Reflexiones

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¿Cómo relacionarme con mi Ángel de la Guarda?

  Ya sabemos cual es la misión de los ángeles de la guarda: conducirnos al Cielo y a la salvación -eterna. Pero, ¿cómo nos relacionamos concretamente con ellos, en el día a día? Ante que nada, nuestros ángeles son nuestros amigos. No existen secretos entre nosotros. Ellos saben todo lo que hacemos y -al contrario de los demonios que no ven a Dios cara a cara- saben también lo que pensamos, cuando Dios se los comunica. Lo mínimo a hacer con relación a ellos es saludarlos e invocarlos constantemente durante el día, recordando también a los ángeles de otras personas. Al saludar a alguna persona es interesante crear el hábito de saludar también a su santo ángel. Eso, además de ayudar al relacionamiento con ella, nos hace honrar una persona santa, que está al lado de ella y, al mismo tiempo, al lado de Dios. En las Sagradas Escrituras, el ángel Rafael se ofrece para acompañar al joven Tobías en viaje: “Le Preguntó Tobías: “Conoces el camino que va para a Media? El respondió: “Sin duda. Pues estuve allá algunas veces y tengo experiencia y conozco todos los caminos“. Los ángeles conocen las cosas mucho mejor que nosotros. Por eso, también podemos pedir consejos a ellos, siempre que pasamos por dificultades y peligros. Su auxilio es importante especialmente delante de las tentaciones, al final, ellos fueron colocados a nuestros lado para librarnos del infierno y llevarnos al Cielo. De los santos también aprendemos lecciones valiosas para actuar con nuestros ángeles de la guarda. El papa San Juan XXIII, por ejemplo, cuando tenía que resolver algún problema difícil durante su trabajo en la nunciatura de Paris, apostaba a la “diplomacia de los ángeles”: mandaba a su santo ángel a conversar con los ángeles de sus interlocutores, para que ellos ayudasen a solucionar cualquier cuestión. El padre Pío de Pietralcina insistía bastante con sus dirigidos espirituales, para que enviasen a el sus ángeles de la guarda, delante de cualquier necesidad. Era frecuente que el santo no duerma a la noche atendiendo a los pedidos que sus hijos espirituales le presentaban por medio de sus ángeles.   Santa Teresita del Niño Jesús, en su poesía: “A mi Ángel de la Guarda”, escribía:   “Tú que los espacios cruzas más rápido que el relámpago, vuela por mí muchas veces al lado de los que amo. Seca el llanto de tus ojos con la pluma de tu ala, y cántales al oído cuán bueno es nuestro Jesús. ¡Oh, diles que el sufrimiento tiene también sus encantos! Y luego, murmúrales quedo, muy quedo, mi nombre….”   Vale recordar también que no sólo las personas poseen ángeles de la guarda, como también instituciones, parróquias, diócesis, ciudades y países. Cuando San Juan María Vianney entró en Ars, impregnado de la consciencia sobrenatural, no dejó de saludar al ángel de aquella parroquia, juntamente con los ángeles de todos los parroquianos. San Francisco de Sales, en carta a un Obispo, recomendó que él invocase al ángel de su diócesis. Y en Portugal, hay una fiesta para el ángel del país, el mismo que apareció a los partorcitos de Fátima. Importa, por fin, principalmente, imitar a los ángeles de la guarda, buscando ser como ángeles para las otras personas y haciendo de todo para que ellas lleguen al Cielo, donde un día, contemplaremos todos juntos, la faz de Dios.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Cómo debemos rezar el Padrenuestro en la Santa Misa?

  Cada que vez que voy a Misa, hay un gesto de nosotros los fieles que me parece significativo, el rezo del Padrenuestro, ese momento en el que elevamos nuestras manos o tomamos las de los demás. Un acto que cuando es acompañado por la música se vuelve emotivo dentro de la celebración de la cual todos participamos. Todo esto yo lo veía y lo hacía con mucha normalidad desde muy pequeño. Hasta que un día participando de la oración dentro de la Misa escuché cómo un amigo reprendió a otro diciéndole: “No me tomes de la mano, eso no se debe hacer, es anti litúrgico”. Inmediatamente al oírlo comencé a ver si alguien más dentro de la celebración hacia lo contrario a los demás, por lo que pregunté ¿quién estaba en lo correcto? Después de unos días, decidí dedicarme a resolver esta interrogante y conocer la verdad. La celebración de la Santa Misa es un rito que está perfectamente regulado. Cada movimiento, gesto y palabra tiene un sentido y un significado ya establecidos. Todo esto, se encuentra dentro de la Instrucción General del Misal Romano que, en otras palabras, es el instructivo que dice cómo y de qué manera debe llevarse a cabo la celebración. Dentro de este ordenamiento litúrgico, en la parte que se refiere a la oración del Señor, en su punto 152 dice: “Terminada Plegaria Eucarística, el sacerdote con las manos juntas, dice la monición antes de la Oración del Señor; luego, con las manos extendidas, dice la Oración del Señor juntamente con el pueblo”. Por lo que podemos ver que expresamente no hay nada que indique que los fieles deban elevar o tomarse de las manos. Por tanto, si bien el hacerlo no está prohibido, éste no corresponde a la Liturgia ya establecida. Por lo que, el Padrenuestro, debe ser rezado por todos los que participan de la Misa, incluido el sacerdote, y sólo él debe elevar las manos al momento de esta oración. Los fieles no debemos imitar los gestos ni repetir las palabras que sólo el sacerdote puede y debe hacer. Entonces pudiéramos pensar qué tiene de malo si es un signo de comunión entre todos.  Pero la realidad es que los católicos nos unimos en la Comunión, no cuando nos tomamos de las manos, sino cuando recibimos el Cuerpo de Cristo. El estar en comunión con los demás no se refleja con tomarnos de la mano al rezar el Padrenuestro, sino en el cuidado de nuestra gracia al confesarnos continuamente, y así, prepararnos para recibir la Comunión. Participar de la Eucaristía es la mejor muestra de nuestra unidad y comunión como católicos.   Fuente: Catholic.net   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Septiembre mes de la Biblia

  La intención es que durante este mes, en todas las comunidades cristianas, se desarrollen algunas actividades que nos permitan acercarnos mejor y con más provecho a la Palabra de Dios.   Propuestas para escuchar la Palabra

  1. La lectura diaria de los textos bíblicos litúrgicos es una excelente ayuda para profundizar en la Palabra de Dios. De esta manera nos unimos a toda la Iglesia que ora al Padre meditando los mismos textos. También nos acostumbramos a una lectura continuada de la Biblia, donde los textos están relacionados y lo que leemos hoy se continúa con lo de mañana. La lectura diaria de los textos (para lo cual Liturgia Cotidiana es una excelente herramienta) constituye una “puerta segura” para escuchar a Dios que nos habla en la Biblia.
  2. – ¿Has leído alguna vez un evangelio entero “de corrido”? Es muy interesante descubrir la trama de la vida de Jesús escrita por cada evangelista. Muchos detalles y relaciones entre los textos que cada evangelista utiliza quedan al descubierto cuando uno hace una lectura continuada. Este mes es propicio para ofrecerle a Dios este esfuerzo. Te recomendamos la lectura del evangelio de Marcos. No es muy largo, en unas horas se puede leer. Al ser el primero de los sinópticos, los otros (Mateo y Lucas) lo siguen en el esquema general. Por lo tanto es una muy buena “puerta de entrada” al mensaje de Jesús.
  3. Otra posibilidad para poner en práctica este mes (y tal vez iniciar un hábito necesario y constructivo) es la oración con los salmos. Los mismos recogen la oración del pueblo de Dios a lo largo de casi mil años de caminata del pueblo de Israel. Nos acercan la voz del pueblo que ora con fe, y la palabra de Dios, que nos señala esta manera de orar para acercarnos y escuchar sus enseñanzas. En los salmos podemos encontrar una inmensa fuente de inspiración para la oración. Hay salmos que nos hablan de la alegría, de las dificultades y conflictos, de la esperanza, del abatimiento, del dolor, de la liberación y la justicia, de la creación, de la misma Palabra de Dios (salmo 118, el más largo de todos). Aprender a rezar con los Salmos es una “puerta siempre abierta” para el encuentro con el Dios de la Vida.
  4. La lectura orante de la Palabra, realizada en comunidad, nos pone en sintonía con la voluntad de Dios. Es un ejercicio clave para el crecimiento en la fe. La fuerza de la comunidad nos alienta para encontrar en los textos la fuerza del Espíritu. Todos aprendemos juntos y nos enriquecemos con el aporte de cada uno. Existen muchos métodos de lectura orante. Simplificando al máximo podemos decir que los siguientes cuatro pasos son los más comunes:

Lectura Meditación Oración Compromiso   La lectura orante siempre desemboca en un desafío para vivir. La Palabra de Dios nos desafía a seguir los pasos de Jesús y cambiar nuestra vida. La lectura orante, practicada en comunidad, es una “puerta-espejo” que nos interpela y nos ayuda a discernir cómo vivir y practicar su Palabra en nuestros días. De la la Encíclica Fides et ratioCapítulo V. N´55 (parcial) “Tampoco faltan rebrotes peligrosos de fideísmo, que no acepta la importancia del conocimiento racional y de la reflexión filosófica para la inteligencia de la fe y, más aún, para la posibilidad misma de creer en Dios. Una expresión de esta tendencia fideísta difundida hoy es el « biblicismo », que tiende a hacer de la lectura de la Sagrada Escritura o de su exégesis el único punto de referencia para la verdad. Sucede así que se identifica la palabra de Dios solamente con la Sagrada Escritura, vaciando así de sentido la doctrina de la Iglesia confirmada expresamente por el Concilio Ecuménico Vaticano II. La Constitución Dei Verbum, después de recordar que la palabra de Dios está presente tanto en los textos sagrados como en la Tradición, afirma claramente: « La Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica ». La Sagrada Escritura, por tanto, no es solamente punto de referencia para la Iglesia. En efecto, la « suprema norma de su fe » proviene de la unidad que el Espíritu ha puesto entre la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente. No hay que infravalorar, además, el peligro de la aplicación de una sola metodología para llegar a la verdad de la Sagrada Escritura, olvidando la necesidad de una exégesis más amplia que permita comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido pleno de los textos. Cuantos se dedican al estudio de las Sagradas Escrituras deben tener siempre presente que las diversas metodologías hermenéuticas se apoyan en una determinada concepción filosófica. Por ello, es preciso analizarla con discernimiento antes de aplicarla a los textos sagrados.” Juan Pablo II Fides et ratio 14 de Setiembre de 1998   Para finalizar, los católicos durante el mes de septiembre debemos dedicarlo a iniciar el conocimiento y divulgación de los textos bíblicos, ya que quien se llame cristiano tendría que conocer la historia de la salvación y la Palabra de Dios, interpretadas auténtica y fielmente por el Magisterio de la Iglesia. La Biblia, para todas las denominaciones cristianas, contiene la Revelación y es, como todo libro sagrado, la fuente del conocimiento y el compromiso de vida en lo referente a la fe. Cada año, la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, la Iglesia Ortodoxa e Iglesias Evangélicas celebrarán el Mes de la Biblia. Cada comunidad celebrará el mes con énfasis de acuerdo a su historia y tradición. La Iglesia Católica Romana recordando a San Jerónimo, (a quien conmemoramos el 30 de septiembre), traductor de la Vulgata, la Biblia en lengua latina; la Ortodoxa haciendo memoria que fue en idioma griego que se escribieron los Santos Evangelios y los demás libros del Nuevo Testamento y las Iglesias Evangélicas conmemorando la publicación, el 26 de septiembre de 1569, de la primera traducción de los Textos Bíblicos a la lengua española, traducción realizada por Casiodoro de Reina y conocida como la “Biblia del Oso” ya que en su portada estaba representado dicho animal. Muy pocos saben que esta Biblia, pese a ser fruto del trabajo de un activo protestante contenía todos los textos propios de la Biblia Vulgata latina de San Jerónimo, mencionada al inicio, que es el texto oficial de la Biblia para toda la iglesia católica romana.   Algo de historia La palabra Biblia se origina, a través del latín, en la expresión griega τα βιβλ?α τα ?για (ta biblía ta haguia; los libros sagrados), acuñada por vez primera en I Macabeos 12:9, siendo βιβλ?α plural de βιβλ?ον (biblíon, ´papiro´ o ´rollo´, usado también para ´libro´). Se cree que este nombre nació como diminutivo del nombre de la ciudad de Biblos (Β?βλος), importante mercado de papiros de la antigüedad. Esta frase fue empleada por los hebreos helenizados (aquellos que habitaban en ciudades de habla griega) mucho tiempo antes del nacimiento de Jesús de Nazaret para referirse al Tanaj o Antiguo Testamento. Muchos años después empezó a ser utilizada por los cristianos para referirse al conjunto de libros que forman el Antiguo Testamento así como los Evangelios y las cartas apostólicas, es decir, el Nuevo Testamento. Para ese entonces ya era común utilizar las dos primeras palabras de la frase, τα βιβλ?α, a manera de título. Ya como título, y habiendo perdido el artículo τα, se empezó a utilizar en latín como biblia sacra (los libros sagrados) y de ahí fue transmitido a las demás lenguas. La Biblia es una compilación de textos que en un principio eran documentos separados (llamados “libros”), escritos primero en hebreo, arameo y griego durante un dilatado periodo de tiempo y después reunidos para formar el Tanaj (Antiguo Testamento para los cristianos) y luego el Nuevo Testamento. Ambos testamentos forman la Biblia cristiana. En sí la Biblia fue escrita a lo largo de aproximadamente 1000 años (900 a. C. – 100 d. C.). Los textos más antiguos se encuentran en el Libro de los Jueces (“Canto de Débora”) y en el Pentateuco, que son datadas en la época de los dos reinos (siglos X a VIII a. C.). El libro completo más antiguo, el de Oseas es también de la misma época. El canon católico romano de la Biblia que conocemos hoy fue sancionado por primera vez en el Concilio de Hipona en el año 393 de nuestra era, por la Iglesia Católica. Dicho canon de 73 libros (46 pertenecientes al llamado Antiguo Testamento, incluyendo 7 libros llamados actualmente Deuterocanónicos -Tobías, Judit, I Macabeos, II Macabeos, Sabiduría, Eclesiástico y Baruc- y 27 al Nuevo Testamento) fue confirmado en el Sínodo de Roma en el año 380, y ratificado en el Concilio de Cartago en el año 397, y luego nuevamente confirmado por decreto en la cuarta sesión del Concilio de Trento del 8 de abril de 1546.   Versiones castellanas de la Biblia Católica Vienen éstas de la traducción hecha por San Jerónimo (Dalmacia, Yugoeslavia, 342-420) al latín, versión oficial de la Iglesia por casi 15 siglos. El primer intento estuvo a cargo de la corte del Rey Alfonso X, El Sabio, en 1280, conocida como la Biblia Alfonsina; en 1430, el Gran Maestre de la orden de Calatrava, Don Luis de Guzmán, patrocina a Mosé Arragel para realizar otra traducción, conocida como la Biblia de Alba. En 1944 se publica la llamada de Nácar-Colunga, publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos que no usa la traducción de la Vulgata como fuente si no usa los originales. La Biblia de Jerusalén aparece en 1967, también basada en los textos originales. La primera edición de la Biblia latinoamericana, con el lenguaje propio de la región, es editada por primera vez en 2001. En el año 2005 se presentó, tras 33 años de trabajo, la Biblia de Navarra, para hacerla se tomaron como fuente los textos originales en hebreo, arameo y griego.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

La Virgen advirtió en 1954 qué hacer ante crisis provocadas por sacerdotes

«que son causa de escándalo»

  El 2 de abril de 2011 Su Santidad Benedicto XVI reconoció formalmente un milagro atribuido a la intercesión de Sor Elena Aiello, fallecida en 1961. El día de la Santa Cruz, 14 de septiembre de 2011 fue beatificada en Cosenza (Calabria, Italia). Su amor y fidelidad a Dios, señala la web Portaluz, le habían hecho merecedora de compartir los estigmas de Cristo. Pero esta mística del siglo XX recibió además ocasionalmente el don de profecía que le permitió por ejemplo advertir el trágico final de Benito Mussolini; y también el privilegio de recibir revelaciones místicas… cuyos contenidos advierten a la humanidad y urgen a la conversión. Una de esas revelaciones, quizá la más conocidas es aquella que recibió el Viernes Santo de 1954 y que en lo medular es de gran actualidad, en la crisis que atraviesa la Iglesia. Le advierte en ella la Santísima Virgen María: “El hogar, fuente de la fe y de santidad, está manchado y destruido. Los hombres continúan viviendo ciegos en sus pecados. Cerca está el azote que limpiará la tierra del mal. La Justicia divina reclama la satisfacción de tantas ofensas y maldades que cubren la tierra y no se puede tolerar más. Los hombres obstinados en sus culpas no se vuelven a su Dios. La gente no se somete a la Iglesia y desprecia a los sacerdotes por haber muchos malos entre ellos, que son causa de escándalos”. Seguidamente la Madre de Dios le señala qué hacer ante esa situación: “Levanta la voz, hasta que los sacerdotes de Dios presten oído a mi mensaje, y avisen a los hombres que el tiempo está cerca, y si no se convierten a Dios con oraciones y sacrificios, el mundo se verá envuelto en una nueva guerra (…)”.   “Hacen falta oración y sacrificios -continúan las revelaciones-, que vuelvan a los hombres a Dios y a mi Corazón Inmaculado. Propaga todo esto por el mundo, como eco verdadero de mi voz. Hazlo saber porque ayudará a salvar muchas almas e impedirá mucha destrucción en la Iglesia y en el mundo”.   Este artículo fue publicado originalmente en sitio web Portaluz.org     ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

El aborto nunca será un mal menor

  El Obispo de San Sebastián, Mons. José Ignacio Munilla, respondió en su programa de Radio María “Sexto Continente” al artículo titulado “¿Defensa de la vida?” publicado por el escritor peruano Mario Vargas Llosa en el diario El País, en donde hablaba sobre la reciente decisión del Senado en Argentina de no despenalizar el aborto. Mons. José Ignacio Munilla explica en su programa Sexto Continente que esta respuesta al artículo de Vargas Llosa “no nace de ningún desencuentro” ni pretende ser un “ataque personal” contra el escritor, pero que “en la cuestión del aborto no cabe equidistancia, porque entre la vida y la muerte no existe el punto medio. Y se trata de un tema que retrata a la sociedad”. Vargas Llosa califica la postura de la Iglesia Católica en la defensa de la vida como “escorada hacia la caverna y el oscurantismo”. A lo que el Obispo de San Sebastián aseguró no le pareció una “descripción equilibrada” que califique de postura “escorada hacia la caverna y el oscurantismo a quienes defienden la vida” porque “si el aborto es progresismo, la ley del más fuerte es la cumbre de la democracia”. El Prelado subrayó en su programa de Radio María que en el aborto “no se trata del derecho de la mujer a decidir si quiere o no tener hijos” porque “el hijo ya lo tiene”. Por tanto, se trata de un argumento que está “mal planteado” ya que la decisión que está en juego “es si nace vivo o va a salir muerto”. Si el aborto es un signo de avance de la civilización, eso es la ley del más fuerte, no es un signo de avance ni mucho menos”, advirtió. En distintas partes del artículo, Vargas Llosa apunta a la legalización del aborto dentro de las primeras catorce semanas de gestación como “un mal menor” derivado de “unas condiciones de vida paupérrimas”. Sin embargo, el Obispo asegura que acabar con la vida del niño nunca será “un mal menor”. “Un mal menor podría ser darlo en adopción, pero matarlo siempre es un mal mayor”, destacó, y aseguró que “no existe ningún planteamiento médico-científico para decir que es éticamente aceptable un aborto una semana antes o una semana después”. “Esa especie de frontera de los tres meses, parece que está formulada con la pretensión de tranquilizar la conciencia. Como si dijésemos que no existe la vida antes de los tres meses, cuando todos los datos nos dicen que la vida comienza en el momento de la concepción”, afirma. Ante el argumento de que es la pobreza la que supuestamente lleva a las jóvenes a abortar, el Prelado recordó que “las clases sociales ricas también abortan”, y “si la pobreza es la justificación para que el niño no nazca, es mejor acabar con la pobreza que con la vida del niño”. Vargas Llosa también presenta en su artículo a la Iglesia como uno de los “adversarios más enconados de que los adolescentes reciban la formación sexual que les permitiría tener sólo los hijos que quieren tener”. A lo que Mons. Munilla responde que el concepto de educación sexual que el escritor tiene se refiere sólo a “métodos anticonceptivos” y que “como éstos tienen un margen de error notable, al final se acaba planteando el aborto como último método anticonceptivo”. De esta manera Obispo explica que la verdadera sexualidad es la que “enseña a entregar la vida al servicio del amor”. Además, el escritor peruano asegura que en Argentina se realizan entre 350 mil y 450 mil abortos clandestinos cada año y que no legalizarlo hace que tan sólo esté al alcance de las mujeres ricas que puedan ir al extranjero a abortar. Un argumento que el Prelado califica de “sorprendente”. “Acaba usted de decir que la gente abortaba porque era pobre, pero ahora descubrimos que también hay gente rica que aborta”, afirma el Obispo. Mons. Munilla también recuerda que cuando tuvo lugar en España el debate sobre la legalización del aborto en 1985, se decía que se practicaban de manera clandestina unos 250 mil al año. “La realidad es que el primer año, después de que se legalizara el aborto, en España hubo 467 abortos y eso que decían que había más de 200 mil abortos clandestinos”, precisa. Por eso “es muy recurrente que en estos debates del aborto se den datos de estimaciones de la realidad falseada”. Además, Vargas Llosa utiliza en su artículo el informe sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes en Pensilvania (EE UU) para desacreditar la postura de la Iglesia contra el aborto. “No entiendo ese argumento. Es como decir que si hay corrupción en el Gobierno de una nación, se deben derogar todas las leyes”. “De esos casos que el Papa ha dicho que ‘nos avergonzamos’, la única conclusión que debe desprenderse es la purificación y las medidas para que no vuelva a ocurrir nunca más en la vida y la historia de la Iglesia. Eso es lo que debe desprenderse, pero no que no podamos predicar los valores evangélicos”, afirma el Obispo de San Sebastián.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Tres reflexiones para compartir en el día del catequista

  Querido hermano catequista, te acerco estas líneas como si fueran parte de una conversación con vos. Tal vez, generen alguna respuesta que quieras enviarme o, sencillamente, el silencio de estar pensando las cosas de la Nueva Evangelización, en un discernimiento que calla y que reza. Tal vez elijas compartir parte de este material con los catequistas de tu comunidad, especialmente ahora que nos aproximamos a celebración de nuestro día. La Catequesis del Catequista Celebrar es, sobre todo, decir “gracias”. Celebramos la vida en cada cumpleaños, celebramos la salud, una intervención médica que salió bien, la sonrisa de nuestros hijos… Cada hecho que celebramos va unido a la gratitud. En el día del catequista demos gracias por ellos, por su identidad y vocación que, con silencio y mucha humildad, van construyendo el Reino de Jesús. El catequista está llamado a ser entrañablemente él mismo. En la verdad y en la hondura de su identidad resuena el llamado de Dios que lo convoca a ser eco de Cristo, para que muchos hombres y mujeres se encuentren con Él. ¡Cuánta sintonía y cuánta fidelidad! ¿Cómo hacerse eco auténtico? ¿Cómo no ser una caja de resonancia de otras voces y de otros ruidos capaces de distorsionar la verdadera identidad? En esta disyuntiva existencial: ser o no ser lo que Dios lo invita a ser, queda implicada la naturaleza humana del catequista. Caída y redimida. Débil y fuerte. Imperfecta y llamada a la plenitud. Sería impensable un catequista desprovisto de la gracia de Dios. Sería impensable un catequista errante, náufrago de procesos educativos incapaces de albergarlo. La naturaleza humana, abierta al auxilio divino de la gracia y al auxilio humano de la educación, se perfecciona y se hace más imagen y semejanza de Dios. Se hace tierra fértil en la cual Cristo crece, configurando en la personalidad del catequista todas las virtudes que lo hacen capaz de ser lo que Dios lo invita a ser. En este proceso educativo, la catequesis ocupa un lugar propio e inconfundible. A ella le corresponde la educación de la fe. Y el catequista, como hombre de fe, necesita ser permanentemente educado en esa misma fe que profesa. Para ser entrañablemente él mismo, el catequista necesita hacerse destinatario de la catequesis. Destinatario de itinerarios formativos diseñados para él, en los cuales la educación en la fe sea intencional y sistemáticamente favorecida. En el integral entramado de dimensiones diversas asumidas por la formación de los catequistas, tendrá un lugar privilegiado la educación de la fe, como virtud teologal que ha de ser sostenida, fortalecida, animada, informada y testimoniada a lo largo de toda la vida. Pero, para ser entrañablemente él mismo, el catequista necesita hacerse destinatario, también, de los procesos catequísticos diseñados para sus catequizandos y catecúmenos. Allí, en la siempre nueva dinámica del encuentro y del proceso catequístico, allí Dios obra produciendo siempre lo inimaginable. Allí, en el misterio de una metodología y de unos recursos siempre imperfectos, Dios logra, una vez más, como aquel día junto al pozo de Zicar, que los discípulos sean testigos. Y el catequista se hace destinatario de lo que los catequizandos y catecúmenos dicen. Catequistas, hagamos todo lo que Jesús nos diga Compartimos nuestra realidad catequística, con situaciones nuevas y antiguas y amada siempre por Dios. Él sigue suscitando vocaciones catequísticas en hombres y mujeres que, en medio de esta realidad y enviados por la Iglesia, quieren responder como discípulos-misioneros al llamado de Jesús Buen Pastor. Los catequistas estamos esencialmente unidos a la comunicación de la Palabra. Nuestra primera actitud espiritual está relacionada con la Palabra contenida en la Revelación, predicada por la Iglesia, celebrada en la liturgia y vivida especialmente por los santos.[1] Y es siempre un encuentro con Cristo, oculto en su Palabra, en la Eucaristía, en los hermanos. Apertura a la Palabra significa, en definitiva, apertura a Dios, a la Iglesia y al mundo. Cuando los catequistas realizamos nuestro ministerio, es decir cuando conscientes de nuestra propia fe nos ponemos al servicio de nuestros hermanos para ayudarlos a crecer en la fe, aprendemos a mirar el mundo desde una óptica: la del Magníficat. Se trata de una mirada creyente, capaz de ver los signos de esperanza. Mirar la realidad con los ojos de María significa ver el bien también ahí donde todavía no germinó. Los ojos de María, que buscan a Jesús, saben encontrarlo y, en ocasiones, invitarlo a mostrar signos concretos para que el mundo crea, como en las bodas de Caná.[2] Con esa mirada creyente, los catequistas somos anunciadores del Reino. El mundo hoy, como ayer y como siempre, tiene derecho al anuncio. No se lo puede privar de él. Y, si bien todos los bautizados hemos sido convocados a esa tarea, a los catequistas nos compete de modo especial. El corazón creyente sabe darse cuenta de que el mundo es amado por Dios, sostenido por su amor. Muchas veces los catequistas somos pobres de recursos, de medios, pero por la gracia de Dios representamos una fuerza de cambio extraordinaria. Donde está Jesús, ahí está su Reino, allí madura la esperanza, allí es posible tomar el amor que da vida. El encuentro con Jesús nos hace testigos creíbles de su Reino, nos asemeja a Él, hasta transformarnos en memoria viviente de su modo de existir y de obrar. Mirar la vida con ojos de creyentes Los catequizandos y catecúmenos llegan desde distintos caminos… Con historias de vida y con experiencias de fe diversas. Los catequistas, muchas veces preocupados por unos contenidos a transmitir, obviamos ingenuamente una mirada profunda a lo que ellos han vivido y a lo que creen realmente. Usamos mucho la palabra “itinerario”, pero más de una vez la reducimos a la simple categoría de “programa” o de “listado de contenidos” preestablecidos. Nos atamos a un deber ser que se olvida de enraizar la vida de las personas y sus procesos anteriores en este nuevo camino que emprendemos en la Catequesis Familiar. Tal vez este breve y antiguo relato pueda ayudarnos a expresar sencillamente lo que queremos decir. Una vez un explorador fue enviado por los suyos a un perdido lugar en la selva amazónica. Su misión consistía en hacer un detallado relevamiento de la zona. Como el explorador era experto en su oficio, hizo su tarea con pericia y extremo cuidado. Ningún rincón quedó sin haber sido explorado. Averiguó cuáles eran los vegetales y los animales del lugar, las características de cada época del año, los secretos del gran río que atraviesa toda la región, las lluvias, los vientos, las posibilidades para la vida del hombre en aquel remoto lugar… Cuando, por fin, creyó saberlo todo, decidió regresar dispuesto a transmitir a los que lo habían enviado el cúmulo de conocimientos adquiridos. Los suyos lo recibieron con expectativa… Querían saberlo todo acerca del Amazonas. Pero el avezado explorador se dio cuenta, en ese momento, de la imposibilidad de responder al deseo de su pueblo. ¿Cómo podría él transmitirles la belleza incomparable del lugar, o la armonía profunda de los sonidos nocturnos que solían elevar su corazón? ¿Cómo podría compartir con ellos la sensación de profunda soledad que lo embargaba por las noches, el temor que lo paralizaba ante las fieras salvajes del lugar o la inusitada sensación de libertad que lo embargaba cuando conducía la canoa a través de las inciertas aguas del río? Entonces, después de pensarlo, el explorador tomó una decisión y les dijo: “_ Vayan y conozcan ustedes mismos el lugar. Nada puede sustituir el riesgo y la experiencia personales”. Pero tuvo miedo… Si algo les pasaba… Si no sabían llegar… Entonces hizo un mapa para guiarlos. Todos hicieron copias, las repartieron y se fueron al Amazonas provistos del conocimiento encerrado en el mapa recibido. Todos los que tenían una copia se consideraron expertos. ¿Acaso no conocían, a través del mapa, cada recodo del camino, los lugares peligrosos, la anchura y la profundidad del río, los rápidos y las cascadas? Sin embargo, el explorador lamentó durante toda su vida haberles dado el mapa… Hubiera sido mejor no dárselos. Esta narración tiene, tal vez, mucho que decir a nuestro ministerio catequístico. No se trata de ayudar a los catequizandos a explorar la selva, introduciéndolos en los vericuetos o en los preciosismos de una detallada información doctrinal, sino de ayudarlos, fundamentalmente, a encontrar al Dios de Jesucristo. Si bien es cierto que la catequesis incluye tareas de instrucción, iniciación y educación, también es verdad que ella es un ministerio al servicio de la fe. Se trata, sobre todo, de favorecer que nuestros interlocutores vivan su propia experiencia de fe, siempre única, personal e intransferible. Cuando los interlocutores de la Catequesis comienzan a vivir su fe así, como auténticos exploradores, con cierto riesgo y embarcándose en una especie de “aventura personal”, podemos decir que este “nuevo nacimiento” los afecta por entero y los abre a una realidad nueva, a una manera nueva de realizar la existencia. Tal vez ellos, en sus caminos anteriores, ya han recibido muchos mapas y están, por eso, convencidos de ser verdaderos expertos en las cuestiones de la fe… Pero no aciertan a mirar la vida con ojos de creyentes. Tal vez esos mapas los han decepcionado, no los han llevado al encuentro con Jesús y los han mantenido en cuestiones externas que critican duramente o que aceptan, con resignación o sin reflexión. Tal vez nosotros mismos, sus catequistas, les ofrecemos ciertos mapas prefabricados, que nos sirvieron a nosotros; pero que no les sirven a ellos. Les indican caminos que nosotros mismos hemos recorrido, con más o menos acierto, pero no los dejan explorar y aventurarse para encontrarse, por fin, con el Señor. Tampoco se trata de improvisar o de dejarlos solos. Quizás va siendo hora, de desentrañar el significado y la hondura de una pedagogía que Jesús conocía muy bien: el acompañamiento. Ese caminar junto al que busca, permitiéndole que siga buscando… Ese caminar, al principio casi imperceptible y después tan encarnado en la vida del catequizando. Un caminar que no violenta, que no apura, que no se detiene y que, recorriendo la Palabra, va dejando llegar… Cada uno lo hace a su tiempo, con respeto a los tiempos del otro, y según sus posibilidades. Pero, por fin, arde el corazón y se produce el encuentro que se celebra con el Pan compartido. La pedagogía del acompañamiento no traza mapas, sino que recorre y acompaña los caminos personales y comunitarios de búsqueda. Como catequistas, podemos proponernos indagar por aquí algunas de las respuestas pendientes al actual fracaso de la iniciación cristiana. Quizás así sea posible iniciarse o retornar a la fe, desechando antiguos mapas y aprendiendo a mirar la vida con ojos de creyentes. Pbro. José Luis Quijano   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Ayuno antes de comulgar?

  Para recibir la Sagrada Eucaristía hacen falta tres condiciones: 1) estar en gracia de Dios; 2) saber a quién se va a recibir, acercándose a comulgar con devoción; 3) y guardar una hora de ayuno antes de comulgar. Nos ocuparemos de la última para analizar si es realmente importante. Qué dice la ley de la Iglesia El Catecismo de la Iglesia Católica señala en el número 1387 la tercer condición para comulgar dignamente: «Para prepararse convenientemente a recibir este sacramento, los fieles deben observar el ayuno prescrito por la Iglesia (cf CIC can. 919). Por la actitud corporal (gestos, vestido) se manifiesta el respeto, la solemnidad, el gozo de ese momento en que Cristo se hace nuestro huésped». El Código de Derecho Canónico contiene la ley de la Iglesia de rito latino (hay otro Código para los de rito oriental). El canon al que remite el Catecismo dice: «CIC 919 #1 Quien vaya a recibir la santísima Eucaristía, ha de abstenerse de tomar cualquier alimento y bebida al menos desde una hora antes de la sagrada comunión, a excepción de agua y de medicinas. CIC 919 #3 Las personas de edad avanzada o enfermas, y asimismo quienes las cuidan, pueden recibir la santísima Eucaristía aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior.» No es sólo un consejo, es mucho más. Es una disposición jurídica: “deben observar el ayuno” y “ha de abstenerse de cualquier alimento” son expresiones de obligatoriedad que prescriben que no se debe comulgar sin cumplir esta condición. ¿Pasado de moda? Algunos piensan que la necesidad de una hora de ayuno antes de comulgar “no corre más”. Dicen que “eso era antes”, como si ya no estuviera vigente en la Iglesia. Lo ven como algo de la época de nuestras abuelas… Sólo querría recordarles que el Código de Derecho Canónico del que hablamos no es el viejo de 1917, sino el sancionado en 1983. Y el Catecismo de la Iglesia publicado en 1992. Y que están ambos vigentes en la Iglesia. El último documento que habla del ayuno eucarístico es el Instrumentum laboris del Sínodo sobre la Eucaristía (octubre de 2005). Es decir, que la actualidad del precepto está fuera de toda duda. ¿Caben excepciones? La ley meramente eclesiástica –ley humana de la Iglesia– no obliga cuando hay una dificultad grave. En este tema, no parece fácil imaginar un caso así, fuera de la situación de enfermedad expresamente prevista en el canon citado. Una pregunta frecuente No es raro oír esta pregunta: “¿cuántos minutos tiene la hora de ayuno antes de comulgar?” O, “si me faltan cinco minutos, ¿puedo comulgar?” Primero, lo obvio: en principio las horas son de 60 minutos. Además el texto de la ley, no dice escuetamente una hora, como si pudiéramos comenzar a regatearle algunos minutos, sino “al menos una hora antes”, es decir, que apunta a que sea más de una hora. No exige que sea una hora, sino que señala un límite inferior. No olvidemos que hasta tiempos de Pío XII el ayuno regía desde el día anterior. Por esto no había entonces Misas vespertinas. En la década del 50 del siglo pasado, dicho Papa redujo el ayuno a tres horas; y, después del Concilio Vaticano II, se pasó a una hora. Sentido del ayuno La Iglesia no pretende limitar la Comunión –que sean menos los fieles que comulgan– sino velar por el respeto y la veneración a tan gran sacramento porque recibimos al mismo Cristo. En el Instrumentum laboris del XI Sínodo sobre la Eucaristía (octubre de 2005), se señala que “Ha sido expresado el deseo de restituir en todos los lugares al ayuno eucarístico aquella rigurosa atención que todavía está en uso en las iglesias orientales. En efecto, el ayuno, como dominio de sí, exige el concurso de la voluntad y lleva a purificar la mente y el corazón. San Atanasio dice: «¿Quieres saber cuáles son los efectos del ayuno?… expulsa los demonios y libra de los malos pensamientos, alegra la mente y purifica el corazón». En la liturgia cuaresmal se invita a menudo a la purificación del corazón mediante el ayuno y el silencio, como recomienda San Basilio. En alguna respuesta a los Lineamenta se pregunta acerca de la oportunidad de reconsiderar la obligación de las tres horas de ayuno eucarístico.” ¿Me voy a perder de comulgar por cinco minutos? Sí, porque nadie te obligó a comer. En realidad nadie te prohíbe comulgar. Sencillamente no te has preparado lo suficiente: te faltan unos minutos de preparación y por respeto a la Eucaristía, no querrás ser descortés con el Señor. Es precisamente el amor a la Eucaristía lo que te lleva a no comulgar. Comunión y obediencia Hoy no pocas personas incumplen este precepto de la Iglesia, escudándose en que comulgar es muy importante. Sí que lo es, pero más importante es la obediencia. Te cuento el caso del Rey Saúl. Dios le encarga que después de derrotar a los amalecitas, destruyera todo lo de este pueblo. Después de la victoria, Dios envía a Samuel a recriminarle no haber cumplido su mandato. La conversación, si no fuera trágica, resultaría divertida. Samuel le pregunta: ¿por qué no has cumplido lo que Dios te ordenó? Saúl comienza a responder que cumplió perfectamente… Samuel lo corta con una ironía: ¿Qué es entonces ese mugir de vacas, ese balar de ovejas, etc., que escucho? A lo que el rey intenta justificar, diciendo que reservó lo mejor del ganado para sacrificarlo en honor de Dios. Aparentemente, un loable proyecto. Respuesta de Dios a través de Samuel: “Vale más la obediencia que las víctimas”. De hecho, por esta desobediencia Dios rechazó a Saúl como rey, y eligió a David para que lo sustituya. Una desobediencia que tenía aparentemente una buena excusa, una desobediencia con una aparente buena intención: “prefiero la obediencia al sacrificio”. Es mejor no comulgar obedeciendo a la Iglesia que comulgar desobedeciendo Es imposible que sea grato a Dios que comulguemos desobedeciendo. Seguro, sin lugar a la menor duda, es más grato a Dios que no comulgues si te falta el tiempo de ayuno como expresión de respeto y obediencia, que comulgar por capricho yendo en contra de la ley de la Esposa de Cristo: ¿te acordáis del “todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo”? Conclusión: tiene más mérito delante de Dios (es decir, es más valioso) el acto de obediencia consistente en dejar de comulgar para obedecer a la Iglesia, que comulgar desobedeciendo (si es que esto tuviera algún mérito y no fuera una falta…). ¿Se puede dispensar? Algunos fieles pretenden que el sacerdote, les autorice a Comulgar sin el debido tiempo de ayuno. Debemos decir que no corresponde, ya que el sacerdote no tiene potestad para dispensar de una ley eclesiástica: no puede hacerlo, y, si lo hiciera, el permiso sería nulo (como si yo te diera permiso para casarte siendo menor de edad: no tengo este poder; si diera el permiso, sería falso, inválido, nulo). Motivos pastorales y prácticos Además de los motivos jurídicos, morales y de méritos para no comulgar sin el ayuno correspondiente, también hay un motivo práctico: quien deja de comulgar por que “no le dio el tiempo”, calculará mejor la próxima vez y se preparará con más delicadeza a comulgar. No le sucederá más, ya que estará más atento. Quien comulga sin el tiempo debido, cada vez será más laxo en su cálculo… e irá estirando el tiempo… Y vivirá en el “filo de la navaja”. La Eucaristía merece respeto. Hemos de hacer bien las cosas buenas. No ser chantas para hacer el bien. Alguno podría pensar “da igual”, “cómo te vas a hacer problema por unos minutitos?”, “no seas exagerado”. No, no da igual. Es respeto. Es delicadeza. Muestra cuanto valoras el Sacramento. Comulgar no es cualquier cosa. Es lo más grande que podemos hacer en esta vida. La liturgia hace rezar al sacerdote antes de recibir la Comunión en la Santa Misa una oración con un pedido singular: que esa Comunión “no sea para mí motivo de juicio y condenación”. Por algo lo pide, y el que lo pide es el sacerdote, y lo pide para sí mismo. Si no comulgas un día por no llegar al ayuno mínimo requerido de una hora, no pasa nada. No es pecado, no es una falta de respeto, no es una falta de interés. No es obligación comulgar y, por lo mismo, no es falta no hacerlo. Si tenéis tantas ganas de comulgar, ofrece a Dios el no poder hacerlo; has una Comunión espiritual. Y cumplí con lo que está mandado para custodiar la dignidad de este sacramento. Es absurdo cometer un pecado por comulgar sin las debidas disposiciones, sin ninguna necesidad de hacerlo Déjame que lo repita: dejar de comulgar no es pecado. Desobedecer la ley eclesiástica sí lo es. Obedecer la ley de la Iglesia es meritorio. Cometer un pecado intentando hacer algo bueno es totalmente ridículo.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Por qué amo a la Iglesia Católica

corrupta y llena de delitos?

  El odio por la Iglesia Católica viene desde todos los frentes y uno de estos ataques, el que dice que la Iglesia Católica es “corrupta, inmoral y plagada de delitos”, es el más típico. Mis tweets deben haberse retwitteado a una audiencia poco comprensiva porque luego apareció una respuesta que decía que cualquier persona que tuviera conciencia debería dejar de pertenecer a la “Iglesia católica corrupta, inmoral y llena de delitos”. Me parece curioso que en esta ola anti-católica los nuevos ateos y los viejos fundamentalistas recurran a muchos de los mismos ataques a la religión católica. El odio por la Iglesia Católica viene desde todos los frentes y uno de estos ataques, el que dice que la Iglesia católica es “corrupta, inmoral y plagada de delitos”, es el más típico. Nadie se detiene a pensar que ningún católico entendido discute que haya inmoralidad, delitos y corrupción en la Iglesia Católica.  Lo hemos sabido siempre.  De hecho, el mismo Señor Jesucristo dijo que las ovejas y las cabras estarían mezcladas y que el trigo y la paja crecerían en el mismo terreno.  De hecho, entre los santos apóstoles hubo algunos que eran menos que santos.  Judas fue un traidor que vendió al Señor y su alma por una bolsa de dinero y que luego se ahorcó.  Pedro fue un traidor elocuente, Tomás, un escéptico timorato, Pablo, un hombre violento e ignorante y un cómplice de asesinato.  La lista podría continuar. Claro que hay inmoralidad, corrupción y delito en la Iglesia Católica.  ¿Qué esperaban? ¿Una secta rigurosa de blancos hacedores de buenas obras, sonrientes, de prolijo peinado, con zapatos lustrados y corbata, repartiendo folletos del Evangelio?  ¿Qué esperaban? ¿Un grupo de agradables ancianas que hornean galletas y administran un comedor de beneficencia?  ¿Qué esperaban? ¿Un grupo de activistas sinceros que bregan por un mundo políticamente más correcto para todas las personas por las que se debería sentir lástima?  Seguramente encontrarán grupos de hacedores de buenas obras como esos, pero no será la Iglesia Católica, sino más bien una suerte de secta aterradora en la que no querrían participar si tuvieran la oportunidad. Por el contrario, en la Iglesia Católica -como en cualquier grupo de seres humanos- encontrarán a los buenos y a los malos todos mezclados.  Encontrarán la agonía y el éxtasis -la alegría y la pena-, al pecador y al santo, y ¿acaso no es eso lo que esperarían encontrar si estuvieran en la búsqueda de una religión auténtica?  ¿No es eso lo que encuentran cuando leen el Antiguo Testamento?  ¿No es eso lo que encuentran cuando leen la historia de la humanidad?  ¿No es eso lo que encuentran cuando estudian su propio árbol genealógico?  ¿No es eso lo que encuentran cuando se miran al espejo? Entonces, no me preocupa realmente si la Iglesia católica está llena de delitos y corrupción y de una buena cantidad de pecadores, sino que me hace sentir como en casa. La razón por la que amo a la ‘Iglesia Católica corrupta y llena de delitos’ es, en primer lugar, que todos admitimos que es así; segundo, que lamentamos que sea así; y tercero, que estamos intentando hacer algo al respecto.  La Iglesia Católica puede ser corrupta y estar llena de delitos, pero la Iglesia Católica también es la única institución que puede hacer algo al respecto.  Claro está que la Iglesia Católica está llena de pecadores del mismo modo que un hospital está lleno de enfermos.  El Señor no llama a los rectos, sino a los pecadores para que se arrepientan, y por ser esto así, deberíamos esperar que sean los pecadores los que respondan a la llamada, que entren a casa para resguardarse del frío y pregunten qué se necesita para que las cosas mejoren. No estamos todos contentos con el delito, el pecado y la corrupción que hay en la Iglesia católica, pero no podemos imaginar ninguna otra iglesia distinta.  Los católicos somos una obra en curso y los que reconocemos que somos pecadores nos sentimos cómodos con las otras personas que también continúan trabajando en ello.  Como un grupo de alcohólicos anónimos: “Hola, mi nombre es Dwight.  Soy un pecador”. Entonces, no me preocupa realmente si la Iglesia Católica está llena de delitos y corrupción y de una buena cantidad de pecadores, sino que me hace sentir como en casa. Los que me preocupan son aquellos que tienen pretensiones de superioridad moral y que culpan a la Iglesia por eso.  ¿Piensan realmente que son tanto mejores que los demás?  ¡Caramba!  Esas son las personas que me ponen los pelos de punta y no los tristes pecadores que se sientan en los bancos de la Iglesia semana tras semana.  Al menos ellos saben que necesitan ayuda.  ¿Y los que piensan que no necesitan ayuda?  Sí, esos son limpísimos zombis que me dan escalofríos.   Por: Dwight Longenecker | Fuente: Catholiceducation  

 
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¿En qué consiste el ser niño frente a Dios?

  ¿Qué actitudes implica la filialidad? Me parece que son, fundamentalmente, tres actitudes frente al Padre Dios: confianza, obediencia y entrega filiales. 1. La confianza filial. Dios es un Padre todopoderoso. Esta afirmación teológica despierta en mí la actitud de confianza. Es la experiencia del niño que sabe confiar ciegamente en sus padres. Y lo hace instintivamente, sin demasiada reflexión; es su experiencia original. Por eso se siente tan seguro y cobijado y vive tranquilo y feliz su vida. Lo que en el niño es espontáneo, nosotros los adultos hemos de reconquistarlo si queremos tener alma de niño. Lo que el niño presupone de sus padres naturales, el hombre filial lo reconoce en el Padre celestial. Por eso, el Padre José Kentenich, Fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt, procura conducirnos a la confianza filial: “Mi esfuerzo personal, respecto a toda la Familia, es que lleguemos a ser héroes de la confianza”. Él suele ilustrar esta confianza heroica con la imagen del hijo del marinero. Este, aun teniendo conciencia del peligro en alta mar, no desespera sino que permanece tranquilo, porque sabe que su padre está al timón. Es esta convicción la que hemos de reconquistar: “El Padre tiene en sus manos el timón, aunque yo no sepa el destino ni la ruta” (Hacia el Padre, 399). Cuando así le entregamos al Padre Dios la conducción de nuestra vida, entonces renace la seguridad existencial. Es la “seguridad del péndulo” que permanece firmemente agarrado desde arriba. El Padre es la roca inconmovible, la tranquilidad del hijo, en medio de los vaivenes de la vida. “El niño todo lo vence mediante la confianza” (Dios mi Padre, 223), afirma el Padre José kentencih. La infancia espiritual consiste, en este contexto, en una fe sencilla en la Divina Providencia que nos hace ver presente, detrás de todos los acontecimientos de la vida, una mano paternal y bondadosa. Filialidad no es evasión de responsabilidades, sino protagonismo histórico y creador. Es compartir responsabilidades con el Padre, luchar por un mundo digno de Él. 2. La obediencia filial. La verdadera filialidad es, en segundo lugar, docilidad, sumisión a la voluntad de Dios, obediencia al Padre. A partir de Jesús y siguiendo sus huellas, “el hombre filial sabe que su obra es grande sólo en la medida en que corresponde al deseo del Padre” (Dios mi Padre, 319). Es preguntarle, en cada caso: Padre, ¿qué te agrada más? La obediencia le confiere a la infancia espiritual, vitalidad y heroísmo; la hace exigente y educadora. Porque la verdadera imagen del Padre encierra no sólo bondad, sino también fuerza. Dios Padre puede causarnos dolor, para asemejarnos más a su Hijo Unigénito. Pero es siempre el amor que lo impulsa a imponernos severas exigencias. 3. El amor filial. “Los santos afirma el Padre Kentenich se hicieron santos a partir del momento en que comenzaron a amar, y comenzaron a amar sólo cuando se creyeron, se supieron y se sintieron amados por Dios” (Dios mi Padre, 248. J. Kentenich). Nuestro amor ha de volver a ser como el amor de los niños. Debemos dejar de lado nuestros enredos y complicaciones de adultos y aprender a amar con sencillez. Debemos sacarnos nuestras máscaras de falsa grandeza y autosuficiencia y entregarnos con humildad sincera. Debemos pasar de un amor racional y calculador a un amor espontáneo y cálido. Esta simplicidad, autenticidad y espontaneidad en la entrega, cautiva el amor del Padre y lo atrae irresistiblemente. Por eso ha de crecer y purificarse nuestro amor. El amor primitivo gira en torno al propio yo y sus intereses. En cambio, el amor filial maduro gira en torno al Padre y su voluntad. Y eso requiere de una permanente autoeducación, de una lucha diaria constante, de renuncias y entregas heroicas. Pero sabemos que es el único camino para cambiar y hacernos como los niños, y así poder entrar al Reino del Padre eterno.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Carta a quienes sufren depresión,

angustia y situaciones de grave necesidad

 

Depresión y angustia, males complejos dentro

del misterio del sufrimiento

En el pasado año de 2006 tuve la ocasión de declarar a la Santísima Virgen, en su advocación de Ntra. Sra. del Pozo, o «Madonna del Pozzo», como Patrona para quienes sufren depresión y estados de angustia y situaciones de grave necesidad, en esta diócesis de Zárate-Campana. Entronizada su imagen en la parroquia de Santa Rosa de Lima, en Villa Rosa (Pilar) y en otras capillas de la diócesis (como Santa Teresita, en Manuel Alberti, y María de Nazaret, en Zárate) (1), allí han acudido miles de fieles a lo largo de este año, con el maravilloso don de la Fe, o bien pidiendo al Señor ese don, junto con las gracias que necesitan, también el don de la salud, viendo como del todo natural que el cristiano enfermo o deprimido vuelva sus ojos a la Santísima Virgen Maria, «Causa de nuestra alegría y Salud de los enfermos»(2). Nada hay de especialísimo en dicha advocación: «Casa de María» son todas las iglesias donde se encuentra Jesús Eucarístico y la presencia espiritual de la Madre. El tema sí es especial; me mueve a dirigirles ésta sobre todo la necesidad pastoral que veo de afrontar con Fe y Esperanza el panorama de angustia y depresión en que viven no pocos hermanos y hermanas nuestros. Nos mueve la Fe, que es un magnífico don de gracia; es la Fe en Jesucristo, Hijo del Dios Vivo, a quien Su Madre, la Santísima Virgen, nos atrae a todos con singular predilección, especialmente a quienes más lo necesitan, abriéndonos caminos de alegría y paz. Es por ello que la Iglesia siempre ha tenido tan en alto la preocupación por los enfermos y sufrientes, a imitación del propio Jesús, como lo refería el Papa Benedicto XVI en una reciente visita pastoral a una clínica: “Encontrándome entre vosotros, pienso de modo espontáneo en Jesús, que durante su existencia terrena siempre mostró una particular atención a los que sufrían, curándolos y dándoles la posibilidad de volver a la vida de relación familiar y social, que la enfermedad había impedido. Pienso también en la primera comunidad cristiana, donde, (…) muchas curaciones y prodigios acompañaban la predicación de los Apóstoles. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Señor, manifiesta siempre una predilección especial por quienes sufren y (…) ve en el que sufre a Cristo mismo, y no cesa de prestar a los enfermos la ayuda necesaria, la ayuda técnica y el amor humano, consciente de que está llamada a manifestar el amor y la solicitud de Cristo a ellos y a quienes los atienden (…)”(3). Así también nosotros debemos tener una especial solicitud para con los enfermos y los que sufren, y en especial para con los deprimidos y angustiados; más aún, en nuestras parroquias, movimientos y asociaciones de fieles, todo ello debiera ser un aspecto más que destacado de la pastoral. Sí sabemos que se sufre como persona, con las características físicas, psicológicas y espirituales que cada persona posee. Tiene mucho, muchísimo que ver con el sentido de la vida que cada uno tenga, como afirma Cassell(4). Así, la esencia del sufrimiento consiste en cierta desintegración del ser, incluyendo el pasado, el futuro, el sentido de la vida de alguien, sus intenciones y proyectos, sus ideas de fuerza y sus creencias. El sufrimiento se da, pues, en una cultura, que es propia del ser humano. A este respecto, un valioso Documento del Pontificio Consejo para la Cultura, llamado «Para una pastoral de la cultura», recuerda que esta última “(…) es tan connatural en el ser humano que la naturaleza de éste no posee rostro sino cuando se realiza en su cultura”(5) . Así también se realiza el rostro del sufrimiento, y por ende, de la depresión, la angustia, el sentimiento del estado de grave necesidad. Ahora bien, la depresión y la angustia son siempre manifestaciones de sufrimiento. Pero la inversa no es igualmente cierta. Nos preguntamos, pues: ¿Qué es el sufrimiento?; ¿por qué el sufrimiento?. Y, todavía mejor, ¿para qué el sufrimiento?. ¿Existe un sentido de él?. Expongo estas preguntas (los cristianos tenemos una Respuesta, con mayúscula), pero, creo, no sería el momento de intentar dilucidar aquí cuestiones tan cruciales para el ser humano, y tampoco de establecer distinciones entre dolor y sufrimiento, y dentro de éstos, de profundizar en las causas psíquicas de la depresión y la angustia. Más que al sufrimiento en general, esta carta desea estar referida sobre todo a estas dos últimas, con una mirada pastoral. Para introducirnos en tema, algo importante es no confundir el estado de ánimo triste, que constituye un malestar psicológico frecuente (y que conlleva el sentirse triste o deprimido) pero que no configura el padecimiento de una depresión en sí, puesto que ésta indica signos, síntomas, síndromes, un estado emocional permanente, una reacción clínica bien definida. En la depresión como estado pato-lógico se pierde la alegría y satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y obrar, y la esperanza de recobrar el bienestar, cayendo en un sombrío ánimo. Precisamente, aquélla se acompaña de manifestaciones evaluables clínicamente en la esfera del estado de ánimo (6) del pensamiento (7), de la actividad psico-motriz (8) y de las manifestaciones somáticas (9) . Siempre considerando el no ser especialistas, podemos también afirmar, lato sensu, que el fenómeno de la depresión es complejo y multicausal (10). En ese sentido, el Papa Juan Pablo II, quien trató en distintas ocasiones el tema de la depresión desde una perspectiva humana amplia, hacía referencia a “(…) los diferentes aspectos de la depresión en su complejidad: van desde la enfermedad profunda, más o menos duradera, hasta un estado pasajero, ligado a acontecimientos difíciles –conflictos conyugales y familiares, graves problemas laborales, estados de soledad…–, que comportan una fisura o una ruptura en las relaciones sociales, profesionales, familiares. La enfermedad es acompañada con frecuencia por una crisis existencial y espiritual, que lleva a dejar de percibir el sentido de la vida” (11). Se encuentran allí mencionados los diversos aspectos y causas de la depresión, difusos hoy como nunca, tal como se ha expresado más arriba, en la cultura moderna. Sin entrar en especializaciones, podemos genéricamente constatar, esto sí, es que la depresión es un mal particularmente complejo y presente en nuestra época contemporánea (12), caracterizada –como ninguna otra época- por el avance de los conocimientos científicos y del dominio del hombre sobre el planeta, pero también signada por el abandono, la soledad, la incertidumbre y las mil y una posibilidades de frustración, tantas veces originadas en el sinsentido de la vida, esto es, en que la vida humana aparece para muchos desprovista de sentido, o bien en factores externos, como graves injusticias infligidas, injusta miseria, desengaños, calumnias, estafas, trágica pérdida de seres queridos, pérdida de fe y esperanza por escándalo o pereza o malevolencia de quienes debían ayudar. En general, queridos hermanos y hermanas, hay a nuestro alrededor todo un mundo del dolor del que nos compadeceríamos mucho más, si miráramos aunque más no fuera un poco, saliendo de nuestro propio mundo –o mundillo- de auto-suficiencia y auto-miramiento, o del fárrago de nuestros propios problemas. ¡Si aunque sea siempre rezáramos un Padrenuestro por los que más sufren!. ¡O los incluyéramos siempre en las intenciones de la Santa Misa!. Puestos en el Corazón de Cristo, ya sería muchísimo, y también mucho es lo que podemos hacer, en Cristo, conforme a las exigencias de la vida cristiana, en la «eucaristía vivida» de nuestra vida diaria. Actos del drama interior ¿Es un drama la vida?. En el ámbito de la filosofía, no pocos consideran que el grito de Friedrich Nietzche, acerca de «la muerte de Dios» plantea en realidad la trágica cuestión de «la muerte del ser humano». El declive postmoderno desde Michel Foucault a Claude Levi-Straus, desde el «sueño antropológico» del primero, que deviene en «muerte del hombre» hasta la mitológica tetralogía del segundo, con su «crepúsculo de los hombres», caracterizado por la «nada» (13). No son éstas, pienso, consideraciones exquisitas y desprovistas de sentido. Nosotros, personas religiosas, tenemos mucho que orar y mucho que obrar por el bien; sin creernos más que nadie sino partiendo de las energías de Amor del «homo religiosus», energías que el Espíritu del Señor ha puesto para bien de los que lo aman. Frente al drama del vacío existencial, pongamos Amor, y allí donde haya odio, envidia, paranoia consentida, también. Como en la oración de San Francisco de Asís. Incluso frente al horror del campo de concentración, expresión sin par del vacío existencial al que nos referíamos, y de la ominosa Shoah, el gran neurólogo Viktor Frankl, vienés, hebreo, luego profesor de Harvard, Stanford, Pittsburgh e Dallas, fallecido a los 92 años en 1997, encontró el sentido de la vida y el sentido del Amor. En su obra, «Le dieu inconscient», nos habla del «poder de contestación del espíritu». Y parte del principio que «la exigencia fundamental del hombre –es- (…) la plenitud de sentido. He aquí un gran remedio a la tristeza y depresión. Aparece aquí el tema de la «voluntad de sentido», que abren vías de salida al ser frustrado, presa del vértigo del vacío existencial, que puede caracterizarse como pérdida de la capacidad para interesarse, ilusionarse y disfrutar de todas o casi todas las cosas y circunstancias de la vida, disminución general de la vitalidad, pérdida de la confianza en sí mismo, con sentimientos de inutilidad, inferioridad o de culpabilización excesiva, perspectiva negra del futuro, ideas de muerte e incluso de suicidio. Este vértigo en el que el ser humano puede caer se manifiesta como rampante tristeza, ideas negras, repliegue sobre sí mismo con obsesión de muerte, y caída en el vacío. Presas del miedo, tantos hermanos y hermanas nuestros ven todo con temor, hastío de vivir, voluntad abandonada. Es la náusea y la desesperación. Es el drama interior, que necesita de un profesional especializado, y también de atención pastoral. A nivel humano en general, sin embargo, pienso que en el drama de la depresión pueden existir algunos factores de predisposición, pero aquí sí, más que nunca, no se debe generalizar, teniendo en cuenta, sobre todo, la multicausalidad a la que hemos hecho alusión más arriba. Sin entrar ahora en estas líneas en el plano de la responsabilidad moral, creo que para nada menor puede constituir un factor a considerar como desencadenante de la depresión (más allá de todas las predisposiciones genéticas y otras causales), el excesivo perfeccionismo de la persona (¿es ésta una manifestación obsesiva?), es decir, el ansia desmesurada de obtener resultados «perfectos», que nadie pueda atacar o criticar (lo cual esto último, curiosamente, hace a la persona muy vulnerable a la frustración). El perfeccionismo podría ser confundido con el sentido genérico de la «responsabilidad», pero en realidad denota cierto sentimiento de omnipotencia y, diríamos, de «irrealismo», en el sentido de rehusar admitir las propias limitaciones. No es el caso la mayoría de las veces, pero puede ocurrir que dicho perfeccionismo hiperintencional (utilizando un lenguaje más o menos frankliano) se vea teledirigido a logros de anti-valores, como tantas veces son pregonados por algunos medios masivos de comunicación (15). Ya más en el orden psíquico y psicológico, otro factor importante puede constituir la psico-estructura del sujeto con caracteres paranoicos o paranoides, factor que adquiere repercusión sobre el tema pues quien adolece de una tendencia paranoica es, en cierta medida, impermeable a la experiencia «fáctica» (16) teniendo, como lo tiene, afectado el sentido del discernimiento de sus propias limitaciones o responsabilidades y culpando a los demás(como normalmente su trastorno de personalidad lo lleva a hacerlo) de sus fracasos y frustraciones, los cuales serían otros tantos complots en su contra. Dicha actitud le hace ver a muchos de los que lo rodean (o a todos) como un conjunto de adversarios y enemigos conjurados. Ello le ocasiona aislamiento y rechazo, y, quizá, depresión. Reitero que no estamos tratando aquí de la falta moral (no hay que confundir esto, sin tampoco escindir). En el mismo orden, tampoco podríamos dejar de mencionar como factores depresivos a la agobiante «soledad» (no la fecunda, sino esa soledad destructiva, que frustra, algunas veces causada por la desconfianza sistemática) y a la parálisis o atrofia de la actividad (mencionada magistralmente por Frankl como hiperintención paralizante) (17), en la cual la persona deprimida experimenta una exacerbación de su sentido de autocrítica y tiende a teñir de negativo sus posibilidades de actuación. La actitud pastoral: desde un punto de vista psicológico, y humano, diríamos, una persona que ha caído en depresión necesita compañía y ayuda a fines de superar la soledad y aislamiento, necesita que alguien le abra camino a la luz en su vida, necesita ejercitar alguna actividad satisfactoria que le resulte exitosa, abrirse al Bien y a la Verdad, y para ello es preciso que descubra cuáles son las fisuras y grietas de su personalidad por dónde se han filtrado las aguas negras de la depresión. Para esto puede ayudar grandemente una perspectiva espiritual profunda, que redimensione enteramente los actos del drama, para transformarlos en una nueva actuación de vida. Una recuperación desde la fuente de la dimensión espiritual Lo primero es la aceptación de la propia realidad, la cual, en la medida en que Dios la quiso, o permitió por lo menos, llega a ser «historia sagrada» en el sentido en que ni un cabello cae de nuestra cabeza sin que el Padre celestial lo sepa. En la vida no estamos dejados «A la deriva», como dramática y genialmente lo narra el cuento de Horacio Quiroga… (lo recuerdo de la escuela primaria…) Porque para quienes tienen Fe, “(…) todo coopera al bien de los que aman a Dios” (Rm 8, 28). Es claro que si la persona que sufre depresión es creyente, más aún, un cristiano, un católico con claro conocimiento de su fe y de la doctrina sobre Dios Providente y Misericordioso, que puede “(…) hacer de las mismas piedras hijos de Abrahám” (Mt 3, 9), hay elementos muy sólidos para superar el mundo de oscuridad y frustración y de parálisis psíquica. Por ello, en la atención pastoral de quien padece angustia y depresión ocupa un lugar de primer plano todo lo que pueda robustecer la Fe, comprendiendo por ésta las certezas acerca de la bondad y sabiduría de Dios (en quien «vivimos, nos movemos y existimos» como reza Hch 17, 28), acerca de su presencia y su amoroso poder, acerca del destino de felicidad que Dios quiere para todos los seres humanos, al punto que nos dio a su propio Hijo (cf. Jn 3, 16). También acerca del recibimiento tierno que Dios prodiga a sus hijos descarriados (cf. Lc 15, 11-24), aun sabiendo perfectamente acerca de nuestras limitaciones, flaquezas, astucias y «agachadas» (cf. Salmo 103, 14). La depresión y la angustia, en lo espiritual, constituyen una dura prueba. El papel de los que cuidan de la persona deprimida, y no tienen una tarea terapéutica específica (por ejemplo quienes atienden a nivel pastoral a quienes más sufren), consiste sobre todo en ayudarle a recuperar el interés por el futuro y el deseo de vivir (18). Por eso, es importante tender la mano a todos los enfermos, ayudarles a percibir el Amor y la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad de fe y de vida donde puedan sentirse acogidos, comprendidos, sostenidos, en una palabra, dignos de amar y de ser amados. Para ellos, como para cualquier otro, contemplar a Cristo y dejarse “mirar” por él es una experiencia que los abre a la esperanza y los impulsa a abrirse a la vida en abundancia (cf. Dt 30, 19). Algo muy importante en la búsqueda de sentido, para un creyente, es asumir el sufrimiento (y por ende la depresión y la angustia), sin quedantismo ni –ciertamente- como forma de trágico masoquismo sino como forma de «participación en la pasión y en la cruz de Cristo» y como una realidad dolorosa que nos habilita, en el decir de San Pablo, para “(…) completar lo que falta a la pasión de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24). Esto es causa de esperanza y de apertura de una gran ventana de luz, que da a la comprensión del destino de bienaventuranza de la persona humana, al punto que se haga prácticamente manifiesto cómo el camino hacia la vida eterna puede tener que atravesar por una prueba, casi como, en cierto sentido, un propio aniquilamiento y sentimiento de abandono, a imitación de Cristo (19). La oración (¡qué maravilloso es abrirnos a orar!), la participación fructuosa en los sacramentos de la Iglesia serán entonces de inmensa ayuda, en especial la Eucaristía, la Penitencia y la Unción de los enfermos. Una recuperación espiritual será de invalorable ayuda para quien sufre angustia, depresión y estados de urgente necesidad, porque lo ayudará a recobrar el sentido de la justa lucha, de la esperanza y de la salida a la oscuridad de la desesperación. Entonces la gracia y la paz se podrán derramarse como una fuente de bendición, porque siempre podemos salir para ayudar a otros que sufren, y esto trae bendición, porque lo dijo Jesús: “Cuanto ustedes hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mi me lo hicieron” (Mt. 25,40-45). Así es para con los enfermos, los más pobres, los que sufren, los abandonados, angustiados y deprimidos. Conclusión La alegría pascual refulge siempre magnífica en la Iglesia y para la humanidad, pues el gozo es el don de Dios del cual, aquélla, la Iglesia, es portadora, en tanto portadora del Evangelio. «La alegría –escribía el converso Paul Claudel, convertido por intercesión de la Virgen durante el cántico del Magníficat en la catedral de Notre Dame– es la primera y la última palabra del Evangelio»(20). Tanto el anticuerpo como el antídoto para la enfermedad de la oscuridad del corazón es la Fe en Aquél que nos dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Entonces nuestra vida se transforma en una Eucaristía vivida, aun con sufrimiento y dolor (de los cuales, cuanto más aborrecimiento tengamos, más expuestos al sufrimiento estaremos). La alegría cristiana, en cambio, proviene de la esperanza que no defrauda, ese «ya pero todavía no» que es anticipación de la Gloria del Cielo. El Nuevo Testamento está todo penetrado de la Vida que Jesús nos transmite y comunica, y Vida en abundancia (cf Mt 25,21-23; Lc 1,14; 2,10). Nos la comunica a todos sus discípulos; por ello el Evangelio de Juan afirma que la alegría de Jesús vive en el discípulo (Cf Jn 17,13; 1 Jn 1,4; 2 Jn 12), podemos decir, es una «alegría discipular», la cual no cesa incluso coexistiendo con el sufrimiento (Cf Jn 16,20-24; 14,28). El gran Obispo y Doctor de la Iglesia, San Agustín, tiene unas estupendas meditaciones sobre la alegría del discìpulo (21), que tantas veces los cristianos tendríamos que poner más en práctica, también los pastores del Pueblo de Dios; y me incluyo el primero. Porque esa realidad de Fe y de Esperanza en nuestra vida hace irradiar de luz a todo nuestro ser, y se transforma en fuente de bendición y alegría para los demás, alentando el espíritu y el rostro feliz de cuantos entren en contacto con nosotros, como dice el Libro de los Proverbios sobre el «corazón» (en sentido bíblico: «Lev»): “Corazón contento, cara feliz, corazón abatido, desalienta el espíritu” (Prov. 15, 13). Pedimos al Señor, por intercesión de la Santísima Virgen María, en su advocación de «Nuestra Señora del Pozo», que saque a nuestros hermanos caídos en el pozo de oscuridad y angustia y nos haga ver su Luz –también a través de las causas segundas de la ciencia-, un Camino de Luz, para pasar «haciendo el bien». En la Fiesta de Nuestra Señora de la Merced, la Libertadora de los cautivos, 24 de septiembre de 2007 Mons. Oscar D. Sarlinga, obispo de Zárate-Campana   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Estas triste?

¡Alaba al Señor!

  Acabo de ver una película en el cine. Una de esas que te dejan intranquilo. Una historia descorazonadora, muy bien narrada y técnicamente muy bien conseguida, pero de las que te deja el corazón contrariado. Pienso que la vida ya tiene suficientes problemas como para ver una película que te haga sentir mal. Cuando vemos un filme buscamos una trama bien argumentada y que al final el bueno gane, aunque muera heroicamente, pero nunca que el vencedor sea el malo sin dejarte, si quiera, un resquicio para la esperanza. El problema en esta película es que el malo, que es una verdadera encarnación del mal, acaba venciendo. Tendré que hablar con alguien sobre este personaje y que me ayude a resolver esta desazón, pero da la impresión de que el director nos quiere vender la frustración, la desesperanza y un sinsentido de todo lo bueno y que vale la pena en esta vida. A diferencia del director y los guionistas de esta película, me reconforta pensar que al final de nuestra existencia sí habrá un final feliz, al menos así lo creemos quienes tenemos fe. Es verdad que ese final feliz vendrá después de una vida de esfuerzo y exigencia. San Ignacio de Loyola ya lo decía: debemos actuar como si todo dependiera de nosotros y confiar en Dios como si todo dependiera de Él. Lo que me preocupa es que los que tenemos fe a veces vivimos como si no la tuviéramos y no damos el testimonio de Cristo que nuestro mundo necesita. El primer apostolado que debemos hacer es el de un testimonio alegre de hombres y mujeres que han tenido un encuentro con Él. Ser coherentes entre lo que creemos y vivimos. De alguna forma lo apunta San Pablo en esa conocida carta a los Corintios en la que dice que si no hay amor nada vale la pena: de nada sirve la pompa de las grandes obras sociales, los grandes números y los éxitos apostólicos, las grandes conferencias sobre la familia…, si al final pasamos ante el hermano necesitado y no somos capaces de hablarle de tú a tú de Cristo… Repasa  I Corintios 13. Cuenta San Juan María Vianney que el demonio le dijo una vez que si hubiera en Francia dos o tres hombres santos como él, su reino sería un desastre. Sin duda lo que más contraría al demonio es el testimonio de los cristianos, y lo que más le agrada es nuestra vida de mediocridad. En esa búsqueda de la santidad, la Iglesia nos ofrece muchas ayudas. Indudablemente los sacramentos, la frecuencia en los sacramentos, mejor dicho, es sin duda la mejor arma contra el demonio, contra el mal, contra la tristeza… En la reciente exhortación apostólica del Papa Francisco Gaudete et exsultate se hace referencia a numerosas ayudas para vivir la santidad. Con la genialidad de este Papa nos encontramos con una que, permítame la expresión, “exorciza” la tristeza que viene del pecado y del demonio. Me refiero al buen humor. Efectivamente, el Papa señala el buen humor con un signo distintivo de la santidad, signo de la presencia de Dios. “El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es ‘gozo en el Espíritu Santo’ (Rm 14,17), porque ‘al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo” (ver Gaudete et exsultate nn. 122-128) En conclusión, frente a películas desesperanzadoras como ésta -y sigo sin decir el título porque no quiero hacer la más mínima publicidad-, o los dramas de tantas vidas, creo que la alegre esperanza basada en Jesucristo y en su Evangelio, es algo que el cristiano tiene que aportar a este mundo. Un último apunte: el famoso exorcista Gabriel Amorth, por cierto, un sacerdote con excelente humor, explicaba que le ayudaba mucho en su misión liberadora del demonio las plegarias de los grupos de la Renovación Carismática, caracterizados precisamente por su oración de alabanza. Y me pregunto yo: ¿Alabamos al Señor con nuestros brazos levantados, y sobre todo con nuestro coraón levantado, como dice el salmo 62 (Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote… mis labios te alabarán jubilosos), o nuestra oración es monótona, aburrida y rutinaria centrada en nuestra perfección más que en dar gloria a Dios? Así como es tu oración, así es tu unión con Dios.

 

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La Virgen del Carmen… y el escapulario

  Cada 16 de Julio recordaremos a Nuestra Señora del Carmen. Reflexionemos hoy un poco sobre esta advocación y las grandes promesas de su escapulario. Los carmelitas tienen, entre otros, el mérito de haber llevado esta advocación mariana a todos los estratos del pueblo cristiano. En el siglo XII algunos eremitas se retiraron al Monte Carmelo, con San Simón Stock. La Virgen Santísima prometió a este santo un auxilio especial en la hora de la muerte a los miembros de la orden carmelitana y a cuantos participaran de su patrocinio llevando su santo escapulario. Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Ellos interpretaron la nube de la visión de Elías (1 Reyes 18, 44) como un símbolo de la Virgen María Inmaculada. Ya en el siglo XIII, cinco siglos antes de la proclamación del dogma, el misal Carmelita contenía una Misa para la Inmaculada Concepción. La estrella del Mar y los Carmelitas Los marineros, antes de la edad de la electrónica, dependían de las estrellas para marcar su rumbo en el inmenso océano. De aquí la analogía con La Virgen María quien como, estrella del mar, nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo. Por la invasión de los sarracenos, los Carmelitas se vieron obligados a abandonar el Monte Carmelo. Una antigua tradición nos dice que antes de partir se les apareció la Virgen mientras cantaban el Salve Regina y ella prometió ser para ellos su Estrella del Mar. Por ese bello nombre conocían también a la Virgen porque el Monte Carmelo se alza como una estrella junto al mar. Los Carmelitas y la Virgen del Carmen se difunden por Europa La Virgen Inmaculada, Estrella del Mar, es la Virgen del Carmen, es decir a la que desde tiempos remotos allí se venera. Ella acompañó a los Carmelitas a medida que la orden se propagó por el mundo. A los Carmelitas se les conoce por su devoción a la Madre de Dios, ya que en ella ven el cumplimiento del ideal de Elías. Incluso se le llamó: “Los hermanos de Nuestra Señora del Monte Carmelo”. En su profesión religiosa se consagraban a Dios y a María, y tomaban el hábito en honor ella, como un recordatorio de que sus vidas le pertenecían a ella, y por ella, a Cristo. ¿Qué es el Escapulario carmelita? Los seres humanos nos comunicamos por símbolos. Así como tenemos banderas, escudos y también uniformes que nos identifican. Las comunidades religiosas llevan su hábito como signo de su consagración a Dios. Los laicos no pueden llevar hábito, pero los que desean asociarse a los religiosos en su búsqueda de la santidad pueden usar el escapulario. La Virgen dio a los Carmelitas el escapulario como un hábito miniatura que todos los devotos pueden llevar para significar su consagración a ella. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café, una sobre el pecho y la otra sobre la espalda. Se usa bajo la ropa. Junto con el rosario y la medalla milagrosa, el escapulario es uno de los mas importantes sacramentales marianos. Dice San Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: “Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios.” El escapulario es un sacramental Un sacramental es un objeto religioso que la Iglesia haya aprobado como signo que nos ayuda a vivir santamente y a aumentar nuestra devoción. Los sacramentales deben mover nuestros corazones a renunciar a todo pecado, incluso al venial. El escapulario, al ser un sacramental, no nos comunica gracias como hacen los sacramentos. Las gracias nos vienen por nuestra respuesta de amor a Dios y de verdadera contrición del pecado, lo cual el sacramental debe motivar. ¿Cómo surgió el escapulario? La palabra escapulario viene del Latín “scapulae” que significa “hombros”. Originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros y lo llevaban los monjes durante su trabajo. Con el tiempo se le dio el sentido de ser la cruz de cada día que, como discípulos de Cristo llevamos sobre nuestros hombros. Para los Carmelitas particularmente, pasó a expresar la dedicación especial a la Virgen Santísima y el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás. La Virgen María entrega el escapulario el 16 de julio de 1251 En el año 1246 nombraron a San Simón Stock general de la Orden Carmelita. Este comprendió que, sin una intervención de la Virgen, a la orden le quedaba poco tiempo. Simón recurrió a María poniendo la orden bajo su amparo, ya que ellos le pertenecían. En su oración la llamó “La flor del Carmelo” y la “Estrella del Mar” y le suplicó la protección para toda la comunidad. En respuesta a esta ferviente oración, el 16 de julio de 1251 se le aparece la Virgen a San Simón Stock y le da el escapulario para la orden con la siguiente promesa: “Este debe ser un signo y privilegio para ti y para todos los Carmelitas: quien muera usando el escapulario no sufrirá el fuego eterno” Aunque el escapulario fue dado a los Carmelitas, muchos laicos con el tiempo fueron sintiendo el llamado de vivir una vida mas comprometida con la espiritualidad carmelita y así se comenzó la cofradía del escapulario, donde se agregaban muchos laicos por medio de la devoción a la Virgen y al uso del escapulario. La Iglesia ha extendido el privilegio del escapulario a los laicos. Explicación de la Promesa Muchos Papas, santos como San Alfonso Ligorio, San Juan Bosco, San Claudio de la Colombiere, y San Pedro Poveda, tenían una especial devoción a la Virgen del Carmen y llevaban el escapulario. Santos y teólogos católicos han explicado que, según esta promesa, quien tenga la devoción al escapulario y lo use, recibirá de María Santísima a la hora de la muerte, la gracia de la perseverancia en el estado de gracia (sin pecado mortal) o la gracia de la contrición (arrepentimiento). Por parte del devoto, el escapulario es una señal de su compromiso a vivir la vida cristiana siguiendo el ejemplo perfecto de la Virgen Santísima. El escapulario tiene 3 significados

  1. El amor y la protección maternal de María: El signo es una tela o manto pequeño. Vemos como María cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos.Envolver en su manto es una señal muy maternal de protección y cuidado. Señal de que nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de la ignominia de nuestra desnudes espiritual. Vemos en la Biblia: -Dios cubrió con un manto a Adán y Eva después de que pecaron. (manto – signo de perdón) -Jonás le dio su manto a David: símbolo de amistad -Elías dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida. -S. Pablo: revístanse de Cristo: vestirnos con el manto de sus virtudes.
  2. Pertenencia a María: Llevamos una marca que nos distingue como sus hijos escogidos. El escapulario se convierte en el símbolo de nuestra consagración a María.Consagración: ´pertenecer a María´ es reconocer su misión maternal sobre nosotros y entregarnos a ella para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón. Así podremos ser usados por Ella para la extensión del Reino de su Hijo. -En 1950 Papa Pío XII escribió acerca del escapulario: “que el escapulario sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos”. Quien usa el escapulario debe ser consciente de su consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos, palabras y obras. Dice Jesús: “Cargad con mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera”. (Mt 11:29). El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar, pero que María nos ayuda a llevar. El escapulario es un signo de nuestra identidad como cristianos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación, lo que exige que seamos pobres, castos y obedientes por amor. Al usar el escapulario constantemente estamos haciendo silenciosa petición de asistencia a la Madre, y ella nos enseña e intercede para conseguirnos las gracias para vivir como ella, abiertos de corazón al Señor, escuchando su Palabra, orando, descubriendo a Dios en la vida diaria y cercanos a las necesidades de nuestros hermanos, y nos está recordando que nuestra meta es el cielo y que todo lo de este mundo pasa. En la tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden dice: “No lleguemos a la conclusión de que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos…Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la omnipotencia suplicante de la Madre de la Misericordia.”
  3. El suave yugo de Cristo: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mi, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana”. (Mt 11:29-30)-El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar pero que María nos ayuda a llevar. Quién lleva el escapulario debe identificarse como católico sin temor a los rechazos y dificultades que ese yugo le traiga. Se debe vivir lo que significa El escapulario es un signo de nuestra identidad como católicos, vinculados de íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente según nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación. Esto requiere que seamos pobres (un estilo de vida sencillo sin apegos materiales), castos y obedientes por amor a Dios. En momentos de tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre, resueltos a ser fieles al Señor. Ella nos dirige hacia el Sagrado Corazón de su Hijo Divino y el demonio es forzado a retroceder vencido. Imposición del Escapulario: El primer escapulario debe ser bendecido por un sacerdote e impuesto por él mientras dice: “Recibe este escapulario bendito y pide a la Virgen Santísima que por sus méritos, lo lleves sin ninguna mancha de pecado y que te proteja de todo mal y te lleve a la vida eterna” ¿Puede darse el escapulario a quien no es católico? Sí. El escapulario es signo de la Maternidad Espiritual de María y debemos recordar que ella es madre de todos. Muchos milagros de conversión se han realizado en favor de buenos no-católicos que se han decidido a practicar la devoción al escapulario. Conversiones Un anciano fue llevado al Hospital de San Simón Stock en la ciudad de Nueva York, inconsciente y moribundo. La enfermera al ver al paciente con el Escapulario Carmelita llamó a un sacerdote. Mientras rezada las oraciones por el moribundo, éste recobró el conocimiento y dijo: “Padre, yo no soy católico”. “¿Entonces, ¿por qué está usando el Escapulario Carmelita?”, preguntó el sacerdote. “He prometido a mis amigos usarlo”, explicó el paciente. “Además rezo un Ave María diariamente.” “Usted se está muriendo” replicó el sacerdote. “¿Quiere hacerse católico?” ´Toda mi vida lo he deseado”, contestó el moribundo. Fue bautizado, recibió la Unción de los Enfermos antes de fallecer en paz. Alerta contra abusos El escapulario NO salva por sí solo como si fuera algo mágico o de buena suerte, ni es una excusa para evadir las exigencias de la vida cristiana. Mons. Kilian Lynch, antiguo general de la Orden Carmelita nos dice: “No lleguemos a la conclusión que el escapulario está dotado de alguna clase de poder sobrenatural que nos salvará a pesar a pesar de lo que hagamos o de cuanto pequemos… Una voluntad pecadora y perversa puede derrotar la ´omnipotencia suplicante´ de la madre de la misericordia.” Los Papas y Santos han muchas veces alertado acerca de no abusar de la promesa de nuestra madre como si nos pudiéramos salvar llevando el escapulario sin conversión. El Papa Pío XI nos advierte: “aunque es cierto que la Virgen María ama de manera especial a quienes son devotos de ella, aquellos que desean tenerla como auxilio a la hora de la muerte, deben en vida ganarse dicho privilegio con una vida de rechazo al pecado y viviendo para darle honor.” Vivir en pecado y usar el escapulario como ancla de salvación es cometer pecado de presunción ya que la fe y la fidelidad a los mandamientos es necesaria para todos los que buscan el amor y la protección de Nuestra Señora. San Claude de la Colombiere advierte: “Tu preguntas: ¿y si yo quisiera morir con mis pecados?, yo te respondo, entonces morirás en pecado, pero no morirás con tu escapulario.” Oración a la Virgen del Carmen Súplica para tiempos difíciles “Tengo mil dificultades: ayúdame. De los enemigos del alma: sálvame. En mis desaciertos: ilumíname. En mis dudas y penas: confórtame. En mis enfermedades: fortaléceme. Cuando me desprecien: anímame. En las tentaciones: defiéndeme. En horas difíciles: consuélame. Con tu corazón maternal: ámame. Con tu inmenso poder: protégeme. Y en tus brazos al expirar: recíbeme. Virgen del Carmen, ruega por nosotros. Amén.”

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El silencio de la voluntad

  Todos hemos experimentado, sea en primera persona, sea observándolo en otros, qué frustrante y a veces hasta insufrible es el esfuerzo de comunicación cuando uno de los interlocutores habla y el otro calla. Así de sencillo: cuando el hijo pregunta y el padre no responde, cuando el trabajador expone un problema laboral y el jefe no se da por aludido, cuando el mail se envía y no vuelve de regreso, cuando la esposa cuenta los sucesos del día y el esposo a duras penas esboza un gesto que tanto podría ser aprobatorio como decir: “realmente no me interesa demasiado todo eso”, cuando alguien se pelea a gritos y el otro responde con mutismo. No resulta difícil imaginar escenas que incluyan este tipo de expresiones: ¿por qué no me contestas?     ¡tú no me escuchas cuando hablo!     Es que tú no me haces caso     ¿Estás sorda? La comunicación funciona cuando nos colocamos ambos en el mismo canal. Si el diálogo se da con palabras, con gestos, con miradas o con simple compañía, no tiene al final demasiada importancia. Si uno desea hablar, el que le ama se esforzará por responder y nacerá el diálogo. Pero… ¿y si uno desea callar? ¿Qué ha de hacer el que ama? Dependerá de las circunstancias pero a veces, tal vez, exactamente eso: callar también, acompañar en el silencio, compartir el silencio. ¿No será así también con Dios? En realidad, sí. Un estupendo y fecundo camino para comunicarse con Dios en tiempos de silencio de Dios, es precisamente callar. Crecer en el silencio interior. Acallar ruidos interiores. Aprender el lenguaje del desierto. Aprender a callar Nada enseña a callar como la vida de oración, escribe el teólogo jesuita Irenée Hausherr, “uno no ama estar solo sino para gozar de una compañía más deseable; uno no se dedica al silencio sino para gozar de un coloquio interior”, o siquiera, como para los antiguos monjes, esforzarse por “que el espíritu esté absorto siempre en las cosas de Dios” (Casiano). Para los Padres del desierto, explica el padre Irenée, el silencio es como la celda interior donde habita permanentemente el hombre de oración y de la que no saldrá nunca, ni siquiera cuando por motivos de caridad o de necesidad tenga que salir de su “celda visible”. Quien no sabe amar el silencio se sentirá herido tanto por el silencio de Dios como por el de los demás. No sabrá deletrear el amor que se ofrece en sencillez, desnudo de palabras, enhebrado en la vida misma. El padre carmelita Ma. Eugenio del Niño Jesús, escribe: “Para el espiritual que ha gustado a Dios, silencio y Dios parecen identificarse, porque Dios habla en el silencio, y sólo el silencio parece poder expresar a Dios. De ahí que para encontrar a Dios ¿adónde irá sino a las profundidades más silenciosas de sí mismo, a esas regiones tan ocultas que nada las puede turbar? Cuando ha llegado a ellas, preserva, con un esmero celoso, ese silencio que Dios regala. Lo defiende contra toda agitación, hasta de sus propias potencias. (…) Este movimiento del alma hacia las profundidades silenciosas es para amparar celosamente allí la pureza de su contacto con Dios (…)”. (Quiero ver a Dios, pp.418-419) A este encuentro silencioso de abundante amor se refería san Juan de la Cruz en aquellos versos cargados de simbolismo: Mi Amado: las montañas, los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos, el silbo de los aires amorosos, la noche sosegada en par de los levantes de la aurora, la música callada, la soledad sonora, la cena que recrea y enamora.   Silencio para escuchar «Habla Señor que tu siervo te escucha» (1Sam 3,9), respondió el niño Samuel a Dios que le llamaba en medio de la noche. En un íntimo silencio hecho acogida la Sma. Virgen María conservaba y meditaba en su corazón los acontecimientos de su vida. Se calla para percibir mejor el pensamiento del interlocutor o para dejarlo expresarse libremente, dice el Card. Špidlík. ¿De qué silencio se trata entonces?   Del silencio de la atención. El que nos permite escuchar y acoger, recibir totalmente al otro cuando estamos juntos. De la misma manera que dos personas que se encuentran en una conversación requieren la una de la otra la máxima atención, el encuentro de Dios con el hombre pide esta condición esencial: no ser interrumpidos. Ni por los demás. Ni por uno mismo. Es incomodísimo, por ejemplo, estar conversando de temas serios y que interesan a ambos con un amigo y que llegue alguien más a introducirse en la plática. Si además se trata de un diálogo entre enamorados, la interrupción puede ser recibida hasta con enojo. El silencio exterior, en la oración, entraría en este ámbito. Los santos y místicos de todos los tiempos invitan a buscar la soledad con Dios cuando queremos orar. Es conocida la definición de oración de santa Teresa de Jesús: “orar es tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”. El silencio exterior, pues, implica soledad y también ausencia de ruidos, búsqueda de un espacio de serena intimidad. Resulta también enojoso para un paciente el que el médico esté constantemente atento a los mensajes electrónicos o a los avisos del celular durante su visita, a veces se ve caminar por la calle a una pareja tomados de la mano, mientras el novio o la novia están leyendo o escribiendo en su celular con la otra mano. A esto podríamos comparar las innumerables distracciones y pensamientos que nos asaltan durante los momentos de oración. El silencio interior, que es silencio de los pensamientos, de la imaginación, de los afectos, es el silencio que nace de la atención amorosa del corazón. El esfuerzo ascético para un creciente recogimiento de los sentidos y las facultades del alma ha sido recomendado en todas las escuelas de espiritualidad a lo largo de la historia. No olvidemos, sin embargo, que para el cristiano que ha sido sumergido, con el bautismo, en el costado abierto de Cristo y se sabe permanentemente inhabitado por la Santísima Trinidad –todo un Dios que le ama infinitamente desde el fondo de sí mismo-la mente puede divagar durante los momentos de oración, pero el corazón centrado en Dios permanecerá a Él atento, a su presencia, a su voluntad. La mente puede distraerse, pero el corazón que ama y se sabe amado, no. Centrar el corazón en Dios es, pues, la tarea de la vida interior, que bien vale la pena: es tarea de amor.   Silencio para esperar El silencio de la atención es también el silencio de la espera. En una reciente homilía dominical, el padre Marko Ivan Rupnik, reconocido teólogo y artista, comentaba el pasaje evangélico de la viuda insistente (Lc 18, 1-8). El evangelista Lucas indica al inicio del pasaje que Jesús propuso esta parábola para inculcarnos que “era preciso orar siempre sin desfallecer”. En su explicación, el padre Rupnik aclaraba el sentido de esta frase: es preciso orar siempre para que no nos desanimemos, para que no perdamos los ánimos, precisamente porque si no rezamos nos cansamos. La viuda, imagen del pueblo de Israel, imagen también de las primeras comunidades cristianas que sufrían, representa al alma que no cesa de orar en la espera de que Dios actúe, de que Dios obre en nosotros y en el mundo la salvación. Nos parece que Dios se retrasa siempre –según nuestros criterios, según nuestros tiempos medidos muy humanamente-, nos parece que nuestra paciencia no llegará a soportar tanto, nos parece que su silencio acaba siendo tremendamente pesado, viene la tentación de la impaciencia, de querer obrar nosotros por nuestra cuenta sin esperar la intervención de Dios, de actuar “nuestra propia justicia” pues la de Dios parece que no llega. Pregunta Jesús: “¿No hará Dios justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche? ¿Les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto”. ¿Pronto? Y sin embargo está invitando a esperar, a seguir orando, a confiar que llegará. El versículo siguiente se pregunta –con el eco de la Parusía, la venida de Jesús en los últimos tiempos-: “cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?” ¿Encontrará acogida, gente mansa y humilde que habrá sabido esperar el tiempo de Dios en su vida? Ha dicho “pronto”, se ha referido después a los últimos tiempos. Sí, Dios muchas veces retrasa su intervención para que nuestro corazón se disponga a acogerle a Él, en sus modos, en sus caminos, en su forma de hacer justicia, en sus planes. Es el tiempo del Espíritu Santo. El espacio silencioso en el que, mientras aguardamos, el Espíritu trabaja nuestro corazón edificando en nosotros el Cuerpo de Cristo, renovándonos interiormente, purificando nuestras expectativas y gestando en nosotros las disposiciones interiores para recibir con un corazón puro al Dios que vendrá sin falta.     ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

La adoración eucarística:

Presencia real de Cristo en la Eucaristía (1)

  –La presencia de Cristo en la Eucaristía es real, verdadera y substancial desde el momento en que sea realiza la consagración del pan y del vino. Y para exponer misterio tan grandioso prefiero ceder la palabra a la misma Iglesia, tal como lo confiesa concretamente en el Catecismo: 1373 «“Cristo Jesús que murió, resucitó, que está a la derecha de Dios e intercede por nosotros” (Rm 8,34), está presente de múltiples maneras en su Iglesia (LG 48): en su Palabra, en la oración de su Iglesia, “allí donde dos o tres estén reunidos en mi nombre” (Mt 18,20), en los pobres, los enfermos, los presos (Mt 25,31 46), en los sacramentos de los que él es autor, en el sacrificio de la misa y en la persona del ministro. Pero, “sobre todo, [está presente] bajo las especies eucarísticas” (SC 7). 1374 El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos” (S. Tomás de A., STh III, 73, 3). En el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero” (Trento: Denz 1651). “Esta presencia se denomina `real’, no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen `reales’, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente” (Pablo VI, enc. Mysterium fidei 39). 1375 Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento. Los Padres de la Iglesia afirmaron con fuerza la fe de la Iglesia en la eficacia de la Palabra de Cristo y de la acción del Espíritu Santo para obrar esta conversión maravillosa. Así, S. Juan Crisóstomo declara que: No es el hombre quien hace que las cosas ofrecidas se conviertan en Cuerpo y Sangre de Cristo, sino Cristo mismo que fue crucificado por nosotros. El sacerdote, figura de Cristo, pronuncia estas palabras, pero su eficacia y su gracia provienen de Dios. Esto es mi Cuerpo, dice. Esta palabra transforma las cosas ofrecidas (Prod. Jud. 1,6). Y S. Ambrosio dice respecto a esta conversión: Estemos bien persuadidos de que esto no es lo que la naturaleza ha producido, sino lo que la bendición ha consagrado, y de que la fuerza de la bendición supera a la de la naturaleza, porque por la bendición la naturaleza misma resulta cambiada… La palabra de Cristo, que pudo hacer de la nada lo que no existía, ¿no podría cambiar las cosas existentes en lo que no eran todavía? Porque no es menos dar a las cosas su naturaleza primera que cambiársela (myst. 9,50.52). 1376 El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación» (Denz 1642). 1377 La presencia eucarística de Cristo comienza en el momento de la consagración y dura todo el tiempo que subsistan las especies eucarísticas. Cristo está todo entero presente en cada una de las especies y todo entero en cada una de sus partes, de modo que la fracción del pan no divide a Cristo (Trento: Denz 1641)». Ésta es la fe católica de la Iglesia, la misma que se confiesa en el Credo del Pueblo de Dios (1968, 24-26) o en la encíclica Mysterium fidei de Pablo VI. * * * –Algunos profesores católicos de teología niegan hoy la fe de la Iglesia en la transubstanciación eucarística. Y debemos denunciarlos, porque hay una relación intrínseca entre la exposición de la verdad y la refutación de la falsedad. En ese sentido escribe Santo Tomás al comienzo de la Summa contra Gentiles, «mi boca medita en la verdad y mis labios aborrecerán al impío» (Prov 8,7). Según el profesor Dionisio Borovio, al tratar de la transubstanciación en su obra Eucaristía (BAC, Madrid 2000), la explicación de la presencia sacramental de Cristo «per modum substantiæ» es un concepto que, aunque contribuyó sin duda a clarificar el misterio de la presencia del Señor en la eucaristía, «condujo a una interpretación cosista y poco personalista de esta presencia» (286). En la «concepción actual» de sustancia [¿cuántas «concepciones actuales» habrá de substancia?], en aquella que, al parecer, Borobio estima verdadera, «pan y vino no son sustancias, puesto que les falta homogeneidad e inmutablidad. Son aglomerados de moléculas y unidades accidentales. Sin embargo, pan y vino sí tienen una sustancia en cuanto compuestos de factores naturales y materiales, y del sentido y finalidad que el hombre les atribuye: “Hay que considerar como factores de la esencia tanto el elemento material dado como el destino y la finalidad que les da el mismo hombre” (J. Betz)» (285). Si se parte de esta equívoca filosofía de la substancia, parece evidente que un cambio que afecte al destino y finalidad del pan y del vino en la Eucaristía (transfinalización-transignificación) equivale a una transubstanciación. «Para los autores que defienden esta postura (v. gr. Schillebeeckx) es preciso admitir un cambio ontológico en el pan y el vino. Pero este cambio no tiene por qué explicarse en categorías aristotélico-tomistas (sustancia-accidente), sometidas a crisis por las aportaciones de la física moderna, y reinterpretables desde la fenomenología existencial con su concepción sobre el símbolo. Según esta concepción, la realidad material debe entenderse no como realidad objetiva independiente de la percepción del sujeto, sino como una realidad antro-pológica y relacional, estrechamente vinculada a la percepción humana. Pan y vino deben ser considerados no tanto en su ser-en-sí cuanto en su perspectiva relacional. El determinante de la esencia de los seres no es otra cosa que su contexto relacional. La relacionalidad constituye el núcleo de la realidad material, el en-sí de las cosas» (307). Apoyándose, pues, en esta falsa metafísica, explica el profesor Borobio la transubstanciación del pan y del vino, y la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En ella «las cosas de la tierra, sin perder su consistencia y su autonomía, devienen signo de esa presencia permanente», sin perder «nada de su riqueza creatural y humana» (266). El pan y el vino, por tanto, siguen siendo pan y vino, no pierden su realidad creatural, pero puede en la Eucaristía hablarse de una transubstanciación de tales elementos materiales porque han cambiado decisivamente su finalidad y significado. Esta explicación de la Presencia eucarística real de Cristo no es conciliable con la fe de la Iglesia, tal como la expresa, por ejemplo, Pablo VI en la Mysterium fidei (1965), que en buena parte escribe precisamente esta encíclica para denunciar y rechazar éstos errores: «Cristo se hace presente en este Sacramento por la conversión de toda la substancia del pan en su cuerpo, y de toda la substancia del vino en su sangre […] Realizada la transubstanciación, las especies de pan y de vino adquieren sin duda un nuevo significado y un nuevo fin, puesto que ya no son el pan ordinario y la ordinaria bebida, sino el signo de una cosa sagrada. Pero adquieren un nuevo significado y un nuevo fin en tanto en cuanto contienen una “realidad” que con razón denominamos ontológica. Porque bajo dichas especies ya no existe lo que había antes, sino una cosa completamente diversa, y esto no únicamente por el juicio de fe de la Iglesia, sino por la realidad objetiva, puesto que, convertida la substancia o naturaleza del pan y del vino en el cuerpo y en la sangre de Cristo, no queda ya nada del pan y del vino, sino las solas especies. Bajo ellas, Cristo, todo entero, está presente en su “realidad” física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en un lugar». La especulación filosófica-teológica que propone Borovio –siguiendo dócilmente a tantos otros autores modernos– sobre la presencia de Cristo en la Eucaristía no prescinde solamente, como él dice, de la explicación en clave aristotélico-tomista de ese misterio, sino que contradice abiertamente la doctrina católica, la de siempre, la que ha sido enseñada por los Padres, la Liturgia, las Catequesis antiguas más venerables, el concilio de Trento, la Mysterium fidei o el Catecismo de la Iglesia Católica. La que, por ejemplo, en el siglo IV, sin emplear las categorías aristotélico-tomistas, exponía San Cirilo de Jerusalén (+386). «Habiendo pronunciado Él y dicho del pan: “éste es mi cuerpo”, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y habiendo Él afirmado y dicho: “ésta es mi sangre”, ¿quién podrá dudar jamás y decir que no es la sangre de Él?… Con plena seguridad participamos del cuerpo y sangre de Cristo [en la comunión eucarística]. Porque en figura de pan se te da el cuerpo y en figura de vino se te da la sangre [de Cristo]… No los tengas, pues, por mero pan y mero vino, porque son el cuerpo y sangre de Cristo, según la afirmación del Señor. Pues aunque los sentidos te sugieran aquéllo, la fe debe convencerte. No juzgues en esto según el gusto, sino según la fe cree con firmeza, sin ningun duda, que has sido hecho digno del cuerpo y sangre de Cristo» (Catequesis mistagógica IV, 1-6). Ahora bien, si en la celebración de la Eucaristía el pan y el vino se han transformado en el cuerpo y la grande de Cristo, y esta presencia suya es real, verdadera y substancial permanece después de celebrada la Misa, ¿cuál deberá ser la respuesta del pueblo cristiano a esta Presencia del Señor?… El Catecismo lo expresa: * * * 1378 –«El culto de la Eucaristía. En la liturgia de la misa expresamos nuestra fe en la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino, entre otras maneras, arrodillándonos o inclinándonos profundamente en señal de adoración al Señor. “La Iglesia católica ha dado y continua dando este culto de adoración que se debe al sacramento de la Eucaristía no solamente durante la misa, sino también fuera de su celebración: conservando con el mayor cuidado las hostias consagradas, presentándolas a los fieles para que las veneren con solemnidad, llevándolas en procesión” (Mysterium fidei 56).   1379 El Sagrario [tabernáculo] estaba primeramente destinado a guardar dignamente la Eucaristía para que pudiera ser llevada a los enfermos y ausentes fuera de la misa. Por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas. Por eso, el sagrario debe estar colocado en un lugar particularmente digno de la iglesia; debe estar construido de tal forma que subraye y manifieste la verdad de la presencia real de Cristo en el santo sacramento. 1380 Es grandemente admirable que Cristo haya querido hacerse presente en su Iglesia de esta singular manera. Puesto que [en la Ascensión] Cristo iba a dejar a los suyos bajo su forma visible, quiso darnos su presencia sacramental; puesto que iba a ofrecerse en la cruz por muestra salvación, quiso que tuviéramos el memorial del amor con que nos había amado «hasta el fin» (Jn 13,1), hasta el don de su vida. En efecto, en su presencia eucarística permanece misteriosamente en medio de nosotros como quien nos amó y se entregó por nosotros (cf. Ga 2,20), y se queda bajo los signos que expresan y comunican este amor: «La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración» (Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3). 1381 «La presencia del verdadero Cuerpo de Cristo y de la verdadera Sangre de Cristo en este sacramento, “no se conoce por los sentidos, dice S. Tomás, sino solo por la fe , la cual se apoya en la autoridad de Dios”» (STh III, 75,1)… «Habiendo aprendido estas cosas y habiendo sido plenamente asegurado de que lo que aparece pan no es pan, aunque así sea sentido por el gusto, sino el cuerpo de Cristo; y que le que aparece vino no es vino, aunque el gusto así lo crea, sino la sangre de Cristo… fortalece tu corazón participando de aquel pan como espiritual que es y alegra tú el rostro de tu alma. «Ojalá que teniendo patente este tu rostro con la conciencia pura, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, crezcas de gloria en gloria en Cristo nuestro Señor, a quien sea el honor y el y el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén» (ib. IV, 9)   Crece en la Iglesia el culto a la Eucaristía El pueblo cristiano, con sus pastores al frente, al paso de los siglos, ha ido prestando un culto siempre creciente a la eucaristía fuera de la Misa: oración ante el Sagrario, exposiciones en la Custodia, procesiones, Horas santas, visitas al Santísimo, asociaciones de Adoración nocturna o perpetua, las Cuarenta Horas, etc. Ese crecimiento en la Iglesia de la adoración eucarística se va realizando por obra del Espíritu Santo, que nos conduce «hacia la verdad plena» (Jn 14,26; 16,13). Ya dijo Cristo del Espíritu Santo: «Él me glorificará» (Jn 16,14)… Colaboremos, pues, con el Espíritu Santo para suscitar esta suprema devoción cristiana a Cristo en la Eucaristía. Así lo hacía el Santo Cura de Ars: «En el púlpito, comenzaba a veces a tratar de diferentes materias, pero siempre volvía a Nuestro Señor presente en la Eucaristía. “Este atractivo por la presencia real [según testimonio de Catalina Lasagne] aumentó de una manera sensible hacia el fin de su vida… Se interrumpía y derramaba lágrimas; su figura aparecía resplandeciente y no se oían sino exclamaciones de amor”» (A. Trochou, El Cura de Ars, Palabra, Madrid 2003, 12ª ed., 631).       ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

El Papa te da 10 consejos para ser feliz

 
 
 
 

“¿Cuál es la fórmula de la felicidad?”, preguntó un periodista argentino al Papa Francisco, a lo que el Santo Padre respondió con los siguientes puntos:  

  1. Vive y deja vivir. “Acá los romanos tienen un dicho y podríamos tomarlo como un hilo para tirar de la fórmula esa que dice: ‘Anda adelante y deja que la gente vaya adelante’. Vive y deja vivir, es el primer paso de la paz y la felicidad”.
  2. Darse a los demás. “Si uno se estanca, corre el riesgo de ser egoísta. Y el agua estancada es la primera que se corrompe”.
  3. Moverse remansadamente.“En Don Segundo Sombra (novela argentina de Ricardo Güiraldes), el protagonista dice que de joven era un arroyo pedregoso que se llevaba por delante todo… y que en la vejez se sentía en movimiento, pero lentamente remansado. Es la capacidad de moverse con benevolencia y humildad, el remanso de la vida. Los ancianos tienen esa sabiduría, son la memoria de un pueblo”.
  4. Jugar con los chicos. “El consumismo nos llevó a esa ansiedad de perder la sana cultura del ocio, leer, disfrutar del arte. Ahora confieso poco, pero en Buenos Aires confesaba mucho y cuando venía una mamá joven le preguntaba: ‘¿Cuántos hijos tienes? ¿Juegas con tus hijos?’ Y era una pregunta que no se esperaba, pero yo le decía que jugar con los chicos es clave, es una cultura sana.”
  5. Compartir los domingos con la familia. “El otro día, en Campobasso, fui a una reunión entre el mundo de la universidad y el mundo obrero, todos reclamaban el domingo no laborable. El domingo es para la familia”.
  6. Ayudar a los jóvenes a conseguir empleo. “Hay que ser creativos con esta franja. Si faltan oportunidades, caen en la droga. Y está muy alto el índice de suicidios entre los jóvenes sin trabajo… No alcanza con darles de comer: hay que inventarles cursos de un año de plomero, electricista, costurero. La dignidad te la da el llevar el pan a casa”.
  7. Cuidar la naturaleza. “Hay que cuidar la creación y no lo estamos haciendo. Es uno de los desafíos más grandes que tenemos”.
  8. Olvidarse rápido de lo negativo. “La necesidad de hablar mal del otro indica una baja autoestima, es decir: yo me siento tan abajo que en vez de subir, bajo al otro. Olvidarse rápido de lo negativo es sano”.
  9. Respetar al que piensa distinto. “Podemos inquietar al otro desde el testimonio, para que ambos progresen en esa comunicación, pero lo peor que puede haber es el proselitismo religioso, que paraliza: ‘Yo dialogo contigo para convencerte’, no. Cada uno dialoga desde su identidad. La Iglesia crece por atracción, no por proselitismo”.
  10. Buscar activamente la paz. “Estamos viviendo en una época de mucha guerra. En África parecen guerras tribales, pero son algo más. La guerra destruye. Y el clamor por la paz hay que gritarlo. La paz a veces da la idea de quietud, pero nunca es quietud, siempre es una paz activa”.

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¡No os preocupéis y angustiéis!

  Mateo 6, 24-34 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso. Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.» Reflexión 1. Jesús, en el Evangelio de hoy, nos revela el rostro de Dios-Padre: su amor paternal que se manifiesta en su providencia para con cada hombre. Sabemos que el Padre tiene un plan de vida, que es un plan de amor, para cada uno de sus hijos, para cada uno de nosotros. Por medio de este plan providente quiere conducir y llevarnos a su reino, hacia su casa paterna. No sólo nos creó, sino también nos provee y cuida de todos nuestros pasos. Y si ya vela con solicitud sobre criaturas insignificantes como “los pájaros del cielo” y “los lirios del campo”, aún cuando no hacen nada – cuánto más cuidado tendrá de estas criaturas más dignas y preferidas que somos nosotros. 2. Por eso, Jesús nos exhorta: ¡No os angustiéis! ¡No os preocupéis! Pero esto no nos impide trabajar, sino todo lo contrario: el Evangelio da ánimo para trabajar. Cristo alaba al criado que, cuando viene su dueño, está ocupado (Lc 12,43). Cristo no quiere gente ociosa. Él condena, en la parábola de los talentos, al criado infiel por no haber hecho fructificar su talento. La verdadera fe no tiene nada que ver con la ociosidad, con la pasividad. El cristiano no tiene nada que ver con el fatalista. Dios nos ha dado la capacidad para el trabajo. Éste es el primero de sus dones, la primera señal de su providencia. Cristo no nos pone en guardia contra la ocupación, sino contra la preocupación – ni contra el trabajo, sino contra la intranquilidad. “No os preocupéis diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?” Hay que ocuparse, razonablemente, de todo esto, pero sin intranquilizarse, porque la intranquilidad es precisamente lo que paraliza la acción, lo que impide obrar como es debido. 3. Lo que Cristo nos pide, en el Evangelio de hoy, es la cosa más natural del mundo: la confianza. Es la misma confianza, que acá en la tierra el hijo da a sus padres, el marido a su esposa, el alumno a su maestro. Lo que es indispensable en las relaciones sociales, Dios-Padre lo espera también de nosotros: que tengamos confianza en Él. Si estamos inquietos, angustiados, nerviosos – es probable que ello ocurra porque nos falta la confianza en Dios. Es el miedo que paraliza y hace ineficaz el esfuerzo. Cuando mejor se trabaja es cuando hay confianza. Dios está con nosotros en nuestra vida, en cada momento, hoy y también mañana. ¡Contamos cada día con Él! La inquietud por el mañana perjudica el trabajo de hoy: “No os inquietéis por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción”. 4. Pero Cristo no condena la previsión ni el ahorro. Tenemos que saber prever razonablemente las cosas y estamos obligados a ahorrar. Pero no exijamos una seguridad total, porque no la tendremos nunca. Es preciso aceptar cierta inseguridad necesaria. Tenemos que asegurarnos, pero no es posible que nos aseguremos contra todo. No hay que buscar el medio de poder prescindir de la providencia. Incluso con los hijos: tenemos que saber pensar en ellos, pero no protegerlos contra la providencia. No debe-mos enseñarles que puedan prescindir del Padre. Por supuesto, tenemos que amarlos, educarlos bien, instruirlos todo lo que podamos, darles las mejores posibilidades para el porvenir. Pero, sobre todo, debemos enseñarles la alegría y la tranquilidad de que tienen un Padre en el cielo, y que – como nosotros – pueden poner en Él toda su confianza filial. ¡Qué así sea! En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Padre Nicolás Schwizer

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Los 5 pasos para una buena confesión
 
 
 

  La Iglesia nos propone cinco pasos a seguir para hacer una buena confesión y aprovechar así al máximo las gracias de este maravilloso sacramento. Estos pasos expresan simplemente un camino hacia la conversión, que va desde el análisis de nuestros actos, hasta la acción que demuestra el cambio que se ha realizado en nosotros. 1. Examen de Conciencia. Ponernos ante Dios que nos ama y quiere ayudarnos. Analizar nuestra vida y abrir nuestro corazón sin engaños. Puedes ayudarte de una guía para hacerlo bien. 2. Arrepentimiento. Sentir un dolor verdadero de haber pecado porque hemos lastimado al que más nos quiere: Dios. 3. Propósito de no volver a pecar. Si verdaderamente amo, no puedo seguir lastimando al amado. De nada sirve confesarnos si no queremos mejorar. Podemos caer de nuevo por debilidad, pero lo importante es la lucha, no la caída. 4. Decir los pecados al confesor. El Sacerdote es un instrumento de Dios. Hagamos a un lado la “vergüenza” o el “orgullo” y abramos nuestra alma, seguros de que es Dios quien nos escucha. 5. Recibir la absolución y cumplir la penitencia.

Es el momento más hermoso, pues recibimos el perdón de Dios. La penitencia es un acto sencillo que representa nuestra reparación por la falta que cometimos

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Ser papá a ejemplo de San José

 

 
 
 

La misión del papá es sublime ya que es la figura de Dios Padre aquí en la tierra y tiene la capacidad de dar el amor que Dios nos tiene por medio de su abrazo, de su caricia y de su presencia. Si tenemos una buena relación con papá seguro que también tendremos una buena relación con Dios. La verdad es que la figura paterna es súper importante para el desarrollo integral de los niños por eso hoy quiero compartir mis 5Tips para ser papá a ejemplo de San José.   PRIMERO. Dedica tiempo en tu agenda para cada uno de tus hijos. Es lógico que tus ocupaciones no te permitan estar todo el tiempo con tus hijos pero es importante que te des permiso de pasar tiempo con ellos. Lo ideal sería que pudieras acompañarlos a la hora de cenar y luego los ayudaras a irse a la cama por ejemplo, pero como el ritmo de vida que llevamos puede que no te lo permita, es necesario apartar 10 minutos al día para ellos. Y por favor, que sean de calidad, porque de nosotros depende que nuestros hijos crezcan sanos y seguros de sí mismos porque saben que tiene un papá que está dispuesto a dejarlo todo para estar con ellos y ayudarles en sus cosas.   SEGUNDO. Transmíteles alegría y seguridad. Dependiendo de cómo tú enfrentes la vida y como reacciones ante los acontecimientos difíciles, así aprenderán nuestros hijos a reaccionar. Los educamos en todo momento y es muy importante que tengamos claridad en este punto. Si tus reacciones son agresivas, seguro que tus hijos serán agresivos. Si tus reacciones son de confianza en Dios, tus hijos aprenderán a confiar en Dios y a aceptar Su Voluntad. Tú eres el soporte y el elemento de seguridad familiar. Y la paciencia debe ser la base de todas tus acciones.   TERCERO. Que te vean como a alguien al que le pueden consultar todo. Otra función del papá es la de aconsejar a los hijos y ayudarles a discernir sobre los aspectos más importantes de la vida. Para lograrlo es necesario que haya un canal claro de comunicación, pero ¿cómo lograrlo? Pues debes estar siempre atento a las necesidades de tus hijos y también siempre disponible para cuando ellos te busquen. Esto no quiere decir que no puedas decirles que en ese momento estás ocupado y que lo pueden ver en un momento más, pero es necesario que tus hijos sientan que los estás atendiendo, que les estás prestando atención. Y para que los hijos vean que estás disponible es necesario que tú propicies los espacios y momentos de comunicación personal con cada hijo. Los puedes llevar a caminar para platicar de forma personal. La creatividad es importante.   CUARTO. Se suave en la forma y firme en el fondo. En muchas ocasiones es precisamente a papá a quien le toca corregir a los hijos pero deben tener en cuenta que toda corrección debe ser fraterna y debe estar basada en el amor y en la caridad. Es por eso que les digo que debe ser suave en la forma y firme en el fondo. Es necesario que nuestros hijos vean que papá es firme en las reglas que se ponen en la familia y que además es suave y noble en la forma, que procura no dañar la autoestima de los hijos y no lastimar físicamente a los pequeños. La forma es importante y nos puede ayudar o perjudicar pero el fondo debe ser siempre firme, por el bien de nuestros hijos.   QUINTO. No olvides la parte espiritual. Es la base de todo. La sociedad nos enseña que lo más importante es el bienestar de nuestros hijos, que deben estar atendidos, que deben ser educados, que deben tener derechos, etc., pero lo que nadie nos dice es que también deben estar atendidos en la parte espiritual. Papá debe estar al pendiente de que cada niño reciba los sacramentos que le tocan, que reciba la formación espiritual que necesita para formar también el alma de los hijos. Y papá debe ser quien propicie los espacios de formación espiritual familiar. Si papá está presente en todos los aspectos de la vida de los hijos podrá ser un papá a ejemplo de San José que aunque no hizo mucho ruido, fue un papá siempre presente en la vida de Jesús. Más vale que nuestros hijos sepan que pueden contar contigo en cualquier situación o circunstancia que ser un papá al que le tengan miedo y prefieran que no esté en casa. No somos perfectos pero nuestros hijos pueden darse cuenta de nuestras intenciones y esfuerzos por ser los mejores papás y sobre todo que vean que intentas por todos los medios ser papá a ejemplo de San José.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

El último gran tabú

  Con un número cada vez mayor de institutos y universidades ofreciendo cursos de “literatura pornográfica”, y pensadores influyentes como Alain de Botton alegando que, en vez de librarnos del porno, deberíamos estar haciendo “mejor porno”, el tabú cultural contra el consumo de pornografía se está derrumbando ante nuestros ojos. ¿Qué pecados sexuales quedan? El adulterio no es tabú desde tiempos de El amante de Lady Chatterley, la homosexualidad desde el Ulises, y la masturbación desde El lamento de Portnoy. Series de televisión y películas, desde Star Trek a La forma del agua, han abierto la perspectiva de que el sexo entre especies parezca inocuo, si no directamente saludable. Las historias sobre intercambio de parejas, intercambio de roles y poliamor apenas nos hacen ya pestañear. Y, gracias a Juego de Tronos, incluso el incesto ha sido embellecido. El último gran pecado sexual de nuestra época no tiene que ver con ningún acto sexual específico ni con ninguna pareja prohibida. El mayor pecado sexual de nuestro tiempo no es un pecado de acción, sino de omisión: el pecado de no hacer nada en absoluto. El último gran tabú sexual es el tabú de la virginidad. La vergüenza de la virginidad Hay una muy buena razón por la que siguen haciéndose películas como American Pie o la reciente Blockers, ambas sobre un grupo de adolescentes intentando perder su virginidad al graduarse en el instituto. Puede que no haya mayor vergüenza hoy que la humillación que los adultos jóvenes sienten cuando se descubre que son vírgenes. Una especie de estigma está ligado a no haber practicado nunca sexo a los 18 (o 21, o 25, o donde quiera que se sitúe el límite estándar). Compite con el estigma que antes se ligaba a los leprosos, los bastardos y los herejes. Una persona que sigue siendo virgen a los 30 es vista como una especie de paria sexual, descartado de toda concupisciente compañía por su apariencia repelente, sus maneras repulsivas, su sueldo de miseria u otro innombrable defecto. Una persona que sigue siendo virgen a los 40 es vista tan patéticamente ridícula (o ridículamente patética) como para merecer protagonizar una película de Judd Apatow. Las costumbres sociales de nuestra sociedad post-revolución sexual conducen fácilmente a quienes no participan en la rebelión a sentirse como si hubiese algo fundamentalmente malo en ellos. “Si hay tanto sexo ahí fuera y tanta gente practicándolo con tanta frecuencia”, tienden a preguntarse a sí mismos los y las vírgenes, “¿por qué yo no tengo nada?” Seguir siendo virgen pasada cierta edad puede experimentarse como una confirmación de las peores sospechas que uno tiene sobre sí mismo: que no te aman porque no eres digno de ser amado, que no te besan porque no eres digno de ser besado, que no te tocan porque no mereces afecto. Un joven o una joven virgen puede llegar a verse como irremediablemente repugnante; alguien que llega a la mediana edad sin haber participado de una de las actividades humanas más elementales puede llegar a sentir como si hubiese fracasado en convertirse en plenamente humano. El cristianismo, la castidad y la libertad sexual Todo esto habría supuesto un shock considerable a casi cualquier ciudadano occidental anterior al siglo XX, para quien la castidad era considerada como una virtud cardinal y la fornicación como un pecado capital. No es sorprendente que en el Occidente anterior a la Primera Guerra Mundial (una sociedad cuya religión predominante, el cristianismo, vinculaba la virginidad con la santidad), algunos de los mayores santos políticos y literarios, desde la Reina Isabel I a Henry James, fuesen también vírgenes de por vida. Cuando el cristianismo aún daba tono a la cultura general, quienes se abstenían de relaciones sexuales (incluso si lo hacían no por elección, sino por ser continuamente rechazados) llegaban a sentirse espiritual y socialmente superiores a quienes sucumbían. En el mundo cristiano del Occidente prebélico ser virgen no significaba formar parte de los subhumanos marginados, significaba estar en el mismo plano que la Madre de Dios. El ethos de la libertad sexual que hoy se ensalza no podría ser más distinto. La historia nos es ya muy familiar: el automóvil, la píldora, el declive de la creencia en el cristianismo y el estallido de todas las certezas (con el consiguiente cuestionamiento de todos los valores) como consecuencia de dos terribles guerras mundiales lo cambiaron todo. El miedo a morir como un fornicador sin haberse confesado fue sustituido por el miedo a morir sin tan siquiera haber fornicado, como teme Marcus Messner en la novela Indignación de Philip Roth. Los clérigos laicos de nuestro tiempo –todos los que van desde Sigmund Freud y Betty Friedan a Friedrich Nietzsche, Michel Foucault, Hugh Hefner y Los Beatles– predican la liberación, no la represión. Ya no se alude a quienes nunca han probado los placeres de la carne como “santos” o “benditos”, sino como “desdichados” o “incapaces”, como si nunca hubiesen probado el chocolate, olido las rosas o contemplado un ocaso estival. Novelas como Indignación de Roth y Los desnudos y los muertos de Norman Mailer suponen que no hay mayor desgracia que morirse virgen, y revistas como Maxim y Cosmopolitan insinúan que no hay mayor vergüenza que vivir como tal. En el mundo actual, sexualmente liberado, la palabra “virginidad” se ha convertido en la letra escarlata de nuestro tiempo, y la mayor parte de los adultos jóvenes llegarán casi hasta donde sea con tal de evitar la humillación de llevar esa etiqueta. Los beneficios de la virginidad Sin embargo, hay muchas buenas razones por las que puede ser algo bueno permanecer virgen hasta un momento posterior en la vida. Renunciar al sexo demuestra que uno es lo bastante disciplinado como para retrasar la gratificación en aras de un bien mayor. Te permite concentrar tus esfuerzos en la propia tarea, y tal vez alcanzar mayor éxito profesional que si estuvieras constantemente planeando como acostarte con tu próxima pareja, y virtualmente te garantiza que nunca tendrás una enfermedad de transmisión sexual. Si eres un creyente cristiano, judío o musulmán, te da la seguridad de saber que estás protegido de cometer un gran número de pecados sexuales perjudiciales para tu alma. Si te orientas intelectualmente hacia el ateísmo o el agnosticismo, te libera para vivir una vida del espíritu sin ser esclavizado por las pasiones del cuerpo. Si eres un ser humano con un corazón vivo y palpitante, te salva de las mezquindades, del tedio y de las rupturas que te rompen el corazón y el alma y que con tanta frecuencia acompañan a las relaciones románticas. Vincular el sexo a un amor conyugal de por vida y comprometido (el auténtico lazo que la revolución sexual quería romper) puede hacer que el sexo sea verdaderamente maravilloso. También, sin embargo, convierte la pérdida del amor en lo más devastador. ¿En qué puede entonces encontrar consuelo alguien que ha perdido ese amor y se abstiene de relaciones sexuales? Está, por supuesto, la vida del entendimiento, pero las consolaciones filosóficas al estilo de La consolación de la filosofía de Boecio o Los dolores del mundo de Schopenhauer pueden no resultar muy consoladoras; utilizar la espiritualidad para compensar la falta de plenitud amatoria puede ser como utilizar la música para compensar la carencia de muebles en mi sala de estar. La psique no acepta este ineficaz sustituto intelectual; el corazón roto rechaza aceptar el placebo de los éxitos profesionales cuando lo que quiere realmente es la indispensable cura del verdadero amor. También puede haber consolaciones literarias y artísticas. Hace algunos años, en un congreso de libreros en California, una mujer se sonrojó preguntándole a la escritora Isabel Allende si las escenas eróticas de sus novelas estaban basadas en su propia experiencia. “De experiencia nada”, contestó, “solo investigación y fantasía”. Refiriendo esa conversación en su libro Amor, Allende escribe: “A la hora de escribir, cuenta más la imaginación que la memoria”. A quienes aún no han tenido experiencias eróticas en su vida, Allende les asegura que siguen teniendo imaginación, que probablemente les servirá mejor que cualquier experiencia. [Nota de ReL: Entendemos que el autor no está respaldando moralmente el ejercicio de la imaginación erótica, sino argumentando ad hominem, con el argumento que ofrece una escritora opuesta a toda convicción religiosa, para defender la abstinencia sexual fuera del matrimonio. Así parece confirmarlo el siguiente párrafo.] Pero ¿pueden el arte y la literatura compensar realmente la pérdida del amor? La cura para un corazón roto ¿es simplemente una dosis de Joyce y Proust? Incluso a los más fervorosos amantes de la literatura se les puede disculpar su escepticismo ante la idea de que consumir obras de creación literaria –o crearlas uno mismo– pueda consolar a un amante despechado. Y si el arte y la literatura no bastan para que una persona se sienta plenamente realizado sin sexo, entonces ¿qué puede conseguirlo? Es aquí donde la religión y la teología entran de nuevo en juego. Una sociedad que ha perdido su fe es una sociedad donde la pérdida del amor humano es devastadora. Sin la creencia de que Dios nos ama, la pérdida de un ser humano que nos ame puede destrozar el alma. Pero una sociedad que mantiene su fe en un apasionado Dios bíblico que nos ama es una sociedad donde la pérdida del amor humano tal vez puede superarse; lo erótico puede encontrarse en la religión, como demuestra el Cantar de los Cantares, y la divinidad misma está inundada de eros, como enseñan la Cábala y el misticismo judío. La Biblia enseña que todo ser humano es creado a imagen de Dios, que todo ser humano es un ser completo, independientemente de que siga siendo virgen. Todo ser humano, enseña la Biblia, es abrazado por la pasión divina, independientemente de que haya experimentado la pasión humana. El arte, la literatura y la filosofía pueden ofrecer perspectivas consoladoras, pero son solo eso, consuelos. Solo la religión y la teología pueden ofrecer algo más que consolación: confirmación. Confirman que quien se abstiene de mantener relaciones sexuales también es aceptado plenamente por la pasión divina y, como enseñan las tradiciones de abstinencia del catolicismo y de ciertas sectas del misticismo judío (principalmente el jasidismo de Breslev), se acerca más a lo divino de lo que jamás podría quien no se abstenga. Si uno pasa el tiempo suficiente en una sociedad secular, puede llegar a pensar que la única forma de realizarse plenamente es convertirse en un ser sexual. La religión enseña que uno ya está plenamente realizado, haya mantenido o no alguna vez relaciones sexuales. Este tipo de confirmación (por encima de la consolación y más allá de ella) es sin embargo otro recordatorio de por qué una sociedad que pierde su religión pierde mucho más que solamente rituales y dogmas. Pierde algunas de las fuentes emocionales y psicológicas más importantes que inspiran el canon humanista entero.       ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Consejos para alcanzar la santidad

  Todos en algún momento hemos escuchado historias de la vida de algún Santo como Madre Teresa de Calcuta, Juan Pablo ll, Padre Pío, etc. hay tantos Santos con grandes testimonios de vida que marcan la vida de otras personas. Sin embargo, existen Santos sin nombre, me refiero a que las personas con “vida ordinaria” que han podido llegar a santificarse. Los Santos que conocemos, se santificaron haciendo la voluntad de Dios, y tú ¿haces la voluntad de Dios?, si nos hacemos esa pregunta y la respuesta es “si” ¡Felicidades, vas por buen camino!; pero si dudaste en responder, no te preocupes, Dios siempre te espera. Por ello, te comparto 5 hábitos sencillos que puedes realizar a diario,  pero recuerda, debes ser constante:

  • Ofrece tu día a Dios

Reta a tu alarma de los “5 deliciosos minutos más” y levántate a la primera, vence tu pereza, si con la ayuda de Dios vences lo primero del día, tendrás mucho adelantado para tu jornada.

  • Oración

Dedica al menos 15 minutos de oración en silencio, conversa, escucha y medita; 15 minutos en lectura de biblia o algún libro de crecimiento espiritual, participa en la santa misa y recibe la comunión en estado de gracia.

  • Santo Rosario

Reza el Santo Rosario cada día y medita cada misterio, pues habla sobre la vida de nuestro Señor. Sólo con la perseverancia sabrás cuánto poder tiene el santo Rosario.

  • “Haz de las cosas ordinarias, algo extraordinario”

En tu vida ordinaria hay actividades que realizas constantemente, puedes ponerle un plus a ello, ofrece cada actividad a Dios, tratando que se haga realmente bien (si vas a limpiar dejarlo limpio, no renegar, hacerlo con amor).

  • Haz un examen de conciencia

Al finalizar tu jornada diaria, medita tus alegrías y tristezas, pregúntate ¿qué me alegró hoy? ¿Qué me entristeció hoy? ¿En qué puedo mejorar? Te aseguro que si sigues estos hábitos constantemente en tu vida, podrás llegar a la santidad. ¡Qué! ¿Te animas? Vamos, qué se puede.     ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Por qué junio es el mes del Sagrado Corazón de Jesús?

 

La Iglesia Católica dedica el 
mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús, para que los fieles veneren, honren e imiten más intensamente el amor generoso y fiel de Cristo por todas las personas.

Es un mes donde se le demuestra a Jesús, a través de las obras, cuánto se le ama; correspondiendo a su gran amor demostrado al entregarse a la muerte por sus hijos, quedándose en la Eucaristía y enseñando el camino a la vida eterna. Sobre esta fiesta, el Papa Benedicto XVI afirmó que “al ver el corazón de Señor, debemos de mirar el costado traspasado por la lanza, donde resplandece la inagotable voluntad de salvación por parte de Dios, no puede considerarse culto pasajero o de devoción: la adoración del amor de Dios, que ha encontrado en el símbolo del ‘corazón traspasado’ su expresión histórico-devocional, la cual sigue siendo imprescindible para una relación viva con Dios“. La devoción al Corazón de Jesús ha existido desde los inicios de la Iglesia, desde que se meditaba en el costado y el corazón abierto del Señor. Cuenta la historia que el 16 de junio de 1675, el Hijo de Dios se le apareció a Santa Margarita María de Alacoque y le mostro su Corazón rodeado de llamas de amor, coronado de espinas, con una herida abierta de la cual brotaba sangre y, del interior del mismo salía una cruz. Santa Margarita escuchó al Señor decir: “he aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, y en cambio, de la mayor parte de los hombres recibo ingratitud, irreverencia y desprecio”.     ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Por qué hay que ir a Misa los domingos?

  El hombre hoy día tiene poco tiempo para dedicarse a las cosas de Dios, para conocerlo y entenderlo. La Iglesia, consciente de que si sus miembros no conocen a Dios no podrán cumplir con la misión que les ha sido encomendada, ha querido asegurar que se le dedique un tiempo a la semana a este conocimiento y ha dado un mandamiento para darle un sentido religioso a nuestro descanso en el que se nos recuerda: “Oír misa entera todos los domingos y días de precepto”. Con este mandamiento, la Iglesia asegura que sus miembros conocerán los lineamientos de su Fundador, Jesucristo, y de esta manera no perderán el “estilo” de seguidores de Cristo; no olvidarán su fin último y se esforzarán por cumplir su labor personal dentro de la Iglesia. ¿Por qué el domingo y no cualquier otro día? Desde la Creación, por el relato del Génesis, sabemos que Dios quiso instituir un día dedicado a Él: “Y el séptimo día descansó.” Este es el origen del sabath judío. Como Jesucristo resucitó un domingo, los primeros cristianos cambiaron el sabath al primer día de la semana, el domingo, dedicándolo plenamente a Dios. En los Hechos de los Apóstoles podemos leer que el origen de la misa los domingos se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia, en donde los apóstoles y los primeros discípulos se reunían el primer día de la semana, recordando la Resurrección de Cristo, para estudiar las Escrituras y compartir el pan de la Eucaristía. Por esta razón, la Iglesia nos pide que asistamos a misa los domingos como recordatorio de que debemos dedicarle todo ese día a Dios. Además, asistir a misa nos trae grandes beneficios, pues es la celebración dentro de la cual se lleva a cabo el sacramento de la Eucaristía y es el medio de santificación más perfecto, pues en él conocemos a Dios y nos unimos a Jesucristo y a toda la Iglesia en su labor santificadora. Durante la misa nosotros participamos estrechamente en la vida y misterio de Jesucristo, por Él, con Él y en Él, ofreciendo nuestras obras, ofreciéndonos nosotros mismos, pidiendo perdón por nuestros pecados y, con esto, alcanzamos gracias para toda la Iglesia, reparamos las ofensas de otros y rendimos una alabanza de valor infinito porque lo hacemos por medio de Jesucristo. No asistir a misa es perdernos de todos estos beneficios. Si en la Santa Misa se revive cada vez, en forma actual e incruenta el sacrificio de la cruz donde Jesucristo, por amor, murió por todos nosotros. Entonces, ¿por qué se hace una ley de algo que debería ser una respuesta de amor? Para ayudarnos a los cristianos a cumplir nuestros deberes con Cristo y a beneficiarnos de los dones que Él nos entregó, ya que hay situaciones en que recordar que es una obligación, nos da más fuerza para cumplir con ese acto de amor. La obligación grave de ir a Misa nos moverá con una fuerza que quizás no nos daría la propia espontaneidad. Es fundamental formar un sentido de previsión para no perder la Misa dominical, enseñarlo a nuestra familia y así asistir tranquilamente y sin presiones a la Celebración Eucarística que es “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, banquete pascual en el cual se recibe como alimento a Cristo, el alma se llena de gracia y se nos da la prenda de la gloria venidera”. (Sacrosanctum concilio n. 47) Si quieres saber más al respecto, puedes leer la carta del Papa “Dies domini” sobre este tema. Después de leerla no sólo sabrás por qué se debe ir a Misa los domingos, sino que la disfrutarás y gozarás como nunca lo has hecho. Te lo aseguro.   ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Qué significa aquello de cargar tu cruz?

Entre las muchas enseñanzas de Jesús, encontramos esta invitación que nos parece más bien dura: El que quiera ser discípulo mío debe negarse a sí mismo, cargar con su cruz diariamente y seguirme. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi causa la encontrará. Sospecho que es un poco visceralmente como todos nosotros entendemos esto y lo que nos costará; pero sospecho también que muchos de nosotros entendemos mal lo que Jesús pide aquí, y luchamos de mala manera con esta invitación. ¿Qué quiere decir Jesús, en concreto, con esto? Para responder a esto, me gustaría apoyarme en algunas observaciones  ofrecidas por James Martin en su libro “Jesús, una peregrinación”. El autor sugiere que cargar con nuestra cruz diariamente y entregar la vida con el fin de encontrar una vida más profunda significa seis cosas bien compenetradas. Primera, significa aceptar que el sufrimiento es una parte de nuestras vidas. Aceptar nuestra cruz y entregar nuestras vidas significa que, en cierto modo, tenemos que hacer la paz con el inalterable hecho de que la frustración, el desánimo, el dolor, la desgracia, la enfermedad, la deslealtad, la tristeza y la muerte son parte de nuestras vidas y deben ser aceptadas, al fin y al cabo, sin amargura. En tanto en cuanto alimentemos la idea de que el dolor que hay en nuestras vidas es algo que necesitamos rechazar, nos encontraremos habitualmente amargados, amargados por no haber aceptado la cruz. Segunda, cargar con nuestra cruz y entregar nuestras vidas significa que, en nuestro sufrimiento, podemos dejar de contagiar nuestra amargura a aquellos que están alrededor de nosotros. Tenemos fuerte inclinación, al menos como parte de nuestros naturales instintos,  a hacer sufrir a otros cuando nosotros estamos sufriendo: ¡Si estoy  amargado, me aseguraré de que otros que están alrededor de mí no estén amargados también! Esto no significa, como señala Martin, que no podamos compartir nuestra pena con otros. Pero hay una manera saludable de hacer esto, donde nuestro compartir deja a otros libres, como opuestos a un insano modo de compartir, que trata sutilmente de hacer a otros  desgraciados porque nosotros somos desgraciados. Hay diferencia entre el sano gemido bajo el peso de nuestro dolor y el insano lamento en auto-compasión y amargura bajo ese peso. La cruz nos da permiso para hacer aquello, pero no esto. Jesús gimió bajo el peso de su cruz, pero ninguna auto-compasión, lamento o amargura brotó de sus labios o de su maltratado cuerpo. Tercera, caminar tras las huellas de Jesús mientras él carga con su cruz significa que debemos aceptar algunas otras muertes antes que nuestra muerte física, que nosotros estamos invitados a dejar morir algunas partes de nosotros mismos. Cuando Jesús nos invita a morir con el fin de encontrar la vida, antes de todo, no está hablando de la muerte física. Si vivimos en adultez, veremos que hay miles de otras muertes por las que  debemos pasar antes de que muramos físicamente. La madurez y el discipulado cristiano tratan de nombrar continuamente nuestras muertes, afirmar nuestros nacimientos, llorar nuestras pérdidas de cosas o personas, aceptar lo que ha muerto y recibir el nuevo espíritu para la nueva vida que ahora estamos viviendo. Estas son las etapas del misterio pascual y las etapas del crecimiento. Hay muertes diariamente. Cuarta, eso significa que debemos esperar la resurrección, que aquí en esta vida todas las sinfonías deben quedar inacabadas. El libro de los Proverbios nos dice que, a veces, en medio del dolor, lo mejor que podemos hacer es poner nuestras bocas en el polvo y esperar. Cualquier auténtica comprensión  de la cruz lo asegura. Y así, mucho de la vida del discipulado es sobre la espera, la espera en frustración, dentro de la injusticia, dentro del dolor, en anhelante y combatiente amargura, mientras esperamos algo o a alguien que venga y cambie nuestra situación. Nosotros gastamos alrededor del 98% de nuestras vidas esperando, de una manera y otra, su cumplimiento. La invitación de Jesús a que lo sigamos implica esperar aceptando vivir por dentro una sinfonía inacabada. Quinta, cargar con nuestra cruz diariamente significa aceptar que el regalo que Dios nos hace es con frecuencia algo que no esperamos. Dios siempre responde a nuestras oraciones, pero frecuentemente dándonos lo que de verdad necesitamos más que lo que creemos que necesitamos. La Resurrección -dice James Martin- no viene cuando la esperamos y raramente se ajusta a nuestra opinión de cómo una resurrección debería ocurrir. Cargar con la cruz es estar abierto a la sorpresa. Finalmente, tomar tu cruz y estar queriendo entregar tu vida significa vivir en una fe que cree que nada es imposible para Dios. Como James Martin indica, esto significa aceptar que Dios es más grande que la imaginación humana. En verdad, cuando sucumbimos a la idea de que Dios no puede ofrecernos un camino fuera de nuestro dolor en una especie de novedad, es precisamente porque hemos reducido a Dios al tamaño  de nuestra propia imaginación limitada. Sólo es posible aceptar nuestra cruz, vivir en confianza y no crecer amargados en el dolor si creemos en las posibilidades que existen más allá de lo que podemos imaginar, esto es, si creemos en la Resurrección. Nosotros podemos cargar con nuestra cruz cuando empezamos a creer en la Resurrección. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Somos hipócritas o servidores?

Este discurso de Jesús se dirige a los cristianos de todos los tiempos. Se dirige a las autoridades de la Iglesia y se dirige igualmente a cada uno de nosotros.

  En las Sagradas Escrituras, frecuentemente, Jesús ataca a los escribas y fariseos. Invita a los suyos a hacer y cumplir lo que enseñan, pero no imitarlos en su conducta. Son críticas duras que les hace a los dirigentes espirituales de su pueblo. En concreto les echa en cara lo siguiente: 1. No cumplen lo que enseñan 2. Imponen cargas pesadas a la gente, pero ellos ni las tocan 3. Quieren aparentar ante los demás 4. Buscan los primeros puestos y los saludos en las plazas Ahora, uno podría pensar que estas actitudes fueron propias de esta gente y que con su muerte se acabaron. Lastimosamente no es así. Este discurso de Jesús se dirige, por eso, también a los cristianos de todos los tiempos. Se dirige a las autoridades de la Iglesia y se dirige igualmente a cada uno de nosotros. Porque los fariseos no son una categoría de personas. Se trata, más bien, de una categoría del espíritu de una postura interior. Es un bacilo siempre dispuesto a infectar nuestra vida religiosa. Todos somos fariseos: a. Cuando reducimos la religión a una cuestión de prácticas espirituales, a un legalismo estéril; b. Cuando pretendemos llegar a Dios dejando de lado al prójimo; c. Cuando nos preocupamos más de “parecer” que de “ser”; d. Cuando nos consideramos mejores que los demás. Toda esta plaga tiene un único y solo nombre: hipocresía. Por eso, con toda justicia, fariseísmo se ha convertido para nosotros en sinónimo de hipocresía. Los hipócritas tienen una “doble cara”, una vuelta hacia Dios y la otra hacia los demás. Y, sin duda, la cara que mira a Dios es horrible, espantosa. Para Cristo, la ley no era un ídolo, sino que era un medio. Tenía la tarea de empujar al hombre hacia adelante, de ayudarle para crecer. El desafío que hoy nos presenta Jesús es, entonces: amor o hipocresía. Porque amar significa servir. Quien ama realmente, sirve a los demás, se entrega a los hermanos. Es la actitud de Cristo. Toda su vida en esta tierra no fue sino un servicio permanente a los demás. Y al final entrega hasta su vida por nosotros, para liberarnos y salvarnos. Y es también la actitud de María. En la hora de la Anunciación se proclama la esclava del Señor. Nosotros muchas veces creemos que estamos sirviendo a Dios porque le rezamos una oración o cumplimos una promesa. Miremos a María: Ella le entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por medio del ángel. Cambia en el acto todos sus planes y proyectos, se olvida completamente de sus propios intereses. Lo mismo le pasa con Isabel. Sabe que su prima va a tener un hijo y parte en seguida, a pesar del largo camino de unos cien kilómetros. No busca pretextos por estar encinta y no poder arriesgar un viaje tan largo. Y se queda tres meses con ella, sirviéndola hasta el nacimiento de Juan Bautista. Hace todo esto, porque sabe que en el Reino de Dios los primeros son los que saben convertirse en servidores de todos. Cuando el ángel le anuncia que Ella será Madre de Dios, entonces María comprende que esta vocación le exige convertirse en la primera servidora de Dios y de los hombres. Pidamos a Jesús y a María que nos regalen ese espíritu de servicio desinteresado y generoso, que ellos han vivido tan ejemplarmente. Sólo con ese espíritu podremos enfrentar los desafíos del mundo de hoy. Sólo con ese espíritu podremos ser instrumentos aptos para construir un mundo nuevo. Preguntas para la reflexión 1. ¿En qué grupo estoy, hipócritas o servidores? 2. ¿Cómo podemos servir a los demás? 3. ¿Qué actitud de María puedo adoptar? ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Por qué decimos Amén?

  ¿Cuántas veces hemos pronunciado la palabra “amen” después de alguna oración? La mayoría la aprendimos al mismo tiempo que aprendimos a rezar. Es una palabra muy corta, pero que está cargada de mucho significado. Lástima que muchos de nosotros ya la repetimos sin darle mayor importancia o hasta lo hacemos por rutina.   Esta palabra deriva de “aman”, que en hebreo y en arameo significa “hacer estable” o “consolidar”, es decir, es estar seguro. Decir amén es expresar seguridad y confianza ante algo que se cree. De hecho, la palabra pertenece a la misma raíz que la palabra “creer”. Por lo tanto, nosotros al decir “amén” después de alguna oración, afirmamos que creemos y que deseamos que dichas palabras se cumplan. El Catecismo de la Iglesia Católica nos reafirma: Creer es decir “Amén” a las palabras, a las promesas, a los mandamientos de Dios, es fiarse totalmente de Él, que es el Amén de amor infinito y de perfecta fidelidad (1064). Como ejemplo tenemos lo que sucede en la Eucaristía, ya que antes de recibirla, el Sacerdote alza la hostia consagrada y nos dice “El Cuerpo de Cristo” y nosotros asentamos con un “Amén”, es decir, lo creo y lo acepto en mi vida. Jesús mismo lo llegó a profesar muchas veces, antes de cada enseñanza al decir “En verdad, en verdad os digo” (Jn 5, 19) y esto para demostrar que hablaba con autoridad y con verdad. Con esto, es como si él mismo nos dijera “créeme que es verdad lo que te estoy diciendo”. El uso de esta palabra lo podemos ver, incluso, desde el Antiguo Testamento y hasta las primeras comunidades cristianas. El Profeta Isaías se refiere a Dios como el Dios del Amén, es decir, el Dios fiel, el Dios de la verdad: “Quien desee ser bendecido en la tierra, deseará serlo en el Dios del Amén” (Is 65, 16). Por lo tanto, cada que decimos “amén” debemos darnos cuenta de lo que decimos. Al repetirla hacemos un compromiso con Dios, pues le reafirmamos nuestro “sí”, confírmanos que creemos en Él, en su palabra y, por lo tanto, que queremos ser siempre fieles aún a pesar de nuestras dificultades. Pero este compromiso no lo podremos cumplir por nuestras propias fuerzas, sino que es Dios mismo quien nos ayuda por medio de su Hijo Jesucristo. Así lo afirma el emérito Papa Benedicto XVI: En nuestra oración estamos llamados a decir “sí” a Dios, a responder con este “amén” de la adhesión, de la fidelidad a Él a lo largo de toda nuestra vida. Esta fidelidad nunca la podemos conquistar con nuestras fuerzas; no es únicamente fruto de nuestro esfuerzo diario; proviene de Dios y está fundada en el “sí” de Cristo, que afirma: mi alimento es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34). Este “sí” a Dios debe ser una tarea de todos los días, puesto que sólo así nos mantendremos firmes y unidos con Él. De esta manera sentiremos el consuelo de su amor y su compañía. Dios no se cansa de nosotros, no pierde la paciencia ni se enoja cada que nosotros no le hacemos caso, al contrario, Él sale a nuestro encuentro, da el primer paso para demostrarnos que su fidelidad es eterna. Busquemos encontrarnos con el Señor que está vivo y que espera por nosotros. La oración es ese “sí” al diálogo con Aquél que nos ama y que busca dar consuelo en medio de las tempestades de nuestra vida y hacernos vivir unidos sólo a Él.