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Para Meditar
La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo.
Catecismo de la Iglesia Católica 2708

¿Qué es la conversión?

 

Dice el Diccionario de la Real Academia que convertir es “hacer que alguien o algo se trasforme en algo distinto de lo que era”. Este significado amplio bien se puede aplicar al más específico sentido religioso.

 

“Convertirse significa cambiar de vida, tomar un rumbo diferente del que se venía siguiendo, como hicieron los ninivitas ante la predicación de Jonás”, afirma Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, en Lo Inédito sobre los Evangelios. Recordemos. Dios había decretado la destrucción de Nínive -“ciudad entregada a los vicios y con conceptos religiosos desviados” – y mandó a Jonás a profetizar, lo que hizo de mala gana, y hasta con gusto del cumplimiento de los castigos anunciados, pues los ninivitas eran enemigos de los judíos.

 

Entretanto, “el rey y el pueblo se tomaron en serio su palabra, ‘creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron con rudo sayal, desde el más importante al menor’ (Jon 3, 5). ¿Por qué actuaron así? Porque el Señor les enseñó sus caminos y los instruyó en sus sendas”. Los ninivitas, pues, se convirtieron.

 

 

 

Convertirse significa salir de una situación materialista, naturalista y humana, para adoptar una actitud angélica, sobrenatural y divina; olvidar los problemas banales para ponerse en una nueva perspectiva, no más la del tiempo, sino la de la eternidad, es decir, la del Reino de Dios”, puntualiza Mons. Clá.

 

Es decir, lo humano es el pecado, que tiende al materialismo y al naturalismo, o sea, al olvido de Dios y al olvido del recurso a Dios para enfrentar los problemas de nuestra vida. Puede ser un ateísmo profeso, explícito, o mucho más comúnmente el ‘ateísmo práctico’ que practican en demasía los cristianos. Lo contrario de esto es la actitud de los ángeles que están en el cielo, siempre en presencia de Dios y adorando a Dios, algunos actuando poderosamente aquí en la Tierra o rigiendo el Cosmos, pero siempre con el pensamiento y el corazón vuelto hacia el Creador, viviendo de su gracia y de sus dones. Es a asumir esa posición de espíritu a la que el autor llama conversión.

 

 

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Quiere decir, el cambio de vida, el cambio de comportamiento, en la focalización de Mons. João Clá, es la consecuencia de un cambio de mentalidad, del paso de una mentalidad naturalista y mundana, a una mentalidad sobrenatural y con los ojos puestos en la eternidad.

 

Es el paso de una mentalidad de ‘super-yo’ egoísta, cerrada sobre sí, ensimismada y tendiente a la satisfacción sólo de los propios caprichos, a una mentalidad abierta a Dios, sabedora de lo dependientes que somos de él, contenta con esta dependencia y fortalecedora de esta dependencia. Una nueva mentalidad que a todo momento se reporta al Creador, y de Él implora la fuerza para la faena de todos los días.

 

Es el paso incluso de ese tipo día “con momentos para Dios”, con instantes “para la oración”, a pasar todo el día casi que en una contemplación constante del Creador y sus misterios, a un día en que se piensa comúnmente en Dios, en su Palabra, en la Virgen, y se vive en función de ellos.

 

Lo que ocurrió en Nínive fue un milagro de la gracia. Cambiar el egoísmo, cambiar la mente es algo muy complicado, pues es una construcción que se ha ido desarrollando con el paso de los años, especialmente con las justificaciones tontas que hemos ido haciendo de nuestra vida de pecado. Pero justamente cuando la solución es el milagro, pues ahí está el Hacedor de los milagros para que nos haga el nuestro. Pidámoslo, para que con nuestra conversión tengamos el destino feliz de Nínive y no el trágico final que se le había anunciado.

El secreto para ser un buen católico

 

Muchas veces me he preguntado: ¿qué actividad misionera debe priorizar un católico auténtico como para servir bien a Dios? ¿Evangelizar y predicar? ¿U ofrecer buenas obras en su comunidad? La respuesta verdadera parece ser similar al clásico dilema de hechos vs palabras: los hechos siempre hablan y pesan más que las palabras.

Puede parecer algo obvio, pero no lo es, puesto que en la vida diaria nos enfrentamos a situaciones que desafían nuestra capacidad de aplicar nuestra fe de manera correcta. Esto sucede más a menudo en personas de alta jerarquía en la sociedad: autoridades, adinerados e intelectuales. Quienes cuentan con los mejores medios o recursos para sobrevivir tienden a pecar de soberbia con mayor fuerza que las clases inferiores.

Esa soberbia consiste en creer que el intelecto es lo que más importa para conocer a Dios: otorgar a las buenas obras un papel secundario y preocuparse más de leer acerca de la fe católica, es decir, conocer y difundir antes que servir. Inclusive, por su misma naturaleza, esta visión de la fe católica se asemeja un poco a la protestante, que es la sola fide (‘solo la fe basta para salvarse’).

Muchas veces somos seducidos por la idea de que, al estar dotados de capacidades extraordinarias (ya sea oratoria, escritura, dibujo, etc.), tenemos que dar prioridad a conocer y difundir la fe católica haciendo uso de nuestras habilidades. A esta acción nos motivan las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, como la parábola de los talentos (Mateo 25,14-30) y la higuera que no da frutos (Lucas 13,6-9).

En principio, esta motivación es buena y noble: nos ayuda a movernos con ánimos a todo tipo de acciones que hacen de este mundo un mundo más católico; hay varios ejemplos de esto. El catequista que lee sobre el tradicionalismo católico y enseña a sus alumnos sobre la Fraternidad San Pío X. El periodista que escribe artículos sobre la vida de los santos y los difunde en sitios web católicos. La ilustradora que descubre libros clave de teología medieval y decide difundir su contenido mediante dibujos e infografías a sus seguidores en redes sociales.

 

 

Sin embargo, existe un peligro en esta actitud de constante activismo, semejante al concepto de ‘productividad’ u ‘orientación a resultados’ que prima en muchas empresas actualmente. Trabajar mucho para la gloria de Dios a costa de otras cosas más importantes que descuidás es algo que puede llevarte al infierno, y no porque te explotés a vos mismo; de hecho, en parte eso es bueno, porque Jesús mismo dio el ejemplo sacrificándose por nosotros. Es un peligro cuando te motiva a eso una actitud de soberbia y ceguera.

Soberbia, porque creés que con tus propias capacidades sos autosuficiente y que de, no ser por vos, no podría haber otras personas que hagan lo mismo que vos por el bien de la humanidad y del reinado de Cristo. Ceguera, porque cuando te enfocás en predicar o misionar, pero no practicás con mucho éxito esos principios en tu vida íntima, descuidás lo más esencial para cuidar lo superficial, es decir, ejercés un cristianismo de forma y no de fondo.

Aplicar los talentos se vuelve mucho más tentador si ejercer nuestras facultades implica una manera cómoda y sin riesgos de servir a la iglesia. Esta falla personal se evidencia cuando sacrificamos actividades importantes en nuestra vida diaria bajo la excusa del apostolado, de explotar nuestras habilidades para servir a Dios. En parte, esta actitud trata de imitar a Cristo cuando, a los doce años, dice a sus padres, quienes lo buscaban porque estaba perdido: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?» (Lucas 2,49). Es cierto, dedicar tiempo a Dios es sano y justo, pero nosotros no somos Jesús como para tener justificada esa omisión de cosas también importantes.

Un ejemplo para ilustrar: imaginá que sos consultor y estás trabajando desde tu casa. Tenés en tus manos el preparar un proyecto importante para colaborar con las parroquias de tu ciudad, redactás un documento en tu computadora. Creés en tus habilidades planificadoras y con mucha razón: sos un capo, todos te reconocen por tener alto potencial en la elaboración de proyectos. El tiempo de entrega no está tan cerca, pero el proyecto es muy importante para vos y querés dedicarle incluso más horas de las necesarias porque le tenés mucho cariño a Dios.

Sin embargo, tu hija hace travesuras por toda la casa y le exigís a tu esposa que la cuide, a pesar de que ella también está muy ocupada cocinando. Le gritás a tu esposa, la regañás e incluso le pegás a tu hija para moderarla porque no se comporta ni te deja trabajar. ¿Es eso lo que haría un buen católico? ¿Agradaría a Dios que sacrifiqués la atención a tu familia por una obra en beneficio de su iglesia?

 

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Ante esta perspectiva, toca proponer el dilema siguiente: la salvación del rústico vs la condena del docto. Personas dotadas de habilidades especiales podrían condenar su alma por más buenas que sean sus intenciones, precisamente porque tienden a olvidar lo íntimo y enfocarse en lo exterior. Y por otro lado, mucha gente pobre que ejerce su fe de manera rústica, artesanal, improvisada y hasta ignorante, podría tener más posibilidades de salvar su alma por la sinceridad con la que ejerce su fe a pesar de no conocerla a profundidad.

Esto no quiere decir que todas las personas talentosas sean más pecadoras que las no talentosas, sino que, al parecer, las primeras tienen más posibilidades de caer en pecado mortal que las segundas. No por nada tenemos de ejemplo lo que pasó con Adán y Eva: desobedecieron a Dios comiendo el fruto del conocimiento y fueron castigados con la expulsión del paraíso. Querer apoderarse de todo, controlarlo todo al estar en un puesto de alta jerarquía, conlleva el riesgo de caer en la pedantería, la vanidad, el egoísmo. Y esto es algo que vemos en muchas personas anticatólicas de hoy, como los progresistas, los comunistas y los liberales.

Si predicás la buena nueva mediante tus artículos de opinión en diarios o revistas de tu país, estás haciendo bien, pero acordate de aplicar a tu vida diaria esos principios que predicás. Cuando escribás sobre la importancia de defender la familia y evitar el aborto, advertí a tus tíos y primos que no aborten si es que un día te visitan de casualidad y hay oportunidad de charlar. Cuando escribás sobre la importancia de recoger las tradiciones de nuestros abuelos sobre el rezo y la devoción a los santos, charlá también con tu abuela para conocer vos mismo sus experiencias personales con eso.

No te engañés con mantras tramposos como ‘dedicar tu alma a Dios’ o ‘ejercer el apostolado’ a costa de tu propia conversión en la vida privada. No basta con promover el buen catolicismo: hay que ser un buen católico. Antes de evangelizar al mundo, preocupate de ejercer la humildad, conocer la vida dura del trabajador, contribuir con las tareas del hogar y conocer a tus familiares.

Eso sí, tratá de tomar decisiones sabias y prácticas según tu caso particular. Por ejemplo, supongamos que sos una jovencita de 18 años y tenés un blog donde escribís sobre apologética cristiana. Un día, tu prima viene a visitarte; no estás acostumbrada a charlar con ella y de pronto querés conocerla más. Vos y ella conversan toda la tarde y cumplís con tu objetivo: fortalecer los lazos familiares.

La conociste más: ahora sabés que a ella le encanta hablar de chicos guapos que ve en las revistas, de su música electrónica favorita y de maquillaje. Sin embargo, descubrís también algo importante: no congeniás con ella, ya que sus temas favoritos son vacíos y superficiales. Resulta que te visita una segunda ocasión, una tercera, una cuarta… y vos has tratado de hablarle de Dios, pero a ella no le importa; es más, el tema casi se le hace motivo de burla.

Si en la siguiente visita ella quiere persistir en charlas mundanas, y vos dejás a un lado tu apostolado (redactar artículos de apologética para tu blog) por sentarte a conversar con ella, estás cometiendo una falta. El tiempo que invertís en una conversación que sabés que no va a rendir frutos ni despertar deseos de convertirse en ella, podrías haberlo invertido en elaborar textos para convertir a la gente mediante tu blog. Dejala, no lo intentés más: ya Dios se va a encargar de obrar en su vida y tocar su corazón de maneras que no podés controlar; vos hiciste lo que pudiste. Lo importante es que lo intentés: hipótesis, experimentación, resultados y conclusión.

Otro ejemplo: los tíos borrachos, la madre obsesionada con las telenovelas, el padre pervertido, etc. Si dejás de lado tu talento para expandir el reino de Dios luego de que la evidencia indica que tus familiares no reciben el evangelio de buena manera, estás obrando mal. Esto no quiere decir que debás odiar a tus familiares en estas situaciones, sino que simplemente tratés de evitar desperdiciar tu tiempo con ellos en los momentos específicos en que te impiden ejercer mejores obras.

Y así como estos, hay muchos casos en los que podemos vernos tentados a abandonar el apostolado por prácticas de humildad que nos pueden hacer caer verdaderamente en la higuera infructuosa. Es muy difícil detectar esos momentos, pero hay que hacerlo y se logra con la práctica, con experiencias de vida; también con la oración, por supuesto, pidiendo a Dios que te ilumine haciéndote saber qué quiere de vos.

Lo cierto es que, no obstante, pueden ser más frecuentes y determinantes para nuestra salvación los momentos en los que estamos obligados a darnos un tiempo para mejorar nuestra vida privada sacrificando el apostolado. Muchos santos dedicaron su tiempo a obras de caridad y meditación antes que las lecturas teóricas y la predicación. De nada sirve que difundás la doctrina de la iglesia en tus círculos sociales si no la practicás en tu día a día: hay que ser buen católico antes que hacer buenos católicos.

Ahora bien, aquí viene un concepto profundo que hace falta tomar en cuenta para transformar esta máxima correctamente: la santificación. ¿Qué implica esto? Que para ser un buen católico, hay que santificarse a uno mismo antes que santificar a los demás. Así es, tal como lo leés: no se trata de solo corregirse a uno mismo antes que corregir a los demás, sino de santificar, palabra sumamente importante que implica una diferencia sustancial respecto a la corrección.

El concepto de ‘corregirse’ implica algo muy vago y general: corregir tus defectos, corregir tus tropiezos, corregir tus errores y equivocaciones. Implica una visión muy secular del mundo, ya que podés ser un buen ciudadano o un buen empresario, pero la pregunta de fondo es ¿eso agrada a Dios? ¿’La mejor religión es ser buena persona’?

Para un católico íntegro, no basta ‘corregirse’: hay que ir más allá, esforzarse al máximo, corregirse a la infinitésima potencia. Así como los atletas se esfuerzan en superar ciertas marcas para lograr un buen récord o clasificar en las olimpiadas, así también debe un buen católico potenciar al máximo sus virtudes para contentar a su Dios y salvador.

Ser ciudadano ejemplar es bueno, ser empresario exitoso es bueno, pero ¿qué hay de ser un ciudadano ejemplar católico, de ser un empresario exitoso católico? ¿Suena mucho mejor, no? Y no hay excusas como para decir que no hay ejemplo de tales casos: está el empresario argentino Enrique Shaw. Él logró una vida agradable a Dios aun en los campos pantanosos de la riqueza, que suele tentar a muchos con el pecado de la avaricia. Consiguió una vida de riqueza no solo material, sino también espiritual.

Dios quiere que seamos santos, no solo ‘que seamos buenos’ o ‘que nos corrijamos’. Estas actitudes son un muy buen primer paso y ayudan muchísimo, pero el hecho estancarnos ahí podría condenar nuestras almas. Los santos patrones de la iglesia, los primeros santos, donaron buena parte de sus bienes y vivieron en la pobreza, el retiro y la meditación. Si personas como ellos, tan sabias, dotadas y talentosas a nivel intelectual, pudieron santificarse en dichas condiciones, ¿por qué nosotros no?

Eso no significa que tengamos que literalmente abandonarlo todo para ser buenos católicos. De nada sirve empobrecerte si eso te convierte en alguien muy impaciente, iracundo o hasta promiscuo o ladrón; los pecados no discriminan clases sociales. Lo importante es renunciar a tus propios gustos y darte cuenta de que el camino al cielo es angosto.

Sobrellevar los sufrimientos con paciencia y mucha fe ayuda a purificar el alma, tal y como sucede en el purgatorio; de hecho, podría ahorrarnos el camino del purgatorio y llevarnos directamente al cielo si lo ejercemos con santidad. Hacer lo que menos nos gusta, lo que más nos evita comodidades, es a veces mucho más valioso que trabajar en las condiciones óptimas actividades como el apostolado.

Como se ha dicho anteriormente, la gente más dotada (intelectuales, autoridades, artistas, etc.) tiende a ser más tentada por el pecado de la soberbia: todo lo puedo, todo lo controlo, esto está en mis manos, esto depende de mí, etc. Y precisamente por esto es que la humildad y la paciencia son virtudes clave para la santificación de estas personas: rebajarse al nivel de ‘la plebe’, relacionarse con ellos, predicar en la familia, etc.

Jesús nos advierte acerca del peligro de no priorizar nuestra propia conversión cuando habla del que se fija en la paja del ojo ajeno antes que en la del propio (Lucas 6,41). También nos invita a perfeccionarnos inspirándonos en Dios, nuestro padre, que es perfecto (Mateo 5,48). Y dado que el catolicismo procura seguir las enseñanzas de Cristo, que es Dios revelado ante los hombres, queda más que claro que nuestro deber es guardar estas enseñanzas y aplicarlas a nuestra vida diaria.

Orar…

Lo que es y lo que no es

 

La oración es buscar a Dios, es ponernos en contacto con Dios, es encontrarnos con Dios, es acercarnos a Dios.

Orar es llamar y responder. Es llamar a Dios y es responder a sus invitaciones. Es un diálogo de amor.

Santa Teresa dijo en una ocasión: “Orar es hablar de amor con alguien que nos ama”.

La oración no la hacemos nosotros solos, es el mismo Dios (sin que nos demos cuenta) el que nos transforma, nos cambia. Podemos preguntarnos, ¿cómo? Aclarando nuestro entendimiento, inclinando el corazón a comprender y a gustar las cosas de Dios.

La oración es dialogar con Dios, hablar con Él con la misma naturalidad y sencillez con la que hablamos con un amigo de absoluta confianza.

Orar es ponerse en la presencia de Dios que nos invita a conversar con Él gratuitamente, porque nos quiere. Dios nos invita a todos a orar, a platicar con Él de lo que más nos interesa.

La oración no necesita de muchas palabras, Dios sabe lo que necesitamos antes de que se lo digamos. Por eso, en nuestra relación con Dios basta decirle lo que sentimos.

Se trata de “hablar con Dios” y no de “hablar de Dios” ni de “pensar en Dios”. Se necesita hablar con Dios para que nuestra oración tenga sentido y no se convierta en un simple ejercicio de reflexión personal.

Cuanto más profunda es la oración, se siente a Dios más próximo, presente y vivo. Cuando hemos “estado” con Dios, cuando lo hemos experimentado, Él se convierte en “Alguien” por quien y con quien superar las dificultades. Se aceptan con alegría los sacrificios y nace el amor. Cuanto más “se vive” a Dios, más ganas se tienen de estar con Él. Se abre el corazón del hombre para recibir el amor de Dios, poniendo suavidad donde había violencia, poniendo amor y generosidad donde había egoísmo. Dios va cambiando al hombre.

Quien tiene el hábito de orar, en su vida ve la acción de Dios en los momentos de más importancia, en las horas difíciles, en la tentación, etc.

En cambio, si no oramos con frecuencia, vamos dejando morir a Dios en nuestro corazón y vendrán otras cosas a ocupar el lugar que a Dios le corresponde. Nuestro corazón se puede llenar con:

el egoísmo que nos lleve a pensar sólo en nosotros mismos sin ser capaces de ver las necesidades de los que nos rodean,

el apego a las cosas materiales convirtiéndonos en esclavos de las cosas en lugar de que las cosas nos sirvan a nosotros para vivir,

el deseo desordenado hacia los placeres, apegándonos a ellos como si fueran lo más importante.

el poder que utilizamos para hacer nuestra voluntad sobre las demás personas.

Lo que no es la oración

Algunas veces podemos desanimarnos en la oración, porque creemos que estamos orando, pero lo que hemos hecho no es propiamente oración. Para distinguirlo podemos ver unos ejemplos:

Si no se dirige a Dios, no es propiamente oración.

En la oración nos comunicamos con Dios. Si no buscamos una comunicación con Dios, sino únicamente una tranquilidad y una paz interior, no estamos orando, sino buscando un beneficio personal. La oración no puede ser una actividad egoísta, debe siempre buscar a Dios. Debemos estar pendientes en nuestra oración de buscar a Dios y no a nosotros mismos, porque podemos caer en este error sin darnos cuenta.

Si no interviene la persona con todo su ser (afectos, inteligencia y voluntad) no es oración. Las personas nos entregamos y nos ponemos en presencia de Dios con todo nuestro ser. Orar no es “pensar en Dios”, no es “imaginar a Dios”, no es una actividad intelectual sino del corazón que involucra a la persona entera.

Si no hay humildad y esfuerzo no es oración. Para orar es necesario reconocer que necesitamos de Dios.

Si no hay un diálogo con Dios, no es oración. Si únicamente hablamos y hablamos sin escuchar, nuestra oración la reducimos a un monólogo, que en lugar de hacernos crecer en el amor nos encerrará en el egoísmo. Cuando dejamos de mirar a Dios y nos centramos en nuestros propios problemas, no estamos orando.

Cuando retamos o exigimos a Dios tampoco estamos orando, pues nos estamos confundiendo de persona. Dios es infinitamente bueno y nos ama. No podemos dirigirnos a Él con altanería.

Si no nos sentimos más identificados con Jesucristo no hemos hecho oración. Se trata de poco a poco en la oración identificarnos con Cristo para poder actuar como Él actuaba.

Si no tenemos un fruto de más amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos, no hemos hecho oración. La oración debe verse reflejada en nuestras vidas.

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Los Mandamientos,

el camino que Dios nos muestra

 

Hoy en día, muchas personas han eliminado a Dios de su vida. Como que en ocasiones nos estorba y preferimos borrarlo, en vez de sentarnos a reflexionar por qué nos pide ciertas cosas. Unas de las cosas que Dios nos pide es cumplir con los mandamientos que Él nos entregó. Los Mandamientos son un camino para llegar al Cielo y ser felices. Cuando los cumplimos, vivimos en paz.

Los tres primeros mandamientos de la ley de Dios nos enseñan cómo debe de ser nuestra actitud para con Dios y los siete siguientes nos enseñan nuestra actitud hacia el prójimo, con los que nos rodean.

Los mandamientos de la ley de Dios son los siguientes:

1. Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Este mandamiento nos dice que Dios debe ser lo más importante en nuestras vidas, debemos amarlo, respetarlo y vivir cerca de Él. Esto lo podemos hacer a través de la oración y los sacramentos.

Debemos creer, confiar y amar a Dios sobre todas las cosas:

1. Creer en Dios que es mi Padre, me ha dado la vida y me ama.
2. Confiar en Dios porque es mi Padre y me ama infinitamente
3. Amar a Dios más que a nada y a nadie en el mundo.

Para saber si cumplimos con este mandamiento, nos podemos preguntar:
• ¿Estoy amando a Dios como un hijo ama a un padre?
• ¿Vivo sólo para las cosas temporales, de la tierra?

2. No tomarás el nombre de Dios en vano.

Este mandamiento nos manda respetar el nombre de Dios y todas las cosas sagradas.
Para cumplir este mandamiento, debemos usar el nombre de Dios con mucho amor y respeto. Debemos de cuidar y respetar todas las cosas que tienen que ver con Dios, así como respetar al sacerdote y a las personas consagradas a su servicio.

Para saber si cumplimos con este mandamiento nos podemos preguntar:

• ¿Uso el nombre de Dios de una manera cariñosa y con respeto, sin jurar en vano el nombre de Dios?
• ¿Respeto las cosas de Dios (capilla, Biblia, rosario, etc.)?
• ¿Trato de manera respetuosa a los sacerdotes y personas consagradas al servicio de Dios?
• ¿He cumplido con las promesas que he hecho?
• ¿He jurado en falso?
• ¿He cumplido las promesas que he hecho a Dios?

3. Santificarás las fiestas.

Este mandamiento nos manda dedicar los domingos y los días de fiesta a alabar a Dios y a descansar sanamente.

Para cumplir con este mandamiento, debemos ir a Misa todos los domingos y fiestas que la Iglesia e indique y celebrar el amor de Dios y todo lo que ha hecho por nosotros. Debemos aprovechar los domingos para rezar más y estar cerca de Dios, así como para descansar sanamente y ayudar a que otros descansen. También, debemos dedicar este día a las cosas de Dios y a la familia.

Para saber si cumplimos bien con este mandamiento, podemos preguntarnos:
• ¿Voy a Misa los domingos y fiestas que manda la Iglesia?
• ¿Hago un esfuerzo por estar muy cerca de Dios durante la Misa y escuchar lo que me quiere decir?
• ¿Pienso en Dios los domingos?
• ¿Ayudo a los demás para que puedan descansar?

Los días en que se debe de asisitr a Misa, además de los domingos, son marcados por la Conferencia Episcopal de cada país.

4. Honrarás a tu padre y a tu madre

Este mandamiento nos manda honrar y respetar a nuestros padres y a quienes Dios le da autoridad para guiarnos y ciudarnos en nuestras vidas.

Para cumplir este mandamiento, debemos escuchar, respetar y amar a los padres y a aquellas personas que tengan autoridad sobre nosotros (abuelos, tíos, sacerdotes, maestros, autoridad civil).

Esto no quiere decir que los padres deben de olvidarse de sus deberes y obligaciones para con los hijos.

Para saber si cumplimos con este mandamiento podemos preguntarnos:
• ¿Ayudo material o espiritualmente a mis padres?
• ¿Soy agradecido con mis padres?
• ¿Los acompaño en su vejez?
• ¿Les demuestro amor?
• ¿Soy agradecido con ellos?
• ¿Los acompaño en sus enfermedades?

5. No matarás

Este mandamiento nos manda respetar nuestra propia vida y la del prójimo, cuidando de la propia salud, porque la vida humana es sagrada. Se trata de no lastimar ni atentar contra la vida propia o ajena, física o moral.

Para cumplir este mandamiento, debemos servir a la vida cuidando nuestra salud, para no caer en vicios como el alcoholismo o la drogadicción. El suicidio es un atentado contra la propia vida.

Con respecto a la vida de otros, debo evitar las críticas y el dar a conocer a todos los defectos ajenos, es decir, las calumnias. El maltratar físicamente a las personas, atenta contra la vida ajena. El aborto es dar muerte a una vida en el vientre de la madre.

Para saber si estoy cumpliendo con este mandamiento me puedo preguntar:
• ¿He hablado mal de los demás?
• ¿He maltratado a alguien físicamente?
• ¿He caído en algún vicio?
• ¿He atentado contra mi salud?

6. No cometerás actos impuros

Este mandamiento nos manda conservar la pureza del cuerpo y del alma.

Para cumplir con este mandamiento, debemos procurar la limpieza interior de nuestro cuerpo y de nuestra alma ya que es un tesoro muy grande que debemos conservar. Nuestro cuerpo es un templo del Espíritu Santo.

Para saber si cumplimos con este mandamiento, nos podemos preguntar:
• ¿He cometido adulterio o fornicado?
• ¿He visto algún tipo de pornografía?
• ¿Me he permitido tener pensamientos y deseos morbosos? ¿He dominado mis pasiones?
• ¿He practicado la homosexualidad?
• ¿He practicado la masturbación?

7. No robarás

Este mandamiento nos manda respetar las cosas de los demás y utilizar las nuestras para hacer el bien. También, nos manda respetar y cuidar la Creación.

Para cumplir este mandamiento, no debemos apropiarnos de lo que no sea nuestro y debemos evitar causar daño a lo que tienen los demás. Respetar la Creación y usar las cosas para hacer el bien. Pagar lo justo a las personas que empleo y cuando soy empleado cumplir con el trabajo para el que fui contratado.

Para saber si cumplimos con este mandamiento, nos preguntamos:
• ¿Devuelvo las cosas que encuentro y no son mías?
• ¿Cuido las cosas que me prestan?
• ¿Cuido las cosas que tengo?
• ¿Cuido y respeto la creación?
• ¿Comparto mis cosas con la gente necesitada?

8. No mentirás

Este mandamiento nos manda ser sinceros y no mentir. Nos pide decir siempre la verdad. Mentir es decir algo falso, es engañar.
Para cumplir este mandamiento, debemos decir la verdad y no engañar a los demás ni hablar mal de ellos.

Para saber si cumplimos con este mandamiento, me puedo preguntar:

• ¿Estoy acostumbrado a ser sincero?
• ¿Acostumbro resolver mis problemas sin mentir?
• ¿Hablo bien de las demás personas?

9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Este mandamiento nos dice que no debemos pensar ni desear cosas inmorales. Nos pide pureza de corazón para ver todas las cosas con los ojos de Dios. Pureza de corazón, sea yo soltero(a) o casado(a).

Para poder vivir este mandamiento, necesitamos vivir la virtud de la pureza. Esta virtud nos lleva a respetar el orden establecido por Dios en el uso de la capacidad sexual a fin de vivir un amor humano más perfecto. Practicar la castidad, cuidando lo que vemos, lo que oímos, lo que decimos, etc. Cuidar el corazón de todo aquello que lo pueda manchar.

Para saber si cumplimos con este mandamiento, nos podemos preguntar:
• ¿He tenido pensamientos inmorales?
• ¿He vivido la virtud de la castidad en mi vida?
• ¿He cuidado la pureza de mi corazón?
• ¿He propiciado situaciones que me pongan en peligro para tener pensamientos y deseos impuros?

10. No desearás los bienes ajenos

Este mandamiento nos manda ser generosos y no dejar lugar a la envidia en nuestros corazones.

Para poder cumplir este mandamiento debemos ser felices con las cosas que tenemos y no tener envidia si alguien tiene más que nosotros. Disfrutar y agradecer lo que tenemos.

Para saber si estamos cumpliendo con este mandamiento, nos podemos preguntar:
• ¿Soy feliz con las cosas que tengo?
• ¿Agradezco y cuido las cosas que tengo como un regalo de Dios?
• ¿Me pongo feliz por mis amigos cuando consiguen algo que yo no tengo?
• ¿Me pongo feliz cuando a los demás les pasan cosas buenas?

¡Al cumplir los mandamientos vamos a estar cerca de Dios y vamos a vivir más felices! Los Diez mandamientos son el mejor camino para llegar al Cielo.

Recuerda que para ser feliz nos conviene cumplir con los Diez Mandamientos que Dios le entregó a Moisés. No olvides que seguir las huellas de Cristo es imitarlo en su perfecto cumplimiento de las leyes de su Padre. Los católicos, además, seguimos el mandato de Cristo: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo y, predicar el Evangelio a todas las personas.

 

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15 minutos en compañía de Jesús Sacramentado

No es menester, hijo mío, saber mucho para agradarme; basta que me ames con fervor. Háblame sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, o a tu madre, o a tu hermano.

I. ¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica cualquiera? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y amigos: dime al punto qué quisieras hiciese actualmente por ellos. Pide mucho, mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos, que llegan a olvidarse en cierto modo de sí mismos para atender a las necesidades ajenas. Háblame con sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer, de los extraviados que anhelas volver al buen camino, de los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos una palabra de amigo, entrañable y fervorosa. Recuérdame que prometí escuchar toda súplica salida del corazón, ¿y no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos que tu corazón ama especialmente?

II.Y para ti ¿no necesitas alguna gracia? Hazme, si quieres, una lista de tus necesidades y léela en mi presencia.

Dime francamente que sientes soberbia, amor a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez, egoísta, inconsciente, negligente…, y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales miserias.

No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos justos, tantos santos de primer orden, que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad…, y poco a poco se vieron libres de ellos.

Ni menos vaciles en pedirme bienes espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios; todo eso puedo darlo, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no se oponga, antes favorezca y ayude a tu santificación. Por hoy, ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer en tu bien? ¡Si supieras los deseos que tengo de favorecerte! ¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto? Cuéntamelo todo minuciosamente. ¿Qué te preocupa? ¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué quieres haga por tu hermano, hermana, por tu amigo, por tu superior? ¿Qué desearías hacer por ellos?

¿Y por mí? ¿No sientes deseos de mi gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a quienes amas mucho y que viven quizá olvidados de mí? Dime qué cosa solicita hoy particularmente tu atención, qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa, y Yo te diré las causas del mal éxito. ¿No quisieras que me interesase algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de los corazones, y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, adonde me place.

III. ¿Sientes acaso tristeza o mal humor? Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu amor propio? ¿Quién te ha despreciado? Acércate a mi Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Cuéntamelo todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de Mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición.

¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma aquellas vagas melancolías que, no por ser infundadas, dejan de ser desgarradoras? Échate en brazos de mi Providencia. Contigo estoy; aquí, a tu lado me tienes; todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te desamparo.

¿Sientes desvío de parte de personas que antes te quisieron bien, y ahora, olvidadas, se alejan de ti sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado, si no han de ser obstáculo a tu santificación.

IV. ¿Y no tienes tal vez alguna alegría que comunicarme? ¿Por qué no me haces partícipe de ella a fuer de buen amigo?

Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, ha consolado y hecho como sonreír tu corazón. Quizá has tenido agradables sorpresas, quizá viste disipados negros recelos, quizá recibiste faustas noticias, alguna carta o muestra de cariño; has vencido alguna dificultad o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo esto, y Yo te lo he proporcionado: ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme sencillamente, como hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, gracias! El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada verse correspondido.

V. ¿Tampoco tienes alguna promesa que hacerme? Leo, ya lo sabes, en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente, a Dios no; háblame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más a la ocasión aquella de pecado? ¿De privarte de aquel objeto que te dañó? ¿De no leer más aquel libro que avivo tu imaginación? ¿De no tratar más a la persona que turbó la paz de tu alma? ¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra a quien, por haberte faltado, has mirado como enemiga?

Ahora bien, hijo mío: vuelve a tus ocupaciones habituales; al taller, a la familia, al estudio…; pero no olvides los quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad del santuario. Guarda en cuanto puedas silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, que lo es también tuya, y vuelve otra vez mañana con el corazón más amoroso, más entregado a mi servicio. En mi Corazón hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, consuelos nuevos.

 
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¿Has pecado?

Dios quiere recordarte algo

 

Dios no vino por los justos, sino por los pecadores… eso lo sabemos, pero, cuando nos toca vivir la experiencia del pecador… tenemos dos opciones: ampararse a su misericordia o auto condenarse… cierto, Dios acoge a todos, pero Él es justo y denuncia el pecado. Por eso, en la biblia podemos ver que todos los que se encontraron con Jesús (Mateo, Zaqueo, Magdalena) ninguno fue rechazado, PERO TODOS DEJARON SU VIDA DE PECADO.  Él es la misericordia y no rechaza a quien se reconoce débil, necesitado, pecador, pequeño, limitado.

En nosotros está dejar que el pecado nos destruya o no; podemos, desde el dolor, levantar los ojos a los montes y pedir el auxilio que nos viene del Señor que hizo el cielo y la tierra. Dios que no se deja ganar en generosidad, sale al encuentro de los heridos. Él ama al pecador y es un ejercicio diario repetir: “Dios no me condena”. Es ese Amor el que nos irá moviendo a salir del pecado recurrente. El amor de Dios es lo único que nos puede cambiar y renovar por dentro. Es el único que nos puede sacar de la obscuridad… Dios y solo Dios.

La Palabra de Dios es clara cuando dice que Él sanará los corazones rotos, El enjugará cada lágrima. Y ante la dificultad de seguir adelante, es la fe la que nos debe de mover, y aun cuando no se tenga ganas de rezar y solo llorar… que esas lágrimas sean oración viva para Él, y Él las va a tomar en cuenta y poco a poco Él irá transformando ese luto en danza de júbilo porque seremos testigos que cada herida ha sido sanada por El.

Si has pecado, o sientes que no tienes solución, quisiera pedirte que busques en Su Iglesia el Sacramento de la reconciliación, yo sé, está el miedo a ser regañado, o da vergüenza… y por eso te invito a que le pidas a Él que ponga en tu camino a un sacerdote que te acoja y te muestre lo que Él quiere decirte: “Yo te perdono, vete y no peques más”. Quizá pienses ¿para qué ir si quizá no estoy del todo arrepentido? Pues aun así, ve y desde la conciencia que has pecado, confiesa todo pecado e incluso tu dificultad de arrepentirte… Él ve las intenciones de tu corazón y, sobre todo, Él conoce tu corazón.

No importa si has pecado poco o mucho, si es recurrente o no, Dios quiere que te abras al camino de la conversión, que te enamores de Él, y aprendiendo a vivir del Amor… vas a ir sanando, vas a ir llenando ese vacío que solo el Amor de los Amores puede llenar… no tengas vergüenza, el precio ya ha sido pagado, es solo que te la creas, que en Su Nombre puedes hacer maravillas, puedes perdonar, puedes amar al enemigo, puedes ser santo…

 

Mira el cielo y si quieres llorar, llora… pero mirando el cielo, debes saber que Él está a tu lado, siendo más real que nunca, por amor a ti. No dudes en buscarle, en buscar a María, a los santos… es que si supieras cuanto te aman… Intenta creerlo. Aunque todo esté oscuro.

Tira la red a la derecha. Renuncia a lo que sabes que te hace daño. Y abrázate, porque eres profundamente amado. Y sí, Él te va a sanar de todo pecado. Él es misericordia y Él JAMÁS RECHAZA UN CORAZÓN CONTRITO Y HUMILLADO.

Él te espera de todo corazón en la oración y en Su Iglesia porque te ama eternamente.

8 claves para permanecer en presencia de Dios

 

Existen muchas maneras de buscar la unión con Dios. Sin querer acabar toda la espiritualidad en este artículo, les comparto 8 acciones que nos ayudarán a buscar a Dios en lo cotidiano y a unirnos a Él sea donde sea o hagamos lo que hagamos.

La clave de lectura de estos consejos está en la intención, es decir, en un corazón que quiere corresponder a Dios, en ese deseo de acercarse a Él y ofrecerle lo que tiene, aunque sean solo dos minutos. Verás que tu vida “rutinaria” irá cambiando, que Dios irá permeando tus costumbres. Estarás dejándote moldear por Dios.

 

  1. Meditación

Hablar de meditación puede asustar incluso a los más veteranos en la vida espiritual. Y es que no hablamos de yoga, reiki o similares, aquí hablamos de la oración, el diálogo entre dos personas en la unidad del amor. Es como cuando hablas con tu papá o tu mamá, pero esto es con Dios. Sí, es un diálogo. Pero no necesitas muchas palabras, basta abrirle el corazón al Señor que ya sabe lo que te sucede. Hablamos principalmente de cinco tipos de oración: bendición, adoración, petición e intercesión, acción de gracias y alabanza. Te recomiendo que dediques unos 30 minutos al día para esto. De preferencia por la mañana, antes de hacer cualquier otra cosa, así permeas todo tu ser y hacer de Dios. ¡Este será tu momento para Él! Lo importante es saberte buscado, esperado, amado por Él. ¡Ahh!, también deberás aceptar los momentos de silencio de Dios: cuando no te habla y parece alejarse, esas ocasiones son las mejores para unirse a Él con fe verdadera.

«Tú, cuando ores, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mateo 6,6).

 

  1. Santo Rosario

Cuando el hombre está contento y agradecido suele ofrecer rosas a la “mujer más hermosa del mundo” (su madre o su esposa). El rosario es lo mismo pero con nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen María. A diario podemos ofrecerle nuestras oraciones como un ramo de flores que luego ella lleva a su Hijo Jesucristo. De esta forma la Madre intercede por sus hijos. Es un alago, una caricia, una sonrisa que se eleva al Cielo y nos acerca muchísimas gracias. Ese es el santo rosario. Se me ponen los pelos de punta al solo pensar en cuántos murieron con su rosario en la mano, dando la vida por Jesús a través de la intercesión de María. Cuántos otros sufrieron persecuciones y allí estaban rezando un misterio tras otro. Cuántos más se vieron libres de las ataduras del demonio al solo pronunciar el Inmaculado nombre de María.

«No temas, María, pues Dios te ha concedido su favor. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Él será grande, será llamado Hijo de Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la descendencia de Jacob por siempre y su reino no tendrá fin» (Lucas 1, 30-33).

 

  1. Lectura Espiritual

Consiste en leer un libro espiritual durante 15 o 30 minutos al día. Puede ser la vida de un santo, los escritos del papa, libros sobre la oración, los sacramentos, etc,. Siempre que sea una lectura “espiritual”. Esta práctica no sustituye la lectura diaria de la Biblia que incluso podemos hacer en la meditación de la mañana, pero si será una gran oportunidad de abrir tu mirada a la obra espiritual de la Iglesia. Debes tener cuidado con los libros de apariencia espiritual pero que al final terminan por confundirte más. Fíjate si está aprobado por un obispo o por el Papa. Que sea de alguna editorial católica o tenga buenas referencias bibliográficas. Te aseguro que haciendo esto poco a poco irás conociendo más a Jesús, a la Iglesia, a los santos, etc,.

«Porque la palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que una espada de dos filos: penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta lo más profundo del ser y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreros 4, 12).

 

  1. Ángelus

Esta oración data del s. XIII. Es una muy breve oración que recuerda los tres grandes misterios de la Santísima Virgen María: el anuncio que hace el ángel a María de que sería Madre del Salvador, el «Sí» de María a Dios y a su plan redentor, y la Encarnación del Hijo de Dios. Se reza tres veces al día: una por la mañana (puede ser después de la meditación), otra a las 12 en punto (mediodía), y otra por la tarde (luego del rosario). Haciendo esta oración con fe nos unimos a los cristianos que en el mundo elevan sus plegarias a Dios. No olvides que recordar los misterios de la vida de la Santísima Virgen nos va centrando en lo verdaderamente importante, en Jesús, y es que es inevitable que la Madre nos lleve a su Hijo.

«Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó a grandes voces: -Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. Pero ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a visitarme?… ¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lucas 1, 42-43.45).

 

  1. Visita Eucarística

Es breve y muy fácil de hacer. Cuando pasas por una iglesia y no dispones sino de 3 minutos, esto es perfecto para tí. Entras a la capilla y haces un acto de fe, visitas al Señor Jesús Sacramentado. Aquí puedes decirle lo que desees, por ejemplo: «Aquí estoy, Señor, paso muy rápido a verte sólo para decirte gracias…». San Francisco cada vez que entraba en una iglesia decía: «Te alabamos, Santísimo Señor Jesucristo, aquí y en todas las iglesias del mundo, pues por tu Santa Cruz redimiste al mundo». Es sencillo. ¡Cuántas veces pasamos de largo al ver una capilla! No se trata tampoco de detenerte en cada capilla que veas, sobre todo si vives en Roma o España donde hay muchas iglesias, sino de buscar estar con Dios, ocupar tu tiempo con Él aunque sea breve. En caso de que no puedas ir a una iglesia, puedes detenerte un momento y unirte a Dios con una “comunión espiritual”, diciéndole a Dios: «Señor, te amo, quiero recibirte a Tí Sacramentado, pero no pudiendo hacerlo ahora, te recibo espiritualmente en mi corazón». Esto sí que renueva tu día, sobre todo en momentos de dificultad.

«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre; el que cree en mí nunca tendrá sed… La voluntad de mi Padre es que todos los que vean al Hijo y crean en él tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día» (Juan 6, 35.40).

 

  1. “Credo” antes de dormir

Esto debe ser lo que más cuesta, si es así, vas por buen camino. Cuando llega la noche lo único que uno desea es acostarse y dormir, así que ofrecerle cinco minutos a Dios para rezar el “Credo” será un sacrificio. Este acto de desprendimiento de sí mismo Dios lo ve, tenlo por seguro. Costará más al principio, luego formarás el hábito y te será de gran gusto. Rezar el “Credo” antes de dormir será una ayuda clave incluso frente a las tentaciones: conectarte a Internet hasta la madrugada, ver pornografía o visitar sitios inadecuados, responder mensajes durante horas, etc. Confía tu sueño a Dios, haz la señal de la cruz y dile al Señor: «Sálvanos, Señor, despiertos; protégenos mientras dormimos para que velemos con Cristo y descansemos en paz».

«Sepan que el Señor me ha mostrado su amor. El Señor me escucha cuando lo invoco… Me acuesto tranquilo y en seguida me duermo, porque sólo tú, Señor, me haces descansar en paz» (Salmo 4, 4.9).

 

  1. Vía Crucis (viernes)

Esta práctica es de gran ayuda, como todas las anteriores pero especialmente, para centrarte en el misterio pascual de Jesucristo. Recorrer las catorce estaciones te ayudará a sobrellevar la cruz por muy pesada que sea, a unirte al sufrimiento de Nuestro Señor, a encomendar a tantas personas que pasan por momentos difíciles. Luego de varias veces vas descubriendo la estación que más te ayuda, en la cual necesitas profundizar más. Cuando llegas a la estación número quince, que es la Resurrección del Señor, agradece a Dios por tu vida, por tu familia, por todo lo que te ha dado; precisamente es allí donde todo calvario triunfa en la vida nueva. Las heridas sanan. Es hermoso pensar en esto: caminamos con Jesús en esta vida, llevamos nuestra cruz, pero nuestros pasos no son estériles, son semillas de fe para otros, son luz en las tinieblas, son la sal de la tierra. Nuestro caminar es fecundo, ¡atrévete a darle un sentido cristiano a tu vida!

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará» (Mateo 16, 24-25).

 

  1. Jaculatorias

La palabra jaculatoria viene del latín «iaculum» que significa lanza. El término se ha usado en el deporte con la variante “jabalina”. En la vida espiritual las jaculatorias son pequeñas frases que se repiten durante el día, sobre todo en momentos difíciles, para unirnos a Dios. Imagínate que son pequeñas flechas de luz que se lanzan al cielo, donde cada frase es una breve oración que llega directo a Dios. Pueden ser: «Jesús, en tí confío», «Señor, tú sabes que te amo», «Haz de mí un instrumento de tu paz», «Jesús manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo», etc. Versículos bíblicos, invocaciones, pedacitos de oraciones, una frase de fe. Aquí tu mismo puedes crearlas, lo importante es repetir constantemente esta frase, de manera que se haga vida, y brote de allí una esperanza o una luz en medio de las tinieblas.

«Que la palabra está cerca de tí; en tu boca y en tu corazón. Pues bien, ésta es la palabra de fe que nosotros anunciamos… Cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se obtiene la salvación» (Romanos 8, 10).

Estos consejos no deben ser entendidos en una visión matemática. No significa que mientras más actos hagas, más cerca estás de Dios. Lo que importa es la pureza de intención que tengas, ese deseo auténtico de unirte a Dios, de decirle “aquí estoy”. Una vez comprendido lo anterior estamos listos para cambiar de vida, haciéndola más espiritual, más cercana a Dios. Antes de terminar es necesario que conozcas una máxima muy cierta: «El que no avanza en la vida espiritual, retrocede». No es lo mismo unirte a Dios que no unirte a Él. Tu vida espiritual sin la oración no sigue igual, al contrario, vas retrocediendo, porque el mundo es como un río correntoso, y nosotros vamos contracorriente, cualquier descuido o parada te hará caer en la corriente. Sin caer en angustias o desalientos, debemos luchar para que Cristo reine en mi vida y luego en la sociedad.

Termino con San Pío de Pietrelcina que decía:

«Ora, ten fe y no te preocupes».