bible
Para Meditar
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.
Catecismo de la Iglesia Católica 2708

El difícil camino de la conversión

 
 

“Conversión; Transformación o cambio en algo distinto, para llegar a una nueva forma de vida.”

  
 

Desarrollarse  al bien y a la conversión es el fin de cada uno de nosotros, Cristo ha hecho esto posible. Es así, como la conversión a Cristo,  y consecuentemente a la Iglesia que el fundó, es la fuente de una esperanza de muchos de los que decimos profesar su fe.

 
 

La conversión

 
 
LA CONVERSION DE SAN PABLO
 
San Pablo fue un judío célebre por ser cazador y persecutor de los seguidores de Cristo. A Pablo, se le aparece directamente Jesús y, queda convertido en apóstol, de la misma categoría que quienes habían visto y seguido al Señor, durante su vida pública.
 
SS Juan Pablo II, en la homilía de la misa de clausura de la semana de oración por la unidad de los cristianos 25 de enero de 1997, nos dice:
 
Jesús se revela plenamente a Pablo como el que ha resucitado de entre los muertos. Al Apóstol se le concede, así, «ver al Justo y oír su voz» (Hch 22, 14). Desde aquel momento, Pablo es constituido «apóstol» como los Doce, y podrá afirmar, dirigiéndose a los Gálatas: «Aquel que me escogió desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles» (Ga 1, 15-16).
 

La conversión de Pablo se realiza a través del sufrimiento. Se puede decir que antes fue derrotado en él Saulo, el perseguidor, para que pudiera nacer Pablo, el Apóstol de los gentiles. Su llamada es, quizá, la más singular de un Apóstol: Cristo mismo derrota en él al fariseo y lo transforma en un ardiente mensajero del Evangelio. La misión que Pablo recibe de Cristo está en armonía con la que confió a los Doce, pero con un matiz y un itinerario particular: él será el Apóstol de los gentiles.  (Juan Pablo II)

 
 
  1. SS JUAN PABLO II, EN CONVERSACIÓN CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA LES ENSEÑA:
Es verdad; hoy, en general, no se siente la necesidad de conversión, como sucedía en otro tiempo……Sólo gracias a un proceso constante de conversión y renovación el hombre avanza por el arduo sendero del conocimiento de sí, del dominio de la propia voluntad y de la capacidad de evitar el mal y hacer el bien………………….No quiero decir que el camino de la conversión sea fácil. Cada uno sabe lo difícil que es reconocer los propios errores. En efecto, solemos buscar cualquier pretexto con tal de no admitirlos. Sin embargo, de este modo no experimentamos la gracia de Dios, su amor que transforma y hace concreto lo que aparentemente parece imposible obtener. Sin la gracia de Dios, ¿cómo podemos entrar en lo más profundo de nosotros mismos y comprender la necesidad de convertirnos? La gracia es la que transforma el corazón, permitiendo sentir cercano y concreto el amor del Padre. (ENCUENTRO DEL PAPA JUAN PABLO II CON LOS JÓVENES DE LA DIÓCESIS DE ROMA COMO PREPARACIÓN PARA LA XIV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD Jueves 25 de marzo de 1999)
 
SS BENEDICTO XVI, EN EL ENCUENTRO CON EL CLERO DE ROMA, LES ENSEÑA;
 

No podemos pensar en vivir inmediatamente un vida cristiana al ciento por ciento, sin dudas y sin pecados. Debemos reconocer que estamos en camino, que debemos y podemos aprender, que necesitamos también convertirnos poco a poco. Ciertamente, la conversión fundamental es un acto que es para siempre. Pero la realización de la conversión es un acto de vida, que se realiza con paciencia toda la vida. Es un acto en el que no debemos perder la confianza y la valentía del camino. Precisamente debemos reconocer esto: no podemos hacer de nosotros mismos cristianos perfectos de un momento a otro. Sin embargo, vale la pena ir adelante, ser fieles a la opción fundamental, por decirlo así, y luego continuar con perseverancia en un camino de conversión que a veces se hace difícil. En efecto, puede suceder que venga el desánimo, por lo cual se quiera dejar todo y permanecer en un estado de crisis. No hay que abatirse enseguida, sino que, con valentía, comenzar de nuevo. El Señor me guía, el Señor es generoso y, con su perdón, voy adelante, llegando a ser generoso también yo con los demás. Así, aprendemos realmente a amar al prójimo y la vida cristiana, que implica esta perseverancia de no detenerme en el camino. (EN SU ENCUENTRO CON EL CLERO DEL ROMA, EL 22 DE FEBRERO, BENEDICTO XVI MARTES, 6 MARZO 2007)

 
 
El Papa Francisco con Evangelii Gaudium recuerda a los laicos “la imperiosa emergencia de tomar conciencia de su propia identidad católica”.
 

“El Señor Jesús nos está pidiendo y la Iglesia nos pide a través del Papa que nos convirtamos en apóstoles, que nos sintamos responsables por la conversión del mundo, todas las personas que conocemos, trabajo, familia, amigos, que nosotros seamos para ellos realmente testimonio vivo de que Cristo es real, de que Cristo está vivo, que ha resucitado y que tiene el poder de cambiar la vida de todo el mundo, especialmente haceros felices en el cambio total del corazón”

 
 
Pasos para la conversión
 
UN PRIMER PASO, EL ARREPENTIMIENTO
 
Si leemos la historia de los Santos, encontraremos que en ellos no había vanidad de su camino a la santidad, es decir, todos ellos daban testimonio de ser y haber sido pecadores, de sentir debilidad, de tener pobreza de sentimiento en sus almas, pero si, caminando hacia la perfección, arrepintiéndose, transformándose y convirtiéndose a Cristo.
 
Jesús dijo “¡Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado!” (Mt 4,17).- El arrepentirse requiere transformación y exige un cambio de actitud, además es una experiencia necesaria para llegar a conocer a Cristo, en otras palabras quien no se arrepiente,  por mucho que intente conocerle, no lo podrá conocer ni podrá ir al Reino de los Cielos.
 
El no arrepentirse, es vivir esclavizado en la mentira, y ser esclavo es carecer de libertad, y Dios nos quiere libre y para ser libre, debemos se consecuente con la Palabra de Jesucristo, quien nos dijo «Ustedes serán verdaderos discípulos míos si perseveran en mi palabra; entonces conocerán la verdad, y la verdad los hará libres». (Jn 8, 31-32)
 
Jesús, nos otorga la gracia de liberarnos de la esclavitud del pecado, para eso debemos comenzar por el arrepentimiento. Jesús les contestó: «En verdad, en verdad les digo: el que vive en el pecado es esclavo del pecado. Pero el esclavo no se quedará en la casa para siempre; el hijo, en cambio, permanece para siempre. Por tanto, si el Hijo los hace libres, ustedes serán realmente libres. Es así, como el arrepentimiento es el camino hacia la libertad.
 
El amor al arrepentimiento, es el odio al pecado, este tipo de odio, es un sentimiento de rechazo y antipatía que nos podemos permitir. El arrepentimiento es el primer paso al camino con el encuentro con el Señor. El arrepentimiento es reconciliarse con Dios.
 
Tengo la convicción plena, que todo el mundo necesita arrepentirse, ¿alguien se siente libre de culpas? Para reconocerse creyente, hay que reconocerse como pecadores, y si decimos que no tenemos pecado ¿hasta qué punto estamos diciendo la verdad? “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no Está en nosotros.” (1 Juan 1,8).
 
Confesar nuestras faltas, es buscar la amistad de Cristo Jesús, y es querer limpiarnos de nuestras impureza, “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.”, (1 Juan 1,9)
 

No se puede predicar el Evangelio y vivir distinto a el, quien lo haga, finge cualidades, ideas o sentimientos contrarios a los que verdaderamente tiene. Lo peor, es que no estamos siendo consecuente con su Palabra, “le hacemos a él mentiroso, y su palabra no Está en nosotros” (1 Juan 1,10). Es decir,  su Palabra no habita en nosotros, no conoce nuestro corazón.

 
 
UN SEGUNDO PASO, APRENDER A TRANSFIGURARSE EN CRISTO
 
Mucho hablamos de imitar a Cristo, de transformarse en Cristo o transfigurarse con Cristo. En efecto nuestro camino a la conversión y a nuestra santificación consiste en conocer a Cristo, y luego tener una nueva forma de vida, como la de Cristo. Al leer los Evangelios, las Epístolas de San Pablo o la vida de los santos, encontramos  que este es el ideal que esta presente, y no es otro que vivir en Cristo; transformarse en Cristo. San Pablo, un enamorado de Cristo escribe: «Nada juzgué digno sino de conocer a Cristo y a éste crucificado» (1Cor 2,2)… «Vivo yo, ya no yo, sino Cristo vive en mí» (Gál 2,20).
 
La tarea de todos los santos es realizar en la medida de sus fuerzas, según la donación de la gracia, diferente en cada uno, el ideal de san Pablo, vivir la vida de Cristo. Imitar a Cristo, meditar en su vida, conocer sus ejemplos.
 
Muchos artículos escribió San Alberto Hurtado, un santo de nuestro tiempo,  grande fue y es su obra, su trabajo fue tan impresionante como su legado, pues lo que dejó y transmitió a sus sucesores y a su pueblo, como una tarea de amor total, a continuación, reproduzco lo que él nos enseña de la forma errada y cuál es la solución para transformarse en Cristo.
 

(TOMADO DE CONFERENCIA A ALUMNOS Y PROFESORES DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA EN 1940, DOCUMENTOS DEL CENTRO DE ESTUDIOS Y DOCUMENTACIÓN “PADRE HURTADO U.C. DE CHILE)

 
 
SAN ALBERTO HURTADO, ALGUNAS MANERAS ERRADAS DE TRANSFIGURASE EN CRISTO:
 
“Para unos, la imitación de Cristo se reduce a un estudio histórico de Jesús. Van a buscar el Cristo histórico y se quedan en Él. Lo estudian. Leen el Evangelio, investigan la cronología, se informan de las costumbres del pueblo judío… Y su estudio, más bien científico que espiritual, es frío e inerte. La imitación de Cristo para éstos se reduciría a una copia literal de la vida de Cristo. Pero no es esto.  Para otros, la imitación de Cristo es más bien un asunto especulativo. Ven en Jesús como el gran legislador; el que soluciona todos los problemas humanos, el sociólogo por excelencia; el artista que se complace en la naturaleza, que se recrea con los pequeñuelos… Para unos es un artista, un filósofo, un reformador, un sociólogo, y ellos lo contemplan, lo admiran, pero no mudan su vida ante Él. Cristo permanece sólo en su inteligencia y en su sensibilidad, pero no ha trascendido a su vida misma.”
 
“Otro grupo de personas creen imitar a Cristo preocupándose, al extremo opuesto, únicamente de la observancia de sus mandamientos, siendo fieles observadores de las leyes divinas y eclesiásticas. Escrupulosos en la práctica de los ayunos y abstinencias. Contemplan la vida de Cristo como un prolongado deber, y nuestra vida como un deber que prolonga el de Cristo. A las leyes dadas por Cristo ellos agregan otras, para completar los silencios, de modo que toda la vida es un continuo deber, un reglamento de perfección, desconocedor en absoluto de la libertad de espíritu. El foco de su atención no es Cristo, sino el pecado. El sacramento esencial en la Iglesia no es la Eucaristía, ni el bautismo, sino la confesión. La única preocupación es huir del pecado. E imitar a Cristo para ellos es huir de los pensamientos malos, evitar todo peligro, limitar la libertad de todo el mundo y sospechar malas intenciones en cualquier acontecimiento de la vida. No; no es ésta la imitación de Cristo que proponemos. Esta podría ser la actitud de los fariseos, no la de Cristo.”
 

“Para otros, la imitación de Cristo es un gran activismo apostólico, una multiplicación de esfuerzos de orientación de apostolado, un moverse continuamente en crear obras y más obras, en multiplicar reuniones y asociaciones. Algunos sitúan el triunfo del catolicismo únicamente en actitudes políticas. Para otros, lo esencial una gran procesión de antorchas, un meeting monstruo, la fundación de un periódico… Y no digo que eso esté mal, que eso no haya de hacerse. Todo es necesario, pero no es eso lo esencial del catolicismo.”

 
 
SAN ALBERTO HURTADO, NO SOLO NOS DICE LA FORMA ERRADA, SINO QUE NOS DICE CUAL ES LA VERDADERA SOLUCIÓN PARA TRANSFIGURASE EN CRISTO.-
 
“Nuestra religión no consiste, como en primer elemento, en una reconstrucción del Cristo histórico; ni en una pura metafísica o sociología o política; ni en una sola lucha fría y estéril contra el pecado; ni primordialmente en la actitud de conquista. Nuestra imitación de Cristo no consiste tampoco en hacer lo que Cristo hizo, ¡nuestra civilización y condiciones de vida son tan diferentes!
 
Nuestra imitación de Cristo consiste en vivir la vida de Cristo, en tener esa actitud interior y exterior que en todo se conforma a la de Cristo, en hacer lo que Cristo haría si estuviese en mi lugar.
 
Lo primero necesario para imitar a Cristo es asimilarse a Él por la gracia, que es la participación de la vida divina. Y de aquí ante todo aprecia el bautismo, que introduce, y la Eucaristía que alimenta esa vida y que da a Cristo, y si la pierde, la penitencia para recobrar esa vida…
 
Y luego de poseer esa vida, procura actuarla continuamente en todas las circunstancias de su vida por la práctica de todas las virtudes que Cristo practicó, en particular por la caridad, la virtud más amada de Cristo.
 
La encarnación histórica necesariamente restringió a Cristo y su vida divino–humana a un cuadro limitado por el tiempo y el espacio. La encarnación mística, que es el cuerpo de Cristo, la Iglesia, quita esa restricción y la amplía a todos los tiempos y espacios donde hay un bautizado. La vida divina aparece en todo el mundo. El Cristo histórico fue judío vivió en Palestina, en tiempo del Imperio Romano. El Cristo místico es chileno del siglo XX, alemán, francés y africano… Es profesor y comerciante, es ingeniero, abogado y obrero, preso y monarca… Es todo cristiano que vive en gracia de Dios y que aspira a integrar su vida en las normas de la vida de Cristo en sus secretas aspiraciones. Y que aspira siempre a esto: a hacer lo que hace, como Cristo lo haría en su lugar. A enseñar la ingeniería, como Cristo la enseñaría, el derecho…, a hacer una operación con la delicadeza de Cristo…, a tratar a sus alumnos con la fuerza suave, amorosa y respetuosa de Cristo, a interesarse por ellos como Cristo se interesaría si estuviese en su lugar. A viajar como viajaría Cristo, a orar como oraría Cristo, a conducirse en política, en economía, en su vida de hogar como se conduciría Cristo.
 
Esto supone un conocimiento de los evangelios y de la tradición de la Iglesia, una lucha contra el pecado, trae consigo una metafísica, una estética, una sociología, un espíritu ardiente de conquista… Pero no cifra en ellos lo primordial. Si humanamente fracasa, si el éxito no corona su apostolado, no por eso se impacienta. La única derrota consiste en dejar de ser Cristo por la apostasía o por el pecado.
 

Este es el catolicismo de un Francisco de Asís, Ignacio, Javier, y de tantos jóvenes y no jóvenes que viven su vida cotidiana de casados, de profesores, de solteros, de estudiantes, de religiosos, que participan en el deporte y en la política con ese criterio de ser Cristo. Éstos son los faros que convierten las almas, y que salvan las naciones”.

 
 
TERCER PASO, APRENDER DE LOS SANTOS
 

La Iglesia Católica tiene canonizado más de 5000  santos, solo con nombres que comienzan con la letra a, hay unos 800, pero cuando queremos hablar de ejemplos de conversión, solo nos fijamos en algunos y son casi los mismos de siempre, es así como quiero exponer tres caso distintos, pero todos llenos de admiración.

 
 
SAN AGUSTIN, “toma y lee, toma y lee”
 
Es un modelo de conversión, basta leer su libro confesiones, para darse cuenta que su vida antes de la conversión no es muy distinta a las formas de vida de muchos de nuestro tiempo.
 
“Y eres tú mismo quien estimula al ser humano a que halle satisfacción alabándote, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. (Conf. I, I, I )
 
Muchas personas influyeron en la conversión de Agustín, en sus biografía, se dice una especial mención a San Ambrosio, obispo de Milán, no tanto por su contacto personal, más bien por su predicación, que lo hizo descubrir lo diferente que era la fe cristiana, él se había imaginado algo distinto. En efecto, san Ambrosio con sus predicas le enseñó a interpretar los textos bíblicos, y a introducirle algunas ideas totalmente nuevas: “Me di cuenta, con frecuencia, al oír predicar a nuestro obispo… que cuando pensamos en Dios o el alma, que es lo más cercano a Dios en el mundo, nuestros pensamientos no captan nada material “.
 
Como muchos santos, la conversión se produce en momentos de crisis personal, es así como a San Agustín, estando en el jardín de su residencia de Milán, escuchó una voz procedente de una casa vecina, cantando como si fuera un niño o niña, repitiendo una y otra vez: “Toma y lee, toma y lee”. Él interpretó aquellas palabras como si fueran un mandato divino, abrió la Biblia y leyó el primer pasaje que se ofreció a sus ojos: “Nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias”. (Rom. 13, 13-14).
 
San Agustín, tenía más de treinta años, me imagino todo lo que habrá sentido en ese minuto, el mismo confiesa en el Capítulo XII de la VI parte de sus Confesiones su desconcierto y esclavitud en que le tenía encadenada la lujuria. Pero a partir de ese instante, toda sombra de duda desapareció. No fue meramente accidental el que un texto del gran convertido, el Apóstol Pablo, fuera el núcleo de la conversión de Agustín. La influencia de Pablo en Agustín continuó a lo largo de toda su vida.
 
San Agustín decía: “No quiero salvarme sin vosotros”. “¿Cuál es mi deseo? ¿Para qué soy obispo? ¿Para qué he venido al mundo? Sólo para vivir en Jesucristo, para vivir en El con vosotros. Esa es mi pasión, mi honor, mi gloria, mi gozo y mi riqueza”.
 

Pocos hombres han poseído un corazón tan afectuoso y fraternal como el de San Agustín. Se mostraba amable con los infieles y frecuentemente los invitaba a comer con él; en cambio, se rehusaba a comer con los cristianos de conducta públicamente escandalosa y les imponía con severidad las penitencias canónicas y las censuras eclesiásticas. Aunque jamás olvidaba la caridad, la mansedumbre y las buenas maneras, se oponía a todas las injusticias sin excepción de personas.

 
 
SAN FRANCISCO DE ASIS, convertirse a Cristo.
 
(Conceptos tomados de la lectura de “La conversión de san Francisco a Cristo, Génesis de un encuentro, Por Pierre B. Beguin, o.f.m)
 
Francisco de Asís «se convirtió a Cristo». ¿Qué significaba para él esta expresión, «convertirse a Cristo»? ¿Y qué puede significar para nosotros? Pero, en primer lugar, ¿de qué «conversión» se trata?, La Biografía de San Francisco, nos deja un enseñanza sobre la conversión como un regalo de Dios, El joven Francisco estaba «ansioso de gloria», y Dios se sirvió de esa inclinación natural suya para atraerlo y hacerlo pasar de la sed de vanagloria a la ambición de la verdadera gloria (TC 5). Entonces se abre para él el camino de la «conversión», que lo llevará a descubrir «la verdadera vida religiosa que abrazó» más tarde (TC 7). Es así, como Francisco pasa por un progresivo cambio total (TC 8-13).
 
Francisco descubre a «su Señor» (TC 13-15).- Hasta aquí, tanto en los sueños como en la oración, ha sido un desconocido, una voz, una inspiración interior, el que ha guiado a Francisco. Éste ha hecho la experiencia de la presencia de Dios, pero no lo ha visto. ¿Cómo, por otra parte, lo podría? Sin embargo, Dios se le va a «revelar» bajo los rasgos humanos que tomó al encarnarse en Jesucristo. Ese Dios que le hablaba, que «dirigía ya sus pasos» (TC 10), tendrá en adelante un rostro: el del Crucifijo de San Damián, que se anima y habla a Francisco. El «Señor» de quien Francisco aspiraba a ser vasallo y leal, será en adelante Cristo, y Cristo crucificado (2). Esta revelación fue para él una iluminación que lo llenó de gozo: tuvo la íntima convicción de «que había sido Cristo crucificado el que le había hablado» y le había confiado, por fin, una tarea concreta que cumplir en su servicio (TC 13).
 
Convertirse a Cristo.- Según el hermano León, esta expresión sería del mismo san Francisco. Se la encuentra, en todo caso, en el Testamento de santa Clara (TestCl 9), y otras fuentes franciscanas la utilizan, caracteriza bien la andadura de quienes reconocen en Francisco a su «fundador» e inspirador «en el servicio de Cristo» (TestCl 7).
 
Francisco, en efecto, se convirtió a una Persona, y no a una idea o a un sistema. Literal y decididamente, Francisco «se vuelve hacia» la Persona de Cristo cuando éste se le manifiesta en la capilla de San Damián: desde ese momento, Cristo se convierte realmente para él en «el camino, la verdad y la vida» (Adm 1,1; 1 R 22,40). Y esta orientación va a determinar toda su andadura espiritual, tal como él mismo la evoca al comienzo de su Testamento.
 

San Francisco, en su Testamento, nos deja entrever su evolución espiritual, precisamente durante el período de su «conversión». En cuanto a acontecimientos concretos, no mucho. Él sitúa el corte entre su «vida de pecados» y su «vida de penitencia» en el momento en que «el Señor lo condujo entre los leprosos» y en que se puso a su servicio (Test 1-2). En efecto, fue entonces, como lo señala la Leyenda refiriéndose explícitamente a este texto, cuando invirtió su escala de valores y cuando la amargura de antes se convirtió para él en «dulzura de alma e incluso de cuerpo» (Test 3; TC 11).

 
 
SANTA EDITH STEIN, (Sor Benedicta de la Cruz). Abrazadora de la cruz con un amor como el de Cristo.
 
“No se puede adquirir la ciencia de la Cruz más que sufriendo verdaderamente el peso de la cruz. Desde el primer instante he tenido la convicción íntima de ello y me he dicho desde el fondo de mi corazón: Salve, OH Cruz, mi única esperanza”.
 
Esta es una santa muy contemporánea, fue canonizada como mártir en 1998 por el Papa Juan Pablo II, quien le dio el título de “mártir de amor”. En octubre de 1999, fue declarada co-patrona de Europa.
 
Desde poco después de su muerte en las cámaras de gas del campo de concentración de Auschwitz el 9 de agosto de 1942, el asombroso camino de conversión y la profunda coherencia cristiana de Edith Stein la convirtieron en una figura cada vez más admirada. Su peregrinación del judaísmo al catolicismo y de la vida intelectual a la contemplación como carmelita descalza, la convirtieron para muchos en un ejemplo y un símbolo no sólo de diálogo interreligioso, sino de reconciliación entre el pensamiento y la fe.
 
Ella paso primero por el desencanto del judaísmo, al atractivo catolico, al observar como en lo ritos fúnebres se encomendaban a los hombres a la misericordia de Dios. Fue una mujer inteligente y destacó en los estudios, Las virtudes aprendidas en casa, junto a una profunda y despierta inteligencia, hicieron progresar a Edith en el mundo académico, a pesar de los prejuicios contra las mujeres y los judíos de aquella Alemania rígida. Destacó en el colegio, y fue a Göttingen a estudiar filosofía. Edith, en filosofía, buscaba la verdad. Pero, a la vez, un intenso trabajo la absorbía, y no dejaba tiempo para la consideración de otras cosas; de hecho, no tenía fe.
 
Edith, fue una mujer curtida por el dolor y la muerte, En 1914 apareció de improviso la guerra. Muchos de los amigos de Edith fueron al frente. Ella no podía quedarse sin hacer nada, y se apuntó como enfermera voluntaria. La enviaron a un hospital austriaco. Atendió soldados con tifus, con heridas, y otras dolencias. El contacto con la muerte le impresionó. Edith recibió la Medalla al Valor por su trabajo en el hospital.
 
Edith, no tenía fe, leyó La Vida de santa Teresa de Jesús, y concluyó: ¡Esto es la verdad!-
 
Algunas conversiones de amigos y algunas escenas de fe que pudo ver habían impresionado a Edith. Empezó a leer obras sobre el cristianismo, y el Nuevo Testamento. Un día tomó un libro al azar en casa de unos amigos conversos. Resultó ser la autobiografía -La Vida- de Santa Teresa de Jesús. Le absorbió por completo. Cuando lo acabó, sobrecogida, exclamó: “¡Esto es la verdad!”. Inmediatamente, compró un catecismo y un misal. Al poco tiempo se presentó en la parroquia más cercana pidiendo que le bautizaran inmediatamente. Demostró conocer bien la fe, pero había que hacer algunos trámites, y se bautizó el día 1 de enero de 1922, con el nombre de Teresa Edwig.
 
Lo más duro que le esperaba a la recién conversa era decírselo a su familia. Edith era un orgullo para su madre. Por eso mismo se derrumbó y se echó a llorar cuando su hija se reclinó en su regazo y le dijo: “Madre, soy católica”. Edith la consoló como pudo, e incluso le acompañaba a la sinagoga. Su madre no se repuso del golpe -lo consideraba una traición-, aunque no tuvo más remedio que admitir, viendo a su hija, y diciendo que: “todavía no he visto rezar a nadie como a Edith”.
 
Edith, se hizo carmelita descalza. No le fue fácil tomar esta  decisión,  hacerse carmelita descalza. Era una decisión meditada durante años, que se hizo realidad en 1934. Emite sus votos en abril de 1935, en Colonia. Se convirtió en Sor Benedicta de la Cruz.
 
Mientras todo esto sucede, el ambiente en Alemania se va haciendo progresivamente hostil contra los hebreos, desde la llegada al poder de Hitler en 1933. En 1939 sus hermanas del Carmelo de Colonia deciden que es prudente salga de Alemania, y se traslada al convento de Echt, en Holanda. Pero en la primavera de 1940 Holanda es ocupada por los nazis. A principios de 1942 se decide en las afueras de Berlín la “solución final”: el exterminio programado de los judíos y de los católicos de origen hebreo. En agosto de 1942 se presentan en el convento de Echt, en busca de Edith Stein y su hermana Rosa, refugiada allí. Al cabo de pocos días, salen de Holanda con destino desconocido. Pocos datos se conocen a partir de este momento, pero todos coinciden en testimoniar la serenidad y entrega ejemplar de Edith. Más tarde se supo el destino final de Edith Stein: las cámaras de gas de Auschwitz. Allí entregó santamente su alma al Señor el 9 de agosto de 1942.
 

 

CUARTO PASO, REFLEXIONAR SI ESTAMOS CONVERTIDOS.
 
San Agustín, comienza su fase de conversión a los 32 años, San Francisco a los 23, Santa Edith Stein, a los 31 y,  podemos hacer una larga lista de convertidos a distintas edades, conocí a alguien que dijo haberse convertido a los 82, tres años después de haber amado mucho a Cristo fue llamado a la casa del Padre, y dejo la frase siguiente en una carta a sus hijos: “Hijos, alégrese todo el mundo por mí, pude haber muerto y ahora vivo por siempre, allí, donde esta Cristo”
 
¿Quién se atreve a decir que ya hizo lo suficiente, que ya es demasiado perfecto y puede declararse convertido totalmente? Les he preguntado a muchos cristianos católicos, si consideran que está convertidos, hay  quien se atreve a decir que sí. Examinemos nuestra conciencia en oración ante Dios, escuchando su voz en nuestro corazón, y veamos si verdaderamente lo estamos.
 
Hay muchas preguntas que hacerse, ¿Amo de verdad a Dios?, ¿Siente mi corazón que ama a Dios?, ¿Utilizo el nombre de Dios para las cosas frívolas?, ¿Santifico el día del Señor?, ¿Me reconcilio con mis hermanos durante la Misa?, ¿Doy tiempo a mis padres y atiendo sus necesidades?,  ¿Promuevo y acepto el aborto?, ¿Conduzco irresponsablemente?, ¿Soy fiel a mi esposo o esposa?, ¿ He engañado para mi beneficio?, ¿Busco que otros opinen mal de mis hermanos?, ¿Permito o promuevo a otros a cometer pecados?, ¿Le deseo mal a otros?, ¿Me alabo a mismo para hacer valer vistosamente mis buenas obras?. ¿Le he negado a un hermano algo que me sobra?, ¿Me domina la pasión en las discusiones y me indigno sin razón?, ¿Me aflige si otro tiene un puesto que yo deseo?, ¿No me agrada sentirme obligado cooperar con mis hermanos?, ¿Soy inconsistente en el bien y desisto rápidamente de mis obligaciones? En fin, podríamos hacernos cientos de pregunta, pero para todo esto hay solución, Todos estamos muy necesitados de la paz interior, reconocer nuestras faltas, es un paso para lograrlo, la culpa se elimina reconociéndola. La confesión nos invita a hacer un examen profundo de nuestra conciencia, descubrir lo que llevamos adentro, por tanto nos ayuda a conocernos más, Pero hay algo de gran importancia, necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados, y necesitamos saber que hemos sido perdonados. No olvidemos que una cosa es pedir perdón y otro distinto ser perdonado.
 
El camino de la conversión es la búsqueda de la perfección que Dios espera de nosotros, y eso, no es fácil.
 

Como conclusión, me parece que es un error cuando pensamos que la conversión se alcanza rápidamente y en esta vida. Reconozco que es un difícil camino, hay que andar mucho y con Dios en el alma, y llega cuando Dios nos de la entrada al Reino.

 
 
CONVERTIRSE A LA MISERICORDIA DE DIOS
 
Si esta en nuestro propósito cambiar de vida, esta también el convertirnos. Convertirse es cambiar de actitud, por tanto es apartarse de nuestros egoísmos, abrir el corazón a Dios, aceptar la mano que Cristo Jesús nos tiende para caminar con El. En efecto, convertirse es aceptar ser salvado por Cristo, y no olvidar que Dios, siempre esta dispuesto al perdón.
 
El atractivo católico, de Santa Edith Stein, fue al observar como en lo ritos fúnebres se encomendaban a los hombres a la misericordia de Dios. La Misericordia de Dios, llega a ser casi  incomprensible, ¿Por qué?, porque pecamos una y otra vez, nos arrepentimos y luego volvemos a cometer las mismas faltas, provocamos el enojo de Dios y sin embargo el no deja de ser misericordioso con nosotros. La Misericordia de Dios, es la perfección del Amor, tanto así, que Él envió a su propio Hijo engendrado al mundo, permitiendo su muerte en la cruz y de este modo nuestros pecados fuesen perdonados. En Justicia Dios nos condena pero en Misericordia nos salva.
 

Es bueno preguntarse, ¿tenemos derecho a su Misericordia?, ¿tenemos derecho al perdón?,  eso es lo incomprensible, entre más pecamos y más provocamos el enojo de Dios, más derecho tenemos.

 
 

REZA EL SALMO 102:- El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen  nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

 
 

DICE CRISTO JESUS: “Os digo que, de igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por 99 justos que no tengan necesidad de conversión (Lc 15, 7)…..Del mismo modo, os digo, se produce alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”(Lc 15, 10)

El evangelio nos da la Buena Noticia que Cristo Jesús vino a consolar a los afligidos a sanar a los Enfermos, a perdonar a los pecadores y nosotros también necesitamos la salvación que Jesús nos trajo, y convertirnos, para que pasemos de la muerte a la vida, de las tinieblas a la Luz, y que seamos hombres nuevos.

 
 
PETICIÓN: Señor, te ruego que me des la Gracia de convertirme de verdad, cambiar de vida, confiar en tu misericordia y caminar por siempre el camino de Jesús.
 

Que Cristo Jesús, viva sus corazones.

 

 
 

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Vivir la Eucaristía

Decálogo para participar correctamente en la Santa Misa

 
 
En esta nueva categoría, “Vivir la Eucaristía” se van a proponer actitudes, formas de, comportamientos adecuados, para vivir la Santa Misa de una forma que no nos aleje del gozo que supone asistir a ella así como, también, la necesaria comprensión de tan gozoso tiempo de vivencia espiritual.
 

La Iglesia siempre ha comprendido que su centro vivificante está en la eucaristía, que hace presente a Cristo, continuamente, en el sacrificio pascual de la redención. En la santa misa, el mismo Autor de la gracia se manifiesta y se da a los fieles, santificándoles y comunicándoles su Espíritu” (Síntesis de la Eucaristía, p. 3).

 
 

La Santa Misa no deja de ser el símbolo de la entrega de Cristo por la humanidad entera (aunque parte de la misma no quiera darse cuenta de tal acto de amor supremo y hasta el extremo) y, por lo mismo, los creyentes en Dios Todopoderoso y Único, tenemos a la Eucaristía como la verdadera Acción de Gracias a partir de la cual vivimos y existimos.

 
 

1.- Si vas a una fiesta viste ropa de fiesta.

Tal vez te preguntes ¿le interesa a Dios cómo visto? ¿Si Él me ama tal como soy por qué preocuparnos del vestido? ¿Si el importante soy yo, por qué darle importancia a lo externo? ¿Qué tiene de malo ir cómodos y confortables a misa?


Sabemos profundamente que vestir bien va con ocasiones importantes. ¿Es para ti ir a misa una ocasión importante? la forma en que vestimos refleja cuanto respetamos al anfitrión y la dignidad del evento.


Es verdad que el interior es muy importante, por eso, necesariamente lo del interior tendrá que manifestarse en lo exterior.


Todo nuestro ser debe prepararse para la gran celebración que es la misa dominical. Todo lo visible ayuda a elevarnos al Dios invisible. Si no vestimos la mejor ropa para la Santa Misa, ¿Para quién la reservamos? El pudor y el respeto nos deben guiar. No vayas a Misa con short, bermudas, chancletas, minifaldas, escotes, gorras, etc.


2.- Que tu misa sea completa, escucha misa entera.

Cuando vamos al cine ¿Qué tan frecuente es llegar pasados10 minutos desde que inicio la película; y que tan frecuente es salirnos antes del último capítulo que marca el final?


Cuando vas a un espectáculo o concierto, ¿Te da igual llegar un buen tiempo después de que el concierto inicio? ¿Y cuándo vas a misa? Como católicos se nos invita a “oír misa entera” es decir, participar activa y conscientemente en la Eucaristía.


La Misa empieza cuando el sacerdote se dirige al altar y nos ponemos de pie para recibirlo. La Misa termina cuando el sacerdote besa el altar, abandona el templo y se hace el canto final. Al terminar no salgas precipitadamente, es de bien nacidos ser agradecidos hasta que el sacerdote entra en la sacristía o este fuera del templo saludando a los participantes.


3.- Ninguna llamada puede ser más importante que la de Él.

La comunicación exige atención y concentración, nos molesta que mientras hablamos nos den la espalda o no nos escuchen. Pero tal parece que eso se nos olvidó con la llegada del celular. Nos hicieron vivir los beneficios del celular sin educarnos en el uso del mismo.


Es increíble como el móvil nos ha hecho adictos y dependientes a él. No se está en contra de esta tecnología, sino del mal uso que le damos.


Hay persona que al menos se salen cuando suena el móvil, aunque tampoco esto es correcto, porque distrae a otros, lo ideal es apagarlo pues la Eucaristía es el encuentro con Dios ¿Y qué llamada puede ser más importante que la de Él?, como para literalmente decirle “Señor, espérame tantito”.


¿Tu qué haces cuando suena (o vibra) tu móvil? Sería muy interesante aprender a distinguir los contextos, no en todos los lugares ni circunstancias deberíamos darle al celular el lugar número uno de nuestra atención.


4.- Dejen que los niños se acerquen a mí.

Esta petición y deseo de Jesús para con los niños, no debe ser una excusa tanto para justificar el comportamiento de los niños en la misa (hablar, correr, hacer ruidos, llantos, berrinches, etc.) como para evitar ir a misa con estos niños llamados “traviesos”.


Si no los encaminamos desde ahora evitaremos la oportunidad de hacerlos crecer y educarse.


Si tu niño llora, corre, brinca o grita en la misa, ayúdalo atendiendo en ese momento su necesidad, cálmalo, distráelo y si es necesario salte un momento con él del templo.


Que no te de pena levantarte e ir por él. A veces distrae mas lo que el niño hace que el hecho de levantarte, ir por él y calmarlo.


No traigas reproductor de video portátil o videojuegos para distraerlos, porque también distraes a los demás.


5.- Se puente y no obstáculo para los demás.

Todos estamos llamados a participar activa y gozosamente en la celebración eucarística.


Para aquellos que se les hace más difícil su participación, principalmente por motivos de salud o alguna otra causa física (la edad, u otra limitación física), como los amigos que ayudan al paralítico a encontrarse con Jesús, ayúdanos respetando los lugares que corresponde a estos hermanos nuestros. Esos lugares son para ellos, incluso los espacios en el estacionamiento.


6.- Cuida Su casa, que es tu casa y nuestra casa.

El templo parroquial y todo lo que en él esta, ha sido consagrado a Dios, ciertamente cada objeto tiene su dignidad, merece respeto.


Por eso te invitamos a cuidar (si vas con menores) y no pisar los reclinatorios, al momento de usarlos desplegarlos con cuidado. Evita pisar o rayar las bancas. Cuida Su casa, que es también la tuya, es nuestra casa.


7.- Que tu boca sea para alabar al Señor.

“El celo de tu casa me devora” dice Jesús, “la casa de mi Padre es casa de oración”. Que tu voz, que tu boca y que tu corazón sean siempre para alabar al Señor, para hablar con Él, para bendecir, para agradecer, para pedir, para ofrecer….no platiques durante la misa, para no distraerte y no distraer a los demás.


Es el momento para escucharle y hablar con Él, para luego poder hablar de Él.


Evita ir a misa ya sea masticando chicle o ingiriendo algún alimento o bebida. De este modo también les damos testimonio a los demás.


8.- Que nadie ocupe tu lugar.

Jesús llamo personalmente a sus discípulos, ciertamente usó intermediarios, pero el encuentro con Él es personal. En el cine, en el circo, en el carnaval y en cualquier evento es válido apartar los lugares de aquellos que aún no llegan.


En la misa no es así, el que llega a tiempo tiene derecho ocupar lugar si no ha sido ocupado por otro personalmente. No se vale poner la bolsa, el suéter y otras pertenencias sobre las bancas para apartar lugar. Date la oportunidad de ser amable, fraterno y educado, somos parte del cuerpo místico de Cristo.


9.- Trátalo como se merece.

Las posturas que asumimos y el modo de comportarnos en la misa tiene mucho que ver con la persona con la que se entra en relación y con nuestra disposición. Al entrar en el templo se recomienda un momento de meditación, saludo, preparación para el acontecimiento más importante que existe, primero sentado (no piernas cruzadas) escuchar al Señor en las lecturas, que nos dice, que le dices, en el Evangelio oír a Jesús de pie, posteriormente en el momento de la consagración se debe estar de rodillas, se está al pie de la Cruz, con la Virgen María y S. Juan; si no te es posible, es más recomendable que permanezcas sentado y no de pie. Si vas a recibir la Sagrada Forma (Jesús) no te distraigas en el camino es un encuentro privilegiado, procura llevar las manos juntas y nunca en los bolsillos. Busca lo menos posible pasar por en medio del pasillo central ya iniciada la misa, o querer un lugar de adelante, distraes a todos. Si se está llevando a cabo alguna celebración como boda, rosario, hora santa, etc., estas esperando o ya terminó la ceremonia, puedes saludar y platicar fuera del templo.


10.- Estar siempre preparado.

La vida sacramental y el seguimiento a Jesús no se improvisan. Los sacramentos tienen un lugar, un tiempo de preparación y una dignidad para celebrarlos. No existen “confesiones rapiditas” o de “un minuto”.


Cuida no llegar 5 ó 10 minutos antes de la misa para pedir por alguna intención.


Es bueno prever y organizar nuestro tiempo, eso habla de la importancia que tienen las cosas según el tiempo que se les dedica. Para darte un mejor servicio solicita tus intenciones de misa en horario de oficina y las confesiones en su horario establecido.
 
Y, hasta aquí, el Decálogo. Con franqueza tengo que decir que, a lo mejor, es difícil de cumplir pero, en realidad, nadie ha dicho que sea sencillo ser buen católico. Al menos, no debería ser demasiado cómodo aunque sí gozoso.
 
 
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Requisitos para recibir dignamente la comunión

 
 
Cada vez se está haciendo más frecuente ver en nuestras iglesias, por un lado, largas colas para recibir la Comunión en la Santa Misa, y por otro lado, los confesionarios siempre vacíos (ni sacerdotes confesando, ni penitentes). Ante ello me asalta una grave pregunta: ¿Están recibiendo dignamente a Jesús sacramentado aquellos que se acercan a la Sagrada Eucaristía? Recordemos que quien recibe a Jesús en pecado mortal comete un grave sacrilegio. Es más, según nos dice San Pablo: “El que recibe indignamente el Cuerpo de Cristo, está recibiendo su propia condenación”(1 Cor 11: 29)
 

Conozco hombres y mujeres que acuden frecuentemente a recibir a Jesús Sacramentado, pero nunca los veo acercarse a la confesión. Cuando en alguna ocasión me he referido a ello en la predicación de la Misa esperando ser escuchado, no he visto respuesta alguna. Esas mismas personas han seguido comulgando, pero nunca se han acercado a confesarse. Ante esta preocupante realidad tenemos que buscar las causas y una posible solución.

 
 
PREGUNTA:
 

¿Por qué están los confesionarios vacíos? ¿Por qué muchos cristianos se acercan a recibir la Sagrada Comunión sin haberse confesado en mucho tiempo; es más, en estado de pecado mortal?

 
 

RESPUESTA: Primero, porque el sacerdote ya no se sienta habitualmente a confesar. Y segundo, porque se ha perdido el sentido del pecado. No digo que el hombre no peque gravemente, sino porque la conciencia se ha hecho tan laxa y permisiva que ha perdido su delicadeza. Para esa nueva conciencia ya nada es pecado grave. Se oye con frecuencia decir a aquél que se acerca en alguna ocasión a confesarse: “Hace cinco años que no me confieso, pero como no mato ni robo…” Luego, cuando uno empieza a preguntarle: ¿Va usted a Misa todos los domingos? Y otras preguntas comunes de la confesión, descubre que hay cantidad de pecados mortales, pero que para esa persona no tienen importancia alguna. No por eso esa persona deja de ser culpable, pues si ha llegado a esa condición de laxitud de conciencia ha sido en la mayoría de los casos por culpa propia.

 
 
PREGUNTA:
 

¿Qué condiciones se requieren para que un católico pueda recibir dignamente la Sagrada Comunión?

 
 
RESPUESTA:
 
  • Estar en gracia de Dios: para lo cual hay que confesarse previamente si uno tiene conciencia de pecado grave.
  • Guardar el ayuno eucarístico: una hora antes de comulgar no se puede comer ni beber nada, salvo agua o medicinas.
  • Saber a quién recibimos. Por eso los niños han de recibir la catequesis antes de realizar su Primera Comunión.
 
PREGUNTA:
 

¿Con qué frecuencia de debo confesar si deseo recibir la Comunión todas las semanas?

 
RESPUESTA: La pregunta está mal formulada. Lo que la Iglesia nos exige es que recibamos a Jesús Sacramentado en estado de gracia santificante; es decir sin pecado mortal. De todos modos, la Iglesia nos manda confesar los pecados mortales al menos una vez al año. Ahora bien, si deseas recibir la Sagrada Comunión todas las semanas, lo mejor es que te confieses al menos una vez al mes aunque no tengas conciencia de pecado grave. Y en el supuesto de que hubiera algún pecado mortal, habría que confesarse siempre antes de recibir la Comunión.
 
 
PREGUNTA:
 

¿Se puede recibir la Comunión de pie y en la mano?

 

RESPUESTA: La Iglesia aconseja recibir la Comunión de rodillas y en la boca. De rodillas, en señal de adoración a Cristo. Y en la boca, pues nuestras manos no están consagradas para tocar la hostia. A pesar de ello, los obispos de ciertas diócesis autorizan a recibir la Comunión de pie y en la mano. Esta costumbre se ha extendido en muchos lugares, lo que ha llevado a muchos a una pérdida de devoción y respeto a la Sagrada Eucaristía.

 
 
PREGUNTA:
 

¿Se puede recibir la Comunión en pantalones cortos…?

 
 
RESPUESTA: No se debe. Es más, para asistir a la Misa se debe estar debidamente vestido. Ciertas prendas de vestir no son aptar para entrar en el templo, pues el templo es un lugar sagrado y debemos vestir acorde con el lugar a donde vamos.
 
 

Los frutos de la Sagrada Comunión

Frutos de la Comunión en el alma

 
 

Según el R. P. Antonio Royo Marín, los principales efectos de la Sagrada Comunión bien recibida son los siguientes:

 
 

Efectos de la Eucaristía en el cuerpo

  1. La Eucaristía, dignamente recibida, santifica en cierto modo el cuerpo mismo del que comulga. El catecismo romano del Concilio de Trento (2ª parte n° 53) dice: “La Eucaristía refrena también y reprime la misma concupiscencia de la carne, porque, al encender en el alma el fuego de la caridad, mitiga los ardores sensuales de nuestro cuerpo”.
  2. La Eucaristía confiere el derecho a la resurrección gloriosa de su cuerpo. “El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre, tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré el último día” (Juan 6, 54). Se trata de la resurrección gloriosa para la felicidad eterna.
 
 
Comulgar es recibir a Dios. Es recibir santificación y fuerza, paz y consuelo, fe, esperanza y caridad. Comulgar es hacerse cada vez más semejante a Cristo, imitando sus virtudes y reproduciendo en sí mismo la vida y comportamiento de Cristo. Comulgar es armarse de la fuerza de Dios contra los vicios y los demonios; comulgar es ir sometiendo poco a poco el cuerpo al alma y ser libre de las esclavitudes de los vicios; comulgar es tener paz en el alma y a su alrededor.
 
Todos los santos han deseado recibir a menudo la divina Eucaristía; de ella han sacado su santidad y perfección. ¡Dichosos los que comulgan cada día o al menos cada domingo con buena preparación y acción de gracias!
 
 
 

El poder de un Ave María

 
 
Era una mañana soleada.
 

Las montañas del Tirol se mostraban especialmente bonitas en aquel día de primavera.

La nieve ya estaba casi toda derretida, pero los picos blancos centelleaban todavía bajo los rayos del sol.

El Padre Hans había terminado de celebrar su misa matutina y se preparaba para la catequesis de los niños.

Seleccionaba la materia, consultaba los libros y escogía algunas estampas para premiar a los niños más aplicados, momento que más agradaba a todos ellos en la clase. Encontró una linda estampa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y la separó para quien supiese responder a la pregunta más difícil.

 
 

 

En ese momento entró el sacristán, diciendo apesadumbrado:
 
— Padre Hans… Acaba de llegar la hija de la Sra. Binzer, con la noticia de que su madre está muy mal, tal vez en sus últimos momentos, y le pide que le lleve el Viático. Pero no puedo acompañarle porque hoy es el día libre del secretario de la parroquia, y alguien tiene que cuidar de la iglesia.
 

— No te preocupes, Rolf, ya he estado varias veces en la casa de la Sra. Binzer y conozco todos los atajos.

Saliendo ahora, conseguiré volver a tiempo al mediodía, si Dios quiere.
 

Sin demora, el buen párroco tomó los Santos Óleos y la teca con el Santísimo, montó a caballo y partió muy recogido. Iba adorando a Jesús Sacramento, que llevaba pendiente de su cuello, envuelto en una bolsa de seda bordada con las iniciales JHS: Jesús Hostia Santa.

 
 
¡El camino era bellísimo! Las flores ya se habían abierto, el arroyo fluía suavemente, haciendo cantar sus aguas cristalinas, y los árboles, de nuevo cubiertos con hojas, daban al aire de la primavera un frescor muy agradable. Los pájaros cantaban y las mariposas parecían bailar delante del caballo, convidando al sacerdote a un paseo a través de los pinares perfumados.
 

El Padre Hans observó un poco la belleza del paisaje, glorificando a Dios por esos dones dados al hombre, pero concentraba toda su atención en el Creador de esas maravillas, que llevaba apretado contra su pecho.

Así recogido, continuaba su camino en actitud de adoración. Apenas pensó:
 
— Hace tiempo que no disfruto del aire fresco de ese bosque. A la vuelta voy a aprovechar un poco, y creo que no me retrasaré en mi regreso…
 
Llegando a casa de la Sra. Binzer, encontró a la enferma muy mal.
 
Se trataba de una piadosa campesina, que siempre participaba en las actividades parroquiales, pero la edad y la enfermedad le habían consumido todas las fuerzas, y ahora preparaba su alma para presentarse ante Dios. Toda la familia estaba reunida alrededor de su cama. Algunos lloraban, y una de las hijas dirigía el rezo de los Misterios Dolorosos del Rosario.
 
El Padre Hans le administró la Unción de los Enfermos que recibió con plena conciencia y piedad. Pero al darle la Comunión, notó que por un error, había tomado dos partículas.
 
No era habitual en aquel tiempo consumir dos hostias al mismo tiempo, y además la pobre señora casi no las podría tragar. Eso contrarió un poco al sacerdote, pues tendría que devolver de nuevo a la iglesia el Santísimo Sacramento, por lo que debería regresar recogido, en oración, sin poder disfrutar de la primavera en el bosque.
 
Después de decir a la familia unas palabras de consuelo y esperanza, montó en su cabalgadura y se volvió rezando.
 
Mientras se acercaba al bosque, salió corriendo a su encuentro un joven leñador, gritando de lejos:
 

— ¡Un sacerdote! ¡Un sacerdote!

Llegando junto al caballo el muchacho le dijo:
 
— Señor Vicario, mi compañero de trabajo ha sufrido un accidente. Un árbol cayó sobre él. Se está muriendo y lo único que consigue hacer es pedir un sacerdote.
 
¡Venga pronto señor Vicario!
 
El Padre Hans comprendió entonces la razón de haber tomado dos partículas sin darse cuenta. ¡No fue un error! Fue la Divina Providencia que quería venir en ayuda de aquella alma en el momento supremo. El pobre muchacho se confesó con mucho esfuerzo, y recibió su última Comunión.
 
El sacerdote le preguntó, amablemente, si había hecho algo para merecer una gracia tan grande. El leñador respondió con la voz entrecortada:
 
— Oh, Padre… cada vez que pasaba un sacerdote llevando el Viático a alguien, rezaba un Ave María rogando a la Santísima Virgen la gracia de no morir sin confesarme y recibir la Sagrada Eucaristía en el último momento de mi vida. Y Ella, como madre que nunca deja de cumplir cualquier petición de sus hijos, me ha dado tal gracia. Que a usted también le ayude cuando llegue su hora.
 
Luego hizo una profunda inspiración y entregó su alma a Dios.
 
A la mañana siguiente el Padre Hans contó lo sucedido a los niños del catecismo, para enseñarles cual es el poder de un Ave María.
 
Y premió con una estampa de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro a quién supo recitar de memoria esta hermosa parte de la oración de San Bernardo: “Acordaos oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido bajo vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de Vos”…
 
 
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

Los orígenes de la celebración de la Navidad

 
 
 
Los cristianos de la primera generación, es decir, aquellos que escucharon directamente la predicación de los Apóstoles, conocían bien y meditaban con frecuencia la vida de Jesús. Especialmente los momentos decisivos: su pasión, muerte redentora y resurrección gloriosa.
 
También recordaban sus milagros, sus parábolas y muchos detalles de su predicación. Era lo que habían oído contar a aquellos que habían seguido al Maestro durante su vida pública, que habían sido testigos directos de todos aquellos acontecimientos.
 
Acerca de su infancia sólo conocían algunos detalles que tal vez narrara el propio Jesús o su Madre, aunque la mayor parte de ellos María los conservaba en su corazón
 
Cuando se escriben los evangelios sólo se deja constancia en ellos de lo más significativo acerca del nacimiento de Jesús. Desde perspectivas diferentes, Mateo y Lucas recuerdan los mismos hechos esenciales: que Jesús nació en Belén de Judá, de la Virgen María, desposada con  José, pero sin que Ella hubiese conocido varón. Además, hacia el final de los relatos sobre la infancia de Jesús, ambos señalan que después fueron a vivir a Nazaret.
 

Mateo subraya que Jesús es el Mesías descendiente de David, el Salvador en el que se han cumplido las promesas de Dios al antiguo pueblo de Israel. Por eso, como la pertenencia de Jesús al linaje de David viene dada por ser hijo legal de José, Mateo narra los hechos fijándose especialmente en el cometido del Santo Patriarca.

 
 
Por su parte,  Lucas, centrándose en la Virgen -que representa también a la humanidad fiel a Dios-, enseña que el Niño que nace en Belén es el Salvador prometido, el Mesías y Señor, que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres.
 
En el siglo II el deseo de saber más sobre el nacimiento de Jesús y su infancia hizo que algunas personas piadosas, pero sin una información histórica precisa, inventaran relatos fantásticos y llenos de imaginación. Se conocen algunos a través de los evangelios apócrifos. Uno de los relatos más desarrollados sobre el nacimiento de Jesús contenido en los apócrifos es el que se presenta en el llamado Protoevangelio de Santiago, según otros manuscritos, Natividad de María, escrito a mediados del siglo II.
 
En las primeras generaciones de cristianos la fiesta por excelencia era la Pascua, conmemoración de la Resurrección del Señor. Todos sabían bien en qué fechas había sido crucificado Jesús y cuándo había resucitado: en los días centrales de la celebración de la fiesta judía de la Pascua, en torno al día 15 de Nisán, es decir, el día de luna llena del primer mes de primavera.
 
Sin embargo, posiblemente no conocían con la misma certeza el momento de su nacimiento. No formaba parte de las costumbres de los primeros cristianos la celebración del cumpleaños, y no se había instituido una fiesta particular para conmemorar el cumpleaños de Jesús.
 

¿Por qué se celebra el 25 de diciembre?

Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.

 
 
Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por ese día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año.
 
Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como “sol de justicia” (Ma 4,2) y “luz del mundo” (Jn 1,4ss.).
 
Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución.
 
Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.
 
La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí.
 
Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán.
 
El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz.
 
Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).
 
La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.
 
 

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¿Cuándo poner y quitar el árbol de Navidad?

 
Hay muchas tradiciones respecto a este tema, pues una tradición que en sus inicios fue eminentemente cristiana (fue san Francisco de Asís quien puso el primer pesebre viviente, en la Navidad de 1223), se ha ido comercializando. De esto tenemos que muchos empiezan a decorar para la Navidad incluso desde septiembre. Hoy me quiero concentrar en el árbol de Navidad: ¿Cuándo se debe colocar? ¿Cuándo se debe quitar?
 
Primero, debemos notar que se llama “árbol de Navidad”, no “árbol de Adviento”, es decir que lo propio sería que éste se coloque durante dicho tiempo litúrgico (que estrictamente hablando comienza en las primeras vísperas de Navidad -24 de diciembre en la tarde- y termina con la Fiesta del Bautismo del Señor, el domingo posterior al 06 de enero).
 
Ahora bien, hay que aclarar que precisamente el Tiempo de Adviento (que inicia 4 semanas antes de Navidad) es una preparación para esa magna celebración. Por lo que, como sacerdote, y siguiendo la tradición cristiana, veo muy apropiado que se coloque el árbol de Navidad desde el primer domingo de Adviento, y así poco a poco irnos preparando hacia el nacimiento de Jesús. Esto en el caso que dicho árbol sea artificial, porque de ser natural, lo más probable es que no permanecería verde todo el tiempo debido.
 
Algunos sugieren, cosa que me parece muy adecuada -sobretodo si es un árbol natural-, que se coloque una semana antes de Navidad. De hecho, el Adviento se divide en dos grandes partes: las primeras dos semanas se enfocan en los profetas que anuncian la llegada del Mesías, mientras que del 17 de diciembre en adelante se concentra más en los personajes cercanos al nacimiento de Jesús. Por lo que una buena opción también puede ser colocarlo del 17 de diciembre en adelante.
 

Respecto a la fecha en la que se debe quitar el árbol de Navidad, no hay mucho que discutir, pues es claro que cuando termina el tiempo de Navidad, es el momento para quitarlo. La Navidad -como ya esbozamos arriba- comienza el 24 de diciembre en la tarde (primeras vísperas) y concluye el domingo siguiente al 06 de enero, esto es el domingo posterior a la Epifanía (dicho domingo se celebra la Fiesta del Bautismo del Señor). El lunes que sigue al domingo en el que se ha celebrado dicha Fiesta, se continúa con el Tiempo Ordinario, por lo que ya no tiene sentido tener elementos de Navidad, entre ellos, el árbol, pues cada Tiempo Litúrgico tiene sus propios elementos, colores, etc.

 
 
Debemos resaltar que esta fiesta es eminentemente cristiana, pues recordamos el acontecimiento en el cual Dios se hizo carne (lo que conocemos como Encarnación y/o Navidad), por lo que animo con ahínco a que no nos la dejemos robar, no permitamos que se comercialice, que se paganice. Es la fiesta del cumpleaños de Jesús, por lo que no tendría sentido celebrar un cumpleaños si olvidamos al cumpleañero. El centro debe ser Cristo, en la humildad de un niño.
 
Un detalle que también debemos recalcar es que el árbol de Navidad es sólo uno de los elementos de todo el pesebre, éste no tendría sentido si no se coloca el nacimiento (María, José, el niño Dios, los reyes Magos, la estrella, los pastores, la mula y el buey, etc), todo debe estar centrado en el evento central: el Nacimiento de Jesús; todos los elementos apuntan a ello.
 
En síntesis, es correcto colocar el árbol de Navidad a partir del primer Domingo de Adviento (4 semanas antes del 24 de diciembre), pero no tendría mucho sentido colocarlo antes de esa fecha. Y se quita el domingo posterior al 06 de enero.
 
Vivamos bien esta Navidad, preparémonos para ella. Y que el color verde del árbol nos recuerde la esperanza, nos recuerde que nos estamos preparando para la Venida de Jesús. Celebremos la Navidad, pero no la celebremos sin Jesús.
 

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

¡El domingo ya empieza el Adviento!

 
 
Cuatro domingos de Adviento tendrán que pasar para que ya, una vez más, estemos en Navidad…
Mañana será el primero y el advenimiento que vamos a celebrar es la conmemoración de la llegada del Hijo de Dios a la Tierra.
 
Es tiempo de preparación puesto que siempre que esperamos recibir a una persona importante, nos preparamos.
La Iglesia nos invita a que introduzcamos en nuestro espíritu y en nuestro cotidiano vivir un nuevo aspecto disciplinario para aumentar el deseo ferviente de la venida del Mesías y que su llegada purifique e ilumine este mundo, caótico y deshumanizado, procurando el recogimiento y que sean más abundantes y profundos los tiempos de oración y el ofrecimiento de sacrificios, aunque sean cosas pequeñas y simples, preparando así los Caminos del Señor.
Caminos que llevamos en nuestro interior y que tenemos que luchar para que no se llenen de tinieblas, de ambición, de lujuria, de envidia, de soberbia y de tantas otras debilidades propias de nuestro corazón humano, sino que sean caminos de luz, senderos que nos conduzcan a la cima de la montaña, a la conquista de nuestro propio yo.
Hace unos días celebrábamos el día de Cristo Rey. Cristo es un Rey que no es de este mundo. El reino que El nos vino a enseñar pertenece a los pobres, a los pequeños y también a los pecadores arrepentidos, es decir, a los que lo acogen con corazón humilde y los declara bienaventurados porque de “ellos es el Reino de los Cielos”…. y a lo “pequeños” es a quienes el Padre se ha dignado revelar las cosas ocultas a los sabios y a los ricos.
Es preciso entrar en ese Reino y para eso hay que hacerse discípulo de Cristo.
A nosotros no toca ser portadores del mensaje que Jesús vino a traer a la Tierra.
 
Cristo no vivió su vida para sí mismo, sino para nosotros desde su Encarnación. por “nosotros los hombres y por nuestra salvación hasta su muerte, por nuestros pecados” (1Co 15,3) y en su Resurrección “para nuestra justificación (Rm4,1) “estando siempre vivo para interceder en nuestro favor” (Hb 7,25). Con todo lo que vivió y sufrió por nosotros, de una vez por todas, permanece presente para siempre “ante el acatamiento de Dios en favor nuestro” (Hb 9,24).
Cuatro domingos faltan para que celebremos su llegada. Días y semanas para meditar, menos carreras, menos cansancio del bullicio y ajetreo de compras y compromisos, de banalidades y gastos superfluos… mejor preparar nuestro corazón y tratar de que los demás lo hagan también para el Gran Día del Nacimiento en la Tierra de Dios que se hace hombre.
PREPARÉMOSNOS CON ILUSIÓN Y CON FE.