Papa Francisco

desde Roma
 

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Semana Santa:

Calendario de las celebraciones presididas por el Papa

 
 
La Oficina de Prensa de la Santa Sede ha dado a conocer esta mañana los horarios actualizados de las próximas celebraciones litúrgicas que presidirá el Papa Francisco en Semana Santa, tanto en lo que respecta al calendario como a las modalidades de participación, dadas las situación extraordinaria provocada por la propagación del coronavirus.
 
Debido a la rápida evolución de la pandemia del Covid-19 y teniendo en cuenta las observaciones recibidas de las Conferencias Episcopales, la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ofreció algunas indicaciones generales para los obispos en relación a la Semana Santa, recogidas en el Decreto de fecha 25 de marzo de 2020.
 

Se comunica, por lo tanto, que el Santo Padre celebrará los ritos de la Semana Santa en el Altar de la Cátedra, en la Basílica de San Pedro, de acuerdo con el siguiente calendario y sin la participación del pueblo:

 
 

5 de abril, 11 horas

Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y santa Misa

 
 

9 de abril, 18 horas

Jueves Santo

Santa Misa en la Cena del Señor

 
 

10 de abril

Viernes Santo

18 horas, Celebración de la Pasión del Señor 

21 horas, Via Crucis en el parvis de la basílica de San Pedro

 
 

11 de abril, 21 horas

Sábado Santo

Vigilia Pascual en la Noche Santa

 
 

12 de abril, 11 horas

Domingo de Pascua y de la Resurrección del Señor

Santa misa del día

Al final de la santa Misa el Santo Padre impartirá la bendición Urbi et Orbi

 
 
 
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27 de marzo:

Francisco bendecirá al mundo en una oración extraordinaria por la pandemia

 
 
De manera extraordinaria, 27 de marzo, a las 18 horas en Roma, el Papa Francisco presidirá un momento de oración extraordinario para pedir el fin de la pandemia. Tendrá lugar en el “sagrato” (atrio frente a la entrada) de la Basílica de San Pedro, con la plaza vacía.
 
No se espera ningún participante presencial en el acto, ya que Italia y muchos otros países han declarado la contención para luchar contra el coronavirus, sin embargo, el Pontífice ha invitado a todos a participar espiritualmente, a través de los medios de comunicación, para escuchar la Palabra de Dios, elevar una súplica en este momento de prueba y adorar al Santísimo Sacramento.
 
Al término de la celebración, el Santo Padre impartirá la bendición “Urbi et Orbi” a la que se adjuntará la posibilidad de recibir una indulgencia plenaria. Este momento extraordinario de oración para aliviar la pandemia durará aproximadamente una hora.
 
En la puerta central de la Basílica Vaticana se colocará la imagen de la Virgen Salus Populi Romani y el crucifijo de San Marcello, advocaciones ante las que el Santo Padre rezó en persona el pasado domingo, 15 de marzo de 2020. Después de escuchar las lecturas de la Biblia, el Papa pronunciará una meditación.
 
El Santísimo Sacramento será expuesto en el altar del atrio de la Basílica Vaticana. Después de la súplica, seguirá el rito de la Bendición Eucarística Urbi et Orbi. El Cardenal Angelo Comastri, Arcipreste de la Basílica de San Pedro, pronunciará la fórmula para la proclamación de la indulgencia.
 
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El Papa impartirá la bendición ‘Urbi et Orbi’ el próximo viernes, 27 de marzo

 
 
El Papa Francisco invita a los cristianos a unirse a él, por video, el 27 de marzo de 2020, a las 18 horas en Roma, cuando presidirá un tiempo de oración que concluirá con la bendición de Urbi et Orbi (a la ciudad y al mundo).
 
Será un gesto excepcional en tiempos de pandemia, ya que esta bendición particular, que confiere indulgencia plenaria, se da tradicionalmente en Navidad y Pascua, así como en la elección de un nuevo Papa.
 
Este tiempo de oración, transmitido en vivo, tendrá lugar en la esplanada de la Basílica de San Pedro “vacía”, anunció el Papa durante la oración del Ángelus este 22 de marzo, filmado desde la biblioteca del Palacio Apostólico. No se espera ningún participante en el acto, ya que Italia y muchos otros países han declarado la contención para luchar contra el Coronavirus Covid-19.
 
“Invito a todos a participar espiritualmente a través de los medios de comunicación, continuó el Papa. Escucharemos la Palabra de Dios, elevaremos nuestra súplica, adoraremos al Santísimo Sacramento, con el que daré al final la bendición Urbi et
Orbi”. A esto se agregará “la posibilidad de recibir la indulgencia plenaria”.
 
“Queremos responder a la pandemia del virus con la universalidad de la oración, de la compasión, de la ternura, dijo. Mantengámonos unidos. Hagamos sentir nuestra cercanía a las personas solas y a los más probados”.
 
Ordinariamente, la bendición Urbi et Orbi confiere la indulgencia plenaria en las condiciones habituales establecidas por la Iglesia (confesión, comunión y oración por las intenciones del Papa). En la situación actual, especifica el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Matteo Bruni, todos los que se unan espiritualmente en este momento de oración por los medios recibirán la indulgencia plenaria de acuerdo con las condiciones publicadas por la Penitenciaría Apostólica el día anterior
 
En un decreto, dispone que la indulgencia plenaria se otorgara “a los fieles afectados por el Coronavirus” en cuarentena en los hospitales o en sus hogares, así como a los cuidadores, familiares y aquellos que ayudan a los enfermos exponiéndose a riesgo de contaminación Y del mismo modo “a los fieles que ofrecen la visita al Santísimo Sacramento, o la adoración eucarística o la lectura de la Biblia durante al menos media hora, o el rezo del rosario, o el Viacrucis, o el rezo del Rosario de la Divina Misericordia, para implorarle a Dios Todopoderoso el fin de la epidemia, el alivio para los afectados por ella y la salvación eterna de aquellos a quienes el Señor le ha llamado”.
 
Las condiciones de la indulgencia son la unión espiritual en la misa, el rosario, las Estaciones del Viacrucis u otras devociones gracias a los medios de comunicación, o al menos la oración del Credo, del Padre Nuestro y una invocación a la Virgen María, “al ofrecer esta prueba en un espíritu de fe en Dios y de caridad hacia los hermanos, con la voluntad de lograr las condiciones habituales lo antes posible”.
 

Francisco invita a los hispanohablantes a invocar a la Virgen y a san Juan Pablo II

 
 
Los fieles de habla hispana han recibido hoy, a través de los medios de comunicación, la exhortación del Papa Francisco a “implorar la protección de la Virgen María y la intercesión de san Papa Juan Pablo II, para que toda vida humana sea valorada, respetada, defendida y amada; así se hallará justicia, paz y felicidad”.
 
El Santo Padre ha pronunciado hoy la catequesis, en la audiencia general, este miércoles, 25 de marzo de 2020, solemnidad de la Anunciación del Señor y 25º aniversario de la Encíclica Evangelium vitae, de san Juan Pablo II, sobre el valor y la inviolabilidad de la vida humana.
 

Hoy, el Pontífice, en su catequesis ha recordado el valor de la humana, en la fiesta de la Anunciación a la Virgen, y a “tantas personas que se prodigan en el servicio a los enfermos, a los ancianos y de los que están solos” ante esta pandemia que estamos viviendo y que amenaza la vida.

 
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El Papa reza el Padre Nuestro con cristianos de todo el mundo por el fin de la epidemia

 

El Papa Francisco presidió este miércoles 25 de marzo desde la Biblioteca del Palacio Apostólico del Vaticano el rezo mundial del Padre Nuestro por los enfermos afectados por la epidemia de coronavirus COVID 19, sus familias y los trabajadores sanitarios y voluntarios que hacen frente a la crisis.
 
“Hoy nos hemos dado cita, todos los cristianos del mundo, para rezar juntos el Padre Nuestro, la oración que Jesús nos enseñó”, comenzó el Santo Padre.
 
Señaló que “como hijos confiados nos dirigimos al Padre. Lo hacemos todos los días, muchas veces al día; pero en este momento queremos implorar misericordia para la humanidad duramente probada por la pandemia de coronavirus. Y lo hacemos juntos, cristianos de toda Iglesia y Comunidad, de toda edad, lengua y nación”.
 
Por ellos, “rezamos por los enfermos y sus familias; por los trabajadores sanitarios y cuantos les ayudan; por las autoridades, las fuerzas del orden y los voluntarios; por los ministros de nuestra comunidad”.
 
Antes del rezo, el Papa había presidido la Audiencia General, al final de la cual pidió unir “nuestras voces de súplica al Señor en estos días de sufrimiento, mientras el mundo está siendo duramente probado por la epidemia”.
 

“Que el Padre, bueno y misericordioso, escuche la oración común de sus hijos que con confiada esperanza dirigen a su omnipotencia”, suplicó.

 
 
 

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«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)

 

Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2020

 

Queridos hermanos y hermanas:
 

El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.

 
 
  1. El Misterio pascual, fundamento de la conversión

La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117). Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.

 

Por eso, en esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez». La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.

 
  1. Urgencia de conversión

Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.

 

Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.

 
  1. La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos

El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta “poner a Dios contra Dios”, como dijo el papa Benedicto XVI (cf. Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).

 

El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.
 
  1. Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo

Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.

 

Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía. Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. Pío XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas.
 
Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).
 
 
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“Jesús no dialoga con el diablo”

 

Palabras del Papa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

 
 
En este primer domingo de Cuaresma, el Evangelio (cf. Mt 4,1-11) cuenta que Jesús, después, del bautismo en el río Jordán, “fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo” (v. 1). Se prepara para comenzar su misión de anunciador del Reino de los Cielos y, como Moisés y Elías (cf. Ex 24:18; 1 Reyes 19:8), lo hace con un ayuno de cuarenta días. Entra en “Cuaresma”.
 
Al final de este período de ayuno, el tentador, el diablo, irrumpe, intenta tres veces poner en dificultad a Jesús. La primera tentación se basa en el hecho de que Jesús tiene hambre, y le sugiere: “Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (v. 3). Un desafío, pero la respuesta de Jesús es clara. Está escrito: “No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que salga de la boca de Dios”. (4,4). Se refiere a Moisés, cuando le recuerda al pueblo el largo camino realizado en el desierto, en el que aprendió que su vida depende de la Palabra de Dios (cf. Dt 8, 3).
 
En el segundo intento (vv. 5-6) el diablo se vuelve más astuto, citando también él la Sagrada Escritura. La estrategia es clara: si tu tienes tanta confianza en el poder de Dios, entonces experiméntala, ya que la propia Escritura afirma que será socorrido por los ángeles (v. 6). Pero incluso en este caso Jesús no que se deja confundir, porque el que cree sabe que a Dios no se le pone a prueba, sino que se confía en su bondad. Por lo tanto, a las palabras de la Biblia, interpretadas instrumentalmente por satanás, Jesús responde con otra cita: “También está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’”. (v. 7).
 
Finalmente, el tercer intento (vv. 8-9) revela el verdadero pensamiento del diablo: porque la venida del Reino de los Cielos  marca el comienzo de su derrota, el Maligno querría desviar a Jesús de llevar a cumplimiento su misión, ofreciéndole una perspectiva del mesianismo político. Pero Jesús rechaza la idolatría del poder y de la gloria humana y, al final, expulsa al tentador diciéndole: “¡Vete, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás: y sólo a Él rendirás culto” (v.10). Y en este punto, con Jesús, fiel al mandato del Padre, se acercaron los ángeles para servirlo (véase el v. 11).
 
Esto nos enseña una cosa: Jesús no dialoga con el diablo, Jesús responde al diablo  con la Palabra de Dios, no con su palabra y en la tentación, muchas veces nosotros comenzamos a dialogar con la tentación, a dialogar con el diablo: “sí, yo puedo hacer esto… pero luego me confieso, puedo hacer esto y lo otro”, pero no, dialogar con el diablo. Jesús hace dos cosas con el diablo: lo expulsa o como en este caso responde, con la Palabra de Dios. Estén atentos: jamás dialoguen con la tentación, jamás dialoguen con el diablo.
 
También hoy Satanás irrumpe en la vida de las personas para tentarlas con sus propuestas tentadoras; mezcla la suya con las muchas voces que tratan de domar la conciencia. Desde muchas partes llegan mensajes que invitan a “dejarse tentar” para experimentar el placer de la transgresión. La experiencia de Jesús nos enseña que la tentación es el intento de ir por caminos alternativos a aquellos de Dios: “haz esto, haz lo otro, no te preocupes, luego Dios te perdona!, un día de alegría de gozo, tómalo…” – “¡Pero es un pecado!” – “No, no es nada”. Caminos alternativos que nos dan la sensación de autosuficiencia, del disfrute de la vida como un fin en sí mismo. Pero todo esto es ilusorio: pronto nos damos cuenta de que cuanto más nos alejamos de Dios, más nos sentimos indefensos e impotentes ante los grandes problemas de la existencia.
 
Que la Virgen María, la Madre de Aquel que aplastó la cabeza de la serpiente, nos ayude en este Tiempo de Cuaresma para estar alerta ante la tentación, a no someternos a ningún ídolo de este mundo, para seguir a Jesús en la lucha contra el mal; y así  nosotros también seremos victoriosos como Jesús.
 
 
 
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Mensaje del Papa en Cuaresma:

Llamados a “dejarnos reconciliar con Dios”

 
 
“Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo” expuso el Papa Francisco.
 
Hoy, 24 de febrero de 2020, la Oficina de Prensa de la Santa Sede ha presentado el mensaje del Santo Padre para Cuaresma, titulado “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” (2 Co 5,20).
 
Ante la llegada de la Cuaresma, el próximo miércoles 26 de febrero, el Santo Padre invita a volver continuamente, “con la mente y el corazón” al Misterio de la muerte y la resurrección de Jesús.
 
Fundamento de la conversión
 
En el primer apartado, “El misterio, fundamento de la conversión”, Francisco subraya que la alegría del cristiano “brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor ‘tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo’ (Exhort. ap. Christus vivit, 117)”.
 
Después, el Papa remite a la Exhortación apostólica Christus vivit: “Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez (n. 123)”.
 
Urgencia de conversión
 
El Pontífice remarca la importancia de la oración en el tiempo cuaresmal, pues el contemplar “la experiencia de la misericordia”, solo es posible en dicha práctica, “en un ‘cara a cara’ con el Señor crucificado y resucitado ‘que me amó y se entregó por mí’ (Ga 2,20)”, en el “diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo”.
 
Orar, “más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene”, apunta el Obispo de Roma. Lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios al rezar “es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad”, explicó.
 
Diálogo de Dios con sus hijos
 
Para el Papa, esta nueva oportunidad de conversión debería suscitar “un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra” ya que, a pesar de la presencia del mal en nuestra realidad, “este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros”.
 
Y subraya que el diálogo que desea entablar con el hombre a través de Misterio Pascual, no se parece al que se atribuye a los atenienses, pues, se trata de una charlatanería que “caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación”.
 
Riqueza para compartir
 
Finalmente, el Santo Padre afirma que poner el Misterio Pascual en el centro de la vida significa “sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado”. Estas se encuentran presentes en las víctimas de las guerras; de los abusos contra la vida; de todas las formas de violencia; de los desastres medioambientales; de la distribución injusta de los bienes de la tierra; de la trata de personas; y de la idolatría de la “sed desenfrenada de ganancias”.
 
De este modo, recuerda el deber de las personas de compartir los bienes con los más necesitados a través de la limosna para construir “un mundo más justo”: “Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía”, aclara.
 

Por todo ello, Francisco hace referencia a que en esta Cuaresma 2020, del 26 al 28 de marzo, ha convocado a los jóvenes empresarios y change-makers “con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual” en el evento Economía de Franciscoen Asís.

 
 

A continuación sigue el mensaje completo del Papa Francisco.

 
 
Mensaje del Santo Padre
 

«En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20)

 
 
Queridos hermanos y hermanas:
 
El Señor nos vuelve a conceder este año un tiempo propicio para prepararnos a celebrar con el corazón renovado el gran Misterio de la muerte y resurrección de Jesús, fundamento de la vida cristiana personal y comunitaria. Debemos volver continuamente a este Misterio, con la mente y con el corazón. De hecho, este Misterio no deja de crecer en nosotros en la medida en que nos dejamos involucrar por su dinamismo espiritual y lo abrazamos, respondiendo de modo libre y generoso.
 
  1. El Misterio pascual, fundamento de la conversión
La alegría del cristiano brota de la escucha y de la aceptación de la Buena Noticia de la muerte y resurrección de Jesús: el kerygma. En este se resume el Misterio de un amor «tan real, tan verdadero, tan concreto, que nos ofrece una relación llena de diálogo sincero y fecundo» (Exhort. ap. Christus vivit, 117). Quien cree en este anuncio rechaza la mentira de pensar que somos nosotros quienes damos origen a nuestra vida, mientras que en realidad nace del amor de Dios Padre, de su voluntad de dar la vida en abundancia (cf. Jn 10,10). En cambio, si preferimos escuchar la voz persuasiva del «padre de la mentira» (cf. Jn 8,45) corremos el riesgo de hundirnos en el abismo del sinsentido, experimentando el infierno ya aquí en la tierra, como lamentablemente nos testimonian muchos hechos dramáticos de la experiencia humana personal y colectiva.
 
Por eso, en esta Cuaresma 2020 quisiera dirigir a todos y cada uno de los cristianos lo que ya escribí a los jóvenes en la Exhortación apostólica Christus vivit: «Mira los brazos abiertos de Cristo crucificado, déjate salvar una y otra vez. Y cuando te acerques a confesar tus pecados, cree firmemente en su misericordia que te libera de la culpa. Contempla su sangre derramada con tanto cariño y déjate purificar por ella. Así podrás renacer, una y otra vez» (n. 123). La Pascua de Jesús no es un acontecimiento del pasado: por el poder del Espíritu Santo es siempre actual y nos permite mirar y tocar con fe la carne de Cristo en tantas personas que sufren.
 
  1. Urgencia de conversión
Es saludable contemplar más a fondo el Misterio pascual, por el que hemos recibido la misericordia de Dios. La experiencia de la misericordia, efectivamente, es posible sólo en un «cara a cara» con el Señor crucificado y resucitado «que me amó y se entregó por mí» (Ga 2,20). Un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo. Por eso la oración es tan importante en el tiempo cuaresmal. Más que un deber, nos muestra la necesidad de corresponder al amor de Dios, que siempre nos precede y nos sostiene. De hecho, el cristiano reza con la conciencia de ser amado sin merecerlo. La oración puede asumir formas distintas, pero lo que verdaderamente cuenta a los ojos de Dios es que penetre dentro de nosotros, hasta llegar a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad.
 
Así pues, en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto (cf. Os 2,16), a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad y disponibilidad. Cuanto más nos dejemos fascinar por su Palabra, más lograremos experimentar su misericordia gratuita hacia nosotros. No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él.
 
  1. La apasionada voluntad de Dios de dialogar con sus hijos
El hecho de que el Señor nos ofrezca una vez más un tiempo favorable para nuestra conversión nunca debemos darlo por supuesto. Esta nueva oportunidad debería suscitar en nosotros un sentido de reconocimiento y sacudir nuestra modorra. A pesar de la presencia —a veces dramática— del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio que se nos ofrece para un cambio de rumbo manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros. En Jesús crucificado, a quien «Dios hizo pecado en favor nuestro» (2 Co 5,21), ha llegado esta voluntad hasta el punto de hacer recaer sobre su Hijo todos nuestros pecados, hasta “poner a Dios contra Dios”, como dijo el papa Benedicto XVI (cf. Enc. Deus caritas est, 12). En efecto, Dios ama también a sus enemigos (cf. Mt 5,43-48).
 
El diálogo que Dios quiere entablar con todo hombre, mediante el Misterio pascual de su Hijo, no es como el que se atribuye a los atenienses, los cuales «no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad» (Hch 17,21). Este tipo de charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial, caracteriza la mundanidad de todos los tiempos, y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación.
 
  1. Una riqueza para compartir, no para acumular sólo para sí mismo
Poner el Misterio pascual en el centro de la vida significa sentir compasión por las llagas de Cristo crucificado presentes en las numerosas víctimas inocentes de las guerras, de los abusos contra la vida tanto del no nacido como del anciano, de las múltiples formas de violencia, de los desastres medioambientales, de la distribución injusta de los bienes de la tierra, de la trata de personas en todas sus formas y de la sed desenfrenada de ganancias, que es una forma de idolatría.
 
Hoy sigue siendo importante recordar a los hombres y mujeres de buena voluntad que deben compartir sus bienes con los más necesitados mediante la limosna, como forma de participación personal en la construcción de un mundo más justo. Compartir con caridad hace al hombre más humano, mientras que acumular conlleva el riesgo de que se embrutezca, ya que se cierra en su propio egoísmo. Podemos y debemos ir incluso más allá, considerando las dimensiones estructurales de la economía. Por este motivo, en la Cuaresma de 2020, del 26 al 28 de marzo, he convocado en Asís a los jóvenes economistas, empresarios y change-makers, con el objetivo de contribuir a diseñar una economía más justa e inclusiva que la actual. Como ha repetido muchas veces el magisterio de la Iglesia, la política es una forma eminente de caridad (cf. Pío XI, Discurso a la FUCI, 18 diciembre 1927). También lo será el ocuparse de la economía con este mismo espíritu evangélico, que es el espíritu de las Bienaventuranzas.
 
Invoco la intercesión de la Bienaventurada Virgen María sobre la próxima Cuaresma, para que escuchemos el llamado a dejarnos reconciliar con Dios, fijemos la mirada del corazón en el Misterio pascual y nos convirtamos a un diálogo abierto y sincero con el Señor. De este modo podremos ser lo que Cristo dice de sus discípulos: sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-14).
 
FRANCISCO
 

“Acoger la Ley en el corazón”

Quien hace la guerra no sabe dominar las propias pasiones

 
 
El Papa dedicó su alocución previa al rezo mariano sobre el Evangelio de hoy, que habla del  “Sermón de la Montaña” y del cumplimiento de la Ley. Jesús quiere ayudar a sus oyentes a tener un acercamiento justo con las prescripciones de los Mandamientos dados a Moisés, exhortándolos a estar disponibles para Dios que nos educa a la verdadera libertad y responsabilidad a través de la Ley.
 
“Cuando cedemos a las tentaciones y pasiones, no somos señores y protagonistas de nuestra propia vida, sino que nos volvemos incapaces de manejarla con voluntad y responsabilidad”.
 

La ley dijo, hay que vivirla como un instrumento de libertad.  Es importante, entender esto, aseveró el Pontífice: vivir la ley como un instrumento de libertad que nos ayuda a ser más libres, a no ser esclavos de las pasiones y del pecado. Las guerras y las calamidades, son fruto de las pasiones afirmó, y la gente que hace las guerras no sabe dominar sus propias pasiones. Cuando se cede a las pasiones no somos protagonistas de la propia vida, somo incapaces de manejarla con voluntad y responsabilidad.

 
 
Las cuatro antítesis

El discurso de Jesús está estructurado en cuatro antítesis, expresadas con la fórmula “Habéis entendido que se dijo… pero yo os digo”. Estas antítesis se refieren a otras tantas situaciones de la vida cotidiana: asesinato, adulterio, divorcio, juramentos. Jesús, afirmó el Pontífice, nos anima a pasar de una observancia formal de la Ley a una observancia sustancial, aceptando la Ley en nuestro corazón, que es el centro de las intenciones, decisiones, palabras y gestos de cada uno de nosotros. Del corazón salen las buenas y las malas acciones.
 
 
Aceptar la ley de Dios en nuestro corazón

El Papa dijo que si aceptamos la Ley de Dios en nuestros corazones entendemos que cuando no amamos a nuestro prójimo, hasta cierto punto, nos matamos a nosotros mismos y a los demás, porque el odio, la rivalidad y la división matan la caridad fraternal que es la base de las relaciones interpersonales. Y esto vale, añadió, por  lo que dije de las guerras, porque la lengua mata.
 
 
Si aceptamos la Ley de Dios en el corazón, podremos guiar nuestros deseos, comprenderemos que “hay que abandonar un estilo de vida de promesas rotas, no mantenidas, así como pasar de la prohibición del perjurio a la decisión de no jurar en absoluto, asumiendo la actitud de plena sinceridad con todos”.
 
Jesús nos ama y nos tiende su mano cada día

“Pero Jesús es consciente de que no es fácil vivir los Mandamientos de una manera total y tan profundamente. Por eso nos ofrece la ayuda de su amor: vino al mundo no sólo para cumplir la Ley, sino también para darnos su gracia, para que podamos hacer la voluntad de Dios, amándolo a él y a nuestros hermanos y hermanas”. Porque, como afirmó, todopodemos hacer con la gracia de Dios, la santidad no es más que el custodiar esta gratuidad que Dios nos ha dado, esta gracia. 
 
Por último, el Santo Padre nos dijo que confiemos en Jesús, acojamos su mano que nos tiende constantemente, para que nuestros esfuerzos y nuestro compromiso puedan ser sostenidos por su ayuda, llena de bondad y misericordia.
 
“Hoy Jesús nos pide que avancemos en el camino del amor que nos ha mostrado y que comienza desde el corazón. Esta es la manera de vivir como cristianos”.
 
 
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El Papa en Santa Marta: incluso en la Iglesia no hay humildad sin humillación

 
 
Comentando el Evangelio de hoy, Francisco exhorta a los cristianos a seguir el camino indicado por Jesús y Juan: el de la humillación. También aconseja a los pastores que no caigan en la mundanidad, en la “tentación de escalar”.
 
Giada Aquilino – Ciudad del Vaticano
 

No tengamos “miedo a la humillación”, pidamos al Señor que nos envíe “alguna” para “hacernos humildes”, para “imitar mejor a Jesús”. Esta es la recomendación del Papa Francisco en la misa de la mañana en la capilla de la Casa Santa Marta.

 
 
El viaje de Jesús
 
Reflexionando sobre el Evangelio de hoy según San Marcos, el Pontífice explica cómo Juan el Bautista fue enviado por Dios para “mostrar el camino”, “el camino” de Jesús. El “último de los profetas”, recuerda el Papa, tuvo la gracia de decir: “Este es el Mesías”.
 
El trabajo de Juan el Bautista no fue tanto predicar que Jesús venía y preparar al pueblo, sino dar testimonio de Jesucristo y darlo con su vida. Y dar testimonio del camino elegido por Dios para nuestra salvación: el camino de la humillación. Pablo lo expresa muy claramente en su Carta a los Filipenses: “Jesús se aniquiló a sí mismo hasta la muerte, muerte de cruz”. Y esta muerte en la cruz, este camino de aniquilación, de humillación, es también nuestro camino, el camino que Dios muestra a los cristianos para seguir adelante.
 
El final más humillante
 
Tanto Juan como Jesús -señala Francisco- tuvieron la “tentación de la vanidad, del orgullo”: Jesús “en el desierto con el diablo, después de ayunar”; Juan ante los doctores de la ley que le preguntaron si era el Mesías: podría haber respondido que era “su ministro”, y sin embargo “se humilló”.
 
Ambos, continúa explicando el Papa, “tenían autoridad ante el pueblo”, su predicación era “autoritaria”. Y ambos han conocido “momentos de abajarse”, una especie de “depresión humana y espiritual” como la llama el Pontífice: Jesús en el Huerto de los Olivos y Juan en prisión, tentado por la “carcoma de la duda” de si Jesús era realmente el Mesías. Ambos -añade el Santo Padre- “terminan de la manera más humillante”: Jesús con la muerte en la cruz, “la muerte de los más bajos criminales, terrible física y también moralmente”, “desnudo ante el pueblo” y “a su madre”. Juan el Bautista “decapitado en prisión por un guardia” por orden de “un rey debilitado por los vicios”, “corrompido por el capricho de una bailarina y el odio de una adúltera”, en referencia a Herodías y su hija.
 
El profeta, el gran profeta, el más grande hombre nacido de mujer – así es como Jesús lo describe – y el Hijo de Dios han elegido el camino de la humillación. Es el camino que nos muestran y que los cristianos debemos seguir. De hecho, en las Bienaventuranzas se enfatiza que el camino es el de la humildad.
 
Un camino mundano
 
No se puede ser “humilde sin humillación”, destaca el Papa. Su invitación a los cristianos es, por lo tanto, a aprender del “mensaje” de la Palabra de Dios de hoy.
 
Cuando tratamos de mostrarnos, en la Iglesia, en la comunidad, para tener una posición o algo más, ese es el camino del mundo, es un camino mundano, no es el camino de Jesús. Y esta tentación de escalar también puede ocurrir a los pastores: “Esto es una injusticia, esto es una humillación, no puedo tolerarlo”. Pero si un pastor no sigue este camino, no es un discípulo de Jesús: es un escalador en sotana. No hay humildad sin humillación.