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Para Meditar
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.
Catecismo de la Iglesia Católica 2708
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Un plan para la santidad

Claro. Porque aquí no se trata de ser buena gente, sino de ser santos, que es mucho más. Pues sepan que hay gente que me pide la receta… Y resulta que recetas no hay. Dicho esto, me atrevo a sugerir algunas pistas:

 

  1. Oración. Ahí tenemos la capilla de la adoración perpetua que debería ser de visita diaria obligada, aunque solo fueran unos minutos para saludar al Señor.
  2. Meditación de la escritura. Cinco minutos diarios para empezar. Tan facilito como leer el evangelio dos minutos y meditarlo tres.
  3. Un propósito diario de vivir en todo siguiendo los mandamientos de Dios y de la Iglesia.
  4. Confesión frecuente. Porque necesitamos revisar nuestra vida, la gracia del sacramento y sobre todo, porque llegado el caso no podemos estar ni un momento con la carga de un pecado grave en la conciencia.
  5. Misa dominical imprescindible, y muy aconsejable diaria.
  6. Devoción a la Virgen. Si añadimos el rosario, avanzamos no a pasos sino a zancadas.

 

Para empezar, ya tenemos bastante.

ES UN RETO QUE LES DEJO.

Tenemos que ser santos, no solo de buenas personas. 

 ¿Se animan a intentarlo?

Para ayudarles les recuerdo cuales son los mandamientos.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios son:

1º Amarás a Dios sobre todas las cosas.
2º No tomarás el Nombre de Dios en vano.
3º Santificarás las fiestas.
4º Honrarás a tu padre y a tu madre.
5º No matarás.
6º No cometerás actos impuros.
7º No robarás.
8º No dirás falso testimonio ni mentirás.
9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

10º No codiciarás los bienes ajenos.

Los cinco mandamientos de la santa madre Iglesia:

1º – Oír Misa entera los domingos y fiestas de guardar.
2º – Confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar.
3º – Comulgar al menos por Pascua de Resurrección.
4º – Ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la Santa Madre Iglesia

5º – Ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

 

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¿Cómo saber si estoy haciendo la voluntad de Dios?

 

El signo principal de que estamos haciendo la voluntad de Dios es la

paz. Paz que no es una simple tranquilidad psicológica porque todo va bien, sino una paz que es mucho más profunda, mucho más íntima. Esta paz se percibe y se confirma especialmente cuando estoy en presencia de Dios, en la oración. La paz del que hace la voluntad de Dios va acompañada de otros elementos: un sentimiento interior de libertad (incluso cuando la voluntad de Dios puede ser exigente, no se cumple como algo restringido o forzado, sino con una motivación personal y libre), una cierta dilatación del corazón (el corazón se hace grande en el deseo de amar a Dios más y más, en la ternura y bondad hacia el prójimo), una alegría interior.

Dicho esto, el sentimiento de paz y aquello que lo acompaña (libertad, amor, alegría) no siempre se siente intensamente, y esto es por diferentes razones. A veces vivimos tiempos de pruebas, de tentaciones, de preguntas y dudas, incluso tormentas interiores, que son normales en toda vida espiritual y que hacen que, aunque seamos fieles a Dios y hagamos su voluntad, no gocemos sensiblemente de esta paz. Pero estos tiempos de prueba son pasajeros y la paz vuelve después de un tiempo, más profunda que antes.

Hay que saber también que no siempre podemos tener la certeza absoluta de estar haciendo la voluntad de Dios. Habrá de repente tiempos de “tantear” en la vida espiritual, tiempos de búsqueda, de interrogación sobre nuestras decisiones, sin que tengamos siempre una respuesta inmediata. La respuesta llegará algún día si tenemos buena voluntad, pero se necesita tiempo. Por otra parte, Dios quiere que nos mantengamos pobres y pequeños, siempre con deseos de progresar. Si alguien tuviera permanentemente la certeza total de hacer la voluntad de Dios, podría tener el riesgo de caer en un cierto orgullo o presunción, de estar demasiado seguro de sí mismo; a veces es mejor para nosotros vivir en una cierta pobreza e incertidumbre, guardando simplemente la buena voluntad. Dios nos da siempre luz para las decisiones esenciales, pero eso no impide que haya una parte de oscuridad o de interrogación en la comprensión de su voluntad.

Otras veces puede haber razones psicológicas que hacen que, aunque estemos en la voluntad de Dios, el corazón no logre sentir paz: un temperamento escrupuloso o demasiado inquieto, un periodo de depresión o de angustia, etc.
De todo esto se derivan las siguientes consecuencias prácticas:


– Cuando estamos en una paz estable y profunda, en general es signo de que estamos en la voluntad de Dios. Pero hay que cuidar no caer en la presunción; debemos mantenernos humildes y pequeños, sabiendo que no estamos exentos de buscar comprender y cumplir cada vez mejor esta voluntad de Dios. Hay que estar siempre en búsqueda… No con inquietud y tensión, obviamente, sino con confianza y paz, deseando siempre y con fuerza avanzar.

Si no se tiene esta paz hay que intentar comprender por qué. A veces puede significar que no estoy en la voluntad de Dios. Otras veces quiere decir que tengo demasiados escrúpulos, o que estoy en una fase de prueba o de combate espiritual. Y otras veces es el demonio quien, para inquietarme y desmotivarme, me acusa sin un motivo verdadero (en la Escritura, el demonio se llama “acusador de los hermanos”).

Cuando no logremos ver claro por nosotros mismos, es bueno pedir consejo a un orientador espiritual

que pueda ayudarnos en nuestro discernimiento. Cuando nos abrimos a una persona que conoce la vida espiritual, en general es bastante fácil descubrir si la falta de paz viene de una infidelidad a Dios o de otra causa.

 

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¿Cómo medita un cristiano?

 

¿Qué es la meditación para el cristiano? 

– La meditación es: 

  • silencio, reverente escucha y obediente recepción de la Palabra de Dios, en vista a conformar según ella toda mi vida; 
  • ser y estar con Dios: “permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no está unido a la vid, así sucede con ustedes” (Jn 15,4); 
  • acercarse a aquel misterio de la unión con Dios, que los Padres Griegos llamaron divinización del hombre: “Dios se ha hecho hombre para que el hombre sea Dios” (San Atanasio) ; 
  • retornar a buscar la virtud y el amor de Dios, y no a encontrar saber en general o una particular disposición psicológica”. (San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, Filotea, II,V) ; 
  • pensar sobre alguna verdad de fe, para creer con mayor convicción, amarla como un valor concreto que me atrae, practicarla con la ayuda del Espíritu Santo. Se trata de un conocer amorosamente. Implica reflexionar, amar, y tener propósitos prácticos. Su valor está no en pensar mucho, sino en amar mucho” (CEI, Nº 996); 
  • es un concentrarse sobre sí mismo, y un trascender el propio yo, que no es Dios, sino sólo una criatura. Dios es “interior intimo meo, et superior summo meo: Dios es más íntimo que mi intimidad y más grande que mi grandeza” (San Agustín, Confesiones 3, 6, 11). Dios está en nosotros y con nosotros, y nos trasciende en su misterio. 
– La meditación cristiana no implica que el yo personal y su creaturalidad deban ser anulados y desaparecer en el mar del Absoluto. De hecho “el hombre es esencialmente criatura y así perdura en la eternidad, por eso no es posible que sea absorbido el yo humano en el yo divino, ni en los más altos estados de la gracia” (MC, 14). 

 

 

¿Sobre qué se funda la meditación cristiana? 

Se funda sobre:

  • La realidad misma del Dios uno y trino, que “es Amor” (1 Jn 4,8), que nos ha hecho “hijos adoptivos”, y por lo tanto podemos gritar con el Hijo en el Espíritu Santo: “Abbá Padre”. 
  • La meditación de la obra salvífica, que el Dios del Antiguo y Nuevo Testamento ha cumplido en la historia, a través de los cuales Dios “se revela hablando a los hombres como a amigos, para invitarlos a estar en comunión con El” (Concilio Vaticano ii, Dei verbum, 2). 
  • La persona de Cristo Señor, “en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col. 2,3). Es necesario tener siempre la vista fija en Jesús, por que es en El donde el amor divino se nos ha manifestado y donado, sobre todo en la cruz, “gracias a la palabra, a la obra, a la pasión y resurrección de Jesucristo, en el Nuevo Testamento la fe reconoce la definitiva auto revelación de Dios, la palabra encarnada es la que revela la profundidad más íntima de su amor” (MC, 5). Por lo tanto la revelación cristiana requiere una constante profundización en el conocimiento de Cristo, de modo de “comprender con todos los santos cual es la amplitud, la largueza, la altura, y la profundidad del misterio de Cristo y conocer el amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento, por ser lleno de la plenitud de Dios” (Ef 3,18). 
  • La disponibilidad a cumplir constantemente la voluntad de Dios, con el ejemplo de Cristo, para el cual, “el alimento es hacer la voluntad de Aquel que lo ha mandado a realizar su obra” (Jn 4,34). 
  • La estrecha correlación entre lex orandi y lex credendi, entre el modo de orar y el contenido de la fe cristiana que viene profesada. La oración cristiana es siempre determinada de la estructura de la fe cristiana, en la cual resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. “La oración es fe en acto: la oración sin fe termina ciega, la fe sin oración se desintegra” (Card. José Ratzinger, Conferencia de presentación del documento MC). 
  • La humildad. Cuando más se acerca una criatura a Dios, tanto más grande es su reverencia para con Dios, tres veces santo. Se comprende ahora la palabra de Aquella que ha estado honrada con la más alta de las intimidades con Dios, María Santísima: “Ha mirado la humildad de su sierva” (Lc 1,48) y también las de San Agustín, “Tu puedes llamarme amigo, yo me reconozco siervo” (San Agustín, Enarrationes in Psalmos CXLU). “no podemos ponernos a igual nivel que el objeto contemplado, el amor libre de Dios; ni siquiera cuando, por la misericordia del Padre, mediante el Espíritu Santo mandado a nuestros corazones, viene donado en Cristo, gratuitamente, un reflejo sensible del amor divino y nos sentimos como atraídos por la verdad, la bondad, y la belleza del Señor” (MC, 31). 
  • El silencio: es necesario redescubrir el valor del silencio, el cual crea un ambiente favorable para la reflexión, para la contemplación, para la escucha inteligente (de sí mismo, de Dios y de los otros), para la purificación y unificación de la persona. 
  • El amor para con el prójimo. La meditación auténtica nos envía constantemente al amor del prójimo, a la acción y a la pasión, y es así como nos acerca más a Dios. Ella despierta en el orante una ardiente caridad, que lo empuja a colaborar con la misión de la Iglesia y al servicio de los hermanos para la mayor gloria de Dios. 

  

¿Qué dimensiones de la persona involucra la meditación? 

La meditación involucra todas las facultades del ser humano: la inteligencia, la memoria, el deseo, la voluntad, la atención, la intuición, la imaginación, el sentimiento, el corazón, el comportamiento.
“Esta movilización es necesaria para profundizar la convicción de fe, suscitar la conversión del corazón y favorecer el seguimiento de Cristo. La oración cristiana por excelencia se detiene a meditar el “misterio de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante tiene un gran valor, pero la oración cristiana debe ir mas lejos: a el conocimiento del amor del Señor Jesús, y a la unión con El” (CIC, 2708).

 

 

¿Qué importancia tiene el cuerpo en la meditación cristiana? 

– La experiencia humana demuestra que las posiciones del cuerpo no son indiferentes en la disposición al recogimiento del espíritu, involucrando las funciones vitales fundamentales, como la respiración y el latir del corazón. Y esto es por la unidad de la persona, que es cuerpo y alma. En la oración es todo el hombre, que debe entrar en relación con Dios, y el cuerpo debe asumir la posición más cómoda para el recogimiento. 

– La importancia del cuerpo varía según la cultura y la sensibilidad personal. 

– En cada caso es necesario: 

  • Reconocer el valor relativo de la posición del cuerpo, ella es útil, sólo en vistas al fin de la oración cristiana. 
  • Debemos estar atentos para que las posiciones del cuerpo no degeneren en un culto del cuerpo y puedan llevar a identificar erróneamente todas sus sensaciones con experiencias espirituales. “Algunos ejercicios físicos producen sensaciones de quietud y de distensión, sentimientos gratificantes, en algún caso fenómenos de luces y de colores que asemejan a un bienestar espiritual, cambiarlas por consolaciones del Espíritu Santo sería un modo totalmente erróneo de concebir el camino espiritual. Atribuirle e ellos significados simbólico típico de la experiencia mística, sería una especie de esquizofrenia mental, que puede conducir a perturbaciones psíquicas, o a aberraciones morales” (MC, 28). 

  

¿Qué importancia tiene la técnica en la meditación cristiana? 

– La meditación cristiana no es principalmente una cuestión de técnica: es ante todo un don de Dios. Este don se concede en Cristo a través del Espíritu Santo.

El amor de Dios es una realidad de la que no podemos apoderarnos con ningún tipo de método o técnica. 

– La técnica puede ofrecer una ayuda a la meditación cristiana. 

  

¿Qué ayudas puedo usar para meditar bien? 

Se puede meditar recitando el Padre nuestro, repitiendo lentamente una frase bíblica, contemplando con devoción una imagen sagrada. “Nos ayudan los libros, y a los cristianos no les faltan, la Sagrada Escritura, particularmente los Evangelios, los iconos, los textos litúrgicos del día o del tiempo, los escritos de los Padres de la vida espiritual, las obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del hoy de Dios. 
Aquí se abre otro libro el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. En la medida de la humildad y la fe que se tiene, se descubren los motivos que agitan el corazón y allí se puede discernir. Se trata de hacer la verdad para venir a la Luz: “Señor que cosa quieres que yo haga?” (CIC, 2705-2706). De este modo se procede en el camino de la santidad, y en la vida de la perfección. 

  

¿Existen etapas en la vida de perfección? 

La tradición cristiana ha distinguido tres estadios en la vida de perfección: 

  1. La vía de la purificación, que comporta el reconocerse pecador, y el pedir perdón a Dios por los pecados.
  2. La vía de la iluminación, que introduce al fiel iniciado, en los divinos misterios, al conocimiento de Cristo mediante la fe que obra por medio de la caridad. Esta se hace posible por el amor que el Padre nos dona en su Hijo y de la unción que nos da El que es el Espíritu Santo, en ocasión del Bautismo y de la Confirmación. 
  3. La vía unitiva, que se realiza por medio de la participación a los sacramentos y el empeño constante de una vida moral coherente con la fe cristiana.
    “Con el andar del tiempo el ejercicio de la meditación se simplifica, el corazón prevalece sobre la reflexión. Se arriba gradualmente a la oración de recogimiento. Esta se libra de imágenes y pensamientos particulares, de recuerdos, de preocupaciones y proyectos. Solo es una tensión amorosa a Dios, a Jesús, a su perfección, a su evento salvífico. Se permanece en un silencio amoroso delante del Señor presente en nuestro interior. Se deja que el Espíritu Santo nos transforme, puede producir consolación o desolación, pero sin duda purifica y fortifica la caridad. Cuando el fervor de esta experiencia se atenúa, es recomendable retornar a la meditación discursiva, o a la oración vocal”. (CEI, 997). 

  

¿Cuáles son los métodos de meditación? 

– Son tantos los métodos de meditación como tantos son los maestros espirituales. Pero un método es sólo una guía, lo más importante es avanzar con la ayuda del Espíritu Santo sobre el único camino de la oración: Cristo Jesús.
“Todo fiel puede buscar y puede encontrar en la variedad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia, el propio camino, el propio modo de orar, pero todas estas vías personales confluyen, al fin, en el Camino a Padre que es Jesucristo. En la búsqueda de la propia vía cada uno se dejará guiar no por sus gustos personales sino más bien por el Espíritu Santo, el cual lo guiará por medio de Cristo hasta el Padre”(MC, 29). 

– Tras la variedad de los métodos, uno indicado por la tradición de la Iglesia como particularmente bueno para meditar la Sagrada Escritura: es el que se denomina 

Lectio Divina

 

 

¿Cómo practicar la Lectio Divina? 

Los Padres espirituales indican 5 etapas en el meditar la Biblia, y la describen así.

*

Lectio

En esta primera etapa tomo la Biblia no como un libro cualquiera, sino como el libro que contiene la Palabra de Dios que me habla a mí. Escucho una Palabra viviente, que me da un mensaje personal. La escucho como si fuese la primera vez. Hago el esfuerzo de tomar el sentido más profundo posible. Me encuentro con la luz de Dios: ella hace morada en mi inteligencia y la ilumina. 
*

Meditatio

Invoco al Espíritu Santo para que venga en ayuda de la ceguera de mi mente. Imploro humildemente la luz de la fe, escruto la Palabra con nueva atención. Descubro cómo las ideas de Dios son diversas de las de los hombres, tomo conciencia de lo necesario que es dejarme tomar por la Palabra de Dios, transformar mis convicciones, para que se asemejen cada vez más a las de Dios. Acepto cambiar mi mentalidad y mi voluntad para adherirme a la mentalidad y voluntad de Dios. 
*

Oratio

Me esfuerzo de hablar con Dios con todo el corazón, llamándolo en ayuda de mi debilidad. Es el momento de pedir a la Virgen María que me comunique su modo de orar, hecho de confianza y amor, hecho de pureza en el corazón. En su fe, en su silencio adorante, en su inocencia y en su coraje de amar y de recibir el amor de Jesús, yo invoco su Hijo para que me socorra. Me hago enseñar de El a orar al Padre en el Espíritu de amor. Mi corazón aprende a hablar a Dios, si se deja inundar del amor de Cristo. 
*

Contemplatio

Si he dejado que la Palabra, leída y meditada, ilumine los ojos de mi corazón y de mi mente, si me he dejado interpelar en lo profundo por el sentido de la Sagrada Escritura hasta madurar un deseo de intimidad constante con Dios. Si he orado con fe infinita por mis hermanos y por toda la Iglesia, ahora Dios responde. El infunde en mi corazón una incapacidad de continuar meditando de modo discursivo su Palabra y me concede una especie de participación al fuego de comunión de amor al interno de la Trinidad. 
*

Actio

Para darme el don de una íntima conversación, el Señor espera de mi parte que multiplique en cada momento los deseos de comunión con su amor. 

  

¿Cuáles son los límites del método? 

– La legítima búsqueda de nuevos métodos de meditación deberá tener presente que:

  • El método no puede ser separado del contenido y concebido como neutral en relación a lo que el porta, y al contexto cultural en el cual nace. 
  • Es necesario respetar la naturaleza íntima de la oración cristiana que: 

* es un diálogo personal, íntimo y profundo, entre el hombre y Dios. Ella exprime la comunión de la criatura redimida con la vida íntima de las Personas de la Trinidad” (MC, 3); 

* no se reduce jamás a un método, que sirva a liberarse del dolor, o a estar bien físicamente, es una apertura al amor de Dios, a aquel amor que no ha refutado la muerte y una muerte de cruz; 

* para ser auténticos, es esencial el encuentro de dos libertades, aquella infinita de Dios con la finita del hombre; 

* es siempre realizada en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto a todos los santos por el bien de la Iglesia. 

– Dichos los límites y los riesgos del método, es necesario que el cristiano se ponga en escucha dócil y en humilde recepción de lo que la Iglesia, en especial por medio del Papa y de los Obispos, indican: a ellos en realidad les corresponde “de examinar todo y decir que es lo bueno” (Concilio Vaticano ii, 

Lumen Gentium, 12). 

 

 

¿Qué cosa son las gracias místicas? 

Son gracias especiales, conferidas de parte de Dios, por ejemplo “a los fundadores de las instituciones eclesiales a favor de toda la fundación, a otros santos, que los caracteriza la particular experiencia de oración y que no pueden, como otros, ser objetos de imitación y de aspiración para otros fieles, aunque pertenezcan a la misma institución, y sean deseosos de una oración siempre más perfecta” (

MC, 24). 
“No es el empeño personal, sino la acción del Espíritu Santo la que introduce en la contemplación mística, es una experiencia de Dios sin conceptos, sin imágenes y sin palabras. El hombre no puede encontrarla ni hacerla con su propia voluntad, sólo debe prepararse a recibirla” (CEI, 998). 

 

¿Cuánto dura la meditación cristiana? 

La unión habitual con Dios, que viene llamada oración continua no se interrumpe necesariamente cuando se dedica el hombre, según la voluntad de Dios, al trabajo y al cuidado del prójimo. “Sea que coman o beban, o hagan alguna otra cosa, hagan todo para la gloria de Dios”, nos dice el Apóstol (1 

Cor 10,31). 

San Agustín al respecto afirma: “Sabemos que los eremitas de Egipto hacen oración frecuente, y son todas brevísimas. Ellas son rápidos mensajes que parten hacia Dios. Así la tensión del espíritu, tan necesaria para el que hace oración, permanece siempre despierta y ferviente y no se atenúa por la duración excesiva de la oración… a lo largo de la oración no se corta la incesante suplica, se permanece en fervor y atención. El servirse de muchas palabras en la oración, equivale a tratar una cosa necesaria con palabras superfluas. El orar consiste en golpear a la puerta de Dios e insistir con devoto ardor en el corazón. El deber de la oración se cumple mejor con los gemidos que con las palabras, más con las lágrimas que con los discursos. 

  

¿El cristiano para su meditación puede aprender de otras religiones? 

Las prácticas de meditación (como por ejemplo el zen o el yoga, la respiración controlada, el mantra…), provenientes del oriente cristiano, y de las grandes religiones no cristianas, pueden constituir un medio adaptado para ayudar al orante para estar delante de Dios interiormente distendido. 

“Como la Iglesia Católica nada desprecia cuando es verdadero y santo en estas religiones, no se deben despreciar prejuiciosamente estas colaboraciones porque no son cristianas. Se puede por el contrario, tomar de ellas todo lo que es útil, con la condición de no perder de vista la concepción cristiana de oración, su lógica, sus exigencias, porque es al interno de esta totalidad, que esos fragmentos deben ser reformulados y asumidos. Sobre todo se puede aconsejar tener humilde aceptación de un maestro experto en la vida de oración de sus directivas, de aquello que siempre ha estado en la experiencia de la vida cristiana ya desde tiempos antiguos, desde los padres del desierto. Estos maestros expertos en sentir con la Iglesia, no sólo deben guiar y llamar la atención sobre determinados peligros, sobretodo estos padres espirituales, deben introducirnos de forma viva, de corazón a corazón, en la vida de la oración, que es un don del Espíritu Santo” (MC, 16). 

 
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¿Somos hipócritas o servidores?

 

En las Sagradas Escrituras, frecuentemente, Jesús ataca a los escribas y fariseos. Invita a los suyos a hacer y cumplir lo que enseñan, pero no imitarlos en su conducta. Son críticas duras que les hace a los dirigentes espirituales de su pueblo. En concreto les echa en cara lo siguiente:

1. No cumplen lo que enseñan
2. Imponen cargas pesadas a la gente, pero ellos ni las tocan
3. Quieren aparentar ante los demás
4. Buscan los primeros puestos y los saludos en las plazas

Ahora, uno podría pensar que estas actitudes fueron propias de esta gente y que con su muerte se acabaron. Lastimosamente no es así. Este discurso de Jesús se dirige, por eso, también a los cristianos de todos los tiempos. Se dirige a las autoridades de la Iglesia y se dirige igualmente a cada uno de nosotros.

Porque los fariseos no son una categoría de personas. Se trata, más bien, de una categoría del espíritu de una postura interior. Es un bacilo siempre dispuesto a infectar nuestra vida religiosa.

Todos somos fariseos:
a. Cuando reducimos la religión a una cuestión de prácticas espirituales, a un legalismo estéril;
b. Cuando pretendemos llegar a Dios dejando de lado al prójimo;
c. Cuando nos preocupamos más de “parecer” que de “ser”;
d. Cuando nos consideramos mejores que los demás.

Toda esta plaga tiene un único y solo nombre: hipocresía. Por eso, con toda justicia, fariseísmo se ha convertido para nosotros en sinónimo de hipocresía.
Los hipócritas tienen una “doble cara”, una vuelta hacia Dios y la otra hacia los demás. Y, sin duda, la cara que mira a Dios es horrible, espantosa.

Para Cristo, la ley no era un ídolo, sino que era un medio. Tenía la tarea de empujar al hombre hacia adelante, de ayudarle para crecer.
El desafío que hoy nos presenta Jesús es, entonces: amor o hipocresía. Porque amar significa servir. Quien ama realmente, sirve a los demás, se entrega a los hermanos.

Es la actitud de Cristo. Toda su vida en esta tierra no fue sino un servicio permanente a los demás. Y al final entrega hasta su vida por nosotros, para liberarnos y salvarnos.

Y es también la actitud de María. En la hora de la Anunciación se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una promesa. Miremos a María: Ella le entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por medio del ángel. Cambia en el acto todos sus planes y proyectos, se olvida completamente de sus propios intereses.

Lo mismo le pasa con Isabel. Sabe que su prima va a tener un hijo y parte en seguida, a pesar del largo camino de unos cien kilómetros. No busca pretextos por estar encinta y no poder arriesgar un viaje tan largo. Y se queda tres meses con ella, sirviéndola hasta el nacimiento de Juan Bautista.
Hace todo esto, porque sabe que en el Reino de Dios los primeros son los que saben convertirse en servidores de todos. Cuando el ángel le anuncia que Ella será Madre de Dios, entonces María comprende que esta vocación le exige convertirse en la primera servidora de Dios y de los hombres.

Pidamos a Jesús y a María que nos regalen ese espíritu de servicio desinteresado y generoso, que ellos han vivido tan ejemplarmente. Sólo con ese espíritu podremos enfrentar los desafíos del mundo de hoy. Sólo con ese espíritu podremos ser instrumentos aptos para construir un mundo nuevo.

Preguntas para la reflexión

1. ¿En qué grupo estoy, hipócritas o servidores?
2. ¿Cómo podemos servir a los demás?

3. ¿Qué actitud de María puedo adoptar?
 
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¿Adoración o veneración?

6 motivos (bíblicos) por los cuales los católicos veneramos a la Virgen María
Fuente: Catholic-link.com

 

Muchas veces escuchamos decir que

adoramos a la Virgen María, o algunos no entienden por qué rezamos frente a imágenes de la Virgen o de los santos, cuando «la Biblia lo prohíbe». En este post intentaremos aclarar todas esas dudas para que puedas responder con fundamentos bíblicos la próxima vez que alguien lo pregunte.

 

La adoración, también conocida como «latría», debe ser rendida únicamente a Dios por ser Señor de todo lo creado, fuente de Bien, Sabiduría y Misericordia infinitas y Salvador nuestro. «Adorar a Dios es reconocer, en el respeto y la sumisión absoluta, la “nada de la criatura”, que sólo existe por Dios (…) es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que él ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo (cf Lc 1,46-49). La adoración del Dios único libera al hombre del repliegue sobre sí mismo, de la esclavitud del pecado y de la idolatría del mundo» (Catecismo de la Iglesia Católica, número 2097). En contraposición, la idolatría consiste de divinizar todo aquello que no es Dios.
Por otro lado, la veneración destinada a la Virgen María, a los santos o a los bienes materiales que a ellos les pertenecieron, no tiene como fin a ellos mismos sino a Dios. Como católicos veneramos a la Virgen María, conocido como «hiperdulía», en razón de la excelencia de sus virtudes por sobre los demás santos. Y veneramos a los santos, conocido como «dulía», reconociendo que todo lo que han recibido es un regalo de Dios y ellos son solamente un reflejo de las perfecciones divinas obtenidas por los méritos de Cristo en la Cruz.

 

Es decir, los católicos adoramos únicamente a Dios. No adoramos imágenes, ni estatuas, sino que veneramos lo que ellas representan y no a ellas por sí mismas. ¿Acaso las madres no llevan las fotos de sus hijos en sus billeteras? Sin embargo, ellas no aman la foto, sino que aman a quienes se encuentran en ellas. Del mismo modo, los católicos amamos a la Virgen María independientemente de que esté o no en una imagen, porque Ella nos conduce a Dios.
 
La Biblia puede interpretarse fuera de contexto o de manera incompleta, por ejemplo, en Éxodo 20,4 encontramos que dice

: «No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás.» Sin embargo, si continuamos leyendo, en Éxodo 25:18 encontraremos que Dios dice a Moisés: «Harás también dos querubines de oro, labrados a martillo los harás, en los dos cabos de la cubierta». 

Otros ejemplos de este estilo lo vemos en Números 21,8 y en 1 Crónicas 28:18-19 donde Dios manda construir imágenes como símbolos de salvación, pero no como salvación en sí mismas, ya que nuestra única salvación está en Cristo Jesús.

 

Habiendo aclarado lo anterior, compartimos seis motivos bíblicos por los cuales los católicos rezamos y amamos a la Virgen María:

 

  1. Es madre nuestra

Juan 19, 26-27: «Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa». Jesús nos deja a María como nuestra madre. Siendo Juan el modelo de todo discípulo nos enseña que quien acoge a Jesús, debe acoger también a Su Madre. Es curioso que en Juan 21, 25 se lea «hay también otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir». Es decir, de todo lo importante que Jesús ha hecho, Juan ha considerado este hecho tan importante que debía ser digno de escribirse.

 

  1. Es la madre de Jesucristo

Mateo 1, 16: «Y Jacob engendró a José, marido de María, de quien nació Jesús, el que es llamado el Cristo». Mateo 1, 18: «Y el nacimiento de Jesucristo fue así: Estando María, su madre, desposada con José, antes que se unieran, se halló que había concebido del Espíritu Santo». Gracias a su gran Sí y a su total confianza en la voluntad de Dios, tenemos a nuestro Salvador Jesucristo, a través de Quien todos podemos llegar al Padre.

 

  1. Es bendita entre todas las mujeres

Lucas 1, 26-28: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres». Lucas 1, 41 – 42: «Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando a gran voz y dijo: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!». Si Dios mismo mediante el ángel y mediante el Espíritu Santo la llama «bendita», ¿cómo no hacerlo también nosotros?. Una manera de demostrarle nuestro amor y agradecimiento, es rezando con esas mismas palabras el Ave María.

 

  1. Es la bienaventurada de generación en generación

Como respuesta al saludo de Isabel, María responde: «Desde ahora en adelante todas las generaciones me tendrán por bienaventurada» (Lucas 1, 48). Las numerosas devociones marianas que hay por el mundo son una muestra de que se ha cumplido lo dicho por nuestra madre María.

 

  1. María es mediadora ante su Hijo Jesucristo

En las bodas de Caná ocurre que «(…) faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino»(Juan 2, 3). Este sencillo gesto nos demuestra que María siempre está atenta a nuestras necesidades e intercede por nosotros ante Jesús. Y si bien la Biblia dice que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres, no significa que María no pueda interceder por nosotros o que no podamos orar los unos por los otros, como pide la Biblia en Santiago 5, 16 o en 1 Timoteo 2, 1.

 

  1. María nos conduce a Dios
Aunque María sea la más excelsa entre todas las criaturas, una verdadera devoción mariana no debe quedarse en Ella sino que debe conducirnos a su Hijo Jesucristo. Como nuestra Madre quiere el mayor bien para nosotros, sus hijos, y por eso nos dice: «

Hagan todo lo que Él les diga» (Juan 2,5).

 

 
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¿Cómo orar en momentos de depresión?

Fuente: La-Oracion.com

 

La depresión es una enfermedad o una situación anímica negativa

de la que se habla cada vez más. El ritmo moderno de la vida conlleva exceso en el esfuerzo que luego se puede traducir en un bajón generalizado de nuestra tonalidad anímica. ¿Cómo orar entonces en momentos de depresión, de desánimo, de desesperanzas? ¿Hay algún secreto para orar en estas circunstancias?

Una simplemente una vida competitiva y llena de exigencias múltiples en muchos sentidos hacen difícil la concentración para la oración, crean nuevas ansias y temores, conducen a altibajos emotivos y afectivos que causan si no una verdadera depresión, sí estados anímicos negativos en los que se nos hace difícil y pesada la vida.

Las personas se pueden preguntar si en estos momentos de depresión se puede rezar o el normal esfuerzo que requiere la oración es demasiado elevado para quien parece no tener fuerzas ni siquiera para llevar una vida normal.

San Pablo en la conclusión de la primera carta a los Tesalonicenses, una de las primeras comunidades cristianas europeas, exhorta a estos discípulos de Cristo en esa ciudad griega: “Oren constantemente”. (1 Tes 5, 17) Aquí San Pablo pide algo que parecería casi imposible.

Hay que entender esta exhortación como:

oren siempre, en toda ocasión, en toda circunstancia. Por lo tanto, también cuando el estado interior está en desánimo, oprimido por una pena o en depresión anímica. Por lo tanto está claro que también hay que orar en momentos de depresión, ¿Cómo orar ante circunstancias de desánimos?

En cada momento de la vida,nuestra oración debe acoplarse a la realidad interior
o exterior que tenemos que vivir.  Se puede orar en la alegría o en la tristeza, se puede orar cuando todo marcha viento en popa o cuando todo parece ir contra lo que habíamos planeado, cuando nos sentimos queridos por los demás o abandonados por todos.

También podemos rezar cuando nuestro estado anímico es positivo o, por el contrario, cuando se ve afligido por lo que hoy se llama depresión.

¿Qué podemos orar cuando estamos en un estado negativo?

En primer lugar se puede orar pidiendo al Señor que, si es su voluntad, nos haga salir de ese estado que nos oprime. Se puede pedir que nos ayude a soportar esa prueba que no se había buscado, ni sospechado y que sin embargo hace tan duro y lento el caminar por la vida.

Quizás en estas circunstancias puede nacer espontánea del alma alguna oración parecida a la de Job que en forma dramática maldice el día de su nacimiento (Job 3, 3-4) aunque luego, esclarecido por la revelación divina reconoce: “yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos” (Job 42, 5)

Cristo oró en la cruz, invocando al Padre para que escuchara su oración y acogiera su espíritu (Lc 23, 46) Los evangelistas nos han dejado también una invocación de Jesús en la cruz que parece desgarradora: “!Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 26, 46) que probablemente es la recitación de un salmo (Salmo 22) que concluye luego lleno de esperanza.

 

Cómo orar ante la depresión

En la depresión como en cualquier circunstancia de la vida humana, podemos y debemos orar, no del mismo modo como oramos normalmente. No será una oración discursiva o racional, pero no menos intensa y verdadera.

La oración interpreta los deseos de nuestro espíritu. Y nuestro espíritu siempre busca el amor.

También en la depresión podemos amar y por ello podemos orar, podemos implorar el amor y ofrecer el sufrimiento de nuestro ser como parte de nuestra ofrenda de amor al Señor.

Cada uno encontrará las fórmulas o los métodos que más le ayuden a orar, pero no caigamos en la tentación de dejar la oración cuando más la necesitamos para nutrir nuestro espíritu de las fuerzas que le faltan a la parte emotiva y afectiva de nuestro ser.
 
 
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Cuatro poderosas armas contra el Demonio

En una  entrevista para Radio Vaticano, el P. Francesco Bamonte, compartió algunos consejos sobre las mejores armas para hacer frente al Diablo, pues advirtió que no es suficiente saber que los demonios existen, sino que es preciso conocer cómo actúan para no caer en sus trampas.

Explicó el sacerdote que los demonios actúan en la historia personal y comunitaria de los hombres, tratando de propagar entre ellos la elección del mal. Recordó: “El Papa ha descrito a menudo cómo actúan los demonios a través de la tentación para separar a los hombres de Cristo. De hecho, quieren que seamos como ellos; no quieren la santidad de Cristo en nosotros, no quieren nuestro testimonio cristiano, no quieren que seamos discípulos de Jesús”.

Dijo que el Papa también ha subrayado varias veces que los demonios se disfrazan de ángeles de luz para hacerse atractivos y engañar mejor a los hombres.

 

Las cuatro armas que propone el P. Francesco Bamonte a los fieles para luchar contra el Demonio, son:

 

  1. La Palabra de Dios. “Esta es el arma más poderosa, como dice el Papa Francisco, quien nos invita a llevar siempre en el bolsillo un Evangelio. En nuestro interior, esta Palabra, cuando entra, vive, actúa y nos llena de la gracia del Espíritu Santo”.
  1. El Rosario. “Le sigue el rezo del Santo Rosario, el encomendarse a la Virgen, a quien el Demonio odia especialmente”.
  1. La Confesión. “Es importantes reconocernos pecadores humildemente, confesar nuestros pecados y pedir a Dios la fuerza para no pecar más”.
  1. La Santa Misa. “La participación en la Santa Misa los días festivos, y también la lucha contra nuestros vicios, contra lo que el pecado original ha dejado en nosotros, para que triunfe el hombre nuevo en Cristo”.
 
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¿Soy un buen cristiano?

5 preguntas que puedes hacerte si te crees muy bueno

 

Parece fácil ser cristiano; no matarás, no mentirás, no robarás y tienes el cielo ganado.

Los 10 mandamientos nos los enseñan desde que somos pequeños (al prepararnos para la primera comunión) y desde entonces intentamos cumplir con ellos para ser las buenas personas que queremos ser. La verdad es que quererser buena persona es un gran comienzo, y querer cumplir con los mandamientos aún más.

 

Recordando el pasaje del joven rico, cuando este va al encuentro del Señor y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”, Jesús le responde “Tú sabes los mandamientos: ‘no mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”». A primera vista parece que lo estamos haciendo bien.

Traduciendo ese pasaje a nuestra vida, no solo se trata de atender a los 10 mandamientos –que a veces pueden sonar un poco arcaicos– («no codiciarás a la mujer de tu prójimo»), sino que se trata de cumplir con los deberes de tu estado (tu situación cotidiana actual). Por ejemplo, si soy estudiante de la universidad
y contextualizo dichos mandamientos a mi día a día: voy a misa los domingos, separo un espacio para mi oración, hablo con mis padres regularmente y nunca les alzo la voz; intento (al menos intento), no hablar mal de nadie y hago mis deberes de forma diligente.

 

Ahora bien, ¿y si siempre he sido una persona responsable y virtuosa?, ¿si como el joven rico todo esto lo he cumplido bien? ¿Ahora qué?, ¿ya soy buena? No debemos olvidar que a la pregunta del joven el Señor también le responde: «¿Por qué Me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios».

 

La mayor tentación de un cristiano comprometido con su fe está en que podemos llegar a creernos buenos. Creer que hemos hecho suficiente. Entender la vida cristiana como un catálogo de reglas que tenemos que cumplir para «ser bueno» es un error que conlleva una profunda tristeza. Quien se gana el cielo y quien vive con esa alegría en la tierra, no es la persona que concibe la vida como un continuo poner vistos en una to-do-list. Claro está que cumplir con los mandamientos es necesario (no me malinterpreten) pero esto no es suficiente para ser llenar el corazón del hombre.

 

Entonces, ¿cómo se es santo y se gana el cielo?

El joven rico se pregunta lo mismo y le dice al Señor: «Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud” a lo que Jesús responde “Una cosa te falta: ve y vende cuanto tienes y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; entonces vienes y Me sigues».

 

¿Cómo entender estas palabras tan exigentes del Señor en nuestra día a día? Estas 5 preguntas te pueden ayudar:

 

  1. ¿Me he puesto hoy al servicio de los demás?

El Señor nos invita a vivir nuestra vida desde una perspectiva distinta, la de dejar todo a los demás por Él, por amor.

Ese «vende todo lo que tienes» hoy en día es una forma de vaciar el corazón de prejuicios contra los demás, de dar demasiada importancia a las apariencias, de preocuparse excesivamente de uno mismo; y de darle la oportunidad de llenarse de Cristo.

Un amor que «da a los pobres» es aquel que se entrega por completo a los demás para vivir con una apertura radical a los demás. Ya lo decía San Agustín «Ama y haz lo que quieras», ¡y no se equivoca! El amor es el auténtico fin del hombre y lo único que puede colmar su corazón con anhelos de eternidad.

 

  1. ¿He buscado hoy ser instrumento de Dios para que los demás le conozcan?

Como hemos dicho arriba, no se trata solo de ser buenos. El «nuevo» mandamiento del amor renueva la vivencia de las enseñanzas que Dios nos ha dejado (cumplir con los mandamientos) de manera que engrandece la vida del hombre al no dejarla circunscrita a la constatación de «buenas obras», a conformarse con «ser bueno», sino que lo lleva a ilusionarse con «ser perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5:48), perfectos en el amor. Y este amor, para que sea perfecto, es expansivo, busca siempre transmitirse a los demás.

 

  1. ¿He procurado cuidar algún momento de oración hoy para poder encontrarme con Dios?

Sin oración no somos nada. Para subir un poco más arriba del escalón de «ser buenos», necesitamos de la gracia. Nadie puede ser santo por sus propios medios.

«Siempre que sentimos en nuestro corazón deseos de mejorar, de responder más generosamente al Señor, y buscamos una guía, un norte claro para nuestra existencia, el Espíritu Santo trae a nuestra memoria las palabras del Evangelio: “conviene orar perseverantemente y no desfallecer”. La oración es el fundamento de toda labor sobrenatural; con la oración somos omnipotentes y, si prescindiésemos de este recurso, no lograríamos nada» (San José María Escrivá).

 

  1. ¿He sido agradecido hoy con Dios por todo lo que me ha regalado?

Una de las condiciones más importantes para la santidad es el agradecimiento. Todo lo bueno que tenemos proviene de Dios y es a Él a quien primero debemos agradecer. Vivir en un constante agradecimiento nos ayuda a crecer en la humildad y la alegría.

«El saber agradecer a los hermanos es signo de que se tiene un corazón agradecido para con Dios nuestro Señor y un corazón agradecido es siempre fuente de gracia» (Papa Francisco).

 

  1. ¿He sabido hoy apreciar lo que los demás han hecho por mí?
No solo se trata de ser agradecidos con Dios, es bueno también serlo con los demás. Ir más allá de «ser buenos» implica ese ponernos siempre en disposición, en apertura hacia los otros, y esto no se trata solo de servirlos, se trata también de buscar valorar al otro por quién es, aprender a ver en cada persona una oportunidad para vivir el encuentro, la alegría y el agradecimiento.
 
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10 cosas que ocurren

cuando vas a la adoración eucarística

 

Encontrar tiempo para ir a adorar al Señor en la Eucaristía puede ser difícil, pero si vamos con un corazón abierto, los resultados serán sorprendentes.

 

La Eucaristía se describe en el catecismo como la “fuente y cumbre” de nuestra fe. Encontrar tiempo para ir a adorar al Señor en la Eucaristía puede ser difícil, pero si vamos con un corazón abierto, los resultados serán sorprendentes.

«Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo” Tomó luego una copa, y después de dar gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: ′Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos′»(Marcos 14, 22-24).

En la cultura actual la idea del crecimiento interior es muy poco valorada, es considerada una pérdida de tiempo o una costumbre pasada de moda practicada por nuestros antepasados ​​ingenuos. Por lo general solo el crecimiento exterior y el más palpable vale algo. La principal diferencia entre estos dos progresos (material y espiritual) es que el material siempre está fuera de ti. Este te ofrecerá ciertas sensaciones positivas, sin embargo, siempre estará coloreado con una especie de efímera e inconsistente temporalidad. Un progreso interior, por otro lado, significa que eres tú el que cambia haciendo tu espíritu más fuerte. Te puede sorprender el cambio que producirá en ti el tiempo que pases en la adoración Eucarística, este puede cambiarte de estas diez maneras:
 
  1. Desarrollarás un sentido de asombro y maravilla

No hay nada como la atmósfera de una capilla o iglesia tranquila, el olor del incienso y el esplendor de la custodia para ayudarte a entender la verdad de lo que está sucediendo en la adoración. Estamos verdaderamente ante Jesucristo: su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Cuanto más te hundes en el silencio frente a Él, más te darás cuenta de que la única respuesta es la admiración y el asombro ante la grandeza de nuestro Dios.

  1. Experimentarás la paz en otras áreas de su vida

Jesús dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14, 27). La paz externa que podemos experimentar en la adoración (la tranquilidad y el silencio) llega mucho más profundo: nos llena de una paz interior que afecta a todas las áreas de nuestra vida. Esto no significa que todo será perfecto y sin sufrimiento, pero la paz de Cristo nos hace tener la certeza de que las tormentas de la vida no nos harán naufragar.

  1. Comenzarás a mirar fuera de ti mismo

Jesús nos dijo: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 13, 34). Pasar tiempo en adoración nos conecta con todo el mundo –después de todo, estamos gastando tiempo con el Creador de todas las cosas–. Pasar tiempo alabando y adorando a Dios te abrirá los ojos para poder mirar más allá de tus propias preocupaciones y ver las necesidades de los demás.

  1. Algunas veces te aburrirás, pero…

Habrá momentos en los que no sentirás nada glorioso, estarás distraído y tu mente comenzará a divagar. Tal vez en un principio tu oración estaba llena de sentimientos maravillosos, pero luego, con el tiempo, no fue tan especial. Nuestra fe es más que un sentimiento. Con tu perseverancia Dios seguirá trabajando en ti y convirtiendo tu corazón. Ésta es la belleza de la Encarnación: Dios hecho hombre que entra en todas nuestras tensiones, miedos, problemas -También en el aburrimiento-. La adoración es un continuo volver a Él cada vez que (durante algunos minutos) nuestra mente divaga, dando a Dios el mejor regalo que podemos entregar: nuestro tiempo y compañía.

  1. A pesar de que te cueste, estarás entusiasmado por ir

Estando delante de Jesús descubriremos que nos ama y que quiere pasar tiempo con nosotros, de esa forma ya no habrá ninguna excusa que te impida ir.  Si la adoración alguna vez se sintió como un deber, luego se convertirá en un acto de amor, en una necesidad; no solo por las cosas que podemos obtener, sino porque fuimos creados para adorar. Como decimos en la Misa, es “justo y necesario” darle gracias al Señor. La adoración se imprime en nuestros corazones y “nuestro corazón está inquieto hasta que encuentren nuestro descanso en Él” (San Agustín).

  1. La Gracia entrará en tu vida

Es increíble como el simple gesto de darle un tiempo corto al Señor hace una gran diferencia en el resto de tu vida. Podemos llevar su presencia mucho después de dejar la iglesia o capilla. Su gracia es la que nos sostiene, sobre todo en los momentos de tentación, en los que nos será más fácil resistir cuando pasamos tiempo y nos llenamos de Él.

  1. Te darás cuenta de lo afortunado que eres

Si es tan simple como coger el carro o incluso caminar a la capilla cercana, te das cuenta de lo afortunado que eres. Hay quienes les encantarían pasar más tiempo con Jesús pero no pueden hacerlo porque les es imposible salir de casa, están enfermos o muy ocupados. Luego están aquellos alrededor del mundo que arriesgan sus vidas por la Eucaristía en los lugares donde son perseguidos por su fe. Cuando te acuerdas de los que caminan durante horas o días en situaciones peligrosas con el fin de estar un ratito con Jesús, te das cuenta de que es un regalo poder orar abiertamente, y eso sin hablar de tener un sacerdote que pueda administrarnos los Sacramentos.

  1. Descubrirás que Jesús tiene un muy buen sentido del humor

Cuanto más somos capaces de sentarnos y dejar que Dios nos hable (en lugar de gastar todo nuestro tiempo llenando el espacio de silencio hablando), nos daremos cuenta de que Dios tiene un muy buen sentido del humor: le gusta hacernos una broma o dos, y a veces esos momentos son lo suficientemente divertidos para que nos queramos  reír en voz alta.

  1. Querrás ir a confesarte más seguido

Esto puede sonar aterrador, pero no lo es. La confesión nos permite experimentar el océano sin límite de la misericordia de Dios. Su misericordia abraza todos nuestros pecados y nos da una libertad sin miedo que nos permite dar el salto al amor y la bondad presentes en todos sus planes para nuestra vida. Una y otra vez acudir a la confesión nos hace renovarnos en la certeza de que estamos seguros en los brazos de un Padre que nos ama y “no se cansa de perdonarnos” (Papa Francisco).

  1. Te enamorarás
Cuando pasamos mucho tiempo con el corazón abierto en adoración y dejamos que Cristo nos ame, entonces lo amaremos también.

 Ese amor nos define y nos permite ser nosotros mismos. “Yo he venido para que tengan vida, y vida en abundancia” (Juan 10, 10).

Entonces, ¿qué esperas?

¡Haz una cita ahora con Jesús y deja que Él transforme tu vida!

Fuente:

http://catholic-link.com/

¿Hay que dar limosna a quien pide por la calle?

Francisco responde

 

(2017/3/1 Roma).- Interrogado el papa Francisco sobre si hay que dar una limosna a quien la pide por la calle, respondió: “Hay muchos argumentos para justificarse a si mismo cuando no se da una limosna”. Lo explicó en una entrevista al mensual “scarp de tenis” de la Cáritas de Milán, señalando que uno de ellos es: “¿Cómo le voy a dar dinero si después él se lo gasta para tomarse un vaso de vino?”. Y Francisco responde, que si es esa la única felicidad que tiene en la vida “está bien así”. E invitó a preguntarse “más bien ¿qué hace uno a escondidas?, ¿cuál es la felicidad que uno busca escondido?”.

“O más bien, a diferencia de él uno es más afortunado, tiene una casa, una esposa, hijos, ¿Qué te lleva a decir, ‘Ocúpense ustedes de él’. Una ayuda siempre es justa. Desde luego, no es bueno lanzar al pobre solo algunas monedas. Es importante el gesto, ayudar a los que piden mirándoles a los ojos y tocando sus manos. Echar el dinero y no mirarlos en los ojos no es un gesto cristiano”, señala el Santo Padre.

¿Cómo educar a la limosna? El Santo Padre contó la anécdota de una señora que conoció en Buenos Aires y que era mamá de cinco niños. El papá se encontraba en el trabajo, ellos “estaban almorzando y sienten golpear a la puerta. El más grande va a abrir: ‘Mamá, hay un hombre que pide comida. ¿Qué hacemos?’. Los tres, la más pequeña una niña de cuatro años estaban comiendo una milanesa. La mamá dice: ‘Cortemos por la mitad nuestra milanesa’. Y la niña dice que no porque hay otra. ‘Es para papá esta noche. Se la tenemos que dar, tenemos que darle la nuestra’”.

“Con pocas y simples palabras –prosiguió Francisco– aprendieron que se da de lo propio, lo que uno nunca querría dejar. Dos semanas después, la misma señora fue a la ciudad para realizar algunas gestiones y dejó a los niños en la casa, ellos tenían que hacer deberes, les dejó la merienda lista. Cuando regresó encontró a los tres hijos con un mendigo en la mesa con quien estaban comiendo la merienda. Habían aprendido bien y demasiado rápido, y seguramente les había faltado la prudencia”.

Y el Pontífice concluye explicando que “enseñar  la caridad no es descargar las propias culpas, pero es un acercarse, un mirar a una miseria que llevo dentro de mí y que el Señor comprende y salva. Porque todos tenemos miserias dentro”.

¿Qué debemos hacer cuando encontramos a un mendigo?

El Santo Padre responde

 

(Ciudad del Vaticano) La primera cosa que se hace cuando uno encuentra a un mendigo es saludarlo, “Buenos días, ¿cómo estás?” porque quien vive por la calle entiende inmediatamente cuando hay un interés real por parte de la otra persona o cuando hay”.

El papa Francisco le responde a ‘Scarp de tenis’, una revista de calle apoyada por la diócesis de Milán, una serie de preguntas. Así en el número que ha salido el último día de febrero explica que “Se puede ver una persona sin hogar y mirarlo como una persona, o como un perro. Y ellos se dan cuenta de esta forma diferente de mirar”, explica el Santo Padre.

Y narró una hecho real: “En el Vaticano es famosa la historia de una persona sin hogar, de origen polaco, que solía estar en la Piazza Risorgimento en Roma. No hablaba  con nadie, ni siquiera con los voluntarios de Cáritas que por la noche le llevaban una comida caliente. Sólo después de mucho tiempo consiguieron que les contase su historia: “Soy un sacerdote, conozco muy bien a vuestro Papa, estudiamos juntos en el seminario”.

La voz llegó a San Juan Pablo II, que oyó el nombre y confirmó que había estado con él en el seminario y quiso encontrarlo. Se abrazaron después de cuarenta años, y al final de la audiencia, el Papa le pidió que lo confesara al sacerdote que había sido su compañero. “Pero ahora te toca a ti”, dijo el Papa. Y su compañero de seminario fue confesado por el Papa.
Gracias al gesto de un voluntario, de una comida caliente, de unas palabras de consuelo, de una mirada bondadosa, esta persona pudo recuperarse y hacer una vida normal que lo llevó a ser capellán de un hospital.

El Papa lo había ayudado, por supuesto, esto es un milagro, pero también es un ejemplo para decir que las personas sin hogar tienen una gran dignidad”.

Francisco contó también que en el arzobispado de Buenos Aires en una reja entre un portal y la acera “vivían una familia y una pareja. Los encontraba cada mañana cuando salía. Los saludaba e intercambiaba unas palabras con ellos. Nunca pensé en echarles”.

Añadió que alguien le dijo: ‘Ensucian la Curia’. El Santo padre en la entrevista aseguró: “Pero la suciedad está dentro. Yo creo que hay que hablar con la gente con gran humanidad, no como si tuvieran que pagarnos una deuda y no tratarlos como si fueran pobres perros”.

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Reflexiones de Cuaresma

¿Qué significa “entrar en la Cuaresma”?
 

 El miércoles primero de marzo es Miércoles de Ceniza, con el ayuno y el rito de las cenizas, entramos en la Cuaresma.

Pero, ¿qué significa “entrar en la Cuaresma”?
 
  1. Significa comenzar un tiempo de particular compromiso en el combate espiritual que nos opone al mal presente en el mundo, en cada uno de nosotros y a nuestro alrededor.
  2. Quiere decir mirar al mal cara a cara y disponerse a luchar contra sus efectos, sobre todo contra sus causas, hasta la causa última, que es Satanás.
  3. Significa no descargar el problema del mal sobre los demás, sobre la sociedad, o sobre Dios, sino que hay que reconocer las propias responsabilidades y asumirlas conscientemente. En este sentido, resuena entre los cristianos con particular urgencia la invitación de Jesús a cargar cada uno con su propia «cruz» y a seguirle con humildad y confianza (Cf. Mateo 16, 24).
    La «cruz», por más pesada que sea, no es sinónimo de desventura, de una desgracia que hay que evitar lo más posible, sino una oportunidad para seguir a Jesús y de este modo alcanzar la fuerza en la lucha contra el pecado y el mal.
  4. Entrar en la Cuaresma significa, por tanto, renovar la decisión personal y comunitaria de afrontar el mal junto a Cristo. La Cruz es el único camino que lleva a la victoria del amor sobre el odio, de la generosidad sobre el egoísmo, de la paz sobre la violencia.

    Desde esta perspectiva, la Cuaresma es verdaderamente una ocasión de intenso compromiso ascético y espiritual fundamentado sobre la gracia de Cristo.

 

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¿Cuáles son tus angustias?

¿De autosuficiencia?

¿De pasividad?

¿De miedo?

 

El tiempo de cuaresma, de una forma especial, nos urge a reflexionar sobre nuestra vida. Nos exige que cada uno de nosotros llegue al centro de sí mismo y se ponga a ver cuál es el recorrido de la propia vida. Porque cuando vemos la vida de otras gentes que caminan a nuestro lado, gente como nosotros, con defectos, debilidades, necesitadas, y en las que la gracia del Señor va dando plenitud a su existencia, la va fecundando, va haciendo de cada minuto de su vida un momento de fecundidad espiritual, deberíamos cuestionarnos muy seriamente sobre el modo en que debe realizarse en nosotros la acción de Dios. Es Dios quien realiza en nosotros el camino de transformación y de crecimiento; es Dios quien hace eficaz en nosotros la gracia.

La acción de Dios se realiza según la imagen del profeta Isaías: así como la lluvia y a la nieve bajan al cielo, empapan la tierra y después da haber hacho fecunda la tierra para poder sembrar suben otra vez al cielo.

La acción de Dios en la Cuaresma, de una forma muy particular, baja sobre todos los hombres para darnos a todos y a cada uno una muy especial ayuda de cara a la fecundidad personal.

La semilla que se siembra y el pan que se come, realmente es nuestro trabajo, lo que nosotros nos toca poner, pero necesita de la gracia de Dios. Esto es una verdad que no tenemos que olvidar: es Dios quien hace eficaz la semilla, de nada serviría la semilla o la tierra si no fuesen fecundadas, empapadas por la gracia de Dios.

Nosotros tenemos que llegar a entender esto y a no mirar tanto las semillas que nosotros tenemos, cuanto la gracia, la lluvia que las fecunda. No tenemos que mirar las semillas que tenemos en las manos, sino la fecundidad que viene de Dios Nuestro Señor. Es una ley fundamental de la Cuaresma el aprender a recibir en nuestro corazón la gracia de Dios, el esfuerzo que Dios está haciendo con cada uno de nosotros.

Jesucristo, en el Evangelio también nos da otro dinamismo muy importante de la Cuaresma, que es la respuesta de cada uno de nosotros a la gracia de Dios. No basta la acción de la gracia, porque la acción de la gracia no sustituye nuestra libertad, no sustituye el esfuerzo que tiene que brotar de uno mismo. Cristo nos pone guardia sobre la autosuficiencia, pero también sobre la pasividad. Nos dice que tenemos que aprender a vivir la recepción de la gracia en nosotros, sin autosuficiencia y pasividad.

Contra la autosuficiencia nos dice el Señor en el Evangelio: “No oréis como oran los paganos que piensan que con mucho hablar van a ser escuchados”. Jesús nos dice: “tienen que permitir que su corazón se abra, que tu corazón sea el que habla a Dios Nuestro Señor. Porque Él, antes de que pidas algo, ya sabe que es lo que necesitas”. Pero al mismo tiempo hay que cuidar la pasividad. A nosotros nos toca actuar, hacer las cosas, nos toca llevar las situaciones tal y como Dios nos lo va pidiendo. Esto es, quizá, un esfuerzo muy difícil, muy serio, pero nosotros tenemos que actuar a imitación de Dios Nuestro Señor. De Nuestro Padre que está en el Cielo. Este camino supone para todos nosotros la capacidad de ir trabajando apoyados en la oración.

Escuchábamos el Salmo que nos habla de dos tipos de personas: “Los ojos del Señor cuidan al justo y a su clamor están atentos a sus oídos; contra el malvado, en cambio está el Señor, para borrar de la tierra su recuerdo”. Si nosotros aprendiéramos a ver así todo el trabajo espiritual, del cual la Cuaresma es un momento muy privilegiado. Si aprendiéramos a ver todo esto como un trabajo que Dios va realizando en el alma y que al mismo tiempo va produciendo en nuestro interior un dinamismo de transformación, de confianza, de escucha de Dios, de camino de vida; un dinamismo de acercamiento a los demás, de perdón, de apertura del corazón. Si esto lo tuviésemos claro, también nosotros estaríamos realizando lo que dice el Salmo: “el Señor libra al justo de sus angustias”.

¿Cuántas veces la angustia que hay en el alma, proviene, por encima de todo, de que nosotros queremos ser quien realiza las cosas, las situaciones y nos olvidamos de que no somos nosotros, sino Dios? ¿Pero cuántas veces también, la angustia viene al alma porque queremos dejarle todo a Dios, cuando a nosotros nos toca poner mucho de nuestra parte? Incluso, cuando a nosotros nos toca poner algo que nos arriesga, que nos compromete; algo que nos hace decir: ¿será así o no será así?, y sin embargo yo sé que tengo que hacerlo. Es la semilla que hay que sembrar.

Cuando el sembrador, tiene una semilla y la pone en el campo, no sabe qué va a pasar con ella. Se fía de la lluvia y de la nieve que le va a hacer fecundar. ¿Cuántas veces a nosotros nos podría pasar que tenemos la semilla pero preferimos no enterrarla, preferimos no fiarnos de la lluvia, porque si falla, qué hacemos?

Sin embargo Dios vuelve a repetir: “El Señor libra al justo de todas sus angustias” ¿Cuáles son las angustias? ¿De autosuficiencia? ¿De pasividad? ¿De miedo? Aprendamos en esta Cuaresma permitir que el Señor llegue a nuestro corazón y encuentre en él una tierra que es capaz de apoyarse plenamente en Dios, pero al mismo tiempo, capaz de arriesgarse por Dios Nuestro Señor.
 
 
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Empieza el nuevo año, Señor, y vuelvo a buscar tu compañía

Ya estamos en el mes de enero.
Empieza el nuevo año, Señor, y vuelvo a buscar tu compañía. Hoy de nuevo ante Ti, todavía un poco agitado de tanto correr, de tanto ajetreo, de tantos abrazos y felicitaciones,… unos alegres, otros… con las mismas penas y preocupaciones. Ya pasó todo y ahora vamos a empezar la “cuesta de enero”.
Ya se fueron las fiestas. Ya se fueron los abrazos, los bailes, el chocar de las copas, los convivios y el jolgorio. Supimos tener la excelencia en esos momentos de gozo. Ahora la excelencia nos tiene que acompañar en el trabajo y en el esfuerzo.
Pero ahora las caras son serias, el entrecejo fruncido, los labios apretados y el andar cansino para subir “la cuesta de enero”.
El dinero se gastó y el bolsillo está vacío. Los buenos propósitos… ¡cómo cuesta poderlos cumplir! levantarse temprano, no fumar, no comer golosinas, no extralimitarse en la bebida, ser amable, no irritarse por cualquier cosa, estar en paz, no criticar, hacer ejercicio, saludar con una sonrisa al vecino, ser generosos, trabajar con honestidad y buen ánimo, pagar deudas, etcétera, etcétera, y así este mes de enero, serio y formal, se nos antoja un Everest cuya cima es casi inalcanzable. Visto así es normal que esto nos desanime y nos desaliente pero hay que buscarle un truco, algo que nos de ánimo en el desaliento, algo que nos de fuerza para poder alcanzar la meta que nos propusimos.
Al mirar el horizonte y juntar estos doce meses que nos esperan, si Tu nos das vida, nos sentimos abrumados, es demasiado.
Es muy difícil, es verdad. Pero si pensamos: Solo por hoy…va a ser más fácil. El hoy, el ahora que es el presente nos da la fuerza que necesitamos. El plazo breve para vencer las tentaciones es más efectivo que la cadena de días en el mismo esfuerzo. Solo por hoy. Solo por este momento, solo en este momento si puedo hacerlo y lo voy a hacer. Así momento tras momento, día tras día.
Y al llegar la noche, en la hora íntima de estar a solas con uno mismo, cuando realmente somos auténticos, repasar nuestro día que termina y hacer un buen balance.
Si en el día caímos, si no tuvimos voluntad suficiente, pedirte Señor perdón y fuerzas para el nuevo día. Y así con el -SOLO POR HOY, el camino se allana, el sendero se endulza y pierde su aridez, nuestros pasos son más seguros y firmes en ese Hoy que será el mañana de días y meses que nos darán la victoria al cabo del año andado.
Empezamos el año con las alforjas vacías y las vamos a ir llenando de cosas buenas, de cosas santas, de perdones, de sonrisas, de ternura, de generosidad, de alegría, de buenos modos, de fe, de ilusiones, de esperanza, de trabajo y de mucho amor.
Con todo esto iremos caminando por el nuevo año y seguro que siempre, en los días de sol y en los días grises, tal vez de llanto, buscaremos en nuestra alforja y vamos a encontrar todo aquello que será vital para esos momentos y que nos darán la fuerza para ser felices con Tu bendición.

Invítanos todos los días a visitarte en la Eucaristía, frente a Ti, de rodillas ante en el Santísimo Sacramento, nuestro camino este año será lleno de alegría y paz.

Fuente: Catholic.net

 

Comentario a la liturgia – Misa de Nochebuena

Textos: Isaías 9, 1-3.5-6; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14.

Idea principal:

Hoy, Nochebuena, nace Cristo para nosotros y nos invita a festejarla con nosotros.

Resumen del mensaje:

Hoy” nos ha nacido el Salvador. Este “hoy” quiere significar que lo que celebramos en la Navidad no es un simple aniversario, sino un “sacramento’, o sea una actualización sacramental del hecho salvífico del nacimiento humano del Hijo de Dios.
 

Puntos de la idea principal:

En primer lugar, la Navidad es la condensación del “ayer” de Belén y del “mañana” de la última venida del Señor en el “hoy” de la celebración de este año, que es un acontecimiento siempre nuevo, no sólo un recuerdo folclórico de hechos pasados. “Hoy”, después del duro y cruel destierro, estamos viendo una Luz grande que nos brilla y nos salva. “Hoy” hay gozo y alegría por esta victoria y liberación. “Hoy” de la estirpe de David-Rey nos ha nacido un Niño, que es el Libertador, el Dios Fuerte, Príncipe de la paz. “Hoy” ese Niño instaura su Reino y nos trae su gracia divina, el derecho, la justicia (primera lectura).

En segundo lugar, este Dios que en Cristo nos trae “hoy” la salvación, lo hizo a través de su entrega. Así nos rescató de toda iniquidad y nos purificó. Esto nos exige “hoy” llevar una vida digna, sobria, justa y piadosa; renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos (segunda lectura). Sólo así podemos festejar su fiesta con Él.

Finalmente, “hoy” María sigue buscando un lugar, un corazón, donde poner su Hijo Jesús. “Hoy” José nos pide una ayuda para limpiar y adecentar nuestro pesebre interior. “Hoy” María nos ofrece a su Hijo para nuestra adoración y admiración. “Hoy” cada uno de nosotros podemos envolverle con los pañales de nuestro amor y cariño. “Hoy” podemos cantarle como hicieron los ángeles en esa bendita noche con las voces de nuestra fe y humildad. “Hoy” deberíamos ir corriendo a la gruta, como los pastores, para ofrecerle lo mejor que tenemos y somos: “nuestro requesón, manteca y vino” como dice el villancico.

Para reflexionar:

¿Tengo el corazón abierto y limpio para hospedar a este Niño Jesús que viene humilde para traerme la salvación “hoy”? ¿Hay algo “hoy” que me impide abrirle la puerta de mi posada? ¿Qué es? ¿Tendrá que pasar de largo María porque encontró todo cerrado en mí?

Para rezar:

Ten mi corazón, Jesús. Quiero que nazcas en él y me llenes de todas tus gracias, para que pueda

hoyrepartirlas entre mis hermanos. Amén.

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El Espíritu Santo,

nuestro guía en Adviento

 Durante el Adviento no podemos olvidar la presencia del Espíritu Santo que primero actúa profetizando la venida del Mesías, y después, en Jesucristo. Esto es para nosotros una muy especial indicación por parte de Dios Nuestro Señor de que las necesidades que posee el hombre sólo pueden realizarse desde una perspectiva: la del Espíritu Santo. Sin embargo, tampoco podemos olvidar que esto únicamente es posible para el alma que se convierte en dócil instrumento del Espíritu Santo, pues es Él quien nos permite ir llegando con paso firme a todas y cada una de las metas que Dios nos va poniendo a lo largo de la vida. No estamos solos, el Señor no nos abandona. La presencia de Jesucristo en nuestras vidas no es nada más una compañía, es también una guía, una luz. Y nunca olvidemos que esta iluminación quien la realiza es el Espíritu Santo.

El profeta Isaías nos habla de un momento, en los tiempos mesiánicos (cuando venga el Mesías), en que todo será paz, y cómo el Espíritu de Dios colmará el mundo. Dice el Profeta: “Nadie hará daño, nadie hará mal en todo mi santo Monte, porque la Tierra estará llena de conocimiento de Yahveh, como cubren las aguas el mar”.

En la Encarnación es el Espíritu Santo el que cubre con su sombra a la Santísima Virgen para que sea engendrado el Hijo de Dios. Y es también el Espíritu Santo el que, cada vez que queremos tener a Cristo en nuestra alma, se hace presente para construir en nosotros la presencia, la vida de Cristo. El Espíritu Santo es el Santificador, es el que realiza en el alma la función de dar vida en el Señor. Es Él quien nos aconseja, guía e ilumina, fortaleciéndonos para que el mensaje que la Navidad viene a traer a nuestras almas se pueda cumplir.

En este Adviento, en este camino hacia la Navidad, hacia la presencia plena de Cristo en nuestra alma, no estamos guiados por una estrella, estamos guiados por el Espíritu de Dios Nuestro Señor. Esto tiene que ser para nosotros una grandísima certeza, tiene que darnos una gran paz y una gran serenidad. Sin embargo, exige de nosotros un entrenamiento que consiste en aprender a escuchar lo que el Espíritu Santo va diciendo a nuestra conciencia, el someter nuestro juicio a lo que Él nos va pidiendo y el ser capaces de amar el modo concreto con el cual va educando nuestro corazón.

Únicamente los sencillos pueden reconocer la voz del Espíritu Santo en su interior, sólo ellos son capaces de dejarse guiar por Él. Si tuviéramos dentro de nosotros esta presencia constante del Espíritu Santo podríamos participar de la acción de gracias que Jesucristo hace al Padre: “Te doy gracias Padre del Cielo y de la Tierra, porque has revelado estas cosas, no a los sabios y entendidos, sino a los sencillos”.

¡Cuántas veces nuestra forma de ver las cosas y nuestros juicios son los que gobiernan nuestras vidas! ¡Cuántas veces pretendemos entender todas las cosas según la cuadrícula de nuestra sabiduría, y nos olvidamos que la sabiduría de Dios es la que tiene que regir nuestra vida!

Cuando leemos las profecías de Isaías, donde aparece el lobo habitando con el cordero, la pantera con el cabrito, el novillo y el león pastando juntos, podría aparecer la pregunta: ¿Todo eso existe? ¿Es un sueño o es una realidad? Lo que el profeta nos está diciendo es que aun aquello que parece imposible al hombre, que en la lógica humana jamás podría llegar a darse, el Espíritu Santo lo puede realizar.

En este Adviento, aprendamos a romper las lógicas humanas, a deshacer nuestras cuadrículas, nuestras formas de ver muchas situaciones, de vernos, incluso, a nosotros mismos. Dejemos a un lado tantas y tantas cosas que clasifican nuestra existencia de una manera determinada y que, en definitiva, la alejan de Dios. Permitamos al Espíritu Santo hablar en nuestra vida, guiarnos e inspirarnos. No es tan difícil, es cuestión de aprender a escuchar, de no hacer ruido en nuestra alma, de ponernos delante de Dios y no oír otra cosa más que a Él, para que nada interrumpa esa comunicación de amor entre Dios y cada uno de nosotros.

Nuestro corazón debe estar dispuesto a escuchar a Dios, para que este tiempo de Adviento, en el que se produce la mayor alegría para el hombre, que es el encuentro con el Señor, no pase con las hojas del calendario, sino que sea un tiempo que permanezca en el corazón. Con una gran apertura interior, permitámosle al Espíritu Santo hablar, para así poder ir quitando todo aquello que nos impiden tener paz en el alma, junto a Cristo en Belén.

El profeta Isaías nos dice: “Aquel día, la raíz de Jesé se levantará como bandera de los pueblos, la buscarán todas las naciones”. ¿Hay en mi alma avidez de Dios? ¿Hay en mi corazón sed de este Cristo, que es la raíz de Jesé? ¿Hay en mi interior el anhelo de encontrarme con Jesús? Si no lo hay, permitamos que el Espíritu Santo vaya cambiando nuestro corazón hasta que Él lo llene. Y pidámosle que en este período de Adviento, Él vaya transformando nuestra existencia de tal manera que nunca nos sintamos solos, para que se pueda cumplir en nosotros la profecía de que somos dichosos porque vemos la presencia de Cristo en nuestra vida, vemos su influjo en la sociedad: “Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis”.

 
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Papa Francisco propone 30 preguntas para un buen examen de conciencia

(VATICANO, 05 Feb. 2016).- En la Cuaresma 2015, el Papa Francisco obsequió a los fieles en la Plaza de San Pedro un folleto especial titulado “Custodia el corazón”, que fue entregado por varios indigentes de Roma y que tiene una serie de importantes recursos para el camino de conversión hacia la Semana Santa.
Entre los distintos recursos planteados por el Santo Padre está un examen de conciencia de 30 preguntas para hacer una buena confesión, así como una breve explicación sobre las razones para acudir al sacramento.
Este recurso cobra particular interés al acercarse “24 horas con el Señor”, a la que invita el Pontífice los días 4 y 5 de marzo para que los católicos, especialmente los más alejados de la Iglesia, se reconcilien con Dios en preparación para la Pascua.
A la pregunta ¿por qué confesarse?, el folleto contesta: “¡porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio. Quien dice estar sin pecado es un mentiroso o un ciego. En el sacramento Dios Padre perdona a quienes, habiendo negado su condición de hijos, se confiesan de sus pecados y reconocen la misericordia de Dios”.
Para confesarse, prosigue el texto, es necesario comenzar “por la escucha de la voz de Dios” seguido del “examen de conciencia, el arrepentimiento y el propósito de la enmienda, la invocación de la misericordia divina que se nos concede gratuitamente mediante la absolución, la confesión de los pecados al sacerdote, la satisfacción o cumplimiento de la penitencia impuesta, y finalmente, con la alabanza a Dios por medio de una vida renovada”.
El examen de conciencia
A continuación las 30 preguntas propuestas por el Papa Francisco para hacer una buena confesión:
En relación a Dios
¿Solo me dirijo a Dios en caso de necesidad?

¿Participo regularmente en la Misa los domingos y días de fiesta?

¿Comienzo y termino mi jornada con la oración?

 ¿Blasfemo en vano el nombre de Dios, de la Virgen, de los santos?

 ¿Me he avergonzado de manifestarme como católico?

¿Qué hago para crecer espiritualmente, cómo lo hago, cuándo lo hago?

¿Me rebelo contra los designios de Dios?

¿Pretendo que Él haga mi voluntad?
En relación al prójimo
¿Sé perdonar, tengo comprensión, ayudo a mi prójimo?

¿Juzgo sin piedad tanto de pensamiento como con palabras?

¿He calumniado, robado, despreciado a los humildes y a los indefensos?

¿Soy envidioso, colérico, o parcial?

¿Me avergüenzo de la carne de mis hermanos, me preocupo de los pobres y de los enfermos?

¿Soy honesto y justo con todos o alimento la cultura del descarte?

¿Incito a otros a hacer el mal?

¿Observo la moral conyugal y familiar enseñada por el Evangelio?

¿Cómo cumplo mi responsabilidad de la educación de mis hijos?

¿Honro a mis padres?

¿He rechazado la vida recién concebida?

¿He colaborado a hacerlo?

¿Respeto el medio ambiente?
En relación a mí mismo
¿Soy un poco mundano y un poco creyente?

¿Cómo, bebo, fumo o me divierto en exceso?

¿Me preocupo demasiado de mi salud física, de mis bienes?

 ¿Cómo utilizo mi tiempo?

 ¿Soy perezoso?

¿Me gusta ser servido?

¿Amo y cultivo la pureza de corazón, de pensamientos, de acciones?

¿Nutro venganzas, alimento rencores?

¿Soy misericordioso, humilde, y constructor de paz?

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Nuestra ofrenda a Dios en la Misa

 

Cuando vamos a la Misa, nosotros llevamos al altar nuestra vida entera, para ofrecerla con el vino y el pan. ¿Es cierto que el trabajo puede ser llevado al Altar como hostia personal nuestra?…

Todas las religiones han tenido siempre su centro en el altar. Todas han expresado el culto a Dios con el sacrificio. Las víctimas inmoladas –normalmente animales de uso doméstico–, eran la expresión del dominio de Dios sobre todas las criaturas.

El Cristianismo no es una excepción, y todo él converge en Jesucristo que se inmola en el altar de la Cruz.

Después, resucitado, el mismo Jesucristo –que en el Cielo está como víctima glorificada– se hace presente en nuestros altares.

La Iglesia, entonces, no ofrece ni ofrecerá jamás otro sacrificio que el de Cristo, el que murió en el Calvario y el que ahora está a la derecha de Dios. Esto es el sacrificio de la Misa.

Pero, dirán algunos:

– Muy bien, ése es el sacrificio de Cristo. ¿Y el sacrificio personal mío, el que pueda ofrecer yo a Dios, dónde está?… Si Dios no acepta otro sacrificio que el de Jesús, ¿yo, qué puedo hacer?…

La pregunta es muy legítima. Y quién sabe si la respuesta a esta pregunta inquietante nos la dio, y muy acertada, aquel muchacho que trabajaba duro en el taller. El hierro era resistente, pero salía de la fragua, y del torno después, convertido en una pieza maestra, que, levantada a lo alto, le hacía exclamar al simpático obrero:
– ¡Qué hermoso es un eje bien hecho! Me parece que hay en él algo de Dios. Es un poco mi propia hostia.

¡Bien dicho! Cuando vamos a la Misa, no podemos ir con las manos vacías. Si no llevamos algo de la propia vida, algo que nos cueste, algo que signifique sacrificio, dolor, esfuerzo, lucha, deber…, asistiríamos –sólo asistiríamos– al sacrificio de Cristo, pero no participaríamos en él.

Es decir, no tendríamos ninguna parte nuestra, porque no habríamos llevado nada nuestro para ofrecerlo a Dios. Para que sea sacrificio de Cristo y nuestro, hemos de aportar algo de la propia vida.

Cuando vamos a la Misa, nosotros llevamos al altar nuestra vida entera, para ofrecerla con el vino y el pan, que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en un solo sacrificio para gloria de Dios.

Allí está nuestra oración, hostia de alabanza, salida de labios limpios, nos dice la misma Biblia. ¡Qué sacrificio tan inocente y tan bello!…

Allí está nuestra pureza de vida, nuestros cuerpos que se ofrecen como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como nos enseña San Pablo. ¡Bendita castidad la de los cristianos!…

Pero llevamos al altar, de modo especial, nuestro trabajo de cada día. En la Misa dominical, llevamos el de la semana entera. El trabajo que nos cansa, que nos rinde, que nos hace sudar, que nos aburre muchas veces. Ese trabajo es nuestra cruz, y es por eso también la gran aportación nuestra al sacrificio de Cristo.

Ese problema tan grave de nuestros días, la llamada cuestión social, se ha centrado siempre en la relación trabajo-capital. El capital mandaba, pues tenía todos los resortes en sus manos. Pero los obreros supieron salir por sus derechos, conculcados por los más fuertes. Se creó así una insostenible situación de injusticia y de violenta reacción. Al mantenerse firme el uno, y al verse desatendidas las legítimas reclamaciones de otros, ha venido tanta revolución, tanta guerra, tanta sangre.

Lo lamentable ha sido que en toda la cuestión social se ha tenido marginado a Dios. Los del capital, en la práctica de su religión, no ofrecían a Dios la hostia de su justicia, de su amor, de su caridad. Y los trabajadores, desdeñados, dejaron de mirarse en el Obrero de Nazaret, que nos descubrió a todos desde su taller dónde están los verdaderos valores de la vida.

El trabajo bien hecho –no el flojo y desganado del perezoso–, es una obra de Dios, al que prestamos nuestras manos para que Él siga realizando su tarea creadora.

El trabajo bien realizado por nosotros no se diferencia del de Jesús, el Carpintero de Nazaret, que decía de sí mismo:  – Yo trabajo, como trabaja siempre mi Padre.

Si nuestro trabajo es como el de Cristo, y el de Cristo como el del Padre, estemos seguros de que no podemos escoger para el altar una hostia propia nuestra, ni más agradable a Dios, como ese trabajo de cada día, hecho con la misma perfección del mismo Cristo y del mismo Dios….

Hebr. 13, 15. Rom. 12, 1. Jn. 5,17.
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