiquen nuestros pecados”.

La Homilía, momento muy importante para la vida práctica de los fieles; no se puede omitir en domingos y días festivos. En la lectura de la Sagrada Escritura, habla Dios; en la Homilía, habla la Iglesia, depositaria de la Revelación, con la asistencia del Espíritu Santo para que se interprete rectamente la Escritura. Hay que escuchar con una actitud activa lo que la Iglesia quiere decir por medio del sacerdote, no hay que juzgarlo. La Homilía es una catequesis, no debe hablarse de otros temas que no sean referentes a la fe y a la salvación. Si no hay homilía, debe haber un silencio meditativo después del Evangelio. El Obispo predica sentado con báculo y mitra.

El Credo, nuestra profesión de fe. Se profesan doce artículos, manifestando la fe en Dios, Sólo se reza en domingos y días festivos. En Navidad y en el día de la Encarnación, se arrodilla cuando se dice: “… Se encarnó de María, la Virgen”.

La Oración de los fieles: Todas estas oraciones son de petición. Los fieles ofrecen sus peticiones al Señor. Pueden ser hechas por los fieles. Su finalidad es pedir a Dios por las necesidades de la Iglesia:

  • Una debe ser por toda la Iglesia Universal.
  • Otra por la jerarquía, el Papa y los Obispos.
  • Por los gobernantes.
  • Por los pobres y necesitados.
  • Por la Iglesia particular o local.
  • Pueden haber más, pero no demasiadas. La introducción y la conclusión debe hacerla el sacerdote.

La preparación de las Ofrendas: Se llevan las ofrendas al altar, lo más conveniente es que los fieles las lleven. Estas son el vino y el pan. Se recoge la limosna, la cual es también una ofrenda. El sacerdote prepara el altar, extiende el corporal, si tiene copón lo destapa. El sacerdote recibe las ofrendas del pueblo. Con las ofrendas, la asamblea no sólo ofrece lo material, sino que simboliza la entrega del cristiano, su total disponibilidad a lo que Dios le tiene señalado. Se entregan los dones que Dios ha dado a cada quien, todo se pone a su disposición.

Ofrecimiento del pan y del vino: El pan y el vino se ofrecen por separado. El vino es preparado por el sacerdote que le añade unas gotas de agua diciendo: “Que así como el agua se mezcla con el vino, participemos de la divinidad de Aquél, que quizó compartir nuestra humanidad”. Existe un simbolismo entre el pan y el trabajo, además de que, en el pan hay muchos granos de trigo. Y como dice San Pablo: “Porque el pan es uno, somos muchos un sólo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan” (1 Cor 10, 17). El vino se obtiene de la vid, machacando y pisando, símbolo de dolor, de sufrimiento y se ofrece para convertirlo en la Sangre de Cristo por un deseo de expiación. Con el pan y el vino se ofrece el trabajo, el descanso, las alegrías, las contrariedades; pero sobre todo, el deseo de que Dios acepte a cada quien con sus miserias, y los transforme con su Gracia hasta asemejarlos a su Hijo.

El lavatorio de manos: Con este gesto el sacerdote, una vez más, expresa su deseo de purificación y limpieza interior. Esta acción indica que se debe estar puro de todo pecado, lava las manos para purificarlas. El sacerdote dice: “Lava del todo mi delito, Señor, limpia mi pecado”.

Oración sobre las ofrendas:

El sacerdote abre los brazos y dice: ”Orad hermanos…”, recordando a los fieles que también ellos ofrecen junto con él, el sacrificio, que no deben ni pueden quedar al margen. Se lee la oración de las ofrendas que expresan a Dios, de modo oficial, los sentimientos y deseos de los fieles, de la Iglesia en relación a las ofrendas, suplicando que las reciba y después de santificarlas, conceda los bienes espirituales que emanan del sacrificio.
 

La segunda parte esencial de la Misa: Liturgia Eucarística:

Suele llamarse canon = regla. Comienza con el Prefacio, que es un canto. Hay diferentes prefacios, unos provienen de la Iglesia oriental, otros de la romana, esto es con el fin de unificar a la Iglesia. Es una exhortación a elevar los corazones dejando todo lo mundano porque en unos momentos Dios se va a hacer presente. Se agradece a Dios su preocupación por los fieles, dando gracias según la fiesta. No se da gracias por cosas materiales en este momento, sino porque fortaleció la debilidad humana y porque con la muerte no se pierde la vida. Luego, el sacerdote nos invita a alabar (Hosanna), junto con los ángeles y arcángeles, y a dar la bienvenida a Cristo que está por venir.

Sigue con la Anámnesis, para recordar la conmemoración del misterio pascual. Ofrecimiento de la Víctima Divina. Después viene la invocación del Espíritu Santo o Epíclesis, al poner el sacerdote las manos sobre el cáliz, es el momento para que los fieles se arrodillen. Narración de la institución de la Eucaristía: El canon puede variar, pero, las palabras no varían en la narración. Al terminar la narración, y antes de formular las palabras de la Consagración, el sacerdote se inclina sobre el altar con el fin de separar lo que era una narración y lo que ahí va a suceder.

El sacerdote eleva primero el pan diciendo las palabras de la Consagración, hace una genuflexión, eleva el vino diciendo las palabras correspondientes y vuelve a hacer una genuflexión. La Consagración es el punto central de la Misa, la parte más importante, porque se vuelve a celebrar el sacrificio incruento de la Cruz. Al terminar el sacerdote dice: “Este es el misterio de nuestra fe”, como invitación a los fieles a que se adhieran conscientemente al misterio de la Iglesia. En esta parte se pide por los vivos, por los santos, se conmemoran a los difuntos y el sacerdote hace su petición personal. El rito de la consagración termina con las palabras: “Por Él, con Él y en Él, al Padre en unidad con el Espíritu Santo, todo honor y toda Gloria por los siglos de los siglos”, es la glorificación de la Trinidad (doxología). Si se analiza éste es el objeto de la creación: la Gloria de Dios.

Rito de la Comunión o Plegaria Eucarística: La consumación del sacrificio, el banquete. Comienza con el Padre Nuestro. La oración por excelencia que nos enseñó Jesús. Sus siete peticiones toman un sentido especial cuando se recita, poder sentirse hijos de Dios, contiene todo lo que se da en el sacrificio de la Misa.

Oraciones por la paz: Se pide la paz en la oración que enlaza con el Padre Nuestro y la que enseguida se dirige a Cristo. No se pide una paz externa, sino interna. Una paz que exige valor, que es una lucha contra el pecado. Se puede resumir en el encuentro de la Salvación. Cuando se da la paz, se debe de tener una verdadera disposición a ello, ninguna palabra mencionada en la Misa es formulario.

La Fracción del pan: el sacerdote parte la hostia consagrada en tres. La más pequeña la junta con las demás. Se invoca al Cordero de Dios, que es el que quita el pecado, lo destruye y que por su sacrificio es el que da la posibilidad del desprendimiento de los pecados. El sacerdote dice una oración con sentimiento de humildad, pidiendo que lo libre de cualquier falta y que cumpla sus mandamientos.

La recepción del sacramento, la Comunión: Si no hubiera comunión, la Misa sería incompleta, no hay que olvidar que Cristo, en la Última Cena, nos exhorta a ello. El sacerdote comulga primero, luego la distribuye a los fieles, quienes deben de estar conscientes de lo que van a hacer.

Rito de purificación: Luego de haber distribuido la Comunión, se limpian o purifican los objetos sagrados, con el fin de que el cuerpo y la sangre de Cristo no sean mal utilizados o sin la reverencia que se merecen.

La acción de gracias: Es elemental detenerse un momento para dar gracias a Dios, que está dentro de los que lo han recibido, y agradecerle todo los beneficios recibidos. Debe de haber una postura de recogimiento.

La oración post comunión:

Se recita y relaciona la liturgia con la Comunión. Luego, el sacerdote despide a los fieles y les da su bendición, indicándoles, que han de seguir viviendo la Misa.