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Para Meditar
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.
Catecismo de la Iglesia Católica 2708

Cremación o entierro,

¿cómo resucitaremos?

 

Si me incineran y la mitad de mis cenizas se quedan en el horno crematorio ¿cómo resucitaré?

Cuando pensamos en nuestra resurrección, puede ser que nos venga a la mente la imagen evangélica de los habitantes de Betania, junto con Marta y María que han ido a la tumba de Lázaro. El Maestro, Jesús, ha querido acompañarlas en su dolor y visitar el lugar donde pusieron a su amigo. De pronto y ante el estupor de Marta, pide que quiten la piedra que servía de entrada a la última morada de Lázaro y con voz potente le ordena: “¡Lázaro, sal fuera!” (Jn. 11, 43). Y así, “resucita” a Lázaro, ante los ojos estupefactos de la multitud.

Puede ser que nos hayamos quedado con esta idea de la resurrección: los muertos saldrán de sus tumbas y volverán a esta tierra, como lo hizo Lázaro.

Pero esta no es la clase de resurrección que proclamamos en el Credo: “Creo en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

Mientras que la resurrección de Lázaro fue una extensión de su vida temporal, algo así como vivir un “tiempo extra” en esta vida, la resurrección al final de los tiempos será para otra vida distinta a ésta, para la vida eterna.

Cuando hablamos de la resurrección de los muertos deberíamos pensar en Cristo después de su muerte que se aparece a sus amigos en forma de peregrino en el camino de Emaús (Lc. 24, 13-35), a María Magdalena (Mc. 16, 1-8), cuando come con ellos un pedazo de pez asado (Lc. 24, 41-42).

El cuerpo de Cristo resucitado no vuelve a la vida terrenal como el de Lázaro, pues ya no está sujeto a las leyes de la naturaleza: puede presentarse en un lugar u otro sin necesidad de caminar, puede traspasar las paredes, puede aparecer y desaparecer a la vista de sus amigos. Hablamos entonces de un cuerpo glorioso, de un cuerpo resucitado a otra vida, a la vida eterna.

No es nada fácil pensar en la resurrección de nuestro cuerpo. Éste ha sido uno de los puntos más controvertidos del cristianismo. Desde tiempos de San Pablo era difícil creer en la resurrección. Incluso los griegos, uno de los pueblos más cultos de la historia, se reían ante la predicación de San Pablo: “Al oír la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: ´Sobre esto ya te oiremos otra vez´”. (Hch.17, 32-34). Para los sabios griegos la resurrección era inconcebible.

Los católicos creemos en la resurrección de los muertos porque Cristo resucitó y Él mismo lo afirmó cuando dijo: “Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es un Dios de muertos, sino de vivos”. (Mc.12, 26-27). Y por si esto fuera poco, Jesús nos dice que todos, buenos y malos, vamos a resucitar: “… y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, y los que hayan hecho el mal, para una resurrección de juicio”. (Jn. 5,29)

La resurrección, según nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 997 sucede de la siguiente manera: “En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia, dará definitivamente a nuestro cuerpo la vida incorruptible, uniéndolo a nuestras alma, por la virtud de la Resurrección de Jesús”.

Al final de los tiempos, es decir, el día del juicio universal, vendrá Cristo y unirá nuestra alma a un cuerpo glorioso.

¿Cómo será este cuerpo? No lo sabemos con certeza, sólo lo podemos imaginar contemplando el cuerpo de Cristo resucitado: un cuerpo con ciertas similitudes al cuerpo terrenal, pero no sujeto a sus leyes, un cuerpo perteneciente a otra dimensión, a la dimensión de la vida eterna.

Entonces, contestando a la pregunta inicial, si las cenizas de mi cuerpo se pierden en el horno crematorio, si mis huesos se pudren en mi tumba y se convierten en polvo, o si caigo al mar y mi cuerpo es devorado por los tiburones, no tengo de qué preocuparme.

En el momento de la muerte se me juzgará y si soy digno de la vida eterna mi alma irá a la gloria. Después, en el día del juicio universal cuando todos los muertos resuciten, el poder de Cristo unirá mi alma incorruptible, que ya ha estado gozando del Cielo, a un cuerpo transfigurado en cuerpo de gloria (Flp. 3, 21), un cuerpo espiritual (1Co. 15, 44).

Será, por el valor salvífico de la Resurrección de Cristo, que volverán a juntarse los restos de ese cuerpo destrozado por los tiburones, o dispersado por el polvo de los años o perdido en el horno crematorio. Será como una nueva creación. No en vano los primeros cristianos la llamaban “paleo génesis” que significa precisamente eso: nueva creación.

Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos. Esta afirmación de San Pablo nos da la clave de la esperanza en la verdadera vida, en el tiempo y en la eternidad.

 

El camino corto a la Santidad:

conocer, amar e imitar a Jesucristo

 

Sin temer reducir el contenido de la santidad cristiana podemos afirmar que el principio práctico fundamental, que puede inspirar todo nuestro esfuerzo y actuación es el siguiente: conocer, amar, e imitar a Jesucristo.

 

Dios, en quien creemos, a quien amamos y en quien esperamos, es el que ha revelado a su Hijo Jesucristo; lo ha revelado en plenitud, haciéndose personalmente visible y encontrable por los hombres, Hombre Él mismo y a la vez el mismo Dios. Él es el punto de referencia concreto, la fuente de toda búsqueda de Dios, y el término de lo que buscamos. Él nos admite a la amistad con Dios; Él es Dios que nos busca para salvarnos y hacernos santos como Él es santo. En Él somos hijos del Padre, como Él es Hijo.

Con San Pablo el cristiano exclama: «No ha sido dado al hombre otro nombre bajo el cielo en el cual pueda salvarse». La predicación de los primeros apóstoles, tal como la leemos en los Hechos de los Apóstoles y en las cartas apostólicas, resume esta certeza, que para ellos era una evidencia, una luz clarísima: Jesucristo es el Salvador, Hijo de Dios, Dios mismo entre nosotros, el único que ha sido capaz a través de su cruz y resurrección de levantar al hombre del pecado y de la muerte y admitirlo a la vida divina, a la amistad con Dios.

San Juan termina su Evangelio diciendo que «estas cosas han sido escritas, para que vosotros creáis que Jesús es el Mesías y para que, creyendo tengáis vida en su nombre».

El Papa después de dos mil años no deja de recordarnos que abramos las puertas de nuestro corazón a Jesucristo, porque en Él se encuentra la salvación.

Por lo tanto de una manera práctica todo camino espiritual en el cristianismo se puede centrar en lo que es más esencial: conocer, amar e imitar a Jesucristo.

1.Conocer a Jesucristo

La primera necesidad es la de conocer cada día más a Jesucristo, hasta llegar a poseer íntimamente la ciencia y la sabiduría de Jesucristo. Es un conocimiento que significa llegar a pensar, querer y sentir como Jesucristo.

No es un conocimiento de un estudioso, adquirido en libros, con el raciocinio y de tipo especulativo. Es un conocimiento de experiencia espiritual, adquirida por medio de la fe y del amor a Jesucristo. Tal conocimiento es fruto más de la iluminación del Espíritu Santo que de nuestro esfuerzo personal, y se adquiere por gracia de Dios en la oración, en la lectura y reflexión sobre el Evangelio, en la relación personal del alma con Jesucristo, en las múltiples circunstancias de la vida.

Hay que proponerse alcanzar este conocimiento y a la vez con humildad saber esperar la gracia de Dios. No resignarse a vivir sin una experiencia personal del Señor, sin una clara conciencia de conocerle, y sin entender su ejemplo y su mensaje. Hay que merecer esta gracia con nuestro esfuerzo y perseverancia en la oración y en el sacrificio. Jesucristo no niega la gracia de revelarse al corazón que le busca con humildad.

2.Amar a Jesucristo

El mismo Espíritu Santo que nos revela el rostro de Jesús nos abre a su amor, nos hace saborear su amor maravilloso, suscitando una profunda y amorosa relación con El.

El amor a Jesucristo, cuando es verdadero, en la experiencia de los santos, tiene estas características:

a) es amor real

Es amor que se manifiesta no solamente en las palabras y en los deseos, sino sobre todo en las decisiones y en la conducta. La medida del amor es la vida: «si me amáis cumplís mis mandamientos», dijo el Señor. Los apóstoles nos recuerdan muchas veces en sus escritos que este amor es ante todo vida concreta.

b) es amor personal

Es amor que se dirige a la persona de Jesucristo, resucitado y viviente a la derecha del Padre, realmente intercesor para cada uno de nosotros, que sigue presente con su acción salvadora en el mundo por medio del Espíritu Santo. Una experiencia de encuentro con esta persona divina, que sepa reconocer y con la cual puedo dialogar, misteriosa, pero realmente. Sentir su amor personal hacia mí, y expresar mi amor personalmente a Él.

c) es amor apasionado

Es amor que envuelve todos los sectores de mi personalidad, y penetra todas las facultades, de tal manera que sea una verdadera “pasión”, que todo lo que haga en la vida sea con Él y para Él, y según Él. El amor de Cristo cuando es verdadero, es totalizante.

d) es amor fiel

Un amor que se renueva cada día, y que crece y madura en las circunstancias de la vida, sin venir a menos, ni caer en la rutina. Un amor que cada día se enamora de nuevo.

3.Imitar a Jesucristo

Cuando hablamos de las características del amor a Jesucristo ya mencionamos la necesidad de que no se quede en palabras y deseos, sino que baje a la vida, sea real. Es decir, cuando el amor a Cristo es verdadero induce a configurarse con Él, a imitarle en lo que Él es, en su manera de actuar y a aplicar los criterios de vida que son propios suyos. «Si quieres ser perfecto -dijo el Señor al joven que le admiraba y quería demostrarle su amor – ve, vende lo que tienes, luego ven y sígueme». Así Jesús invita a sus discípulos a seguirle (“Ven y sígueme”), y a compartir su mismo estilo de vida, y a imitarle.

Jesús muchas veces tiene que ser paciente, porque se da cuenta que sus discípulos no captan sus criterios, y con bondad vuelve a explicar y corregir los errores, hasta que logren imitarle.

Es la fuerza del Espíritu Santo, dijo Cristo a sus discípulos, la que nos ayuda a configurarnos con Cristo y poderle seguir en todo, poder obrar las mismas cosas que Él ha hecho y aún mayores.

Esto significa en concreto esforzarse seriamente (sabiendo que es la gracia de Dios la que puede lograr el resultado) en vivir como Cristo, en pensar, en sentir, en querer y en obrar como El.

Esta imitación paisa necesariamente por la cruz y la purificación: «quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame».

4.El amor a Jesucristo implica el amor a los hombres

El conocimiento, amor e imitación de Jesucristo, no se queda en un trabajo individual, de perfección personal. Jesucristo no se reduce a nuestro pequeño yo, sino que abarca a todos los hombres, y aún a toda la creación. Quien se acerca a Cristo de verdad, se siente implicado con este amor universal. Se abre con generosidad a los hermanos, y a todos los hombres y abraza a toda la creación con el amor de Dios. No lo hace de manera teórica, sino en un compromiso práctico de vivir amando y donándose a todos, especialmente a los que más podrán extender el Reino, a quienes luchan denodadamente por conquistar, formar y lanzar al apostolado, y a los más necesitados. Explica y entrega el amor de Dios a todos.

5.El ejemplo de María

María se puede poner como el ejemplo más acabado de conocimiento, amor e imitación de Jesucristo.

Especialmente podemos ver cómo María vivió todas las características esenciales del amor a Cristo, de una manera clara y excelente.

Para María el amor hacia Dios y hacia Jesucristo fue verdaderamente real: no podemos decir que María se perdió en palabras y discursos vanos. Ella comprometió su vida, actuó según la voluntad del Padre, y entregó todo su ser de una forma práctica a la misión redentora del Hijo, colaborando en todo lo que Dios le pidiera. Sus únicas palabras han sido registradas en orden a la acción y a la entrega. Ante el ángel que le pedía aceptar en su seno al Hijo de Dios, respondió: «hágase en mí según tu palabra». A los servidores durante la cena de Caná recomendó lo mismo: «Haced lo que Él os diga». Y cuando alaba a Dios, en el cántico del “Magnificat”, se alegra por las acciones maravillosas que el brazo poderoso de Dios ha hecho en favor de la salvación de los hombres. Para Ella amor real significó obediencia y disponibilidad total a la voluntad de Dios.

María vivó más que nadie un amor personal hacia Dios y su Hijo Jesucristo. Un amor tan personal que le permitió ser la persona de confianza de Dios, a la cual reveló a sí mismo en totalidad, moró en su ser como en ninguno más, se hizo Hijo de ella. Una relación tan especial que sólo Ella puede conocer. Es la relación personal, única que tiene el alma que está abierta a Cristo, que es de confianza de Cristo.

Esta relación personal le llevó a conocerle más allá de las formas oficiales, de las palabras, de la misma cultura y mentalidad de su tiempo. Los Israelitas de su tiempo no conocían a Dios de la manera como la Virgen le conoció, ni siquiera lo podían imaginar. Ha sido una relación personal, y tan verdadera que ella supo aceptar, confiar, que era auténtica, aun siendo la única que poseía tan gran secreto de Dios y de su Hijo Jesucristo.

La presencia auténtica, real y personal de Dios, de Jesucristo, le hizo superar la soledad tan total en se podía encontrar ante esa realidad revelada solamente a Ella. María recibiría un gran consuelo humano al ver como esa fe en Jesucristo Hijo de Dios, se iba revelando también a otros hombres, y que muchos más recibían la gracia de conocer la revelación que al comienzo llevó Ella sola como un secreto en su corazón.

María vivió un amor apasionado hacia su Hijo Jesucristo, porque le comprometió todas las fibras de su ser, hasta las más íntimas: su cuerpo, su mente, su corazón, su psicología, sus sentimientos y su fuerza pasional. Cuánto cambió su vida la presencia de Jesucristo, cuánto se dejó implicar totalmente con Él, con su misión; cuánto sufrió por Él y con Él; cuánto se alegró en su alma por Él, por su presencia, por su resurrección: «se alegra mi alma en Dios mi salvador».

María también fue fiel, siempre fiel, la más fiel. Dios pudo fiarse totalmente de Ella, y le confió lo más importante y delicado, a su mismo Hijo. Fiel hasta los pies de la Cruz, y fiel para siempre.

Además la presencia de un amor tan grande para con Dios en María, la abrió al amor infinito hacia los hombres: después de la anunciación se pone en seguida al servicio de su prima Isabel, a la cual anuncia la venida del Salvador, y le manifiesta su alegría porque Dios ha venido a salvar a los hombres; es decir su pensamiento se dirige a todos los demás. En Caná demuestra esta gran sensibilidad hacia las necesidades de los demás, y casi fuerza a su Hijo Jesucristo a demostrar la finalidad de su venida en este mundo: la salvación de los hombres. Y debajo de la Cruz, recibe del mismo Jesucristo la misión de ser Madre de todos los hombres, tarea que no deja de desempeñar con infinita solicitud.

María, llena de amor, no dejaba de asimilar las enseñanzas que recibía de Jesucristo, y cada día le conocía más. Y no dejaba de esforzarse para imitarle, para ser una verdadera discípula de su Hijo, a quien conocía bien como Hijo de Dios.

6.La humildad, la caridad, y el cumplimiento de la misión

Los puntos principales en que Jesucristo nos pide que le imitemos son la humildad y el amor de caridad vividos en el cumplimiento cabal de la misión. Los dos son opuestos al egoísmo, porque la humildad es la muerte del propio yo egoísta, del hombre viejo, del hombre de pecado, de la soberbia. Mientras que la caridad es la entrega a Dios y a los hombres.

Estas virtudes constituyen, en pocas palabras la senda principal de toda santidad. No podemos imaginar a un santo soberbio, ni a un santo egoísta y cerrado a los demás. Donde quiera que haya algo de Dios y de Jesucristo, deben estar estas dos virtudes. Puede que haya muchos más defectos, pero estas dos virtudes garantizan la presencia de Dios, e incluso favorecen la superación de los demás defectos. La santidad no es la autoperfección, sino el desprendimiento de sí mismos para entregarse a Dios y al prójimo. Cuando Jesucristo nos dijo que le imitáramos lo expresó con estas palabras: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

a) La humildad y el amor en Jesucristo

Jesucristo es el modelo más grande de humildad:

-En la encarnación hay un misterio grande de humildad y de amor. San Pablo cuando escribe a los Filipenses, para animarlos a vivir la caridad entre ellos y practicar la humildad, les pone el ejemplo de Jesucristo, que cuando se hizo hombre por amor nuestro, por nuestra salvación se puso a nuestro servicio, pensó más en nosotros que en Él mismo, nos consideró más que a Él mismo. La humildad y el amor son dos facetas de la misma actitud. Dice así San Pablo:

«No hagáis nada por rivalidad y vanagloria; sed, por el contrario humildes y considerad a los demás superiores a vosotros mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás. Tened pues los sentimientos que corresponden a los que están unidos a Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina, no consideró como cosa codiciable el ser igual a Dios. Al contrario, se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo, y se hizo semejante a los hombres. Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». (Fil. 2,3-8)

Esta humildad y este amor, en el acto de la encarnación de Cristo, están dirigidos por supuesto en primer lugar a Dios Padre, en cuanto Hijo de Dios e hijo del hombre, y en este contexto de amor y sometimiento al Padre realiza el amor, sometimiento y servicio a los hombres. El que se rebela y es soberbio hacia Dios, difícilmente sirve y ama a los hombres, si no es por algún interés personal. El amor y respeto verdadero hacia todo hombre nacen solamente del alma desprendida y llena de Dios. Esta actitud hacia el Padre, ha sido recogida en las palabras de la carta a los Hebreos:

«Por eso al entrar en este mundo, dice Cristo: no has querido sacrificio ni ofrenda, pero me has formado un cuerpo; no has aceptado holocaustos ni sacrificios expiatorios. Entonces yo dije: Aquí vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad. Así está escrito de mí en el capítulo del libro… Por haber cumplido la voluntad de Dios, y gracias a la ofrenda que Jesucristo ha hecho de su cuerpo una vez para siempre, nosotros hemos quedado consagrados a Dios» (Heb 10, 5-7.10).

Las circunstancias de su nacimiento hablan claramente de esta elección de humildad, desprendimiento y servicio al hombre: «no vine a ser servido, sino a servir», dirá Jesús mismo a sus discípulos. No quiso para sí ni honores ni comodidades. Sólo un poco de paja. Pero resplandeció como luz de cometa en la noche de la oscuridad de este mundo.

-La humildad y la caridad brillaron de manera especial, en su pasión y muerte. San Juan nos dice que Jesucristo era perfectamente consciente de enfrentarse a la muerte de cruz, y lo quiso hacer por amor, sabiendo que así, según una eficacia divina que supera nuestras posibilidades de explicación, liberaría a la humanidad del pecado y de la muerte y entregaría la vida divina a cada nombre. «Jesús sabía que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre: Y él, que había amado a los suyos, que estaban en el mundo, llevó su amor hasta el fin» (Jn 13,1).
Su aniquilación en la muerte es el signo supremo, más intenso, el esfuerzo de amor más total que tuvo Cristo hacia la humanidad.

b) Jesucristo cumplió así su misión

Leemos en los Evangelios que estando Cristo crucificado, los fariseos y la gente le gritaba que demostrara su poder bajando de la cruz. Allí Él superó toda tentación de soberbia, de vanagloria, de poder para sí, y eligió una vez más su rebajamiento para cumplir la misión que el Padre le había señalado y servir. Él hubiera podido hacerlo, tanto que los mismos fariseos lo reconocían, puesto que había resuelto situaciones aún más difíciles para otros, como resucitar muertos. Y en esa misma circunstancia Jesucristo tiene palabras de perdón hacia los que lo están crucificando: «Padre perdónales, porque no saben lo que hacen». Y al ladrón que estaba crucificado al lado suyo, que representaba a la humanidad pecadora, le perdona todos sus pecados y le abre las puertas de la felicidad eterna. Para eso Él estaba muriendo, por amor, para salvar, para dar vida a los muertos.

Y más que nunca su sometimiento y su amor es ante todo hacia el Padre, a quien está obedeciendo para realizar el plan de salvación de los hombres, y en las manos del cual se abandona confiadamente: «Padre no se haga mi voluntad, sino la tuya»; «Padre en tus manos encomiendo mi espíritu»; «Todo está cumplido».
Es este sometimiento y este amor al Padre la raíz de todo amor a los hombres, del servicio y estima de sus hermanos los hombres hasta la entrega de su vida.

Considerando la humildad y la caridad que Jesucristo vive obedeciendo al Padre y cumpliendo así su misión de Redentor, estamos ante el núcleo de su mensaje, de lo que Él quiso expresar con su vida y sus palabras, cuando estuvo entre nosotros. Y esto es el núcleo de la santidad cristiana: conocimiento, amor e imitación de Cristo. Imitación en la caridad y en la humildad y en el cumplimiento de la misión.

 
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Por la Tierra de Jesús

Doce días en Tierra Santa

 

(Doce días en Tierra Santa)

1. Palestina es un trapecio de 240 kms. de norte a sur, y cuyas bases miden 50 y 100 kms. de menos a más. Son 25.000 kilómetros cuadrados: la mitad de Aragón. En este pequeño territorio han ocurrido acontecimientos que han transformado a la Humanidad. Ningún otro lugar de la Tierra ha sido testigo de la Encarnación, Muerte y Resurrección del Dios-Hombre. Palestina es un puente entre tres continentes, y punto de fusión del Oriente y Occidente, de lo antiguo y de lo moderno. Palestina interesa hoy a las tres grandes religiones monoteístas: el cristianismo, el judaísmo y el Islam.

Para los cristianos es la tierra de Jesús. Para los judíos es la Tierra Prometida de la Biblia. Y para los musulmanes es la tierra de donde creen que Mahoma subió a los cielos en un caballo blanco. La Tierra Prometida que conquistó Josué, ha sido luego invadida por los filisteos, asirios, babilonios, seléucidas, romanos, bizantinos, persas, musulmanes, cruzados, mamelucos de Egipto, y finalmente por el Imperio otomano turco, que ocupó Palestina durante cuatro siglos. Después de la primera guerra mundial pasó al mandato británico, y en 1948 la ONU la repartió entre árabes y judíos.

Por Galilea

2. Nazaret en tiempos de Jesús era insignificante. Tendría 150 habitantes. Hoy es una ciudad moderna que tiene 35.000, en su mayor parte árabes-cristianos. Esta basílica de la Anunciación sobre lo que fue la casa de María se concluyó en 1969. La cúpula tiene 57 metros de altura y 18 de diámetro. Bajo sus cimientos hay restos contemporáneos de Jesús. En la roca excavada han aparecido cisternas, silos, etc. Incluso el taller de San José. Según el padre franciscano Guardián de la Basílica, la visitan por término medio, mil personas al día.

3.Delante del altar de la gruta se lee: «Aquí el Verbo se hizo carne. Aquí oyó María el anuncio del ángel. Aquí tuvo lugar el momento más trascendental de la Historia: el «SÍ» de María que nos trajo la redención de la Humanidad. Aquí le dijo el ángel que su Hijo, obra del Espíritu Santo, heredaría el trono de David, su padre. Esta afirmación hay que entenderla con toda precisión.

Según un trabajo del padre jesuita Sebastián Bartina, catedrático de Ciencias Bíblicas, que ha publicado en la Revista de Estudios Josefinos, San José era el heredero legal del rey David. Por ser descendiente directo, le correspondían los derechos reales. La familia real de José fue a esconderse a Nazaret, huyendo de Herodes, el usurpador del trono, que no era de raza judía, sino idumeo. Al ser Jesús hijo legal de José, era Rey de Israel, no sólo espiritualmente, sino también legalmente.

Providencialmente Pilatos mantuvo, contra el parecer de los fariseos, el letrero de la cruz que decía: «Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Recordó que así lo había afirmado Jesús cuando él se lo preguntó. Aunque le aclaró que su Reino no es de este mundo; pues vino, no a reclamar la Corona de Israel, sino a ofrecernos a todos el Reino de los Cielos.

4. Sinagoga de Nazaret. En la sinagoga no había altar, pues no era lugar de culto, como el Templo de Jerusalén. Tan sólo tenía un armario con los textos de la Biblia para la oración en las asambleas de los sábados. En la sinagoga de Nazaret afirmó Jesús que nadie es profeta en su pueblo. Los judíos despechados quisieron despeñarle por un barranco, de trescientos metros, sobre el valle de Esdrelón, pero no pudieron. Jesús los electrizó con su mirada y pasó tranquilo entre ellos. No había llegado su hora.

5. Cafarnaún, a 4 Km de la desembocadura del Jordán en el Mar de Galilea, en los tiempos de Jesús era una ciudad próspera y floreciente, centro comercial de toda la comarca. Aquí era Mateo recaudador de impuestos. Aquí se reunían para sus negocios mercaderes de toda la orilla del lago. Era un sitio ideal para que Jesús difundiera su doctrina. Por eso lo escogió como centro de sus actividades apostólicas durante más de dos años. Con razón puede considerarse a Cafarnaún como su segunda patria chica. El Evangelio le llama «su» ciudad.

Cerca de Cafarnaún pasaba la Vía del Mar que desde tiempos remotos unía Mesopotamia con Egipto. Los romanos la modernizaron. Se llamaba Vía del Mar porque iba bordeando la costa mediterránea hasta lo que hoy es el Canal de Suez. Tenía ramificaciones que iban a todas partes. Al ser centro de comunicaciones era un buen lugar para que Jesús lo hiciera centro de sus actividades apostólicas.

Jesús se alojó en la casa de San Pedro. En ella curó a la suegra de Pedro de un fuerte ataque de fiebre. La fiebre era muy temida en la antigüedad, pues con frecuencia era la anunciadora de la muerte. La fiebre alta podía ser indicio de disentería, paludismo, etc.

La casa de Pedro estaba en la Calle Mayor de Cafarnaún, entre la sinagoga y la orilla del lago, equidistante de una y otra cincuenta metros, y en la misma acera de la sinagoga. Tenía un patio interior al que daban las habitaciones. Había una que fue objeto de culto a través de los siglos. Probablemente la que utilizó Jesús. Delante de la puerta de la casa hay una rotonda y una escalera exterior a la casa por la que subieron a la azotea los que descolgaron al paralítico delante de Jesús. Sobre los muros de la casa de Pedro, en el siglo V, se edificó una basílica octagonal que ha proporcionado 131 inscripciones, en varias lenguas, con invocaciones a Jesús y a Pedro. Fragmentos de platos encontrados en viviendas contiguas llevan grabada la señal de la cruz. Bajo el pavimento de la «Casa de Pedro» se han encontrado anzuelos de pescar.

6. Parece cierto que esta monumental sinagoga de Cafarnaún, del siglo IV, fue edificada encima de la del tiempo de Jesús, construida por el centurión romano que mandaba la guarnición que custodiaba el puerto y la ciudad. Este centurión pronunció las palabras «Señor, yo no soy digno de…” que la Iglesia repite en todas las misas antes de la Sagrada Comunión.

La sinagoga del siglo IV se hizo con piedra blanca. La del siglo I, sobre la que fue ésta construida, era de piedra basáltica de color negro. Las dos tienen la misma estructura de tres naves. Posiblemente entre estas piedras alguna conoció a Jesús. Él predicó repetidas veces en la sinagoga de Cafarnaún, pero el gentío que acudía a escucharle no cabía en la sinagoga, y tenía que predicar al aire libre, en la apacible orilla del Mar de Galilea.

En los días de Jesús, en Cafarnaún se fundía el vidrio. Toda una vajilla de cristal, hasta catorce piezas, fue hallada en 1984 por los arqueólogos franciscanos Corvo y Loffreda. Datada con seguridad como del siglo I, quizás se utilizara en el banquete con que el publicano Mateo obsequió a Jesús.

7. El Mar de Galilea tiene una extensión de 21 por 12 Km y 45 metros de profundidad. Está a 212 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo y su perímetro es de 60 Km. Es fácil a tormentas repentinas provocadas por vientos furiosos que levantan olas violentas. Sus aguas cristalinas tienen gran abundancia de peces.

El paisaje de sus orillas es encantador, lleno de flores y vegetación. Galilea es una zona muy fértil. Las orillas del lago y sus mismas aguas fueron escenario de numerosos episodios evangélicos, entre otros aquel en que encarga a Pedro la responsabilidad de gobernar la Iglesia.

Fue en esta costa del Mar de Galilea donde Simón encontró la moneda en la boca del pez, que ahora se denomina «pez de San Pedro. La barca de Pedro llevó con frecuencia a Jesús. Los cuatro Evangelios la nombran hasta 34 veces. Una y otra vez zarpó hasta la costa oriental con Jesús a bordo. Sería semejante a la aparecida en 1986 en el Mar de Galilea conteniendo una lámpara y una olla de nuestro siglo I. Sometida su madera a la prueba del carbono-14, se ha confirmado que su antigüedad se remonta al siglo I. Su madera es de árboles que se cortaron el año 40 antes de Cristo. Sus dimensiones son de 12 x 2,5 metros.

8. El Santuario de las Bienaventuranzas está situado en una suave, verde y tranquila colina junto al Mar de Galilea, tiene forma octogonal en memoria de las ocho Bienaventuranzas.

Las Bienaventuranzas son un programa desconcertante. Son la exaltación de los valores que el mundo desprecia. Predica la pobreza a un mundo que busca la riqueza; la mansedumbre a un mundo que practica la violencia; la persecución a un mundo que ama el poder; la limpieza de corazón a un mundo que adora el sexo, etc., etc.

Jesús quiere un «hombre nuevo» regido por valores distintos a los del mundo, que comete injusticias en nombre de la justicia; que pregona la libertad y se la niega a los que no piensan igual que él; que denuncia en los demás, lo que se tolera a sí mismo; que habla de «servir» y se aprovecha de todo para sí mismo; que reduce el amor al sexo egoísta. Cristo es la Verdad frente a la mentira, la Virtud frente al egoísmo.

Si para algunos Cristo era solamente un Salvador de almas, otros lo quieren reducir a un caudillo político o reformador social. Cristo es totalizador. Quiere la virtud en los corazones y la rectitud en la sociedad. Cristo afirmó que no bastan las exterioridades, Él quiere el sometimiento del entendimiento a la verdad de su mensaje, y de la voluntad a sus normas morales.

La ciudad de Tiberíades da su nombre al Mar de Galilea. También se llama Lago de Genesaret por su forma de tortuga. Tiberíades, fue fundada en honor del emperador Tiberio por el tetrarca Herodes Antipas, el que asesinó a San Juan Bautista y se burló de Jesús, era hijo de Herodes el Grande, el que mató a los inocentes. Herodes Antipas hizo a Tiberíades capital de su tetrarquía.

Hoy es una ciudad moderna y uno de los lugares preferidos para el turismo invernal en Israel. Es un lugar de excepcional hermosura, y ciudad santa para los judíos. Aquí se han enterrado muchos judíos ilustres, entre ellos Maimónides, gran filósofo y médico, que nació en Córdoba trece años antes que fuera conquistada por los almohades y murió en El Cairo en 1204.

9. Caná, 7 Km. al norte de Nazaret, cuenta 10.000 habitantes de los que dos mil y pico son cristianos. La iglesia de la casa de las bodas fue reconstruida en el siglo pasado. En la cripta del pequeño santuario está señalado el sitio del banquete nupcial, y donde estuvieron las tinajas con seiscientos litros de agua que Jesús convirtió en vino. Esta sobreabundancia es signo de la generosidad con que Dios nos derrama sus dones. La intercesión de María adelantó la hora de Jesús. La presencia de Jesús y María en las bodas de Caná fue una bendición. Si ellos dos estuvieran presentes en muchos hogares las cosas irían mejor. Las virtudes cristianas ayudan a la felicidad también en esta vida.

10. 11. 12. 13. A 7 Km de Nazaret, está el Monte Tabor, con sus ochocientos metros de altura sobre el Mar de Galilea. Es un monte aislado, en la preciosa llanura de Esdrelón, con abundancia de lirios, azucenas y amapolas, que fue testigo de importantes batallas en la historia de Israel. En la cumbre hay una bella basílica a la que se sube por una empinada, estrecha, serpenteante y peligrosa carretera.

En la Basílica, de 1924, cuyas artísticas cristaleras le dan una gran luminosidad, todo evoca la Transfiguración del Señor. Cristo se llevó consigo sus tres discípulos predilectos que testimoniaran el hecho, según la ley judía, que exigía tres testigos. En este monte, el fulgor de la Divinidad de Jesús resplandeció a través de su humanidad. No fue éste un milagro episódico. Sí fue milagro permanente que la divinidad de Jesús estuviera oculta bajo la humanidad a los ojos de los hombres.

Por Samaría

14. En Siquén está el pozo de Jacob. Lo cavó hace 3.700 años. Tiene 35 metros de profundidad con un agua limpia y fresca. Junto al brocal de este pozo tuvo lugar el bello diálogo de Jesús con la Samaritana. Aquí, por primera vez, afirmó Jesús claramente: “Yo soy el Mesías”. Es el lugar de Samaría que más visitan los cristianos,

Por Judea

15. Ain Karén, está a 7 Km de Jerusalén, y a 150 Km de Nazaret, en la ladera de un pequeño valle con praderas sembradas de frutales, olivares y viñedos. Aquí vino María Santísima a visitar a su prima Santa Isabel para ayudarla en el nacimiento de San Juan Bautista.

16. La iglesia de la Visitación recuerda el cántico del Magníficat, legible en cuarenta y dos lenguas grabadas en cerámicas. Confirma aquello de que «todas las generaciones me llamarán Bienaventurada.

17. Belén está a 9 Km al sur de Jerusalén y a 700 metros de altitud. El invierno en Belén es frío y lluvioso, por eso abundan las cuevas utilizadas por los pastores como refugios para los ganados. En tiempos de Jesús tendría unos mil habitantes. Hoy tiene más de 30.000. El 80% son árabes-cristianos. Aquí la misa se dice en árabe. Belén existía 1400 años antes de Cristo. Es el pueblo donde nació el rey David. Por eso vinieron José y María a empadronarse a Belén, al pueblo de sus antepasados. A pie, y al paso de un asnillo en el que iría montada María, próxima a dar a luz, el viaje duró tres o cuatro días.

18. En la cueva donde los pastores hallaron al Niño envuelto en pañales, el lugar exacto del Nacimiento está hoy señalado con una estrella de plata procedente de España, fabricada en 1717, que lleva esta inscripción en latín: «Aquí nació Jesús de la Virgen María.

19. La Basílica de la Natividad, construida por Constantino, mide 60 metros de longitud por 30 de anchura. Cuatro filas de columnas de piedra roja de seis metros de altura, la dividen en cinco naves. Bajo el suelo de la nave central pueden observarse hermosos mosaicos de la iglesia constantiniana. Bajo el presbiterio, en la gruta, una estrella señala el lugar en el que vino al mundo el Salvador.

20. Una cueva próxima a la del Nacimiento, fue habitada durante 34 años por el gran literato penitente y escriturista San Jerónimo. Aquí San Jerónimo escribió la Biblia Vulgata, que es la traducción al latín popular de los textos originales, hebreo, arameo y griego. En el jardín de la basílica se encuentra esta estatua de San Jerónimo.

21. Seis kms. al este de Belén está la fortaleza del Herodium, que Herodes el Grande construyó en el cráter de un volcán para enterramiento suyo. De aquí saldrían los soldados de Herodes que en Belén y su comarca degollaron a los niños menores de dos años. Los niños degollados en Belén debieron ser entre veinte y treinta.

22. Jericó está en un fértil oasis de perfumadas huertas. Emplazado a 16 Km de la desembocadura del río Jordán en el Mar Muerto. Este río nace de cuatro fuentes alimentadas con las nieves perpetuas del Hermón, monte de 3.000 metros de altura.

Une el Mar de Galilea con el Mar Muerto. En línea recta son cien kilómetros, pero con sus revueltas el Jordán recorre trescientos. Herodes el Grande tenía aquí su residencia de invierno y aquí murió. En Jericó residía la aristocracia de Jerusalén. Tenía hipódromo, gimnasio, anfiteatro y numerosas villas con jardines. Jericó es la ciudad más antigua de la Tierra. Los arqueólogos han demostrado que aquí había vida urbana 7.000 años antes de Cristo, como se deduce de las pruebas realizadas con el carbono-14 en las excavaciones de Miss Kenyon en 1957. Se han descubierto diecisiete murallas superpuestas.

23. A un sicómoro parecido a éste se subió Zaqueo, pequeño de estatura, para poder ver a Jesús, que pasaba rodeado de gente. Por Jericó pasó Jesús varias veces en su ir y venir de Galilea a Jerusalén. EI interés de Zaqueo por conocer a Jesús fue el principio de su salvación.

24. El Mar Muerto tiene una extensión de 85 por 15 Km y 400 metros de profundidad. A 400 metros bajo el nivel del Mar Mediterráneo, es el punto más bajo de la superficie terrestre. Aunque el Mar Muerto no tiene salida, no sube el nivel debido a la evaporación.

El enorme calor llega a veces a los 500° centígrados. Cada año se evaporan aquí 2.000 millones de metros cúbicos de agua. A esto se debe su concentración salina del 25%, mientras que la del Mediterráneo no llega al 4%. La excesiva salinidad de estas aguas hace imposible la vida de plantas y peces, y resulta peligroso el bañarse en ellas. No debe tragarse agua ni mojarse los ojos. Por eso es preferible sólo flotar de espaldas, que es la posición más recomendada. Los científicos israelíes estudian el modo de sacar energía eléctrica del Mar Muerto.

25. Masada. Esta fortaleza con una extensión de 200 por 1.000 metros se yergue en el desierto de Judea, en la orilla occidental del Mar Muerto. Aquí se construyó Herodes una espléndida mansión. Para los judíos es símbolo de valentía y heroísmo. Fue el último reducto de la primera rebelión judía contra la dominación romana. Sus paredes rocosas alcanzan 300 metros de altura.

Flavio Silva la conquistó el año 73 de nuestra Era, después de asediarla con 10.000 hombres durante tres años. Para asaltarla tuvo que construir una gigantesca rampa. De los mil judíos que allí había, sólo halló vivos a siete, dos mujeres y cinco niños. Los demás prefirieron morir a rendirse. Así lo cuenta el historiador Flavio Josefo en su libro “Antigüedades de los judíos”.

26. Qumrán, 800 metros al oeste del Mar Muerto, suena en el mundo por la comunidad de esenios, monjes contemporáneos de Jesús. Las cuevas descubiertas casualmente en 1946 por un pastor beduino llamado Mohamed Ed Dib, «El Lobo», han proporcionado documentos interesantísimos. Se trata de una biblioteca ocultada por los esenios, para salvarla de la destrucción, antes de abandonar el lugar al ejército romano.

En once cuevas han aparecido 600 volúmenes de la biblioteca de los esenios. Los pergaminos de estos manuscritos del Qumrán han proporcionado casi todos los libros del Antiguo Testamento. Incluso parece que en la cueva séptima de las once estudiadas, han aparecido fragmentos del Evangelio de Marcos, estudiados por el padre jesuita español José O´Callaghan. En el «Santuario del Libro», en Jerusalén, se expone el libro completo del Profeta lacias. Fue el hallazgo cumbre de la cueva primera.

27. Se conservan muchas ruinas del monasterio esenio: conducciones para la traída del agua, cisternas revocadas, silos, hornos, cementerio y establo, el comedor de la comunidad, y el escritorio en el que copiaban los libros del Antiguo Testamento y componían los propios. En este escritorio han aparecido hasta tinteros con la tinta seca. Poseemos las profecías mesiánicas en textos escritos materialmente siglos antes de Jesús.

28. El ascenso de Jericó a Jerusalén salva un desnivel de más de mil metros y una distancia de 36 kms. a través del desierto de Judea, no arenoso, sino calcáreo. Es como un mar ondulante de colinas erosionadas y resecas. A mitad de camino entre Jericó y Jerusalén está la Posada del Buen Samaritano.

29. En Betania, a 3 Km de Jerusalén, solía Jesús aceptar la hospitalidad de los hermanos Marta, María y Lázaro. Jesús resucitó a Lázaro cuatro días después de su muerte: cuando ya hedía. Fue éste uno de los milagros más importantes que hizo Jesús para probar su divinidad, A la cámara sepulcral se desciende por veinticuatro escalones resbaladizos, un vestíbulo mohoso, y un túnel corto, enano y estrecho.

En Jerusalén

30. Jerusalén está a 800 metros sobre el nivel del mar, en la cordillera que recorre Palestina de norte a sur. Como una espina dorsal. Jerusalén es citada en la Biblia en tiempos de Abrahán bajo el nombre de Salén, 1900 años antes de Cristo. David establece en ella la capital de su reino de Judá, 1000 años antes de Cristo. Pompeyo la conquistó para Roma el año 63 antes de Cristo.

31. A la piscina de Siloé, de 4 por 16 metros, en la que desemboca el túnel-canal de más de medio kilómetro perforado en la roca por Ezequías 700 años antes de Cristo, remitió Jesús al ciego de nacimiento para que se lavase del lodo con el que le había ungido los ojos. Esta piscina se alimenta con las aguas que brotan de la fuente intermitente de Guijón.

32. En la piscina de Bethesda, llamada también la de «la puerta de las ovejas» o «probática piscina» por el nombre de oveja en griego, curó Jesús al que estaba paralítico desde hacía 38 años. Está alimentada por las aguas de una fuente intermitente, como la piscina de Siloé.

La piscina de Bethesda se llamaba la de los cinco pórticos, por ser un cuadrilátero de 120 por 60 metros, con corredores cubiertos en los cuatro lados y otro transversal que la dividía en dos.

33. El templo de Santa Ana es uno de los templos más hermosos construidos por los cruzados. Todo él es de piedra. Fue edificado sobre la casa de Joaquín y Ana, cerca del templo. La cripta venera «según la tradición» el nacimiento de la Santísima Virgen. Aquí tendría lugar la Concepción Inmaculada de María.

34. El templo de Jerusalén, construido por Salomón mil años antes de Cristo, fue destruido por Nabucodonosor «rey de Babilonia» el año 587 antes de Cristo. Los habitantes de Jerusalén fueron entonces deportados a Babilonia. Reconstruido por Zorobabel al volver de la cautividad, y engrandecido por Herodes, ardió en la toma de Jerusalén por Tito el año 70 de nuestra Era.

Del templo de Herodes sólo quedan en pie los murallones y la gran explanada. La parte superior de los muros está reconstruida. Se nota que las piedras son más pequeñas. La base está 15 metros por debajo del plano actual. Las destrucciones lo han rellenado de escombros como demuestran las excavaciones. Ante el muro occidental los judíos oran y lloran su historia. Por eso se le llama el «Muro de las Lamentaciones.

35. En su explanada están hoy las mezquitas de El Aksa y la de Omar, que es una joya arquitectónica, cuya cúpula dorada tiene 60 m. de diámetro y 30 de altura. Se la llama también el Santuario de la Roca, pues contiene el altar de los holocaustos del templo de Salomón, y la piedra sobre la que Abrahán 1.900 años antes de Cristo iba a sacrificar a su hijo Isaac en el Monte Moria, que es el nombre de esta.colina, una de las cinco sobre las que está asentada Jerusalén. Los musulmanes creen que de esta piedra subió al cielo Mahoma en un caballo blanco.

36. Getsemaní es uno de los lugares más devotos de la cristiandad. Cuando nos sintamos solos, abandonados, traicionados, angustiados, recordemos que aquí Jesús pasó por todo esto, y lo aceptó sobrenaturalmente.

Getsemaní significa «molino de aceite», lo que hace pensar que el propietario de este huerto, amigo de Jesús, quizás la familia de Marcos el evangelista, tuviera aquí un molino de aceite. Todavía se conservan ocho olivos seculares. Dos de ellos tienen el tronco tan grueso que para abrazarlo hacen falta seis personas en cadena. Algunos botánicos opinan que pueden tener 3.000 años. Estos olivos pudieron ser testigos del beso de Judas. Todos nos indignamos, y con razón, de este beso traidor. Pero quizás nosotros hemos traicionado a Jesús por menos de treinta monedas.

En el presbiterio de la basílica hay una roca de 8 por 4 metros que la tradición señala como el lugar del sudor de sangre. Sobre esta roca cayeron las gotas de sangre del sudor de Cristo. Está rodeada por una artística guirnalda de hierro forjado, en forma de corona de espinas. El sudor de sangre de Jesús en Getsemaní tiene una doble causa. Primero, el espanto de los dolores físicos de la Pasión que se le venía encima. Pero, además, el dolor moral de ver la inutilidad de su Redención para muchos que la rechazarían para elegir el pecado y la condenación eterna.

Esta basílica fue inaugurada el 15 de julio de 1924. Se llama de «Las naciones» por las dieciséis naciones que donaron fondos para su construcción, cuyos escudos están en la fachada principal del templo. Está edificada sobre la que construyeron los cruzados en el siglo XII, y que a su vez se hizo sobre la primitiva bizantina. En el interior aparece en el suelo, bajo un cristal, restos de un mosaico bizantino.

En la ladera del Monte de los Olivos existe una cueva donde, según la tradición, enseñó Jesús el Padrenuestro a sus discípulos. Allí levantaron una basílica Constantino y Elena, según cuenta Eusebio de Cesarea, el mejor historiador de los primeros años del cristianismo. Desaparecida esta basílica, hoy existe un convento de monjas carmelitas en cuyo claustro hay una colección de azulejos en los que está escrito el Padrenuestro en sesenta idiomas.

37, 38 y 39. Conocemos con exactitud dónde estuvo el palacio de Caifás. Se sitúa donde está el actual templo de «San Pedro en el Canto del Gallo», en memoria de las tres negaciones de Pedro, por meterse en la tentación en casa del Sumo Sacerdote. Fue construido en 1931. Aquí respondió Jesús a Caifás que le preguntaba sobre su divinidad: «Tú lo has dicho», que es un modo de hablar que significa: «Así es como tú dices.

Algunos quieren rebajar la divinidad de Cristo. Para ellos Jesús sería un hombre «divinizado» en sentido afectivo, no efectivo. Por eso en lugar de hablar de la divinidad «de» Cristo, prefieren hablar de la presencia de la divinidad «en» Cristo. Como si Cristo no fuera verdadero Dios, sino tan sólo un hombre en el que Dios resplandeció de modo excepcional. Pero si leemos el Evangelio sin prejuicios, como dice Greeley, está claro que Cristo se siente unido al Padre de un modo excepcional y único. «Quien me ve a Mí ve al Padre», pone San Juan en boca de Jesús. (Jn. 14:9).

Es más, Jesús se siente con autoridad para cambiar el Antiguo Testamento. Los profetas de la antigüedad apoyaban sus palabras en la autoridad de Dios. Decían: «Así habla el Señor. Jesús habla en nombre propio y se atreve a corregir la ley mosaica, por considerarse superior a ella. Habla por derecho propio: «Se dijo a los antiguos, pero Yo os digo…”.

Junto a los restos del palacio de Caifás está la mazmorra donde encerraron a Jesús después de prenderle en Getsemaní. La mazmorra donde estuvo Jesús está totalmente excavada en la roca, y no tiene más entrada de luz que el agujero circular de arriba, llamado «la boca del león», pues muchos que entraban por ella no volvían a salir vivos. Por este orificio se descolgaba con sogas al preso. La profundidad es de seis metros y el diámetro en la base de cuatro. Quizás en esta mazmorra estuviera también encerrado algún malhechor.

Probablemente habría excrementos humanos y restos de comida podrida. Y por supuesto, un hedor insoportable, pues no había más ventilación que el agujero de arriba. Actualmente hay investigadores, que siguiendo el calendario litúrgico de Qumrán, afirman que la Última Cena fue el martes y no el jueves. Así quedaría un tiempo más amplio para desarrollar los sucesos que ocurrieron entre la Cena y el Calvario. En este caso, Jesús estuvo en esta mazmorra el miércoles y el jueves. De hecho, según una antigua tradición, los cristianos al principio celebraban la última cena el martes. Después, por razonas prácticas litúrgicas se pasó al jueves. Hay una antigua tradición cristiana que señala el martes como día de penitencia en memoria del día que prendieron a Jesús.

40. En el Pretorio se tuvo el interrogatorio del Procurador Poncio Pilato, al final del cual entregó a Jesús a la muerte, después de haber repetido varias veces que era inocente.

Aquí está el «Litóstrotos. Es el mismo suelo que pisó Jesús y donde fue agotado. Es un patio enlosado formado por mil setecientas losas grandes de piedra rojiza, que cubren más de dos mil metros cuadrados del patio principal de la Torre Antonia, donde vivía Pilatos. Algunas losas están grabadas con juegos de azar a base de dados, similares al actual de la oca, que usaban los soldados. Con ellos se jugaban hasta la paga. El jugarse la túnica de Jesús se debió a una costumbre habitual en ellos.

41. El trayecto del Vía Crucis es de setecientos metros, pero se hacen larguísimos, sobre todo en algunos tramos muy empinados, y máxime en el estado que se hallaba Jesús después de la flagelación y con el madero a cuestas, que pesaba unos sesenta kilos. Probablemente Jesús cargó sólo con el madero horizontal. El madero vertical estaba clavado en el lugar del sacrificio. A su estado físico se unía el sufrimiento moral al encontrarse con su Madre en la Cuarta Estación. Madre e Hijo se miraron: en ambos corazones aumentó el dolor con el dolor del otro.

42. En el interior de la Basílica del Santo Sepulcro están el Calvario y a cuarenta metros, la tumba de Jesús. El P. Vicent, famoso arqueólogo palestinense, dice que «la autenticidad del Calvario y del Santo Sepulcro está dotada de las mejores garantías de certeza. El emperador Adriano erigió sobre el Gólgota un templo a Venus para sustituir el culto cristiano por el pagano.

El Calvario es una protuberancia rocosa que se alza seis metros sobre el plano de la entrada a la Basílica. A su aspecto de calavera se debe su nombre de Calvario. Levantado aquí en la cruz, patíbulo propio de malhechores y esclavos, pronunció Jesús sus Siete Palabras. Entre ellas aquella enigmática en que rezando el salmo 21 se queja al Padre de su espantosa situación. Después «dando una voz, expiró.

Un soldado, con su lanza, le abrió el corazón. El corazón de Cristo quedó abierto para siempre esperando nuestro amor. Así describe la crucifixión un cirujano. Se trata del Dr. Barbet, Cirujano del Hospital de San José de París:

La crucifixión empieza. No será muy complicada. Los verdugos conocen su oficio. Se comenzará desnudándole. El manto superior no presentará ninguna dificultad, pero la túnica se ha adherido íntimamente a las llagas. Por así decirlo, se ha pegado a todo su cuerpo, y este despojo es simplemente atroz, ¿Ha quitado Vd. una venda puesta inmediatamente a una herida que se había secado? ¿Vd. mismo ha tenido que sufrir esta operación, que en más de un caso exige anestesia? Entonces podrá entender algo de lo ocurrido a Cristo.

Cada hilo de lana se ha hecho una cosa con la superficie desnuda y al arrancarlo lleva consigo innumerables terminaciones nerviosas dejadas al aire en la herida. Estos millares de «shocks» dolorosos se aumentan y multiplican, aumentando cada uno la sensibilidad externa del sistema nervioso.

No se trata de una lesión local, sino de casi toda la superficie del cuerpo, y sobre todo, de su desgarrada espalda. Los verdugos, proceden rudamente. Pero, ¿cómo ese dolor agudo, atroz, no le produce un síncope? Los verdugos miden. Una vuelta de taladro para abrir el agujero a los clavos, y la horrible operación comienza. Uno de los ayudantes alcanza uno de los brazos con la palma hacia arriba. El verdugo toma el clavo. Un largo clavo puntiagudo, que en la parte cercana a la cabeza mide más de ocho milímetros. Lo apoya sobre la muñeca, en la hendidura que él bien conoce. Un solo golpe de su grueso martillo: el clavo ha entrado en la madera. Dos golpes más y quedará fijo sólidamente.

Jesús no gritó, pero su rostro se contrajo horriblemente. Yo he visto en ese instante su dedo pulgar, con un movimiento violento, nervioso, doblarse sobre la palma: su nervio mediano había sido herido. Siento lo que Él ha debido sufrir. Un dolor indecible, lacerante, que se ha desparramado por sus dedos, ha corrido como una flecha de fuego hasta su hombro y ha estallado en el cerebro. El dolor más intolerable a un hombre es el que proviene del corte de los grandes núcleos nerviosos. Casi siempre trae consigo el síncope. Jesús no quiso perder el conocimiento. ¡Si hubiera quedado cortado del todo el nervio! Pero no. Sólo fue destruido en parte. La herida del manojo de nervios está tocando el clavo. Vibrará a cada sacudida, a cada movimiento, renovando el horrible dolor. Y eso durante tres horas.

Le extienden el otro brazo. Los mismos gestos se repiten. Los mismos dolores. Pero esta vez -fíjese bien- Jesús ya sabe lo que le espera, lo acaba de experimentar en la otra mano. El verdugo y su ayudante sostienen los extremos del patíbulo y enderezan al condenado. Lo hacen retroceder, lo apoyan al poste clavado en el suelo, desgarrando sus manos perforadas. Con un último esfuerzo, a pulso, pues el poste no está muy alto, rápido porque pesa, enganchan con certera maniobra el madero en lo alto del poste. En su cima dos clavos fijan el título trilingüe: Jesús Nazareno, Rey de los Judíos.

El cuerpo colgado de los brazos que se extienden oblicuamente es algo agobiante. Los hombros heridos por los latigazos y el peso de la cruz, han raspado dolorosamente, el áspero madero. La nuca ha golpeado contra la cruz. Las puntas afiladas del gran casquete de espinas, han desgarrado el cráneo más profundamente aún. Su pobre cabeza cuelga hacia delante, pues el grosor de la corona le impide reposar sobre el madero. Y cada vez que la endereza, renueva sus punzadas.

El cuerpo pendiente no está sostenido nada más que por dos clavos hincados en los dos carpos. Podría quedar así. El cuerpo no se inclinará adelante, pero la costumbre es fijar también los pies. Todo se ejecuta con facilidad. Luego con fuertes mazazos el clavo penetra en el madero.

Tiene sed. Hasta ahora no lo había manifestado. Ha rechazado la bebida calmante preparada por las caritativas mujeres de Jerusalén. Su sufrimiento lo quiere íntegro. Tiene sed. Pero sabe que la superará. Tiene sed. Nada ha comido ni bebido desde ayer por la tarde. Y estamos al mediodía. Tiene sed. Lo manifestará para cumplir las Escrituras. Un alma buena entre los soldados, ocultando su compasión con una bufonada, mojando una esponja en su vino acidulado, «acetum», dicen los evangelistas, se la presenta en el extremo de una caña.

Su rostro pálido ha enrojecido poco a poco, ha pasado al púrpura, al violeta, por fin al azul. Se asfixia. Sus pulmones repletos de aire no pueden vaciarse. Su frente está cubierta de sudor. Sus ojos desorbitados bailan. ¡Qué horrible dolor debe martillar su cráneo! Va a morir. Quizás sea mejor. ¿No ha sufrido ya bastante? Pero aún no ha llegado su hora. Ni la sed, ni la hemorragia, ni el dolor, acabarán con el Hombre-Dios. Morirá con estos síntomas, pero morirá porque Él lo quiere.

¿Qué ocurre? Lentamente, con un esfuerzo sobrehumano se ha apoyado sobre el clavo de los pies. Sí, sobre sus llagas, los empeines y las rodillas se extienden poco a poco, y el cuerpo se alza despacito aliviando la tensión de los brazos. ¿Para qué todo ese esfuerzo? Cristo nos va a hablar:

-“Padre, perdónalos”.

Oh, sí perdónanos a nosotros, sus verdugos. Pero su cuerpo nuevamente baja. La tetanía empieza de nuevo. Y cada vez que habla (siete palabras conservamos), y cada vez que quiere respirar, tiene que apoyarse nuevamente sobre el clavo de los pies.

Por fin, han pasado las tres horas largas. Por fin. Jesús sigue luchando. De cuando en cuando se yergue. Todos sus dolores, su sed, sus calambres, la asfixia, y las vibraciones de sus dos nervios medianos, no le han arrancado ni un solo gemido.

Luego, en un supremo esfuerzo para hacernos comprender que muere voluntariamente, se endereza por última vez, y dando un grito exclama:

-“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Y murió cuando quiso.

En un último suspiro inclinó suavemente la cabeza. Su mentón se apoyó en su esternón. La rigidez cadavérica se apoderó brutalmente de su cuerpo. Sus piernas quedaron duras como el acero. La tierra tiembla. El cielo se eclipsa.

Y ahora, agradezcamos a Dios que nos ha dado ánimos para llegar hasta el fin, no sin lágrimas. Todos estos dolores espantosos que hemos vivido con Él, durante toda su vida los previó, los meditó, los quiso en su amor, para pagar nuestras caídas. Se entregó porque quiso. Ha dirigido toda su Pasión sin ahorrar ni un solo padecimiento, aceptando las consecuencias fisiológicas, pero sin ser dominado por ellas. Murió cuando y como quiso.

Cuando un cirujano ha meditado los sufrimientos de la crucifixión, cuando ha analizado los tiempos y las circunstancias fisiológicas, cuando se ha dedicado a reconstruir metódicamente todas las etapas de ese martirio, de una noche y un día, puede, mejor que el más elocuente de los predicadores, compadecer los dolores de Cristo.

43. Datos arqueológicos garantizan dónde fue crucificado Jesucristo. Un disco de plata indica el hueco de la cruz. Se puede meter la mano para tocar la piedra. La muerte de Jesús rezuma aires de victoria. No se trata del fin de un hombre, sino del comienzo de una esperanza. La Resurrección ilumina a la muerte. Jesús muriendo en la cruz nos abre la esperanza a la vida eterna.

44. Frente a la puerta de la Basílica del Santo Sepulcro hay una losa. Se la llama «la piedra de la unción. Aquí fue depositado el cadáver de Cristo para ser ungido con las cien libras (unos treinta kilos) de mirra y áloe, que trajo Nicodemo.

45. El Santo Sepulcro consta de dos cámaras. A la tumba de Jesús se accede por una pequeña antecámara de 3 x 3 metros; y a través de una puerta de un metro de altura se pasa a la tumba propiamente dicha de 2 x 3 metros. Sobre el banco sepulcral tallado en la roca en el que estuvo el cadáver de Jesús, se ha colocado una losa de mármol para protegerla.

46. En la tumba, Jesús fue envuelto en la Sábana Santa, que hoy se venera en Turín. Estudiada científicamente, tiene todas las garantías de autenticidad. En ella hay manchas de sangre humana estudiadas por el Dr. Heller, de Estados Unidos, y por el Dr. Baima, italiano. El grupo sanguíneo es AB. La imagen de Cristo está grabada a fuego, según los estudios de los doctores en Ciencias Físicas, Jackson y Jumper, de la NASA americana.

(NOTA: Más ampliación sobre la Sábana Santa en libro, vídeo y montaje audiovisual, con diapositivas y cinta explicativa, del autor.)

47. El pañolón que le cubrió la cabeza en el traslado de la cruz al sepulcro está en la Catedral de Oviedo. Un grupo de científicos españoles ha estudiado las manchas de sangre de este pañolón, y han demostrado que coinciden con las manchas de sangre de la cara de la Sábana Santa de Turín. El estudio se ha hecho con todos los medios modernos de investigación: microscopio electrónico, ordenadores, aparatos de luz infrarroja y ltravioleta, etc., etc.

El palinólogo suizo de la INTERPOL Max Frei, estudiando el polen de este pañolón garantiza su itinerario: Jerusalén-Cartago-Toledo-Oviedo, distinto del de la Sábana Santa de Turín, que llegó a Italia pasando por Francia, Constantinopla y Edessa en Armenia.

48. El Cenáculo pertenece hoy a los judíos. Por eso ondea en él la bandera de Israel con la estrella de David. El Cenáculo consta de dos plantas. La planta inferior es hoy sinagoga. Contiene, en opinión de algunos, la tumba de David. Los hombres deben entrar con la cabeza cubierta, al estilo judío. Junto a ella está la Cámara de los Mártires dedicada a los millones de judíos asesinados por los nazis.

En la sala superior de 14 x 9 metros y 6 de altura, se celebró la Última Cena, y se apareció dos veces Jesús resucitado. Estas paredes oyeron el «Señor mío y Dios mío» de Santo Tomás que fue un colosal acto de fe en la divinidad de Jesús. Aquí nació la Iglesia el día de Pentecostés. Aquí se encendió la llama del Espíritu Santo que iluminaría al mundo entero. Arqueólogos judíos han confirmado que las paredes maestras son las mismas de entonces.

Desde 1524 hasta 1948, esta sala fue utilizada como mezquita. Es frecuente que los mahometanos sitúen mezquitas en los sitios venerados por los cristianos.

49. Nos hemos sentido presentes al paso de Jesucristo por esta Tierra Santa. Los que hemos tenido la suerte de haber pisado las piedras que pisó Jesús, haber recorrido los caminos que Él recorrió, haber estado de pie en el Calvario y de rodillas en Belén, hemos tenido una experiencia religiosa que no olvidará nuestro corazón.

La fe sólida arraigada en los cimientos de una buena formación religiosa, queda ahora iluminada por la luz espiritual recibida durante la contemplación del marco geográfico de la Tierra de Jesús. El recuerdo de Tierra Santa permanecerá imborrable en nuestro corazón, y será un aliciente para vivir siempre fieles al mensaje que Él vino a traer a la Tierra.

Que Jesucristo, Luz del Mundo, sea el Faro que nos guíe en esta vida para que nos encontremos con Él al pasar a la eternidad.

N.B.: Esta conferencia está disponible en montaje audiovisual (diapositivas y cinta explicativa) y en vídeo (todos los sistemas.y en DISCO COMPACTO (CD)
Pedidos a la EDITORIAL SPIRITUIS MEDIA-Apartado 2564-11080.Cádiz. (España)
Correo electrónico (e-mail): spiritusmedia@telefonica.net

 

Por: P. Jorge Loring |

¿Conoces la voz de Dios?

 

“El pastor hace salir a todas sus propias ovejas, va delante de ella; y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz” (Juan 10,4).

David, expresando su confianza en Dios, dirá: ”Dios es mi pastor:” Conoces todo el salmo del pastor (Salmo23), ¿pero conoces la voz del pastor?

Para seguirlo, debes escuchar y discernir esta voz cuyo deseo es guiarte hacia los verdes pastos cerca de una corriente de agua. El Señor va delante de ti.

Y sin embargo, sucede que algunas ovejas se pierden (Lc 15,4-6) y se encuentran en un foso, asustadas y angustiadas. ¿Cómo se puede perder una oveja? El pastor marcha delante de su rebaño que lo sigue al sonido de su voz. Pero si una sola de sus ovejas no escucha la voz del guía, entonces se aparta.

La oveja perdida no es una extraña, forma parte integrante del rebaño. Por eso cuando el pastor la encuentra, exclama: ”Alegraos conmigo pus, pues he encontrado mi oveja perdida” (Lc 15,6).

¿Cuántos hombres y mujeres que formaban parte del rebaño de Dios y quienes, en un momento determinado de su vida, ha conocido una historia semejante?

Si como esa oveja perdida no oyes ya la voz del divino pastor, si estás lleno de miedos y no sabes ya a dónde ir, quédate tranquilo y confiado. El pastor sabe cuándo le falta una oveja. Su deseo es de socorrerte, cuidarte y llevarte a su voluntad. Me gustaría animarte diciéndote esto: “cuando el pastor se da cuenta de que le falta una oveja, sale enseguida a su búsqueda”.

Aprende a desarrollar un oído espiritual. A veces te sucede que te estás desconcertado ante la voluntad de Dios. Te haces preguntas. ¿dónde voy a ir?

¿Cuál es mi llamada? Etc. Las ovejas siguen al pastor “Porque conocen su voz”. Haz su voluntad y reconoce su voz.

ORACIÓN PARA HOY:

Señor, quiero estar más cerca de ti, para escuchar tu voz.

Tú eres mi pastor y yo tu oveja, háblame pues deseo seguirte por el camino que has pensado para mí. Amén

 
 
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La fe es un don gratuito

 

La fe es gratuita y la respuesta también es libre. La fe es un gran tesoro. Tenemos tesoros que no somos capaces de valorar. Es como el que tiene una avioneta arrumbada en un oscuro garaje, llena de polvo y telarañas, que nunca ha usado. La avioneta está ahí sin sospechar lo que es. Cree que es un trasto más del garaje, como la estantería llena de botes o ruedas viejas. Y un día viene alguien y la saca, la limpia, le engrasa el motor, le llena el depósito de gasolina, arranca… y ¡a volar!

¿Os imagináis lo que sentiría la avioneta si fuese capaz de sentir? Creo que lo más grande no sería la emoción de notar el viento de frente con fuerza o de ver pasar a gran velocidad los bosques, los montes y las colinas desde lo alto…, sino descubrir de repente lo que en realidad era, aquello para lo que fue creada… ¡Para volar!

Existe además la fe religiosa, la fe en Dios, en Jesús. El creyente vive de la fe. Vivir la fe es más importante que hablar de ella, y quien oye hablar de ella sin fe, no descubre nada, es como un ciego al que le explican cómo es la luz. Jesús no hace muchas preguntas a sus oyentes, no les exige admitir verdades, sino que les dice: ¿Creéis que puedo hacer esto? ¿Os fiáis de mí? . ¿Por qué no me creéis? ; etc.

Muchas personas, cuando les preguntamos si creen, nos hablan de una fe apoyada en el ambiente, en la tradición: Siempre se ha hecho así; Mi familia ha sido siempre católica…. Y reducen su fe a los sacramentos, que tienen más un tinte social que de expresión de fe. Y sin embargo, sabemos que la auténtica fe cristiana brota de una experiencia de Dios, exige creer en Él y una respuesta personal. No basta con creer lo que otros digan, ni siquiera con creer a los curas.

Queremos que la fe sea un seguro de vida ante el dolor o ante los problemas. Ser creyente supone asumir todos los valores personales, familiares y sociales con su realidad actual y sus expectativas de futuro. Jesús no imponía nada, invitaba a seguirlo. Es verdad que a nadie adulaba o pretendía engañar con falsas promesas. Habla de las exigencias del seguimiento, pero en cualquier caso uno es libre de aceptar. Y quien lo siga tendrá la alegría del que ha encontrado un gran tesoro.

Quien tiene fe, ve a Dios en todos los acontecimientos y en todas partes. La fe no es visión, no es conocimiento ni seguridad. La fe es vivir con la firme convicción de que estamos en manos de Dios, que es a la vez Amor y Poder. La fe es desprendernos de nuestras ansiedades y temores, de nuestras dudas y desesperaciones. La fe es un salto, un impulso, un intento, un no aferrarse a las seguridades. La fe es un don, no se gana a puños. Jesús mandará a sus discípulos a dar testimonio de su fe, a anunciar lo que habían visto, oído y vivido (1 Jn 1, 1-4).

La fe, como la esperanza y el amor, puede crecer o perderse. Dijeron los apóstoles al Señor: Auméntanos la fe. ¿Cómo crecer en la fe? Respirando el amor y el poder de Dios.

A veces somos víctimas del miedo, de la duda, de la inseguridad… Y a nuestra mente se asoman pensamientos negativos: no soy…, no puedo…, no quiero. Y esto nos debilita la fe, nos roba las fuerzas y nos quita la paz. La fe se conoce, se profundiza, se defiende, se alimenta y se transmite. Se alimenta con la Palabra de Dios, con la oración, con la confesión periódica, con la eucaristía. El cristiano debe defenderla sin miedo, propagarla y testimoniarla.

La fe es un don gratuito que nos ha hecho Dios. Dios nos amó primero (1 Jn 4, 19). Nosotros hemos de acogerla, cultivarla, hacer fructificar esos talentos. La fe es un don que exige una respuesta humana.

A veces esta respuesta resulta difícil, ya que en muchos momentos nos encontramos en situaciones complicadas que no sabemos cómo resolver, o en momentos difíciles de asumir, o en circunstancias duras, y la vida no es fácil: una enfermedad o la muerte de un ser querido… Cuando las cosas van mal, tendemos a hundirnos, a ponernos tristes, y es entonces cuando deberíamos confiar más en Dios, en los momentos de duda, por la noche, cuando estés cansado y desanimado, cuando aparentemente nada tiene sentido y te sientes confuso y frustrado.

Aunque no sepas adónde lleva el camino, dondequiera que estés y sientas lo que sientas, ¡Dios lo sabe! Y no temas, porque Jesús es tu luz y tu fuerza. Yo soy la luz, el que me sigue no andará en tinieblas (Jn 12, 46).

La fe es un tesoro que hemos recibido de Dios, de la Iglesia y de nuestra familia. Y que algunos no han sabido o no han querido conservar y engrandecer. Sin ella no nos salvamos (Mc 16,16). Según san Juan, la fe consiste en creer en Jesucristo (Jn 3, 15); en recibirlo (1, 12); en escucharlo (5, 40), en seguirlo (8, 12); en permanecer en Él (15, 4-5), en su palabra (8, 31), en su amor (15, 9). Y así es como por la fe conocemos a Dios. Creer en El evangelio es condición indispensable para entrar en el Reino (Mc 1, 15).


La fe en Jesús realiza milagros (Mt 13, 58), sana y salva (Mc 5, 34). Por eso sin la fe es imposible agradar a Dios (Hb 11,6), y quien persevera en ella, obtendrá la vida eterna (Mt 10,22). Por supuesto que nadie está obligado a creer, es un acto libre y amoroso que sólo el hombre es capaz de hacer.

Lo que la Escritura nos dice es que Dios nos llama, pero sin coaccionar a nadie. Es la fe la que nos lleva a abandonarnos en las manos de Dios, pues sabemos de quién nos fiamos, Y dejamos nuestra suerte en sus manos, seguros y ciertos de que su bondad y misericordia nos acompañan todos los días de nuestra vida.


Las dificultades ponen a prueba nuestra fe y esperanza. La fe nos da nuevos ojos, para ver con los ojos de la fe a Jesús como lo vieron los discípulos. Guiarse por la fe es confiar en Dios, creer en lo que dice y hace. La fe compromete nuestra vida con lo que creemos.

No sirve una fe muerta, sino viva (St 2,14-26), por las obras y no por la fe se justifica la persona (St 2,24). Y la fe tiene que estar encarnada en el aquí, en nuestra historia. Es una pena ver como en pueblos cristianos se da una gran incoherencia. Para que sea viva necesita alimentarse de la palabra, de la oración y sacramentos y fortificarla en la vida.

El crecimiento de la fe es un proceso, como lo es el amor y la esperanza.

 

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12 consejos para portarse y vivir mejor la Misa

 

Para poder aprovechar al máximo los grandes frutos espirituales que se recibe en la Misa se debe participar en ella con reverencia.

Aquí 12 reglas de oro o consejos prácticos que servirán para aprovechar la Misa al máximo y participar, activa y reverentemente, en la Eucaristía.

 

  1. No usar el celular: No lo necesitas para hablar con Dios

Los teléfonos celulares nunca deben utilizarse en Misa para hacer llamadas o enviar mensajes de texto. Es posible contestar una llamada de emergencia, pero fuera del templo. Por otro lado, sí es posible usar el teléfono para lecturas espirituales u oraciones, aunque se debe ser discreto.

 

  1. Ayunar antes de la celebración eucarística

Consiste en abstenerse de tomar cualquier alimento o bebida, al menos desde una hora antes de la Sagrada Comunión, a excepción del agua y de las medicinas.

Los enfermos pueden comulgar aunque hayan tomado algo en la hora inmediatamente anterior. El propósito es ayudar a la preparación para recibir a Jesús en la Eucaristía.

 

  1. No comer ni beber en la iglesia

Las excepciones serían: alguna bebida para niños pequeños o leche para los bebés, agua para el sacerdote o para los miembros del coro (con discreción) y para los enfermos.

Llevar un bocadillo a la iglesia no es apropiado, porque el templo es un lugar de oración y reflexión.

 

  1. No mascar chicle

Al hacer esto se rompe con el ayuno, ocurre una distracción, se es descortés en un entorno formal, y no ayuda en la oración.

 

  1. No usar sombrero

Es descortés usar un sombrero dentro de una iglesia. Si bien esta es una norma cultural, debe cumplirse. Así como nos sacamos el sombrero cuando se hace un juramento, igual debe hacer en la iglesia como un signo de respeto.

 

  1. Santiguarse con agua bendita al entrar y salir del templo

Este es un recordatorio del Bautismo, sacramento por el que renacemos a la vida divina y somos hechos hijos de Dios y miembros de la Iglesia. Es necesario estar plenamente consciente de lo que sucede al santiguarse, y debe hacerse diciendo alguna oración.

 

  1. Vestir con modestia

A los católicos se les invita a asistir vestidos adecuadamente ya que, si es algo que se suele hacer comúnmente para una fiesta o algún otro tipo de compromiso, no hay razón para no hacer lo mismo al asistir a Misa.

 

  1. Llegar algunos minutos antes del inicio de la Misa

Si por alguna razón no se puede llegar a tiempo, es recomendable sentarse en la parte de atrás para no molestar a las demás personas. Llegar a la Misa temprano permite orar y prepararse mejor para recibir a Cristo.

 

  1. Arrodillarse hacia el Sagrario al entrar y salir del templo

Al permitir que nuestra rodilla toque el piso, se reconoce que Cristo es Dios. Si alguien es físicamente incapaz de hacer la genuflexión, entonces un gesto de reverencia es suficiente. Durante la Misa, si se pasa delante del altar o del tabernáculo, se debe inclinar la cabeza con reverencia.

 

  1. Permanecer en silencio durante la celebración

Al ingresar al templo se debe guardar silencio. Si se tiene que hablar, hágalo de forma silenciosa y breve. Recuerde que mantener una conversación puede molestar a alguien que está orando.

Si tiene un niño o un bebé, puede sentarse cerca de alguna salida ante cualquier contratiempo.

Recuerde que no hay razón para sentir vergüenza por tener que calmar o controlar a su hijo, dentro o fuera de la iglesia. Enséñeles a comportarse, especialmente con su propio ejemplo.

 

  1. Inclinarse al recibir la comunión

Si es Dios, entonces se puede mostrar respeto inclinando cabeza como reverencia. Si lo desea puede hacer una genuflexión. Esta es una práctica antigua que ha continuado hasta el día de hoy.

 

  1. Espere a que la Misa termine

Debemos permanecer en la Misa hasta la bendición final. Recuerde que uno de los mandamientos de la Iglesia es oír Misa entera los domingos y fiestas de guardar.

Es una buena costumbre, aunque no requerida, ofrecer una oración de acción de gracias después de la celebración.

Finalmente, la salida debe ser en silencio a fin de no molestar a otras personas que deseen permanecer en el templo rezando.

¿Qué significa “Amén” y por qué lo decimos?

 

Queridos amigos, una de las palabras que más repetimos en la oración, desde que aprendemos a rezar, es “amén”. Palabra corta, pero de significado muy profundo.

 

 

 

 

 

 

Hemos pensado que puede ser bueno para todos recordar este significado, de forma que cada vez que digamos “amén”, pronunciemos esta palabra con plena conciencia de todo lo que estamos diciéndole al Señor de modo concentrado.

Nos lo explica nuestro querido Papa Emérito Benedicto XVI:

“La oración cristiana es un verdadero encuentro personal con Dios Padre, en Cristo, mediante el Espíritu Santo. En este encuentro, entran en diálogo el «sí» fiel de Dios y el «amén» confiado de los creyentes.

En la oración constante, diaria, podemos sentir concretamente el consuelo que proviene de Dios. Y esto refuerza nuestra fe, porque nos hace experimentar de modo concreto el «sí» de Dios al hombre, a nosotros, a mí, en Cristo; hace sentir la fidelidad de su amor, que llega hasta el don de su Hijo en la cruz.

San Pablo afirma: «El Hijo de Dios, Jesucristo… no fue “sí” y “no”, sino que en Él sólo hubo “sí”. Pues todas las promesas de Dios han alcanzado su “sí” en Él. Así, por medio de Él, decimos nuestro “amén” a Dios, para gloria suya a través de nosotros» (2 Co 1, 19-20).

El «sí» de Dios es un sencillo y seguro «sí». Y a este «sí» nosotros correspondemos con nuestro «sí», con nuestro «amén», y así estamos seguros en el «sí» de Dios. Toda la historia de la salvación es un progresivo revelarse de esta fidelidad de Dios, a pesar de nuestras infidelidades y nuestras negaciones, con la certeza de que «los dones y la llamada de Dios son irrevocables».

Queridos hermanos y hermanas, el modo de actuar de Dios —muy distinto del nuestro— nos da consuelo, fuerza y esperanza porque Dios no retira su «sí». Dios nunca se cansa de nosotros, nunca se cansa de tener paciencia con nosotros, y con su inmensa misericordia siempre nos precede, sale Él primero a nuestro encuentro; su «sí» es completamente fiable. En la cruz nos revela la medida de su amor, que no calcula y no tiene medida.

En el «sí» fiel de Dios se injerta el «amén» de la Iglesia que resuena en todas las acciones de la liturgia: «amén» es la respuesta de la fe con la que concluye siempre nuestra oración personal y comunitaria, y que expresa nuestro «sí» a la iniciativa de Dios.

A menudo respondemos de forma rutinaria con nuestro «amén» en la oración, sin fijarnos en su significado profundo. Este término deriva de ’aman’ que en hebreo y en arameo significa «hacer estable», «consolidar» y, en consecuencia, «estar seguro», «decir la verdad».

Si miramos la Sagrada Escritura, vemos que este «amén» se dice al final de los Salmos de bendición y de alabanza, como por ejemplo en el Salmo 41: «A mí, en cambio, me conservas la salud, me mantienes siempre en tu presencia. Bendito el Señor, Dios de Israel, desde siempre y por siempre. Amén, amén» (vv. 13-14).

O expresa adhesión a Dios, en el momento en que el pueblo de Israel regresa lleno de alegría del destierro de Babilonia y dice su «sí», su «amén» a Dios y a su Ley. En el Libro de Nehemías se narra que, después de este regreso, «Esdras abrió el libro (de la Ley) en presencia de todo el pueblo, de modo que toda la multitud podía verlo; al abrirlo, el pueblo entero se puso de pie. Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo respondió con las manos levantadas: “Amén, amén”» (Ne 8, 5-6).

Por lo tanto, desde los inicios el «amén» de la liturgia judía se convirtió en el «amén» de las primeras comunidades cristianas. Y el libro de la liturgia cristiana por excelencia, el Apocalipsis de san Juan, comienza con el «amén» de la Iglesia: «Al que nos ama y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre, y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén» (Ap 1, 5b-6). Y el mismo libro se concluye con la invocación «Amén, ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22, 20).

Queridos amigos, la oración es el encuentro con una Persona viva que podemos escuchar y con la que podemos dialogar; es el encuentro con Dios, que renueva su fidelidad inquebrantable, su «sí», a cada uno de nosotros, para darnos su consuelo en medio de las tempestades de la vida y hacernos vivir, unidos a Él, una existencia llena de alegría y de bien, que llegará a su plenitud en la vida eterna.

En nuestra oración estamos llamados a decir «sí» a Dios, a responder con este «amén» de la adhesión, de la fidelidad a Él a lo largo de toda nuestra vida. Esta fidelidad nunca la podemos conquistar con nuestras fuerzas; no es únicamente fruto de nuestro esfuerzo diario; proviene de Dios y está fundada en el «sí» de Cristo, que afirma: mi alimento es hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4, 34).

Debemos entrar en este «sí», entrar en este «sí» de Cristo, en la adhesión a la voluntad de Dios, para llegar a afirmar con san Pablo que ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo mismo quien vive en nosotros. Así, el «amén» de nuestra oración personal y comunitaria envolverá y transformará toda nuestra vida, una vida de consolación de Dios, una vida inmersa en el Amor eterno e inquebrantable”.

Benedicto XVI, catequesis de la audiencia del 30 de mayo de 2012

 
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¿Qué le dice la Cruz al mundo actual?

 

La cruz es el símbolo del cristiano que nos enseña cuál es nuestra auténtica vocación como seres humanos. Cristo mismo nos asegura que en su cruz se abre el horizonte de la vida eterna para el hombre.

La enseñanza de la cruz conduce a la plenitud de la verdad acerca de Dios y del hombre. La cruz es para la Iglesia un signo de reconciliación y una fuente providencial de bendición. Y hoy, al igual que en el pasado, la cruz sigue estando presente en la vida del hombre.

¿Cuál es el mensaje central de la cruz del Señor?

La cruz ofrece al hombre moderno un mensaje de fe y esperanza, porque ella es el signo de nuestra reconciliación definitiva con Dios Amor. La cruz nos habla de la pasión y muerte de Jesús, pero también de su gloriosa resurrección. De esta manera, con su muerte destruyó nuestra muerte y con su resurrección restauró nuestra vida. Por eso a la cruz también se le llama árbol donde estuvo clavada la salvación del mundo.

¿Qué nos enseña Jesús por medio de su cruz?

Jesús crucificado es el supremo modelo de amor y verdadera aceptación del Plan del Padre. Cargado con nuestros pecados subió a la cruz, para que muertos al pecado, vivamos para siempre. Clavado en la cruz, el Señor nos enseña con toda claridad a responder fiel y plenamente al llamado de Dios. Y al ver la cruz descubrimos que nuestra respuesta debe ser igual: fiel en las cosas grandes y en las pequeñas, fiel al Señor en nuestra vida cotidiana.

¿Amar la cruz no es amar un instrumento homicida?

Algunas personas, para confundirnos, nos preguntan: ¿adorarías tú el cuchillo con que mataron a tu hermano? ¡Por supuesto que no! Porque mi hermano no tiene poder para convertir un símbolo de derrota en símbolo de victoria; pero Cristo sí tiene ese poder. ¿Cómo puede ser la cruz signo homicida, si nos cura y nos devuelve la paz? La historia de Jesús no termina en la muerte. Cuando recordamos la cruz de Cristo, nuestra fe y esperanza se centran en el resucitado.

¿Pero no es un símbolo de muerte?

Por el contrario, la cruz, en el mundo actual lleno de egoísmo y violencia, es antorcha que mantiene viva la espera del nuevo día de la resurrección. Miramos con fe hacia la cruz de Cristo, mientras por medio de ella día a día conocemos y participamos del amor misericordioso del Padre por cada hombre.

¿Nos recuerda entonces el amor de Dios?

«Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna», (Jn 3, 16). Pero ¿cómo lo entregó? ¿No fue acaso en la cruz? La cruz es el recuerdo de tanto amor del Padre hacia nosotros y del amor mayor de Cristo, quien dio la vida por sus amigos, (Jn 15, 13).

Qué nos enseña el madero horizontal?

La cruz, con sus dos maderos, nos enseña quiénes somos y a dónde vamos: el madero horizontal nos muestra el sentido de nuestro caminar, al que Jesucristo se ha unido haciéndose igual a nosotros en todo, excepto en el pecado. Somos hermanos del Señor Jesús, hijos de un mismo Padre en el Espíritu. El madero que soportó los brazos abiertos del Señor nos enseña a amar a nuestros hermanos como a nosotros mismos.

¿Y el madero vertical?

El madero vertical nos enseña cuál es nuestro destino eterno. No tenemos morada acá en la tierra, caminamos hacia la vida eterna. Todos tenemos un mismo origen: la Trinidad que nos ha creado por amor. Y un destino común: el cielo, la vida eterna. La cruz nos señala hacia dónde dirigir nuestra esperanza.

¿Cómo integrarlos?

Como cristianos, debemos vivir en una vida integrada, armonizando en una vida coherente la dimensión vertical de nuestra relación con Dios y la dimensión horizontal del servicio al prójimo. El amor puramente horizontal al prójimo siempre está llamado a cruzarse con el amor vertical que se eleva hacia Dios.

¿Por qué se dice que es un signo de reconciliación?

Por que fue el instrumento que el Señor utilizó para abrirnos el camino hacia el Padre. Cristo vence al pecado y a la muerte desde su propia muerte en la cruz. La cruz, para el cristiano deja de ser un instrumento de tortura y se convierte en signo de reconciliación con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos y con todo el orden de la creación en medio de un mundo marcado por la ruptura y la falta de comunión.

¿Cómo la cruz nos acerca al Señor?

San Pablo nos recuerda que «la predicación de la cruz es locura para los que se pierden… pero es fuerza de Dios para los que se salvan», (1 Cor 1, 18). Recordemos que el centurión reconoció en Cristo crucificado al Hijo de Dios; él ve la cruz y confiesa un trono; ve una corona de espinas y reconoce a un rey; ve a un hombre clavado de pies y manos e invoca a un salvador. Por eso el Señor resucitado no borró de su cuerpo las llagas de la cruz, sino las mostró como señal de su victoria.

¿Cómo seguir al señor por medio de la cruz?

Jesús dice: «El que no tome su cruz y me sigua, no es digno de mí», (Mt 10, 38). Nos dice eso no porque no nos ame lo suficiente, sino porque nos está conduciendo al descubrimiento de la vida y el amor auténticos. La vida que Jesús da sólo puede experimentarse mediante el amor que es entrega de sí, y ese amor siempre conlleva alguna forma de sacrificio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto», (Jn 12, 24). Esa es la manera de seguir al Señor.

¿Qué nos enseña María sobre la cruz?

Después de Jesús nadie ha experimentado como su Madre el misterio de la cruz. Ella mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Ella, que fue la primera cristiana, nos educa al mostrarnos cómo sufre intensamente con su Hijo y se une a este sacrificio con corazón de Madre.

Ella es la mujer fuerte al pie de la cruz que nos enseña cómo vivir la verdadera fortaleza ante la adversidad: cuándo más dolor hay en el corazón de María más se adhiere ella a la cruz del Señor, pero lo hace con la esperanza puesta en las promesas de Dios.

¡Qué gran lección para el mundo de hoy¡ La cruz es para María motivo de dolor y a la vez de alegría. Ella sufre como Madre todos los dolores de su Hijo, pero vive este sufrimiento en la perspectiva de la alegría por la gloriosa resurrección del Señor.

Todos los cristianos de este tiempo estamos llamados a imitar a la Madre de Jesús al pie de la cruz, siendo coherentes y fieles a Cristo en las pequeñas y grandes cruces de nuestra vida diaria y poniendo nuestra confianza en aquel madero que se alza desde la tierra hacia el cielo.

Y debemos hacerlo así porque desde esa misma cruz, Jesucristo nos ofrece a María como Madre nuestra: “De Cristo a María, y de María más plenamente al Señor Jesús”.