Papa Francisco

desde Roma
 

Jesús nos infunde confianza,

el bien crece en silencio

Ángelus del Papa Francisco

 

Que María Santísima, la humilde sierva del Señor, nos enseñe a ver la grandeza de Dios que obra en las cosas pequeñas, y a vencer la tentación del desánimo fiándonos de Él cada día”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus, de este XI Domingo del Tiempo Ordinario.

 

Buscar y hallar a Dios en todas las cosas

El Santo Padre señaló que, el Evangelio de este domingo, 13 de junio, en el que retomamos el tiempo litúrgico “Ordinario”, nos presenta dos parábolas que se inspiran precisamente en la vida ordinaria, y revelan la mirada atenta y profunda de Jesús, que observa la realidad y, mediante pequeñas imágenes cotidianas, abre ventanas hacia el misterio de Dios y la historia humana. “Así, nos enseña que incluso las cosas de cada día – precisó el Pontífice – esas que a veces parecen todas iguales y que llevamos adelante con distracción o cansancio, están habitadas por la presencia escondida de Dios”. Por tanto, necesitamos ojos atentos para saber “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, como le gustaba decir a San Ignacio de Loyola.

 

El bien crece de modo humilde, a menudo invisible

Con estas parábolas, afirmó el Papa Francisco, Jesús compara el Reino de Dios, su presencia que habita el corazón de las cosas y del mundo, con el grano de mostaza, la semilla más pequeña que hay. “A veces, el fragor del mundo y las muchas actividades que llenan nuestras jornadas nos impiden detenernos y vislumbrar en qué modo el Señor conduce la historia. Y, sin embargo – asegura el Evangelio – Dios está obrando, como una pequeña semilla buena que silenciosa y lentamente germina. Y, poco a poco, se convierte en un árbol frondoso que da vida y reparo a todos”. También la semilla de nuestras buenas obras puede parecer poca cosa; mas todo lo que es bueno pertenece a Dios y, por tanto, humilde y lentamente, da fruto. El bien – recordémoslo – crece siempre de modo humilde, escondido, a menudo invisible.

 

Dios actúa siempre en el terreno de nuestra vida

Con esta parábola, ratificó el Pontífice, Jesús quiere infundirnos confianza. De hecho, en muchas situaciones de la vida puede suceder que nos desanimemos al ver la debilidad del bien respecto a la fuerza aparente del mal. “Y podemos dejar que el desánimo nos paralice cuando constatamos que nos hemos esforzado, pero no hemos obtenido resultados y parece que las cosas nunca cambian”. El Evangelio – señaló el Papa – nos pide una mirada nueva sobre nosotros mismos y sobre la realidad; pide que tengamos ojos grandes que saben ver más allá, especialmente más allá de las apariencias, para descubrir la presencia de Dios que, como amor humilde, está siempre operando en el terreno de nuestra vida y en el de la historia.

“Y esta es nuestra confianza, es esto lo que nos da fuerzas para seguir adelante cada día con paciencia, sembrando el bien que dará fruto. ¡Qué importante es esta actitud para salir bien de la pandemia! Cultivar la confianza de estar en las manos de Dios y, al mismo tiempo, esforzarnos todos por reconstruir y recomenzar, con paciencia y constancia”.

 

Con Dios siempre hay esperanza de nuevos brotes

Finalmente, el Papa Francisco explicó la segunda parábola que nos presenta el Evangelio de hoy y dijo que, también en la Iglesia puede arraigar la cizaña del desánimo, sobre todo cuando asistimos a la crisis de la fe y al fracaso de varios proyectos e iniciativas. Pero no olvidemos nunca – afirmó el Papa – que los resultados de la siembra no dependen de nuestras capacidades: dependen de la acción de Dios. A nosotros nos toca sembrar con amor, esfuerzo, paciencia. Pero la fuerza de la semilla es divina. Con Dios siempre hay esperanza de nuevos brotes, incluso en los terrenos más áridos.

“Contemplemos en la Trinidad el amor del que procedemos”

Ángelus del Papa, 30 de mayo de 2021

 

El domingo 30 de mayo, el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus desde la plaza de San Pedro en el marco de la fiesta de la Santísima Trinidad, el misterio del único Dios en tres Personas: Padre e Hijo y Espíritu Santo.

Un misterio inmenso que supera nuestra mente

Asomado desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano junto a los fieles que acudieron a la cita dominical, el Santo Padre explicó que estamos ante un misterio inmenso que no es fácil de entender.

“Es un misterio que nos ha revelado Jesucristo: la Santísima Trinidad. Hoy nos detenemos a celebrar este misterio, porque las Personas no son adjetivos de Dios: no. Son personas, reales, diferentes; no son -como decía aquel filósofo- “emanaciones de Dios”: ¡no, no! Son Personas. Está el Padre, al que rezo con el Padre Nuestro, que me ha dado la redención, la justificación; está el Espíritu Santo que habita en nosotros y habita en la Iglesia. Y esto nos habla al corazón, porque lo encontramos, este misterio, encerrado en esa expresión de San Juan que resume toda la revelación: «Dios es amor». El Padre es amor, el Hijo es amor, el Espíritu Santo es amor”.

En este sentido, Francisco hizo hincapié en que al ser puro amor “Dios, aunque es uno y único, no es soledad sino comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”.

 

“Porque el amor -afirmó el Papa- es esencialmente donación, y en su realidad original e infinita es el Padre quien se da a sí mismo generando al Hijo, que a su vez se da al Padre, y su amor mutuo es el Espíritu Santo, vínculo de su unidad. No es fácil de entender este misterio pero todos nosotros podemos vivirlo tanto”.

No prescindir de esta unidad invocada por Jesús

El Obispo de Roma también subrayó que la fiesta de hoy, “nos hace contemplar este maravilloso misterio de amor y luz del que procedemos y hacia el cual se orienta nuestro camino terrenal”.

Por tanto, en el anuncio del Evangelio y en toda forma de misión cristiana -dijo el Pontífice- no se puede prescindir de esta unidad invocada por Jesús; la belleza del Evangelio requiere ser vivida y testimoniada en la concordia entre nosotros, que somos tan diferentes.

María sostenga nuestra fe y nos haga “adoradores de Dios”

 “Y esta unidad -añadió el Santo Padre- es esencial para el cristiano: no es una actitud, una forma de decir… ¡No! Es esencial, porque la unidad nace del amor, de la misericordia de Dios, de la justificación de Jesucristo y de la presencia del Espíritu Santo en nuestros corazones”.

“María Santísima, en su sencillez y humildad, refleja la Belleza de Dios Uno y Trino, porque recibió plenamente a Jesús en su vida. Que ella sostenga nuestra fe; que nos haga adoradores de Dios y servidores de nuestros hermanos”, concluyó Francisco.

 

 

 

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El Papa en la Misa de Pentecostés:

 ¡Es el tiempo del Paráclito!

 

“El Paráclito es el Consolador”, explicó el Santo Padre. Todos nosotros – dijo – especialmente en los momentos difíciles como el que estamos atravesando debido a la pandemia, buscamos consolaciones. Pero frecuentemente recurrimos sólo a las consolaciones terrenas, que desaparecen pronto, son consolaciones del momento. Jesús, en cambio, “nos ofrece hoy la consolación del cielo, el Espíritu, la «fuente del mayor consuelo».

La diferencia con las consolaciones de este mundo, es que estas últimas son como los analgésicos: “dan un alivio momentáneo, pero no curan el mal profundo que llevamos dentro”; “evaden, distraen, pero no curan de raíz”; “calman superficialmente, en el ámbito de los sentidos y difícilmente en del corazón”. Esto porque “sólo quien nos hace sentir amados tal y como somos da paz al corazón”. El Espíritu Santo, “ternura misma de Dios, que no nos deja solos”, dijo el Santo Padre, actúa así: «entra hasta el fondo del alma», pues como Espíritu obra en nuestro espíritu. Visita lo más íntimo del corazón como «dulce huésped del alma».

“Hermana, hermano, si adviertes la oscuridad de la soledad, si llevas dentro un peso que sofoca la esperanza, si tienes en el corazón una herida que quema, si no encuentras una salida, ábrete al Espíritu Santo.”

Tal como escribía san Buenaventura, recordó Pontífice, el Espíritu «lleva mayor consolación donde hay mayor tribulación, no como hace el mundo que en la prosperidad consuela y adula, y en la adversidad se burla y condena». “Eso hace el mundo”, señaló. Lo hace, sobre todo, el espíritu enemigo, es decir, “el diablo”, que “primero nos halaga y nos hace sentir invencibles”, haciendo “crecer la vanidad” y después “juega con nosotros”, echándonos por tierra y haciéndonos sentir “inadecuados”. Mientras el maligno “hace todo lo posible para que caigamos”, subrayó el Pontífice, el Espíritu del Resucitado “quiere realzarnos”. Por eso el Papa invitó a mirar a los Apóstoles, que en aquella mañana estaban solos y perdidos, y tenían las puertas cerradas por el miedo, que vivían en el temor y tenían ante sus ojos estaban todas sus debilidades y fracasos, sus pecados, puesto que “habían renegado a Jesucristo”. Sucede que “los años pasados con Jesús no los habían cambiado, seguían siendo los mismos”. Y así, tras haber recibido el Espíritu “todo cambió”, dijo el Santo Padre: “los problemas y los defectos siguieron siendo los mismos, pero, sin embargo, ya no los temían porque tampoco temían a quienes les querían hacer daño. Se sentían consolados interiormente y querían difundir la consolación de Dios”. 

“Los que antes estaban atemorizados, ahora sólo temen no dar testimonio del amor recibido.”

Por ese motivo, nosotros, discípulos de Jesús, también estamos llamados a dar testimonio del Espíritu Santo, a ser “paráclitos”, consoladores. Nos pide que “demos forma a su consolación”: no con grandes discursos, – afirmó Francisco – sino haciéndonos próximos. No con palabras de circunstancia, sino con la oración y la cercanía. Recordemos – pidió el Santo Padre – que la cercanía, la compasión y la ternura son el estilo de Dios, siempre.

“El Paráclito dice a la Iglesia que hoy es el tiempo de la consolación. Es el tiempo del gozoso anuncio del Evangelio más que de la lucha contra el paganismo. Es el tiempo de llevar la alegría del Resucitado, no de lamentarnos por el drama de la secularización. Es el tiempo para derramar amor sobre el mundo, sin amoldarse a la mundanidad. Es el tiempo de testimoniar la misericordia más que de inculcar reglas y normas. ¡Es el tiempo del Paráclito! Es el tiempo de la libertad del corazón, en el Paráclito.”

“El Paráclito, además, es el Abogado”, “nuestro” abogado, siguió explicando el Papa. En el contexto histórico de Jesús, – dilucidó – el abogado no desarrollaba sus funciones como hoy, más que hablar en lugar del imputado, normalmente estaba junto a él y le sugería al oído los argumentos para defenderse. Y el Paráclito, “Espíritu de la Verdad” que no nos reemplaza, sino que nos defiende de las falsedades del mal inspirándonos pensamientos y sentimientos, lo hace así. Y lo hace, dijo el Santo Padre, “con delicadeza, sin forzarnos”: se propone, pero no se impone.

“El espíritu de la falsedad, el maligno, por el contrario, trata de obligarnos, quiere hacernos creer que siempre estamos obligados a ceder a las sugestiones malignas y a las pulsiones de los vicios.”

El Papa propuso, entonces, “acoger” tres sugerencias típicas del Paráclito, que son “antídotos básicos contra sendas tentaciones, hoy muy extendidas”. El primer consejo del Espíritu Santo, es “vive el presente”, no el pasado o el futuro, pues, el Paráclito afirma “la primacía del hoy contra la tentación de paralizarnos por las amarguras y las nostalgias del pasado, como también de concentrarnos en las incertidumbres del mañana y dejarnos obsesionar por los temores del porvenir”. Tal como nos recuerda del Espíritu, “no hay otro tiempo mejor para nosotros” que “la gracia del presente”: 

“Ahora, justo donde nos encontramos, es el momento único e irrepetible para hacer el bien, para hacer de la vida un don. ¡Vivamos el presente!”

El Paráclito también aconseja “buscar el todo”, no la parte, continuó diciendo el Papa. Esto porque “el Espíritu no plasma individuos cerrados, sino que nos constituye como Iglesia en la multiforme variedad de carismas, en una unidad que no es nunca uniformidad”. Él “afirma la primacía del conjunto”: es en el conjunto, en la comunidad, donde el Espíritu prefiere actuar y llevar la novedad”. De ahí que el Papa invitase una vez más a mirar a los apóstoles, muy distintos entre sí: estaba Mateo, publicano que había colaborado con los romanos, y Simón, llamado el Zelota, que se oponía a ellos. “Había ideas políticas opuestas, visiones del mundo muy diferentes. Pero cuando recibieron el Espíritu aprendieron a no dar la primacía a sus puntos de vista humanos, sino al todo de Dios”.  Por eso si “hoy” escuchamos al Espíritu, aseguró el Pontífice, “no nos centraremos en conservadores y progresistas, tradicionalistas e innovadores, derecha e izquierda”, pues “si estos son los criterios, quiere decir que en la Iglesia se olvida el Espíritu”.

“El Paráclito impulsa a la unidad, a la concordia, a la armonía en la diversidad. Nos hace ver como partes del mismo cuerpo, hermanos y hermanas entre nosotros. ¡Busquemos el todo! El enemigo quiere que la diversidad se transforme en oposición, y por eso la convierte en ideologías. Hay que decir “no” a las ideologías y “sí” al todo.”

Finalmente, el tercer “gran consejo” del Paráclito es “Pon a Dios antes que tu yo”. Se trata, puntualizó Francisco, del “paso decisivo” de la vida espiritual, “que no es una serie de méritos y de obras nuestras, sino humilde acogida de Dios”. El Paráclito, dijo aún el Papa, “afirma el primado de la gracia”, y, por lo tanto, “sólo si nos vaciamos de nosotros mismos dejamos espacio al Señor; sólo si nos abandonamos en Él nos encontramos a nosotros mismos; sólo como pobres en el espíritu seremos ricos de Espíritu Santo”. Es una cosa que vale “también para la Iglesia”, añadió, recordando, una vez más, que “no salvamos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos con nuestras propias fuerzas”. Si ponemos en primer lugar nuestros proyectos, nuestras estructuras y nuestros planes de reforma – advirtió – caeremos en el pragmatismo, en el eficientismo, en el horizontalismo, y no daremos fruto. Los “ismos” – advirtió aún el Obispo de Roma – son ideologías que dividen, que separan.

“La Iglesia no es una organización humana ―es humana, pero no es sólo una organización humana―, la Iglesia es el templo del Espíritu Santo. Jesús ha traído el fuego del Espíritu a la tierra y la Iglesia se reforma con la unción, con la gratuidad de la unción de la gracia, con la fuerza de la oración, con la alegría de la misión, con la belleza cautivadora de la pobreza. ¡Pongamos a Dios en el primer lugar!”

 

Oración al Paráclito

Así, el Sucesor del Apóstol Pedro concluyó la homilía con una oración, para que cada discípulo del Señor, – sugiere quien escribe – guarde en su corazón:

“Espíritu Santo, Espíritu Paráclito, consuela nuestros corazones. Haznos misioneros de tu consolación, paráclitos de misericordia para el mundo. Abogado nuestro, dulce consejero del alma, haznos testigos del hoy de Dios, profetas de unidad para la Iglesia y la humanidad, apóstoles fundados sobre tu gracia, que todo lo crea y todo lo renueva. Amén.”